LA LITERATURA ANTIGUA

LA LITERATURA ANTIGUA

Por German Herrera J.

CONTEXTO HISTORICO

La Literatura Antigua, como la Hindú, la Hebrea, La Árabe y la Griega contaron con un carácter eminentemente religioso dedicada a los Dioses, y sus creencias que a ellos les parecía más importante resaltar. Los períodos en los que se desarrollo el nacimiento de la Literatura Antigua hubo invasiones a los diferentes pueblos y que de una u otra manera modificaron los estilos de vida y costumbres de cada uno de ellos, que tuvieron mucho que ver en los cambios obtenidos en el área de la literatura y las formas de escritura de la misma en los diferentes pueblos. Sin embargo esto no ocurrió en todos, ejemplo de ello es la Hebrea en la cual tuvieron que pasar distintos acontecimientos históricos y de gran importancia para que éstos fueran relatados con lujo y detalle en los libros escritos.

LITERATURA INDIA

La Literatura Sánscrita tiene dos períodos el “Período Védico” en que la India por ejemplo se vio invadida por los años 2.500 y 1.500 a.C. Éste período se caracterizó por tratar literalmente temas referidos a la religión, al culto y a la sabiduría. Entre los valores resaltados en el período védico se encuentran la verdad, la bondad, el afecto y la justicia. Para el pueblo Hindú la vida en la tierra era pasajera y despreciable, mientras que en las vidas futuras estaba puesta la esperanza.

Y otro lapso de tiempo llamado “Período Postvédico” que duro entre los años 300 a.C. – 300 d.C. en donde se narran diferentes historias enfocadas a distintos ámbitos como la lucha, leyes, historias de amor y poemas filosóficos.

LITERATURA HEBREA

La Literatura hebrea existe desde el siglo XII a.C. y se desarrolló principalmente en Palestina que es una región localizada al norte de Egipto. Palestina tuvo como primeros pobladores a los hebreos los cuales iban en busca de la Tierra prometida y llegaron a esta región, sin embargo, como Palestina era un lugar sumamente codiciado por los países que lo rodeaban la estancia de los hebreos estuvo siempre llena de luchas y dificultades y aún en la actualidad no han encontrado un lugar fijo para establecerse y se encuentran distribuidos en todo el mundo.

En cuanto a la literatura vemos que se encuentra comprendida en la Biblia la cual fue inspirada por Dios solamente que dicha inspiración se amoldó a las diversas inteligencias que participaron en ella de ahí que encontremos libros que tienen un magnífico estilo literario y otros que carecen por completo de este.

LITERATURA ARABE

La Literatura Árabe desde el siglo IV d.C. hasta la aparición del Islam (aproximadamente en el 622 d.C., año de la Hégira), atravesó por un período que se ha denominado “Época de Ignorancia”. No se conservan muchos textos de esta época; la prosa árabe preislámica consistía en relatos breves de antiguas leyendas, proverbios y sentencias producto de la labor de los oradores de las tribus

LITERATURA GRIEGA

Los antiguos habitantes de Grecia, los pueblos de las civilizaciones egea y micénica, poseyeron una literatura oral compuesta en su mayor parte por canciones que hablaban de las guerras, las cosechas y los ritos funerarios. Los helenos se apropiaron de estas canciones en el segundo milenio a.C. y, aunque no se conserva ningún fragmento, los cantos de los aedos dedicados a los héroes prefiguran la poesía épica.

La literatura de los pueblos de habla griega desde finales del segundo milenio a.C. hasta la actualidad. Se desarrolló como expresión nacional con escasas influencias exteriores hasta el periodo helenístico y tuvo un efecto formativo en toda la literatura europea posterior. La épica griega alcanzó su máximo esplendor con la Ilíada y la Odisea de Homero, aunque se cree que pueden ser obra de una sucesión de poetas que vivieron a lo largo del siglo IX a.C.

Escritos en dialecto jónico con mezclas eólico, la perfección de sus versos hexámetros dáctilos indica que los poemas son la culminación, más que el principio, de una tradición literaria. Los poemas épicos homéricos se difundieron en las recitaciones de cantores profesionales que, en sucesivas generaciones, alteraron el original, actualizando el lenguaje. Esta tradición oral se mantuvo durante más de cuatro siglos.

Otros acontecimientos míticos y heroicos que no se celebran en la obra homérica o que no se narran en su totalidad, se convirtieron en el argumento de varios poemas épicos posteriores, algunos de cuyos fragmentos se conservan. Un grupo de estos poemas épicos, compuestos entre 800-550 a.C., por un número indeterminado de poetas conocidos como poetas cíclicos, tratan de la guerra de Troya y la expedición de Los Siete contra Tebas

Entre los poetas épicos conocidos, casi todos posteriores, se cuentan Pisandro de Rodas, autor de la Heracleia, que trata de las hazañas del héroe mitológico Hércules; Paniasis de Halicarnaso, que escribió una obra también llamada Heracleia, de la que sólo se conservan algunos fragmentos, y Antímaco de Colofón o Claros, autor de la Tebas y considerado fundador de la llamada escuela de poesía épica. Antímaco influyó poderosamente en los poetas épicos alejandrinos posteriores.

MANIFSTACIONES Y REPRESENTACIONES

El primer historiador griego, Heródoto, escribió una crónica de las guerras persas (500-449 a.C.) en dialecto jónico. Su principal obra, Historias, es apreciada por su rica información sobre la Grecia antigua, así como por su estilo sugestivo. Tucídides fue el primer gran escritor ático de prosa, y con su Historia de la guerra del Peloponeso se ha ganado el título de primer historiador crítico.

Las principales obras literarias del historiador y soldado Jenofonte fueron Anábasis, un relato de los mercenarios griegos que trataron de escapar de Persia; Memorabilia, una refutación de los cargos aportados contra Sócrates, junto con impresiones personales en forma de diálogo sobre su carácter y su filosofía; y Hellenica, en la que Jenofonte prosigue la historia de los griegos en el punto en que Tucídides la dejó.

Un historiador posterior, Timeo, escribió una historia de Sicilia y se tiene noticia de que inventó el método de calcular el tiempo en las Olimpiadas.

LA TRAGEDIA

La tragedia, tal y como hoy se la conoce, se cree que fue creada en el siglo VI a.C. por el poeta ateniense Esquilo, que introdujo el papel de un segundo actor, aparte del coro. Sus tragedias, cerca de 90, versan sobre temas tan excelsos como la divinidad y las relaciones de los seres humanos con los dioses.

Únicamente siete de sus obras han llegado hasta hoy, entre ellas Prometeo encadenado, que narra el castigo de Zeus al titán Prometeo, y la Orestiada, trilogía que retrata el asesinato del héroe griego Agamenón por su mujer, el de ésta por su hijo Orestes y el posterior destino de Orestes.

El segundo de los grandes trágicos griegos fue Sófocles. La admirable construcción de sus tramas y la manera en que sus temas y personajes despertaban al mismo tiempo piedad y temor, llevaron a Aristóteles y a otros críticos griegos a considerarle como el mejor autor de tragedias. Su Edipo rey constituye un epítome del género trágico

De las más de cien obras que escribió Sófocles, sólo se conservan siete tragedias, una obra satírica y más de mil fragmentos. Fue el primero en introducir el tercer actor en la escena, innovación que más tarde adoptaría Esquilo.

Eurípides, coetáneo de Sófocles, fue el tercer gran autor de teatro. Escribió cerca de 92 obras, de las que se conservan 17 tragedias y una obra satírica completa, Los cíclopes. Se le considera más realista que sus predecesores, especialmente en la agudeza psicológica de sus personajes, por lo que para algunos críticos es el dramaturgo griego más moderno.

Entre sus obras principales sobresale Medea, cuyo argumento gira en torno a la venganza llevada a cabo por la hechicera Medea contra su marido Jasón; e Hipólito, que trata del amor de Fedra por su hijastro Hipólito y su destino tras ser rechazada

LITERATURA HEBREA

La literatura hebrea esta constituida  fundamentalmente por el conjunto de los textos  comprendidos en el Antiguo Testamento.

Los libros antiguos del Testamento fueron escritos en  antiguo hebreo y suelen clasificarse en los siguientes  grupos:

1.-Libros históricos.

2.-Libros poéticos.

3.-Libros proféticos.

4.-Libros filosófico morales.

LIBROS HISTORICOS: Los libros históricos son el Pentateuco, el libro de Josué, el de los Jueces, el de los Reyes, los Parralipomenos, el de Esdras, el de Nehemías, los de los Macabeos, etc.

LIBROS POÉTICOS: Los hebreos adoptaron una peculiar modalidad poética llamada paralelismo. Consiste en la concordancia o contraposición de dos ideas, en dónde surge un ritmo de pensamiento. Ejemplos:

En toda la Biblia se encuentran trozos poéticos.

Los Salmos son composiciones destinadas a ser cantadas en ceremonias religiosas.

El cantar de los cantares se atribuye a Salomón y tiene carácter erótico.

LOS LIBROS PROFÉTICOS:  Los profetas se  proponían en sus cantos la finalidad de mantener viva  entre sus compatriotas la fe en Dios único y la  confianza del pueblo hebreo en la gloriosa  restauración de su pasada grandeza.

LOS LIBROS FILOSOFICO- MORALES:  Proponen  normas y enseñanzas para la conducta virtuosa del  hombre.

CONCLUSION

Podemos concluir que hablar de Literatura Antigua es  hablar mayoritariamente de Literatura Griega en  general, y que en todos resulta maestra la clásica  temática de la poesía helena, así como la de su filosofía  que es el origen directo de todas las formas de cultura  posterior.

Las Literaturas que han brillado más luminosamente  en nuestro mundo conservan el estilo sobrio de los  griegos, y todo movimiento de la cultura sean del  Medieval, el Renacimiento, en Neoclasicismo o el  Renacimiento ha experimentado la necesidad de fijar  su significación en el legado cultural de la Antigua  Literatura.

También, podemos decir claramente que toda la Literatura Antigua esta muy ligada a lo que es el ámbito religioso, el cual se representa en muchas de las obras antiguas como lo fue “La Iliada”, “La Odisea”, la “Biblia”, etc. Todas ellas simbolizan el estado en que se vivía y todo lo que envolvía al mundo en ese determinado tiempo de la historia.

El pensamiento de muchos de antiguos filósofos griegos conservan su valor propio desde hace veinte siglos, lo que los hace muy importantes ya que no todos tienen ese privilegio.

Un punto importante es el desarrollo de esta época en donde de a poco fue evolucionando hasta llegar a tal punto de trascender en la historia tanto por sus obras como por el grana significado que ellas tienen aun hoy en día.

Anuncios

ÉPOCAS LITERARIAS.

ÉPOCAS LITERARIAS

Por German Herrera J.

¿QUÉ ES UNA ÉPOCA LITERARIA?

Una época literaria es un periodo de tiempo determinado con característica particulares dentro de la literatura de un país o región.Generalmente coincide con épocas culturales-históricas más amplias, aunque en la misma época cultural y o histórica, pueden coincidir varias épocas literarias.

EPOCAS

LITERATURA ANTIGUA

(s.VIII a.C – s. V d.C.)

LITERATURA MEDIEVAL.

(s.V – s. XV.)

LITERATURA RENACENTISTA.

(s.XVI – s.XVII.)

LITERATURA NEOCLÁSICA.(s.XVIII.)

LITERATURA ROMANTICA.(s.XIX.)

LITERATURA REALISTA.(s.XIX.)

LITERATURA NATURALISTA.(s.XIX.)

LITERATURA MODERNISTA.(s.XIX.)

+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

LITERATURA ANTIGUA

(s.VIII a.C – s. V d.C.)

 

Estas obras literarias tienen como finalidad la entretención de sus lectores. Se destacan las tragedias griegas y romanas. En esta época aparecen las tragedias griegas donde se plantea la incapacidad del hombre de derrotar su destino “ la moira” y siempre vencerá la fuerza sobrehumana.

EDIPO REY

La obra más representativa de la antigüedad es “Edipo Rey”, donde Edipo mata a su padre y se casa con su madre “Yocasta”, quedando ciego y siendo desterrado al final de su tierra.

PRINCIPALES OBRAS DE LA EPOCA ANTIGUA.

“La Iliada”y “La Odisea” de Homero.

“Orestíada” de Esquilo.

“Edipo Rey” De Sóflocles.

“Electra” de Eurípides.

“Lisístrata” de Aristófanes.

LITERATURA MEDIEVAL.

(s.V – s. XV.)

Las obras literarias de este periodo se relacionan con plenamente con el momento histórico, la literatura tiene un carácter moralizante y religioso que permite al hombre despojarse de lo terrenal. El sufrimiento, el amor divino y la vida de los santos son los principales temas.

Aparecen las primeras manifestaciones de los géneros literarios.

En el género narrativo aparece la novela.

En el género lírico aparece la poesía épica, la poesía lírica y la poesía religiosa.

En el género dramático aparecen las primeras obras teatrales, destacándose “La Celestina” de Fernando de Rojas.

Dentro de la literatura española medieval, la obra más representativa es “El Poema de Mío Cid Campeador”, poema que trata sobre la vida del héroe español Rodrigo Díaz de Vivar, que al ser desterrado por su Rey busca el perdón y la restitución de su malograda familia. Claro ejemplo es este poema de la búsqueda del perdón y la restitución de la honra.

PRINCIPALES OBRAS DE LA EPOCA MEDIEVAL

El Cantar de Rolando” anónimo.

“El poema de Mío Cid Campeador”, anónimo.

“La divina comedia”, Dante Alighieri.

“Libro de buen Amor” Juan Ruiz Arcipreste de Hita.

“Decamerón” de Bocaccio.

“Cuentos de Canterbury” de Chaucer.

LITERATURA RENACENTISTA.

(s.XVI – s.XVII.)

Se conoce por Renacimiento a una de los momentos históricos más intensos de la historia del hombre que necesariamente coincide con las obras literarias producidas en este período. Hay una nueva visión de la vida y el hombre con todos sus afectos se vuelve el centro de todo el universo.

Se determinan en este período dos momentos de creación:

El “Primer siglo de oro” (s.XVI) que se identifica plenamente con los ideas renacentistas, admiración por la antigüedad, exaltación de la belleza y la bondad humana y búsqueda de la armonía perfecta.

El “Segundo siglo de oro” (s.XVII) llamado “Barroco” donde primo un estado pesimista y de exagerado misticismo abandonando los ideales humanista por un estado de contemplación religiosa.

PRINCIPALES AUTORES DE ESTA EPOCA

En el Teatro:

“Romeo y Julieta”,Williams Shakespeare.

“Fuenteovejuna”,Lope de Vega.

“El burlador de Sevilla”, Tirso de Molina

En la obras líricas se destacan Garcilaso de la Vega, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz.

En las obras narrativas se destaca Miguel de Cervantes Saavedra.

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

La obra más representativa de este período es “El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha” escrito en el año 1605 y que tiene como tema principal la búsqueda de un ideal. Don Quijote es un hombre mayor que decide hacerse en caballero y salir al mundo a impartir justicia, no mirando su condición y edad va tras un sueño caballeresco convirtiéndose así en un himno a la vida de todos los tiempos.

LITERATURA NEOCLÁSICA.(s.XVIII.)

En este período se busca la perfección de las formas por el predominio de la razón. En el teatro, la literatura cambia la realidad. Surge Moliére, quien, en sus obras, ridiculiza a la sociedad francesa de la época, mientras que en España el racionalismo permite que Leandro Fernández de Moratín, en “El Sí de las Niñas”,muestre vicios sociales y enseñe normas de comportamiento.

EL SI DE LAS NIÑAS –LEANDRO FERNANDEZ DE MORATIN

“El sí de las niñas” trata sobre Paquita y Don diego. Paquita es una joven de 16 años que debe casarse con don Diego, de 59 años, por orden de su madre. Ella esta enamorada de don Carlos, que es el sobrino de don Diego, pero nadie sabe esto. Por casualidad don Diego encuentra una carta donde Paquita se despide de su enamorado porque debe obedecer a su madre, don Diego se da cuenta que ella nunca lo va a querer y les permite casarse a los dos jóvenes enamorados.

PRINCIPALES AUTORES DE ESTA EPOCA

“Batilo”, “Los besos del amor”.

Juan Meléndez Valdés

“Fábulas morales”, Félix María de Samaniego.

“La señorita mal criada”, Tomás de Iriarte.

“El medico a palos” Moliere.

“El sí de las niñas” Leandro Fernández de Moratín.

LITERATURA ROMANTICA.(s.XIX.)

Este movimiento es una reacción a las imposiciones del neoclasicismo. Predominan los sentimientos ante la razón cobrando vital importancia “el yo individual”, las obras literarias presentan  la lucha del hombre entre el anhelo de elevación espiritual y el apego a lo terrenal. Es una época de mucha sensibilidad e interioridad subjetiva.

PRINCIPALES AUTORES DE ESTA EPOCA

“Don Juan Tenorio”, José de Espronceda.

“Fausto”, José Zorrilla.

“El estudiante de Salamanca”, Mariano José de Larra.

“Drácula”, Bram Stocker.

“Don Álvaro o la fuerza del sino”, duque de Rivas.

LITERATURA REALISTA.(s.XIX.)

Estas obras se caracterizan por una exagerada valoración de la realidad externa, primando ante todo el objetivismo. Se pretender ser una “fotografía” de la realidad mostrando los vicios y defectos del ser humano, para esto el escritor describe la realidad de su alrededor tal cual es.

PRINCIPALES AUTORES DE ESTA EPOCA

“Pepita Jiménez”, Juan Valera.

“Los miserables”, Victor Hugo.

“La comedia humana” Honorato Balzac

“Oliver Twist”, Charles Dicken

“Ana Karenina”, León Tolstoi.

“Crimen y castigo”, Fedor Dostoievsky

“Las aventuras de Toms Sawyer” Mark Twain

LITERATURA NATURALISTA.(s.XIX.)

Este movimiento se caracteriza por enfocar a la creación literaria como un experimento, intentando describir la realidad de modo totalmente objetivo y analizando a los personajes determinados por la herencia genética y las condiciones sociales. El escritor mas representativo de este periodo es Émile de Zola.

LITERATURA MODERNISTA.(s.XIX.)

El Modernismo es un movimiento lírico propiamente latinoamericano,

que busca la renovación temática, dando cabida a lo exótico y oriental (princesas, castillos y lagos encantados). Tiene un estilo refinado y cuidadoso en la forma, uso de símbolos propios de la Antigüedad clásica. Su principal exponente es el nicaragüense Rubén Darío (“Azul”).

Pedro Paramo. Juan Fulfo. Fragmento inicial.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi
madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté
sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de
prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de
este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa
sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a
mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca
me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de
sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo
alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi
madre. Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por
el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube;
para el que viene, baja».
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre
retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás
volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque
me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy
hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve
Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche». Y su voz era secreta, casi
apagada, como si hablara consigo misma… Mi madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre -contesté.
-¡Ah! -dijo él.
Y volvimos al silencio.

Juan Rulfo. Biografia

Juan Rulfo

(Sayula, México, 1918 – Ciudad de México, 1986) Escritor mexicano. Un sólo libro de cuentos, El llano en llamas (1953), y una única novela, Pedro Páramo (1955), bastaron para que Juan Rulfo fuese reconocido como uno de los grandes maestros de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. Su obra, tan breve como intensa, ocupa por su calidad un puesto señero dentro del llamado Boom de la literatura hispanoamericana de los años 60, fenómeno editorial que dio a conocer al mundo la talla de los nuevos (y no tan nuevos, como en el caso de Rulfo) narradores del continente.


Juan Rulfo

Juan Rulfo creció en el pequeño pueblo de San Gabriel, villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos, y sufrió allí las duras consecuencias de las luchas cristeras en su familia más cercana (su padre fue asesinado). Esos primeros años de su vida habrían de conformar en parte el universo desolado que Juan Rulfo recreó en su breve pero brillante obra.

En 1934 se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. A partir de 1938 empezó a VIAJAR por algunas regiones del país en comisiones de servicio y publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias. En los quince cuentos que integran El llano en llamas (1953), Juan Rulfo ofreció una primera sublimación literaria, a través de una prosa sucinta y expresiva, de la realidad de los campesinos de su tierra, en relatos que trascendían la pura anécdota social.

En su obra más conocida, Pedro Páramo (1955), Rulfo dio una forma más perfeccionada a dicho mecanismo de interiorización de la realidad de su país, en un universo donde cohabitan lo misterioso y lo real; el resultado es un texto profundamente inquietante que ha sido juzgado como una de las mejores novelas de la literatura contemporánea.

Borges y yo. Jorge Luis Borges

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.

Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

De: El hacedor (1960)

El Otro.Jorge Luis Borges

El Otro

Por Jorge Luis Borges

El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: “Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente.”Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia… Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L’hydre – univers tordant son corps écaillé d’astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí – me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien… ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar