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JOSE MARTI. BIOGRAFIA. Poesia. Teatro. Ensayo. Periodismo.

JOSÉ MARTÍ

(1853-1895)

Ricardo Nassif1

1

El texto que sigue se publicó originalmente en Perspectivas: revista trimestral de educación

comparada (París, UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXIII, nos 3-4, 1993.

págs. 808-821.

©UNESCO: Oficina Internacional de Educación, 1999

Este documento puede ser reproducido sin cargo alguno siempre que se haga referencia a la fuente.

La vida, la obra y el pensamiento de José Martí pueden ser vistos desde muy diversos ángulos, en la

medida en que abarcan una inagotable variedad de aspectos. Nuestro propósito es presenar su perfil

como educador y resumir sus principales ideas pedagógicas. Tarea para la cual no tenemos las

ventajas de aquellos que investigan o analizan a Martí desde el ángulo privilegiado del excepcional

escritor que fue. La grandeza de su estilo está en todo lo que produjo, desde los Versos sencillos

hasta el más entusiasta de sus discursos revolucionarios. Lo pedagógico, en cambio, se dispersa

aquí y allá, para surgir en el lugar más inesperado. Pero su importancia es tal que su examen se

justifica, no obstante ocultarse la mayoría de las veces, detrás de su labor literaria y de su ideario

político.

El maestro

Martí fue maestro y profesor, en el sentido “escolar” de los términos, sólo por accidente, aunque

sea preciso aclarar que la estructura misma de su personalidad hacía que, en él, lo contingente

expresara lo permanente.

Tuvo grandes mentores, como José de la Luz y Caballero, al que no conoció, y Rafael

María Mendive, que sembró en él las semillas de una vocación que nunca cesaría de crecer. José de

la Luz había sido el maestro de la generación anterior a la de Martí, y según su propia confesión

aquél le legó una lección fundamental: “Sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, es imposible

porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer

hombres” (I, 854)2. Pero si José de la Luz fue la leyenda, Mendive constituyó el ejemplo cotidiano

de un poeta y un maestro.

Martí llegó a las primeras letras en una pequeña escuela de barrio de La Habana. Pero tales

fueron sus progresos que, cuando cumplía los diez años, sus padres decidieron enviarlo a otra más

importante para que estudiara inglés y contabilidad. La pobreza familiar hizo que, muy pronto, su

padre decidiera que “ya sabía bastante” y lo llevó consigo a trabajar en el campo. Un padrino

protector insiste en presentarlo a Mendive que, en ese año de 1865 comenzaba a dirigir la Escuela

Superior Municipal de Varones. En esta escuela, Mendive había creado una tal atmósfera de poesía

y de sabiduría que Martí sintió satisfechas todas las urgencias que tenía en ese sentido,

revelándosele allí “su misma actividad creadora, que va tomando conciencia de sí gracias a tan

fecundísimo contacto”3. En ese clima no sólo despertó con brío a la vida del sentimiento y de la

inteligencia, sino que también fue un poco maestro, ocupándose de la escuela durante las ausencias

del director.

Gracias al apoyo de Mendive, pudo hacer los dos primeros años del bachillerato, que

completaría más tarde en España, como asimismo sus estudios universitarios. Así, en Madrid,

2

comenzó sus estudios de derecho, filosofía y letras y, como andaba escaso de recursos, hizo sus

primeras armas como maestro particular de dos niños, cuando apenas tenía dieciocho años.

De Madrid pasó a Zaragoza, donde obtuvo las licenciaturas de derecho civil y canónico y

de filosofía yletras. De Zaragoza fue a París y después a Inglaterra, desde donde partió para

México. Conoció así el enfrentamiento entre el romanticismo y el positivismo, asistiendo a los

debates que en 1875 se realizaron en el Liceo Hidalgo, caja de resonancia intelectual de las

reformas de Benito Juárez y de Lerdo. Martí intervino en esos debates perfilando algunas ideas que

profundizaría más tarde.

Martí estuvo en México hasta fines de 1876, para trasladarse a Guatemala donde fue

profesor de literatura y composición en la Escuela Normal Central que dirigía su compatriota

Izaguirre, y de literatura alemana, francesa, inglesa e italiana en la universidad. No obstante su éxito

en esta experiencia docente, la más sistemática que pudo cumplir, en septiembre de 1878 regresó a

La Habana, donde obtuvo una autorización provisional para ejercer el profesorado en el colegio de

primera y segunda enseñanza de Hernández y Plasencia, tarea que cumplió simultáneamente con un

puesto en un bufete jurídico. Un año después le es anulado el permiso docente, obligándolo a

volver a un lugar secundario en la actividad jurídica. Pero, conspirador incurable en favor de la

Independencia de Cuba, fue encarcelado por segunda vez (la primera apenas tenía dieciséis años).

Otra vez España; luego París y, en 1881, Nueva York.

Venezuela lo recibe en 1881 y allí, a poco de llegar, el Colegio de Santa María le encarga

las clases de lengua y literatura francesa, mientras Guillermo Tell Villegas le cede aulas para que lo

rodeasen los discípulos, que —según el decir de Lisazo4—, se sienten atrapados por una especie

de magia. Mas también esto habría de concluir pronto, ya que al presidente Guzmán Blanco le

desagradaba este cubano apasionado que predicaba con tanta fuerza la libertad.

Nuevamente regresó a Nueva York, donde comenzó a trabajar por la Independencia de su

patria con una increíble potencia combativa, que corría pareja con una infinita ternura, que dio su

fruto con La edad del oro, publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de

América, según se lee en la portada del primer número aparecido en julio de 1889. El lenguaje de

Martí no perdió belleza, ni mecesitó de la puerilidad o de la sensiblería para dirigirse a los niños. Lo

demuestran cautivantes semblanzas como Tres héroes (San Martín, Bolívar e Hidalgo); perlas

poéticas como Dos milagros; historias como la del hombre contada por sus casas; traducciones de

cuentos como Meñique o El camarón encantado; las adaptaciones de La Iliada, y muchas más.

¿Qué se proponía Martí con La edad de oro” Según él mismo lo dijo, al dirigirse a los

destinatarios de la publicación, escrita “para que los niños americanos sepan cómo se vivía y cómo

se vive hoy en América y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y

las máquinas de vapor y los puentes colgantes y la luz eléctrica; para que cuando un niño vea una

piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra. Les hablaremos de todo lo que se hace en los

talleres donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia y son magia de

verdad, más linda que la otra […] Para los niños trabajamos porque son los que saben querer,

porque los niños son la esperanza del mundo. (II, 1207-1208.)

La edad de oro dejó de publicarse en octubre de 1889. No obstante, la ternura militante de

Martí no se detuvo, y si los niños habían sido su objeto, ahora lo son los humildes. Se convirtió en

el motor de “La liga de la instrucción”, de Nueva York, para los obreros de color, y pudo retornar

a la docencia como profesor de español en la Central High School.

De esta manera, y sin renunciar a su combate por la libertad de Cuba, se deslizó su vida

entre los años agitados de 1890 a 1895. Por fin, el 31 de enero de 1895, emprendió desde Nueva

York el viaje sin regreso. Luchando por su patria, en la batalla de la Boca de Dos Ríos, murió el 19

de mayo de 1895. Una muerte casi voluntaria y creadora, tal cual siempre lo había deseado: “como

un bueno; de cara al sol”.

No hemos pretendido hacer la biografía del “apóstol cubano”, sino apenas destacar los

momentos de su vida en los que fue, o pudo ser, un maestro y un profesor sistemático, “escolar”.

3

Hecho el balance, se comprende que no tuvo tiempo para el magisterio encerrado en las cuatro

paredes de un aula. América fue la verdadera aula en la cual ejerció el supremo magisterio de los

libertadores de pueblos, aunque siempre estuvo en él, agazapado, el otro maestro que sólo afloró

intermitentemente.

Las ideas pedagógicas

Dos factores han incidido en el parco tratamiento del ideario pedagógico de Martí. En primer lugar

“y en esto se identifica con casi todos los constructores de América” el hombre de acción ocultó al

hombre de pensamiento, y cuesta no dejarse llevar por el encanto de su perfil humano y poético

para penetrar en los vericuetos de lo meramente intelectual. La segunda razón, se relaciona con un

determinado modo de comprender “lo pedagógico” a partir de la relación que hoy se establece

entre la educación y la vida. Con este enfoque, que era ajeno a la pedagogía de antaño, sin romper

la unidad humana que fue Martí, todo lo que hay en él de expresión literaria o de preocupación

política puede ayudar a comprenderlo como educador y como pensador de la educación.

Poco escribió sobre pedagogía, pero lo bastante como para que resulte imposible hacer su

análisis exhaustivo en un perfil como este.

La idea de la educación

De entre las múltiples definiciones que dio de la educación, elegimos ésta: La educación […]

habilitación de los hombres para obtener con desahogo y honradez los medios indispensables de

vida en el tiempo en que existen, sin trabajar, por eso, las aspiraciones delicadas, superiores y

espirituales de la mejor parte del ser humano” (II, 495). “La educación tiene un deber ineludible

para con el hombre […]: conformarle a su tiempo sin desviarle de la grande y final tendencia

humana” (II, 497). “Educar es depositar en el hombre toda la obra humana que le ha antecedido;

es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, […] ponerlo al nivel de su tiempo […]

prepararlo para la vida” (II, 507). “Educar es dar al hombre las llaves del mundo, que son la

Independencia y el amor, y prepararle las fuerzas para que lo recorra por sí, con el paso alegre de

los hombres naturales y libres” (I, 1965).

En estas definiciones se encuentran dos ideas centrales de la concepción pedagógica de

Martí: la educación es “preparación del hombre para la vida”, sin descuidar su espiritualidad y es la

“conformación del hombre a su tiempo”, pudiendo imterpretarse que la educación representa para

el individuo la conquista de su autonomía, su naturalidad y su espiritualidad.

Es claro que Martí distingue entre educación e instrucción. La primera se refiere al

sentimiento, mientras que la segunda es relativa al pensamiento. Pero, a la vez, reconoce que no

hay buena educación sin instrucción, ya que “las cualidades morales suben de precio cuando están

realizadas por cualidades inteligentes” (I, 853). Diferncia ésta que viene en nuestro auxilio, para

captar el significado de la educación como el intento de “depositar en el hombre toda la obra

humana”, de “hacer de cada hombre un resumen del mundo viviente hasta el día en que vive”. La

educación como recapitulación no es posible sino por la instrucción. Pero, en tanto que

conformación a una época y capacidad para la libertad y la espiritualidad, la educación no se logra

más que por lo que ella es esencialmente: un cultivo integral de las facultades humanas.

Ninguna de las ideas arriba sintetizadas tiene, en el pensamiento pedagógico de Martí, tanta

fuerza, como la de la educación conformadora del hombre a su tiempo. Al expresarla diciendo que

“es criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época y la época misma” (II, 507),

la carga, en verdad, de dos sentidos. Uno directo, literal, en el cual la época es vista como el tiempo

que nos toca vivir, común a todos los hombres que en ese tiempo despliegan su existencia, con lo

cual el cubano muestra una aguda conciencia hitórica que se proyecta sobre toda su concepción

4

pedagógica. Cada tiempo exige instituciones y formas educativas que le sean adecuadas, y esto ha

de escribirlo claro con respecto a la educación superior: “Al mundo nuevo, corresponde la

universidad nueva” (II, 507). El otro sentido que atribuye a la idea es más figurado e indirecto pero

tan real como el literal, para proyectar la categoría de tiempo a la de espacio histórico de manera

que ambas categorías se fusionan. La época, además de un tiempo es un ámbito.

En un artículo, publicado en Patria (2 de julio de 1883), Martí dice: “El peligro de educar

a los niños fuera de su patria es casi tan grande como la necesidad en los pueblos incompletos e

infelices de educarlos donde adquieran los conocimientos necesarios para ensanchar su país

naciente […] Es grande el peligro porque no se ha de criar naranjos para plantarlos en Noruega, ni

manzanos para que den frutos en el Ecuador, sino que al árbol deportado se le ha de conservar el

jugo nativo para que a la vuelta a su rincón pueda echar raíces” (I, 863).

Refiriéndose a los motivos para publicar La edad de oro, le escribe al mexicano Manuel

Mercado: “El periódico lleva pensamiento hondo y ya que me lo echo a cuestas […] ha de ser para

que ayude a lo que quisiera yo ayudar, que es a llenar nuestras tierras de hombres originales,

criados para ser felices en la tierra en que viven y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, como

ciudadanos retóricos o extranjeros desdeñosos, nacidos por castigo en esta otra parte del mundo”

(II, 1201).

No es la suya una concepción xenófoba, ya que pocos como él creían en la solidaridad

entre los pueblos. Tampoco arbitraria, porque el mismo desarrollo natural del hombre está

condicionado por la atmósfera de una sociedad concreta, ya que “el fin de la educación no es hacer

al hombre nulo, por el desdén o el acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo

para vivir bueno y útil en él” (I, 864). Es decir, formarles de acuerdo al ideal que Martí reclama

para América: “hombres buenos, útiles y libres” (I, 866).

Pero, ¿cómo formar hombres buenos si no es por el amor? “Cómo hacerlos libres si no es

permitiendo que vivan en libertad? ¿Cómo concebirlos útiles sin el conocimiento científico de la

naturaleza?

La educación como acto de creación

Martí concebía la educación como un acto de amor, según puede comprobarse en su propia vida y

en las ideas que manifestó sobre el tema. Para él, el acto pedagógico es una relación concreta de

seres humanos alimentada por el amor, creencia que justifica que abogara por el establecimiento de

un cuerpo de maestros “misioneros” capaces de “abrir una campaña de ternura y de ciencia” (II,

515), de maestros ambulantes “dialogantes”, y no “dómines”.

Más concretamente todavía, la educación es una constante creación y el agente principal de

esa creación es, para Martí, el maestro. Lo dijo poéticamente recordando su estadía en Guatemala:

“Yo llegué meses hace a un pueblo hermoso: llegué pobre, desconocido y triste. Sin perturbar mi

decoro, sin doblegar mi fiereza, el pueblo aquel, sincero, generoso, ha dado abrigo al peregrino

humilde: lo hizo maestro, que es hacerlo creador” (II, 205).

Educación y desarrollo infantil

Así veía el acto pedagógico desde la perspectiva del educador, porque también “en tanto que

relación” lo vio desde la del alumno que es el otro término de la relación. Habrían bastado los

cuatro números que aparecieron de La edad de oro para comprobar su profundo conocimiento del

alma infantil. Pero más allá de esto, ofrece en sus escritos una serie de ideas sobre el desarrollo del

niño y la educación. Para Martí, la educación no debe perturbar ese desarrollo, y las escuelas

debieran ser “casas de razón” donde, con guía juiciosa, se habitúe al niño a desplegar su propio

pensamiento.

5

El principio de la individualidad como factor esencial de la educación, se presenta,

precisamente, como una de las ideas-eje de su pensamiento pedagógico. Verdaderamente, esa

individualidad está presentada como lo que los pedagogos europeos de comienzos del siglo XX

llamarían el “elemento regulativo” de la educación. “El estudio —afirma Martí— es el carril,

pero el carácter, la individualidad del niño, esa es la máquina” (I, 1961). Por esta vía llega incluso a

formular todo un concepto de autoeducación: “La educación es el estudio que el hombre pone en

guiar sus propias fuerzas” (II, 737) y, con evidente reminiscencia rousseauniana, llega a

comprender la educación, en general, como un “crecimiento” desde dentro, que “empieza con la

vida y no acaba sino con la muerte” (II, 1261).

La dimensión social y política de la educación

José Martí tuvo también clara la dimensión social del fenómeno y del proceso educativos,

expresada en algunas ideas sobre sociología de la educación constitutiva de verdaderos principios

para una política educativa. “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, manifiestamente

sólo lo es uno; y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la

ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia” (I, 737). Con estas palabras, nos está

proporcionando la clave de su pensamiento socio-político sobre la educación. Si pudo mostrárnosla

pensada en categorías de acción, de amor y de creación, ahora la descubrimos en términos más

directamente sociológicos, políticos y democráticos.

En esta línea, Martí detectó plenamente una de las ideas que caracterizó a la democracia

liberal de América Latina en la segunda mitad del siglo XX: la de “educación popular”. Casi todas

sus reflexiones socio-pedagógicas parten de ese tipo de educación como la base del progreso de los

pueblos, pero definida con una gran aumpitud: “Educación popular no quiere decir exclusivamente

educación de la clase pobre, sino que todas las clases de la Nación, que es lo mismo que el pueblo,

sean bien educadas” (I, 853). Esta educación es, por otra parte, el único medio para llegar a la

democracia, porque son sus palabras: “un hombre ignorante está en camino de ser bestia y un

hombre instruido en la ciencia y la conciencia está en camino de ser Dios, y no hay que dudar entre

un pueblo de dioses y un pueblo de bestias” (I, 854). La fe de Martí en la educación, como remedio

para los males sociales era ilimitada, pues estaba convencido “como hombre de su época” que sólo

en aquélla reside la fuerza, sobre todo si su objetivo es despertar en los hombres el sentido de la

solidaridad (cf. II, 510).

La política educativa, en Martí, no pasó de ser pensamiento o ideal soñado por un

permanente desterrado que no alcanzó a integrar, ni a pesar en el gobierno de su país.

En su concepción de la política educativa, dio preponderancia a los principios de

“educación nacional”, “libertad de enseñanza” y “enseñanza obligatoria”, proponiendo una

sugestiva inversión del orden de los dos últimos. Para él, sería prioridad la obligatoriedad por

encima de la libertad de enseñanza, en la medida en que consideraba que “aquella tiranía saludable

vale aún más que esa libertad”.

La educación científica

En una sociedad educada, que para Martí es lo mimo que decir ?un pueblo libre?, se forma para la

libertad, así como por el amor se forja el hombre bueno. Pero, como además de hombres buenos y

libres, él exigía hombres útiles, para formarlos encontró el camino de la ?educación científica?, vía

para el desarrollo de la inteligencia, instrumento de la autonomía individual y pilar del progreso de

los pueblos.

Martí insiste constantemente en la “educación científica”, oponiéndola, o distinguiéndola,

de la educación que llama “clásica”, “literaria”, “formal” u “ornamental”, tema en el cual no

6

dejó de sufrir la influencia spenceriana, aunque en el cubano ampliada por un amor poético de la

naturaleza. El suyo fue un naturalismo espitirualizado y no biologista o materialista, más cercano a

Rousseau que a Spencer.

De cualquier modo, la educación no es la meramente formal o retórica, sino la que se apoya

en el estudio de la naturaleza. Ésta facilita el progreso social, porque “estudiar las fuerzas de la

naturaleza y aprender a manejarlas es la manera más derecha de resolver los problemas sociales” (I,

1076). La ciencia es el sendero obligado hacia la naturaleza y es imprescindible implantar la

educación científica “por donde ha de salir el hombre nuevo” (I, 1829).

Martí representa el “humanismo científico” contra el “humanismo clásico”, dado que la

educación basada en este último es inactual y sólo proporciona “ornamento y galanura” (II, 495-

96). Anota comentando la reunión de directores de los Colegios de Massachusetts, en 1883: “La

educación antigua, de poemas griegos y libros latinos, o la historia de Livio o de Suetonio, libra

ahora sus postreros combates contra la educación que asoma y se impone, como hija legítima de la

impaciencia de los hombres, libres ya para aprender y obrar, que necesitan saber cómo está hecha y

se mueve y se transforma la tierra que han de mejorar y de la que han de extraer, con sus propias

manos, los medios del bien universal y del mantenimiento propios” (II, 496).

Y para refutar el argumento que defiende el estudio de las lenguas muertas como ejercicio

mental, pregunta si “el orden admirable y nunca contradictorio de la naturaleza no será más

benéfico a la mente que el caprichoso del hipérbaton latino o el contraste de los varios dialectos

griegos” (II, 496).

Lo curioso es que Martí no consideraba inútil el estudio del griego o del latín, y a los que

afirmaban su total inutilidad les dice que “ni el griego ni el latín han saboreado; ni aquellos

capítulos de Homero que parecen primera selva de la tierra, de mostruosos troncos, ni las

perfumosas y discretas epístolas del amigo de Mecenas” (II, 496). No obstante, él tenía poderosas

razones para combatir la enseñanza clásica. La primera porque no quería para América “sólo”

retóricos y estetas, sino hombres capaces de sacarle a la tierra la felicidad de sus pueblos. La

segunda razón, de índole nítidamente política, porque entendía que las lenguas contribuirían a la

formación de castas, y que mantener su enseñanza exclusiva sería apoyar a quienes todavía

sustentan “la necesidad de levantar con una clase impenetrable y ultrailustrada, una valla a las

nuevas corrientes impetuosas de la humanidad que, por todas partes, acometen y triunfan” (II,

593).

La profunda confianza en la educación científica explica por qué Martí exige

constantemente una reforma radical de la educación de su tiempo, tanto como su entusiasmo

cuando visita una Escuela de Mecánica en San Luis, en los Estados Unidos, o cuando transcribe el

plan de estudios de las Escuelas de Electricidad; o cuando se informa que Nicaragua, por honrar un

aniversario abre una escuela de Artes y Oficios, que ya tienen Guatemala, Honduras y Uruguay, y

por abrirse están en Chile y en El Salvador (II, 507-510). Se comprende también su severidad de

reformador cuando se empecina en que se establezcan Escuelas de Agricultura (II, 501),

directamente en los campos; o cuando quiere que cada escuela tenga anexo un taller; o cuando

sostiene el valor educativo del trabajo manual (I, 1969 y II, 510); o cuando habla de la importancia

de la educación física (II, 537); o cuando aspira a elevar la mujer al rango de fuerza

espiritualizadora de la sociedad por medio de la educación (II, 500-501); o cuando se apasiona con

los métodos de una escuela mexicana para sordomudos (II, 814); o cuando enfrenta la vieja

educación con la que él sueña: “La escuela era de memoria y azotes; pero el ir a ella por la nieve

era la escuela mejor” (II, 97).

¿Fue verdaderamente la pedagogía de Martí una pedagogía estrictamente “cientificista”?

“De dónde procede su aparente “cientificismo”? Ya hemos dicho que toda la importancia que

atribuía a la educación científica nace de su afán por hacer americanos útiles e independientes. Pero

es innegable que Spencer tiene su parte, y que Martí conocía su obra, y hasta ha dejado un esquema

sobre su pensamiento (I, 952) y le ha atribuido un papel preponderante en la liberación intelectual

7

de América (II, 101). No obstante, no aceptó su sistema como un dogma, y negó el positivismo por

considerarlo “la negación inmoral de la existencia mejorable y permanente” (II, 1777). En todo

caso el suyo fue un positivismo tamizado a través de una personalidad creadora.

También se ha hablado del pragmatismo de Martí influenciado por John Dewey. Saúl

Flores,5 que es uno de los defensores de esa tesis, no encuentra otra forma de explicar el hecho de

que Martí abogara por la sustitución de las “escuelas abecedario” por las “escuelas de acto”. Sin

embargo no hay en la obra martiana mención alguna de Dewey ni de sus antecesores Peirce y

William James. Por otra parte, cuando el cubano estuvo en Nueva York (con interrupciones entre

1880 y 1895), si bien las ideas de Dewey habían comenzado a difundirse, sus primeros libros

importantes, Mi credo pedagógico y La escuela y la sociedad, no aparecieron hasta 1897 y 1900.

Más acertada es la opinión de Díaz Ortega6 para quien los Estados Unidos y Europa dieron

a Martí los fundamentos de una cultura educativa que le sirvió para criticar y comparar la política

educativa de Hispanoamérica. Pero fue ésta la que le proporcionó el escenario donde vio y vivió los

problemas educativos medulares que enfrentaban sus pueblos. Por otra parte, y aunque existan

puntos de coincidencia entre Martí y Dewey, no es arriesgado afirmar que las ideas pedagógicas de

aquél tienen un principio intrínseco de explicación que podrían encuadrarse en lo que podría

denominarse un activismo espirualista7. Santovenia ha dicho que Martí es, por excelencia, “el

hombre de las armonías” y que esta capacidad de armonización y de totalización también se percibe

en su concepción pedagógica, la cual describe un círculo que va de lo útil americano a lo humano

espiritual, pasando por la naturaleza y la libertad.

El pensamiento educativo martiano recogió las ideas avanzadas de su tiempo, pero puesto

en la perspectiva de la historia latinoamericana es un pensamiento precursor, en el que asoman los

principios tan actuales como el de la educación nacional como instrumento de la autonomía de los

pueblos; de la educación científica y crítica; de la relación de la educación con el trabajo; del

principio de la actividad del sujeto como fundamento del aprendizaje. Como los otros grandes

educadores latinoamericanos de la época, al igual que él grandes escritores y políticos, Martí abrió

un camino pedagógico del cual todavía queda un importante tramo por recorrer.

Notas

1. Ricardo Nassif (Argentina). Profesor en las universidades de Tucumán y La Plata, antes de ser miembro del

Secretariado de la UNESCO. Autor de numerosas obras entre las que cabe mencionar: Dewey: su

pensamiento pedagógico (1968); y Teoría de la educación (1980). Su interés por la pedagogía se orientaba

hacia la teoría de la educación. Falleció en 1984.

2. Para no cargar demasiado las notas, al tratarse de citas textuales de Martí se indica entre paréntesis el

volumen y la página de sus Obras completas en la Edición del centenario, La Habana, Editorial Lex, 1953,

2 vols.

3. F. Lisazo, Martí, el místico del deber, Buenos Aires, Losada, 1940.

4. Según Saúl Flores (“Martí educador”, en: Archivo José Martí, F. Lisazo (comp.), Ministerio de Educación,

La Habana, vol. 6, n°1-4, enero-diciembre 1952), correspondería a Ernesto Morales, comentarista de La

edad de oro, haber revelado la presencia de un pensamiento pedagógico en Martí. Por su parte, Fernández

de la Vega (“Martí educador”, en: Archivo José Martí, op. cit. vol. 4, n°1, enero-abril 1943) se adhiere a la

opinión de Isidro Méndez, para quien las ideas martianas constituyen todo “un programa para educar a un

pueblo”. Sin embargo, la mayoría de los que han estudiado el tema coinciden en que sabemos poco de Martí

como pedagogo, fuera de algunos estudios como el de Díaz Ortega (“Los valores educacionales en José

Martí”, en: Archivo José Martí, vol 5, n°1, enero-junio 1950) o de los esquemas trazados por Saúl Flores o

por Cordero Amador (“José Martí, educador”, en: Archivo José Martí, vol. 5, n°3, enero-junio 1951), sólo se

encuentran referencias dispersas en las distintas biografías que sobre Martí se han escrito, aunque no se

descarta la posibilidad de estudios muy recientes que no hemos podido consultar. Entiéndase que hablamos

de Martí como “teórico” de la educación, y no del Martí “educador” más afortunado en el tratamiento,

quizás por su evidencia.

5. Flores, op. cit.

6. “Humanismo y amor en José Martí”, en: Archivos José Martí, op.cit., vol. 5, enero-junio 1951.

8

7. Debemos una interesante interpretación del espiritualismo de Martí a Adalberto Ronda Varona, en su

ensayo “La unidad de la teoría y la práctica: rasgos catasterísticos de la dialéctica en José Martí”, en: Revista

Cubana de Ciencias Sociales, Centro de Estudios Filosóficos de la Academia de Ciencias de Cuba,

Universidad de La Habana, n°1, 1983, págs. 50-64.

Textos de Martí sobre educación

ANTOLOGÍAS

La cuestión agraría y la educación del campesino. La Habana, Editorial Lex, Biblioteca Popular Martiana, 1940.

Educación. La Habana, Oficina del Historiador de la Ciudad, 1961.

Escritos sobre educación. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1976.

Ideario pedagógico. La Habana, Centro de Estudios Martianos, Editorial Pueblo y Educación, 1990. (Selección y

prólogo por Héctor Almendros.)

José Martí: Precursor de la UNESCO. La Habana, Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1953. (Edición y

prólogo por Félix Lisazo.)

On Education: Articles on educational theory and pedagogy and writings for children from the “Age of Gold”.

[Sobre la educación: artículos sobre la teoría de la educación y de la pedagogía y escritos sobre los niños

sacados de “La edad de oro”], Nueva York, Monthly Review Press, 1979. (Editado por E. Randall;

introducción y notas por Ph. Foner.)

ARTÍCULOS DE REVISTAS

“Abono: La sangre es buen abono”. La América (Nueva York), 1883. (En: Obras completas, vol. 8, La Habana,

Editorial Nacional de Cuba, 1963-65).

“Aprender en las haciendas”. La América (Nueva York), 1883. (En: ibid., vol. 8).

“Cartas de Martí”. La Nación (Buenos Aires), 15 de agosto de 1883. (En: ibid. vol. 8).

“Cartas de Martí. Nueva York en otoño”. 14 de noviembre de 1886 (En: ibid., vol. 11.)

“Cartas de verano. La Nación (Buenos Aires), octubre de 1890. (En: ibid., vol. 1).

“El colegio de Tomás Estrada Palma en el Central Valley. Patria (Nueva York), 2 de julio de 1892 (En: Ibid., vol. 5).

“Educación científica”. La América (Nueva York), septiembre 1883. (En: ibid., vol. 8.)

“Escuela de Artes y Oficios”. La América (Nueva York), noviembre de 1883. (En: ibid., vol. 8).

“Escuela de electricidad”. La América (Nueva York), noviembre de 1883. (En: ibid. vol. 8).

“Escuela de mecánica”. La América (Nueva York), septiembre de 1883. (En: ibid. vol. 8).

Guatemala. México City, Edición El Siglo XIX, 1978. (En: ibid., vol. 7.)

“Peter Cooper”. La Nación (Buenos Aires), 3 de junio de 1883. (En: ibid., vol. 13.)

“El proyecto de instrucción pública”. Revista Universal (México City), 6 de octubre de 1875. (En: ibid., vol. 6)

“Reforma esencial en el programa de universidades americanas. Estudio de las lenguas vivas. Gradual

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JOSE MARTI. LA EDAD DE ORO. POESIA

 

José Martí

LA EDAD DE ORO

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Texto de dominio público.

Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Argentina por cumplirse más de 30 años de la muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo, no todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del mundo.

Infórmese de la situación de su país antes de la distribución pública de este texto.

2 La Edad de Oro

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La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América.

José Martí

A los niños que lean «La Edad de Oro».

Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora.

Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra. y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer,

3 La Edad de Oro

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porque los niños son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón.

Cuando un niño quiera saber algo que no esté en La Edad de Oro, escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían. Por eso La Edad de Oro va a tener cada seis meses una competencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca de veras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares del número de La Edad de Oro en que se publique su composición, que será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros.

Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que las leyesen los colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De seguro que van a ganar las niñas!

Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de La Edad de Oro fue mi amigo!»

Tres héroes

Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba

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adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.

Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir.

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más

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que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.

Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una familia de pueblos.

México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valían por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de

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horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un periódico que llamó El Despertador Americano. Ganó y perdió batallas. Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre.

San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad, los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los niños; un niño valiente, un

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catalancito, hizo huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del monte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila: nadie lo desobedecía su caballo iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó un escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: a Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba muerto: O’Higginds salió huyendo de Chile: pero donde estaba San Martín siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú. En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de Maipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste, y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento al Perú. Un escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron algunas veces lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo a su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.

Dos milagros

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Iba un niño travieso

Cazando mariposas;

Las cazaba el bribón, les daba un beso,

Y después las soltaba entre las rosas.

Por tierra, en un estero,

Estaba un sicomoro;

Le da un rayo de sol, y del madero

Muerto, sale volando un ave de oro.

Meñique

(Del francés, de Laboulaye)

Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y se ve que el saber vale más que la fuerza.

– I –

En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y más ligero que un resorte, pero tan chiquitín que se podía esconder en una bota de su padre. Nadie le decía Juan, sino Meñique.

El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no tenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su choza infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió el corazón de dejar solo a su padre viejo, y decir adiós para siempre a los árboles que habían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo donde bebían el agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí tenía el rey del país un palacio magnífico, todo de madera, con veinte balcones de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en una noche de mucho calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas, un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que pudiera echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del

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tronco, y por cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacos llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbolón; pero allí se estaba el roble, echando ramas y raíces, y el rey tuvo que conformarse con encender luces de día.

Y eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino salían los manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente del palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey había prometido hacer marqués y dar muchas tierras y dinero al que ha abriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar agua para todo el año. Pero nadie se llevó el premio, porque el palacio estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, salía debajo la capa de granito. Como una pulgada nada más había de tierra floja.

Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto. Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía casar a su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además la mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la princesa tenía fama de inteligente y hermosa; así es que empezó a venir de todas partes un ejército de hombres forzudos, con el hacha al hombro y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y todos los picos se rompían contra la roca.

– II –

Los tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino del palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban anda que anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo, y Meñique saltando de acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos, viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tenía algo nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qué las abejas metían la cabecita en las flores, que por qué las golondrinas volaban tan cerca del agua, que por qué no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba a reír, y Pablo se encogía de hombros y lo mandaba callar.

Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que caían allá en lo más alto.

-Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña-dijo Meñique.

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-Todo lo quiere saber el que no sabe nada-dijo Pablo, medio gruñendo.

-Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña-dijo Pedro, torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco.

-Yo voy a ver lo que hacen allá arriba-dijo Meñique.

-Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te dicen tus hermanos mayores.

Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy recio.

-Buenos días, señora hacha-dijo Meñique; -¿no está cansada de cortar tan solita ese árbol tan viejo?

-Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti-respondió el hacha.

-Pues aquí me tiene-dijo Meñique.

Y sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su gran saco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.

-¿Qué vio allá arriba el que todo lo quiere saber?-preguntó Pablo, sacando el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un alfiler.

-Pues el hacha que oíamos-le contestó Meñique.

-Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores-le dijo Pedro el gordo.

A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido que venía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.

-Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras-dijo Meñique.

-Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca al pájaro carpintero picoteando en un tronco-dijo Pablo.

-Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero que picotea en un tronco -dijo Pedro.

-Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.

Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique, oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró Meñique allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba abriendo la roca como si fuese mantequilla.

-Buenos días, señor pico-dijo Meñique:-¿no está cansado de picar tan solito en esa roca vieja?

-Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti-respondió el pico.

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-Pues aquí me tiene-dijo Meñique.

Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando y cantando.

-¿Y qué milagro vio por allá su señoría?-preguntó Pablo, con los bigotes de punta.

-Era un pico lo que oímos-respondió Meñique, y siguió andando sin decir más palabra.

Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era mucho el calor.

-Yo quisiera saber-dijo Meñique-de dónde sale tanta agua en un valle tan llano como éste.

-¡Grandísimo pretencioso-dijo Pablo;-que en todo quiere meter la nariz! ¿No sabes que los manantiales salen de la tierra?

-Yo voy a ver de dónde sale esta agua.

Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin? Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el agua clara chispeando al sol.

-Buenos días, señor arroyo-dijo Meñique;-¿no está cansado de vivir tan solito en su rincón, manando agua?

-Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti-respondió el arroyo.

-Pues aquí me tiene-dijo Meñique.

Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en musgo fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero, y se volvió por donde vino, saltando y cantando.

-¿Ya sabes de dónde viene el agua?-le gritó Pedro.

-Sí, hermano; viene de un agujerito.

-¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!-dijo Pablo, el paliducho.

-Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber-se dijo Meñique a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.

– III –

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Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca, el pozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado con las armas reales, donde prometía el rey casar a su hija y dar la mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo, fuera señor de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero el rey, cansado de tanta prueba inútil, había hecho clavar debajo del cartelón otro cartel más pequeño, que decía con letras coloradas:

«Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo roble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y no corte, ni abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es la primera lección de la sabiduría.»

Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas, cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron más fuertes de lo que eran.

Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, se miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio al hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe echó abajo una de las ramas más gruesas del árbol maldito. Pero enseguida salieron dos ramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le cortaron las orejas sin más ceremonia.

-¡Inutilón!-dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó de un golpe una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de una.

Y el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no quiso aprender en la cabeza de su hermano.

Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.

-¡Quítenme a ese enano de ahí!-dijo el rey-¡y si no se quiere quitar, córtenle las orejas!

-Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, señor rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya tendrás tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.

-Y la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.

Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de cuero. El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: «¡Corta, hacha, corta!»

Y el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco, arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio se calentó con el roble todo aquel invierno.

13 La Edad de Oro

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Cuando ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba el rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.

-¿Dígame el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Y toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo. El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás; la princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con susto a aquel hominicaco que le iban a dar para marido.

Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el mango en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo: «¡Cava, pico, cava!»

Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos de un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.

-¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?

-Es hondo; pero no tiene agua.

-Agua tendrá-dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, le quitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente que habían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra, dijo: «¡Brota, agua, brota!»

Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes que al cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que llevase afuera el agua sobrante.

-Y ahora-dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,-¿cree mi rey que he hecho todo lo que me pedía?

-Sí, marqués Meñique-respondió el rey,-y te daré la mitad de mi reino; o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribución que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de pagar porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo casar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.

-¿Y qué más quiere que haga, rey?-dijo Meñique, parándose en las puntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la princesa cara a cara.

-Mañana se te dirá, marqués Meñique-le dijo el rey;-vete ahora a dormir a la mejor cama de mi palacio.

Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos, que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.

-Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de dónde venía el agua.

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-Fortuna no más, fortuna-dijo Pablo.-La fortuna es ciega, y favorece a los necios.

-Hermanito-dijo Pedro,-con orejas o desorejado creo que está muy bien lo que has hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.

Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y a Pablo.

– IV –

El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le tenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picolín que cabía en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quería cumplir lo que prometió; y le estaban zumbando en los oídos las palabras del marqués Meñique: «Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, rey».

Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían decir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona de buen carácter y de modales finos, como quieren los suegros que sean sus yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga que la cuasia y que la retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas buenas, que pusieron al rey de mal humor; pero Pablo dejó al rey muy contento, porque le dijo que el marqués era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una uña venenosa, un garbanzo lleno de ambición, indigno de casarse con señora tan principal como la hija del gran rey que le había hecho la honra de cortarle las orejas: «Es tan vano ese macacuelo-dijo Pablo-que se cree capaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines todas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que él puede echarse al gigante de criado.»

-Eso es lo que vamos a ver-dijo el rey satisfecho. Y durmió muy tranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños, como si estuviera pensando en algo agradable.

En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda su corte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo, galán como una flor.

-Yerno querido-dijo el rey,-un hombre de tu honradez no puede casarse con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con criados que la sirvan

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como se debe servir en el palacio real. En este bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar. Figúrate qué hermoso criado no hará ese gigante con un sombrero de tres picos, una casaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies. Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse contigo.

-No es cosa fácil-respondió Meñique,-pero trataré de regalarle el gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras de oro.

Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada, un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco a la espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del bosque del gigante.

En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y se puso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde anda el gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante muerto o vivo».

-Y aquí estoy yo-dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse a los árboles de miedo,-aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.

-No estés tan de prisa, amigo-dijo Meñique, con una vocecita de flautín,-no estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar contigo.

Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le hablaba, hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como un pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero entre las rodillas.

-¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño? -dijo el gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas.

-Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.

-Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del cuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin licencia en mi bosque.

-No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo; y si dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.

-Eso quisiera ver-dijo el gigantón.

Meñique sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hacha cortó, tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el temporal.

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-Para, para-dijo asustado el gigante,-¿quién eres tú, que puedes echarme abajo mi bosque?

-Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi hacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando. ¡Quieto donde estás!

Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras Meñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su pan.

-¿Qué es eso blanco que comes?-preguntó el gigante, que nunca había visto queso.

-Piedras como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la carne que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.

Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de tres palos, y un balcón como un teatro vacío.

-Oye-le dijo Meñique al gigante:-uno de los dos tiene que ser amo del otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yo seré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú serás mi criado.

-Trato hecho-dijo el gigante;-me gustaría tener de criado un hombre como tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya, pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.

Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos tanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.

-¡Hola!-dijo el gigante, abriendo la boca terrible;-a la primera ya estás vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.

-¿Y para qué la he de cargar?-dijo Meñique.-Carga tú, que eres bestia de carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos, y te llenaré los cubos, y tendrás tu agua.

-No, no-dijo el gigante,-que ya me dejaste el bosque sin árboles, y ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo traeré el agua.

Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue echando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en tiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba, y le echaba sal y tomillo, hasta que lo encontró bueno.

-A la mesa, que ya está la comida-dijo el gigante;-y a ver si haces lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti de postres.

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-Está bien, amigo-dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del pescuezo a los pies.

Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que no echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.

-¡Uf! ¡ya no puedo comer más!-dijo el gigante;-tengo que sacarme un botón del chaleco.

-Pues mírame a mí, gigante infeliz-dijo Meñique, y se echó una col entera en el saco.

-¡Uha!-dijo el gigante;-tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer piedras.

-Anda, perezoso-dijo Meñique,-come como yo-y se echó en el saco un gran trozo de buey.

-¡Paff!-dijo el gigante,-se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?

-¿A mí?-dijo Meñique;-no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.

Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de cuero.

-Ahora te toca a ti-dijo al gigante;-haz lo que yo hago.

-Muchas gracias-dijo el gigante.-Prefiero ser tu criado. Yo no puedo digerir las piedras.

Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó en el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro, y salió andando por el camino del palacio.

– V –

En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni de que le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido, que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el mundo. Era el gigante, que no cabía por el portón, y lo había echado abajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado con mucha tranquilidad en el hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balcón donde estaba el mismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una

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rodilla delante de la princesa y le habló así: «Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y aquí están dos a tus pies».

Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de la corte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para que no se casara Meñique con su hija.

-Hija-le dijo en voz baja,-sacrifícate por la palabra de tu padre el rey.

-Hija de rey o hija de campesino-respondió ella,-la mujer debe casarse con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que me interesa. Meñique-siguió diciendo en alta voz la princesa,-eres valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.

-Ya lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, y obedecer sus caprichos.

-Veo que eres hombre de talento-dijo la princesa.-Puesto que sabes adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si pierdes, quedo libre para ser de otro marido.

Meñique la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la prueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porque no cabía en la sala de lo alto que era. Meñique le hizo una seña, y él echó a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba Meñique, y se echó a sus pies, orgulloso de que vieran que tenía a hombre de tanto ingenio por amo.

-Empezaremos con una bufonada-dijo la princesa.-Cuentan que las mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una mentira más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde.

-Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad con toda el alma.

-Estoy segura-dijo la princesa-de que tu padre no tiene tantas tierras como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro pastor.

-Eso es una bicoca-dijo Meñique.-Mi padre tiene tantas tierras que una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera cuando sale por la otra.

-Eso no me asombra-dijo la princesa.-En tu corral no hay un toro tan grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.

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-Eso es una bicoca-dijo Meñique.-La cabeza del toro de mi casa es tan grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está montado en el otro.

-Eso no me asombra-dijo la princesa.-En tu casa no dan las vacas tanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veinte toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como la pirámide de Egipto.

-Eso es una bicoca-dijo Meñique.-En la lechería de mi casa hacen unos quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y no la encontramos sino después de una semana. El pobre animal tenía el espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvió de espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un ramo al espinazo por encima de la piel, y el ramo creció tanto que yo me subí en él y toqué el cielo. Y en el cielo vi a una señora vestida de blanco, trenzando un cordón con la espuma del mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me reventó, y caí dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas hasta que se le caían a tu padre los bigotes.

-¡Eso es demasiado!-dijo la princesa.-¡A mi padre el rey nadie le ha tirado nunca de las orejas!

-¡Amo, amo!-dijo el gigante.-Ha dicho «¡Eso es demasiado!» La princesa es nuestra.

– VI –

-Todavía no-dijo la princesa, poniéndose colorada.-Tengo que ponerte tres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos casamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo y nunca se rompe?

-¡Oh!-dijo Meñique;-mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la cascada!

-Dime ahora-preguntó la princesa, ya con mucho miedo:-¿quién es el que anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?

-¡Oh!-dijo Meñique;-mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol!

-El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.-Ya no queda más que un enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo pienso, y tú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?

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Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el miedo de perder.

-Amo-dijo el gigante;-si no adivinas el enigma, no te calientes las entendederas. Hazme una seña, y cargo con la princesa.

-Cállate, criado dijo Meñique;-bien sabes tú que la fuerza no sirve para todo. Déjame pensar.

-Princesa y dueña mía-dijo Meñique, después de unos instantes en que se oía correr la luz.-Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres decir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como noble princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo ni tú pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tan pobres…

-Cállate-dijo la princesa;-aquí está mi mano de esposa, marqués Meñique.

-¿Qué es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?-preguntó el rey.

-Padre y señor-dijo la princesa, echándose en sus brazos;-que eres el más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.

-Ya lo sé, ya lo sé-dijo el rey;-y ahora, déjenme hacer algo por el bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!

-¡Viva mi amo y señor, el duque Meñique!-gritó el gigante, con una voz que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, e hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.

– VII –

En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular, porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su amo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los árboles que encontraba, y cuando salió el carruaje de los novios, que era de nácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó el carruaje a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta que los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.

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Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a los novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban con mucha elegancia y honestidad al compás de una música de violines, con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no hablaba ni cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no podía ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no oír ni ver, y en el bosque murió, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.

Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio si debían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la corte entera, y cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos años. Y dicen que mandó tan bien que sus vasallos nunca quisieron más rey que Meñique, que no tenía gusto sino cuando veía a su pueblo contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey tan bueno como Meñique.

Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un hombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es bueno, y el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón; el que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento. Todos los pícaros son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de este cuento otra lección mejor, vaya a contarlo en Roma.

Cada uno a su oficio

Fábula nueva del filósofo norteamericano Emerson

La montaña y la ardilla

Tuvieron su querella:

-«¡Váyase usted allá, presumidilla!»

Dijo con furia aquélla;

A lo que respondió la astuta ardilla:

-«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella;

Mas de todas las cosas y estaciones

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Hay que poner en junto las porciones,

Para formar, señora vocinglera,

Un año y una esfera.

Yo no sé que me ponga nadie tilde

Por ocupar un puesto tan humilde.

Si no soy yo tamaña

Como usted, mi señora la montaña,

Usted no es tan pequeña

Como yo, ni a gimnástica me enseña.

Yo negar no imagino

Que es para las ardillas buen camino

Su magnífica falda:

Difieren los talentos a las veces:

Ni yo llevo los bosques a la espalda,

Ni usted puede, señora, cascar nueces.»

La Ilíada, de Homero

Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás de la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores. Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carácter de cada persona que puede decirse quién es por lo que dice o hace, sin necesidad de verle el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y música como los de la Ilíada, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de Homero, donde parece que es un padre el que habla.

En la Ilíada no se cuenta toda la guerra de treinta años de Grecia contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya; sino lo que pasó en la guerra cuando los griegos estaban todavía en la llanura asaltando a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos, Agamenón y Aquiles. A Agamenón le llamaban el Rey de los Hombres, y era como un rey mayor, que tenía más mando

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y poder que todos los demás que vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey troyano, del viejo Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que cantaba en la lira las historias de los héroes, y se hacía querer de las mismas esclavas que le tocaban de botín cuando se repartían los prisioneros después de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa de los reyes, porque Agamenón se resistía a devolver al sacerdote troyano Crises su hija Criseis, como decía el sacerdote griego Calcas que se debía devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba enojado con los griegos porque Agamenón tenía cautiva a la hija de un sacerdote: y Aquiles, que no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre todos los demás, y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los griegos, y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería a Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía en su tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de perro y corazón de venado», y sacó la espada de puño de plata para matarlo delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su lado, le sujetó la mano, cuando tenía la espada a medio sacar. Y Aquiles echó al suelo su cetro de oro, y se sentó, y dijo que no pelearía más a favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su tienda.

Así empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la Ilíada, desde que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le enfureció cuando los troyanos le mataron a su amigo Patroclo, y salió a pelear otra vez contra Troya, que estaba quemándoles los barcos a los griegos y los tenía casi vencidos. No más que con dar Aquiles una voz desde el muro, se echaba atrás el ejército de Troya, como la ola cuando la empuja una corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los caballos troyanos. El poema entero está escrito para contar lo que sucedió a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:-la disputa de los reyes, -el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de Agamenón a Aquiles,-el combate de Paris, hijo de Príamo, con Menelao, el esposo de Helena,-la tregua que hubo entre los dos ejércitos, y el modo con que el arquero troyano Pandaro la rompió con su flechazo a Menelao,-la batalla del primer día, en que el valentísimo Diomedes tuvo casi muerto a Eneas de una pedrada,-la visita de Héctor, el héroe

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de Troya a su esposa Andrómaca, que lo veía pelear desde el muro,-la batalla del segundo día, en que Diomedes huye en su carro de pelear, perseguido por Héctor vencedor,-la embajada que le mandan los griegos a Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que él no pelea están ganando los troyanos,-la batalla de los barcos, en que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,-la muerte de Patroclo,-la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que le hizo el dios Vulcano,-el desafío de Aquiles y Héctor,-la muerte de Héctor,-y las súplicas con que su padre Príamo logra que Aquiles le devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y guardar los huesos blancos en una caja de oro. Así se enojó Aquiles, y ésos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acabó el enojo.

A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía hoy dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de Dios, que es lo que llaman «el derecho divino de los reyes», y no es más que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos eran nuevos y no sabían vivir en paz, como viven en el cielo las estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla aunque tenga al lado otra. Los griegos creían, como los hebreos, y como otros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creador del mundo, y los únicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente que se hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.

Cada rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo, según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando el regalo era pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado mucha miel y muchas ovejas. Así se ve en la Ilíada, que hay como dos historias en el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del cielo son como una familia, sólo que no hablan como personas bien criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los hombres en el mundo. Siempre estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin saber qué hacer; porque su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y su mujer Juno a los griegos, lo

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mismo que su otra hija Minerva; y había en las comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo, el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades de Apolo, el de pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses subían y bajaban, a llevar y traer a Júpiter los recados de los troyanos y los griegos; o peleaban sin que se les viera en los carros de sus héroes favorecidos; o se llevaban en brazos por las nubes a su héroe para que no lo acabase de matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la figura del viejo Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a Agamenón que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por Diomedes, en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano. Otra vez, cuando por engaño de Minerva dispara Pandaro su arco contra Menelao, la flecha terrible le entró poco a Menelao en la carne, porque Minerva la apartó al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de la cara una mosca. En la Ilíada están juntos siempre los dioses y los hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede más que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de oírlos y contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles. En la Ilíada, aunque no lo parece, hay mucha filosofía, y mucha ciencia, y mucha política, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses no son en realidad más que poesías de la imaginación, y que los países no se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo con que quiere que lo gobiernen.

Pero lo hermoso de la Ilíada es aquella manera con que pinta el mundo, como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cielo quién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvo tantas maravillas. Y otra

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hermosura de la Ilíada es el modo de decir las cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter consintió en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se arrepintiesen de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijo que sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en las cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que él cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de soldado a defender a su país, o salía por ambición o por celos a atacar a los vecinos; y como no había libros entonces, ni teatros, la diversión era oír al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las batallas de los hombres; y el aeda tenía que hacer reír con las maldades de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio; y les hablaba de lo que la gente oía con interés, que eran las historias de los héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto y provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseñaba en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tenía como hijo de un dios al que hablaba bien, o hacía llorar o entender a los hombres. Por eso hay en la Ilíada tantas descripciones de combates, y tantas curas de heridas, y tantas arengas.

Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en la Ilíada. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo en pueblo, cantando la Ilíada y la Odisea, que es otro poema donde Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más poemas parece que compuso Homero, pero otros dicen que ésos no son suyos, aunque el griego Herodoto, que recogió todas las historias de su tiempo, trae noticias de ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribió, que es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si Herodoto la escribió de veras, o si no la contó muy de prisa y sin pensar, como solía él escribir.

Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la llíada, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenas traducciones, y el que sepa inglés debe leer la Ilíada de Chapman, o la de Dodsley, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope, que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como leer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la

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traducción de Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es de Hermosilla; porque las palabras de la Ilíada están allí, pero no el fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en que parece que se ve amanecer el mundo,-en que los hombres caen como los robles o como los pinos,-en que el guerrero Ajax defiende a lanzazos su barco de los troyanos más valientes,-en que Héctor de una pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballos inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo Patroclo,-y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el ciclo se junta con el mar.

Cada cuadro de la Ilíada es una escena como ésas. Cuando los reyes miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón, Aquiles va a llorar a la orilla del mar, donde están desde hace diez años los barcos de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a oírlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al cielo, y Júpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos vencerán a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan alto que andaba entre los demás hombres como un macho entre el rebaño de carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como un león hambriento en un rebaño:-pero mientras Aquiles esté ofendido, los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de Príamo; Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente de los reyes que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo en brazos del Sueño y de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Júpiter, cuando lo mató Patroclo de un lanzazo. Los dos ejércitos se acercan a pelear: los griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y luego se vuelve atrás; pero la misma hermosísima Helena le llama cobarde, y Paris, el príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo: vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta que Minerva, vestida como el hijo del troyano

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Antenor, le aconseja con alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos queden ante el mundo por traidores, y sea más fácil la victoria de los griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur; entonces es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca que cuide de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear. Al otro día Héctor y Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta que el cielo se oscurece: pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los vienen a separar, y Héctor le regala su espada de puño fino a Ajax, y Ajax le regala a Héctor un cinturón de púrpura.

Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murallón que han levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los cuerpos de los héroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabalí. Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Héctor victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y los de Grecia, como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de una puerta a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de punta que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor, y corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrás, de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y Aquiles no ayuda todavía a los griegos: no atiende a lo que le dicen los embajadores de Agamenón: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empuña la lanza que ningún hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega su amigo Patrocio, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un muro, se echan atrás los troyanos miedosos.

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Patroclo se mete entre ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro. El gran Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros, se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo el casco de Aquiles, que no había tocado el suelo jamás, le rompe la lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a su amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo su madre, para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo cuando están recogiendo la uva madura, y un niño cantando en una arpa, y una boyada que va a arar, y danzas y músicas de pastores, y alrededor, como un río, el mar: y le hizo un coselete que lucía como el fuego, y un casco con la visera de oro. Cuando salió al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron en tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el carro espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más que de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido, ya el consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a Patroclo, porque fue amable y bueno.

Al otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles, que mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden pelear, porque los dioses les echan de lado las lanzas. En el río era Aquiles como un gran delfín, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los muros le ruega a Héctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo ruega su madre. Aquiles llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a Troya en los carros. Todo Troya está en los muros, el padre mesándose con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y suplicando. Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean. Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como águila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadáver: Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillándole en la mano

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como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza a Héctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya. Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro, arrastrando.

Y entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo de Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y cada guerrero se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadáver; y mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles mató con su mano los doce prisioneros y los echó a la pira: y el cadáver de Héctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y Aquiles amarraba cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba vuelta al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo, ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de él Venus y Apolo.

Y entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego una pelea a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto; después una lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para ver quién era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quién tiraba más lejos la lanza.

Y una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que era Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran, con el dios Mercurio,-Príamo, el de la cabeza blanca y la barba blanca,-Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las manos muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor. Y Aquiles se levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo; y mandó que bañaran de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor, y que lo vistiesen con una de las túnicas del gran tesoro que le traía de regalo Príamo; y por la noche comió carne y bebió vino con Príamo, que se fue a acostar por primera vez, porque tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no debía dormir entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que los vieran los griegos.

Y hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral a Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y Príamo los injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su hijo; y las mujeres lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. y lo pusieron en su cama de dormir. Y

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vino Andrómaca su mujer, y le habló al cadáver. Luego vino su madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno. Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo lloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo, temblándole la barba, y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve días estuvieron trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima le echaron mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo gran fiesta en el palacio del rey Príamo. Así acaba la Ilíada, y el cuento de la cólera de Aquiles.

Un juego nuevo y otros viejos

Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el juego del burro. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una casa, es que están jugando al burro. No lo juegan los niños sólo, sino las personas mayores. Y es lo más fácil de hacer. En una hoja de papel grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamaño de un perro. Con carbón vegetal se le puede pintar, porque el carbón de piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una pila de tierra la madera de los árboles. 0 con un pincel mojado en tinta se puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se pinta todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro donde debe estar. Lo que no es tan fácil como parece; porque al que juega le vendan los ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y él anda, anda; y la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezuña, o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la puerta, creyendo que es el burro.

Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que los niños de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que vivieron hace dos mil años; pero los niños romanos jugaban a las bolas, lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían muñecas con pelo de verdad, com las niñas de ahora. En la lámina están unas niñas griegas, poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que

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era como una santa de entonces; porque los griegos creían también que en cielo había santos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y las tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban los niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía todas las mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto, Ni hubo ninguno de los otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen los niños; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la tierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana cazando con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernas no más son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina mucho. Y las niñas griegas querían a su muñeca tanto, que cuando se morían las enterraban con las muñecas.

Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas, ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años que se juega en Francia. Y los niños no saben, cuando les vendan los ojos, que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en Francia, que se quedó ciego un día de pelea y no soltó la espada ni quiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir: ése fue el caballero Colin-Maillard. Luego el rey mandó que en las peleas de juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de aquel gran valor. Y ahí vino el juego.

Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que están entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue rey de Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que vino después, sino un hombrecito ridículo, como esos que no piensan más que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en pelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenían odio por holgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia

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estaba en la miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución, para que el rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda. Entonces no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran entonces algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus palacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen lo que sucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones decían como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o jorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo es el cuadro de los bufones que pintó el español Zamacois. Todos aquellos hombres infelices están esperando a que el rey los llame para hacerle reír, con sus vestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra.

Desnudos como están son más felices que ellos esos negros que bailan en la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la «fantasía». Otro pintor español ha pintado muy bien la fiesta: el pobre Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad, con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos, mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose a montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de la pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de allí son hombres de cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda está a la mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos a otros y se abrazan.

Los indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma danza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México. Eran hombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora y las balas como los soldados del español Cortés, pero su ciudad era como de plata, y la plata misma la labraban como un

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encaje, con tanta delicadeza como en la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversión de mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo, que tenía unas veinte varas, y venían por el aire dando volteos y haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse más que con la soga, que ellos tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era «horrible y espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo».

Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no más saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuñan por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los isleños de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el palo no es invención del inglés, sino de las islas; y sí que es cosa de verse un isleño jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el luchar, que en las Canarias les enseñan a los niños en las escuelas. Y la danza del palo encintado; que es un baile muy difícil en que cada hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse nunca. Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés más rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse con él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota, que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasión, como que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que los dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a decirle cómo debía tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es muy curioso, será para otro día.

Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios hacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a jugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las plantas de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo de los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellos sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. Tzaá le decían a este juego: dos indios se subían primero en las puntas del palo, dos más se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caerse muchas suertes y vueltas. Y los indios tenían su ajedrez, y sus jugadores de manos, que se comían

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la lana encendida y la echaban por la nariz: pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque con los cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:

-¿Chichá, por qué te comes esa aceituna tan despacio?

-Porque me gusta mucho.

Bebé y el señor don Pomposo

Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, que le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los Hijos del Rey Eduardo, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres, para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, el que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los niños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, y blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, él quiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una vez en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muy hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzo le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas las mañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con los criados viejos se está horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, de cuando ellos eran príncipes y reyes. y tenían muchas vacas y muchos elefantes: y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por la cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómo crecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué está hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te dice que sí, que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda., largas y redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos mariposas.

Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazos levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada

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en el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepilla la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias coloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del gran comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los ojos; pero no está dormido, Bebé está pensando.

La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje a París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a su mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebé no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a su mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla. Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo, como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre. Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama a los pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los niños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se lleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en el vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está Raúl con Bebé, el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito, ni lleva medías de seda colorada.

Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver a los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobres que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después, y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul y pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tío de mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señor Don Pomposo. Bebé está pensando.

Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, qué largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no la dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una banqueta en los pies. y le hablaba como dicen que les hablan a las reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente le habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta eso, porque mamá es buena.

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Y Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró en el cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en un sillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y entonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como con treinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador de Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado-¡oh, que sable! ¡oh, qué gran sable!-y le abrochó por la cintura el cinturón de charol-¡oh, qué cinturón tan lujoso!-y le dijo: «Anda, Bebé: mírate al espejo; ése es un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño». Y Bebé, muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, miraba al sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste, como si se fuera a morir:-¡oh, que sable tan feo, tan feo! ¡oh, qué tío tan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.

El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito a poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera de sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sables de los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. El también, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en un caballo morado, como el vestido que tenía el obispo. El no ha visto nunca caballos morados, pero se lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién le manda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables. Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido a su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocador en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga ruido… y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose, va riéndose el pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado en la almohada.

La última página

La Edad de Oro se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso a escribir largo el hombre de La Edad de Oro, como quien escribe una carta de cariño para persona a quien quiere mucho, y sucedió que escribió más de lo que cabía en las

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treinta y dos páginas. Treinta y dos páginas es de veras poco para conversar con los niños queridos, con los que han de ser mañana hábiles como Meñique, y valientes como Bolívar: poetas como Homero ya no podrán ser, porque estos tiempos no son como los de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras bárbaras de pueblo con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre con hombre para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta de ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera pintado con colores, y castigar con la poesía, como con un látigo, a los que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país les obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el ciclo, y amigos, y madres. El que tenga penas, lea las Vidas Paralelas de Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor, porque ahora la tierra ha vivido más, y se puede ser hombre de más amor y delicadeza. Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza está en el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno ser fuerte de cuerpo; pero para lo demás de la vida, la fuerza está en saber mucho, como dice Meñique. En los mismos tiempos de Homero, el que ganó por fin el sitio, y entró en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni Aquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era el hombre de ingenio, y ponía en paz a los envidiosos, y pensaba pronto, lo que no les ocurría a los demás.

Con esta última página está sucediendo lo que con el primer número de La Edad de Oro; que no va a caber lo que el amigo de los niños les quería decir, y es que en el número de agosto se publicará una Historia del Hombre, contada por sus casas, que no cupo esta vez, historia muy curiosa, donde se cuenta cómo ha vivido el hombre, desde su primera habitación en la tierra, que fue una cueva en la montaña, hasta los palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicación muy entretenida del modo de fabricar Un cubierto de mesa. Porque es necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no sepan explicar. Para

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eso se publica La Edad de Oro. Y para todo lo que quieran preguntar, aquí está el amigo.

Estas últimas páginas serán como el cuarto de confianza de La Edad de Oro, donde conversaremos como si estuviésemos en familia. Aquí publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aquí responderemos a las preguntas de los niños: aquí tendremos la Bolsa de Sellos, donde el que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacer colección, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene más que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos hará aquí una visita El Abuelo Andrés, que tiene una caja maravillosa con muchas cosas raras, y nos va a enseñar todo lo que tiene en La Caja de las Maravillas.

La Edad de Oro

La historia del hombre, contada por sus casas

Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años los hombres no vivían así, ni había países de sesenta millones de habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros que contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres de antes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando los hombres vivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del bosque, escondidos en las cuevas de la montaña, sin saber que en el mundo había cobre ni hierro allá en los tiempos que llaman «paleolíticos»:-¡palabra larga esta de «paleolíticos»! Ni la piedra sabían entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con unas hachas de pedernal afilado, y ésa fue la edad nueva de piedra, que llaman «neolítica»: neo, nueva, lítica, de piedra: paleo, por supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres vivían en las cuevas de la montaña, donde las fieras no podían subir, o se abrían un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas de árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como abierta en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los animales, grandes como montes. En América no parece que vivían así los hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en familias sueltas: todavía se ven las ruinas de los que llaman los «terrapleneros», porque fabricaban con tierra unos paredones en figura de círculo, o de triángulo, o de cuadrado, o de cuatro círculos unos dentro de otros: otros

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indios vivían en casas de piedra que eran como pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque allí hubo hasta mil familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros, sino por el techo, como hacen ahora los indios zuñis: en otros lugares hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde subían agarrándose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos, que es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua las casas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas: y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les ponían alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venían a pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de árboles. Otros ponían de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenes no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír a los viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra, o tenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban en el suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban «menhir» en Europa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque los mayas de Yucatán no sabían que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en donde está Francia ahora, pero hacían lo mismo que los galos, y que los germanos, que vivían donde está ahora Alemania. Estudiando se aprende eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo, empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años. Junto a la ciudad de Zaragoza, en España, hay familias que viven en agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados Unidos, los que van a abrir el país viven en covachas, con techos de ramas, como en la edad neolítica: en las orillas del Orinoco, en la América del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que las que había hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi, que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolíticos levantaban en los desiertos:

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el negro de África hace hoy su casa con las paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes, y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los pueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro. Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo más hermoso de la edad de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su casa en las ramas de los árboles, y con su lanza de pedernal sale a matar los pájaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores del río. Pero los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntan con los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no como antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo ellos mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres andaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy acá y mañana allá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos de la tierra. Luego los hombres encontraron el cobre, que era más blando que el pedernal, y el estaño, que era más blando que el cobre, y vieron que con el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estaño y cobre juntos se hacía un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber cómo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estaño, entonces están en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su tierra, y con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo había cobre ni estaño. Cuando los hombres de Europa vivían en la edad de bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas como las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieron siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal cuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Perú, donde ponían a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del indio peruano era de mampostería, y de dos pisos, con las ventanas muy en alto, y las puertas más anchas por debajo que por la cornisa, que solía ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía su casa tan fuerte, sino más ornada, como en país donde hay muchos árboles y pájaros. En el techo había como escalones, donde ponían las figuras de sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños, y piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y

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fimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas: en las salas de adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus animales o sus héroes, y por fuera ponían en las esquinas unas canales de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas con el sol, como si fueran de plata.

En los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades, y mejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron solos, cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían unos a otros, iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra, como un gigante regañón, o como una fiera enojada, echando por el cráter humo y fuego: así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de la tierra es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cada una hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles de aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo modo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra tarda mucho en pasar de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y así sucede lo de los romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio César, que cuando los romanos tenían palacios de mármol con estatuas de oro, y usaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaña vivía en cuevas, y se vestía con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los troncos duros.

En esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre, porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce, con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estaño, y luego vienen las capas de arriba, las de los últimos tiempos, que llaman la edad de hierro, cuando el hombre aprendió que el hierro se ablandaba al fuego fuerte, y que con el hierro blando podía hacer martillos para romper la roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra: entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos: lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó al hombre copiar en dibujo las cosas que veía, porque hasta las cavernas más oscuras donde habitaron las familias salvajes están llenas de figuras talladas o pintadas en la

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roca, y por los montes y las orillas de los ríos se ven manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban allí desde hacía muchos siglos cuando vinieron a vivir en el país los pueblos de ahora. Y se ve también que todos los pueblos han cuidado mucho de enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos altos, como para estar más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora con las torres. Los terrapleneros hacían montañas de tierra, donde sepultaban los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbre de unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedra que era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en la isla de Cerdeña hay unos torreones que llaman «nuragh», que nadie sabe de qué pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus pirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus obeliscos famosos, donde escribían su historia con los signos que llaman «jeroglíficos».

Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos» porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos», de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en esos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico, porque se tiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron. ¿Quién sabe cuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus calzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia empezaron a hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo vivió en Yucatán antes que los mayas que encontraron allí los españoles; ni de dónde vino la raza desconocida que levantó los terraplenes y las casas-pueblos en la América del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa; aunque allí se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde había menos frío y era mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como que allí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber, y a descubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras, y las inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por la tierra y el mar. En lo más elevado y fértil del continente es donde se civilizó el hombre trasatlántico primero. En nuestra América sucede lo mismo: en las altiplanicies de México y del Perú, en los valles altos y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio americano. En el continente trasatlántico parece que Egipto fue el pueblo más viejo, y de allí fueron entrando los hombres por lo que se llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios más perfectos del

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mundo, y escribieron los libros más bien compuestos y hermosos. Había pueblos nacidos en todos estos países, pero los que venían de los pueblos viejos sabían más, y los derrotaban en la guerra, o les enseñaban lo que sabían, y se juntaban con ellos. Del norte de Europa venían otros hombres más fuertes, hechos a pelear con las fieras y a vivir en el frío: y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo, después de una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con los europeos de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear con los romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad, y porque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma, porque era sabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando los pueblos en el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.

Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblo más antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del egipcio es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo el Egipto, como que el gran río Nilo crecía todos los años, y con el barro que dejaba al secarse nacían muy bien las siembras: así que las casas estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como allá hay muchas palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas; y encima del segundo piso tenían otro sin paredes, con un techo chato, donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos que iban y venían con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde, que es de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenos de pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color tanto, que hasta la estera con que cubrían el piso era de hebras decolores diferentes.

Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los que mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de vigas de sicomoro, que es su árbol querido. El techo tenía un borde como las azoteas, porque con el calor subía la gente allí a dormir, y la ley mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente a tierra. Solían hacer sus casas como el templo que fabricó su gran rey Salomón, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.

Por aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador, que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al enemigo, y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro. No tenían ventanas, sino que les venía la luz del techo. Sobre las puertas ponían a veces piedras talladas

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con alguna figura misteriosa, como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.

Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar, que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente navegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar las casas de los pueblos que veían más, que eran los hebreos y los egipcios, y luego las de los persas, que conquistaron en guerra el país de Fenicia. Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las casas de Egipto, o como las de Persia.

Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que todos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos. Persia es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los caballos, los puños de los sables, todo está allí lleno de joyas. Usan mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color, y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los velos de hilo de plata, la pedrería fina. Todavía hoy son así los persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores, pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una cúpula redonda, como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba el baño, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patios cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos, pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos de animales, de pecho verde y collar de oro.

Junto a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos del mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las platerías la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios Buda cortadas a pico en la montaña. Sus templos, sus sepulcros, sus palacios, sus casas, son como su poesía, que parece escrita con colores sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en el Indostán que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y está todo labrado, desde los cimientos hasta la cúpula. Y la casa de los hindús de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada la escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la esquina, y el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso de las casas hindús era la fantasía de los adornos, que son como un trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.

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En Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de colorines. En la casa de los griegos no había ventanas, porque para el griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar el extranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero muy lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el corredor de columnas, donde pasaba los días la familia, que sólo en la noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponían en nichos sus jarros preciosos: las sillas tenían filetes tallados, como los que solían ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el mundo no hay edificio más bello que el Partenón, como que allí no están los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una especie de música que se siente y no se oye, porque el tamaño está calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve. Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan.

Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas, y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión, y un arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la burla y la extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas; y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y la cola azul. Mientras fueron república libre, los etruscos vivían dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronomía, y hombres que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composición del mundo. Era célebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierra cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños los romanos. Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos. Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y caricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera en movimiento.

La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio al principio fue la casa entera, y después no era más que el portal, de donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas, adonde daban los cuartos ricos

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del señor, que para cada cosa tenía un cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abría sobre un jardín. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores brillantes, y en los recodos había muchos nichos con jarras y estatuas. Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta a la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta se podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el atrio tenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma fue dueña de todos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su rey, que era el guerrero más poderoso de todos los del país, y vivía en su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que llamaban «señores» en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo vivía alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder de Roma había sido muy grande, y en todas partes había puentes y arcos y acueductos y templos como los de los romanos; sólo que por el lado de Francia, donde había muchos castillos, iban haciendo las fábricas nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y templos, que es lo que llaman «arquitectura románica» y del lado de los persas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían a los monumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias cuevas de oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias románicas; y del lado de Turquía eran las casas como palacios, con las columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados: había barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos los metales, que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que están vacías.

En España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieron luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como si ya no se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las puertas eran pequeñas, pero con tantos arcos que parecían grandes: las columnas delgadas sostenían los arcos de herradura, que acababan en pico, como abriéndose para ir al cielo: el techo era de madera fina, pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra:

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en los patios de mármol había laureles y fuentes: parecían como el tejido de un velo aquellos balcones.

Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos diferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de los castillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de los cristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos de pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus pórticos bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez más altas; porque cada iglesia quería tener su torre más alta que las otras; y las casas las hacían así también, y, los muebles. Pero los adornos llegaron a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte griego por sencillo: decían que ya eran muchas las iglesias: buscaban modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del «Renacimiento»: pero como en el arte gótico de la «ojiva» había mucha beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones elegantes de la arquitectura gótica. Eran tiempos de arte y riqueza, y de grandes conquistas, así que había muchos señores y comerciantes con palacio. Nunca habían vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de los europeos, peleaban por su cuenta o se hacían amigos, y se aprendían su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hindú en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas revueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestra América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, sus observatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indio lo quemaron los conquistadores españoles y lo echaron abajo, menos las calzadas, porque no sabían llevar las piedras que supieron traer los indios, y los acueductos, porque les traían el agua de beber.

Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean de una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y griegas, y góticas, y bizantinas, y

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japonesas, como si empezara el tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van juntando.

Los dos príncipes.

Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson

El palacio está de luto

Y en el trono llora el rey,

Y la reina está llorando

Donde no la pueden ver:

En pañuelos de holán fino

Lloran la reina y el rey:

Los señores del palacio

Están llorando también.

Los caballos llevan negro

El penacho y el arnés:

Los caballos no han comido,

Porque no quieren comer:

El laurel del patio grande

Quedó sin hoja esta vez:

Todo el mundo fue al entierro

Con coronas de laurel:

-¡El hijo del rey se ha muerto!

¡Se le ha muerto el hijo al rey!

En los álamos del monte

Tiene su casa el pastor:

La pastora está diciendo

«¿Por qué tiene luz el sol?»

Las ovejas, cabizbajas,

Vienen todas al portón:

¡Una caja larga y honda

Está forrando el pastor!

Entra y sale un perro triste:

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Canta allá adentro una voz-

«¡Pajarito, yo estoy loca,

Llévame donde él voló!»:

El pastor coge llorando

La pala y el azadón:

Abre en la tierra una fosa:

Echa en la fosa una flor:

-¡Se quedó el pastor sin hijo!

¡Murió el hijo del pastor!

Nené traviesa.

¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar a «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces» con sus muñecas, que dar la lección de «treses y de cuatros» con la maestra que le viene a enseñar. Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nené maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y por qué será?: ¡quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le dan azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la primera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir azúcar dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavos para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidó como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fue un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus amiguitas no le dicen Nené, sino «Merengue de Fresa».

El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no había visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené», sino «la hijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella a recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas: y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar. Pero enseguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el papá deNené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras; y a ella le

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gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no: porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hoja de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién sabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas, como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que las estrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece de aquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas hay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime, papá», le preguntó Nené: «¿por qué ponen las casas de los muertos tan tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.» «¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené le dijo a su papá:-«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso ir a dormir temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niñitas deben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre.

Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro muy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado, y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó de debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los viejos: «Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice la muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro. ¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es aquél. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cien años que no tiene barbas.

Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a la niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de dinero, no vaya a ser

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que se muera el papá, y se quede sin nada en el mundo «la hijita». Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para «la hijita». La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye a Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto de los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en la mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis, siete… ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercó Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro: verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase.

El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las hojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no pintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte, con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza: no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón, como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo. ¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien todo. Ya está el libro en el suelo.

Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!: otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va con un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece al chino, y lleva un sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro, un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa hoja no se ve más, para que no se enoje su papa. ¡Muy bonito que es este libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si quisiera hablarle con los ojos.

¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de Noé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores, como el gigante! Sí, ésta

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es, ésta es la jirafa, comiéndose la luna: éste es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh, los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura. Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juega con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquéllos, aquellos de los árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por la cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres, cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola! ¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a Nené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la puerta.

Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho, que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte, que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada, con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las manos caídas. Y su papá le está hablando:-«¿Nené, no te dije que no tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y que vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro voy a tener que trabajar un año?»-Nené, blanca como el papel, se alzó del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de su papá:-«Mi papá», dijo Nené «¡mi papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la estrella azul!»

La perla de la mora

Una mora de Trípoli tenía

Una perla rosada, una gran perla:

Y la echó con desdén al mar un día:

-«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»

Pocos años después, junto a la roca

De Trípoli… ¡la gente llora al verla!

Así le dice al mar la mora loca:

-«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»

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Las ruinas indias.

No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres. Unos vivían aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extrañas en las rocas de la orilla de los ríos, donde es más solo el bosque, y el hombre piensa más en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de más edad, y vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo lo que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios adornados de pinturas de oro. y gran comercio en las calles y en las plazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus obras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como se parece un hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos imaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, su arquitectura, su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante, atrevido, nuevo. Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leen como una novela las historias de los nahuatles y mayas de México, de los chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas del Perú, de los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, de los araucanos de Chile.

El quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo, o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pájaro que brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes, que parecen piedras preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro ópalo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer al príncipe Aak porque por el amor de Ara mató a su hermano Chaak; cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y ricas, a las ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco; cuando en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en las Crónicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz del Castillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si los tuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano, recitando versos y levantando edificios, aquellos gentíos de las ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén, aquellos potentados de Uxmal,

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aquellos comerciantes de Tulán, aquellos artífices de Tenochitlán, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos y niños mansos deUtatlán, aquella raza fina que vivía al sol y no cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el último grito al ver su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no se pueden ver con los ojos.

Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes, y santos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen pirámides mas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos gigantes que vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venían de las tierras del Norte; y la vida variada, simpática y trabajadora de sus circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo el romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como se levantó Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo; hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templos magníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia entre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diéses invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva ceremonia, porque el montón de cenizas de la última quema era tan alto que podían tender allí a las víctimas los sacrificadores; hubo sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató sobre los leños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque creyó oír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa, como los había en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey, cuando la Inquisición de España quemaba a los hombres vivos, con mucho lujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras madrileñas desde los balcones. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho más de lo justo en estas cosas los españoles vencedores,

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que exageraban o inventaban los defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que dice de los sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, y lo que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre que se ha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé de las Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha nariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.

De México trataremos hoy, porque las láminas son de México. A México lo poblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los escudos de cañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con rondelas de oro. Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza terrible, vestidos de pieles, los chichimecas bárbaros, que se quedaron en el país, y tuvieron reyes de gran sabiduría. Los pueblos libres de los alrededores se juntaron después, con los aztecas astutos a la cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivían ya descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes, juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos oprimidos.

Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no amedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus héroes el pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados del dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de los indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de sus pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró con amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a los bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldados echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de su dios.

Y ¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas, cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día, y la ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas a veces que-se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En unas venían frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y demás cosas de la alfarería. En los mercados hervía la gente, saludándose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o diciendo mal de él,

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curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe, que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueño era rico. Y en su pirámide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de Huitzilopochtli, de ébano y jaspes, con mármol como nubes y con cedros de olor, sin apagar jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de sus seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y venía, en sus túnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas, y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquina salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, o tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias manos, y a defenderse. Pasaba un señorón con un manto largo adornado de plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrás del señorón venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las tres rayas que eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en un jaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del rey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras de mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro venía calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que salían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en figura de águila, que tenía caída la guarnición de oro y seda de la piel de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parándose a cada puerta, por si les querían comprar la colorada o la azul, que ponían entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Venía la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos para sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo de piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad que en el cristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía nunca el color; de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver

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pasar a los dos recién casados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como para pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás les corría un chiquitín, arrastrando su carro de juguete. Otros hacían grupos para oír al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierra brava de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templos y en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros de los sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por su medio los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes. Otros, en el grupo de al lado, decían que era bueno el discurso en que contó el sacerdote la historia del guerrero que se enterró ayer, y que fue rico el funeral, con la bandera que decía las batallas que ganó, y los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oía entre las conversaciones de la calle el rumor de los árboles de los patios y el ruido de las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenas quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán no existe. No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y mientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. De ese lado de México, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa del Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de la conquista una ciudad entera, ni un templo entero.

De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado a Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazas dos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope. En Xochicaleo sólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena de túneles y arcos, el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no se ve la unión, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qué instrumento la pudieron cortar, ni con qué máquina la subieron tan arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas fortificaciones. El francés Charnay acaba de desenterrar en Tula una casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y caprichosas, que dice que son «obra de arrebatador interés». En la Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de pórfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún en toda su beldad les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempre

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en hombros venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el dios que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo las columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han caído todavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes que las montañas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre la maleza alta como los árboles, salen aquellas paredes tan hermosas, todas cubiertas de las más finas grecas y dibujos, sin curva ninguna, sino con rectas y ángulos compuestos con mucha gracia y majestad.

Pero las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por donde vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recibían de los pueblos del mar visitas y embajadores.De los mayas de Oaxaca es la ciudad célebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra. Por dentro y fuera está el estuco que cubre la pared lleno de pinturas rojas, azules, negras y blancas. En el interior está el patio, rodeado de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en una de las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una como cruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana, sino como la de los que creen en la religión de Buda, que también tiene su cruz. Pero ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos, que son mas extrañas y hermosas.

Por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran de pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatán están las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su escalera de diez varas de ancho. Está Labná, con aquel edificio curioso que tiene por cerca del techo una hilera de cráneos de piedra, y aquella otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el otro arrodillado. En Yucatán está Izamal, donde se encontró aquella Cara Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y más. Y Kabah está allí también, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés Nadaillac, son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios pintados, de las casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los magníficos conventos. Uxmal está como a dos leguas de Mérida, que es la ciudad de ahora,

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celebrada por su lindo campo de henequén, y porque su gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo México, están en las cumbre de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor, que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de fábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los libros «del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de cien varas de frente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas de un marco de madera trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí es bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo alto de la pirámide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la pared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes y de mucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por lo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad; y otro de los edificios tiene todavía cuatro de las diecisiete torres que en otro tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la cáscara de una muela cariada. Y todavía tiene Uxmal la Casa del Adivino, pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequeña y bien tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama «obra maestra de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enano es bonita como una joya».

La ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como un libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas. Están por tierra las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos siglos, están tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o se toca, nada hay que no tenga una pintura finísima de curvas bellas, o una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de los muros está el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos, que se pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hay procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco y brillante como si aún corriera sangre por las venas de los artistas que dejaron escritas en jeroglíficos y

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en pinturas la historia del pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de todo Centroaméríca, y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico. Hay piedra en que un hombre en pie envía un rayo desde sus labios entreabiertos a otro hombre sentado. Hay grupos y símbolos que parecen contar, en una lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo Landa, los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, el Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de los cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían en ofrenda a su dios, sonriendo y cantando, como morían por el dios hebreo en el circo de Roma las vírgenes cristianas, como moría por el dios egipcio, coronada de flores y seguida del pueblo, la virgen más bella, sacrificada al agua del río Nilo. ¿Quién trabajó como el encaje las estatuas de Chichén-Itzá? ¿Adónde ha ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso que ideó la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tan linda la historia de América!

Músicos, poetas y pintores.

El mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad es de jóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento y del desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación y el ímpetu. Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el poeta Southey, que los primeros veinte años de la vida son los que tienen más poder en el carácter del hombre. Cada ser humano lleva en sí un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo. La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin cesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidades esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se deja ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.

En el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por respeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto, y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad es-dice el norteamericano Emerson-que la verdadera novela del

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mundo está en la vida del hombre, y no hay fábula ni romance que recree más la imaginacion que la historia de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.»

Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza del talento. «Hay algunos-dice el inglés Bacon-que maduran mucho antes de la edad y se van como vienen», que es lo mismo que dice en su latín elegante el retórico Quintiliano. Eso se ve en muchos niños precoces, que parecen prodigios de sabiduría en sus primeros años, y quedan oscurecidos en cuanto entran en los años mayores.

Heinecken, el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoria casi toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablaba latín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia de la iglesia cristiana, y murió a los cinco.De esa pobre criatura puede decirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque un día.»

Hay niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En los músicos se ve esto con frecuencia, porque la agitación del arte es natural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que de darle salida. Haendel a los diez años había compuesto un libro de sonatas. Su padre lo quería hacer abogado, y le prohibió tocar un instrumento; pero el niño se procuró a escondidas un clavicordio mudo, y pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque de Sajonia Weissenfels logró, a fuerza de ruegos, que el padre permitiera aprender la música a aquel genio perseverante, y a los dieciséis Haendel había puesto en música el Almira. En veintitrés días compuso su gran obra El Mesías, a los cincuenta y siete años, y cuando murió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo óperas y oratorios.

Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya había compuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la Creación, lo escribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le fue casi tan difícil como a Haendel aprender la primera música, porque su hermano mayor, el organista Cristóbal, tenía celos de él, y le escondió el libro donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero Sebastián encontró el libro en una alacena, se lo llevó a su cuarto, y empezó a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, y tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le valió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico en la corte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival que Haendel.

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Pero de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el más célebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para aprender. A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía tonadas; a los seis arregló un concierto para piano, y a los doce ya no tenía igual como pianista, y compuso la Finta Semplice, que fue su primera ópera. Aquellos maestros serios no sabían cómo entender a un niño que improvisaba fugas dificilísimas sobre un tema desconocido, y se ponía enseguida a jugar a caballito con el bastón de su padre. El padre anduvo enseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un príncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo, sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás como las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que no era buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart lo salvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música, pero un niño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera de Mitrídates, que se representó veinte noches seguidas; a los treinta y seis, en su cama de moribundo, consumido por la agítación de su vida y el trabajo desordenado, compuso el Requiem, que es una de sus obras más perfectas.

El padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó a fuerza de porrazos y penitencias tanta musica, que a los trece años el niño tocaba en público y había compuesto tres sonatas. Pero hasta los veintiuno no empezó a producir sus obras sublimes. Weber, que era un muchacho muy travieso, publicó a los doce sus seis primeras fugas, y a los catorce compuso su ópera Las Ninfas del Bosque: la famosísima del Cazador la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocar antes que a hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetos para piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabó su primera ópera Las Bodas de Camacho; a los dieciocho escribió su sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su Sueño de una Noche de Verano; a los veintidós su Sinfonía de Reforma, y no cesó de escribir obras profundas y dificilísimas hasta los treinta y ocho, que murió. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho puso en el teatro de Munich su primera pieza La Hija de Jephté; pero hasta los treinta y siete no ganó fama con su Roberto el Diablo.

El inglés Carlyle habla en su Vida del Poeta Schiller de un Daniel Schubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas no era nada. Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su pereza y de sus desórdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como músico; como

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predicador, muy elocuente; y hábil periodista. A los cincuenta y dos años murió, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.

Pero Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo, aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era más alto que él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una vez una canción, tenía bastante para ponerla en música exquisita, que parece de sueño y de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribió más de quinientas melodías, a más de óperas, misas, sonatas, sinfonías y cuartetos. Murió pobre a los treinta y un años.

Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa, hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de La Baronesa de Stramba. A los ocho tocaba Paganini en el violín una sonata suya. El padre de Rossini tocaba el trombón en una compañía de cómicos ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez años Rossini iba con su padre de segundo; luego cantó en los coros hasta que se quedó sin voz; y a los veintiún años era el autor famoso de la ópera Tancredo.

Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado en la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel. Cuando nació lo mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que decía él después que había bebido el amor de la escultura con la leche de la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó las paredes al picapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia, cubría de gigantes y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba mucho con los libros, ni dejaba el lápiz de la mano; y había que ir a sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura eran entonces,oficios bajos, y el padre, que venía de familia noble, gastó en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no debía ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, y nada más. Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del pintor Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convino en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres de Lorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el cincel. Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho años admiraba Florencia su bajorrelieve de la Batalla de los Centauros; a los veinte hizo el Amor Dormido, y poco después su colosal estatua de David. Pintó luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magníficos. Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice que ningún cuadro de Miguel Angel vale tanto como el

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que pintó a los veintinueve años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el baño por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.

La precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no se le oponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete años ya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración al ver las obras grandiosas de Miguel Angel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio extraordinario. Rafael pintó su Escuela de Atenas a los veinticinco años y su Transfiguración a los treinta y siete. Estaba acabándola cuando murió, y el pueblo romano llevó la pintura al Panteón, el día de los funerales. Hay quien piensa que La Transfiguración de Rafael, incompleta como está, es el cuadro más bello del mundo.

Leonardo de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, la música y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángel de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al discípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó a los años mayores era la admiración del mundo, por su poder como arquitecto e ingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los diez años adornó con una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un discípulo tan aventajado que su maestro Tiziano se enceló de él y lo despidió de su servicio. El desaire le dio ánimo en vez de acobardarlo, y siguió pintando tan de prisa que le decían «el furioso». Canova, el escultor, hizo a los cuatro años un león de un pan de mantequilla. El dinamarqués Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince ganó la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del Amor en Reposo.

Los poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre todo los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve años escribía versos a la niña de ocho años de que habla en su Vida Nueva. A los diez años lamentó Tasso en verso su separación de su madre y hermana, y se comparó al triste Ascanio cuando huía de Troya con su padre Eneas a cuestas; a los treinta y un años puso las últimas octavas a su poema de la Jerusalén, que empezo a los veinticinco.

De diez años andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia. Muchas veces se escapó Goldoni de la escuela para irse detrás de los cómicos ambulantes. Su familia logró que estudiase leyes, y en pocos años ganó fama de

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excelente abogado, pero la vocación natural pudo más en él, y dejó la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes.

Alfieri demostró cualidades extraordinarias desde la juventud. De niño era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y sensible. A los ocho años se quiso envenenar, en un arrebato de tristeza, con unas yerbas que le parecían de cicuta; pero las yerbas sólo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoció que era poeta. Sus padres ricos no se habían cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en palabras las ideas que le hervían en la mente. Estudió, viajó, vivió sin orden, se enamoró con frenesí. Su amada no lo quiso y él resolvió morir, pero un criado le salvó la vida. Se curó, se volvió a enamorar, volvió la novia a desdeñarlo, se encerró en su cuarto, se cortó el pelo de raíz y en su soledad forzosa empezó a escribir versos. Tenía veintiséis años cuando se representó su tragedia Cleopatra: en siete años compuso catorce tragedias.

Cervantes empezó a escribir en verso, y no tenía todo el bigote cuando ya había escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland, el poeta alemán, leía de corrido a los tres años, a los siete traducía del latín a Cornelio Nepote, y a los dieciséis escribió su primer poema didáctico de El Mundo Perfecto. Klopstock, que desde niño fue impetuoso y apasionado, comenzó a escribir su poema de la Mesíada a los veinte años.

Schiller nació con la pasión por la poesía. Cuentan que un día de tempestad lo encontraron encaramado en un árbol adonde se había subido «para ver de dónde venia el rayo, ¡porque era tan hermoso!» Schiller leyó la Mesíada a los catorce años, y se puso a componer un poema sacro sobre Moisés. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho años escribía en alemán, en francés, en italiano, en latín y en griego, y pensaba tanto en las cosas de la religión que imaginó un gran «Dios de la naturaleza», y le encendía hogares en señal de adoración. Con el mismo afán estudiaba la música y el dibujo, y toda especie de ciencias. El bravo poeta Koerner murió a los veinte años como quería él morir, defendiendo a su patria. Era enfermizo de niño, pero nada contuvo su amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes de morir escribió El Canto de la Espada.

Tomás Moore, el poeta de las Melodías Irlandesas, dice que casi todas las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de la juventud. Lope de Vega y Calderón, que son los que más han escrito para el

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teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce años y otro a los trece. Lope cambiaba sus versos con sus condiscípulos por juguetes y láminas, y a los doce años ya había compuesto dramas y comedias. A los dieciocho publicó su poema de la Arcadia, con pastores por héroes. A los veintiséis iba en un barco de la armada española, cuando el asalto a Inglaterra, y en el viaje escribió varios poemas. Pero los centenares de comedias que lo han hecho célebre los escribió después de su vuelta a España, siendo ya sacerdote. Calderón no escribió menos de cuatrocientos dramas. A los trece años compuso su primera obra El Carro del Cielo. A los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribió más que piezas sagradas.

Estos poetas españoles escribieron sus obras principales antes de llegar a los años de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la inteligencia anda mucho más despacio. Molière tuvo que educarse por sí mismo; pero a los treinta y un años ya había escrito El Atolondrado. Voltaire a los doce escribía sátiras contra los padres jesuitas del colegio en que se estaba educando: su padre quería que estudiase leyes, y se desesperó cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la gente alegre de París: a los veinte años estaba Voltaire preso en la Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en Francia: en la prisión corrigió su tragedia de Edipo, y comenzó su poema la Henriada.

El alemán Kotzebue fue otro genio dramático precoz. A los siete años escribió una comedia en verso, de una página. Entraba como podía en el teatro de Weimar, y cuando no tenía con qué pagar se escondía detrás del bombo hasta que empezaba la representación. Su mayor gusto era andar con teatros de juguete y mover a los muñecos en la escena. A los dieciocho años se representó su primera tragedia en un teatro de amigos.

Víctor Hugo no tenía más que quince años cuando escribió su tragedia Irtamene. Ganó tres premios seguidos en los juegos florales; a los veinte escribió Bug Jargal, y un año después su novela Han de Islandia, y sus primeras Odas y Baladas. Casi todos los poetas franceses de su tiempo eran muy jóvenes. «En Francia», decía en burla el crítico Moreau, «ya no hay quien respete a un escritor si tiene más de dieciocho años.»

El inglés Congreve escribió a los diecinueve su novela Incógnita, y todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su maestro «burro incorregible»; pero a los veintiséis años había escrito su Escuela del Escándalo. Entre los poetas ingleses de la antigüedad hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer. El mismo Shakespeare llama

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«primogénito de su invención»al poema Venus y Adonis, que compuso a los veintiocho años. Milton tendría veintiséis años cuando escribió su Comus. Pero Cowley escribía versos mitológicos a los doce años. Pope «empezó a hablar en versos»: su salud era mísera y su cuerpo deforme, pero por más que le doliera la cabeza, los versos le salían muchos y buenos. El que había de idear La Borricada volvió un día a su casa echado de la escuela por una sátira que escribió contra el maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribió su oda a La Soledad a los doce años, y sus Pastorales a los dieciséis: de los veinticinco a los treinta, tradujo la llíada. El infeliz Chatterton logró engañar con una maravillosa falsificación literaria a los eruditos más famosos de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la Libertad y su Canto del Bardo. Pero era fiero y arrogante, de carácter descompuesto y defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Murió antes de haber comenzado a vivir.

Robert Burns, el poeta escocés, escribía ya a los dieciséis años sus encantadoras canciones montañesas. El irlandés Moore componía a los trece, versos buenos a su Celia famosa. y a los catorce había empezado a traducir del griego a Anacreonte. En su casa no sabían qué significaban aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino. Moore se libró pronto de estos modelos peligrosos, y alcanzó fama mejor con los versos ricos de su Lalla Rookh y la prosa ejemplar de su Vida de Byron.

Keats, el más grande de los poetas jóvenes de Inglaterra, murió a los veinticuatro años, ya célebre. Pero nadie hubiera podido decir en su niñez que había de ser ilustre por su genio poético aquel estudiantuelo feroz que andaba siempre de peleas y puñetazos. Es verdad que leía sin cesar; aunque no pareció revelársele la vocación hasta que leyó a los dieciséis años la Reina Encantada de Spencer: desde entonces sólo vivió para los versos.

Shelley sí fue precocísimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince años, publicó una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la venta. Era tan original y rebelde que todos le decían «el ateo Shelley», o «el loco Shelley». A los dieciocho publicó su poema de la Reina Mab, a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que defendió sus doctrinas religiosas; a los treinta años murió ahogado, con un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poesía de Shelley por la música del verso, la elegancia de la construcción y la profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y tenía tales ilusiones y rarezas que sus condiscípulos lo tenían por

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destornillado; pero su inteligencia fue vivísima y sutil, su cuerpo frágil se estremecía con las más delicadas emociones, y sus versos son de incomparable hermosura.

Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma época de Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoció el carácter turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de los ocho años ya sufría de penas de hombre. Tenía una pierna más corta que la otra, aunque eso no le quitaba los bríos, y se hizo el dueño de la escuela a fuerza de puños, como Keats: él mismo cuenta que de siete batallas perdía una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, tenía en su casa un oso y varios perros de presa, y cada día contaban de él una historia escandalosa: aquél era sin embargo el niño sensible que a los doce años había celebrado en versos sentidos a una prima suya. Leía con afán todos los libros de literatura, y a los dieciocho años publicó para sus amigos su primer libro de versos: Horas de Ocio. La Revista de Edimburgo habló del libro con desdén, y Byron contestó con su célebre sátira sobre los Poetas Ingleses y los Críticos de Escocia. Cumplía los veinticuatro cuando salió al público el primer canto de su poema Childe Harold. «A los veinticinco años», dice Macaulay, «se vio Byron en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la época a sus pies. Byron era ya más célebre que Scott, Wordsworth, y Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan rápido a tan vertiginosa eminencia.» Murió a los treinta y siete años, edad fatal para tantos hombres de genio.

Coleridge, escribió a los veinticinco su himno del Amanecer, donde se ven en unión completa la sublimidad y la energía. Bulwer Lytton tenía hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete había publicado su primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escribía en verso y prosa. Robert Browning, su marido, publicó el Paracelso a los veintitrés. A los veinte había escrito Tennyson algunas de las poesías melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras más nobles de la música, la pintura y la poesía. Suele el genio poético decaer con los años, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta. Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces, habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud. La fuerza del genio no se acaba con la juventud.

Pero las dotes especiales que hacen más tarde ilustres a los hombres se revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrés años. Puede irse desarrollando poco a poco el talento poético; pero el que es poeta de veras,

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siempre lo mostrará de algún modo. Crabbe y Wordsworth, que descubrieron el genio tarde, escribían versos desde la niñez. Crabbe llenó de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano; y Wordsworth, que era agrio y melancólico de niño, empezó a hacer cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que «no tenía más imaginación que un cacharro», lo que no quita que sea Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creció despacio y con firmeza, como un roble, hasta que llegó a su majestuosa altura.

Walter Scott tampoco fue precoz de niño. Su maestro dijo que no tenía cabeza para el griego, y él mismo cuenta que fue de muchacho muy travieso y holgazán; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para inventar historias. Cuando su padre supo que había estado vagando por el país con su camarada Clark, metiéndose por todas partes, y posando en las casas de los campesinos, le dijo:-«¡Dudo mucho, señor, de que sirva Ud. más que para cola de caballo!» De su facilidad para los cuentos, el mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no tenían modo de estar al aire libre, mantenía muchas horas maravillados con sus narraciones a sus compañeros de escuela, que se peleaban por sentarse cerca del que les decía aquellas historias lindas que no acababan nunca.

Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gramática de Edimburgo había dos muchachos: «John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr de los años, John llegó a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.» Dice Carlyle, con mucho seso, que la legumbre más precoz y completa es la col. A los treinta años no se podía decir de seguro que Scott tuviera genio para la literatura. A los treinta y uno publicó su primer tomo del Cancionero de Escocia, y no imprimió su novela Waverley hasta los cuarenta y tres, aunque la tenía escrita nueve años antes.

La última página

Hay un cuento muy lindo de una niña que estaba enamorada de la luna, y no la podían sacar al jardín cuando había luna en el cielo, porque le tendía los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la desesperación porque la luna no venía; hasta que un día, de tanto llorar, la niña se murió, en una noche de luna llena.

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La Edad de Oro no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrón. Pero La Edad de Oro se parece a la niñita del cuento, porque siempre quiere escribir para sus amigos los niños más de lo que cabe en el papel, que es como querer coger la luna. ¿No les ofreció la Historia de la Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo para este número? Pues no cupo. Ni otras muchas cosas más que les tenía escritas. Así es la vida, que no cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los niños debían juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podían hacerle algún bien, todos juntos.

Y ahora nos juntaremos, el hombre de La Edad de Oro y sus amiguitos, y todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazón, gracias como de hermano, a las hermosas señoras y nobles caballeros que han tenido el cariño de decir que La Edad de Oro es buena.

La exposición de París.

Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en París. Hasta hace cien años, los hombres vivían como esclavos de los reyes, que no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en palacios de mármol y de oro, con criados vestidos de seda, y señoras y caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que trabajaban en el campo y en la ciudad, no podían vestirse más que de pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si decían que no era justo que los holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si decían que un país entero no debía quedarse sin pan para que un hombre solo y sus amigos tuvieran coches, y ropas de tisú y encaje, y cenas con quince vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisión de la Bastilla, hasta que se morían, locos y mudos: y a uno le puso una mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la máscara. En todos los pueblos vivían los hombres así, con el rey y los nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de los hombres, el pueblo que le quitó al rey el poder.

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Eso era hace cien años, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra todos, peleó contra todos, y contra los nobles, y los mató en la guerra y con la cuchilla de la guillotina. Sangró Francia entonces, como cuando abren un animal vivo y le arrancan las entrañas. Los hombres de trabajo se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a París un hombre atrevido y ambicioso, vio que los franceses vivían sin unión, y cuando llegó de ganarles todas las batallas a los enemigos, mandó que lo llamasen emperador, y gobernó a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvió nunca. La gente de trabajo se repartió las tierras de los nobles y las del rey. Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar después de cien años con la Exposición de París. Para eso llamó Francia a París, en verano, cuando brilla más el sol, a todos los pueblos del mundo.

Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos. Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las razas humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos los pueblos de la tierra. A la orilla del río Sena, vamos a ver la historia de las casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca, hasta el palacio de granito y ónix. Vamos a subir, con los noruegos de barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los anamitas de moño y turbante, con los árabes de babuchas y albornoz, con el inglés callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el francés elegante, con el español alegre, vamos a subir por encima de las catedrales más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en sus palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de América. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez todas las máquinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de un volcán de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus países de luz, al javanés en su casa de cañas, al egipcio cantando detrás de su burro, al argelino que borda la lana a la

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sombra del palmar, al siamés que trabaja la madera con los pies y las manos, al negro del Sudán, que sale ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al árabe que corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dátiles, con el albornoz blanco al viento. Bailan en un café moro. Pasan las bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos de tigres, los cómicos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el caserío de bambú javanés, por los puentes de junco de los malayos pescadores, por el jardín criollo de plátanos y naranjos, por el rincón donde, de su techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ceñida de serpientes la pagoda. Y para nosotros, los niños, hay un palacio de juguetes, y un teatro donde están como vivos el pícaro Barba Azul y la linda Caperucita Roja. Se le ve al pícaro la barba como el fuego, y los ojos de león. Se le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil visitantes entran cada día en la Exposición. En lo alto de la torre flota al viento la bandera de tres colores de la República Francesa.

Por veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas de los príncipes los joyeros del tiempo de capa y espadón, cuando los platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los cálices. Y del palacio se sale al jardín, que es la primera maravilla. De rosas nada más, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul. En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres jóvenes las podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra está en canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo a los canteros como islotes. Uno está lleno de pensamientos negros; y otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro de chícharos, y de espárragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rincón es de enredaderas, y el de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del Indostán, y el loto del río Nilo, que parece una lira. Un bosque es de árboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de árboles desfigurados, que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad natural. Dentro de un cercado de cañas están los lirios y los cerezos del Japón, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, está el pabellón de Aguas y Bosques, donde se ve

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cómo se ha de cuidar a los árboles, que dan hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Japón, están, en tazas rústicas, la wellingtonia del Norte, que es el pino más alto, y la araucaria, el pino de Chile.

Por sobre un puente se pasa el río de París, el Sena famoso, y ya se ven por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los edificios de orillas del río, donde está la Galería del Trabajo, en que cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique de bronce rojo, y en la máquina de cilindro están moliendo chocolate con el cacao y el azúcar, y en las bandejas calientes están los dulceros de gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la Galería, una montaña de azúcar, un árbol de ciruelas pasas, una columna de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabrían quince convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un tiempo, donde está todo el arte del vino,-la cepa con los racimos, los hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa donde fermenta la vid machucada, la cueva fría donde ponen el mosto a reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de donde salta con su espuma olorosa el champaña. Cerca está la historia entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y libros; y un pabellón de arados de acero relucientes; y una colmena de abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cría el gusano de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los ríos Los más admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres Habitaciones del Hombre. La vida del hombre está allí desde que apareció por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el rengífero, para abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. Así nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el cariño deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del río, y va imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece hermosura, su cuerpo de hombre, los pájaros, una flor, el tronco y la copa de los árboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, enseñándose en sus casas como es, si de clima frío o de tierra caliente, si pacífico o amigo de pelear, si artístico y natural, o vano y ostentoso. Allí están las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las grandes naciones, el Egipto sabio, la

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Fenicia comerciante, la Asiria guerreadora. La casa del Indostán es alta como ellas. La de Persia es ya un castillo, de rica loza azul, porque allí saltan del suelo las piedras preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que eran del país la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa vivían entonces los hunos bárbaros como allí se ve, en su tienda de andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hindú, y los bárbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medió entre aquella pelea y el descubrimiento de América, volvieron los gustos de antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del Renacimiento. En América vivían los indios en palacios de piedra con adornos de oro, como ese de los aztecas de México, y ese de los incas del Perú. Al moro de África se le ve, por su casa de piedra bordada, que conoció a los hebreos, y vivió en bosques de palmeras, defendiéndose de sus enemigos desde la torre, viendo en el jardín a la gacela entre las rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El negro del Sudán, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas, parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa de tabla y de bambú. El japonés vive tallando el marfil, en sus casas de estera y tabloncillo. Allí se ve donde habitan ahora los pueblos salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y hombres de cara redonda, como los que pintan los niños.

Pero adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios, sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta el segundo estrado de la torre, alto como la pirámide de Cheops: de allí fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha, sube más arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de nubes.-Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo apenas se levantó por el aire. Los cuatro pies muerden, como raíces enormes, en el suelo de arena. Hacia el río, por donde caen dos de los pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de adentro la arena floja, y los llenaron de

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cimiento seguro. De las cuatro esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas más altas, que se caían por la mucha inclinación: sobre cuatro pilares de tablones habían levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los nombres de los grandes ingenieros franceses: allá en el aire, una mañana hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de allí, como lanzas que apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba una grúa: allá arriba subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos: los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón de la patria en el asta enemiga: así, acostados de espalda, puestos de cara el vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como una rama, los obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los pintores. ¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el mástil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que los desafía, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.-Allá abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos, hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada, de picos agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se sube, por la escalinata de hélice, al descanso segundo, donde se escribe y se imprime un diario, a la altura de la cúpula de San Pedro. El cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen húmedos: al visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se oye el ruido de la vida, y el aire, allá en la altura, parece que limpia y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de relieve: veinte leguas de ríos que chispean, de valles iluminados, de montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal, estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino de los vientos. De una de las raíces de la torre sube culebreando por el alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro que derrama sobre

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París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como la bandera de la patria. En lo alto de la cúpula, ha hecho su nido una golondrina.

Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el más grande de todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portón, imitando la bóveda del cielo, la cúpula de porcelanas relucientes; y en la corona, abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una rama de oliva: a la entrada del pórtico está, con una mano en la cabeza de un león, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de héroes y heroínas, el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la república, sentada más alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada lado del jardín desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde están los paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los italianos, con campesinos y con niños, los cuadros españoles de muertes y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a ése, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno. La historia de todo se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura, las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de todo, entre agujas y ruedas de reloj. Allí se ve, en miniatura de cera, a los chinos observando en su torre los astros del cielo; allí está el químico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su retorta, para ver como está hecho el pedrusco que cayó a la tierra de una estrella rota y fría; allí, entre las figuras de las diferentes razas del hombre, están sentados por tierra, trabajando el pedernal, como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes, los hombres de la edad de bronce.

Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro bosque al otro. Uno tiene más verde, y es como una selva de recreo, con su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de triángulo, en que pasa los meses de nevada el finlandés, enseñando a sus hijos a pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a

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componer el arpón de la pesca y el trineo de la cacería, mientras talla el abuelo el granito como ópalo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la chimenea de madera labrada. Hay teatro allí, y lecherías, y una casa de anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los pájaros cantan en los árboles. Pero al otro lado es donde se nos va el corazón, porque allí están, al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de América, elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco, el de México como el cinturón, el de la Argentina como el penacho de colores: ¡parece que la miran como los hijos al gigante! ¡Es bueno tener sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil está allí también, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un niño, y orquídeas de extraña flor, y sacos de café, y montes de diamantes. Brilla un sol de oro allí por sobre los árboles y sobre los pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cúpula, blanca y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de América convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en pocos años un pueblo recién nacido que habla español, con la pasión por el trabajo y la libertad ¡con la pasión por el trabajo!: ¡mejor es morir abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los brazos cruzados! Una estatua señala a la puerta un mapa donde se ve de realce la república, con el río por donde entran al país los vapores repletos de gente que va a trabajar; con las montañas que crían sus metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve está allí la ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve allí, y todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños. Cuanto el hombre ha hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gentío llama a la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y azul, y rojo y verde, las mil luces eléctricas del palacio.

Como con un cinto de dioses y de héroes está el templo de acero de México, con la escalinata solemne que lleva al portón, y en lo alto de él el sol Tonatiuh,

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viendo como crece con su calor la diosa Cipactli, que es la tierra: y los dioses todos de la poesía de los indios, los de la caza y el campo, los de las artes y el comercio, están en los dos muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los últimos valientes, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, que murieron en la pelea, o quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los reyes haciéndose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores. ¡Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos, como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un país, los que no la tocaran como hijos!: ¡así se debe querer a la tierra en que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las vidrieras de caoba en que están las filigranas de plata, los tejidos de fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de barniz, los ópalos, los vinos, los arneses, los azúcares; todo tiene por adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro, y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a caballo, los maniquíes del estanciero rico, del joven elegante que cuida de su hacienda, y sabe «voltear» un toro. A la puerta, a un lado, troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y verdemar, la pirámide del mármol transparente de la tierra, del ónix que parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y blanca y roja, la bandera del águila.

Y juntos como hermanos, están otros pabellones más: el de Bolivia, la hija de Bolívar, con sus cuatro torres graciosas de cúpula dorada, lleno de cuarzos de mineral riquísimo, de restos del hombre salvaje y los animales como montes que hubo antes en América, y de hojas de coca, que dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes ponían en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro: el pabellón de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala espaciosa tanta muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos: el pabellón de Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del país, y sus salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el

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mapa del canal que van a abrir de un mar a otro de América, entre los restos de las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadoreñas, y un balcón de madera muy hermoso, el pabellón del Salvador, que es país obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la caña y el café, y hace muebles como los de París, y sedas como las de Lyon, y bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por un pórtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de mineral, al palacio de hierro de Chile: allí la madera fuerte de los bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar atrás, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un jardín: las paredes están llenas de cuadros de números.

Y allí, al lado de Chile, entraríamos ahora al Palacio de los Niños, donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer barcos de cristal de Venecia, y las muñecas que hace el japonés, envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de ahora, con su levita a la francesa: ¡oh, el teatro! ¡oh, el hombre que está haciendo los confites! ¡oh, el perro que sabe multiplicar! ¡oh, el gimnasta que anda a caballo en una rueda! ¡y el palacio es de juguetes todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero, si no tenemos tiempo, ¿cómo hemos de pararnos a jugar, nosotros, niños de América, si todavía hay tanto que ver, si no hemos visto todos los pabellones de nuestras tierras americanas? ¿Y esta casa de madera tan franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da la tierra volcánica de su país, uva y café, enredaderas y tigres, cocos y pájaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en jícaras labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabellón generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra donde se saben defender con ramas de árboles de los que vienen de afuera a quitarles el país: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de nación de mucho bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los árboles. Y ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegría como de salón; ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra familia,-a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Perú, que está triste después de una guerra que tuvo,-ése es el pueblo bravo y cordial de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y peleó nueve años contra un mal hombre que lo quería gobernar, y tiene un poeta

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de América que se llama Magariños: vive de sus ganados el Uruguay, y no hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del sol, de listas blancas y azules.

¡Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana como Holanda, donde no hay holandés que no sea feliz, y viva como en pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como Bélgica, que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabellón de Suiza, con su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el de Hawai, que es país donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la isla, al pie del volcán de fuego, la lava y la pluma; ni el de la República de San Marino-¿quién sabe dónde está San Marino?-con sus cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen tapicería fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de Rumania, donde el más pobre viste de paños bordados, y comen la carne casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de búfalo. Está llena de sedas con recamos de flores y pájaros, llena de palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el pueblo de la ceremonia y del arroz. ¿Y a China quién no la conoce, con su pabellón de tres torres, donde no caben las cortinas con árboles y demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el tapiz donde están, con los siete colores de la luz, los pájaros que van de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la reina, que son dos ruiseñores que fueron al cielo a ver quién se sienta en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? ¡Oh, cuánto hay que ver! ¿Y el palacio hindú, de rojo oscuro con los ornamentos blancos, como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mármol, las columnas de pórfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada de tapicerías? ¿Y el Japón, que es como la China, con más gracia y delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los niños? ¿Y Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antigüedades, en mármoles rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucitó con la vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corfú y Patras, que valen ya por lo

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trabajadoras tanto como las cuatro famosas de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? ¿Y Persia, con su entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de puño enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las conservas de hojas de rosa? ¿Y el bazar de los marroquíes, con su arquería blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha, bruñendo cuchillos, tiñendo el cuero blando, trenzando la paja, labrando a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? ¿Y la calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros burlones, y allá arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira desde su balcón de persianas caladas?

¡Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseo de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardín. Entremos por el pórtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los ojos cerrados, por la galería de las catorce puertas, donde cada palo exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su departamento, la platería con platas y oros y dos columnas de piedra azul, la locería con porcelana y azulejos, la de muebles con madera esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la de armas con ruedas, cureñas, balas y cañones, y así todas. Por un corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva al balcón del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de sol, una sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil caballos, en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está cubierta de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por debajo de la tierra! En cuatro hileras están en el centro las máquinas mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las ruedas de las correas. Alrededor, unidas, están todas las máquinas del mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas mujeres de delantal colorado trabajan el papel holandés. Un cilindro, que parece un elefante que se mueve, está cortando sobres. Un mortero separa el grano de trigo de la cáscara. Un anillo de hierro está en el aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. Allí se funden los metales con que se hacen las letras de imprimir, allí se hace el papel de tela o de madera, allí

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la prensa imprime el diario, lo echa del otro lado, lo devuelve, húmedo. Una máquina echa aire en el pozo de una mina, para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la caña, y echa un chorro de miel. ¡Pues da ganas de llorar, el ver las máquinas desde el balcón! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y por sobre las máquinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama la claridad, colgado de la bóveda, el ciclo eléctrico. Lejos, donde tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil luces, como una corona.

Hay panoramas de París, y de Nápoles con su volcán, y del Mont Blanc, que da frío verlo, y de la rada de Río Janeiro. Hay otro que es en el centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que está allí el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de París, donde se aprende a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la Exposición, donde se ve, ¡para que el egoísta aprenda a ser bueno!, el trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, allá lejos, negras y feas, las hornallas donde echan el carbón para el vapor los hombres tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de Napoleón, rodeada de banderas rotas: ¡y en lo alto del palacio, la cúpula dorada! Todos van, a ver los pueblos extraños, a la Explanada de los Inválidos. De paso no más veremos el palacio donde está todo lo de pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo: las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan las balas: ¡y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabellón de la República del África del Sur, el diamante imperial, que sacaron allá de la tierra, y es el más grande del mundo. Aquí están las tiendas de los soldados, con los fusiles a la puerta. Allí están, graciosas, las casas que los hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. Allí, con su torre como la flor de la magnolia, está la pagoda de Cambodia, la tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos Kmers que hacían templos más altos que los montes. Allí está, con sus columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de

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Anam, con sus maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o a hojas menudas, como la copa de los árboles. Y por sobre los templos hindús, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, está, lleno de sedas y marfiles, de paños de plata bordados de zafiros, el Palacio Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. Allá, entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del palacio de arquerías de Argel, por donde andan, como reyes presos, los árabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas, lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro en el café, comprando puñales con letras del Corán en la hoja, está, entre bosques de dátiles, el caserío de Túnez, hecho con piedras viejas y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira, con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas.

Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro canaco en su choza redonda, el de Futa-Jalón cociendo el hierro en su horno de tierra, el de Kedugú, con su calzón de plumas, en la torre redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con ventanas de pelear, ¡la torre cuadrada en que veintiséis franceses echaron atrás a veinte mil negros, que no podían clavar su lanza de madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a otro, un actor, que se pinta la cara de bermellón y de negro; y al bonzo rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los javaneses, de blusa y calzón ancho, viven felices, con tanto aire y claridad, en su kampong de casas de bambú: de bambú la cerca del pueblo, las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las músicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo, tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detrás está la tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el polvo: el hermano echa en un rincón la silla de cuero bordado de

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oro puro: el viejito a la puerta está montando en el camello a su nieto, que le hala la barba.

Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan, aquellas gentes de traje de colores. Unos van al café moro, a ver a las moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro del kampong donde están en hileras unos muñecos de cucurucho, viendo con sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un café de mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son como unos locos de religión, se sacan los ojos y se los dejan colgando, y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de los anamitas, los cómicos vestidos de panteras y de generales, cuentan, saltando y aullando, tirándose las plumas de la cabeza y dando vueltas, la historia del príncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y bebió una taza de té envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la oración. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz, resplandecen las cúpulas de los palacios, como coronas de oro: allá abajo, en lo de adentro de las fuentes, están poniendo cristales de color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal, y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan debajo de sus arcos los pueblos del mundo.

El camarón encantado

Cuento de magia del francés Laboulaye.

Allá por un pueblo del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre Loppi, en un casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su mujer. El hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir «fresa agria». Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. ¡Vaya un nombre: Masicas! Ella nunca

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se enojaba, por supuesto, cuando le hacían el gusto, o no la contradecían; pero si se quedaba sin el capricho, era de irse a los bosques por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la noche, preparando el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha, corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba de regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy pobres, y cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras que era pobre la casa de Loppi: las arañas no hacían telas en sus rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que entraron extraviados, se murieron de hambre.

Un día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen leñador salió de la casa suspirando, con el morral vacío al hombro: el morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar cerca de un charco vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal raro y negruzco, de muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un enorme camarón. «¡Al saco el camarón!: con esta cena le vuelve el juicio a esa hambrona de Masicas; ¿quién sabe lo que dice cuando tiene hambre?»Y echó el camarón en el saco.

Pero ¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba, que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima: el camarón le estaba hablando:

-Párate, amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los camarones: más de un siglo tengo yo: ¿qué vas a hacer con este carapacho duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo.

-Perdóname, camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está esperando su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo, y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo de escoba cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.

-Y ¿por qué se lo has de decir a tu mujer?

-¡Ay, camaroncito!: eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas. Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se deja llevar: Masicas me vuelve del revés, y me saca todo lo que tengo en el corazón: Masicas sabe mucho.

-Pues mira, leñador, que yo no soy camarón como parezco, sino una maga de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no me oyes, toda la vida te has de arrepentir.

-Tú contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le hago daño.

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-Dime qué pescado le gusta más a tu mujer.

-Pues el que haya, camarón, que los pobres no escogen: lo que has de hacer es que no vuelva yo con el morral vacío.

-Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di: «¡Peces, al morral!»

Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.

-Ya ves, leñador-le dijo el camarón,-que no soy desagradecido. Ven acá todas las mañanas, y en cuanto digas: «¡Al morral, peces!» tendrás el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y dime así:

«Camaroncito duro,

Sácame del apuro»:

y yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.

-Probaré, señora maga, probaré-dijo el leñador; y puso en la yerba con mucho cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua.

Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba, pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no podía más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó a Loppi, y lo volvió a abrazar, y le dijo: «¡leñadorcito mío!»

-Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber oído a tu mujer y salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme unos ajos y cebollas, y tráeme unas setas: anda, anda al monte, leñadorcito, que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.

Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hacía sino lo que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció, que era como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro día no le hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a hablar sola. Y el sábado, le sacó la lengua en cuanto lo vio venir. Y el domingo, se le fue encima a Loppi, que volvía con su morral a cuestas.

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-¡Mal marido, mal hombre, mal compañero! ¡que me vas a matar a pescado! ¡que de verte el morral me da el alma vueltas!

-Y ¿qué quieres que te traiga, pues?-dijo el pobre Loppi.

-Pues lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados: una sopa buena y un trozo de tocino.

«Con tal-pensó Loppi-que la maga me quiera hacer este favor.»

Y al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces:

Camaroncito duro,

Sácame del apuro:

y el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y luego la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían.

-¿Qué quiere el leñador?

-Para mí, nada; nada para mí, camaroncito: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de tocino.

-Pues tendrá lo que quiere tu mujer-respondió el camarón.-Al sentarte esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y di a cada golpe: «¡Sopa, aparece: aparece, tocino!»Y verás que aparecen. Pero ten cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.

-Probaré, señora maga, probaré-dijo Loppi, suspirando.

Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día en la mesa Masicas, que comió sopa dos veces, y tocino tres, y luego abrazó a Loppi, y lo llamó: «Loppi de mi corazón».

Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados:

-¿Hasta cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal hombre? ¿que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?

-Pero ¿qué quieres, amor mío, qué quieres?

-Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos pasteles para postres.

En toda la noche no cerró Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas:

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Camaroncito duro,

Sácame del apuro.

-¿Qué quiere el leñador?

-Para mí, nada: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero mi mujer se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito asado, así como unos pastelitos.

-Pues vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu mujer quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le mandaré a la mesa que se lo sirva.

En un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mem de platos, cuando él llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas. Hasta un frasco de anisete había en la mesa, con su forro de paja.

Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello? Ella quería saber: «¡Dímelo, Loppi!»Y Loppi se lo dijo, cuando ya no quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas más dulce que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie: no había una vecina en doce leguas a la redonda.

A los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa, le contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso:

-Pero, Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita: comer, es verdad, come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendrá a mal que quieras vestir bien a tu mujercita.

A Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba bien sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón encantado:

Camaroncito duro,

Sácame del apuro.

El camarón entero sacó el cuerpo del agua.

-¿Qué quiere el leñador?

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-Para mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me dé poder para tenerla con traje de señora.

El camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a Loppi: «Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que desea.»

-¡Oh, señor camarón! ¡oh. señora maga! ¡déjeme que le bese la patica izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la bese!

Y se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado que le daba vueltas a una rosa: y cuando entró a su casa vio a una bella señora, y la saludó hasta los pies; y la señora se echó a reír, porque era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a dar brincos.

A los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y con los ojos colorados, como de mucho llorar. «Y dime, Loppi», le decía una tarde, con un pañuelo de encaje en la mano: «¿de qué me sirve tener tan buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda ver, ni más casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no puede ser.»Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su pañuelo de encaje: «Dile, Loppi, a la maga que me dé un castillo hermoso, y no le pediré nada más.»

-¡Masicas, tú estás loca! Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate, mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigará por ambiciosa.

-¡Loppi, nunca serás más que un zascandil! ¡El que habla con miedo se queda sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que yo estoy aquí para lo que suceda.

Y el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle, y le quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volvía sin el castillo? Llamó muy quedito:

Camaroncito duro,

Sácame del apuro.

-¿Qué quiere el leñador?-dijo el camarón, saliendo del agua poco a poco.

-Nada para mí: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está contenta y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos.

-¿Y qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?

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-Pues una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más.

-Leñador-dijo el camarón, con una voz que Loppi no le conocía:-tu mujer tendrá lo que desea.-Y desapareció en el agua de repente.

A Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras hermosas, y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno de flores. Una princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín, con un vestido de plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: «Ahora sí, Loppi, que soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.»Y Loppi se echó a llorar de alegría.

Vivía Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba orden sin saber si le parecía bien: no había en todo el país quien tuviera un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas. ¿Qué le faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quería algo más. Quería ser reina Masicas:«¿No ves que para reina he nacido yo? ¿No ves, Loppi mío, que tú mismo me das siempre la razón, aunque eres más terco que una mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.»

Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol, limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó.

Camaroncito duro,

Sácame del apuro.

Vio salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían «¿qué quiere el leñador?»pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo tartamudeando:

-Para mí, nada: ¿qué pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de ser princesa.

-¿Y qué quiere ahora ser la mujer del leñador?

-¡Ay, señora maga!: reina quiere ser.

-¿Reina no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea. ¡Salud, marido de la reina!

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Y cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masica tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina Masicas, cargándole la cola.

Y Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más fino, seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos meses estuvo almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos, y paseando por el jardín con su capa de armiño y su sombrero de plumas, hasta que un día vino un chambelán de casaca carmesí con botones de topacio, a decirle que la reina lo quería ver, sentada en su trono de oro.

-Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a ver a la maga por última vez. Ve: dile lo que quiero.

-Pero ¿qué quieres entonces, infeliz? ¿Quieres reinar en el cielo donde están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo?

-Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo, y ser dueña del mundo.

-Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.

-Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la cabeza.

-Voy, mi reina, voy.-Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose en el suelo, golpeándose la casaca bordada de colores: «¡Tal vez-pensaba Loppi-tal vez el camarón tenga piedad de mí!» Y lo llamó desde la orilla, con voz como un gemido:

¡Camaroncito duro,

Sácame del apuro!

Nadie respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como un soplo.

-¿Qué quiere el leñador?-respondió otra voz terrible.

-Para mí, nada: ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer, quiere que le diga a la señora maga su último deseo: el último, señora maga.

-¿Qué quiere ahora la mujer del leñador?

Loppi, espantado, cayó de rodillas.

-¡Perdón, señora, perdón! ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del mundo!

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El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma, y se fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:

-¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a las mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! ¡A tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca con el morral vacío!

Y se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.

Loppi se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó, no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el manto de armiño, ni vestía la casaca bordada de colores. El camino era oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos eran la única arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos. Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba, sin saber que iba, mirando a la tierra.

Y de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces.

-¿Estás aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre!

-¡Masicas, que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas!

Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies, le compuso los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vacío. Por la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas, muerto.

El Padre las Casas.

Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace que vivió el Padre las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro famoso de la Destrucción de las Indias, los horrores que vio en las Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios.

Aprendió en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y vino con Colón a la isla Española en un barco de aquellos de velas infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos latines. Decían los marineros que

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era grande su saber para un mozo de veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta. Iba alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que llegó, empezó a hablar poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía como en una flor: ¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de venir del infierno, no de España! Español era él también, y su padre, y su madre; pero él no salía por las islas Lucayas a robarse a los indios libres: ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres millones, o más, que hubo en la Española!: él no los iba cazando con perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: él no les quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podían andar, o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba, hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había más oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar en castigo las orejas: él no se ponía el jubón de lujo, y aquella capa que llamaban ferreruelo, para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más que el jubón negro ni cargó caña de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino que se fue a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su bastón de rama de árbol.

Al monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres blancos de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y su maíz, y el mismo rey Behechío le dio de mujer a un español hermoso su hija Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos de agua de oro, y sus adornos, todos de oro fino, y les habían puesto sobre la coraza y guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: ¡y aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus indias, y sus hijos; los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga de piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro, como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo, y claro como el arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede atravesar una coraza. Caían, como las plumas y las hojas. Morían de pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. ¡Lo mejor era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a defenderse con las piedras, a

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defenderse con el agua, a salvar al reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla; él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la cabeza iba él; se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no quería era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte, cuando se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas, con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso a Guarocuya.

Ya en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era flaco, y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que venía lleno de espanto, que había visto morir a seis mil niños indios en tres meses. Y los oidores le decían: «Cálmese, licenciado, que ya se hará justicia»: se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los encomenderos, que eran los ricos del país, y tenían buen vino y buena miel de Alcarria. Ni merienda ni sueño había para las Casas: sentía en sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos tenían sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios cimarrones: le parecía que era su mano la que chorreaba sangre, cuando sabía que, porque no pudo con la pala, le habían cortado a un indio la mano: creía que él era el culpable de toda la crueldad, porque no la remediaba; sintió como que se iluminaba y crecía, y como que eran sus hijos todos los indios americanos. De abogado no tenía autoridad, y lo dejaban solo: de sacerdote tendría la fuerza de la Iglesia, y volvería a España, y daría los recados del cielo, y si la corte no acababa con el asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría temblar a la corte. Y el día en que entró de sacerdote, toda la isla fue a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le besasen los hábitos.

Entonces empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en Madrid; de pelea con el rey mismo: contra España toda, él solo, de pelea. Colón fue el primero que mandó a España a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las ropas y comidas que traían a América los barcos españoles. Y en América había habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de conquista, tomó en servidumbre su parte

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de la indiada, y la puso a trabajar para él, a morir para él, a sacar el oro de que estaban llenos los montes y los ríos. La reina, allá en España, dicen que era buena, y mandó a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su porción en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos, las manos cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza al fondo de las minas. «Yo, he visto traer a centenares maniatadas a estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las ovejas.»Fue a Cuba de cura con Diego Velázquez, y volvió de puro horror, porque antes que para hacer casas, derribaban los árboles para ponerlos de leñas a las quemazones de los taínos. En una isla donde había quinientos mil, «vio con sus ojos»los indios que quedaban: once. Eran aquellos conquistadores soldados bárbaros, que no sabían los mandamientos de la ley, ¡y tomaban a los indios de esclavos, para enseñarles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche, desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español de oro. ¡Al rey había que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragón! Se embarcó en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.

Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que «no probaba carne». Ni al rey le tenía él miedo, ni a la tempestad. Se iba a cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le llenaran de tinta el tintero de cuerno, «porque la maldad no se cura sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano». Si en Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los españoles era emperador de Alemania, se ponía un hábito nuevo, y se iba a Viena. Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y clérigos que tenía el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo, el de la «Natural Historia de las Indias», había escrito de los americanos las falsedades que los que tenían las encomiendas le mandaban poner, le decía a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando por escribir las mentiras. Si Sepúlveda, que era el maestro del rey Felipe, defendía en sus «Conclusiones»el derecho de la corona a repartir como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a Sepúlveda le decía que no tenían culpa de estar sin la cristiandad los que no sabían que hubiera Cristo, ni conocían las lenguas en que de Cristo se hablaba, ni

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tenían más noticia de Cristo que la que les habían llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas, como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puño el sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda a los hombres ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y que lo había de oír en paz, porque él no venía con manchas de oro en el vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz.

O hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos lo ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años, escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos, que era cuanto en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba hábilmente para defender el derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de respetárselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a los hombres. Llorente, que ha escrito la «Vida de Las Casas» escribió también la «Historia de la Inquisición» que era quien quemaba: el rey iba de gala a ver la quemazón, con la reina y los caballeros de la corte: delante de los condenados venían cantando los obispos, con un estandarte verde: de la hoguera salía un humo negro. Y Fonseca y Sepúlveda querían que «el clérigo»las Casas dijese en sus disputas algún pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo condenaran por hereje. Pero «el clérigo»le decía a Fonseca: «¡Lo que yo digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y tú me quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes, y acuso la encomienda de indios que tienes en América!»Y a Sepúlveda, que ya era confesor de Felipe II, le decía: «Tú eres disputador famoso, y te llaman el Livio de España por tus historias; pero yo no tengo miedo al elocuente que habla contra su corazón, y que defiende la maldad, y te desafío a que me pruebes en plática abierta que los indios son malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del día, e inofensivos y sencillos como las mariposas.»Y duró cinco días la plática con Sepúlveda. Sepúlveda empezó con desdén, y acabó turbado. El clérigo lo oía con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le veía hincharse la frente. En cuanto Sepúlveda se sentaba satisfecho, como el que hincó el alfiler donde quiso, se ponía el clérigo en pie, magnífico, regañón, confuso, apresurado. «¡No es verdad que los indios de México mataran cincuenta mil en sacrificios al año, sino veinte apenas, que es menos de lo que mata España en la horca!» «¡No es verdad que sean gente bárbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo tengamos más los europeos; ni somos nosotros quién, con todos nuestros cañones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y

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amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes, y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!» «¡No es verdad, sino, iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de súbditos sea exterminarlos, ni el modo mejor de enseñar la religión a un indio sea echarlo en nombre de la religión a los trabajos de las bestias; y quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la carga con la frente como los bueyes!»Y citaba versículos de la Biblia, artículos de la ley, ejemplos de la historia, párrafos de los autores latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alimañas del monte.

Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo atrever, ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban a la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño lo oyó con veneración, pero lo engañaba después, cuando entró en ambiciones que requerían mucho gastar, y no estaba para ponerse por las «cosas del clérigo» en contra de los de América, que le enviaban de tributo los galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gastó un reino en procurarse otro, y lo dejó todo a su muerte envenenado y frío, como el agujero en que ha dormido la víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no le podía hablar, porque tenía encomiendas él, y tenía minas, o gozaba los frutos de las que poseía en cabeza de otros. De miedo de perder el favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenían en América interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto, por elocuente, no lo querían decir, o lo decían donde no los oyeran: porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien, que se parece al cielo de la mañana en la claridad!

Y como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera ofender al rey ni a la Inquisición, sino que pedía la bondad con los indios para bien del rey, y para que se hiciesen más de veras cristianos, no tenían los de la corte modo de negársele a las claras, sino que fingían estimarle mucho el celo, y una vez le daban el título de «Protector Universal de los Indios», con la firma de Fernando, pero sin modo de

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que le acatasen la autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta años de razonar, le dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no debían ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase trabajadores de España a una colonia de Cumaná donde se había de ver a los indios con amor, y no halló en toda España sino cincuenta que quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tenía una cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el «adelantado» había ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las leyes que le parecían a él bien para los indios, «¡cuantas leyes quisiera, pues que por ley más o menos no hemos de pelear!», y él las escribía, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hacía como que le tomaba consejo; pero luego entraba Sepúlveda, con sus pies blandos y sus ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y lo que se hacía de verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo sabía, lo sabía bien; pero ni bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni de llamar crimen a lo que era, ni de contar en su «Descripción» las «crueldades», para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por la vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo decía, porque era noble y les tuvo compasión. Y escribía como hablaba, con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va levantando el polvo y sacando luces de la piedra.

Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían los indios en mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no sólo a llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los árboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos podían más que él, porque tenían el gobierno de su lado; y le componían cantares en que le decían traidor y español malo; y le daban de noche músicas de cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y le rodeaban el convento armados,-todos armados, contra un viejo flaco y solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera a entrar en la población. El venía a pie, con su bastón, y con dos españoles buenos, y un negro que lo quería como a padre suyo:

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porque es verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsejó al principio de la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resistían mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y decía: «¡con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di por mi amor a los indios!» Con su negro cariñoso venía, y los dos españoles buenos. Venía tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que se le abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de dolor porque los españoles le habían matado al marido de su corazón, que fue de noche a rezarles a los dioses: ¡y vio de pronto las Casas que eran indios los centinelas que los españoles le habían echado para que no entrase! ¡El les daba a los indios su vida, y los indios venían a atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no se quejó, sino que dijo así: «Pues por eso, hijos míos, os tengo de defender más, porque os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor ni para agradecer.» Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le pidieron perdón. Y, entró en Ciudad Real, donde los encomenderos lo esperaban, armados de arcabuz y cañón, como para ir a la guerra. Casi a escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los encomenderos lo querían matar. El se fue a su convento, a pelear, a defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa y dos años.

Los zapaticos de rosa

A mademoiselle Marie: José Martí

Hay sol bueno y mar de espuma,

Y arena fina, y Pilar

Quiere salir a estrenar

Su sombrerito de pluma.

-«¡Vaya la niña divina!»

Dice el padre, y le da un beso:

«Vaya mi pájaro preso

A buscarme arena fina.»

-«Yo voy con mi niña hermosa»,

Le dijo la madre buena:

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«¡No te manches en la arena

Los zapaticos de rosa!»

Fueron las dos al jardín

Por la calle del laurel:

La madre cogió un clavel

Y Pilar cogió un jazmín.

Ella va de todo juego,

Con aro, y balde, y paleta:

El balde es color violeta:

El aro es color de fuego.

Vienen a verlas pasar:

Nadie quiere verlas ir:

La madre se echa a reír,

Y un viejo se echa a llorar.

El aire fresco despeina

A Pilar, que viene y va

Muy oronda:-«¡Di, mamá!

¿Tú sabes qué cosa es reina?»

Y por si vuelven de noche

De la orilla de la mar,

Para la madre y Pilar

Manda luego el padre el coche.

Está la playa muy linda:

Todo el mundo está en la playa:

Lleva espejuelos el aya

De la francesa Florinda.

Está Alberto, el militar

Que salió en la procesión

Con tricornio y con bastón,

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Echando un bote a la mar.

¡Y qué mala, Magdalena

Con tantas cintas y lazos,

A la muñeca sin brazos

Enterrándola en la arena!

Conversan allá en las sillas,

Sentadas con los señores,

Las señoras, como flores,

Debajo de las sombrillas.

Pero está con estos modos

Tan serios, muy triste el mar:

¡Lo alegre es allá, al doblar,

En la barranca de todos!

Dicen que suenan las olas

Mejor allá en la barranca,

Y que la arena es muy blanca

Donde están las niñas solas.

Pilar corre a su mamá:

-«¡Mamá, yo voy a ser buena:

Déjame ir sola a la arena:

Allá, tú me ves, allá!»

-«¡Esta niña caprichosa!

No hay tarde que no me enojes:

Anda, pero no te mojes

Los zapaticos de rosa.»

Le llega a los pies la espuma:

Gritan alegres las dos:

Y se va, diciendo adiós,

La del sombrero de pluma.

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¡Se va allá, donde ¡muy lejos!

Las aguas son más salobres,

Donde se sientan los pobres,

Donde se sientan los viejos!

Se fue la niña a jugar,

La espuma blanca bajó,

Y pasó el tiempo, y pasó

Un águila por el mar,

Y cuando el sol se ponía

Detrás de un monte dorado,

Un sombrerito callado

Por las arenas venía.

Trabaja mucho, trabaja

Para andar: ¿qué es lo que tiene

Pilar que anda así, que viene

Con la cabecita baja?

Bien sabe la madre hermosa

Por qué le cuesta el andar:

-«¿Y los zapatos, Pilar,

Los zapaticos de rosa?

«¡Ah, loca! ¿en dónde estarán?

¡Di dónde, Pilar!»-«Señora»,

Dice una mujer que llora:

«¡Están conmigo: aquí están!

«Yo tengo una niña enferma

Que llora en el cuarto oscuro

Y la traigo al aire puro

A ver el sol, y a que duerma

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«Anoche soñó, soñó

Con el cielo, y oyó un canto:

Me dio miedo, me dio espanto,

Y la traje, y se durmió.

«Con sus dos brazos menudos

Estaba como abrazando;

Y yo mirando, mirando

Sus piececitos desnudos.

«Me llegó al cuerpo la espuma,

Alcé los ojos, y vi

Esta niña frente a mí

Con su sombrero de pluma.

-«¡Se parece a los retratos

Tu niña!» dijo: «¿Es de cera?

¿Quiere jugar? ¡si quisiera!…

¿Y por qué está sin zapatos?»

«Mira: ¡la mano le abrasa,

Y tiene los pies tan fríos!

¡Oh, toma, toma los míos:

Yo tengo más en mi casa!»

«No sé bien, señora hermosa,

Lo que sucedió después:

¡Le vi a mi hijita en los pies

Los zapaticos de rosa!»

Se vio sacar los pañuelos

A una rusa y a una inglesa;

El aya de la francesa

Se quitó los espejuelos.

Abrió la madre los brazos:

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Se echó Pilar en su pecho,

Y sacó el traje deshecho,

Sin adornos y sin lazos.

Todo lo quiere saber

De la enferma la señora:

¡No quiere saber que llora

De pobreza una mujer!

-«¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso

También! ¡tu manta! ¡tu anillo!»

Y ella le dio su bolsillo,

Le dio el clavel, le dio un beso.

Vuelven calladas de noche

A su casa del jardín:

Y Pilar va en el cojín

De la derecha del coche.

Y dice una mariposa

Que vio desde su rosal

Guardados en un cristal

Los zapaticos de rosa.

La última página

Este es el número de La Edad de Oro, donde se ve lo viejo y lo nuevo del mundo, y se aprende cómo las cosas de guerra y de muerte no son tan bellas como las de trabajar: ¡a saber si el tiempo del Padre las Casas era mejor que el de la Exposición de París! ¿Y quién es mejor: Masicas, o Pilar? Sólo que en todo lo de esta vida hay siempre un desventurado. Y el desventurado de La Edad de Oro es el artículo sobre la Historia de la Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo, que en cada número se anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede que no queda lugar para él. Lo que le está muy bien empleado, por pedante, y por andarse anunciando así. Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los

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demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil. Los niños debían echarse a llorar, cuando ha pasado el día sin que aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo.

¡Quién sabe si sirve, quién sabe, el artículo de la Exposición de París! Pero va a suceder como con la Exposición, que de grande que es no se la puede ver, toda, y la primera vez se sale de allí como con chispas y joyas en la cabeza, pero luego se ve más despacio, y cada hermosura va apareciendo entera y clara entre las otras. Hay que leerlo dos veces: y leer luego cada párrafo suelto: lo que hay que leer, sobre todo, con mucho cuidado, es lo de los pabellones de nuestra América. Una pena, tiene La Edad de Oro; y es que no pudo encontrar lámina del pabellón del Ecuador. ¡Está triste la mesa cuando falta uno de los hermanos!

Un paseo por la tierra de los anamitas

Cuentan un cuento de cuatro hindús ciegos, de allí del Indostán de Asia, que eran ciegos desde el nacer, y querían saber cómo era un elefante. «Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del rajá, que es príncipe generoso, y nos dejará saber cómo es.» Y a citas del príncipe se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco; y oyeron en el camino rugir a la pantera y graznar al faisán de color de oro, que es como un pavo con dos plumas muy largas en la cola; y durmieron de noche en las ruinas de piedra de la famosa Jehanabad, donde hubo antes mucho comercio y poder; y pasaron por sobre un torrente colgándose mano a mano de una cuerda, que estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla, como la cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un carretero de buen corazón les dijo que se subieran en su carreta, porque su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debió ser algo así como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le subieran los hombres encima, sino que miraba a los caminantes como convidándoles a entrar en el carro. Y así llegaron los cuatro ciegos al palacio del rajá, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las sillas de marfil, y el trono del rajá de marfil y de oro. «Venimos, señor rajá, a que nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de los pobres ciegos, cómo es de figura un elefante manso.» «Los ciegos son santos», dijo el rajá, «los hombres que desean saber son santos: los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.» Echaron a correr los cuatro, como si les hubiera

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vuelto de repente la vista: uno cayó de nariz sobre las gradas del trono del rajá: otro dio tan recio contra la pared que se cayó sentado, viendo si se le había ido en el coscorrón algún retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos abiertos, se quedaron de repente abrazados. El secretario del rajá los llevó adonde el elefante manso estaba, comiéndose su ración de treinta y nueve tortas de arroz y quince de maíz, en una fuente de plata con el pie de ébano; y cada ciego se echó, cuando el secretario dijo «¡ahora!», encima del elefante, que era de los pequeños y regordetes: uno se le abrazó por una pata: el otro se le prendió a la trompa, y subía en el aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro tenía agarrada un asa de la fuente del arroz y el maíz. «Ya sé» decía el de la pata: «el elefante es alto y redondo, como una torre que se mueve.» «¡No es verdad!», decía el de la trompa: «el elefante es largo, y acaba en pico, como un embudo de carne.» «¡Falso y muy falso», decía el de la cola: «el elefante es como un badajo de campana» «Todos se equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve», decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.

También, y tanto como los más bravos, pelearon, y volverán a pelear, los pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda, allá lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos: ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos dio pelo largo, y es un presumido el que se crea más sabio que la naturaleza, así que llevan el pelo en moño, lo mismo que las mujeres: ellos dicen que el sombrero es para que dé sombra, a no ser que se le lleve como señal de mando en la casa del gobernador, que entonces puede ser casquete sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires, que se beben los rayos del sol,

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y sofocan y arden: ellos dicen que el hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los cambodios son más altos y robustos que los anamitas, pero en la guerra los anamitas han vencido siempre a sus vecinos los cambodios; y que la mirada no debe ser azul, porque el azul engaña y abandona, como la nube del cielo y el agua del mar; y que el color no debe ser blanco, porque la tierra, que da todas las hermosuras, no es blanca, sino de los colores de bronce de los anamitas; y que los hombres no deben llevar barba, que es cosa de fieras: aunque los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden que esto de la barba no es más que envidia, porque bien que se deja el anamita el poco bigote que tiene: ¿y en sus teatros, quién hace de rey, sino el que tiene la barba más larga? ¿y el mandarín, no sale a las tablas con bigotes de tigre? ¿y los generales, no llevan barba colorada? «¿Y para qué necesitamos tener los ojos más grandes», dicen los anamitas, «ni más juntos a la nariz?: con estos ojos de almendra que tenemos, hemos fabricado el Gran Buda de Hanoi, el dios de bronce, con cara que parece viva, y alto como una torre; hemos levantado la pagoda de Angkor, en un bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y lagos en los patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil quinientas columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de Saigón a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres caladas, los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los héroes que pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses y de los chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores de nuestras túnicas de seda. Usamos moño, y sombrero de pico, y calzones anchos, y blusón de color, y somos amarillos, chatos, canijos y feos; pero trabajamos a la vez el bronce y la seda: y cuando los franceses nos han venido a quitar nuestro Hanoi, nuestro Hue, nuestras ciudades de palacios de madera, nuestros puertos llenos de casas de bambú y de barcos de junco, nuestros almacenes de pescado y arroz, todavía, con estos ojos de almendra, hemos sabido morir, miles sobre miles, para cerrarles el camino. Ahora son nuestros amos; pero mañana ¡quién sabe!»

Y se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de nada, aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos de la blusa: de la blusa azul, sujeta al cuello con un botón de cristal amarillo: y por zapato llevan una suela de cordón, atada al tobillo con cintas. Ese es el traje del pescador; del que fabrica las casas de caña, con el techo de paja de arroz; del marino ligero, en su barca de dos puntas; del ebanista, que maneja la herramienta con los pies y las manos, y embute los adornos de nácar en las camas y sillas de madera preciosa;

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del tejedor, que con los hilos de plata y de oro borda pájaros de tres cabezas, y leones con picos y alas, y cigüeñas con ojos de hombre, y dioses de mil brazos: ése es el traje del pobre cargador, que se muere joven del cansancio de halar la djirincka, que es el coche de dos ruedas, de que va halando el anamita pobre: trota, trota como un caballo: más que el caballo anda, y más aprisa: ¡y dentro, sin pena y sin vergüenza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren después, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber clarete y borgoña, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos, los que se dejan halar en la djirincka, echándose aire con el abanico; los militares ingleses, los empleados franceses, los comerciantes chinos.

¿Y ese pueblo de hombres trotones es el que levantó las pagodas de tres pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y calles de estatuas; el que fabricó leones de porcelana y gigantes de bronce; el que tejió la seda con tanto color que centellea al sol, como una capa de brillantes? A eso llegan los pueblos que se cansan de defenderse: a halar como las bestias del carro de sus amos: y el amo va en el carro, colorado y gordo. Los anamitas están ahora cansados. A los pueblos pequeños les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado siempre defendiendo. Los vecinos fuertes, el chino y el siamés, lo han querido conquistar. Para defenderse del siamés, entró en amistades con el chino, que le dijo muchos amores, y lo recibió con procesiones y fuegos y fiestas en los ríos, y le llamó «querido hermano». Pero luego que entró en la tierra de Anam, lo quiso mandar como dueño, hace como dos mil años: ¡y dos mil años hace que los anamitas se están defendiendo de los chinos! Y con los franceses les sucedió así también, porque con esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a crecer, y más allá, que es como en China, donde dicen que el rey es hijo del cielo, y creen pecado mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben que son hombres como los demás, y pelean unos contra otros para tener más pueblos y riquezas: y los hombres mueren sin saber porqué, defendiendo a un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por Anam un obispo francés, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI de Francia le daría con qué pelear contra el que le quitó el mando al de Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey, y luego vino solo, porque con la revolución que había en París no lo podía Luis XVI ayudar; juntó a los franceses que había por la India de Asia: entró en Anam; quitó el poder al rey nuevo; puso al rey de antes a mandar. Pero quien mandaba de veras eran los franceses, que querían para ellos todo lo del país, y quitaban lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam vio que aquel amigo de afuera era

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peligroso, y valía más estar sin el amigo, y lo echó de una pelea de la tierra, que todavía sabía pelear: sólo que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con cañones en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en el mar con sus barcos de junco, que no tenían cañones; ni pudo mantener sus ciudades,. porque con lanzas no se puede pelear contra balas; y por Saigón, que fue por donde entró el francés, hay poca piedra con que fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado a ese otro modo de pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre, con espada y lanza, pecho a pecho los hombres y los caballos. Pueblo a pueblo se ha estado defendiendo un siglo entero del francés, huyéndole unas veces, otras cayéndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazándole el ejército: China le mandó sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren los chinos al extranjero en su tierra, y echarlo de Anam era como echarlo de China: pero él francés es de otro mundo, que sabe más de guerras y de modos de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la cintura, les ha ido quitando el país a los anamitas.

Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en todo lo que hacen, en la madera, en el nácar, en la armería, en los tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados. No aran con caballo ni con buey, sino con búfalo. La tela de los vestidos la pintan a mano. Con los cuchillos de tallar labran en la madera dura pueblos enteros, con la casa al fondo, y los barcos navegando en el río, y la gente a miles en los barcos, y árboles, y faroles, y puentes, y botes de pescadores, todo tan menudo como si lo hubieran hecho con la uña. La casa es como para enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete, toda hecha de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de madera, los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por todos los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de bambú. No hay casa sin su ataúd, que es allá un mueble de lujo, con los adornos de nácar: los hijos buenos le dan al padre como regalo un ataúd lujoso, y la muerte es allá como una fiesta, con su música de ruido y sus cantares de pagoda: no les parece que la vida es propiedad del hombre, sino préstamo que le hizo la naturaleza, y morir no es más que volver a la naturaleza de donde se vino, y en la que todo es como hermano del hombre; por lo que suele el que muere decir en su testamento que pongan un brazo o una pierna suya adonde lo puedan picar los pájaros, y devorarlo las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en el viento. Desde que viven en la esclavitud, van

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mucho los anamitas a sus pagodas, porque allí les hablan los sacerdotes de los santos del país, que no son los santos de los franceses: van mucho a los teatros, donde no les cuentan cosas de reír, sino la historia de sus generales y de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados, la historia de las batallas.

Por dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas sus mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas; y los santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado. Delante van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tisú precioso, o de seda verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con la flor del loto, que es la flor de su dios, por lo hermosa y lo pura, y otro cargándole el manteo al de la flor, y otros cantando: detrás van los encapuchados, que son sacerdotes menores, con músicas y banderines, coreando la oración: en el altar, con sus mitras brillantes, ven la fiesta los dioses sentados. Buda es su gran dios, que no fue dios cuando vivió de veras, sino un príncipe bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano echaba por tierra a leones jóvenes, y tan hermoso que lo quería como a su corazón el que lo veía una vez, y de tanto pensamiento que no podían los doctores discutir con él, porque de niño sabía más que los doctores más sabios y viejos. Y luego se casó, y quería mucho a su mujer y a su hijo; pero una tarde que salió en su carro de perlas y plata a pasear, vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvió del paseo triste: y otra tarde vio a un moribundo, y no quiso pasear más: y otra tarde vio a un muerto, y su tristeza fue ya mucha: y otra vio a un monje que pedía limosnas, y el corazón le dijo que no debía andar en carro de plata y de perlas, sino pensar en la vida, que tenía tantas penas, y vivir solo, donde se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de su mujer y de su hijo, como si fuera un altar, y sollozó: y sintió como que el corazón se le moría en el pecho. Pero se fue, en lo oscuro de la noche, al monte, a pensar en la vida, que tenía tanta pena, a vivir sin deseos y sin mancha, a decir sus pensamientos a los que se los querían oír, a pedir limosna para los pobres, como el monje. Y no comía, más que lo que un pájaro: y no bebía, más que para no morirse de sed: y no dormía, sino sobre la tierra de su cabaña: y no andaba, sino con los pies descalzos. Y cuando el demonio Mara le venía a hablar de la hermosura de su mujer, y de las gracias de su niño, y de la riqueza de su palacio, y de la arrogancia de mandar en su pueblo como rey, él llamaba a sus discípulos, para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud: y el demonio Mara huía espantado. Esas son cosas que los hombres sueñan, y llaman demonios a los consejos malos que vienen de lado feo

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del corazón; sólo que como el hombre se ve con cuerpo y nombre, pone nombre y cuerpo, como si fuesen personas, a todos los poderes y fuerzas que imagina: ¡y ése es poder de veras, el que viene de lo feo del corazón, y dice al hombre que viva para sus gustos más que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay gusto mayor, no hay delicia más grande, que la vida de un hombre que cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas!: ¿pero que es mas bello, ni da más aromas que una rosa? Del monte volvió Buda, porque pensó, después de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se hacia bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar descalzo, sino que estaba la salvación en conocer las cuatro verdades, que dicen que la vida es toda de dolor, y que el dolor viene de desear, y que para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce nirvana, que es la hermosura como de luz que le da al alma el desinterés, no se logra viviendo, como loco o glotón, para los gustos de lo material, y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando y la fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad, ni se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar de la armonía del mundo o ignorar nada de él o mortificarse con la ofensa y la envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma sea como una luz de aurora, que llena de claridad y hermosura al mundo, y llore y padezca por todo lo triste que hay en él, y se vea como médico y padre de todos los que tienen razón de dolor: es como vivir en un azul que no se acaba, con un gusto tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los brazos siempre abiertos. Así vivió Buda, con su mujer y con su hijo, luego que volvió del monte. Después sus discípulos, que eran muchos, empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen de las verdades de Buda, y de sus hazañas cuando era príncipe, y de cómo vivió en el monte; y el rey vio que en el nombre de Buda había poder, porque la gente miraba todo lo de Buda como cosa del cielo, tan hermoso que no podía ser hombre el que vivió y habló así. Mandó el rey juntar a los discípulos, para que pusiesen en libros la historia y los sermones y los consejos de Buda; y puso a los discípulos a sueldo, para que el pueblo viese juntos el poder del rey y el del cielo, de donde creía el pueblo que había venido al mundo Buda. Hubo unos discípulos que hicieron lo que el rey quería, y salieron con el ejército del rey a quitarles a los países de los alrededores la libertad, con el pretexto de que les iban a enseñar las verdades de Buda, que habían venido del cielo. y hubo otros que dijeron que eso era engaño de los discípulos y robo del rey, y que la libertad de un pueblo pequeño es más necesaria al mundo que el poder de un rey ambicioso, y la mentira de los sacerdotes que sirven al rey por su dinero,

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y que si Buda hubiera vivido, habría dicho la verdad, que él no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen el cielo en sí mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el cariño a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen de carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasión, como a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas, para que no se canse de animar y de servir al mundo: ¡ése sí que es cielo, y gusto divino! Pero los discípulos que estaban con el rey pudieron más; y el rey les mandó hacer pagodas de muchas torres, donde ponían a Buda de dios en el altar, y los discípulos se mandaron hacer túnicas de seda y mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los discípulos más famosos los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la sepultura, y les encendían luces de día y de noche, y la gente iba a arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los recomendaran a Buda en la hora de morir. Miles de años han pasado, y hay miles de pagodas. Allí van los anamitas tristes, que ya no encuentran en la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo.

Y al teatro van para que no se les acabe la fuerza del corazón. ¡En el teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los cómicos las historias de cuando Anam era país grande, y de tanta riqueza que los vecinos lo querían conquistar; pero había muchos reyes, y cada rey quería las tierras de los otros, así que en las peleas se gastó el país, y los de afuera, los chinos, los de Siam, los franceses, se juntaban con el caído para quitar el mando al vencedor, y luego se quedaban de amos, y tenían en odio a los partidos de la pelea, para que no se juntasen contra el de afuera, como se debían juntar, y lo echaran por entrometido y alevoso, que viene como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en el país, se quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladrón. En Anam el teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del país; y la guerra que el bravo An-Yang le ganó al chino Chau-Tu; y los combates de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron de guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la gente de Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las guerras de los reyes, cuando el hermano del rey muerto quería mandar en Anam, en lugar de su sobrino, o venía el rey de lejos a quitarle la tierra al rey Hue. Los anamitas, encuclillados, oyen la historia, que no cuentan los cómicos hablando o cantando, como en los dramas o, en las óperas, sino con una música de mucho ruido que no deja oír lo que dicen los cómicos, que vienen vestidos con túnicas muy ricas, bordadas de flores y pájaros que nunca se han visto, con cascos de oro muy labrados en la

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cabeza, y alas en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en el casco, si son príncipes: y si son gente así, de mucho poder, no se sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas. Y cuentan, y pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman té, y entran por la puerta de la derecha, y salen por la puerta de la izquierda: y la música toca sin parar, con sus platillos y su timbalón y su clarín y su violinete; y es un tocar extraño, que parece de aullidos y de gritos sin arreglo y sin orden, pero se ve que tiene un tono triste cuando se habla de muerte, y otro como de ataque cuando viene un rey de ganar una batalla, y otro como de procesión de mucha alegría cuando se casa la princesa, y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba blanca, el gran sacerdote y cada tono lo adornan los músicos como les parece bien, inventando el acompañamiento según lo van tocando, de modo que parece que es música sin regla, aunque si se pone bien el oído se ve que la regla de ellos es dejarle la idea libre al que toca, para que se entusiasme de veras con los pensamientos del drama, y ponga en la música la alegría, o la pena, o la poesía, o la furia que sienta en el corazón, sin olvidarse del tono de la música vieja, que todos los de la orquesta tienen que saber, para que haya una guía en medio del desorden de su invención, que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no oye más que los tamborazos y la algarabía; y así sucede en los teatros de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa, la música que al anamita que está junto a él le hace reír de gusto, o llorar de la pena, según estén los músicos contando la historia del letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los consejeros del rey, hasta que el consejero llegó a ser el pobre,-o la otra historia triste del príncipe que se arrepintió de haber llamado al extranjero a mandar en su país, y se dejó morir de hambre a los pies de Buda, cuando no había remedio ya, y habían entrado a miles en la tierra cobarde los extranjeros ambiciosos, y mandaban en el oro y las fábricas de seda, y en el reparto de las tierras, y en el tribunal de la justicia los extranjeros, y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero a maltratar al que defendía con el corazón la libertad de la tierra: la música entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase un entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y así es la música de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de los de casamiento, mientras los actores gritan y andan delante de los músicos en el escenario, y los generales se echan por la tierra, para figurar que están muertos, o pasan la pierna derecha por sobre la espalda de una silla, para decir que van a montar a caballo, o entran por entre unas cortinas el novio y

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la princesa, para que se sepa que se acaban de casar. Porque el teatro es un salón abierto, sin las bambalinas ni bastidores, y sin aparatos ni pinturas: sino que cuando la escena va a cambiar, sale un regidor de blusa y turbante, y se lo dice al público, o pone una mesa, que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo, que quiere decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre una antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este de la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre los que hacen de príncipes de seda y generales de oro, de mil años atrás, cuando los parientes del príncipe Ly-Tieng-Vuong querían darle a beber una taza de té envenenado. Allá adentro, en lo que no se ve del teatro, hay como un mostrador, con cajas de pintarse y espejos en la pared, y un rosario de barbas, de donde el que hace de loco toma la amarilla, y la colorada el que hace de fiero, y la negra el que hace de rey hermoso, y el que hace de viejo toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de gobernador, de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo más alto de la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr, y parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los amenazan. De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los bolsillos de la blusa azul. Y si un francés les pregunta algo en el camino, le dicen en su lengua: «No sé». Y si un anamita les habla de algo en secreto, le dicen: «¡Quién sabe!»

Historia de la cuchara y el tenedor

¡Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposición de París: «Tome una djirincka-¡djirincka!-y vea en un momento todo lo de la Explanada»: ¡pero primero le tienen que decir a uno lo que es djirincka! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve uno más que los pilares y los arcos, y la luz allá arriba, que entra como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergüenza ver algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no entienda todo lo que ve. La muerte es lo más difícil de entender; pero los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por eso están tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se pone

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en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es difícil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo, siente uno deseos de hacer más que ellos todavía: y eso es la vida. Porque los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los demás hombres, pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos.

Los que están vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como baño de plata. Esos sí que trabajan, y hay taller que hace al día cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como más de mil trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones. La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas obras de platería, para limar las piezas finas, para bordarlas como encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas máquinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer ladrillos de ellos, para ponerlos en la máquina delgados como hoja de papel, para las máquinas de recortar en la hoja muchas cucharas y tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde está la plata hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que están dentro colgados en hilera de un madero, como las púas de un peine.

Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hacían de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen hoy en máquina: no más que para darle figura de jarra a un redondel de plata estaba el pobre hombre dándole con el martillo alrededor de una punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarrón, y luego lo hundía de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un jarro hueco, y lo de mano no es más que lo último, cuando va al dibujo fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aquí, porque donde hacen los jarros, hacen

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los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en láminas para hacer un jarrón que para hacer una cuchara de té. Es hermoso ver eso, y parece que está uno en las entrañas de la tierra, allá donde está el fuego como el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos, y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de platería cuando están derritiendo el metal. En un horno se cocinan las piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el níquel, el cobre y el zinc, y luego enfrían la mezcla de los tres metales, y la cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qué es; pero uno ve con respeto, y como con cariño, a aquellos hombres de delantal y cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretón, sino que lo que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el metal está en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro, como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de mañana en las hojas del bosque. Sin saber por qué, se calla uno, y se siente como más fuerte, en el taller de las calderas.

Y después, es como un paseo por una calle de máquinas. Todas se están moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada máquina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor está allá, en lo hondo de la platería, y de allí mueve unas correas anchas, que hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda de andar en cada máquina, andan las demás ruedas. La primera máquina se parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida entre dos cilindros de goma: allí los cilindros no son de goma, sino de acero; y la barra de metal sale hecha una lámina, del grueso de un cartón: es un cartón de metal. Luego viene la agujereadora, que es una máquina con uno como mortero que baja y sube, como la encía de arriba cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la lámina a la vez, y dejan la lámina agujereada, y el metal de cada agujero cae a un cesto debajo: y ése es la cuchara, ése es el tenedor. Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una moneda muy grande, es una cuchara, ¿Que cómo se le sacan los dientes al tenedor? ¡Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas, tienen que

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calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no está caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes del horno: los ponen en un molde de otra máquina que tiene un mortero de aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra máquina más fina lo recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como están en el tenedor acabado, sino sujetos todavía. Otra máquina le recorta las uniones, y ya está el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la curva, porque de las máquinas de los dientes salió chato, como una hoja de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de las piedras de amolar, sólo que la máquina de pulir anda más de prisa, y la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto. Y de allí sale el tenedor o la cuchara a la platería de veras, porque es donde les ponen el baño de la electricidad, y quedan como vestidos con traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no llevan más que un baño o dos: los buenos llevan tres, para que la plata les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara, no había máquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en láminas delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tenía que irlo aplastando el platero, hasta que estaba como él lo quería, y recortaba la cuchara a fuerza de mano, y a muñeca viva le daba al mango el doblez, y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un punto diferente, encima de un yunque que parecía de jugar, con la punta redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara. Ahora la máquina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, está vacío: de arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya está la cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la llevan al baño de plata: porque es un baño verdadero, en que la plata está en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de potasio-¡los nombres químicos son todos así!: y entra en el baño la electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este

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baño de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de él. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al calor sobre láminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de aserrín. Los bruñen en la máquina de cepillar. Con la badana les sacan brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de terciopelo o de seda.

La muñeca negra

De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene detrás, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza; porque conoce el camino. ¡Trabaja mucho el padre, para comprar todo lo de la casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A veces, allá en el trabajo, se ríe solo, o se pone de repente como triste, o se le ve en la cara como una luz: y es que está pensando en su hija: se le cae la pluma de la mano cuando piensa así, pero enseguida empieza a escribir, y escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes como un sol, y las ges largas como un sable, y las eles están debajo de la línea, como si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin de la palabra, como una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que escribe el padre cuando ha pensado mucho en la niña! El dice que siempre que le llega por la ventana el olor de las flores del jardín, piensa en ella. O a veces, cuando está trabajando cosas de números, o poniendo un libro sueco en español, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un poco, le da un beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es sueño no más, no más que sueño, como esos que se tienen sin dormir, en que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra azul: sueño es no más, pero dice el padre que es como si lo hubiera visto, y que después tiene más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va, se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como una nube.

Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda: ¿a qué iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrás entró una caja grande: ¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber lo que vendrá!: mañana hace ocho años que nació Piedad. La criada fue al jardín, y se pinchó el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una flor muy hermosa. La madre a todo dice que sí,

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y se puso el vestido nuevo, y le abrió la jaula al canario. El cocinero está haciendo un pastel, y recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y le devolvió a la lavandera el gorro, porque tenía una mancha que no se veía apenas, pero, «¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de estar sin mancha!» Piedad no sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa estaba como el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche, todos. Y el padre llegó muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar: ¡y lo abrazó de veras! Mañana cumple Piedad ocho años.

El cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene de la lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo. Pero se ve, hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen andando, de puntillas. ¡Al suelo, el tocador de jugar! ¡Este padre ciego, que tropieza con todo! Pero la niña no se ha despertado. La luz le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En una silla está el baúl que le mandó en pascuas la abuela, lleno de almendras y de mazapanes: boca abajo está el baúl, como si lo hubieran sacudido, a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban escondidas por la cerradura algunas migajas de mazapán; ¡eso es, de seguro, que las muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora la luz, en el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: ¿cómo habrá venido esta estrella a los platos?: «¡Es azúcar!» dice el pícaro padre: «¡Eso es, de seguro!»: dice la madre, «eso es que estuvieron las muñecas golosas comiéndose el azúcar.» El costurero está en otra silla, y muy abierto, como de quien ha trabajado de verdad; el dedal está machucado ¡de tanto coser!: cortó la modista mucho, porque del calicó que le dio la madre no queda más que un redondel con el borde de picos, y el suelo está por allí lleno de recortes, que le salieron mal a la modista, y allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, está en el velador, al lado de la cama. El rincón, allá contra la pared, es el cuarto de dormir de las muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores, y al lado una muñeca de traje rosado, en una silla roja: el tocador está entre la cama y la cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de cartón castaño,

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y el espejo es de los buenos, de los que vende la señora pobre de la dulcería, a dos por un centavo. La sala está en lo de delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con una jarra mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México: y alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que eso es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con lo de abajo forrado de azul; y la tapa cosida por un lado, para la espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en el sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un sillón blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás, para que no se caiga, un pomo de olor: y es una niña de sombrero colorado, que trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del lado del velador, está una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las cintas francesas: en su gran moña de los tres colores está adornando la sala el medallón, con el retrato de un francés muy hermoso, que vino de Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del que inventó el pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pasó el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su tierra: ésa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada, durmiendo en su brazo, y con la boca desteñida de los besos, está su muñeca negra.

Los pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece que se saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama, y otro pájaro responde. En la casa hay algo, porque los pájaros se ponen así cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el delantal volándole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos, oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa hay algo: porque si no, ¿para qué está ahí, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las medias de encaje? «Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, Leonor, tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a paseo. ¡Mamá mala, que no te dejó ir conmigo, porque dice que te he puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he peinado mucho! La verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te quiero así, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con

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los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren: ¡a ver! ¡sentada aquí en mis rodillas, que te quiero peinar!: las niñas buenas se peinan en cuanto se levantan: ¡a ver, los zapatos, que ese lazo no está bien hecho!: y los dientes: déjame ver los dientes: las uñas: ¡Leonor, esas uñas no están limpias! Vamos, Leonor, dime la verdad: oye, oye a los pájaros que parece que tienen baile: dime, Leonor, ¿qué pasa en esta casa?» Y a Piedad se le cayó el peine de la mano, cuando le tenía ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba toda alborotada. Lo que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía la procesión. La primera era la criada, con el delantal de rizos de los días de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los días de visita: traía el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el día de año nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego venía la madre, con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una flor colorada en el ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía la lavandera, con el gorro blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el cocinero le hizo, con un diario y un bastón: y decía en el estandarte, debajo de una corona de pensamientos: «¡Hoy cumple Piedad ocho años!» Y la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron, con el estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre, que tenía muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio, y redondéandole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad venía: escribía, y se ponía a silbar: abría un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un retrato que tenía siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de vestido largo. Y cuando oyó ruido de pasos, y un vocerrón que venía tocando música en un cucurucho de papel, ¿quién sabe lo que sacó de una caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el otro brazo cargó a su hija. Luego dijo que sintió como que en el pecho se le abría una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio, con colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego dijo todo eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que Piedad dio un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un espejo había visto lo que llevaba en la otra mano el padre. «¡Es como el sol el pelo, mamá, lo mismo que el sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el vestido rosado! ¡dile que me la dé, mamá: si es de peto verde, de peto de terciopelo! ¡como las mías son las medias, de encaje como las mías!» Y el padre se sentó con ella en el sillón, y le puso en los brazos la muñeca de seda y porcelana. Echó a correr Piedad, como si buscase a alguien. «¿Y yo me quedo hoy en casa por mi niña», le dijo su padre, «y mi niña me deja

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solo? «Ella escondió la cabecita en el pecho de su padre bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levantó, aunque ¡de veras! le picaba la barba.

Hubo paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada momento la mano a su mamá, y la madre estaba como más alta, y hablaba poco, y era como música todo lo que hablaba. Piedad le llevó al cocinero una dalia roja, y se la prendió en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo una corona de claveles: y a la criada le llenó los bolsillos de flores de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y luego, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. «¿Para quién es ese ramo, Piedad?» «No sé, no sé para quién es: ¡quién sabe si es para alguien!» Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corría como un cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego le dijo: «¡Déjame ir!» Pero le dijo «caprichosa» su madre: «¿y tu muñeca de seda, no te gusta? mírale la cara, que es muy linda: y no le has visto los ojos azules». Piedad sí se los había visto; y la tuvo sentada en la mesa después de comer, mirándola sin reírse; y la estuvo enseñando a andar en el jardín. Los ojos era lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado del corazón: «¡Pero, muñeca, háblame, háblame!» Y la muñeca de seda no le hablaba. «¿Conque no te ha gustado la muñeca que te compré, con sus medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino?» «Sí, mi papá, sí me ha gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted querrá coches, y lacayos, y querrá dulce de castañas, señora muñeca. Vamos, vamos a pasear.» Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la veían, dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol. Y se sentó sola, a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas. De pronto echó a correr, de miedo de que se hubiese llevado el agua el ramo de nomeolvides.

-«Pero, criada, llévame pronto!»-«¿Piedad, qué es eso de criada? ¡Tú nunca le dices criada así, como para ofenderla!»-«No, mamá, no: es que tengo mucho sueño: estoy muerta de sueño. Mira: me parece que es un monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me parece que están bailando en el aire las flores de zanahoria: estoy muerta de sueño: ¡adiós, mi madre!: mañana me levanto muy tempranito: tú, papá, me despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te vayas a trabajar: ¡oh, las zanahorias! ¡estoy muerta de sueño! ¡Ay, mamá, no me mates el ramo! ¡mira, ya me mataste mi flor!»-«¿Conque se enoja mi hija porque le doy un abrazo?»-«¡Pégame, mi mamá! ¡papá, pégame tú! es que tengo mucho sueño.» Y Piedad salió de la sala de los libros, con la criada que le

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llevaba la muñeca de seda. «¡Qué de prisa va la niña, que se va a caer! ¿Quién espera a la niña?»-«¡Quién sabe quien me espera!» Y no habló con la criada: no le dijo que le contase el cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más le pidió, y lo puso a los pies de la cama y le acarició a la criada la mano, y se quedó dormida. Encendió la criada la lámpara de velar, con su bombillo de ópalo: salió de puntillas: cerró la puerta con mucho cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en el borde de la sábana: se alzó de repente la cubierta rubia: de rodillas en la cama, le dio toda la luz a la lámpara de velar: y se echó sobre el juguete que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó, se la apretó contra el corazón: «Ven, pobrecita: ven, que esos malos te dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas más que una trenza: la fea es ésa, la que han traído hoy, la de los ojos que no hablan: dime, Leonor, dime, ¿tú pensaste en mí?: mira el ramo que te traje, un ramo de nomeolvides, de los más lindos del jardín: ¡así, en el pecho! ¡ésta es mi muñeca linda! ¿y no has llorado? ¡te dejaron tan sola! ¡no me mires así, porque voy a llorar yo! ¡no, tú no tienes frío! ¡aquí conmigo, en mi almohada, verás como te calientas! ¡y me quitaron, para que no me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así, bien arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja! ¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!»

Cuentos de elefantes

De África cuentan ahora muchas cosas extrañas, porque anda por allí la gente europea descubriendo el país, y los pueblos de Europa quieren mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se vende muy caro el marfil de sus colmillos. Cuentan muchas cosas del valor con que se defienden los negros, y de las guerras en que andan, como todos los pueblos cuando empiezan a vivir, que pelean por ver quién es más fuerte, o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En estas guerras quedan de esclavos los prisioneros que tomó en la pelea el vencedor, que los vende a los moros infames que andan por allá buscando prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras moras. De Europa van a África hombres buenos, que no quieren que haya en el mundo estas ventas de hombres; y otros van por el ansia de saber, y viven años entre las tribus bravas, hasta que encuentran una yerba rara, o un pájaro que nunca se ha visto, o el lago de donde nace un río: y otros van de tropa, a sueldo del Khedive que manda en

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Egipto, a ver como echan de la tierra a un peleador famoso que llaman el Mahdí, y dice que él debe gobernar, porque él es moro libre y amigo de los pobres, no como el Khedive, que manda como criado del Sultán turco extranjero, y alquila peleadores cristianos para pelear contra el moro del país, y quitar la tierra a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que murió un inglés muy valiente, aquel «Gordon el chino», que no era chino, sino muy blanco y de ojos muy azules, pero tenía el apodo de chino, porque en China hizo muchas heroicidades, y aquietó a la gente revuelta con el cariño más que con el poder; que fue lo que hizo en el Sudán, donde vivía solo entre los negros del país, como su gobernador, y se les ponía delante a regañarlos como a hijos, sin más armas que sus ojos azules, cuando lo atacaban con las lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad por los negros cuando en la soledad de la noche los veía de lejos hacerse señas, para juntarse en el monte, a ver cómo atacarían a los hombres blancos. El Mahdí pudo más que él, y dicen que Gordon ha muerto, o lo tiene preso el Mahdí. Mucha gente anda por África. Hay un Chaillu que escribió un libro sobre el mono gorila que anda en dos pies, y pelea a palos con los viajeros que lo quisieren cazar. Livingstone viajó sin miedo por lo más salvaje de África, con su mujer. Stanley está allá ahora, viendo cómo comercia, y salva del Mahdí, al gobernador Emín Pachá. Muchos alemanes y franceses andan allá explorando, descubriendo tierras, tratando y cambiando con los negros, y viendo cómo les quitan el comercio a los moros. Con los colmillos del elefante es con lo que comercian más, porque el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por él. Ese de África es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos colmillos del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma, que ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil años. Y un inglés, Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo se fueron echando sobre la tierra como un millón de años hace, y que desde entonces, desde hace un millón de años, están enterrados en la nieve dura los elefantes peludos.

Allí se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un día iba un pescador por la orilla del río Lena, donde de un lado es de arena la orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una encima de otra como las hojas de un pastel, y tan perfectas que parecen cosa de hombre esas leguas de capas. Y el pescador iba cantando un cantar, en su vestido de piel, asombrado de la mucha luz, como si estuviese de fiesta en el aire un sol joven. El aire chispeaba. Se oían estallidos, como en el bosque nuevo cuando se abre una flor. De las lomas corría, brillante y pura, un agua nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y allí,

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delante del pobre Shumarkoff, salían del monte helado los colmillos, gruesos como troncos de árboles, de un animal velludo, enorme, negro. Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le veía el cuerpo asombroso. Cinco años tardó el hielo en derretirse alrededor de él, hasta que todo se deshizo, y el elefante cayó rodando a la orilla, con ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff a llevarse los colmillos, de tres varas de largo. Y los perros hambrientos le comieron la carne, que estaba fresca todavía, y blanda como carne nueva: de noche, en la oscuridad, de cien perros a la vez se oía el roer de los dientes, el gruñido de gusto, el ruido de las lenguas. Veinte hombres a la vez no podían levantar la piel crinuda, en la que era de a vara cada crin. Y nadie ha de decir que no es verdad, porque en el museo de San Petersburgo están todos los huesos, menos uno que se perdió; y un puñado de la lana amarillosa que tenía sobre el cuello. De entonces acá, los pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil colmillos de mamut.

A miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los hielos se despeñaron sobre la tierra salvaje, hace miles de años; y como en pueblos andan ahora, defendiéndose de los tigres y de los cazadores por los bosques de Asia y de África; pero ya no son velludos, como los de Siberia, sino que apenas tienen pelos por los rincones de su piel blanda y arrugada, que da miedo de veras, por la mucha fealdad, cuando lo cierto es que con el elefante sucede como con las gentes del mundo, que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras polvo. Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se le enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo, o el compañero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por tierra al hombre más fuerte, o rompe un poste en astillas, o deja un árbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Pero los que conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura, como un cuento que trae un libro viejo que publicaron, allá al principiar este siglo, los sabios de Francia, donde está lo que hizo un elefante que mató a su cuidador, que allá llaman cornac, porque le había lastimado con el arpón la trompa; y cuando la mujer del cornac se le arrodilló desesperada delante con su hijito, y le rogó que los matase a ellos también, no los mató, sino que con la trompa le quitó el niño a la madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los cornacs se sientan, y nunca permitió que lo montase más cornac que aquél.

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La trompa es lo que más cuida de todo su cuerpo recio el elefante, porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita de encima los animales que le estorban, y se baña. Cuando nada ¡y muy bien que nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque está en el agua todo, sino la punta de la trompa, con los dos agujeros en que acaban las dos canales que atraviesan la trompa a lo largo, y llegan por arriba a la misma nariz, que tiene como dos tapaderas, que abre y cierra según quiera recibir el aire, o cerrarle el camino a lo que en las canales pueda estar. Nadie diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto a contarlos: como cuarenta mil músculos tiene la trompa del elefante, la «proboscis», como dice la gente de libros: toda es de músculos, entretejidos como una red: unos están a la larga, de la nariz a la punta, y son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y encogerla, enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho, y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van del eje a la llanta: ésos son para apretar las canales o ensancharlas. ¿Qué no hace el elefante con su trompa? La yerba más fina la arranca del suelo. De la mano de un niño recoge un cacahuete. Se llena la trompa de agua, y la echa sobre la parte de su cuerpo en que siente calor. Los elefantes enseñados se quitan y se ponen la carga con la trompa. Un hilo levantan del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay más modo de acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa. Cuando pelea con el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y abajo con los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva en el aire. Del olor del tigre no más, brama con espanto el elefante: las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. ¡A cuanto cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno, y el arrak, que es el ron de la India, tanto que los cornacs le conocen el apetito, y cuando quieren que trabaje más de lo de costumbre, le enseñan una botella de arrak, que él destapa con la trompa luego, y bebe a sorbo tendido; sólo que el cornac tiene que andar con cuidado, y no hacerle esperar la botella mucho, porque le puede suceder lo que al pintor francés que, para pintar a un elefante mejor, le dijo a su criado que se lo entretuviese con la cabeza alta tirándole frutas a la trompa, pero el criado se divertía haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla de veras, hasta que el elefante se enojó, y se le fue encima a trompazos al pintor, que se levantó del suelo medio muerto, y todo lleno de pinturas. Es bueno el elefante de naturaleza, y se deja domar del hombre, que lo tiene de bestia de carga, y va sobre él, sentado en un camarín de colgaduras, a pelear en las guerras de Asia, o a cazar el tigre, como desde una torre segura. Los príncipes del Indostán van a sus viajes en elefantes cubiertos de terciopelos de

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mucho bordado y pedrería, y cuando viene de Inglaterra otro príncipe, lo pasean por las calles en el camarín de paño de oro que va meciéndose sobre el lomo de los elefantes dóciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y llena las calles de hojas de rosa.

En Siam no es sólo cariño lo que le tienen al elefante, sino adoración, cuando es de piel clara, que allí creen divina, porque la religión siamesa les enseña que Buda vive en todas partes, y en todos los seres, y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo de más cuerpo que el elefante, ni color que haga pensar mas en la pureza que lo blanco, al elefante blanco adoran, como si en él hubiera más de Buda que en los demás seres vivos. Le tienen palacio, y sale a la calle entre hileras de sacerdotes, y le dan las yerbas más finas y el mejor arrak, y el palacio se lo tienen pintado como un bosque, para que no sufra tanto de su prisión, y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el país, porque creen que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo de gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo de mucho valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de otro metal, con brillantes alrededor, y dentro pone, como una reliquia, recortes de pelo del elefante blanco. En África no los miran los pueblos del país como dioses, sino que les ponen trampas en el bosque, y se les echan encima en cuanto los ven caer, para alimentarse de la carne, que es fina y jugosa: o los cazan por engaño, porque tienen enseñadas a las hembras, que vuelven al corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan una manada de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la manada viene sin desconfianza detrás de las madres que vuelven adonde sus hijuelos: y allí los cazadores los enlazan, y los van domando con el cariño y la voz, hasta que los tienen ya quietos, y los matan para llevarse los colmillos.

Partidas enteras de gente europea están por África cazando elefantes; y ahora cuenta los libros de una gran cacería, donde eran muchos los cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus sillas de montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque las serpientes al león, y de una mosca venenosa que les chupa la piel a los bueyes hasta que se la seca y los mata, y de lo lejos que saben tirar la azagaya y la flecha los cazadores africanos; y en eso estaban, y en calcular cuándo llegarían a las tierras de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos que vender, cuando salieron de pronto a un claro de esos que hay en África en medio de los bosques, y vieron una manada de elefantes allí al fondo del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los árboles, otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro, otros echados sobre la yerba, con las patas

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de atrás estiradas. Les cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados se levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos vinieron trotando donde estaban los demás. Al pasar junto a la poza, se llenaban de un sorbo la trompa. Gruñían y tanteaban el aire con la trompa. Todos se pusieron alrededor de su jefe. Y la caza fue larga; los negros les tiraban lanzas y azagayas y flechas: los europeos escondidos en los yerbales, les disparaban de cerca los fusiles: las hembras huían, despedazando los cañaverales como si fueran yerbas de hilo: los elefantes huían de espaldas, defendiéndose con los colmillos cuando les venía encima un cazador. El más bravo le vino a un cazador encima, a un cazador que era casi un niño, y estaba solo atrás, porque cada uno había ido siguiendo a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y venía feroz. El cazador se subió a un árbol, sin que lo viese el elefante, pero él lo olió enseguida y vino mugiendo, alzó la trompa como para sacar de la rama al hombre, con la trompa rodeó el tronco, y lo sacudió como si fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se echó de ancas contra el tronco. El cazador, que ya estaba al caerse, disparó su fusil, y lo hirió en la raíz de la trompa. Temblaba el aire, dicen, de los mugidos terribles, y deshacía el elefante el cañaveral con las pisadas, y sacudía los árboles jóvenes, hasta que de un impulso vino contra el del cazador, y lo echó abajo. ¡Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse! Cayó sobre las patas de atrás del elefante, y se le agarró, en el miedo de la muerte, de una pata de atrás. Sacudírselo no podía el animal rabioso, porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan cerca del pie que apenas le sirve para doblarla. ¿Y cómo se salva de allí el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata contra el tronco más fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque se le corre adentro y no hace más que magullarle las manos. ¡Pero se caerá por fin, y de una colmillada va a morir el cazador! Saca su cuchillo, y se lo clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido, aplastando el matorral, va al río, al río de agua que cura. Y se llena la trompa muchas veces, y la vacía sobre la herida, la echa con fuerza que lo aturde, sobre el cazador. Ya va a entrar más a lo hondo el elefante. El cazador le dispara las cinco balas de su revólver en el vientre, y corre, por si se puede salvar, a un árbol cercano, mientras el elefante, con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba.

Los dos ruiseñores

Versión libre de un cuento de Andersen

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En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los pueblos de hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha luz por junto a él, y de oro el palanquín en que lo llevan, y los vestidos de oro. Pero los chinos están contentos con su emperador, que es un chino como ellos. ¡Lo triste es que el emperador venga de afuera, dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus lacayos! Y muy galán que era aquel emperador del cuento, que se metía de noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página, lo que Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por qué, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruñendo. Y abrió escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mandó poner preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se entraba sin pagar, a oír las historias de las batallas y los cuentos hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si fuesen padres suyos; y cuando los tártaros bravos entraron en China y quisieron mandar en la tierra, salió montado a caballo de su palacio de porcelana blanco y azul, y hasta que no echó al último tártaro de su tierra, no se bajó de la silla. Comía a caballo: bebía a caballo su vino de arroz: a caballo dormía. Y mandó por los pueblos unos pregoneros con trompetas muy largas, y detrás unos clérigos vestidos de blanco que iban diciendo así: «¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe salir a buscarla a caballo!» Y por todo eso querían mucho los chinos a aquel emperador galán, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una vez que otra se ponía a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y el vestido lleno de manchas. Esos días no salían las mujeres a la calle, y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como sí les diera vergüenza ver el sol. Pero eso no sucedía muchas veces, sino cuando se ponía triste porque los hombres no se querían bien ni hablaban la verdad: lo de siempre era la alegría, y la música, y el

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baile, y los versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y así pasaba la vida del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul.

Hermosísimo era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del mejor polvo kaolín, que da una porcelana que parece luz, y suena como la música, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer la tarde. En los jardines había naranjos enanos, con más naranjas que hojas; y peceras con peces de amarillo y carmín, con cinto de oro; y unos rosales con rosas rojas y negras, que tenían cada una su campanilla de plata, y daban a la vez música y olor. Y allá al fondo había un bosque muy grande y hermoso, que daba al mar azul, y en un árbol de los del bosque vivía un ruiseñor, que les cantaba a los pobres pescadores canciones tan lindas, que se olvidaban de ir a pescar; y se les veía sonreír del gusto, o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire, como si estuviesen locos. «¡Es mejor el vino de la canción que el vino de arroz!» decían los pescadores. Y las mujeres estaban contentas, porque cuando el ruiseñor cantaba, sus maridos y sus hijos no bebían tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto los pescadores cuando no lo oían; pero en cuanto lo volvían a oír, decían, abrazándose como hermanos: «¡Qué hermoso es el canto del ruiseñor!»

Venían de afuera muchos viajeros a ver el país: y luego escribían libros de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el jardín, y lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas rojinegras; pero todos los libros decían que el ruiseñor era lo más maravilloso: y los poetas escribían versos al ruiseñor que vivía en un árbol del bosque, y cantaba a los pobres pescadores los cantos que les alegraban el corazón: hasta que el emperador vio los libros, y del contento que tenía le dio con el dedo tres vueltas a la punta de la barba, porque era mucho lo que celebraban su palacio y su jardín; pero cuando llegó adonde hablaban del ruiseñor: «¿Qué ruiseñor es éste, dijo, que yo nunca he oído hablar de él? ¡Parece que en los libros se aprende algo! ¡Y esta gente de mi palacio de porcelana, que me dice todos los días que yo no tengo nada que aprender! ¡Venga ahora mismo el mandarín mayor!» Y vino, saludando hasta el suelo, el mandarín mayor, con su túnica de seda azul celeste, de florones de oro. «¡Puh! ¡puh!» contestaba el mandarín, hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban. Pero al emperador no le decía ni «¡puh!» ni «¡pih!»; sino que se echaba a sus pies, con la frente en la estera, esperando, temblando, hasta que le decía «¡levántate!» el emperador.

-¡Levántate! ¿Qué pájaro es este de que habla este libro, que dicen que es lo más hermoso de todo mi país?

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-Nunca he oído hablar de él, nunca-dijo el mandarín, arrodillándose en el aire, y con los brazos cruzados:-no ha sido presentado en palacio.

-¡Pues en palacio ha de estar esta noche! ¿Que el mundo entero sabe mejor que yo lo que tengo en mi casa?

-Nunca he oído hablar de él, nunca-dijo el mandarín: dio tres vueltas redondas, con los brazos abiertos, se echó a los pies del emperador, con la frente en la estera, y salió de espaldas, con los brazos cruzados, y arrodillándose en el aire.

Y el mandarín empezó a preguntar a todo el palacio por el pájaro. Y el emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandarín.

-Si esta noche no está aquí el pájaro, mandarín, sobre las cabezas de los mandarines he de pasear esta noche.

-¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé! -salió diciendo el mandarín mayor, que iba dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los mandarines todos se echaron a buscar al pájaro, para que no pasease a la noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando bollos de maíz, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y allí les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de almendra, que ella conocía el pájaro muy bien, porque de noche iba por el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que vivía junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del árbol del ruiseñor descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando cantaba el ruiseñor, y como si su madre le estuviera dando un beso.

-¡Oh, virgen china!-le dijo el mandarín:-¡digna y piadosa virgen!: en la cocina tendrás siempre empleo, y te concederé el privilegio de ver comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseñor canta en el árbol, porque lo tengo que traer a palacio esta noche.

Y detrás de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las túnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailándoles por la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bramó una vaca, y dijo un mandarincito joven:-«¡Oh, qué robusta voz! ¡qué pájaro magnífico!»-«Es una vaca que brama»,-dijo la cocinerita. Graznó una rana, y dijo el mandarincito:-«¡Oh, qué hermosa canción, que suena como las campanillas!»-«Es una rana que grazna», dijo la cocinerita. Y entonces rompió a cantar de veras el ruiseñor.

-¡Ese, ése es!-dijo la cocinerita, y les enseñó un pajarito, que cantaba en una rama.

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-¡Ese!-dijo el mandarín mayor:-nunca creí que fuera una persona tan diminuta y sencilla: ¡nunca lo creí! O será, mandarines amigos ¡sí, debe ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha cambiado de color.

-¡Lindo ruiseñor!-decía la cocinerita:-el emperador desea oírte cantar esta noche.

-Y yo quiero cantar-le contestó el ruiseñor, soltando al aire un ramillete de arpegios.

-¡Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!-dijo el mandarincito.

-¡Lindo ruiseñor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es donde está el emperador.

-A palacio iré, iré-cantó el ruiseñor, con un canto como un suspiro:-¡pero mi canto suena mejor en los árboles del bosque!

El emperador mandó poner el palacio de lujo: y resplandecían con la luz de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes; las rosas rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y resonaban sin cesar, entre el bullicio del gentío, las campanillas: en el centro mismo de la sala, donde se le veía más, estaba un paral de oro, para que el ruiseñor cantase en él: y a la cocinerita le dieron permiso para que se quedase en la puerta. La corte estaba de etiqueta mayor, con siete túnicas y la cabeza acabada de rapar. Y el ruiseñor cantó tan dulcemente que le corrían en hilo las lágrimas al emperador: y los mandarines, de veras, lloraban: y el emperador quiso que le pusieran al ruiseñor al cuello su chinela de oro: pero el ruiseñor metió el pico en la pluma del pecho, y dijo «gracias» en un trino tan rico y vigoroso, que el emperador no lo mandó matar porque no había querido colgarse la chinela. Y en su canto decía el ruiseñor: «No necesito la chinela de oro, niel botón colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el premio más grande, que es hacer llorar a un emperador.»

Aquella noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron sorbos de agua, y se pusieron a hacer gárgaras y gorgoritos, y ya se creían muy finos ruiseñores. Y la gente de establo y cocina decía que estaba bien, lo que es mucho decir, porque ésa es gente que lo halla mal todo. Y el ruiseñor tenía su caja real, con permiso para volar dos veces al día, y una en la noche. Doce criados de túnica amarilla lo sujetaban cuando salía a volar, por doce hilos de seda. En la ciudad no se hablaba más que del canto, y en cuanto uno decía «rui…»el otro decía «… señor». Y llamaban «ruiseñor» a los niños que nacían, pero ninguno cantó nunca una nota.

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Un día recibió el emperador un paquete que decía «El Ruiseñor» en la tapa, y creyó que era otro libro sobre el pájaro famoso; pero no era libro, sino un pájaro de metal que parecía vivo en su caja de oro, y por plumas tenía zafiros, diamantes y rubíes, y cantaba como el ruiseñor de verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo la cola de oro y plata: llevaba al cuello una cinta con este letrero: «¡El ruiseñor del emperador de China es un aprendiz, junto al del emperador del Japón!»

«¡Hermoso pájaro es!» dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de «gran pájaro internacional»: porque se usan estos nombres en China, pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos al ruiseñor vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque el vivo cantaba como le nacía del corazón, sincero y libre, y el artificial cantaba a compás, y no salía del vals.

-¡A mi gusto! ¡esto es a mi gusto!-decía el maestro de música; y cantó solo el pájaro de las piedras, tan bien como el vivo. ¡Y luego, tan lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cantó la misma tonada sin cansarse, y el maestro de música y la corte entera lo hubieran oído con gusto una vez más, si no hubiese dicho el emperador que el vivo debía cantar algo. ¿El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte y del maestro de música. Los vio entretenidos, y se les escapó por la ventana.

-¡Oh, pájaro desagradecido!-dijo el mandarín mayor, y dio tres vueltas redondas, y se cruzó de brazos.

-Pero mejor mil veces es este pájaro artificial-decía el maestro de música:-porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser el canto, y con éste, se está seguro de lo que va a ser: con éste todo está en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la música.

Y el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro al pájaro a cantar delante del pueblo, que parecía muy contento, y alzaba el dedo y decía que el con la cabeza; pero un pobre pescador dijo «que él había oído el ruiseñor del bosque, y que éste no era como aquél, porque le faltaba algo de adentro, que él no sabía lo que era». El emperador mandó desterrar al ruiseñor vivo, y al otro de la caja se lo pusieron a la cabecera, en un cojín de seda, con muchos presentes de joyas y de argentería, y lo llamaban por título de corte «cantor de alcoba y pájaro continental, que mueve la cola como el emperador se la manda mover”. Y el maestro de música se sintió tan feliz que escribió un libro de veinticinco tomos sobre el ruiseñor artificial, con muchos esdrújulos y palabras de extraña sabiduría; y la corte entera dijo que lo había leído y entendido, de miedo de que los tuviesen

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por gente fofa y de poca educación, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.

Pasó un año, y emperador, corte y país conocían como cosa de sí mismos cada gorjeo y vuelta del «pájaro continental»; y como que lo podían entender, lo declaraban magnífico ruiseñor. Cantaban su vals los cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador lo cantaba también, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un vals el imperio, que andaba a compás, con mucho orden, al gusto del maestro de música. Hasta que una noche, cuando estaba el pájaro en lo mejor del canto, y el emperador lo oía, tendido en su cama de randas y colgaduras, saltó un resorte de la máquina del ruiseñor; como huesos que se caen sonaron las ruedas, y paró la música. Se echó de la cama el emperador, y mandó llamar a un médico. El médico no supo qué hacer: y vino el relojero. El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su lugar, pero encargó que usasen del pájaro muy poco, porque estaban gastados los cilindros, y el ruiseñor aquel no podía en verdad cantar más de una vez al año. El maestro de música le echó encima un discurso al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espía de los tártaros, porque decía que el pájaro continental no podía cantar más que una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todavía le estaba diciendo el maestro de música malas palabras: «¡traidor! ¡venal! ¡chino espurio! ¡espía de los tártaros!» Porque estos maestros de música de las cortes no quieren que la gente honrada diga la verdad desagradable a sus amos.

Cinco años después había mucha tristeza en la China, porque estaba al morir el pobre emperador, tanto que tenían nombrado ya al nuevo, aunque el pueblo agradecido no quería oír hablar de él, y se apretaba a preguntar por el enfermo a las puertas del mandarín, que los miraba de arriba abajo, y decía: «¡Puh!» «¡Puh!» repetía la pobre gente, y se iba a su casa llorando.

Pálido y frío estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador, y los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el día dando las tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que debía subir al trono. Comían muchas naranjas, y bebían té con limón. En los corredores habían puesto tapices, para que no sonara el paso. No se oía en el palacio sino un ruido de abejas.

Pero el emperador no estaba muerto todavía. Al lado de su cama estaba el pájaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna sobre el pájaro roto, y el emperador mudo y lívido. Sintió el emperador un peso extraño sobre su pecho, y abrió los ojos para ver. Vio a la Muerte, sentada sobre su pecho. Tenía en las sienes su corona imperial, y en una mano su espada de mando y en la otra

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mano su hermosa bandera. Y por entre las colgaduras vio asomar muchas cabezas raras, bellas unas y como con luz, otras feas y de color de fuego. Eran las buenas y las malas acciones del emperador, que le estaban mirando a la cara. «¿Te acuerdas?» le decían las malas acciones. «¿Te acuerdas?» le decían las buenas acciones. «¡Yo no me acuerdo de nada, de nada!» decía el emperador: «¡música, música! ¡tráiganme la tambora mandarina, la que hace más ruido, para no oír lo que me dicen mis malas acciones!» Pero las acciones seguían diciendo: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?» «¡Música, música!» gritaba el emperador: «¡oh, hermano pájaro de oro, canta, te ruego que cantes! ¡yo te he dado regalos ricos de oro! ¡yo te he colgado al cuello mi chinela de oro! ¡te ruego que cantes!» Pero el pájaro no cantaba. No había uno que supiera darle cuerda. No daba una sola nota.

Y la Muerte seguía mirando al emperador con sus ojos huecos y fríos, y en el cuarto había una calma espantosa, cuando de pronto entró por la ventana el son de una dulce música. Afuera, en la rama de un árbol, estaba cantando el ruiseñor vivo. Le habían dicho que estaba muy enfermo el emperador, y venía a cantarle de fe y de esperanza. Y según iba cantando eran menos negras las sombras, y corría la sangre más caliente en las venas del emperador, y revivían sus carnes moribundas. La Muerte misma escuchaba, y le dijo: «¡Sigue, ruiseñor, sigue!» Y por un canto, le dio la Muerte la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por otro canto más, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no tenía ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cantó el pájaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las lágrimas de los dolientes.

Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardín, que lo quiso ir a ver, y se levantó del pecho del emperador, y desapareció como un vapor por la ventana.

-¡Gracias, gracias, pájaro celeste!-decía el emperador.-Yo te desterré de mi reino, y tú destierras a la muerte de mi corazón. ¿Cómo te puedo yo pagar?

-Tú me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto: las lágrimas que arranca a las almas de los hombres son el único premio digno del pájaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo cantaré para ti.

Y con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rueño de salud. Cuando despertó, entraba el sol, como oro vivo, por la ventana. Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandarín, había venido a verlo. Lo creían muerto todos. El ruiseñor no más estaba junto a su cama: el ruiseñor, cantando.

-¡Siempre estarás junto a mí! ¡En el palacio vivirás, y cantarás cuando quieras! ¡Yo romperé al pájaro artificial en mil pedazos!

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-No lo rompas en mil pedazos, emperador: él te sirvió bien mientras pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos mi nido. Yo vendré al árbol que cae a tu ventana, y te cantaré en la noche, para que tengas sueños felices. Te cantaré de los malos y de los buenos, y de los que gozan y de los que sufren. Los pescadores me esperan, emperador, en sus casas pobres de la orilla del mar. El ruiseñor no puede ser infiel a los pescadores. Yo te vendré a cantar en la noche si me prometes una cosa.

-¡Todo te lo prometo!-dijo el emperador, que se había levantado de su cama, y tenía puesta la túnica imperial, y en la mano su gran espada de oro.

-¡No digas que tienes un pájaro amigo que te lo cuenta todo, porque le envenenarán el aire al pájaro!-Y salió volando el ruiseñor, y echando al aire un ramillete de arpegios.

Los mandarines entraron de repente en el cuarto, detrás del mandarín mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su túnica imperial; con la mano de la espada puesta al corazón. Y se oía, como una risa, el canto del ruiseñor.

-¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!-dijo el gran mandarín, y dio dieciocho vueltas seguidas con los brazos abiertos, y se echó por tierra, con la frente a los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el aire, les temblaba en la nuca la cola.

La galería de las máquinas

Los niños han leído mucho el número pasado de La Edad de Oro, y son graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que dice el artículo de la Exposición de París. Por supuesto que es verdad. A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie debe decirles lo que no sepa que es como se lo está diciendo, porque luego los niños viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que era falso lo que les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden ser felices con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de veras, ni pueden volver a ser niños, y empezar a aprenderlo todo de nuevo.

¿Que si es verdad todo lo de la Exposición? Una señora buena le armó una trampa al hombre de La Edad de Oro. Iban hablando del artículo, y ella le dijo: «Yo he estado en Paris.» «¡Ah, señora, qué vergüenza entonces! ¡qué habrá dicho del artículo!» «No: yo he estado en París, porque he leído su artículo.»Y otro señor bueno, que está en París, dice «que a él no lo engañan, que La Edad de Oro

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estuvo en París sin que él la viera, porque él se pasaba la vida en la Exposición y todo lo que había en la Exposición que ver está en La Edad de Oro.»

Pero el señor bueno dice que faltó un grabado, para que los niños vieran bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de la «Galería de las Máquinas», que era el corredor adonde daban las puertas diferentes de las industrias del mundo, y allá al fondo tenía el edificio más hermoso, donde estaban en hilera, como elefantes arrodillados, las máquinas de todo lo que el hombre sabe hacer. Quien ha visto todo aquello, vuelve diciendo que se siente como más alto. Y como La Edad de Oro quiere que los niños sean fuertes, y bravos, y de bueno estatura aquí está, para que les ayude a crecer el corazón, el grabado de La Galería de las Máquinas.

La última página

Los padres se lo quieren dar todo a sus hijos, y si ven un caballo hermoso, con la cola que le reluce y el pelo como seda, no piensan en montarse ellos, como señorones, y salir trotando por la alameda, donde van de paseo por la tarde los coches y los jinetes, sino que piensan en sus hijos los padres, y se ponen a trabajar todavía más, para comprarle al hijito el caballo hermoso. Si pasa un niño en un velocípedo, con su vestido de terciopelo y su cachucha, y tan de prisa que todo el mundo se para a verlo, el padre no piensa en comprarse un velocípedo él, sino en que su hijito estará lindo de veras cuando vaya como el niño de terciopelo y la cachucha, en sus dos ruedas que dan como una luz cuando andan, y van casi tan de prisa como la luz, que es lo que anda más pronto en el mundo. La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con los ojos. ¡Como si alguien viera el pensamiento, ni el cariño, ni lo que, allá dentro de su cabeza canosa, va hablándose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con qué comprarle caballos como la seda o velocípedos como la luz a su hijo!

El hombre de La Edad de Oro es así, lo mismo que los padres: un padrazo es el hombre de La Edad de Oro: como una estatua que hay del río Nilo, donde hace de río un viejo muy barbón, y encima de él saltan, y juegan, y dan vueltas de cabeza los muchachos traviesos, lo que no quiere decir, por supuesto, que el río Nilo sea un viejo de verdad, ni que sus cien hijos jugaran así encima de él, sino que el río Nilo es como un padre para toda aquella gente de las tierras de Egipto,

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porque les humedece los sembrados cada vez que baja de los montes con mucha agua, y así las siembras les dan mucho fruto: por eso quieren al río los egipcios como si fuera persona, y lo pintan tan viejo, porque desde hace miles de años ya hablaban del Nilo los libros de entonces, que estaban escritos en unas tiras largas que hacían de una yerba, y luego las enrollaban alrededor de una varilla, y las metían en su nicho, como los que tienen ahora los escritorios para guardar los papeles. Y los egipcios le rezaban al Nilo, como si fuera un dios, y le componían versos y cantos; y como que nada les parecía mejor que una joven hermosa, sacaban de su casa una vez al año a la egipcia más linda, y la echaban al agua, como regalo al río viejo, para que se contentase para el año, con aquella hija que le daban, y bajase del monte con más agua que nunca.

Así son los padres buenos, que creen que todos los niños son sus hijos, y andan como el río Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los niños del mundo, los niños que no tienen padre, los niños que no tienen quien les dé velocípedos, ni caballo, ni cariño, ni un beso. Y así es el hombre de La Edad de Oro, que en cada número quisiera poner el mundo para los niños, a más de su corazón; pero en la imprenta dicen que el corazón cabe siempre, y el mundo no, ni el artículo de La Luz Eléctrica, que cuenta cómo se hace la luz, y qué cosa es la electricidad, y cómo se enciende y se apaga, y muchas cosas que parecen sueño, o cosa de lo más hondo y hermoso del cielo: porque la luz eléctrica es como la de las estrellas, y hace pensar en que las cosas tienen alma, como dijo en sus versos latinos un poeta, Lucrecio, que hubo en Roma, y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz eléctrica. Con todo eso, no cupo el artículo, y hubo que escribir otro más corto, que es ese que habla de la caza del elefante, y el modo con que venció el niño cazador al elefante fuerte. Nadie diga que el cambio no fue bueno. Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en cuando a vivir en lo natural, y a conocer la selva.

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JOSE MARTI. ADULTERA. TEATRO

Adúltera

Primera versión

José Martí

Personajes

                GROSSERMANN, (hombre alto), el marido
  GUTTERMANN, (hombre bueno), el amigo
  POSSERMANN, (hombre vil), el amante
  FLEISCH, (fleisch: carne), la mujer

Época-Siglo XVII

Marido… 40 años – Amante… 25 años

Amigo… 30 años – Mujer… 25 años

Trajes, severos y lujosos

Acto 1º

Decoración cerrada, cuatro puertas laterales y una al foro, a la izquierda en primer término mesa, sillón y taburetes; alfombra.

ESCENA 1ª

GROSSERMANN (solo)

GROS.     ¡Paz de un momento, grata felicidad de ser amado, bien venidas seáis a mí!-Es el hombre en la tierra dueño de sí mismo, y es-sin embargo-su mayor trabajo serlo, que el hombre es el mayor obstáculo del hombre.-Y desde que lo fui, desde que empeñé esta lucha que dura en esta tierra toda la vida y ¡quién sabe cuantas vidas en otras!-nunca creí en la paz, ni en el contento, ni en más felicidad que este íntimo regocijo que produce ver felices a los otros.

     Sufrir para mí no era sufrir: era ensancharme, ser, crecer. Y desde que la amo, creo ya en la felicidad de una hora, porque a su lado me olvido de todas las miserias, y-en la tierra-la única felicidad posible es el olvido de la Tierra.

     Cuerpo y alma son ciertamente encarnizados contrarios. No es amor estúpido de cuerpo lo que brota de mí para María:-es que el ser humano no está completo en el hombre: es que la mujer lo completa: es que esta indomable vida de mi espíritu necesitaba para no caer vencida-resignación y ternura, abnegación y luz porque-si la luz se perdiera, hallaríasela de nuevo encendida en el alma de una mujer. (Corriendo al encuentro de Guttermann, que entra por la puerta del fondo.) ¡Oh, amigo, en hora buena llegas!-Complacíame ahora de venturas mías: no estaban todas juntas si no te tenía cerca de mí.

ESCENA 2ª

GROSSERMANN y GUTTERMANN

GUT.     Fuérame dado venir contento como tú.-

GROS.     Ley parece que no nazca una alegría sin que nazca al mismo tiempo un pesar-mas ¿qué tienes? ¿Te han llegado malas nuevas de tu hermana?

GUT.     (¡Mi hermana!) No, Grossermann, no: pero tiene afligida a la ciudad la desgracia de Frank.-

GROS.     Pues ¿qué le ha pasado a Frank?

GUT.     ¿Recuerdas tú que amaba con pasión a su mujer?

GROS.     Y ¿lo ha engañado?

GUT.     Engañado, amigo, a él-hombre noble y generoso-con el amor del joven Alfred, vano y necio.

GROS.     Y ¿ha podido hallar esa malvada hombre superior a Frank?

GUT.     Ciegas son del alma las mujeres que engañan a sus maridos: no podía ella ver alma tan alta como aquélla.-

GROS.     Y ¿lo supo Frank?

GUT.     Vive ya en otro mundo el que le robó el cariño de su mujer.-

GROS.     ¿Lo ha matado?

GUT.     Hallólos al volver a su casa en plática de amor.

GROS.     ¿La mató a ella?

GUT.     No:-¿qué hombre mata a una mujer? Pero no fueron más rápidos sus ojos en mirar que sus manos en herir. Lo vio, vio sus labios en las manos de su mujer, vio los labios de la mujer sobre su frente, y los del hombre no volvieron a abrirse más:-Allí quedaron fríos: ¡allí oprimió la cabeza del cadáver contra la mano que besaba, y la sacudió sin levantarla con furia que debió darle el infierno! ¡Horrible fue, en verdad, aquel beso tremendo de despedida!

GROS.     (Ya preocupado.) No de otra manera deben quedar siempre ahogados los besos criminales.-Duéleme mucho, duéleme como mi mismo dolor esta desgracia de Frank.-No tienes tú mujer. No sabes tú con qué cariño tan receloso se la ama, qué avaro se llega a ser de todos sus momentos, cómo este afecto-que entró en nuestro corazón a la par que otros afectos,-crece y se desarrolla de manera que es al cabo más grande que todos, más grande que nuestro mismo corazón.-Mide tú esta inmensa felicidad:-figúrate qué horrible no debe ser el dolor de perderla.

GUT.     A bien que nace con las amarguras el olvido: sólo en él podrá hallar un día consuelo Frank.-

GROS.     (Volviéndose a Gut.)-Hállanlo en él sólo los necios o los pobres de espíritu.-¿Cómo piensas así tú? Cuando más el pesar duerme, pero no muere: ¡ay de las almas secas en que nunca despiertan los pesares!-El recuerdo vive, late, obra lenta y silenciosamente.-Y hay en la memoria de esta clase de tristezas cúmulo de terribles accidentes que no se olvidan jamás. Hay un hombre que nos ha manchado…

     Y ¿cómo te extrañas tú de que yo sienta el pesar de los demás? Pues dime:-tú, que no consuelas a nadie, ¿tendrás derecho a que nadie te consuele en tu dolor?-A más, que si a mí me preguntaran qué es vivir, yo diría-el dolor, el dolor es la vida. (Pasea.)

     Me has dado en qué pensar con la desgracia de mi amigo.-

GUT.     A otros dará en cambio que reír.

GROS.     (Deteniéndose enfrente de Gut.) ¡Reír!-Y ¿se puede reír de la desventura ajena, y de una desventura tan grande?

GUT.     Lado flaco es ese de los humanos.-

GROS.     (Irguiéndose.) ¡Lado estúpido!-¿No es eso tomar a broma el honor, que debe ser siempre una religión en nuestra alma? No, amigo, no; eso es de almas roídas y enfangadas.-

     Y a fe tienes razón;-que hay quien se ríe de estas cosas.-Autorzuelos hay que llevan al teatro como asunto de gorja a un marido engañado; y óyelo en paz la regocijada concurrencia, y a mí me dan mis tentaciones de poner al autorcillo ramplón de modo que jamás riera de la ajena desgracia ¡crueldad mayor!

GUT.     No es de extrañar en boca de autor esa buena voluntad hacia sus compañeros. ¡Calle, calle el envidioso!-

GROS.     ¿Envidia yo?-Tú no lo dices de veras. Si el ingenio que tengo no me lo debo a mí mismo, y sé que soy noble y honrado ¿qué tengo yo que envidiar?-Envidia el necio, que cree que tiene algo suyo:-no yo-que sé que debo a merced desconocida esta palabra con que te hablo, y esta inteligencia con que la formo y la animo: (dejándole la mano que le ha tomado al comenzar.)-De estúpidos la envidia y la ambición.

GUT.     (¡Alma altísima!)

GROS.     Y ahora que dices autor,-tiempo ha que ando a vueltas con la manera de llevar al teatro la solución que cumple dar al marido en el adulterio de la esposa.

GUT.     Y ¿hallaste ya la solución?

GROS.     Lección terrible, pero no para aconsejada, me da con su suceso mi pobre amigo Frank.-Mato a veces a los adúlteros,-a veces los perdono; pero siempre me dejan confuso y cabizbajo: no doy con ello.-Cosas son estas que, antes de sufridas, no se adivinan; y luego de sufridas, ni aun debe tenerse valor para recordarlas: -¡ay! luego de sufridas se debe morir;-(como apuntando ideas en su frente:) ¡Qué horror, qué horror, amigo!-¡Si pensar en esto amarga tanto, un instante de sentirlo debe ser tormento inconcebible!

     Pero, fuera de mí estas tristes ideas que no han de verse nunca realizadas.-¡Vaya con la cara que pones! Tal parece que he hablado para ti.-¿Es que de nuevo te enoja verme violento y exaltado?

GUT.     Y es la verdad. Parece que no hay para ti un instante de placer ni de paz.-

GROS.     Y no te engañas quizá.-Para un hombre digno de serlo, no hay en la vida espacio a la alegría ni al olvido.-Mas yo te prometo corregirme en lo posible.-

     Comedia he de hacer en que pinte la cara que pone un amigo leal cuando su amigo se da a pensar en irremediables tristezas. Quédate a Dios;-espérame en mi habitación trabajo preparado. (Yéndose.)

GUT.     Y, ¿el mío?

GROS.     En la tuya te espera. (Volviendo atrás.) Pero ¿no me perdonas? (Echándole un brazo al cuello.)-

GUT.     No a fe si no escribes la comedia.-

GROS.     (Separándose de Gut.) Cierto que he de escribirla; no te vea yo luego incómodo con mis exaltaciones como ahora.-Queda, queda en paz. (Yéndose.) (Dulce alegría es tener tan leal amigo como éste.)

ESCENA 3ª

GUTTERMANN (solo y sentado)

GUT.     Él piensa que son sólo las turbulencias de su espíritu las que me inquietan:-¡las del mío son las que me agitan ahora!-El que tiene una sola felicidad no sospecha nunca que otro pueda ser infeliz.-Harto sé que no es verdad que los pesares se olvidan, que tengo yo uno muy hondo, y es mi inseparable compañero: tanto me acompaña, que ya-hasta amo mi dolor.-

     Yo quería a mi hermana con la vehemencia de todos los cariños. Ella, débil o frívola, ni ha entendido mi amor, ni lo ha respetado siquiera, y ha dado a un miserable su honra y su paz.-Ahora él la abandona: ahora vuelve ella a mí; ahora que ya no puedo tener para ella más que el amor del perdón, viene a pedirme aquel cariño en que ni siquiera pensó para olvidarlo, ¡por qué se razona para arrepentir y no se razona para obrar!

     Róbales la seducción la voluntad; no ven las tristes que la seducción es una infamia que viene a ellas vestida de apetito y de lisonja. (Se queda sentado y pensativo.)

ESCENA 4ª

GUT., POS. y FLEISCH

(No de la calle; de adentro)

     Gut. no se apercibe de la escena que pasa en la puerta del fondo.-Aparecen por ella Fl. seguida de Pos.-como si viniera a la escena. Al ver a Gut., Fl. se detiene y dice a Pos., con terror:-

FL.     ¡Guttermann! ¡Huye, por Dios! Abierta está la puerta del jardín: no estés aquí un instante.

POS.     Día es éste azaroso para mí; quehacer importuno me alejará tal vez de la ciudad: tal vez no podré verte mañana ¿cómo huir, Fleisch mía?-.

FL.     ¡Oh; sí; alguien te verá!

POS.     Aquella puerta me conoce.-Mas, ¿por qué no esperar allí?

FL.     Bien, espera… mas oye: vase por esa habitación a parte no concurrida del jardín; baja es la tapia; ¡si algún peligro te amenaza, huye, por piedad!

POS.     ¡Adiós, Fleisch mía! (Fl. se va por la puerta del fondo; Pos. cautelosamente por la segunda puerta de la izquierda.)

ESCENA 5ª

GUTTERMANN (solo)

GUT.     Y yo diría a Grossermann mi pesar. Él no me consolaría porque de los dolores verdaderamente grandes no puede nadie consolarnos. Pero él me enseñaría a querer como antes a mi hermana, porque ahora… ya no puedo quererla como antes. No la estimo: por eso no la quiero.-Él me ayudaría a encontrar a ese hombre que le ha robado a ella la inocencia,-que es la felicidad,-y a mí el honor, que cuando todas las felicidades acaban, es una felicidad todavía.- (Levantándose.) ¡Pero, no, no, ni a Grossermann siquiera! Las manchas de honra son tales que hasta con pensar en ellas las aumentamos, cuanto más diciéndolas a otro.-¡Ay! Hasta el aire es enemigo de la honra perdida, que una vez dada al aire la mancha del honor, no hay poder ya que la redima ni la recoja-¡ay de mí!

ESCENA 6ª

GROSSERMANN y GUTTERMANN

GROS.     (Que sale del cuarto apresurado a tiempo para oír el «¡ay de mí»)-¿Qué, sufres?

GUT.     No, no, Grossermann; pensaba en ti.

GROS.     (Receloso.) Parecióme que sufrías.

GUT.     Pues de veras que sólo pensaba en ti.

GROS.     ¿De veras?… mal haces,-mal.- ¿Sufres, y no lo dices a tu amigo? He aquí una deslealtad.-

GUT. No, no: tú sabes que no hay para mí alegría ni pesar que no sean tuyos.-

GROS.     Me engañas esta vez.-¡Egoísta!-Engáñame, tú que puedes: harto castigo tienes con experimentar que hay un tormento mayor que sufrir, y es sufrir solo.

     (llevando a Gut. al centro de la escena): ¿dónde hallas tú más alegría que en la confianza? ¿Dónde-después del amor de una mujer-hallas tú nada más hermoso que la amistad? Siente un alma honda pena que la martiriza y la devora; viértela en un pecho amigo;-con él abrázase,-en él llora, y parece como que el pecho queda por instantes vacío de dolor.-La amistad es la ternura del amor sin la volubilidad de la mujer.-No hay dolor más terrible que el que a todos callamos;-no hay más hirvientes lágrimas que las que al brotar de nuestros ojos van gimiendo hasta el suelo sin que una mano amiga las recoja para sí.-Ves tú en mí hermano cariñoso, y ¿callas, hoy que sufres?-mal haces, mal. Ven a mí.-Si un pesar te agobia, hazlo mío, y será más leve para ti.-Si una traición te inquieta, castígala y olvídala,-que hace daño acordarse de un traidor.-Si una amante te engaña, perdónala sin olvidarla,-que el recuerdo de un amor perdido educa el alma en la hermosa enseñanza del dolor. Si alguien te ofende-sin rencor, sin odio, sin ira, de tal manera vuelve por tu dignidad que nadie más te ofenda. Y si amoríos estériles te agitan, déjalos morir sin pena,-que pierde el hombre para la vida verdadera todo el tiempo que en ellos malgasta.-Pero ofensa o amor, traición o maldad, recuerdo o mal presente,-ven a mí,-conmigo pártelo,-divídelo conmigo:-que suelen abrumar las penas el cuerpo humano impotente, y es ley hermosa de almas que el amigo ayude al amigo y comparta con él su pesadumbre.-¿Qué tienes, Guttermann?

GUT.     Vergüenza de mí,-placer de hallarte cada día mejor.-Perdóname, perdóname tú; ¡pero no quiera nunca tu desventura saber cómo turba el espíritu, cómo teme del aire, cómo no hay acabar para la mancha del honor!-

GROS.     Pero ¿quién te hiere así? ¿quién te ofende?

GUT.     Oféndeme la que yo había criado para mi cariño, la que yo quería más que a ti.-

GROS.     ¿Mujer?

GUT.     Tenía yo una hermana…

GROS.     ¿Que tu hermana ha muerto?

GUT.     Tenía yo una hermana… (en el mismo tono)-¿Vive la mujer extraviada? ¿Vive la criatura manchada? ¿Vive el deshonor?

GROS.     ¡Un infame ha labrado tu desventura! ¡Un infame ha envilecido su pureza!

GUT.     ¡La ha hecho torpe y vil!-Ahí tienes, ahí tienes tú cómo mi hermana ha muerto ya.-(Estas últimas frases agitado.)

GROS.     (¡Otra mujer que hace sufrir a otro hombre honrado!-¡malvada mujer!) Descansa, amigo. ¿Cómo fue?

GUT.     Era ella honesta criatura.-Niña aún cuando era yo hombre, niña sin madre, guiéla yo con besos de mis labios y flores de mi amor.-La vi nacer: la vi crecer; míos fueron su beso primero y su primera caricia, hícela a semejanza mía, y nada hay que regocije tanto como ver a un alma que nace con nuestros besos y a nuestro calor.-Y así fue niña, y la amé.-Y así fue mujer,-y busqué para su bienestar mayor trabajo,-y ocupaba laborioso todas las horas del día, y hubiera querido que el día tuviese más horas, porque me produjesen para ella más.-Y cuando yo buscaba en el trabajo riqueza para ella;-cuando hasta verla dichosa sacrificaba yo contento las vehemencias de mi alma; ¡otro hombre ocupaba en robármela las horas que en trabajar ocupaba yo; otro hombre saciaba en ella-no amor, que esto fuera noble,-infamias de su voluntad que me ha robado el honor!

GROS.     (Amigo infeliz.)

GUT.     (Con dolor creciente.) ¡Y aquella obra de toda mi vida, aquella flor de mis anhelos, se me fue en un día, se me fue en brazos de un villano y miserable amor!

GROS.     Y ¿has callado tanto tiempo?

GUT.     (En la misma entonación.) Y no hubo para mí descanso. Cuando volví de un día afanoso, cuando le llevaba como cada día un regalo que halagaba su deseo, cuando a ella iba en busca de mi única paz,-y hallé sin mi ángel mi hogar, sin sus brazos mis brazos, sin su voz mis oídos, sin aquel amor tan hondamente atesorado en mi corazón, ¡sentí que la cabeza se me abría, que el corazón se me rompía, que la razón se iba de mí!

GROS.     ¿Mas no supiste adónde fueron?

GUT.     Y pasó tiempo, y los busqué sin descanso, como un cuerpo huérfano de alma buscaría su alma por toda una eternidad.-Y en vano los busqué.

GROS.     ¿Ni conocías al hombre?

GUT.     ¡Ni lo conocía!- ¡Tan loca fue aquella mujer sin ventura, que no vio que amor que huye de los vigilantes ojos del hogar es criminal e impuro amor!

     Días ha supe que ella venía;-y ella, que había desdeñado toda mi alma, me pidió el lugar miserable de la compasión,-díjome que la abandonó el malvado, díjome que aquí venía-(con viveza creciente). Y no sé desde entonces descansar; figúrome que cuantos miro, son:-cuerpo toman mis ansiosas miradas:-imagínase cada una de ellas verlo ante mí:-¡implacables rugen en mi alma ira y dolor!-

GROS.     ¡Perdónala!

GUT.     ¿Qué es perdón?

GROS.     ¡Llámala!-

GUT.     ¡No!

GROS.     ¡Quiérela!

GUT.     ¡No! (Todas estas frases dichas rápidamente.)

GROS.     (Con lentitud a Gut., que lo oye como abrumado por sus palabras.) Pues, dime,-hombre débil y falible: si alguna vez tu alma cae, ¿cómo has de querer tú que nadie ampare tu alma? Si alguna vez la tentación te abrasa, y dóblase a la tentación tu condición humana miserable-¿qué es perdón? ¿qué es levantar? ¿qué es salvarte?-Eternamente recorrería tu maldecido espíritu los implacables espacios:-eternamente vagarías condenado sin luz.-

     Quiérela.-Si no tuvo madre; si son las flores de la castidad legado el más hermoso que hacen las madres a las hijas;-si es para la mujer tan incitante el enamorado convite de los hombres;-si con no tenerla estuvo privada del pudor del ejemplo que acrecienta y realza el pudor natural; si son tan elocuentes los hombres para seducir, y las mujeres tan nobles para creer,-¿qué le pides a la debilidad de la mujer-contra la avaricia elocuente y maldita del que le robó la paz?-Resisten a la seducción las almas fuertes; edúcanse las almas con los repetidos sucesos en la fortaleza. Si nada había despertado aquella alma, si era virgen de dolores, si nunca luchó, ¿cómo has de pedirle tú fortaleza para luchar y resistir?-¡Impía crueldad!-Tú has caído. Yo he caído. Todo hombre en la Tierra ha caído una vez. No hay espíritu puro, no hay en este mundo todavía criatura inerrable.-Y si todos los hombres caen y se levantan ¿por qué esa ira odiosa del fuerte? ¿por qué no ha de levantarse la mujer que una vez cayó?-Si por maldad cayó del hombre, del hombre es el baldón y el vilipendio. Si por debilidad cayó, ¡culpa es del ser más alto que la dio flaca y manejable naturaleza!-

     Cae el hombre, que es fuerte, y se redime.-Cae la mujer, que es débil, y el caído la insulta y la envilece:-¡redímase también!-

     Y si no la amas, yo la amo.-Si no la llamas, yo la llamaré.-Y aquí vendrá, y no se apartará de mi lado, y a mi lado vivirá…

GUT.     (Queriéndole interrumpir.) Deja, deja por Dios.

GROS.     Y aquí hallará en mis brazos apoyo a su desgracia solícito…

GUT.     Mira que me atormentas-

GROS.     Aquí tendrá la paz y la ventura.

GUT.     ¡Mira que me ahogo!-

GROS.     Aquí hallará en mí y en mi mujer la compasión que tú le niegas…

GUT.     (Tendiendo los brazos a Gros.) ¡Oh!-¡calla! ¡calla! ¡Si la amo como antes, si no se la niego ya!-

GROS.     (Estrechándole contra su pecho y como satisfecho de haber logrado su deseo.) ¡Así! así, amigo mío.-Llora. Sufre. Sufre sin temor; pero ama y perdona.-¡Esto es Dios!

(Pausa breve)

GUT.     ¡Amigo de mi alma!-

GROS.     (Estrechando sus dos manos.) Hermano tuyo. Hermano que de hoy más hace suya tu pena. Aquí vendrá tu hermana. ¡Pobre y desventurada criatura!-Juntos buscaremos sin descanso a este hombre infame dos veces:-porque sedujo, infame:-porque abandonó a una mujer, más infame todavía… ¡Ah! a volverse las manchas de las mujeres sobre los hombres que las manchan, no habría frente de hombre que no estuviese turbada por la culpa.-Y hallaremos a ese hombre.

GUT.     Ilumina mi espíritu abrumado.-

GROS.     La calma lo iluminará mejor:-Ve y reposa, amigo mío (indicándole la puerta de la derecha.) No te diré yo que olvides tu pesar, no. Olvidar es de ruines. En él piensa, piensa en tu hermana, piensa en que entre tus hombros y los míos más fácil es la pesadumbre, y más veloces acudiremos al remedio.-Piensa sin cesar en esta ofensa, porque el hombre ofendido que duerme es más vil.

     Hay una cosa más preciada que la vida: la vida honrada.

GUT.     Muera la mía si no ha de serlo.

GROS.     Nadie muera… Hasta que no haya al menos menester morir.

GUT.     Y ¿si lo ha menester?

GROS.     (Con energía.) Primero ¡se mata! Luego, se morirá probablemente.-Ve, ve y reposa. Aquí queda conmigo tu dolor. (Acompañándole hasta la habitación.)

ESCENA 7ª

GROSSERMANN (solo)

GROS.     (Volviendo rápidamente al centro de la escena, y con vigor.) ¡Se mata! Porque cuando todas las creencias se mancillan, y todos los sacrificios se olvidan, y la mujer amada nos engaña, y persíguennos y atérrannos fantasmas de vilipendio y deshonor,-es poco la cabeza miserable para contener nuestro cerebro roto, es poco el pecho necio para comprimir el corazón despedazado:-no hay paz, no hay calma, no hay razón y sáltanse del hombre las complacencias del humano ser, y en él rugen precipitados y malditos,-¡rugen incallables, indomables rugen sus instintos bárbaros de fiera!-(contrastando con la viveza de este período:)-Y de estos extravíos de la razón, no el hombre:-responda el que nos la dio débil y extraviable.-

     Mido yo el dolor de Guttermann por esta ira que me agita, por este afán de hallar al malvado, por esta compasión vehemente a esa triste criatura. Un hombre te manchó (señalando a la habitación de Gut.): descuida, amigo; yo lo hallaré.-

     No se aparta de mí la memoria de Frank.-No entiendo yo cómo ha podido esa mujer engañarlo.-No concibo yo cómo este inmenso amor, esta alma esclava, esta ofrenda que hace el hombre de su vida no merezcan de una honrada mujer, si no amor, estimación siquiera y respeto.-¡Ah! ¡Si hubiera de ser que sufriera yo dolor tan bárbaro algún día!-¡no!-¡no!, locura indigna de esta noble Fleisch que me ama.

     De imaginarme sólo que pudiera yo sufrir así, siento ya pena tan honda que me pone fuera de mí.-¿Muerte? ¡es poco! ¡Es mentira que la memoria acabe con la muerte, porque ese debe ser dolor tan grande que no puede caber en una vida!

     Me ama mi mujer. Vigoriza mi alma, alienta mi energía, crece mi espíritu con esa vida que es mía, que se funde en mí, que en la mía vive, que es absoluta, plena, completamente para mí. Mía es su alma pura. Si alguna dicha es verdad, esta posesión de un alma es la única dicha verdadera.-

ESCENA 8ª

GROSSERMANN y FLEISCH

FL.     (Sale por la primera puerta de la izquierda, en dirección a la segunda.-Al ver a su marido, dice:)-¡Ah! ¡Él aquí!… (y se vuelve hacia él, a tiempo que él se vuelve, la ve y se dirige a ella.)

GROS.     ¡Mi Fleisch!

FL.     Buscándote venía: aún no te he visto hoy: ¿Te vas ya?-

GROS.     ¿Sin verte, Fleisch de mi alma, hermosa vida mía, mi ser y mi luz?-No iré yo nunca a saludar el día sin verte: pareciérame oscuro si no fuera conmigo el brillo de tus ojos. ¿Me quieres?

FL.     ¿Qué no ves tú cómo corre nuestra vida apacible y feliz, cómo para ti vivo, cómo se complacen en ti mis pensamientos?

GROS.     Así, mi Fleisch, seas siempre para mí. Así te necesita-ternura que refresque mis soberbias,-mi espíritu combatido y agitado. Conmuévenmelo ahora la memoria de una desgracia inevitable, una historia fatal, y, más que ella, un dolor vivo y profundo de mi amigo mejor.-

FL.     ¿De Guttermann?

GROS.     De Guttermann, criatura generosa. No habrá en mí calma hasta que no haya hallado alivio a su pesar.

FL.     Siempre robando a tu reposo las horas para pensar en los demás…

GROS.     No me quieras cuando no los robe, cuando me olvide tanto de mí mismo que sólo piense en mí, cuando vea pasar a mi lado una desgracia sin darle amparo ni remedio.

FL.     Disculparía yo tu noble afán, mas te arrebata luego a mí ese trabajo rudo e incesante…

GROS.     Pues, dime ¿vive el que no trabaja? ¿Merece el que no trabaja amar, que es vivir?-Inmensa dicha es tu afecto que me hace olvidar de todas las miserias y me regocija:-para gozar dicha tan alta, el hombre debe haberla merecido con altos trabajos: para seguirla gozando, el hombre debe seguir mereciéndola constantemente. Olvídame, despréciame el día que deje sin empleo mi energía y mi vigor.-Si no, luz mía, el amor es estéril y fútil, e indigno de mi soberbia y de tu amor.

FL.     (Que ha mirado disimulada, pero inquietamente a su izquierda mientras habla su marido;-con cariño exagerado:) Pero ¿te acuerdas de mí siempre?

GROS.     ¿Que si me acuerdo de ti?-Bárbaro tormento es para el hombre la memoria: y, yo acaricio, bendigo, amo esta memoria fatal porque me sirve para acordarme de ti. (Con pasión:) ¿Me olvidarás?-Para mí, para mí solo tu alma entera, tu vida de antes, tu vida de ahora, el menor de tus pensamientos, todas tus vidas.-¿Verdad, luz mía, que todo es para mí?

FL.     ¡Ambicioso!

GROS.     ¡Ah! ¡no! (Sentándose en un sillón y un escaño que debe haber muy cerca del centro de la escena. Él la toma de las dos manos y la sienta, y se sienta él, sin interrumpir sus frases.) No me digas más, que me parece que tu voz me roba algo de tus miradas.-(Alzándole la frente e inclinándose hacia ella:)-¡Mírame, mírame así! (Irguiéndose y lentamente:) En ti estoy yo: yo-hombre, era la energía y la fortaleza:-tú-mujer-eras la ternura y la castidad.-Yo me uní a ti, y los dos juntos hicimos el ser.-Si no me amaras-mi energía sería salvaje y sería impotente tu ternura:-¡ámame!

     Yo no viviría sin ti: tú sin mí no vivirías: vidas juntas-alma sola:-esto es amor:-¡ámame!

     Yedra frondosa que da brillo y lozanía al tronco a que se enlaza: esto para mí eres tú.-Tronco erguido y robusto que ha encarnado en su savia la savia de la yedra: esto soy yo para ti.-Alma que vierte eternamente dulzura en otra alma que no se ha de extinguir,-fuego yo de tu ser,-fuego tú del ser mío,-ternura y fortaleza envueltas, proximidad de Dios:-¡ámame!-

(La inquietud de Fleisch, no exagerada pero sí perceptible, no habrá cesado-sobre todo al final de estas frases.)

FL.     No pasa mi espíritu cerca del tuyo sin abrasarse en él, no entibian en ti los años el ardor.

GROS.     (Echándose atrás en el escaño, como si se sintiera herido:)-¡Mis años!… (Más cerca de Fleisch y muy lentamente:) Y, cuando te hablo yo de mí ¿piensas tú en mis años?

FL.     (Confusa pero con viveza.) ¡Ah! ¡No, no! Ellos me sirven para amarte más.

GROS.     (Lentamente.) Te hallo inquieta. No estás tú para mí como estabas ayer. Me hablas poco; te turbas; torpe estás para hablarme: (Mirándola fijamente:) ¿qué tienes, mujer?

FL.     (Afectando serenidad y cariño.) No, no es nada: no temas por mí: nada más que tu pensamiento me ocupa en este instante.

GROS.     (Dejándola de la mano, levantándose del escaño y apartándose dos o tres pasos:) Seca… fría… ¿Será que turbe mi razón la memoria de Frank? ¿Será que esta mujer no me ama? (Desechando con ira la idea:) No, no: esto es indigno de mí: esto no puede suceder: ¡no puede ser verdad que sea yo más infeliz que nunca esta vez primera de mi vida que me he creído feliz! (Volviéndose rápidamente hacia Fleisch, que se ha levantado del sillón como yendo hacia él, y tomándole de huevo las manos:) ¿Me amas?

FL.     ¿Cómo puedes dudarlo?

GROS.     (En el mismo tono vehemente:) ¿Me amas mucho?

FL.     Más cada día que te veo, más cada vez que pienso en ti.

GROS.     ¿Me quieres como a nadie has querido, como a nadie puedes querer?

FL.     Así te quiero, así.

GROS.     Y, ¿puedes mentir?-Ámame siempre, porque yo te amo:-dame tu vida porque yo te doy la mía:-sé mía porque yo soy tuyo:-guarda mi honra, porque yo la he fiado de ti:-Ingrata, infame, loca: todo esto es la mujer que engaña a su marido.-No me mientas, no me engañes tú y, si no me amas…

FL.     ¿Y lo dudas aún?

GROS.     Si no me amas, no me lo digas nunca, no te lo digas a ti misma, porque de pensar sólo que no habías de amarme, ¡siento que mi corazón se anubla con las iras, que la tiniebla entra en mi alma!-Quiéreme como hasta aquí me quisiste: de tal manera quiéreme que no haya en ti pensamiento, ni en tu corazón latido, ni en tu memoria recuerdo que no sean para mi memoria y para mi amor.-Vida tuya es la mía.-Mía sea tu vida.-Adiós.-(Separándose de Fleisch.)

FL.     No vas con él si dudas de mí.-

GROS.     (Sin oírla.)-¡Fría, fría a la avaricia de mi alma!-Estallan en mí dudas que me espantan a mí mismo: ¡Ay de mí, si no me ama esta mujer!-(Sale por la primera puerta de la derecha.)-

ESCENA 9ª

FLEISCH (sola)

FL.     Duda ya, sospecha de mí.-¿Qué ha podido haber que lo haya hecho sospechar? Nadie conoce aquí a Possermann: nadie lo sabe: nadie lo ha visto: secreta y rápidamente nos hemos siempre hablado:-¡Ay de mí si Grossermann descubre nuestro amor!-Y él está aquí: pueden venir (acercándose a la segunda puerta de la izquierda.) ¡Possermann!

ESCENA 10ª

FLEISCH y POSSERMANN

POS.     (Saliendo.) ¡Fleisch mía!

FL.     Calla, calla ahora: aún no ha salido Grossermann; acaba de hablarme, y no sé qué sombría sospecha lo ha alejado de mí.-¡Huye, huye de aquí!-

POS.     ¿Huir después de haberte visto?-¿huir cuando te veo?

FL.     Esta tarde… esta tarde, pero huye ahora, por Dios.-

POS.     (Yendo ya hacia la puerta.) ¿Sin decirme que me amas?-

FL.     ¡Oh! ¡sí: te amo, te amo! (Mirando a la habitación de Gut.)-¡Viene Guttermann! por allí… por allí… (Señalándole la primera puerta de la izquierda.-Possermann al salir le toma una mano y se la besa.-Un instante antes ha salido por la segunda puerta de la derecha Gut., diciendo:-)

ESCENA 11ª

GUTTERMANN y FLEISCH

GUT.     Aliento, vivo desde que confié a mi amigo mi pesar. (Reparando en Possermann que junto a la puerta besa la mano de Fleisch y desaparece:)-¡Un hombre, un hombre que besa a Fleisch! (Yendo rápidamente hacia la puerta.)

FL.     (Que al volverse repara en él:) (¡Ah! ¡lo ha visto!) (Dando un paso más hacia Gut. que llega:) Dios os guarde, Guttermann.-

GUT.     Cuida Dios siempre de las honradas criaturas.

FL.     Me extraña vuestra rudeza

GUT.     ¿Quién era ese hombre que hablaba con vos?

FL.     ¡Un hombre!… no… no… no era nadie… (Con altivez:) aquí no había ningún hombre. ¡Mal andáis con el respeto, señor Guttermann!-

GUT.     ¿Quién era ese hombre que besaba vuestra mano?

FL.     Os digo que no era nadie.

GUT.     Os digo que lo he visto: os digo que ha besado vuestra mano. (Movimiento de Fleisch: Gut. extendiendo la suya:) No la mováis, señora: muerta está ya para mi respeto y vuestro honor.-

FL.     ¡Guttermann!

GUT.     ¿Quién era aquel hombre?-

FL.     Andáis importuno. Sombra ha sido de vuestra fantasía.-

GUT.     (Exaltado.) ¡Mentís, señora!-

FL.     ¡Oh! (Como asombrada.)

GUT.     Escuchadme bien. Sombra pudo ser lo que yo vi; ¡pero en casa de la esposa honrada hasta la sombra de un hombre mancha e infama!-

FL.     ¡Callad por Dios!-

GUT.     Infama, señora.-

FL.     (Con angustia y rapidez.) Sí, sí, es verdad: aquí estuvo: amóme en la infancia: yo os lo contaré todo: ¡pero callad por Dios!-(Sigue como suplicando para dar tiempo a la frase de Gros.)

ESCENA 12ª

GROS., GUT., y FLEISCH

GROS.     (Saliendo por la puerta primera de la derecha.) No merecía su sencillez mi rigor: ¿por qué ha de entender ella mi alma?-

FL.     (A Gut.:) ¡Oh!, ¡sí! ¡callad! ¡callad!-¡No digáis nunca nada a mi marido!

GROS.     (Que la oye, y al hacer un movimiento de asombro:)-¡Qué! (Ellos lo oyen y quedan como confusos: él se adelanta, se coloca entre ellos y tomando a Fleisch de la mano:)-Mujer, ¿qué es lo que hay en ti que no sea mío?, ¿qué puede haber para una esposa que su marido no sepa? ¿qué ocultas de mí?

FL.     (Débilmente y sin levantar la cabeza.) Nada… nada…

GROS.     (Oprimiendo con ira su brazo.) ¿Qué ocultas de mí?… Callas… Callas… Y tú… (tomando el brazo de Gut. sin dejar el de Fleisch) tú lo sabes. Que callaras te decía. ¿Qué sabes tú? (Gut., ni aun levanta la cabeza: a Gut.) ¡Tú tampoco hablas!-(A Fleisch:) ¡tú callas todavía!-(Dejando a un tiempo bruscamente los brazos de Gut. y Fleisch.)-Duda terrible ha nacido ahora en mi corazón,-duda que me extravía,-duda que se avergüenza de ti:-(A Fleisch:)-¡Ay del amigo débil! ¡ay de la mujer villana que mancillen mi honor!-

CAE EL TELÓN

Acto 2º

ESCENA 1ª

GUTTERMANN y FLEISCH

GUT.     ¿Habéis vuelto a verlo?

FL.     No: no quería verlo sin acudir antes a vos. Llegar a él sin que procurarais disuadirlo de su sospecha, hubiera sido en mí imprudente locura.-¡Habladle, sed bondadoso, tened piedad de su desesperación y mi peligro!-

GUT.     ¿Qué teméis?-Nace con los delitos el temor: (movimiento de Fleisch como para hablar)-nada me digáis. Yo os respetaba y os quería porque amabais a Grossermann, porque él hallaba en vos olvido de esas exaltaciones que lo engrandecen tanto para la tierra, pero que debilitan y devoran su existencia.-Decidme, Fleisch-¿Dónde pudisteis hallar más noble criatura, más alto y enamorado hombre que él? Llégase a concebir que una débil mujer trueque por otro amor el amor de un marido que la abandona y la desprecia:-horrible es esto siempre, pero concebible al fin.-Entiéndese que la estúpida ira de los celos robe a un marido una honra de que cuida poco:-todo esto, que es odioso, se llega a entender:-mas que una mujer tan vivamente querida, una mujer que sabe que de ella ha hecho un hombre encanto y felicidad, trueque por un capricho momentáneo del deseo,-que ha de traerle vergüenza y oprobio-un amor constante, noble, profundo, un amor que la realza y que la honra,-¡olvidarlo es dar el alma al apetito!

FL.     ¡Guttermann!

GUT.     Cierto, Fleisch:-¿por qué ha de avergonzarse la maldad porque se la llame por su nombre?-No es error, no es debilidad, no es caída que merezca compasión:-¡liviandades torpes alientan en la mujer que engaña a su marido!

FL.     ¿Y si algún día dejase de amarlo?

GUT.     ¡Se le dice! ¡No se mancha con una corrupción el tálamo nupcial!

FL.     ¡Callad, callad por favor!-Vos no creéis que yo haya dejado de amar a Grossermann. Decidme: ¿es posible dejar de amar sin que quede en el corazón odio o desprecio? Pues yo admiro a Grossermann: contenta lo escucho: triste me siento cuando no me habla como me habla siempre: lo amo, sí, lo amo.-Pero no sé qué alucinación extraña, qué miel en las palabras me cautivó un instante de ese hombre.-

GUT.     (Con ira.) ¿Conque lo amasteis?

FL.     No lo amé.-Fascinóme aquel hombre; dejaba en mis oídos frases ardorosas; pasaba ante mis ojos pálido y triste: decíame muchas veces que era su muerte mi rigor.-

GUT.     Y vos ¿por qué lo visteis una vez siquiera? De cera son los oídos de la esposa para las palabras del marido: ¡de hierro para las impuras palabras del amante!-

FL.     ¡Ah! ¡no sé qué fue! Andaba Grossermann aquellos días distraído; veíalo yo a él desde el jardín-mirábame constante y profundamente: un día llegó…

GUT.     ¡Calladlo, señora!

FL.     Nada quiero ya ocultaros.

GUT.     ¡Calladlo os digo! Harta ignominia tenéis con haberla cometido: ¡no la hagáis mayor diciéndomela a mí!

FL.     ¡Guttermann!

GUT.     ¡Lo manchasteis! ¡lo vendisteis!

FL.     ¡No! no lo manché. Yo no sé adónde me hubiera conducido aquella ceguedad: vos me detenéis a tiempo, vos me hacéis horrorizar de mi conducta de hoy.

GUT.     (Lenta y reflexivamente.) ¡Ay, Fleisch! Harto ha vivido ya en vos; harta culpa es el principio de una culpa tan grande. Decidme ¿sabéis vos si el placer de esos hombres, máquinas viles de quebrar mujeres, es-más que triunfar de ellas,-triunfar para publicar luego que lograron algo de ellas?-Miserable es quien roba a dos almas la paz: decid ¡quién puede contener la lengua de un miserable! (Exaltándose.) Cuando vea a Grossermann, rodará por sus labios sonrisa de burla, lo señalará a sus amigos, diránlo éstos, sabráse quizá, y estas burlas infames caerán sobre él con insoportable pesadumbre. ¡Maldito sea el que así ha de burlarse de mi amigo!-decidme quién es:-¡yo iré a buscarlo, yo provocaré su ira, yo haré que de grado me jure callar eternamente, o vaya por la fuerza adonde el vivir es eterno callar!

FL.     Me dais terror…

GUT.     ¡Decidme quién es!…

FL.     Y ¿vos queréis a Grossermann? Oculta está mi desventura. Si conocéis a ese hombre, lo buscaréis, lo mataréis quizá, y nadie ignorará entonces lo que hoy nadie sabe todavía.-

GUT.     Verdad, verdad es.-Por temor a una injusticia del mundo, queda sin castigo una maldad.-

FL.     Buscad remedio mejor, buscad pretexto a mi frase fatal.-¡Llegue él a creer en mí como antes creía!

GUT.     Yo le hablaré, yo haré por llevar a su ánimo mentira que alivie su pesar.

FL.     ¡Dios haga que vuestros esfuerzos sean útiles!

GUT.     Sin Dios, sin más Dios que vos misma, mis esfuerzos no hubieran sido necesarios.-No en Dios, que es confianza ciega, en vos misma confiad para que vivan siempre aquí la calma y el honor. Dios ha dado a cada criatura un alma que la dirige y que la anima:-mientras viven en la tierra, Dios no cuida de sus criaturas; dueñas de un alma, de ella usan, y de ella responden, y a ella únicamente han de acudir en la vida. (Fleisch quiere hablarle.) Yo hablaré a Grossermann-nada más me digáis:-id, id en paz.-(Se va Fleisch por la puerta de la izquierda.)

ESCENA 2ª

GUTTERMANN (solo)

GUT.     Y no dice la verdad. No se arrepiente esta mujer. ¿Cómo pudo cautivar a mi amigo tan baja criatura como ésta? ¡Sus ojos, avarientos de cariño, fijáronse locamente en ella, y cegaron!- ¡Pusiera Dios en los ojos el pensamiento, y no fuera el hombre infeliz!

     ¿Cómo convencer a Grossermann?-«No digáis nada a mi marido»-dijo Fleisch, y en su cabeza atormentada por la historia de Frank y el suceso de mi desventura narrado en mal hora, exaltada hasta el temor por la frialdad de su mujer, estallaron ardientes las dudas con el culpable misterio de la esposa.-Vilo luego, y no me oyó:-he vuelto a verlo, he querido razonar con su dolor, y me ha contestado: «mi mujer no es de nadie más que mía: los dolores que de ella me vengan míos nada más han de ser».-¡Diéranme que volviesen con mis palabras a Grossermann la confianza y la paz!-Mentira serán esta vez las razones con que lo convenza, mas no hallarán esa mujer ni ese malvado espacio a turbar nuevamente su ventura.-Amigo es como ser de nuestro ser, como continuación de sí mismo.

ESCENA 3ª

GROSSERMANN y GUTTERMANN

GUT.     (Al verlo entrar.) Honda huella va dejando en su rostro el dolor.-

GROS.     (Entra lentamente, como decaído y abismado en su pesar.) Yo había entrevisto un cielo.-Cielo era nuestro santo cariño: cielo mi confianza en su ternura:-de él caigo rudamente a la impía realidad-torpe que confié,-necio que creí.-

GUT.     (Retirado un poco al fondo.) Ni un instante lo abandona el pesar.-

GROS.     Parecía imposible que unos ojos tan puros me mintieran; no, no es verdad. Las mujeres no tienen el alma en los ojos.-

GUT.     (Adelantando hacia él.) ¡Grossermann!

GROS.     (Como sobresaltado.) ¡Ah, tú!-Llega, llega amigo: parecióme una nueva desgracia que me llamaba.-Pero no, Guttermann, no me alejo de ti. Almas somos que nos entendemos bien, almas que si se van de la tierra separadas, tanto se quieren en esta vida que no podrían vivir sin hallarse en otra.-(Como asaltado de una idea.) Dime: yo ofrecí ayudarte sin descanso en el remedio de tu desventura; yo ofrecí buscar contigo al que robó a tu hermana paz y honor… ¿me ayudarías tú a mí? ¿me ayudarías tú a mí si yo tuviese que buscar a algún villano?-

GUT.     ¿Estás en ti, desventurado?

GROS.     (A sí mismo.) ¿Que si…? ¡Ah! ¡Es verdad, es verdad! ¡Suerte nueva de tormento es éste del ultrajado esposo que duda y no puede decir que duda a nadie!-Si es verdad, debo morirme sin decirlo… Si no es verdad, la mancho infamemente… ¡A nadie, a nadie, ni a mí mismo quisiera yo decirme que me engaña!-(Volviéndose a Guttermann.) No, Guttermann, no: ha sido pensamiento extraviado, locura mía.-Tú sabes que a mí me dicen loco.-A nadie, a nadie tengo yo que buscar.-

GUT.     En vano ocultas tu mal, ¿qué te aqueja así?-

GROS.     ¿Que qué me aqueja? No; no creas tú que yo dude de Fleisch, no: aquello que tú viste fue momento de loca exaltación. Pensaba en Frank; pensaba en ti; parecióme oír frase culpable… no, no creas tú que dude yo de mi mujer. (Con interés exagerado en que lo crea Guttermann.)

GUT.     (Con tono de reproche.) Te quejabas de mí hace unas horas porque te ocultaba mi pena: ingrato me llamaste, y yo te abrí mi corazón,-sufres tú ahora, y te alejas de mí:-ingrato y desconfiado eres en verdad.

GROS.     ¿Desconfiado de ti?-¿para ti ingrato?-Pudiera ser que me olvidase de mí mismo:-nunca de tu solicitud y tu cariño.-Mas hay días de tristeza para el alma, días sombríos, días negros.-No me hagas caso hoy: ando yo en ellos.-

GUT.     ¿Luego tienes un pesar; y no es mío?-¿Qué te hace sufrir?

GROS.     (Levantándose del sillón donde había estado sentado.) ¿Amaste tú alguna vez? ¿Hubo en ti nunca este hondo afecto que en un día de sentido cobra en el alma tanta fuerza como si allí hubiera vivido toda una vida?-De afecto es mi pena; de enamorado y suspicaz cariño.-

GUT.     ¿Que amas tú a nadie más que a Fleisch?

GROS.     ¡Amar a otra mujer!-

GUT.     Y ¿dudas tú de ella?

GROS.     No, no, Guttermann. ¿Quién te dice que yo dude? ¿En qué conoces tú que dude yo?-¡Horror fuera dudar! Es que inmensamente la quiero:-es que teme sin cesar quien quiere como yo.-

GUT.     ¿Tanto hace sufrir el amor?

GROS.     El amor cierto, el amor honrado, el amor único de la vida, sí.-(En el centro de la escena.) No es amor ese zumbido estúpido con que revolotean tantos necios alrededor de las mujeres-. No es amor ese deseo de los ojos que quema con su ardor la pureza del alma que incautamente los mira. No es amor la necedad de los presuntuosos, ni las vanidades de la mujer, ni los apetitos de la voluntad:-amor es sentimiento tal que no se puede sentir más que una sola vez en la existencia, y hay criaturas que se van de la existencia sin sentirlo,-porque vivieron ciegas, o porque fueron pequeñas para él.-¡Amor es que dos espíritus se conozcan, se acaricien, se confundan, se ayuden a levantarse de la tierra, se eleven de ella en un solo y único ser;-nace en dos con el regocijo de mirarse;-alienta con la necesidad de verse.-Concluye con la imposibilidad de desunirse!-No es torrente; es arroyo; no es hoguera, es llama; no es ímpetu, es paz.-Dime tú, pues amo a Fleisch, si puedo amar a otra mujer;-dime si es posible amar dos veces;-¡puede arrancarse nuestra alma sin hacerla pedazos de aquella otra alma en que vivió y se confundió!-Mas oye, Guttermann, ¿no sufrías tú?-¿No tenías tú afán por hallar al que te robó tu hermana?

GUT.     (¡Pudiera yo con mis propias penas distraerle de las suyas!) (A Grossermann.)-Sí sufro, Grossermann: con afán incansable busco a ese hombre; con ira creciente miro pasar las horas sin hallarlo,-estas horas de vergüenza que dejan a mi hermana sin ventura, y a mí sin honor.

GROS.     ¿Tú sin honor? (Apoyando las dos manos en la silla, levantándose lentamente y yendo hacia Guttermann.)-Pues, ¿qué es honor? ¿Tan miserable cosa es que lo destruyen la voluntad de un malvado y la impureza de una mujer?-no, amigo, no: la deshonra es de la mujer y del malvado: tu honor está íntegro y puro.-La deshonra es del villano que pone manchas de deseo donde hay vida de felicidad:-de la mujer maldita-no de la débil-que cede a los halagos de una mezquina voluntad.

GUT.     Fuera tan noble como el tuyo el juicio del mundo: no tendría tantos ejecutores la venganza.

GROS.     ¿El mundo? Pues, ¿qué es el mundo?-Conjunto de creaciones impenetrables y divinas-no masa uniforme de almas que a tiempo juzgue, y ame y odie a un tiempo,-¡cuando a veces un alma sola (como respondiendo a su propia situación) batalla consigo misma entre odiar o amar!-Si el mundo fuera verdad, la verdad no lo sería.

     ¡Es anarquía de mentes, confusión de juicios encontrados, conjunto informe, masa sin conciencia, tan temible, sin embargo, para publicar el daño ajeno (con dolor, como respondiendo a su propio temor) que, a marchar unido y a la vez, daría su obra espanto y vergüenza al mismo Dios!-Luz hay, y no la vemos: ¿quién es, pues, el hombre? ¡Cárcel odiosa, condenación y tortura de sí mismo!

GUT.     (¡Pudieran estas reflexiones hacerle olvidar de sus sospechas!)

GROS.     El único mundo temible es nuestra propia conciencia, que de cerca nos mira, y de la que nada podemos esquivar.-Obra bien, cumple bien, cumple tu deber, conténtate a ti mismo. ¡Necio el que se somete a aprobación o censura de los necios!

GUT.     Luz divina se enciende en tu alma.-

GROS.     Igual luz que la mía está encendida en cada alma.-Sólo que los hombres mismos se la apagan con sus errores y placeres.-Rayo es de Dios:-claridad hermosa:-adivinación de lo futuro.-¡Por ella, el dolor es costumbre benéfica,-el sacrificio vida,-el deber, necesidad,-el amor gozado presunción del cielo,-el amor perdido… ¡ay!… (cayendo de nuevo en su anterior dolor) el amor perdido es un presagio de los infernales sufrimientos!-

GUT.     De nuevo vuelves a tu idea fatal.-

GROS.     (Cuya exaltación va creciendo por momentos.) Pues, ¿cuándo se fue de mí? ¿Cuándo la olvidé yo? ¿Cómo pude yo olvidarme de esta bárbara idea?-¡No me ama Fleisch:-vanas son para ella mi gloria y mi bondad;-tinieblas esta luz que todos-menos ella-ven aquí encendida! ¿Qué memoria pudiera olvidar esto jamás?-(Como si no hablara ya con Guttermann.)

GUT.     Sea mi certeza de tu engaño consuelo para ti.-

GROS.     (Volviéndose bruscamente y con ira a Guttermann.) Pero ¿que todavía me oyes? ¿Qué haces aquí? ¡Te he dicho que no quiero que me oigas!-

GUT.     Pero, ¿si Fleisch es honrada y fiel esposa tuya, a qué ese dolor?

GROS.     (Exaltado a lo sumo.) ¡Honrada y fiel!-Pues ¿quién te dice que no lo sea? ¿por qué dudas tú de que lo sea?

GUT.     Antes quiero convencerte de tu engaño.-

GROS.     ¡Si yo no necesito convencerme! ¡Si yo sé que ella es honrada! ¡Si nada quiero saber! (Guttermann va a hablarle.)-¡Déjame, ya!-(Y entra por la puerta primera de la derecha.)

ESCENA 4ª

GUTTERMANN (solo)

GUT.     Nada en estos instantes lograría calmarlo. Lucha él mismo entre lo que oyeron sus oídos y lo que desea su enamorado corazón ¡ay de él si llegaran a ver algo sus ojos!-¡mas llega Fleisch!-(Yendo hacia la primera puerta de la derecha.)

ESCENA 5ª

GUTTERMANN y FLEISCH

FL.     (A tiempo que sale.) ¿Lo visteis ya?

GUT.     Ya lo vi:-habéis abierto honda herida en su confianza y tal parece que cada instante aumenta su dolor…

FL.     ¿Qué va a ser entonces de él y de mí?

GUT.     Cada razón mía moría en mis labios al nacer ahogada por su vehemencia. Preguntábame unas veces si lo queríais, si sabía yo que lo honrabais, y de pronto, como arrepentido de que nadie más que él dudase de vos, erguíase iracundo, se retiraba confundido, ¡apartóse al fin de mí!

FL.     Y crece con sus dudas mi peligro: decidme una manera de arrancárselas.

GUT.     ¿Que no adivináis que él, que huye de vos, os busca con afán?-¿que él-que cree en su desventura-está ansiando no creer? ¿que ahora, que aún no os ha visto, no anhela más que veros? Id, id a él: que entienda que le buscáis, que os oiga decir que le amáis, que os vea enamorada y cariñosa:-¡Sin trabajo os creerá el infeliz!-Él confiaba en vos infinitamente: no ha podido acostumbrarse todavía a creer que engañáis su confianza.

FL.     Haré lo que me decís: dejaré que temple un instante con la soledad la exaltación que le ha producido vuestro empeño: iré a él: ¡quiera mi buena fortuna que sea como decís!

GUT.     Será: tiene el mísero necesidad de creeros.-Y, miradlo, Fleisch-mirad de frente a vuestro esposo:-Preguntaos cómo habéis podido engañarlo un instante.-Avergonzaos de vos misma, ¡que el arrepentimiento no empieza sino en el horror y vergüenza de la culpa!-(Se va.)

ESCENA 6ª

FLEISCH (sola)

FL.     Hiélanme las palabras de este hombre:-de tal manera me reprende que no hallo en mí osadía que oponer a su serenidad.-Yo querría no hacer sufrir a mi marido; yo querría hacerlo feliz:-mas díceme tan dulces palabras el gallardo Possermann-quiéreme con tal ardor, que no sé cómo tendré yo fuerza para separarlo de este empeño:-aquí le dije que lo esperaba esta tarde:-(Yendo un poco hacia la primera puerta de la derecha)-Grossermann se ha encerrado en su alcoba.-Guttermann fue a ver su habitación:-él vendrá ahora quizás-¡ojalá pueda yo alejarlo de aquí!-

ESCENA 7ª

FLEISCH y POSSERMANN

POS.     (Saliendo cautelosamente por la puerta del fondo.) ¡Fleisch mía! (Yendo a ella con los brazos abiertos.)

FL.     (Con alegría y tendiéndole los brazos.) Helo aquí ya: en ti pensaba, aquí te esperaba… (tristemente) mas… Possermann, vete al punto, no retardes el irte.-Yo te amo, pero es imposible que nos amemos. Las sospechas devoran en este instante a mi marido:-Él es para mí bueno y generoso:-él me quiere también… ¡vete! ¡por mi salvación y por la tuya!-

POS.     ¿Que él te quiere?-Quiere él como padre: no con este ardiente y poderoso cariño.-

FL.     Mas Guttermann te ha visto…

POS.     (Como sorprendido y contrariado.) ¡Guttermann!

FL.     (Con terror.) ¡Sí! ¿le conoces?-¡ay de mí, si te conoce él! Es el amigo mejor de mi marido.

POS.     (Como si mintiera.) No, no le conozco.

FL.     Pero él te ha visto ya, él te vio cuando besaste mi mano,-¡él quiso correr esta mañana en pos de ti!

POS.     (Apasionado en toda la escena.)-Descuida, Fleisch.-¿Dices que quiere como hermano a Guttermann?-En él está seguro nuestro amor.-Él callará porque quiere a Grossermann, porque sabe que la confianza en ti es su vida…

FL.     ¡Ah! ¡y lo engaño!

POS.     ¡No, amor mío, no lo engañas!-me amas a mí, que te brindo juventud y vida en cambio de aquel cariño seco que te brinda su helada cabeza:-no lo engañas:-ámaslo a él como a padre:-a mí que en ti bebo amores, a mí que ciego con el esplendor de tu hermosura, a mí que tiemblo a tu lado de delirio y de pasión, ¡ámame con suavísimo cariño, con dulce e infinito amor!-(Tiene tomadas las manos de Fleisch.)

FL.     (Desasiéndose de él, y mirando con terror a la segunda puerta de la derecha.) ¡Oh! ¡calla! ¡calla! alguien sale de la habitación de Guttermann.-

POS.     (Con brusquedad.) Nunca he de verte un instante en calma.-

FL.     ¡Vete, vete sin tardar!

POS.     (Sacando una carta que da a Fleisch y ésta toma apresuradamente.) Presintiendo que no podría hablarte, aquí te he escrito y señalo lugar donde podremos vernos sin temor:-(dispuesto ya a salir por la primera puerta de la izquierda:) léelo hoy, dime hoy mismo si allí podemos vernos…

FL.     Hoy, hoy lo leeré: ¡mas huye, huye, por Dios!-(Van hacia la puerta de la izquierda.-Guttermann ha salido por la segunda puerta de la derecha.)

POS.     ¡Lleguen pronto para nuestro amor días felices!-(Ya en la puerta.)

ESCENA 8ª

FLEISCH y GUTTERMANN

GUT.     (Al dar unos pasos en la escena repara en Fleisch y Possermann.) ¡Con él esta malvada,-aquí con él!

FL.     (Que se ha vuelto al oírle e intenta detenerlo junto a la puerta.) ¡Teneos, teneos aquí!-(Todas sus frases con angustia.)

GUT.     ¡Dejadme salir!-(Queriendo desasirse de ella.)

FL.     (Sin dejarlo.) ¡Yo os lo diré todo, todo lo sabréis!

GUT.     (Con ira y sin poder desasirse todavía.)-¡Dejadme ya!

FL.     ¡Esperad! ¡esperad, por Dios! ¡ved que me perdéis! ¡ved que todo se pierde!

GUT.     (Desasiéndose violentamente de ella, y como apartándola de sí.) ¡Dejadme, mujer infame!-Piérdase aquí la honra de mi amigo: voy a traérsela limpia y pura-(Dando un paso que lo separa de la puerta, como yéndose.)

FL     (De rodillas tendiendo los brazos.) ¡Teneos por Dios!-

GUT.     (En el umbral de la puerta.) Dios no oye a los viles:-¡Él me ayudará! (Y sale.)

ESCENA 9ª

FLEISCH (sola)

FL.     (Levantándose espantada.) ¡Dios mío!… ¡Va a buscarlo!… ¡Va a matarlo!… (Mirando hacia la puerta primera de la izquierda.) ¡Corre ya tras él!… (Con gran angustia y desaliento.) ¡Ay de Possermann si no ha saltado la tapia!-(Como recogiéndose en sí misma.) ¡Por mi culpa,-por mi locura,-por mi amor funesto!-Grossermann habrá oído… (Yendo hacia la primera puerta de la derecha.) Vendrá aquí: (Deteniéndose y mirando pero sin cesar de hablar.) ¡Allí viene!-¡Dios mío! (Como si huyera de sí misma.) ¡Piedad! ¡piedad para mí! (Desaparece por la segunda puerta de la derecha.)

ESCENA 10ª

GROSSERMANN (solo)

GROS.     (Sale por la primera puerta de la derecha como si viniera precipitadamente desde adentro, creyendo que Fleisch estaba allí, se para de pronto; mira por toda la habitación, y dice como dudando.) ¡Me pareció que era ella!-Su voz en todas partes: ¡imborrable ante mis ojos su adorada memoria!-Nunca me han parecido los suyos como ahora que no miran para mí:-¡nunca vi tanta luz en su frente como ahora que de mí la esquiva!

     (En tono reflexivo.) Dable es que no me ame.-Frágil sería ella, y la fragilidad no es culpa de los hombres… Mas que abandone mi amor inmenso, leal, potente:-que trueque esta vida que le doy, alma que he dejado en su alma, regocijo inmenso del espíritu-por liviano deseo o grosero apetito… ¡eh! ¡idea vil!-Si no cabe en mí esta idea ¿cómo ha de caber villanía semejante en su corazón?

     Ponen las almas fuertes a los humanos pies calzado de espinas:-púsemelo yo, y anduve sin errores por las tinieblas de la vida.-Luz se llama al extremo del camino,-dolor la senda que a él conduce,-amigo del dolor, que es fiel amigo, miré al Sol, sentíme fuerte, anduve,-y la luz fue mi compañera, y el sol altivo brilló en mí.-

     Engendro raquítico es en lo común el hombre. Yo me alcé de mí por mi propio poder.-Ni ambición-que es miseria:-ni soberbia-que es pequeñez:-ni gloria-que es mentira,-tuve yo.-Tuve que, al abrir los ojos, vi error; tuve escasez, ruda y amorosísima maestra:-tuve que me oprimían, y como el fuego comprimido estalla más violento, creció el fuego,-abrasó mi corazón,-encendió mis ojos:-¡vil!

     Vi la debilidad, lo deleznable, la tiniebla.-Miré a la tierra; miré con afanes.-Bien la llaman en verdad: no había en ella más que tierra.-

     Y todo lo veía mi exaltable razón.

     Yo amé a mi madre inmensamente-que era mi madre,-y la amé falible y mujer.

     Yo amé a mi padre-que era hombre-y lo amé errable y débil.

     Nunca tuve desengaños, porque nunca tuve engaños. ¡Nunca tuve desilusiones porque no tuve ilusiones jamás!-Mas hubo un día en que unos ojos se fijaron en los míos,-ojos puros y serenos,-ojos claros que dieron celos al día. Sentí que mi cerebro se iba a mi corazón; sentí que latía más la sangre en el pecho que en la frente-¡sentí que amé!-

     Y cuando en brazos de esta ilusión encantadora me alzaba de la vida,-cuando creía una vez, la ilusión se rompe; el amor me engaña, los brazos se abren,-y caigo manchado de error, a esta tierra que olvidé.-

     ¡Bien, bien a fe!-Hombre fui creyente y necio:-¡sufra yo-ser mezquino-los mezquinos dolores del hombre!-

     Tú, alma, llega.-¿Quién era que te dejaste vencer?-Si carne,-¿por qué la amaste? Si impura,-¿por qué no viste?-Ciega eres, o carne también.

     Tú, ser, oye.-«Tú eres Dios-me decías;-Dios encadenado, Dios preso. Dios caído: ¡rompe el hierro, escala el cielo, sube, sube!-tú bajaste de él.»-Y subía, subía con ardor, herido y ensangrentado subía;-y porque creí, porque amé, porque gocé,-tú, ser; ¡vuélveme al hierro maldito, a la prisión odiosa, al humano dolor!

     Si Dios ¿por qué no veo?-Si hombre ¿por qué concibo a Dios?-¡Ea, cráneo!-¡rómpete! ¡cárcel de la razón,-montón estúpido de huesos:-polvo y cal! (Y da precipitados pasos y se sienta en el sillón, mientras aparecen por la segunda puerta de la izquierda Guttermann y Fleisch, como si trajeran de dentro diálogo vehemente.)

ESCENA 11ª

GUTTERMANN, GROS. y FLEISCH

     Sin ser notados por Grossermann, que sigue como abismado en su sillón. El diálogo tendrá lugar cerca de la segunda puerta de la izquierda, viva y rápidamente.

FL.     ¡Oh! ¡Callad, callad! (Sin reparar en Grossermann.)

GUT.     (Señalándole a Grossermann.) ¡Callad vos ahora! Grossermann está allí-vedlo; atormentado, extraviado, loco,-vedlo; ¡sin esperanza, sin honor! (Movimiento de Fleisch para hablar. Guttermann repite con energía aunque siempre en voz baja.) ¡Sin honor! Saltó ese hombre la tapia a tiempo tal que ya no lo hallé:-con él se iba vuestra vergüenza, la de Grossermann, la mía:-¡encomendadlo a Dios, si os oye!-Aquí vendrán por mi mano limpias y puras las honras que vuestra liviandad mancilla;-mas si aún sois capaz de honrado intento,-dad calma a ese infeliz.-Mentidle, si ya no cabe en vos amor, mas distraedle de su bárbaro penar.

FL.     ¡Ah! ¡pueda yo lograrlo!-¡Oídme luego! Vos también me escucharéis.

GUT.     (Rechazando con repugnancia la idea.) ¡Yo! ¡hablad, hablad a Grossermann!-Buscadme después.-(Se va por la puerta del fondo.)

ESCENA 12ª

GROS. y FLEISCH

FL.     (Nada al menos dirá a Grossermann.-Yo le avisaré del peligro; yo le pediré que se aleje de aquí. No lo conoce este hombre, mas el peligro de hoy renacería cada vez que nos viéramos.) (Oye a Grossermann que habla y adelanta unos pasos hacia donde está, y se para.)

GROS.     (Sentado sin reparar en ella y con desaliento.) Mía es su alma, decíame yo locamente, y el regocijo vivía en mí. ¡Ya no es mía, ya no me ama, ya no tengo donde me quepa mi dolor! Mas…, si sólo me ocultaba sencillez qué hago yo grave con mi necio temor,-¡si me quisiera todavía! ¡Ah!, ¡no! ¡no! (Desechando su esperanza.) ¡No me quiere ya!-preguntárame que sufro; no huyera de mí: ¡aquí viniera a calmar mi dolor! ¿quién huye del que ama? anda, y se detiene: «La culpa huye.»-Si me amara vendría.-¡Pero me deja solo!

FL.     (Que se ha ido acercando por un lado al sillón, de modo que al decir la última frase Grossermann, le dice ella muy cariñosamente, y poniendo una mano en su hombro con amor; no exagerado.) ¡Solo! ¿En qué piensas?

GROS.     (Saltando del sillón rudamente sorprendido y haciéndose atrás.) ¡Eh!… ¡Eh!… (Yendo hacia ella y con gran vehemencia.) ¿Me amas? ¿Me amas? (Fleisch queda como confundida por este exabrupto; él dice naturalmente, mas con dolor.) En ti, en ti pensaba; en ti que me amaste; en ti que fuiste luz de mi alma, mujer mía.-

FL     ¿Y ya no?

GROS.     ¡Ya no! Ya eres mujer. Mujer pura es ángel…, mujer caída por seducción es ángel todavía. Mujer envilecida por su voluntad, mujer manchada por el deseo, ¡es carne, es polvo, es fango, es vil!

FL.     Y, ¿piensas tú eso de mí? ¡Ay! Yo creí que algún día no me amarías: pero nunca creí que me ultrajaras.

GROS.     ¿Que te ultrajé? Perdón: yo no quise ultrajarte. Pero la criatura engañada, el ánimo devorado por una bárbara sospecha, no ultraja aunque ultraje, no ofende con ofender. Es que el alma alzada al cielo de la venturosa confianza y súbito caída por engaño traidor a las realidades de la tierra…

FL.     ¿Que yo te engaño?

GROS.     ¿Que lloras?-Oye: a mí me han dicho que las mujeres lloran cuando quieren. ¿Es esto verdad? No, no lo es. Mujer era mi madre y lloró: ¡no crea yo nunca que mi madre envileciese al llanto! En ojos de mujer, ¿qué cosa viste tú más bella que las lágrimas de amores, que lágrimas honradas y sinceras?-¡Llora: llora!-Así, aunque me engañes, creeré que no me has querido engañar. Así, aunque no me ames, creeré que te arrepientes de no haberme amado.-(Sentándola.)

     (Con tono de débil esperanza.) Yo hacía de ti mi vida; de ti hice yo necesidad y adoración:-confiado en tu afecto, dábame por ti con alegría a los más rudos y afanosos trabajos. «Espéranme-decíame yo con regocijo-los brazos de mi amada esposa: cuando ella sepa que he hecho este bien, que he alcanzado esta gloria recibiráme en ellos con entusiastas alegrías, dará a mi frente con sus besos suave y enamorado calor.»-Fui por ti más laborioso;-por ti mejor, por ti más afectuoso y caritativo:-para que tú me amaras, parecíame poco lograr los intentos de todos los hombres, todos los triunfos de este mundo:-por ti creí menos en Dios, por ti amé yo la gloria, que es la más necia de las creaciones de la tierra, porque con el amor de todos los hombres te quería a ti yo.

FL.     (¡Ay de mí!)

GROS.     Y cuando a ti venía en busca de caridad y de ternura, cuando abrumaba mi espíritu historia fatal,-¡historia de fuego que me está abrasando la frente!-cuando hubiera deseado hallarte más cariñosa…

FL.     (¡Necia de mí!)

GROS.     Te hallé fría a mi ardor, inmóviles tus brazos, inquieta y sin sosiego como si ansiaras desasirte de mí.

FL.     ¡Si es que tus celos exaltados ven cuerpos en la sombra!

GROS.     Y me dijiste que no entibiaban en mí los años el ardor…

FL.     Díjelo sólo…

GROS.     Tú lo dijiste… Tú, que decías que me amabas tuviste tiempo para pensar en que yo tenía años.-Tengo yo canas.-Cuarenta veces en mi vida he visto cómo los árboles-compadecidos en el invierno de la tierra,-le envían para protegerla del hielo sus hojas secas y marchitas:-cuarenta veces he visto tornarse a la primavera las hojas caídas en flores hermosísimas, porque eran hijas del agradecimiento y de la luz:-cuarenta veces ha abrumado mi frente el peso sombrío de la melancólica atmósfera de otoño: ¿pero entiendes tú un espíritu tan potente que anime con su fuego las entrañas heladas del invierno, que rompa por encima de toda pesadumbre, que doble con su peso el cuerpo que lo aprisiona y que lo encierra?:-¡ése es mi espíritu!-¡El cuerpo cada día se me hunde: el alma, más libre cada día, es por instantes más enérgica y alta!-La nieve de mis canas no es la ceniza que deja el fuego al morir; es la capa blanca que rodea al hierro ardiente y encendido.-Eres bella; yo no te amaría si la belleza no fuese lo menos hermoso de ti, si las flores perdurables de tu alma-porque, aunque no me ames, ¿tú serás pura?-¿verdad, luz mía, que tú serás siempre pura?-no valiesen más, mil veces más que esas flores perecederas de tus mejillas.-¿No estás pálida, verdad, tú no estás pálida? ¡Desventurada tú, desventurada la mujer en quien la belleza de las formas es la prenda mejor!-¡Barro innoble,-carne muerta,-carne imbécil! carne serías tú si no entendieras estas sombrías exaltaciones de mí alma. (Alzándose bruscamente del escaño.)

FL.     (Afectando amargura.) ¡Ah! ¡Grossermann! ¡Sólo lo grande de tu dolor disculpará tanta injusticia para mí! (Levantándose.) Tú consolaste mi soledad…

GROS.     (Creciendo en ansiedad a cada pregunta.) ¿Verdad que la consolé?

FL.     Tú fuiste padre, hermano, esposo enamorado…

GROS.     ¿Verdad que lo fui?…

FL.     (Creyendo que él la cree.) Débote la paz de mi vida, el bienestar de que gozo, la calma que disfruto…

GROS.     ¿Verdad que sí?…

FL.     Débote amor tan grande que nunca lo vi igual…

GROS.     Sí, verdad, verdad… (Irguiéndose.) Pues si todo eso es verdad, ¿por qué no me amas?-(Con desesperación.)

FL. (Afectando energía.) ¡Injusta idea que ya ni quiero rechazar! ¿qué gozas en atormentarte? ¿que pierdes la razón?

GROS. (Con dolor al principio y un vehemente acento de pasión en el resto de estas frases.) ¡Ah! ¡no! ¡no!-Es que te pierdo, y lucho desesperadamente por retenerte,-porque tú-mujer amada, adorada criatura, ser que se hizo mi deseo fantástico y divino, ¡tú eres lo único de la vida que yo no quisiera perder! Dime, dime que me quieres, dime que el fuego de mis ojos enciende en tu alma ardiente y vehementísimo cariño,-dime que me amas… ¡aunque no sea verdad!-(Con acento de súplica apasionada:) mas que lo sea… que no me engañes… que no olvides tú con qué pasión inmensa en ti se fijan mis ojos, con qué enamorado regocijo te miro, te estrecho, te hablo, y me parece que lentamente, gota a gota, instante a instante se me va llenando de cielo el corazón! (Con viveza:)-verías tú cómo no hay mayor felicidad que esta honrosa ventura, esta dulce confianza, esta inefable delicia del santo y lícito amor. Verías tú con qué dulcísimo contento…

     (En el entusiasmo de estas frases, Grossermann se ha acercado completamente a Fleisch, y al llegar a esta frase, mira su pecho, ve un papel, y súbitamente herido por duda más ruda que nunca se echa para atrás estupefacto, como no queriendo creer…)

FL.     (Con acento de ternura.) ¿Qué tienes? ¿Por qué no me hablas? ¡Si vieras cuánto me gusta oírte hablar!…

GROS.     (Un papel…) (Como absorto.) Fleisch, Fleisch.-

FL.     (Con solicitud extrema.) ¿Qué, qué es?

GROS.     Tú tienes… un papel.-

FL.     (Aterrada y llevando como sin poder evitarlo la mano al pecho.) Yo… yo… yo no tengo papel alguno.-

GROS.     (Con ira y como yendo a tomárselo.) ¿No? ¿no?-(Afectando calma.) Me pareció que tenías un papel.-Dime: ¿sabes tú la historia de Frank?

FL.     No.-¿Por qué hablarme ahora de ella? ¡Háblame de ti!-

GROS.     ¿No la sabes?-es una historia de que se burla mucha gente, que hacen sin sentir muchas miserables mujeres.-(Con ira mal disimulada.) ¿Me engañarías tú a mí? (Fleisch baja la cabeza confundida.) Pues su mujer engañó a mi amigo:-mira tú, mira tú si es torpe y vil-(Pausa: Fleisch no habla.)-Frank la amaba. Frank la amaba como yo te amo, y cuando se ama, así, las sospechas caen en el alma como fuego voraz, los pensamientos se aglomeran en tumulto, la razón se olvida, el amor se acaba, la ira empieza… ¡Mujer, dame ese papel!-

FL.     Si yo no tengo papel alguno, si es sueño de tus celos.

GROS.     ¡Mientes!-Hermana infame es la mentira de la culpa.-Dime ¿no sientes que la vergüenza te ahoga, no te desprecias, no te mueres delante de mí?-Mírame, mírame bien-yo fui quien consoló tu soledad, (Tomando la mano de Fleisch, que a cada frase vuelve la cara como para alejarse de él)-yo fui tu padre, tu hermano, tu esposo enamorado;-tú me debes el bienestar que gozas, la calma que disfrutas;-tú me debes amor tan grande que no tuvo jamás amor igual:-yo te hice mi compañera. (Fleisch vuelve el rostro como si quisiera no oírlo.) ¡Mírame!-yo te dí bienestar, consuelo, calma, paz;-yo te dí mi alma, yo te dí mi honra:-¡mírame!-

FL.     (Como intentando, pero sin violencia, desasirse de él.) ¡Oh! ¡me martirizas!

GROS.     (Sin dejarla) ¡Mírame! (Dejándola bruscamente y alejándose unos pasos de ella.) Mas no; no me puedes mirar: ¡el fango no tiene ojos, el fango no se levanta de la tierra! (Volviendo precipitadamente a ella.) Tú, un papel que me ocultas. (Con calma forzada.) Dámelo.

FL.     (Siempre confusa.) ¡Si es locura de tus dudas!

GROS.     (Creciendo a cada frase en ira.) Mira que la sangre se me agolpa a los ojos.

FL.     Si sueñas…

GROS.     Mira que la razón se va de mí. (Yendo a ella e intentando quitárselo.)

FL.     (Resistiendo no demasiado.) No, no lo tengo.-

GROS.     ¡Dámelo! ¡Dámelo!

FL.     (Que defiende con sus manos el pecho.) ¡Oh!-me haces daño…

GROS.     Dámelo.-

(Cae el papel al suelo.)

FL.     ¡Ah! (Y se echa de rodillas sobre él.-Grossermann va a lanzarse sobre ella.-Entra Guttermann precipitadamente por la puerta del fondo.)

ESCENA 13ª

GROS., GUT. y FLEISCH

GROS.     (Volviéndose bruscamente a él.) ¡Eh!… ¡Eh!… ¿qué quieres? (Volviéndose al público y afectando calma.) No… no… no es nada… ésta que se ha conmovido, (Volviéndose a Fleisch con ira) ¿verdad que te has conmovido?-Sí, Guttermann, con la historia de Frank.-(Guttermann alza a Fleisch.) ¡Historia cruel, historia tremenda y fatal!-(Volviéndose a Guttermann.) Dime, ¿qué hizo Frank al amante de su mujer?

GUT.     (Con asombro y reconvención.) ¡Grossermann!

GROS.     (Con ira e insistencia.) ¿Qué hizo Frank al amante de su mujer?

GUT.     (A él de la mano, y mirándola a ella, como si no hubiera querido responder.) ¡Lo mató! (Movimiento de terror y súplica al cielo, de Fleisch. Grossermann se adelanta a un lado de la escena, como recogido en una idea, y se dice a él mismo con voz sombría.) ¿Conque… lo mató?…

CAE EL TELÓN

Acto 3º

ESCENA 1ª

GUTTERMANN (solo)

GUT.     ¡Aquí, aquí el villano!-¡Día terrible éste en que parece que todas las desgracias se reúnen!-¡Brazo mío, ni miedo ni parar!-Un miserable esquivó tu furor y me ultrajó: a él iremos a buscar mi honra: pediréle primero la ventura de mi hermana, que vale más la ventura de la manchada que la ruda venganza de la mancha.-Si una vez me la niega, yo se la pediré otra vez, y si dos veces la negara, ¡caeré sobre él con ira tanta que allí quede ejemplo de villanos y castigo de mi baldón!-Aquí estuvo, conócenlo en la ciudad, aquí lo han visto.-Dícenme a más que ha días ronda las cercanías del jardín:-nueva seducción proyecta quizá: otra desventurada mujer le dará a estrujar su alma:-¡Boa infame, chupará y arrojará luego sin vida otro incauto corazón!-¡Ser, ser creador, si ves esto y no lo estorbas, si miras esto y lo consientes, si miras tranquilamente cómo goza la maldad, maldito y execrado sea tu ser!-(rápidamente.) Mas no, no lo consientes:-haces la tentación y haces el cielo: los enseñas al hombre y el hombre elige: el que elige la tentación es el maldito.-

     Den mis iras espacio a aliviar la desgracia de mi amigo.-Pues aquí está, aquí lo hallaré.-

     Consuele yo hoy a Grossermann, a este hermano de mi alma: luego buscaré al que me infama, y, sombra o rayo, si aquí vuelve, ¡aquí hallará castigo el que lo infama a él!

     Cegué de ira esta tarde cuando vi a ese hombre al lado de esta infame mujer. ¡Cegara yo antes de verlo!-Mas con rapidez tal huyó,-que ni a saber quién era alcanzaron mis esfuerzos: ¡no huirá, si vuelve!-¡Si fuera…! no, no puede ser; él sabría ya que aquí vivo, y huiría desatentado de mí: no puede ser él.-

ESCENA 2ª

FLEISCH y GUTTERMANN

GUT.     (Que al volverse encuentra a Fleisch que ha entrado por la puerta primera de la izquierda, con asombro y disgusto:)-¡Fleisch!

FL.     ¡Ah! ¡Guttermann! ¡No os imagináis con qué ansiedad angustiosa espero que le habléis!

GUT.     Y ¿a qué venís a mí?

FL.     ¿Qué, vos también, el único que puede ampararme, me rechaza?

GUT.     Pues ¿no os rechazáis vos misma? ¿Qué extrañáis que os rechace yo?

FL.     ¡Nunca juzgué tanta mi desventura! (Llorando.)

GUT.     ¿Lloráis ahora de terror, después que os mancillasteis con la falta? ¡Valiera más que hubierais llorado de vergüenza antes de haberla cometido!-

     Concertado está el engaño;-mas no engaño yo por vos a Grossermann; engáñolo por él, por cariño de hermano hacia esa alma tan noble que os ha cegado con su resplandor.-Hallado el medio ¿qué me queréis ya? Por él velo, por él velaré siempre; ante él-nada más que ante él-seré siempre lo que fui para vos.-Ahora, recogeos en vos misma: llorad, si os place, que toda una existencia de lágrimas no basta a redimir un alma de tan liviana caída como la vuestra.-Y oídme:-sombra dijisteis esta mañana que era el que os hablaba:-sombra pudo ser el que escapó hoy a mi ira.-

     Si la sombra de un hombre hiere una vez más aquí mis ojos,-sé yo terrible manera de matar a las sombras.-Con la vida del que se lo ofenda, sabré yo sellar el respeto infinito que debéis a Grossermann.-Quedad en paz.-

FL.     (Con terror al oírlo.) ¡Oh! mas aguardad…

GUT.     Nada aguardo ya.-Preparada una vez esta comedia que ha de dar a Grossermann mentida felicidad, ni os conozco, ni os amo.-Siento frío ante vos. Siento dolor, zozobra, ira.-¡Siento que me abrasa el rostro esa vergüenza irritada que enloquece a mi amigo, y salta de sus mejillas a las mías! (Movimiento de Fleisch para hablar.)-Quedad en paz, si la hay todavía para vos,-y en ella, no olvidéis de cuán terrible manera sé yo desvanecer las sombras.-(Se va por la segunda puerta de la derecha.)

ESCENA 3ª

FLEISCH (sola)

FL.     Sin misterio me amenaza:-sin compasión me hiere: ¿qué no merezco yo? Por instantes crece, más cada vez me espanta la angustia de mi situación. Mi turbación, aquella carta funesta, me vendieron; mas si ve a mi esposo Guttermann, si hay en su alma todavía una senda abierta a la esperanza, si no duda de él también, aún puede volver a mí la calma que tan rápidamente me dejó.-¡Ocultos están largo tiempo la traición y el engaño, mas una vez sospechados, tienen para ser descubiertos rapidez asombrosa, alas malditas!-

     Yo no sé qué es de mí,-no sé qué extraño dominio me sujeta el lado de Grossermann:-«Esposa, me dice, mías sean las venturas de tu alma.»-«Mujer, me dice Possermann, mujer divina y encantadora,-mía sea la flor de tus amores, mía siempre la hermosura de tu ser.» Paréceme el uno tarde severa y nebulosa: día el otro de espléndida luz.-No sé qué misterioso poder me encadena a mi marido. No sé qué loca voluntad me aleja de él.-Quiero a veces apartarme de Possermann, huirle; a ello me decido, para ello lo busco; mas viene, me mira, lo miro, y ¡ya no puede ser!

     Días ha leíame Grossermann un libro en que sostenía una mujer lucha igual, en que así combatida-en ella se devoraban los afectos sin poderse vencer.-«Mira-me dijo-¿ves tú esta mujer? Yo la llamaría tiniebla.»

     «¿Por qué?»-le pregunté.-«Porque el ansia de la carne la arrastra y la luz de su esposo la ciega.»-«Vive en mí, Fleisch»,-me dijo entonces:-«¡sé tú mi claridad, mi luz, mi fe!»

     Y me abrazó a su pecho, me miró luego con suprema delicia, puse yo mis labios en los suyos, y él los alzó a mi frente y me dejó en ella beso prolongado, ardiente, grave. ¿Por qué me besó en la frente y no en la boca? ¿Seré yo la tiniebla que él decía?

     Mi marido me rechaza, su amigo me avergüenza, ese hombre a quien amo me abandonará tal vez… (Voz de adentro:-¡Guttermann! Volviéndose como si hubiera oído ruido hacia la primera puerta de la derecha.) ¡Dios mío! ¡Grossermann!¡Hacia aquí, hacia aquí viene! (Con desaliento.) ¡Mis pies no me oyen: aquí me clava mi culpa: mas Guttermann no le ha hablado, el dolor lo exalta, fiero estallará al verme… No… no es posible que me quede! (Yendo hacia la segunda puerta de la derecha.) ¿Dónde encontraré valor?

ESCENA 4ª

GUTTERMANN y FLEISCH

GUT.     (Saliendo rápidamente por la misma puerta como si viniera a buscarla) ¡En el arrepentimiento, en vuestra culpa propia, en esa alma inmensa que estáis arrebatando a la vida!

     Él llega, id y llorad:-llorad eternamente, que toda una vida de vuestro llanto no vale una hora de su dolor:-llega: ¡venid! (Salen por la segunda puerta)

ESCENA 5ª

GROSSERMANN

GROS.     (Sale por la primera puerta de la derecha.) ¡Tampoco está aquí Guttermann! ¡Solo, todo solo, y muerto y frío todo desde que ella ha muerto para mí!-Consúmase mi llanto al fuego de mis ojos:-ahora ¡estos ojos estúpidos no saben más que llorar! ¡Que no me amara!… ¡bueno! Yo me amaría.-Pero, que otro la acaricie, que otro la ame, que ponga otro sus labios donde yo puse los míos… ¡oh, no! ¡no puede ser! ¡estarían negros!-

     Yo viví, alenté, trabajé por la felicidad de aquella vida ingrata;-yo le dí mis alegrías, yo le oculté mis penas; yo hice de su existencia bienaventuranza y claridad;-¿y ella acaricia, abraza, besa a otro hombre, mientras yo le daba vida, sueño, aliento, amor?-Fuera que la tierra toda era desgracia,-¡que la tierra entera se hubiera desplomado sobre mí!-si fuera así, si es ciega la ventura y alza en brazos al infame y hunde en bárbaro dolor a los justos, ¿quién es Dios?-Injusto, no:-no puede ser: ¡vale más pensar que sería loco!-

     Y en este rudo penar, en este devorar de pensamientos, en este acariciar y desechar las ideas-¡huyen de mí la calma fría, la razón pequeña, la miserable esperanza, y yo que no vi antes más que tierra en la Tierra, mírola ahora toda negra y sombría, llena de tinieblas y de sangre!

     Sangre-que es vida, vida en la Tierra-vida de uno. Mis ojos avarientos, abarcaban de una mirada el mundo, y otros mundos, y más;-y la vi, y los puse enamorado y loco en ella… ¡donde yo puse los ojos, no caben ya más ojos que los míos!-

     Esperanza risueña, engaños claros, traiciones temidas, confianza, desconfianza, horror, amor: esto, en mezcla horrenda, en caótico revolver, en encontrarse y luchar y devorarse,-¡esto es dudar!

     Y querer, y querer a mujer,-y guardar toda una vida para amar y amar con todo el vigor de una existencia,-y vivir en el cielo un día de ventura y caer del cielo rudamente,-mirar a la tierra en la caída, luchar con el aire, combatir cayendo, volver desesperado las manos a la perdida luz, ¡esto es dudar, ésta es mi duda horrible, éste mi espantable combatir! ¡Combato, lucho, me agito, lloro, muero! ¡No! ¡vivo! Vivo como nunca viví, vivo de lucha y de dolor; porque muero, vivo, que nunca está el hombre más cerca de la vida, que cuando está cercano su morir.-

     Recuerdo que me amaba; fínjomela como en días risueños complaciente y afable, fínjomela casta, mía me la finjo,-y, cuando a la dulzura de esta imagen tiéndense a ella mis brazos amorosos,-dudas, preguntas, temor de mancha, iras indomables álzanse rugiendo en mí, y ahogan mi deseo y endurecen mis brazos-este ir y venir y caer y levantarse de bárbaras ideas.-

     ¡Lucha eterna entre la razón y las pasiones! ¡En vano es que una razón severa se prepare para combatirlas, en vano que las espere con vigor, locura luchar contra ellas! Vienen, y encienden, y devoran: llegan, y alientan, y matan; y apenas laten en el pecho, álzase con ellas este hombre-fiera que duerme escondido en el fondo del hombre; y crece en una hora más que en una vida el hombre, y salta del humano ser, ¡y lo destroza y lo desgarra a su terrible despertar!

     Así despierta en mí; así me devora, así se alza; ¡ruja, vuele, arrase, mate-si mata! ¡Ni yo lo hice, ni yo lo despierto, ni yo he de responder de lo que él haga!… ¡Reflexión, calma, paz, todas estas fortalezas que amontoné yo para mi vida, todo este dominio en mí, todas las fuerzas de mi razón, caen heridas a manos del agostado amor de una mujer! ¡una debilidad pierde una vida! yo, hombre,-¡muero a manos del hombre!-¡Ser flaco, ser flojo! ¡cae siquiera como Luzbel, ya que subiste como Dios!

     Guttermann calla, calla esa triste, todo calla: ¡ay de todos cuando me olvide enteramente de mí mismo! ¡ay de mí! ¡ay de…!

ESCENA 6ª

GUTTERMANN y GROSSERMANN

GUT.     (Que entra por la puerta más cercana a tiempo de cortar la frase de Gros.)-¡Sin tregua exaltado!-

GROS.     ¡Eh! ¿qué quieres?… Pensaba en mí, pensaba en que todo favorece a la traición, en que todo me engaña, ¡en que me engañas tú!-

GUT.     ¿Yo?…

GROS.     ¡Tú!… Dime: figúrate que yo sé dónde está el hombre que sedujo a tu hermana…

GUT.     ¡Grossermann!-

GROS.     Figúrate que lo conozco, que lo he visto…

GUT.     ¿Que lo has visto?

GROS.     Figúrate que sé de él casa, lugar, nombre, todo lo que a tu honra falta, todo lo que necesitas saber…

GUT.     ¡Dilo, dilo!

GROS.     ¡Figúrate que nada te quiero decir!-

GUT.     Pues di, desventurado, ¿si todo lo sabías, por qué callaste?

GROS.     Pues di, desventurado, si me miras morir, ¿cómo es que callas?… Porque tú lo ves, tú ves a Fleisch, tú lo sabes todo: infame es el amigo que permite a su amigo la deshonra: ¿qué sabes tú?

GUT.     (En tono de reconvención.) Sé que te vas volviendo necio; sé que raya en extravío tu loca exaltación… (¡Pobre ardid de la sospecha! ¡nada sabía el infeliz!)-

GROS.     ¡Ah! ¡Sí!-Es verdad: ¡más que loca, más que tinieblas, más que horror! (Sentándose en el sillón.)

GUT.     (Tal parece que puso la fortuna empeño en serle favorable esta vez: ni él leyó la carta, ni nada de ella me dijo: ni ha visto a Fleisch después; séale, pues, consolador, este engaño mentiroso; sea tregua a su pesar, mientras esa mezquina criatura lo despierte con nueva traición.) (Dirigiéndose a él.)

GROS.     Y todos lo sabrán, y todos lo contarán, y yo, yo solo no lo sé, (levantándose y yendo hacia Gut.) Tú has ido a la ciudad: tú has visto a mis amigos: alguien te habrá hablado: ¿qué te han dicho de mí?

GUT.     (Haciéndose extraño al suceso.) ¿Que qué me han dicho?

GROS.     (Con vehemencia creciente.) Sí… ¿qué te han dicho? porque ahora dirán cosas diferentes a antes; tiene la murmuración lengua de rayo: ¡todo el mundo lo debe saber!-¡Habla! ¿Qué te han dicho?-

GUT.     Pero, ¿qué es lo que todos deben saber? ¿qué te agita así?

GROS.     Pues, ¿no la viste a mis pies? Pues, ¿no lo sabes tú? ¡Ah! sí: era desgracia mía. ¿Cómo era posible que no la viesen los demás? Y ¡con qué infame placer ven caer al fuerte los caídos! ¡Con qué villano regocijo gozan las almas miserables en la desesperación de aquel cuya calma envidiaban!-¡Cómo gozarían ahora en mi tormento los viles de la ciudad! ¡Gocen, rían!-Si ante mí ríen, ya no reirán jamás; y si me escarnecen, si se mofan… ¿qué, alma? ¿que te vuelves mezquina con las ajenas mezquindades?-Si ríen, ¡ríanse!-La deshonra es del que deshonra a los demás.-En este supremo dolor, en este agudísimo penar que compendia los infiernos, el deshonrado no es el que lo sufre,-¡el que lo provoca!-El deshonrado no es el que escogió a una mujer para su mujer, y le dio el lustre del nombre y el calor de su hogar, y el producto de su trabajo y todas las solicitudes de su vida al que todo esto arranca por el apetito estúpido de carne, la envilecida criatura que deja que en sí sacien el repugnante deseo; ¡ésos, esos viles, nada más que ésos son los deshonrados!-el marido noble, confiado, engañado, ¡no! ¡éste tiene la honra íntegra y pura!

GUT.     ¿Que el tuyo te falta? ¿Que de nuevo dudas? ¡Nada quiero saber, nada sé de lo que estás diciendo!

GROS.     (Con ira.) ¿Nada?… ¿nada? Pues yo voy a decírtelo: ¡óyeme bien! Era una casa venturosa; las almas se parecían al cielo: los cuerpos estaban enamorados de las almas. Eran un honrado marido y una honradísima mujer.-Y una vez, cuando oscurecíase el cielo de su brevísima ventura, cuando nublaba fatal sospecha la paz que un día logró-¡y era el día primero de paz de su vida!… el marido hablaba con la mujer, la mujer temblaba ante el marido, contábale una historia de esposa criminal, quiso ella desasirse de él, quiso él sujetarla a su furor, cayó carta culpable del seno de la esposa, lanzóse a ella el marido, cayó la mujer sobre la carta como sobre la vida que se le escapase cayera,-¡por qué estas infames necesitan aún la vida!-sobre el papel arrodillóse, cubriólo con su cuerpo, lanzóse él a ella… y, a no entrar importuno personaje, ¡allí hubiera la razón extraviada del esposo cometido espantable violencia!

GUT.     (Tomándole de la mano y adelantándose con él al centro de la escena.) ¿Era yo el personaje importuno?

GROS.     (Como arrepentido de haberlo dicho.) ¿Tú?

GUT.     Sí: ¿era yo?

GROS.     (Como vencido.) ¡Tú eras, tú!…

GUT.     ¿La mujer, tu mujer?

GROS.     ¡Ella era… ella!

GUT.     ¿Tú, el marido? ¿Suya la carta que alcé del suelo donde tu indomable carácter la arrojó?

GROS.     ¡Aquélla, aquélla era la carta!…

GUT.     (Dejándole la mano.) Pues, necio, ¿y si dudas de tu esposa sin razón? ¿Si es Fleisch inocente?

GROS.     (Con alegría y duda y temor y sorpresa mezclada.) ¡Inocente!

GUT.     Y ¿si era esa carta patentísima prueba de cariño para ti?

GROS.     ¿Que me ama? ¿Que la carta no era de un hombre? A ver… a ver… dímelo otra vez.-

GUT.     Fiel es y honrada como siempre fue-si te ama…

GROS.     (Con explosión de alegría.) ¡Si me ama! (Como reflexionando.) Puede ser verdad… (Exclamando.) ¡Ah!, ¡sí! ¡debe ser verdad! ¡Sólo una alegría tan grande podría venir tras tan grandes dolores! Si la noche es tan negra para que el día sea más claro: ¡la duda es tan terrible porque sea más venturoso el amor! Pero ¿estás tú seguro? ¿tal que desaparezca mi dudar, tal que ni la sombra de un recuerdo de traición me exalte otro día, tal que todo sea para mis ojos ansiosos espacio clarísimo, ventura y claridad? Que esa carta no era de un hombre… que es inocente… Tú me engañas… tú me consuelas… ¡Torpe! mi razón puede morir en esta lucha: ¡mi alma no!-

GUT.     ¡No se consuela de un dolor imaginario! Yo sé por qué tu esposa ocultaba aquella carta; yo he visto lo que te digo.

GROS.     Sí, ¿dónde, cómo, dónde lo has visto?

GUT.     Donde sin tus locas iras lo hubieras podido tú ver: en las leales manos de tu esposa.

GROS.     ¡Leales!… ¿Mentirías tú? Tú sabías de quién era, qué decía, por qué me la ocultaba… a ver, tráemela, dámela… ¿qué esperas? ¿por qué no me la has dado ya?-

GUT.     Esa carta era un peligro para ti.-Tus palabras iluminan al pueblo, y tú sabes cómo no descansan en perseguirte los señores…

GROS.     Pero esa carta….

GUT.     Esa carta debe ser suya.-Tu popularidad y el amor que en la ciudad te tienen los estorba.

GROS.     Pero ¿qué decía?

GUT.     En esa carta se excitaba tu honra y te llamaban a lugar arriesgado de modo tal que, leída por ti, no hubiera tu valor imprudente oído la razón.

GROS.     Y ¿Fleisch?…

GUT.     Fleisch arrostró tus iras y tu sospecha sin que pretendiera un instante sincerarse, porque su sinceridad era tu riesgo.

GROS.     Pero ¿es eso verdad?

GUT.     ¿Cuándo mentí?

GROS.     ¿Que era amor lo que yo juzgué un engaño?

GUT.     Ya ves cómo ha arrostrado tus iras por salvarte…

GROS.     Qué ¿no me engañas?

GUT.     Como es fiel…

GROS.     ¿Verdad que es fiel?

GUT.     Como es honrada…

GROS.     ¿Verdad que lo es?

GUT.     Como es pura, como es inocente, como siempre te amó.

GROS.     (Hablando al mismo tiempo que Gut. y con acento de convicción.) Sí, sí, si me ama, si es inocente, si yo lo creo, si es mentira que yo haya podido dudar…

     Pero esa carta, esa carta, por Dios: ¡mira que muero de impaciencia, de ansiedad!

GUT.     (Sacando una carta.) Ella hará que te arrepientas de tu error. Hela aquí.

GROS.     (Tendiendo la mano.) ¡Aquí! Ésa… ésa es; (Retirando la mano.) ¡No, no me la des, si yo no creo que me engañes! (Gut. va a guardarla: Gros. tiende la mano.) ¡A ver… a ver… (tomando la carta) que esta carta… que ella es inocente… que voy a verlo… que me ama! (Exclamando.) Yo por esta carta la infamaba: de aquí va a salir noble y pura como antes: ¡bendita, bendita seas que me enseñaste a perderla para gozar luego este inmenso placer de recobrarla!-(Abre la carta trémulo y ansioso.)

GUT.     (¡Infeliz!)

GROS.     Aquí me lo dice… aquí me llaman…aquí me citan, ¿qué más prueba quiero ya?-Noble es y pura; pura y me ama… ¡abrázame, hermano!-¡qué inmensa alegría! ¡abrázame otra vez! ¡no hubiera aquí más gente a quien pudiera yo abrazar!-¡Inocente, y pura, mía! ¡Si ya lo sabía yo! Si no podía ser que me engañase… Yo he dado mi vida a esta mujer-decíame yo:-he hecho de ella adoración, consuelo, paz;-díla riquezas, ternura, hogar, calor,-díla mi alma entera ¿cómo había yo de creer que ella me engañara?-Mía, mía es su alma todavía como antes. (Yendo de una puerta a otra para llamarla.) Fleisch… Fleisch mía… (Deteniéndose en el centro de la escena.) ¡Qué hermoso está todo! ¡Parece que el cielo se me abre! ¡Parece que el cielo mismo se me entra en el corazón! (A un movimiento de Gut.) ¡Vamos, vamos a buscarla! Estará en el jardín… en la casa cercana… por aquí… por aquí más pronto… (se detiene un instante) ¡mía y pura! (A un movimiento de Gut.) Sí, sí, vamos… vamos… (Salen.)

ESCENA 7ª

GUTTERMANN (solo)

GUT.     (En el umbral de la puerta por la que ha salido Gros.) Corre ya el triste en pos de su engañosa felicidad, y alienta todavía el que me ultrajó. Cuerpo era sin alma Grossermann que va desatentado en pos del alma perdida: ¡cuerpo soy yo sin honra que no la merezco hasta que no la recobre! Él es feliz: ¡hónreme ahora yo! (Sale a tiempo que entra precipitadamente por la primera puerta de la izquierda Fleisch seguida de Possermann.)

ESCENA 8ª

FLEISCH y POS.

FL.     ¡Desventurado! ¡Huye de aquí! mi marido habla quizá en este instante con Guttermann, convéncelo con carta fingida: ¡huye de aquí!

POS.     ¡No sin verte un momento! ¡no sin hablarte ahora que suerte infausta me obliga a alejarme de aquí!

FL.     ¿Qué?, ¿que te vas?-¡aguarda, aguarda entonces!-¡oh, día terrible que aún me guardabas este fiero dolor!-¿Por qué te vas? ¿Qué te arranca de aquí? ¿El amor quizá de una mujer? ¡Yo te amo más que nadie te amaría! ¿Las iras de mi marido? ¡Yo las arrostraré todas para mí, y te libraré a ti de ellas! Pero no te vayas… piensa a cuántos peligros me expuso tu cariño, que por ti desafío ahora mismo la cólera de Grossermann,-¡piensa que te amo!

POS.     ¡Imposible, Fleisch! Enemigo implacable me persigue y no podrías tú librarme de él… Para verte última vez subía.

FL.     ¡Última vez!

POS.     ¡Última, Fleisch mía! Quede en ti siempre fija la memoria de esta ardiente pasión: tú me amaste…

FL.     ¡Te amo!

POS.     ¡Mías fueron tus horas de delirio, mía la hermosura de tu ser! ¡piensa que nunca olvidaré yo tu belleza! ¡piensa que con la memoria de los tuyos, morirá en mí siempre el recuerdo de todo otro amor! ¡piensa, bien mío, con cuánta delicia ahogué yo en tus labios, al nacer de los tuyos, estos besos febriles y ardientes que al partir todavía de tu lado me están quemando el corazón!-(El grupo debe estar de manera que dé Fleisch la espalda a la primera puerta de la derecha por la que saldrá precipitadamente Gros.)

ESCENA 9ª

GROS., POS. y FLEISCH

GROS.     (Yendo a ella con los brazos abiertos.) ¡Fleisch, Fleisch de mi alma! (A su exclamación se vuelve Fleisch, Gros. ve a Pos.) ¡Qué! (Haciendo un paso atrás.) ¿Es verdad?… ¿Es verdad?… (Yendo a Pos. que protege con su cuerpo a Fleisch.) ¡Infierno, infierno! (Y se arroja sobre Pos. que ha buscado un arma sin hallarla en su cinto, al caer Gros. sobre Pos.)

FL.     ¡Jesús! (Y cae arrodillada cubriendo el rostro con las manos.)

POS.     (Luchando inútilmente por desasirse de Gros. que le lleva hacia la primera puerta de la izquierda.)-¡Perdón; perdón para ella!

GROS.     ¡Maldita sea!

POS.     ¡Perdón si muero! (Ya junto al umbral.)

GROS.     (Ya entrando.) ¡Muere! ¡muere! ¡Y ella después! (Desaparecen por la puerta.)

FL.     ¡Dios de mi vida, misericordia para mí! (Se oye la caída de un cuerpo.)

GROS.     (Sale y exclama.) ¡Loco, loco, loco era, Dios! ¡Muerto ese hombre! muerto a mis pies ¿qué pienso? ¿Qué dudo? ¡Bien muerto está!-Él me mató mi alma: yo le he matado el cuerpo-él me queda a deber todavía: ¡bien muerto está! (Fleisch que ha debido alzarse espantada al verlo volver, quiere huir, y apoyarse desfallecida en la mesa,-Gros. reparando, al volverse, en Fleisch; yendo con furor a ella.) ¡Y tú vives, tú alientas, tú lo amaste!-Tú como él me manchas: ¡a ti como a él! (Alza sobre ella la mano armada de un puñal.)

FL.     (Cae arrodillada.) ¡Perdón!

GROS.     ¡Muere! ¡ah! ¡no! (Dejándole el brazo y apartándose.) ¡Qué infamia!-¡Es mujer! (Yendo a ella y alzándola del suelo.) Vil, vil criatura, yo te amaba… ¡vete!-

FL.     ¡Perdón por la memoria de tu madre!

GROS.     No, no, que me la manchas: ¡vete!

FL.     Fue locura, fue vértigo, fue delirio…

GROS.     ¡Calla!

FL.     ¡Fue que mi cuerpo venció a mi alma: fue que la influencia de sus ojos me arrancó en un instante la memoria de tu amor!

GROS.     ¡Fue que la sensualidad, que es el infierno, venció a la castidad, que es Dios! Pero tú vives, yo vivo, tú me miras, ¿cómo puedes vivir?-En ti puso sus labios, besó tu boca, acarició tu cuello: ¡muere tú también!-(Levanta el puñal, Fleisch cae sentada, Gut. entra precipitadamente por la puerta del fondo.)

ESCENA 10ª

GROS., GUT. y FLEISCH

FL.     (Al sentarse y apartando a Gros.) ¡Oh!

GROS.     ¡Tú lo amaste!…

GUT.     ¡Grossermann!

GROS.     (Dejando caer el puñal, deteniéndose súbitamente) ¿Qué quieres? Nada. (Apartándose, Gut. sin adelantar.) (Gros. irritado.) ¡Digo que nada!-¡Ésta, ésta que llora, llora porque ha muerto uno a quien ella quería, y otro, otro (como abatiéndose) que la quería a ella más, mucho más…!

GUT.     (Yendo rápidamente al sillón.) ¿Qué pasa aquí? (Gros. se queda como aterrado.)

FL.     (Levantándose.) ¡Ah! ¡Id, id, quizás aliente, quizás viva, quizás pueda salvarse, todavía!

GUT.     ¡Qué! ¡Grossermann! (Fleisch hace un movimiento de ansiedad, Gut. corre a la primera puerta de la izquierda.)

FL.     (Con ansiedad.) Sí, id… id.

GROS. (Como continuación a su anterior pensamiento.) ¡Oh! ¡más, más, más que a la esperanza! ¡más que a la luz!

GUT.     (De adentro.) ¡Muerto!

GROS.     (Irguiéndose de repente.) ¡Eh! ¿quién lo ha dicho? (Un movimiento de espanto.) ¡Muerto!-(Como hablando con alguien.) ¡No he sido yo! ¡No está muerto! ¿Quién dice que está muerto? (A estas frases dichas con acento desesperado sucede la postración anterior.)

GUT.     (Saliendo del cuarto y yendo a Gros.) ¡El infame, el que me robó la hermana de mi alma! (Tomando el brazo a Gros. que no alza la cabeza.) ¡Ah, mano necia que no dejaste a mi mano la satisfacción de su castigo!

GROS.     (Inclinándose y como disculpándose torpemente con Gut.) Yo no… yo no…

FL.     ¡Ni me amaba!

GUT.     (Yendo a Fleisch que baja la cabeza como anonadada por las palabras de Gut.) ¡No, no te amaba! ¿Merecías acaso, mujer torpe y liviana, que alguien animase su corazón para ti?-¡Carne es la adúltera: ámesela y engáñesela como a carne! (Apartándose de ella.)

FL.     (Tendiendo a Gut. las manos.) ¡Perdón!

GUT.     ¡Loco el amigo de mi alma, muerto un hombre! ¡Adúltera, no hay perdón en la tierra para ti!

GROS.     (Saliendo bruscamente de su postración.) ¿Que por qué lo maté? ¡Porque él me mató! ¡No había yo de matarlo! (Llorando.) Ése, ése era el muerto a quien ella quería, y yo… yo… yo soy el otro muerto que la quería a ella, que en ella adoraba, que muere por ella… ¡ay! que se me revienta el corazón. (Tendiendo los brazos a Gut.)

FL.     (Cayendo de rodillas.) ¡Perdón!… perdón por mi alma.-

GUT.     (Extendiendo las manos con un movimiento de horror.) ¡Loco mi amigo, muerto un hombre: adúltera, no hay perdón en la tierra para ti!

     Gut. queda solo a un lado, casi al centro de la escena.-Fleisch hunde la cabeza en sus manos.-Gros. se vuelve, y tiende lentamente y sollozando los brazos a Fleisch.

CAE EL TELÓN

JOSE MARTI (La Habana, Cuba, 1853 – Dos Rios, 1895). BIOGRAFIA Y OBRAS. Poesia. Teatro. Ensayo. Periodismo.

José Martí, Biografia

Héroe Nacional de la República de Cuba

  1.  Biografía del autor

 2.  Obras

·      Martí periodista

·      Martí pensador

·      Martí escritor

3.      El autor y su obra en la red

·         Direcciones principales

·         Datos biográficos

·         Obras

4.       Cronología: José Martí (1853-1895)

o       Teatro

o        Poesía

o       Cuentos

o       Otros textos

Otras conexiones a sus obras

Bibliografía sobre el autor y obra

Artículos y libros localizables en la red

Foros de debate y discusión sobre el autor

Otros enlaces de interés

1.  Biografía del autor

     José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853. Hijo de los españoles Mariano Martí y Leonor Pérez, su vida fue una auténtica lucha a favor de la libertad en Cuba y para Cuba. Desde su juventud fue simpatizante del levantamiento del 68, lo que le supuso al año siguiente su primer paso por la prisión por conspirador. En 1871 fue desterrado a España, donde aprovechó para estudiar Filosofía y Letras y Derecho. En 1875 comenzó un periplo de años de constantes viajes a México (donde se casa el 20 de diciembre con la camagüeyana Carmen Zayas Bazán), Guatemala (donde conoció a María García Granados, la famosa «Niña de Guatemala» de sus Versos sencillos) y Nueva York, tras el que regresó temporalmente a Cuba en 1878. Trabajó allí como profesor, pero sin abandonar su constante preocupación política, y vio nacer a su hijo José Francisco el 22 de noviembre. En 1879 fue descubierta la conspiración que organizaba con el Movimiento, y fue desterrado de nuevo a España, para en 1880 establecerse como periodista en Nueva York, donde comenzó a contactar con militares cubanos, como el general Calixto García, y donde entró a formar parte como presidente del Comité Revolucionario Cubano. Pasó una pequeña temporada en Venezuela durante 1881, de donde también fue expulsado por causas ideológicas, para volver a Nueva York en 1882 y dedicarse allí a preparar la revolución final que consiguiera la independencia de Cuba: además de escribir y publicar Nuestra América el 10 de enero de 1891 en La Revista Ilustrada de Nueva York, consiguió dinero, armas, embarcaciones, entrenó a los revolucionarios, buscó apoyo internacional y mantuvo el espíritu de rebelión de los cubanos, para lo que realizó diversos viajes por países de Latinoamérica. En 1895, cuando todo estaba preparado, les fue confiscado el contingente logístico por parte del gobierno estadounidense, y contra viento y marea lograron prepararlo todo para, en mayo de 1895 Martí, junto con Máximo Gómez y otros más, desembarcar en Playitas y avanzar tierra adentro para reunirse con otras fuerzas revolucionarias. El 19 de mayo de aquel año las fuerzas del Apóstol, sobrenombre por el que ha sido conocido después por sus compatriotas, se enfrentaron al ejército español en Dos Ríos, batalla en la que murió el 19 de mayo el inspirador y héroe de la independencia cubana sin que sus compañeros pudieran siquiera rescatar su cuerpo.

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2.  Obras

En José Martí encontramos ya los rasgos que caracterizarían una de las épocas más fecundas no sólo para el arte, sino para todas las manifestaciones artísticas y humanas acaecidas con el cambio de siglo. Lo que se ha dado en llamar Modernismo surge ya en su prosa audaz y en su profunda poesía, pero no sólo ahí, sino en cualquiera de las demás expresiones literarias que conforman un todo en el caso de Martí.

Martí periodista

Entre 1880 y 1892, José Martí publicó más de cuatrocientas crónicas sobre Hispanoamérica, Estados Unidos y Europa, así como un centenar de acertados y bellos retratos. Su publicación corrió a cargo de diarios como La Nación de Buenos Aires, La Opinión Nacional de Caracas, La Opinión Pública de Montevideo, La República de Tegucigalpa, El Partido Liberal de México y Las Américas de Nueva York. En el conjunto de su obra, la parte periodística ocupa voluminosamente casi la mitad de su producción literaria, dato que redunda si observamos que la mayoría del resto de su producción apareció primeramente publicada en periódicos.

No se debe menospreciar este aspecto no ya en la obra de Martí, sino en la de otros autores modernistas como él, pues la prensa escrita fue el medio de difusión de un estética identificativa de un grupo muy amplio de escritores, pensadores y artistas de finales del siglo XIX y principios del XX. En Martí, por ejemplo, sus crónicas sirvieron para introducir elementos tan variopintos y alejados entre sí como los consejos para dormir con gorra, las nuevas vajillas para tomar el té, las guerras y la política internacional, la educación, la arquitectura, la moda y todos aquellos adelantos vinculados a la ciencia y a la literatura. Todo ello no fue óbice para que reflexionara sobre la ética y la condición humana mediante imágenes detalladas, información exhaustiva, gracejo narrativo y un estilo personalísimo que le llevó a ser una de las más genuinas personalidades periodísticas del momento, entremezclando rasgos del género en Francia con otros adquiridos en su estancia en Nueva York, donde colaboró en algunos diarios como The Hour o The Sun.

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     Martí pensador

Sin duda, la faceta que ha hecho de José Martí algo más que un mito fue su ideario político. A pesar de que su lucha directa se circunscribió a «su» Cuba, concibió la libertad de los países de Latinoamérica como un todo. Su idea de libertad nunca pudo partir de la República española, pues la inconsecuencia de lo que ésta propugnaba con los hechos que Martí observaba en la «Metrópoli» le convenció de que el problema cubano sólo podría ser resuelto fuera de los marcos políticos del poder español.

Las dos tesis principales del pensamiento martiano son, por una parte, abogar por la entrega de la riqueza nacional, cuya distribución exclusiva en pocas manos le parecía injusta; por otra, la cuestión indígena que afrontan las jóvenes naciones americanas como uno de los más tristes resultados de la dominación colonial sufrida, en la cual los indios fueron aplastados y reducidos a la condición de bestias; resucitarles el hombre que llevan dentro debe ser la tarea primera de todos aquellos que aspiren a una patria libre. El futuro de la revolución americana está vinculado, en su opinión, a la raza indígena y a la unión de los pueblos, pues sin ella no habría garantía alguna de triunfo para esa revolución. Precisamente por ello se opuso siempre a la intervención del autoritarismo militar que se había intentado imponer al movimiento revolucionario y no se identificó nunca con éste. Según el Apóstol, independizar a Cuba era, primero, arrancar de América los últimos restos del colonialismo español y, segundo, afianzar la unión de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas para contener así los impulsos imperialistas de los Estados Unidos.

El testimonio político más importante de Martí es su ensayo titulado Nuestra América: no es un manifiesto americanista en el que se predique un fatuo nacionalismo o en el que se cante la superioridad de los valores autóctonos de los pueblos de hispanoamérica, sino que plantea, fundamentalmente, un programa político-cultural establecido de acuerdo con las necesidades más urgentes del continente. No hay romanticismo en la afirmación del hombre natural, de la Naturaleza americana. La afirmación de estos elementos cumple una determinada función política porque únicamente a partir de ellos podrá realizarse una liberación total. Nuestra América no es un canto a un pasado glorioso ni una invitación de retorno a él. Martí, que está mucho más cerca de Marx que de Rousseau, afirma lo natural para poder mostrar mejor el proceso de inversión de valores producido por el dominio colonial. Con la colonización se impuso para América una serie de costumbres y tradiciones que impidieron el desenvolvimiento de sus culturas nativas. De esta manera se produjo la típica sustitución de valores que toda potencia imperial realiza, y por la que se engendran las colonias. Este deplorable cuadro lo describió Martí con plasticidad asombrosa al escribir:

«Eramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Eramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte América y la montera de España.»

Una de las preocupaciones máximas que plasma Martí aquí es la integración de todos los cubanos bajo una única bandera de amor y respeto al hombre, que, a su juicio, debía ser la norma suprema de la futura república:

«Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre.»

El humanismo que desprenden estas palabras es la constante más profunda del quehacer político martiano, y la piedra angular de la reconstrucción del movimiento revolucionario cubano.

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     Martí escritor

Si sus incursiones en el teatro (Abdala, Adúltera y Amor con amor se paga) no tuvieron mucha fortuna, su única irrupción en el mundo de la novela, Amistad funesta (Lucía Jerez), si bien no podemos decir que sea una obra maestra del género, sí introduce por primera vez en el mismo los rasgos que caracterizarían a la novela modernista (o lírica, denominada por muchos críticos), especialmente en lo referido al lenguaje, insólitamente plástico y musical, de gran aliento imaginativo y de brillantez expresiva, lo que lo acredita como un gran prosista y como iniciador de una época, la modernista, que con él se abre.

Una de las incursiones literarias más sorprendentes y atrevidas de Martí son sus cuentos, especialmente los publicados en La Edad de Oro, revista infantil editada íntegramente por él, que salió a la luz entre julio y octubre de 1889. Sorprendente porque extraña que el Apóstol, metido de lleno en empresas políticas y revolucionarias, dedicara gran parte de su valioso tiempo a una tarea tan poco productiva entonces como la literaria, y más si cabe si consideramos que iba dirigida a los niños. La respuesta está en su espíritu y sus proyectos revolucionarios. Con la lectura de los cinco números que salieron a la luz de la revista el lector puede darse cuenta de que no es literatura «sólo» para niños: su función es netamente educadora, pero en un sentido más amplio, y ello es debido al ideal político-social de Martí, en el que el niño es el futuro, y ese futuro debe ser de progreso y de virtud. Para conseguir los fines que persigue (léase libertad, búsqueda de la verdad, americanismo, utilidad, independencia de Cuba, desarrollo) hay que educar al niño adecuadamente, pues él es la base de un futuro mejor. Su idea de la pedagogía no es la de enseñar la realidad a los niños, sino dársela a comprender, presentársela de modo que la puedan entender, para que lleguen a participar de los grandes problemas de América, como el racismo (en «El Padre Las Casas»), la desigualdad social, la pobreza (en «Los zapaticos de Rosa», «La muñeca negra», «Los dos príncipes»), la libertad (en «Tres héroes») y problemas universales como la bondad moral y las virtudes (en «La perla de la mora», «Cada uno a su oficio», «Nené traviesa», «El camarón encantado»), o la muerte, tan presente en muchos cuentos. A todo ello, unirá un estilo sencillo pero bello, tratando de hacer del

deleite una vía y una manera de aprendizaje. En sus cuentos infantiles podemos ver una particular ordenación gramatical y un uso de términos-clave que se repiten a lo largo de ellos en posiciones estratégicas. Su sintaxis lineal, fluida, ordenada, sin interrupciones, con abundancia de conjunciones, más propias del lenguaje infantil, les confieren cierto sentido y musicalidad que hacen de ellos auténtica y bella literatura.

Cierto tono infantil encontramos también en Ismaelillo, su primer libro de versos, que abre su incursión en la parcela que con mayor acierto cultivó. Si dotó a su prosa de un lenguaje cuanto menos novedoso para el género, sus intuiciones poéticas plasmadas en las quince epifanías dedicadas a su hijo ausente abren definitivamente el camino hacia la nueva estética modernista. El autor cuenta allí un viaje por los mundos del sueño, impulsado por la persecución arrebatada de sus visiones, y lo hace desde la naturaleza lírica e íntima de un mensaje hondo, grave y universal, expresado en un lenguaje veloz, de aparente despojamiento verbal, de metros breves y saltarines, pero que encubren toda una serie de metáforas recias y profundas que distinguen el pensamiento de Martí.

En Versos libres, recopilación de poemas posterior a su muerte pero que él dejó casi preparado para la imprenta, imprime esa misma óptica visionaria, pero ahora con mayor dramatismo y con un temple agónico más acerado, que luego también continuará en otros poemas de la misma época (que aparecieron en diferentes diarios y publicaciones en vida del autor, para ser recogidos luego bajo el título de Flores del destierro). En los «endecasílabos hirsutos» (como él describió) de sus Versos libres confluyen bajo la forma métrica de verso blanco (idéntico metro, el endecasílabo, pero sin rima alguna) todas las tensiones que le salpicaron en su vivir diario: desde la circunstancia inmediata, el destierro y la nostalgia de su patria, hasta su sed de amor y dolor, su recio sentido moral de libertad, justicia y deber; vemos el concepto de la existencia como lucha perenne de autoconstrucción, como pugna constante y angustiosa por llevar a cabo sus fidelidades con la vida. También encontramos en ese poemario la preocupación por la poesía misma, por el vislumbre de posibilidades y sus preferencias: el rechazo del artificio y la defensa de una poética de lo natural (idea que plasmó en otros muchos de sus textos).

Su preocupación por la armonía de lo natural dará paso a la cima más alta de su arte, los Versos sencillos, crónica lírica fragmentaria de su vida, donde deshoja versos cristalinos a la vez que enigmáticos y oscuros que alcanzan las cotas de mayor profundidad de su obra. Los versos entrelazados rezuman sencillez y emoción, y muestran la fusión pueblo-poeta-naturaleza desde lo cercanamente biográfico, expresado desde el sincero temblor poético, desde la serenidad y desde la fuerza.

La voz poética de Martí se plasmó desde tres manantiales

vitales: la voz dolorida pero entrañable del hombre deshaciéndose y haciéndose a sí mismo en la precariedad de su vivir; la voz y más desde la fuerza del pleno pulmón emitida por la Naturaleza o el Universo; y una voz recóndita, que desde la trascendencia quiere asegurarse un lugar firme entre las certezas humanas. Y todo ello para llegar a dar una declaración de amor y libertad firme, sin fisuras, que hacen de su obra, corta en años pero intensa en sentido, un mensaje compacto, bello y armoniosamente sincero.

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4.  Cronología: José Martí (1853 – 1895 )
1853, 28 de Enero:

Nace José Julián Martí y Pérez en la Habana , en la calle Paula, modesta construcción colonial de dos plantas; su padre es el celador de policía Mariano Martí y Navarro, valenciano, y su madre doña Leonor Pérez, canaria. Lo bautizan en la iglesia de Santo Ángel el 12 de febrero del mismo año.

1857.

La familia se traslada a España con su primogénito, de cuatro años. Don Mariano renuncia a su puesto.

1859.

Regreso a la Habana. El hogar de los Martí aumentando con una nueva hija, se instala sucesivamente en la calle de Merced 40, Ángeles 56, Industria 32… Martí concurre a la escuela municipal del barrio de Santa Clara.

1862, el 23 de Octubre:

Carta de Martí a su madre antes de cumplir los diez años; le habla del caballo y del gallo fino, da noticias de la salud del padre y se despide como “su obediente hijo que la quiere con delirio”. Don Mariano es capitán pedáneo en el caserío de Caimito en Hanábana; el hijo lo ayuda con su buena letra.

Navidad de 1863:

De vuelta a la Habana, Martí continua sus estudios en el colegio San Anacleto, donde conoce al que seria su amigo fraternal, Fermín Valdés Domínguez.

1868, el 10 de Octubre:

Comienza la revolución separatista con el incendio de Bayamo; su jefe es Carlos Manuel de Céspedes. Martí de 15 años, es alumno del colegio de San Pablo, a cargo del poeta, educador y mecenas Rafael María de Mendive, quien, al cumplir el niño los 13, había solicitado su admisión en el Instituto de Segunda Enseñanza costeándole los estudios Bachiller. Durante ese mismo año, Martí escribe sus primeros versos: A mi madre, Carta de madrugada (a sus hermanas) y a Linda hermanita mía.

1869, el 19 de enero:

Martí publica su periódico –único número– “El Diablo Cojuelo”.

1869, 22 de enero:

Tiroteo del circo-teatro Villanueva. La función había sido anunciada a beneficio de “algunos insolventes” ( los cubanos en armas ), y la preferencia por el color azul, que era el de la bandera de Yara, las estrellas en los adornos y el pelo suelto de las mujeres, sumado eso a los gritos de viva Céspedes y ya revolución, oídos en la función del día anterior, alertaron a las autoridades y provocaron esa noche la irrupción en la sala de una tropa de Gastadores Voluntarios al grito de viva España.

1869, el 25 de enero.

Aparece el periódico “La patria libre”, dirigido por Martí y Fermín Valdez Domínguez. En él se publica Abdala, poema dramático de Martí: es una clara alusión, apenas velada la forma, de los acontecimientos que vive la Isla y el ánimo de los patriotas. Don Mariano no puede contener su indignación al leer el periódico (primero y único numero). Prisión y ulterior destierro de Mendive.

1869, el 4 de Octubre:

Después de la revista en el Campo Marte, un escuadrón de Gastadores Voluntarios pasa por la calle Industria. Martí, asomado a la ventana de los Valdés Domínguez, junto con Sellén y Monsieur Fortier –el profesor de francés–, ve pasar a un ex condiscípulo de los días de Mendive, enrolado con los Voluntarios; hay, de una y otra parte, sonrisas, gestos, injurias y amenazas. Esa noche registran la casa de los Valdés Domínguez y encuentran una esquela firmada por Fermín y José Martí, dirigida a es ex compañero: “¿Has soñado tu alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo del señor Rafael María de Mendive no ha de dejar sin contestación esta carta.”

1870, el 5 de marzo:

Presidio Departamental . Martí ha declarado ser el único autor de la carta y es condenado a seis años de prisión. (Fermín Valdés Domínguez, a seis meses.)

1870, el 4 de abril:

José Martí, de diecisiete años, “el 113 de la Primera Brigada de Blancos”. Lleva grillete al pie y cadena a la cintura; trabaja en las canteras de San Lázaro ( como a dos kilómetros de la cárcel). De esa época es el retrato que envía a la doña Leonor: Mírame, madre y por tu amor no llores: / si esclavo de mi edad y mis doctrinas, / tu mártir corazón llené de espinas, / piensa que nacen entre espinas flores.

1870.

Después de cinco meses de prisión, enfermo, es indultado, por mediación de un amigo del capitán general, don José María Sardá, catalán, arrendatario de las canteras de la Isla de Pinos, a cuya finca El Abra es trasladado Martí. Allí permanece, desde el 5 de septiembre, bajo la responsabilidad y vigilancia de su protector.

1871, el 15 de enero:

Martí es desterrado, a bordo del Guipúzcoa, rumbo a Cádiz. En la carta a su maestro Mendive, antes de embarcar para España, le dice: “He sufrido mucho, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir”.

1871.

Madrid: vive en una buhardilla, de una casa de huéspedes: Calle del Desengaño numero 10. Se matricula en la Universidad Central de Madrid, da clases, sigue enfermo de una lesión interna que le dejara el presidio –lo que le obliga a operarse, en dos oportunidades–; lo atormentan la soledad, el recuerdo de las canteras, de su hogar, de su lejana patria. Escribe cartas, artículos que no siempre se publican, y edita un folleto, con la protección de Carlos Sauvalle: El presidio político en Cuba.

1871, el 27 de Noviembre:

Fusilamiento, en la Habana, de ocho estudiantes, victimas de la cobardía de un tribunal militar. Al cumplir el primer aniversario de ese hecho, Martí escribe una proclama que pega en las paredes de las casas: “Póstrense en hinojos…!”, y una oda, A mis hermanos muertos del 27 de noviembre, inflamada de pasión patriótica: cuanto se llora como yo, se jura!…Mata, déspota mata! / para el que muere a tu juro impío, / el cielo se abre, el mundo se dilata.

1873.

El rey Amadeo abdica la corona de España y se proclama la República, con Castelar. Martí reclama la independencia de Cuba. Castelar declara que, antes que republicano, es español.

1874, Zaragoza:

El 30 de Junio Martí rinde el primero de sus exámenes de grado en la Universidad Real de Zaragoza: la licenciatura de Derecho. Y el 24 de octubre del mismo año obtiene, con las mejores calificaciones, la de filosofía y letras. Pobreza, mala salud, primera pasión amorosa. Escribe su drama. Adúltera.

1874, Diciembre:

Parte rumbo a Francia; en Paris conoce a Víctor Hugo, visita el cementerio de Pére Lachaise y las tumbas de los grandes del pasado: Abelardo y Eloísa. Embarca en Southampton rumbo a México, con escala en Nueva York.

1875, Febrero:

Desembarca en Veracruz. Es el México que preside Lerdo de Tejada. Su familia lo espera. Por razones de vecindad –Los Martí vivían en dos modestas habitaciones en un edificio de la calle de la Moneda–, los ampara el generoso don Manuel Mercado, secretario del Gobierno federal y senador de la Republica. Ha muerto Ana, la hermana predilecta. Martí escribe un poema que comienza: Es hora de pensar. Pensar espanta / cuanto se tiene el hambre en la garganta. Presentado por Mercado, colabora en la “Revista Universal” con unos boletines de actualidad, política y arte, que firma Orestes.

1875-1876

Martí en México. Periodista. Poeta. Traductor. Cronista de Política, teatro y arte. Estrena en su obra teatral Amor con amor se paga y se enamora de la actriz Concha Padilla, que la representa. (También de Rosario, “la de Acuña”.) Conoce a la que mas tarde habría de ser su esposa, la cubana Carmen Zayas Bazán.

1876.

Diciembre: Parte a la Habana, con pasaporte mexicano a nombre de Julián Pérez (José Julián Martí y Pérez era su nombre completo), a buscar cartas que lo acrediten en Guatemala.

1877.

Guatemala. José María Izaguirre, un cubano distinguido, es director de la Escuela Normal donde Martí profesa la cátedra de literatura extranjera y la de historia de la filosofía. Le llaman “el doctor Torrente”. Concurre a la tertulia del general Miguel García Granados, cuya hija (La niña de Guatemala) era su alumna en la Escuela Normal. En diciembre parte a México, a casarse con Carmen Zayas.

1878, Enero:

Martí tiene veinticinco años; regresa, casado, a Guatemala y asiste al entierro de María García Granados. El dictador, Justo Rufino Barrios, depone a Izaguirre; Martí renuncia a sus cátedras.

1878, Julio:

Parte de Guatemala, rumbo a Cuba, con su mujer Carmen Zayas, pasando por Honduras.

1878, 3 de septiembre:

La Habana. Hay tregua política; Martí es pasante de un despacho de abogado; profesor. Nace su hijo José ( que sería el Ismaelillo de su tomo de versos ) el 12 de noviembre de ese año.

1879, Septiembre:

Deportado, “por irremediabilidad política”, según Carmen Zayas Bazán, parte rumbo a Santander. Vive dos meses en España, asiste al casamiento de Alfonso XII; arregla los asuntos jurídicos de Miguel. F Viondi y visita a Cristino Martos. En diciembre de ese mismo año vuelve a Francia; conoce a Sarah Bernhardt y a Flammarion Carmen, desde la Habana, no depone su actitud hostil y se retrae con el hijo.

1880, 3 de enero:

Nueva York, Primera lectura política en el Steck Hall, al lado del general Calixto García. Preparación de la “guerra chiquita”(fracasada).

1880.

Llama a su lado a la mujer y al hijo; publica en un inglés deficiente artículos en “The Hour” y en “The Sun”: crónicas sobre política y letras europeas. Vive en casa de Carmita Mantilla, 51 East 29 th Street. Despues de cinco meses de nuevo ensayo matrimonial, con Carmen y el hijo, ésta regresa a Cuba. Martí sale para Caracas.

1881, Marzo:

Venezuela. Martí dicta clases en el colegio de Santa Martí, y literatura en el colegio de Guillermo Tell Villegas. Colabora en “La Opinión Nacional” y funda la “Revista Venezolana”. Publica una loa a Cecilio Acosta, que acaba de morir, y el dictador, Guzmán Blanco, lo obliga a abandonar el país. (“Déme Venezuela, en que servirla: ella tiene en mí un hijo.”) Sale rumbo a Nueva York, en Julio de 1881.

Agosto de 1881 – enero de 1895:

Vida de Martí en Nueva York. Trabaja para los editores Lyons and Co. Y Appleton; colabora en “La Opinión Nacional” de Caracas y en “La Nación” de Buenos Aires. Simple newyorker, su “honda era la de David” (Andrés Iduarte).

1882:

Publica el Ismaelillo, dedicado a su hijo ausente. Reúne sus Versos libres, y al mismo tiempo sus Endecasílabos hirsutos, que no publica en volumen.

1884:

Lleva por un tiempo a Don Mariano a vivir con él, en Nueva York. Para Adelaida Baralt escribe una novela, Amistad funesta que firma con con el seudónimo de Adelaida Ra. Durante su incansable tarea de propagandista revolucionario conoce a tres de los veteranos de la guerra de Céspedes que iban a ser figuras claves de la guerra de emancipación cubana: Máximo Gómez, Antonio Maceo y Flor Crombet. Discursos, proclamas, escritos. Ya le llaman “el maestro”.

1887:

Cónsul de Uruguay

1889:

Publica, a expensas de un editor generoso, un periódico infantil, “La Edad de Oro”, escrito por él desde la primera hasta la última página. Alcanzan a aparecer cuatro números.

1890:

Cónsul de Argentina y Paraguay.

1884 a 1891:

Son los propósitos del fundador del Partido Revolucionario Cubano, que tiene el titulo de delegado, hacer una guerra generosa y breve; combatir el anexionismo a los EE. UU. ; evitar el caudillismo; unir a las emigraciones entre sí, y forjar la conciencia de “nuestra América”.

1891, Octubre:

El consulado español protesta porque Martí, cónsul de la Argentina, ataca a España. Martí renuncia al consulado

1892. Marzo:

Aparece “Patria”, órgano de los cubanos exiliados, dirigido por Martí.

1893, Abril:

Lo reeligen delegado. Viajes de propaganda política por los Estados Unidos, la Florida, Tampa, Cayo Hueso (Key West), Costa Rica, Jamaica, Panamá.

1894, Agosto:

Es reelecto delegado por segunda vez. Fracasa el plan de la Fernandina. Aunque apesadumbrado por las criticas y la desazón de sus compatriotas, Martí logra rehacerse.

1895, 29 de enero:

Orden de levantamiento. Sale de Nueva York rumbo a Santo Domingo y Cuba.

1895, 19 de Mayo:

Muerte de José Martí en Dos Ríos.

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      Direcciones principales

Existen en la red innumerables páginas dedicadas exclusivamente al insigne poeta cubano. De entre las más completas, destacamos las siguientes. En ellas podemos encontrar desde su biografía hasta su obra, pasando por cartas y documentos varios y significativos.

·         La página sobre Martí que nos comenta Héctor Velarde.

·         Destaca la página en inglés confeccionada por Enrique Sánchez.

·         Completa es también la página confeccionada por Artwork.

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     Datos biográficos

·         Armando Hart Dávalos, Director de la Oficina del Programa Martiano y Miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba, ofrece una bella semblanza del escritor cubano.

Obras

Teatro:

·         Abdala.

·         Patria y libertad.

Poesía:

·         Versos libres.

·         Ismaelillo.

·         La Edad de Oro.

·         Versos sencillos.

·         El poema Y te busqué, extraído del libro Versos de amor, publicado por Gonzalo Quesada en Cuba en 1930.

·         En la página web Ciudad Iberoamericana vienen algunos poemas de sus tres publicaciones poéticas más importantes: Ismaelillo, Versos libres y Versos sencillos.

·         Isabel Arrieta y Roger Gutiérrez presentan algunos poemas sueltos de la obra en verso de José Martí.

·         Haschisch.

Cuentos:

·         Los zapaticos de Rosa.

·         Nené traviesa.

·         El camarón encantado.

·         Bebe y el señor don Pomposo.

·         La muñeca negra.

·         Meñique.

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           Otros textos:

·         El Colegio de la Esperanza ofrece en su página web, entre otras obras del escritor cubano, un texto sobre el general José de San Martín publicado en 1899 en la revista para niños La edad de oro.

Artículo Manuel Acuña.

Nuestra América de José Martí.

Manifiesto de Montecristi.

Diario de Campaña: De Cabo Haitiano a Dos Ríos.

Inglés

Biografía en inglés.

Algunos poemas de Martí traducidos al inglés por Aurelio de la Vega.

Traducción de «Cultivo una rosa blanca…».

Traducciones de algunos de sus ‘pensamientos’.

Ken Liddle, Galenao and Martí.

Yoke and star.

Varios poemas traducidos al inglés.

Encyclopædia Britannica – José Marti – Article on the Cuban revolutionary, poet and essayist from brittancia.com.

José Julián Martí y Pérez – Biographical notes on the Cuban revolutionary hero.

José Martí – Biographical notes and a list of literary works by Marti.

Jose Marti – A biographical essay by Carlos Ripoll. Page also includes some of Marti’s poetry in Spanish and in translation.

Jose Marti (1853-1895) – Site onCuba’s national hero features a biography and photos of Marti as well as his poetry and famous quotations by him.

Jose Marti – Cuba’s Greatest Hero – Links to Jose Marti sites on the web.

Jose Marti and Martin Luther King Jr: Brothers in Thought – An essay arguing that Marti and King share a common theological tradition.

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    Alemán

Artículo informativo sobre la vida del escritor cubano en alemán, por Armando Hart Dávalos, titulado Wer war José Martí

Versión al alemán de Versos sencillos.

Bibliografía sobre el autor y obra

·         Encontramos en la Universidad de Florida una importante bibliografía sobre Martí.

·         Paul P. Reuben ofrece una extensa bibliografía sobre los temas martianos.

Artículos y libros localizables en la red.

·         Jesús Zúñiga hace una bella reflexión sobre nuestro escritor en Martí 102 años después.

·         La Asociación de Educadores de Latinoamérica y el Caribe elabora sobre los textos de Martí una propuesta pedagógica.

.    Reseña de la presentación del libro de José Miguel Oviedo Cuaderno imaginario.

·         Raúl Fornet Betancourt nos propone en un ensayo algunos elementos para una lectura filosófica de José Martí.

·         Mercedes García Tudurí publica una poesía a Martí

·         Ramón de Armas, José Martí forjador de pueblos.

·         Salvador Arias, Recopilación de aforismos.

·         Salvador Arias, Glosando La Edad de Oro.

·         Carlos Ripoll, Martí.

·         Sean Donahue, Cuba and revolution.

·         Ned J. Davidson, Sound patterns in a poem of José Martí.

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     Foros de debate y discusión sobre el autor

·         El Centro de Estudios Martianos es un gran foro de debate sobre el autor cubano y ofrece diversos estudios y artículos sobre la figura y obra de José Martí, así como información sobre el II COLOQUIO INTERNACIONAL «JOSÉ MARTÍ Y LA CULTURA IBEROAMERICANA».

Otros ENLACES de interés

·         Eduardo Camacho ofrece una exposición sobre la serie completa La Edad de Oro: signo y color, fruto del estudio y análisis de los cuatro números de la revista La Edad de Oro que escribió José Martí para los niños de América, publicada en Nueva York en los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1889.

·         Algunas fragmentos de temas polémicos tratados por Martí traducidos al inglés.

·         Breve reseña de la vida de Martí en alemán.

.Página dedicada a los héroes independentistas hispanoamericanos en idioma letonio.

JOSE MARTI (La Habana, Cuba, 1853 – Dos Rios, 1895). BIOGRAFIA Y OBRAS. Poesia. Teatro. Ensayo. Periodismo.

José Martí, Biografia

Héroe Nacional de la República de Cuba

  1.  Biografía del autor

 2.  Obras

·      Martí periodista

·      Martí pensador

·      Martí escritor

3.      El autor y su obra en la red

·         Direcciones principales

·         Datos biográficos

·         Obras

4.       Cronología: José Martí (1853-1895)

o       Teatro

o        Poesía

o       Cuentos

o       Otros textos

Otras conexiones a sus obras

Bibliografía sobre el autor y obra

Artículos y libros localizables en la red

Foros de debate y discusión sobre el autor

Otros enlaces de interés

1.  Biografía del autor

     José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853. Hijo de los españoles Mariano Martí y Leonor Pérez, su vida fue una auténtica lucha a favor de la libertad en Cuba y para Cuba. Desde su juventud fue simpatizante del levantamiento del 68, lo que le supuso al año siguiente su primer paso por la prisión por conspirador. En 1871 fue desterrado a España, donde aprovechó para estudiar Filosofía y Letras y Derecho. En 1875 comenzó un periplo de años de constantes viajes a México (donde se casa el 20 de diciembre con la camagüeyana Carmen Zayas Bazán), Guatemala (donde conoció a María García Granados, la famosa «Niña de Guatemala» de sus Versos sencillos) y Nueva York, tras el que regresó temporalmente a Cuba en 1878. Trabajó allí como profesor, pero sin abandonar su constante preocupación política, y vio nacer a su hijo José Francisco el 22 de noviembre. En 1879 fue descubierta la conspiración que organizaba con el Movimiento, y fue desterrado de nuevo a España, para en 1880 establecerse como periodista en Nueva York, donde comenzó a contactar con militares cubanos, como el general Calixto García, y donde entró a formar parte como presidente del Comité Revolucionario Cubano. Pasó una pequeña temporada en Venezuela durante 1881, de donde también fue expulsado por causas ideológicas, para volver a Nueva York en 1882 y dedicarse allí a preparar la revolución final que consiguiera la independencia de Cuba: además de escribir y publicar Nuestra América el 10 de enero de 1891 en La Revista Ilustrada de Nueva York, consiguió dinero, armas, embarcaciones, entrenó a los revolucionarios, buscó apoyo internacional y mantuvo el espíritu de rebelión de los cubanos, para lo que realizó diversos viajes por países de Latinoamérica. En 1895, cuando todo estaba preparado, les fue confiscado el contingente logístico por parte del gobierno estadounidense, y contra viento y marea lograron prepararlo todo para, en mayo de 1895 Martí, junto con Máximo Gómez y otros más, desembarcar en Playitas y avanzar tierra adentro para reunirse con otras fuerzas revolucionarias. El 19 de mayo de aquel año las fuerzas del Apóstol, sobrenombre por el que ha sido conocido después por sus compatriotas, se enfrentaron al ejército español en Dos Ríos, batalla en la que murió el 19 de mayo el inspirador y héroe de la independencia cubana sin que sus compañeros pudieran siquiera rescatar su cuerpo.

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2.  Obras

En José Martí encontramos ya los rasgos que caracterizarían una de las épocas más fecundas no sólo para el arte, sino para todas las manifestaciones artísticas y humanas acaecidas con el cambio de siglo. Lo que se ha dado en llamar Modernismo surge ya en su prosa audaz y en su profunda poesía, pero no sólo ahí, sino en cualquiera de las demás expresiones literarias que conforman un todo en el caso de Martí.

Martí periodista

Entre 1880 y 1892, José Martí publicó más de cuatrocientas crónicas sobre Hispanoamérica, Estados Unidos y Europa, así como un centenar de acertados y bellos retratos. Su publicación corrió a cargo de diarios como La Nación de Buenos Aires, La Opinión Nacional de Caracas, La Opinión Pública de Montevideo, La República de Tegucigalpa, El Partido Liberal de México y Las Américas de Nueva York. En el conjunto de su obra, la parte periodística ocupa voluminosamente casi la mitad de su producción literaria, dato que redunda si observamos que la mayoría del resto de su producción apareció primeramente publicada en periódicos.

No se debe menospreciar este aspecto no ya en la obra de Martí, sino en la de otros autores modernistas como él, pues la prensa escrita fue el medio de difusión de un estética identificativa de un grupo muy amplio de escritores, pensadores y artistas de finales del siglo XIX y principios del XX. En Martí, por ejemplo, sus crónicas sirvieron para introducir elementos tan variopintos y alejados entre sí como los consejos para dormir con gorra, las nuevas vajillas para tomar el té, las guerras y la política internacional, la educación, la arquitectura, la moda y todos aquellos adelantos vinculados a la ciencia y a la literatura. Todo ello no fue óbice para que reflexionara sobre la ética y la condición humana mediante imágenes detalladas, información exhaustiva, gracejo narrativo y un estilo personalísimo que le llevó a ser una de las más genuinas personalidades periodísticas del momento, entremezclando rasgos del género en Francia con otros adquiridos en su estancia en Nueva York, donde colaboró en algunos diarios como The Hour o The Sun.

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     Martí pensador

Sin duda, la faceta que ha hecho de José Martí algo más que un mito fue su ideario político. A pesar de que su lucha directa se circunscribió a «su» Cuba, concibió la libertad de los países de Latinoamérica como un todo. Su idea de libertad nunca pudo partir de la República española, pues la inconsecuencia de lo que ésta propugnaba con los hechos que Martí observaba en la «Metrópoli» le convenció de que el problema cubano sólo podría ser resuelto fuera de los marcos políticos del poder español.

Las dos tesis principales del pensamiento martiano son, por una parte, abogar por la entrega de la riqueza nacional, cuya distribución exclusiva en pocas manos le parecía injusta; por otra, la cuestión indígena que afrontan las jóvenes naciones americanas como uno de los más tristes resultados de la dominación colonial sufrida, en la cual los indios fueron aplastados y reducidos a la condición de bestias; resucitarles el hombre que llevan dentro debe ser la tarea primera de todos aquellos que aspiren a una patria libre. El futuro de la revolución americana está vinculado, en su opinión, a la raza indígena y a la unión de los pueblos, pues sin ella no habría garantía alguna de triunfo para esa revolución. Precisamente por ello se opuso siempre a la intervención del autoritarismo militar que se había intentado imponer al movimiento revolucionario y no se identificó nunca con éste. Según el Apóstol, independizar a Cuba era, primero, arrancar de América los últimos restos del colonialismo español y, segundo, afianzar la unión de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas para contener así los impulsos imperialistas de los Estados Unidos.

El testimonio político más importante de Martí es su ensayo titulado Nuestra América: no es un manifiesto americanista en el que se predique un fatuo nacionalismo o en el que se cante la superioridad de los valores autóctonos de los pueblos de hispanoamérica, sino que plantea, fundamentalmente, un programa político-cultural establecido de acuerdo con las necesidades más urgentes del continente. No hay romanticismo en la afirmación del hombre natural, de la Naturaleza americana. La afirmación de estos elementos cumple una determinada función política porque únicamente a partir de ellos podrá realizarse una liberación total. Nuestra América no es un canto a un pasado glorioso ni una invitación de retorno a él. Martí, que está mucho más cerca de Marx que de Rousseau, afirma lo natural para poder mostrar mejor el proceso de inversión de valores producido por el dominio colonial. Con la colonización se impuso para América una serie de costumbres y tradiciones que impidieron el desenvolvimiento de sus culturas nativas. De esta manera se produjo la típica sustitución de valores que toda potencia imperial realiza, y por la que se engendran las colonias. Este deplorable cuadro lo describió Martí con plasticidad asombrosa al escribir:

«Eramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Eramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte América y la montera de España.»

Una de las preocupaciones máximas que plasma Martí aquí es la integración de todos los cubanos bajo una única bandera de amor y respeto al hombre, que, a su juicio, debía ser la norma suprema de la futura república:

«Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre.»

El humanismo que desprenden estas palabras es la constante más profunda del quehacer político martiano, y la piedra angular de la reconstrucción del movimiento revolucionario cubano.

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     Martí escritor

Si sus incursiones en el teatro (Abdala, Adúltera y Amor con amor se paga) no tuvieron mucha fortuna, su única irrupción en el mundo de la novela, Amistad funesta (Lucía Jerez), si bien no podemos decir que sea una obra maestra del género, sí introduce por primera vez en el mismo los rasgos que caracterizarían a la novela modernista (o lírica, denominada por muchos críticos), especialmente en lo referido al lenguaje, insólitamente plástico y musical, de gran aliento imaginativo y de brillantez expresiva, lo que lo acredita como un gran prosista y como iniciador de una época, la modernista, que con él se abre.

Una de las incursiones literarias más sorprendentes y atrevidas de Martí son sus cuentos, especialmente los publicados en La Edad de Oro, revista infantil editada íntegramente por él, que salió a la luz entre julio y octubre de 1889. Sorprendente porque extraña que el Apóstol, metido de lleno en empresas políticas y revolucionarias, dedicara gran parte de su valioso tiempo a una tarea tan poco productiva entonces como la literaria, y más si cabe si consideramos que iba dirigida a los niños. La respuesta está en su espíritu y sus proyectos revolucionarios. Con la lectura de los cinco números que salieron a la luz de la revista el lector puede darse cuenta de que no es literatura «sólo» para niños: su función es netamente educadora, pero en un sentido más amplio, y ello es debido al ideal político-social de Martí, en el que el niño es el futuro, y ese futuro debe ser de progreso y de virtud. Para conseguir los fines que persigue (léase libertad, búsqueda de la verdad, americanismo, utilidad, independencia de Cuba, desarrollo) hay que educar al niño adecuadamente, pues él es la base de un futuro mejor. Su idea de la pedagogía no es la de enseñar la realidad a los niños, sino dársela a comprender, presentársela de modo que la puedan entender, para que lleguen a participar de los grandes problemas de América, como el racismo (en «El Padre Las Casas»), la desigualdad social, la pobreza (en «Los zapaticos de Rosa», «La muñeca negra», «Los dos príncipes»), la libertad (en «Tres héroes») y problemas universales como la bondad moral y las virtudes (en «La perla de la mora», «Cada uno a su oficio», «Nené traviesa», «El camarón encantado»), o la muerte, tan presente en muchos cuentos. A todo ello, unirá un estilo sencillo pero bello, tratando de hacer del

deleite una vía y una manera de aprendizaje. En sus cuentos infantiles podemos ver una particular ordenación gramatical y un uso de términos-clave que se repiten a lo largo de ellos en posiciones estratégicas. Su sintaxis lineal, fluida, ordenada, sin interrupciones, con abundancia de conjunciones, más propias del lenguaje infantil, les confieren cierto sentido y musicalidad que hacen de ellos auténtica y bella literatura.

Cierto tono infantil encontramos también en Ismaelillo, su primer libro de versos, que abre su incursión en la parcela que con mayor acierto cultivó. Si dotó a su prosa de un lenguaje cuanto menos novedoso para el género, sus intuiciones poéticas plasmadas en las quince epifanías dedicadas a su hijo ausente abren definitivamente el camino hacia la nueva estética modernista. El autor cuenta allí un viaje por los mundos del sueño, impulsado por la persecución arrebatada de sus visiones, y lo hace desde la naturaleza lírica e íntima de un mensaje hondo, grave y universal, expresado en un lenguaje veloz, de aparente despojamiento verbal, de metros breves y saltarines, pero que encubren toda una serie de metáforas recias y profundas que distinguen el pensamiento de Martí.

En Versos libres, recopilación de poemas posterior a su muerte pero que él dejó casi preparado para la imprenta, imprime esa misma óptica visionaria, pero ahora con mayor dramatismo y con un temple agónico más acerado, que luego también continuará en otros poemas de la misma época (que aparecieron en diferentes diarios y publicaciones en vida del autor, para ser recogidos luego bajo el título de Flores del destierro). En los «endecasílabos hirsutos» (como él describió) de sus Versos libres confluyen bajo la forma métrica de verso blanco (idéntico metro, el endecasílabo, pero sin rima alguna) todas las tensiones que le salpicaron en su vivir diario: desde la circunstancia inmediata, el destierro y la nostalgia de su patria, hasta su sed de amor y dolor, su recio sentido moral de libertad, justicia y deber; vemos el concepto de la existencia como lucha perenne de autoconstrucción, como pugna constante y angustiosa por llevar a cabo sus fidelidades con la vida. También encontramos en ese poemario la preocupación por la poesía misma, por el vislumbre de posibilidades y sus preferencias: el rechazo del artificio y la defensa de una poética de lo natural (idea que plasmó en otros muchos de sus textos).

Su preocupación por la armonía de lo natural dará paso a la cima más alta de su arte, los Versos sencillos, crónica lírica fragmentaria de su vida, donde deshoja versos cristalinos a la vez que enigmáticos y oscuros que alcanzan las cotas de mayor profundidad de su obra. Los versos entrelazados rezuman sencillez y emoción, y muestran la fusión pueblo-poeta-naturaleza desde lo cercanamente biográfico, expresado desde el sincero temblor poético, desde la serenidad y desde la fuerza.

La voz poética de Martí se plasmó desde tres manantiales

vitales: la voz dolorida pero entrañable del hombre deshaciéndose y haciéndose a sí mismo en la precariedad de su vivir; la voz y más desde la fuerza del pleno pulmón emitida por la Naturaleza o el Universo; y una voz recóndita, que desde la trascendencia quiere asegurarse un lugar firme entre las certezas humanas. Y todo ello para llegar a dar una declaración de amor y libertad firme, sin fisuras, que hacen de su obra, corta en años pero intensa en sentido, un mensaje compacto, bello y armoniosamente sincero.

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4.  Cronología: José Martí (1853 – 1895 )
1853, 28 de Enero:

Nace José Julián Martí y Pérez en la Habana , en la calle Paula, modesta construcción colonial de dos plantas; su padre es el celador de policía Mariano Martí y Navarro, valenciano, y su madre doña Leonor Pérez, canaria. Lo bautizan en la iglesia de Santo Ángel el 12 de febrero del mismo año.

1857.

La familia se traslada a España con su primogénito, de cuatro años. Don Mariano renuncia a su puesto.

1859.

Regreso a la Habana. El hogar de los Martí aumentando con una nueva hija, se instala sucesivamente en la calle de Merced 40, Ángeles 56, Industria 32… Martí concurre a la escuela municipal del barrio de Santa Clara.

1862, el 23 de Octubre:

Carta de Martí a su madre antes de cumplir los diez años; le habla del caballo y del gallo fino, da noticias de la salud del padre y se despide como “su obediente hijo que la quiere con delirio”. Don Mariano es capitán pedáneo en el caserío de Caimito en Hanábana; el hijo lo ayuda con su buena letra.

Navidad de 1863:

De vuelta a la Habana, Martí continua sus estudios en el colegio San Anacleto, donde conoce al que seria su amigo fraternal, Fermín Valdés Domínguez.

1868, el 10 de Octubre:

Comienza la revolución separatista con el incendio de Bayamo; su jefe es Carlos Manuel de Céspedes. Martí de 15 años, es alumno del colegio de San Pablo, a cargo del poeta, educador y mecenas Rafael María de Mendive, quien, al cumplir el niño los 13, había solicitado su admisión en el Instituto de Segunda Enseñanza costeándole los estudios Bachiller. Durante ese mismo año, Martí escribe sus primeros versos: A mi madre, Carta de madrugada (a sus hermanas) y a Linda hermanita mía.

1869, el 19 de enero:

Martí publica su periódico –único número– “El Diablo Cojuelo”.

1869, 22 de enero:

Tiroteo del circo-teatro Villanueva. La función había sido anunciada a beneficio de “algunos insolventes” ( los cubanos en armas ), y la preferencia por el color azul, que era el de la bandera de Yara, las estrellas en los adornos y el pelo suelto de las mujeres, sumado eso a los gritos de viva Céspedes y ya revolución, oídos en la función del día anterior, alertaron a las autoridades y provocaron esa noche la irrupción en la sala de una tropa de Gastadores Voluntarios al grito de viva España.

1869, el 25 de enero.

Aparece el periódico “La patria libre”, dirigido por Martí y Fermín Valdez Domínguez. En él se publica Abdala, poema dramático de Martí: es una clara alusión, apenas velada la forma, de los acontecimientos que vive la Isla y el ánimo de los patriotas. Don Mariano no puede contener su indignación al leer el periódico (primero y único numero). Prisión y ulterior destierro de Mendive.

1869, el 4 de Octubre:

Después de la revista en el Campo Marte, un escuadrón de Gastadores Voluntarios pasa por la calle Industria. Martí, asomado a la ventana de los Valdés Domínguez, junto con Sellén y Monsieur Fortier –el profesor de francés–, ve pasar a un ex condiscípulo de los días de Mendive, enrolado con los Voluntarios; hay, de una y otra parte, sonrisas, gestos, injurias y amenazas. Esa noche registran la casa de los Valdés Domínguez y encuentran una esquela firmada por Fermín y José Martí, dirigida a es ex compañero: “¿Has soñado tu alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo del señor Rafael María de Mendive no ha de dejar sin contestación esta carta.”

1870, el 5 de marzo:

Presidio Departamental . Martí ha declarado ser el único autor de la carta y es condenado a seis años de prisión. (Fermín Valdés Domínguez, a seis meses.)

1870, el 4 de abril:

José Martí, de diecisiete años, “el 113 de la Primera Brigada de Blancos”. Lleva grillete al pie y cadena a la cintura; trabaja en las canteras de San Lázaro ( como a dos kilómetros de la cárcel). De esa época es el retrato que envía a la doña Leonor: Mírame, madre y por tu amor no llores: / si esclavo de mi edad y mis doctrinas, / tu mártir corazón llené de espinas, / piensa que nacen entre espinas flores.

1870.

Después de cinco meses de prisión, enfermo, es indultado, por mediación de un amigo del capitán general, don José María Sardá, catalán, arrendatario de las canteras de la Isla de Pinos, a cuya finca El Abra es trasladado Martí. Allí permanece, desde el 5 de septiembre, bajo la responsabilidad y vigilancia de su protector.

1871, el 15 de enero:

Martí es desterrado, a bordo del Guipúzcoa, rumbo a Cádiz. En la carta a su maestro Mendive, antes de embarcar para España, le dice: “He sufrido mucho, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir”.

1871.

Madrid: vive en una buhardilla, de una casa de huéspedes: Calle del Desengaño numero 10. Se matricula en la Universidad Central de Madrid, da clases, sigue enfermo de una lesión interna que le dejara el presidio –lo que le obliga a operarse, en dos oportunidades–; lo atormentan la soledad, el recuerdo de las canteras, de su hogar, de su lejana patria. Escribe cartas, artículos que no siempre se publican, y edita un folleto, con la protección de Carlos Sauvalle: El presidio político en Cuba.

1871, el 27 de Noviembre:

Fusilamiento, en la Habana, de ocho estudiantes, victimas de la cobardía de un tribunal militar. Al cumplir el primer aniversario de ese hecho, Martí escribe una proclama que pega en las paredes de las casas: “Póstrense en hinojos…!”, y una oda, A mis hermanos muertos del 27 de noviembre, inflamada de pasión patriótica: cuanto se llora como yo, se jura!…Mata, déspota mata! / para el que muere a tu juro impío, / el cielo se abre, el mundo se dilata.

1873.

El rey Amadeo abdica la corona de España y se proclama la República, con Castelar. Martí reclama la independencia de Cuba. Castelar declara que, antes que republicano, es español.

1874, Zaragoza:

El 30 de Junio Martí rinde el primero de sus exámenes de grado en la Universidad Real de Zaragoza: la licenciatura de Derecho. Y el 24 de octubre del mismo año obtiene, con las mejores calificaciones, la de filosofía y letras. Pobreza, mala salud, primera pasión amorosa. Escribe su drama. Adúltera.

1874, Diciembre:

Parte rumbo a Francia; en Paris conoce a Víctor Hugo, visita el cementerio de Pére Lachaise y las tumbas de los grandes del pasado: Abelardo y Eloísa. Embarca en Southampton rumbo a México, con escala en Nueva York.

1875, Febrero:

Desembarca en Veracruz. Es el México que preside Lerdo de Tejada. Su familia lo espera. Por razones de vecindad –Los Martí vivían en dos modestas habitaciones en un edificio de la calle de la Moneda–, los ampara el generoso don Manuel Mercado, secretario del Gobierno federal y senador de la Republica. Ha muerto Ana, la hermana predilecta. Martí escribe un poema que comienza: Es hora de pensar. Pensar espanta / cuanto se tiene el hambre en la garganta. Presentado por Mercado, colabora en la “Revista Universal” con unos boletines de actualidad, política y arte, que firma Orestes.

1875-1876

Martí en México. Periodista. Poeta. Traductor. Cronista de Política, teatro y arte. Estrena en su obra teatral Amor con amor se paga y se enamora de la actriz Concha Padilla, que la representa. (También de Rosario, “la de Acuña”.) Conoce a la que mas tarde habría de ser su esposa, la cubana Carmen Zayas Bazán.

1876.

Diciembre: Parte a la Habana, con pasaporte mexicano a nombre de Julián Pérez (José Julián Martí y Pérez era su nombre completo), a buscar cartas que lo acrediten en Guatemala.

1877.

Guatemala. José María Izaguirre, un cubano distinguido, es director de la Escuela Normal donde Martí profesa la cátedra de literatura extranjera y la de historia de la filosofía. Le llaman “el doctor Torrente”. Concurre a la tertulia del general Miguel García Granados, cuya hija (La niña de Guatemala) era su alumna en la Escuela Normal. En diciembre parte a México, a casarse con Carmen Zayas.

1878, Enero:

Martí tiene veinticinco años; regresa, casado, a Guatemala y asiste al entierro de María García Granados. El dictador, Justo Rufino Barrios, depone a Izaguirre; Martí renuncia a sus cátedras.

1878, Julio:

Parte de Guatemala, rumbo a Cuba, con su mujer Carmen Zayas, pasando por Honduras.

1878, 3 de septiembre:

La Habana. Hay tregua política; Martí es pasante de un despacho de abogado; profesor. Nace su hijo José ( que sería el Ismaelillo de su tomo de versos ) el 12 de noviembre de ese año.

1879, Septiembre:

Deportado, “por irremediabilidad política”, según Carmen Zayas Bazán, parte rumbo a Santander. Vive dos meses en España, asiste al casamiento de Alfonso XII; arregla los asuntos jurídicos de Miguel. F Viondi y visita a Cristino Martos. En diciembre de ese mismo año vuelve a Francia; conoce a Sarah Bernhardt y a Flammarion Carmen, desde la Habana, no depone su actitud hostil y se retrae con el hijo.

1880, 3 de enero:

Nueva York, Primera lectura política en el Steck Hall, al lado del general Calixto García. Preparación de la “guerra chiquita”(fracasada).

1880.

Llama a su lado a la mujer y al hijo; publica en un inglés deficiente artículos en “The Hour” y en “The Sun”: crónicas sobre política y letras europeas. Vive en casa de Carmita Mantilla, 51 East 29 th Street. Despues de cinco meses de nuevo ensayo matrimonial, con Carmen y el hijo, ésta regresa a Cuba. Martí sale para Caracas.

1881, Marzo:

Venezuela. Martí dicta clases en el colegio de Santa Martí, y literatura en el colegio de Guillermo Tell Villegas. Colabora en “La Opinión Nacional” y funda la “Revista Venezolana”. Publica una loa a Cecilio Acosta, que acaba de morir, y el dictador, Guzmán Blanco, lo obliga a abandonar el país. (“Déme Venezuela, en que servirla: ella tiene en mí un hijo.”) Sale rumbo a Nueva York, en Julio de 1881.

Agosto de 1881 – enero de 1895:

Vida de Martí en Nueva York. Trabaja para los editores Lyons and Co. Y Appleton; colabora en “La Opinión Nacional” de Caracas y en “La Nación” de Buenos Aires. Simple newyorker, su “honda era la de David” (Andrés Iduarte).

1882:

Publica el Ismaelillo, dedicado a su hijo ausente. Reúne sus Versos libres, y al mismo tiempo sus Endecasílabos hirsutos, que no publica en volumen.

1884:

Lleva por un tiempo a Don Mariano a vivir con él, en Nueva York. Para Adelaida Baralt escribe una novela, Amistad funesta que firma con con el seudónimo de Adelaida Ra. Durante su incansable tarea de propagandista revolucionario conoce a tres de los veteranos de la guerra de Céspedes que iban a ser figuras claves de la guerra de emancipación cubana: Máximo Gómez, Antonio Maceo y Flor Crombet. Discursos, proclamas, escritos. Ya le llaman “el maestro”.

1887:

Cónsul de Uruguay

1889:

Publica, a expensas de un editor generoso, un periódico infantil, “La Edad de Oro”, escrito por él desde la primera hasta la última página. Alcanzan a aparecer cuatro números.

1890:

Cónsul de Argentina y Paraguay.

1884 a 1891:

Son los propósitos del fundador del Partido Revolucionario Cubano, que tiene el titulo de delegado, hacer una guerra generosa y breve; combatir el anexionismo a los EE. UU. ; evitar el caudillismo; unir a las emigraciones entre sí, y forjar la conciencia de “nuestra América”.

1891, Octubre:

El consulado español protesta porque Martí, cónsul de la Argentina, ataca a España. Martí renuncia al consulado

1892. Marzo:

Aparece “Patria”, órgano de los cubanos exiliados, dirigido por Martí.

1893, Abril:

Lo reeligen delegado. Viajes de propaganda política por los Estados Unidos, la Florida, Tampa, Cayo Hueso (Key West), Costa Rica, Jamaica, Panamá.

1894, Agosto:

Es reelecto delegado por segunda vez. Fracasa el plan de la Fernandina. Aunque apesadumbrado por las criticas y la desazón de sus compatriotas, Martí logra rehacerse.

1895, 29 de enero:

Orden de levantamiento. Sale de Nueva York rumbo a Santo Domingo y Cuba.

1895, 19 de Mayo:

Muerte de José Martí en Dos Ríos.

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      Direcciones principales

Existen en la red innumerables páginas dedicadas exclusivamente al insigne poeta cubano. De entre las más completas, destacamos las siguientes. En ellas podemos encontrar desde su biografía hasta su obra, pasando por cartas y documentos varios y significativos.

·         La página sobre Martí que nos comenta Héctor Velarde.

·         Destaca la página en inglés confeccionada por Enrique Sánchez.

·         Completa es también la página confeccionada por Artwork.

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     Datos biográficos

·         Armando Hart Dávalos, Director de la Oficina del Programa Martiano y Miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba, ofrece una bella semblanza del escritor cubano.

Obras

Teatro:

·         Abdala.

·         Patria y libertad.

Poesía:

·         Versos libres.

·         Ismaelillo.

·         La Edad de Oro.

·         Versos sencillos.

·         El poema Y te busqué, extraído del libro Versos de amor, publicado por Gonzalo Quesada en Cuba en 1930.

·         En la página web Ciudad Iberoamericana vienen algunos poemas de sus tres publicaciones poéticas más importantes: Ismaelillo, Versos libres y Versos sencillos.

·         Isabel Arrieta y Roger Gutiérrez presentan algunos poemas sueltos de la obra en verso de José Martí.

·         Haschisch.

Cuentos:

·         Los zapaticos de Rosa.

·         Nené traviesa.

·         El camarón encantado.

·         Bebe y el señor don Pomposo.

·         La muñeca negra.

·         Meñique.

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           Otros textos:

·         El Colegio de la Esperanza ofrece en su página web, entre otras obras del escritor cubano, un texto sobre el general José de San Martín publicado en 1899 en la revista para niños La edad de oro.

Artículo Manuel Acuña.

Nuestra América de José Martí.

Manifiesto de Montecristi.

Diario de Campaña: De Cabo Haitiano a Dos Ríos.

Inglés

Biografía en inglés.

Algunos poemas de Martí traducidos al inglés por Aurelio de la Vega.

Traducción de «Cultivo una rosa blanca…».

Traducciones de algunos de sus ‘pensamientos’.

Ken Liddle, Galenao and Martí.

Yoke and star.

Varios poemas traducidos al inglés.

Encyclopædia Britannica – José Marti – Article on the Cuban revolutionary, poet and essayist from brittancia.com.

José Julián Martí y Pérez – Biographical notes on the Cuban revolutionary hero.

José Martí – Biographical notes and a list of literary works by Marti.

Jose Marti – A biographical essay by Carlos Ripoll. Page also includes some of Marti’s poetry in Spanish and in translation.

Jose Marti (1853-1895) – Site onCuba’s national hero features a biography and photos of Marti as well as his poetry and famous quotations by him.

Jose Marti – Cuba’s Greatest Hero – Links to Jose Marti sites on the web.

Jose Marti and Martin Luther King Jr: Brothers in Thought – An essay arguing that Marti and King share a common theological tradition.

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    Alemán

Artículo informativo sobre la vida del escritor cubano en alemán, por Armando Hart Dávalos, titulado Wer war José Martí

Versión al alemán de Versos sencillos.

Bibliografía sobre el autor y obra

·         Encontramos en la Universidad de Florida una importante bibliografía sobre Martí.

·         Paul P. Reuben ofrece una extensa bibliografía sobre los temas martianos.

Artículos y libros localizables en la red.

·         Jesús Zúñiga hace una bella reflexión sobre nuestro escritor en Martí 102 años después.

·         La Asociación de Educadores de Latinoamérica y el Caribe elabora sobre los textos de Martí una propuesta pedagógica.

.    Reseña de la presentación del libro de José Miguel Oviedo Cuaderno imaginario.

·         Raúl Fornet Betancourt nos propone en un ensayo algunos elementos para una lectura filosófica de José Martí.

·         Mercedes García Tudurí publica una poesía a Martí

·         Ramón de Armas, José Martí forjador de pueblos.

·         Salvador Arias, Recopilación de aforismos.

·         Salvador Arias, Glosando La Edad de Oro.

·         Carlos Ripoll, Martí.

·         Sean Donahue, Cuba and revolution.

·         Ned J. Davidson, Sound patterns in a poem of José Martí.

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     Foros de debate y discusión sobre el autor

·         El Centro de Estudios Martianos es un gran foro de debate sobre el autor cubano y ofrece diversos estudios y artículos sobre la figura y obra de José Martí, así como información sobre el II COLOQUIO INTERNACIONAL «JOSÉ MARTÍ Y LA CULTURA IBEROAMERICANA».

Otros ENLACES de interés

·         Eduardo Camacho ofrece una exposición sobre la serie completa La Edad de Oro: signo y color, fruto del estudio y análisis de los cuatro números de la revista La Edad de Oro que escribió José Martí para los niños de América, publicada en Nueva York en los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1889.

·         Algunas fragmentos de temas polémicos tratados por Martí traducidos al inglés.

·         Breve reseña de la vida de Martí en alemán.

.Página dedicada a los héroes independentistas hispanoamericanos en idioma letonio.

ALBERTI, RAFAEL. POEMAS EN AUDIO

 

ALBERTI, RAFAEL. POEMAS EN AUDIO

 

 

fonoteca

selección de poemas recitados por rafael alberti

1.-  Se equivocó la paloma   19.- Balada del que nunca fue a Granada
2.- Si mi voz muriera en tierra 20.- Ese General
3.- Canción 24 (Pedro Salinas) 21.- La imprevisión
4.- Canción 8 (Hoy las nubes me trajeron) 22.- Salinero
5.- Canción 3 (Aquí sí yo hubiera sido) 23.- Sueño del Marinero
6.- Canción 32 (América está muy sola) 24.- Pirata
7.- Canción 50 (Aunque yo quisiera ser) 25.- El mar muerto
8.- Canción 9 (Aquí se está quieto, pero) 26.- Rosa-fría patinadora de la luna
9.- A un capitán de navío 27.- A Federico García Lorca, poeta de Granada, II (Invierno)
10.- A Pablo Neruda, con Chile en el corazón 28.- Geografía física
11.- Romance de la defensa de Madrid 29.- Ilusión (Madre, vísteme a la usanza)
12.- El Alma en pena 30.- Ilusión, 3 (¡Traje mío, traje mío,)
13.- Retornos del amor en un palco de teatro 31.- Mil novecientos diecisiete
14.- Balada del andaluz perdido 32.- Al pincel
15.- Canción 37 (Creemos el hombre nuevo) 33.- El Bosco
16.- Los dos ángeles 34.- A la gracia
17.- A las Brigadas Internacionales 35.- Prólogo (El mar. La mar.)
18.- Me despierto  
 

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