Partes de la oración. JOSEPH BRODSKY.

Partes de la oración
Desde ningún lugar, con amor, tal día de martubre,
querido, muy señor, cariño -quién seas
tanto da, si no es posible ya
recordar los rasgos-; la verdad
este ni suyo ni de nadie fiel amigo, le saluda
desde uno de los cinco continentes, fundado por cowboys;
te he querido más que a un ángel, que al mismísimo,
y hoy por eso estoy de ti aún más lejos;
entrada ya la noche, en lo más hondo de un dormido valle,
en un villorrio con nieve hasta el pomo del portal,
y retorciéndome en la sábana de noche
-como en adelante al menos no se indica más-,
con un mugido «tu», ahueco la almohada,
sin límite ni fin, y más allá del mar,
tratando en las tinieblas y con el cuerpo todo,
de repetir tus rasgos como un espejo loco.
* * *
El norte pudre el metal, mas del cristal se apiada.
Enseña a la garganta a decir: «¡Déjame entrar!».
El frío me educó, me puso la pluma entre los dedos
para una vez cerrados poderlos calentar.
Mientras me hielo, más allá del mar
veo el sol ponerse, y nadie alrededor.
La suela resbala en el hielo, o es la tierra misma
la que se va abreviando bajo el tacón.
Y en mi garganta, donde se pone la risa,
o la palabra o el té caliente,
cada vez la nieve resuena más precisa,
y como tu explorador, negrea un «adiós».
* * *
Reconozco este viento que embiste la hierba,
inclinada a su paso como bajo el mongol.
Reconozco esta hoja que cae en el barro
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como príncipe ruso en rojo estertor.
En tierra extraña desbordado en ancha saeta,
por el pómulo torcido de un caserón,
como al ganso por su vuelo, el otoño distingue,
abajo, en el vidrio, una lágrima en el rostro.
Y alzando al techo los ojos en blanco,
yo no canto a las tropas, olvidé cuántas son,
mas de noche la lengua en la boca agita el nombre estepario
como el sello que entrega el rey oriental.
* * *
Es una serie de observaciones. En el rincón hace calor.
Y la mirada deja huella en las cosas.
El agua representa el cristal.
Da más pavor el hombre que sus huesos.
Noche de invierno con vino, en ningún lugar.
Veranda al embate de un salcedo.
El cuerpo descansa en el codo
como morena fuera del glaciar.
Al cabo de mil años, de entre cortinas de moluscos,
desde unos flecos, asomados, extraerán,
con el mohín de «buenas noches» unos labios
sin nadie a quien poderlas desear.
* * *
Porque el tacón deja su huella es invierno.
Con abrigos de madera, helados en el campo,
las casas se conocen por quién pasa por ellas.
Qué decir del futuro al caer de la tarde,
cuando en noche silente aparece el recuerdo
de tus «espacio en blanco», mientras duermes,
lanzado por el cuerpo del alma a la pared
como en la pared la vela nocturna
proyecta una sombra de silla,
y bajo el mantel del cielo caído sobre bosque,
sobre la torre del granero que alas de grajo tiñen
no blanquearás el aire con la nieve punzante.
* * *
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Un Laocoonte de madera, tras apear por un momento
un monte de sus hombros, sostiene una gran nube.
Del cabo llegan ráfagas de viento duro. La voz intenta
retener las frases, chillando sin salirse del sentido.
Se precipita el aguacero como espaldas en el baño:
maromas retorcidas azotan los lomos de los altos.
El mar medinvernal se agita tras columnatas mondas,
a modo de salada lengua tras los dientes quebrados.
El corazón asilvestrado no ha dejado de batir por dos.
El cazador no ignora dónde el faisán se esconde: en charco agazapado.
Se alza inmóvil el mañana tras el día de hoy,
como tras el sujeto el predicado.
* * *
He nacido y crecido en las ciénagas bálticas, al amor
de las olas de zinc, que siempre revientan a pares,
y es de aquí que provienen las rimas, y de aquí, la voz apagada
que se trenza entre ellas como el pelo mojado
si es que aquélla se llega a trenzar. Apoyado en el codo,
no distingue el oído el fragor de la roca,
sino el choque de telas, postigos y palmas, anota
teteras que hierven, a lo sumo el gritar de gaviotas.
El alma, en tan llana región, se salva de falsos manejos
por no haber un rincón que te oculte y se ve aún más lejos.
Solamente al sonido el espacio es opaco,
pues el ojo no ha de llorar por la falta de eco.
* * *
En cuanto a las estrellas, siempre están ahí.
Es decir, si hay una, siempre viene otra.
Y sólo así es dado mirar de allá hacia aquí;
de noche, tras las ocho, refulgiendo.
Mejor aspecto tiene el cielo sin luceros.
Mas qué certeza habría de conquistar el cosmos
si no fuera por ellas. Siempre que ni por un instante
te alces del sillón, en la terraza.
Pues, como dijo, en vuelo, el piloto a una estrella
media cara escondida en la sombra:
en parte alguna parece que haya vida,
y en ninguna de ellas se fija la vista.
* * *
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…Y ante la voz de porvenir, de la lengua rusa
salen corriendo ratones, que en enjambre
se ponen a roer un trozo suculento de memoria
que es tu queso horadado.
Tras tantos inviernos ya no importa
qué o quién está en la ventana tras la cortina,
y en el cerebro retumba ya no un do no terrenal,
sino su susurro. La vida, a la que,
como algo regalado, no le miran la boca,
en cada encuentro muestra desnudos los dientes.
De todo hombre siempre os queda una parte de oración.
De hecho una parte. Parte de la oración.
* * *
No es que me esté volviendo loco, es el verano que me agota.
Buscas en el cajón una camisa, y el día entero echado por la borda.
Que llegue cuanto antes el invierno y cubra todo con su manto:
ciudades, hombres, pero primero el verde de las hojas.
Me echaré a dormir sin desnudarme, o leeré si quiero
un libro ajeno, y entretanto los retales del año,
como un perro que ha huido de su ciego,
atraviesan la calle por el paso indicado.
La libertad es
no recordar entero el nombre del tirano,
y que sea la saliva más dulce que el almíbar,
y, aunque estrujen tu cerebro cual cuerno de carnero,
no mane nada ya del ojo azul.
1975 – 1976
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

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