WEST INDIES LTD. Nicolas Guillen

WEST INDIES  LTD.

 

 

 

¡W E S T  Indies! Nueces de coco, tabaco y aguardiente…

 

Éste es un oscuro pueblo sonriente, conservador y liberal,

ganadero y azucarero,

donde a veces corre mucho dinero, pero donde siempre se vive muy mal1 El sol achicharra aquí todas las cosas, desde el cerebro hasta las rosas.

 

Bajo el relampagueante traje de dril andamos todavía con taparrabos;

gente sencilla y tierna, descendiente de esclavos y de aquella chusma incivil

de variadísima calaña,

que en el nombre de España

cedió Colón a Indias con ademán gentil.

 

Aquí hay blancos y negros y chinos y mulatos. Desde luego, se trata de colores baratos,

pues a través de tratos y contratos

 

se han corrido los tintes y no hay un tono estable. (El que piense otra cosa que avance un paso y hable.) Hay aquí todo eso, y hay partidos políticos,

 

y oradores que dicen: «En estos momentos críticos…» Hay bancos y banqueros,

 

legisladores y bolsistas, abogados y periodistas, médicos y porteros.

¿Qué nos puede faltar?

Y aun lo que nos faltare lo mandaríamos buscar.

 

 

1 Cierto que éste es un pueblo manso todavía… / No obstante, cualquier día / alza de un golpe la cerviz; / rompe por dondequiera con sus calludas manos / y hace como esos árboles urbanos / que arrancan toda una acera con una sola raíz.

 

 

¡West Indies! Nueces de coco, tabaco y aguardiente. Este es un oscuro pueblo sonriente.

 

¡Ah, tierra insular! ¡Ah, tierra estrecha!

 

¿No es cierto que parece hecha sólo para poner un palmar? Tierra en la ruta del «Orinoco», o de otro barco excursionista, repleto de gente sin un artista y sin un loco;

 

puertos donde el que regresa de Tahití, de Afganistán o de Seúl,

viene a comerse el cielo azul, regándolo con Bacardí; puertos que hablan un inglés

 

que empieza en yes y acaba en yes. (Inglés de cicerones en cuatro pies.)

¡West Indies! Nueces de coco, tabaco y aguardiente. Éste es un oscuro pueblo sonriente.

Me río de ti, noble de las Antillas,

 

mono que andas saltando de mata en mata, payaso que sudas por no meter la pata,

y siempre la metes hasta las rodillas. Me río de ti, blanco de verdes venas

— ¡bien se te ven aunque ocultarlas procuras!— , me río de ti porque hablas de aristocracias puras, de ingenios florecientes y arcas llenas.

¡Me río de ti, negro imitamicos,

que abres los ojos ante el auto de los ricos,

 

y que te avergüenzas de mirarte el pellejo oscuro, cuando tienes el puño tan duro!

 

Me río de todos: del policía y del borracho, del padre y de su muchacho,

del presidente y del bombero.

Me río de todos; me río del mundo entero.

Del mundo entero, que se emociona frente a cuatro peludos, erguidos muy orondos detrás de sus chillones escudos,

como cuatro salvajes al pie de un cocotero.

 

 

 

 

 

 

 

 

— Coroneles de terracota, políticos de quita y pon; café con pan y mantequilla…

¡Que siga el son!

 

La burocracia está de acuerdo en ofrendarse a la Nación; doscientos dólares mensuales…

¡Que siga el son!

 

El yanqui nos dará dinero para arreglar la situación;

la Patria está por sobre todo…

¡Que siga el son!

 

Los viejos líderes sonríen

 

y hablan después desde un balcón. ¡La zafra! ¡La zafra! ¡La zafra! ¡Que siga el son!

 

 

3

 

Las cañas — largas— tiemblan de miedo ante la mocha. Quema el sol y el aire pesa. Gritos de mayorales

restallan secos y duros como foetes. De entre la oscura

 

masa de pordioseros que trabajan, surge una voz que canta,

 

brota una voz que canta, sale una voz llena de rabia,

 

se alza una voz antigua y de hoy, moderna y bárbara:

 

— Cortar cabezas como cañas, ¡chas, chas, chas!

 

Arder las cañas y cabezas, subir el humo hasta las nubes, ¡cuándo será, cuándo será!

 

 

Cinco minutos de interrupción. La charanga de Juan el Barbero toca un son.

 

 

Está mi mocha con su filo, ¡chas, chas, chas!

 

Está mi mano con su mocha, ¡chas, chas, chas!

Y el mayoral está conmigo, ¡chas, chas, chas!

 

Cortar cabezas como cañas, arder las cañas y cabezas,

subir el humo hasta las nubes…

¡Cuándo será!

 

Y la canción elástica, en la tarde de zafra y agonía,

tiembla, fulgura y arde,

pegada al techo cóncavo del día.

 

4

 

El hambre va por los portales llenos de caras amarillas

y de cuerpos fantasmales;

 

y estacionándose en las sillas de los parques municipales, o pululando a pleno sol

y a plena luna,

 

busca el problemático alcol que borra y ciega,

 

pero que no venden en ninguna bodega.

¡Hambre de las Antillas,

dolor de las ingenuas Indias Occidentales!

 

Noches pobladas de prostitutas, bares poblados de marineros; encrucijada de cien rutas

para bandidos y bucaneros. Cuevas de vendedores de morfina, de cocaína y de heroína.

 

Cabarets donde el tedio se engaña con el ilusorio cordial

 

de una botella de champaña, en cuya eficacia la gente confía

como en un neosalvarsán de alegría para la «sífilis sentimental».

 

Ansia de penetrar el porvenir y sacar de su entraña secreta

 

 

una fórmula concreta para vivir.

Furor de los piratas de levita

 

que como en Sores y «El Olonés», frente a la miseria se irrita

 

y se resuelve en puntapiés. ¡Dramática ceguedad de la tropa, que siempre tiene presto el rifle

 

para disparar contra el que proteste o chifle, porque el pan está duro o está clara la sopa!

 

5

Cinco minutos de interrupción. La charanga de Juan el Barbero toca un son.

 

— Para encontrar la butuba hay que trabajar caliente; para encontrar la butuba hay que trabajar caliente: mejor que doblar el lomo, tienes que doblar la frente.

 

De la caña sale azúcar, azúcar para el café; de la caña sale azúcar, azúcar para el café:

 

lo que ella endulza, me sabe como si le echara hiel.

 

No tengo donde vivir

 

ni mujer a quien querer; no tengo donde vivir,

 

ni mujer a quien querer: todos los perros me ladran, y nadie me dice usted.

 

Los hombres,, cuando son hombres, tienen que llevar cuchillo;

 

los hombres, cuando son hombres, tienen que llevar cuchillo:

¡yo fui hombre, lo llevé,

y se me quedó en presidio!

 

Si me muriera ahora mismo, si me muriera ahora mismo,

 

si me muriera ahora mismo, mi madre, ¡qué alegre me iba a poner!

 

 

¡Ay, yo te daré, te daré, te daré, te daré,

 

ay, yo te daré la libertad!

 

6

 

¡West Indies! ¡West Indies! ¡West Indies! Este es el pueblo hirsuto,

 

de cobre, multicéfalo, donde la vida repta con el lodo seco cuarteado en la piel. Éste es el presidio

 

donde cada hombre tiene atados los pies. Ésta es la grotesca sede de companies y trusts.

Aquí están el lago de asfalto, las minas de hierro, las plantaciones de café,

los ports docks, los ferry boats, los ten cents…

 

Éste es el pueblo del all right donde todo se encuentra muy mal; éste es el pueblo del very well, donde nadie está bien.

 

Aquí están los servidores de Mr. Babbit. Los que educan sus hijos en West Point. Aquí están los que chillan: helio baby,

 

y fuman «Chesterfield» y «Lucky Strike». Aquí están los bailadores de fox trots, los boys del jazz band

y los veraneantes de Miami y de Palm Beach.

 

Aquí están los que piden bread and butter y coffee and milk.

 

Aquí están los absurdos jóvenes sifilíticos, fumadores de opio y de mariguana, exhibiendo en vitrinas sus espiroquetas

 

y cortándose un traje cada semana. Aquí está lo mejor de Port-au-Prince,

lo más puro de Kingston, la high life de La Habana…

Pero aquí están también los que reman en lágrimas, galeotes dramáticos, galeotes dramáticos.

 

Aquí están ellos,

los que trabajan con un haz de destellos la piedra dura donde poco a poco se crispa

el puño de un titán. Los que encienden la chispa roja, sobre el campo reseco.

 

 

Los que gritan: «¡Y a vamos!», y les responde el eco

de otras voces: «¡Y a vamos!» Los que en fiero tumulto sienten latir la sangre con sílabas de insulto.

¿Qué hacer con ellos,

si trabajan con un haz de destellos?

 

Aquí están los que codo con codo todo lo arriesgan; todo

lo dan con generosas manos;

aquí están los que se sienten hermanos

 

del negro, que doblando sobre el zanjón oscuro la frente, se disuelve en sudor puro,

y del blanco, que sabe que la carne es arcilla

 

mala cuando la hiere el látigo, y peor si se la humilla bajo la bota, porque entonces levanta

 

la voz, que es como un trueno brutal en la garganta. Ésos son los que sueñan despiertos,

los que en el fondo de la mina luchan, y allí la voz escuchan

con que gritan los vivos y los muertos.

 

Ésos, los iluminados, los parias desconocidos, los humillados,

 

los preteridos, los olvidados, los descosidos, los amarrados, los ateridos,

 

los que ante el máuser exclaman: «¡Hermanos soldados!», y ruedan heridos

 

con un hilo rojo en los labios morados. (¡Que siga su marcha el tumulto!

 

¡Que floten las bárbaras banderas, y que se enciendan las banderas sobre el tumulto!)

 

 

7

 

 

 

 

 

— Me matan, si no trabajo, y si trabajo me matan; siempre me matan, me matan, siempre me matan.

Cinco minutos de interrupción. La charanga de Juan el Barbero toca un son.

 

 

Ayer vi a un hombre mirando, mirando el sol que salía;

 

ayer vi a un hombre mirando, mirando el sol que salía:

el hombre estaba muy serio, porque el hombre no veía. Ay, #

 

los ciegos viven sin ver cuando sale el sol, cuando sale el sol, ¡cuando sale el sol!

 

Ayer vi a un niño jugando a que mataba a otro niño; ayer vi a un niño jugando a que mataba a otro niño: hay niños que se parecen a los hombres trabajando.

 

¡Quién les dirá cuando crezcan que los hombres no son niños, que no lo son,

 

que no lo son, que no lo son!

 

Me matan, si no trabajo, y si trabajo, me matan:

 

siempre me matan, me matan, ¡siempre me matan!

 

 

8

 

Un altísimo fuego raja con sus cuchillas la noche. Las palmas, inocentes

 

de todo, charlan con voces amarillas de collares, de sedas, de pendientes. Un negro tuesta su café en cuclillas. Se incendia un barracón.

 

Resoplan vientos independientes. Pasa un crucero de la Unión Americana. Después, otro crucero,

 

y el agua ingenua ensucian con ambiciosas quillas, nietas de las del viejo Drake, el filibustero.

 

Lentamente, de piedra, va una mano cerrándose en un puño vengativo.

 

 

Un claro, un claro y vivo

son de esperanza estalla en tierra y océano.

El sol habla de bosques con las verdes semillas…

 

West Indies, en inglés. En castellano, las Antillas.

 

L Á P I D A

 

Esto fue escrito por Nicolás Guillén, antillano, en el año de mil novecientos treinta y cuatro.

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MAESTRITO DE PUEBLO. ABRAHAM RIVERA SANDOVAL, MEXICO

MAESTRITO DE PUEBLO

 (ABRAHAM RIVERA SANDOVAL, MEXICO)

 ¡Que ya te dije que no!
Y tus caprichos no  acepto.
No importa que me dejes de hablar,
no me importa que te pongas molesto,
 aunque me cuelgues la cara,
aunque me hagas sentimiento,
mi permiso no he de darte,
 antes…antes, te lleno de cueros.
Tanto dinero gastado,
 tanto esfuerzo, tanto estudiar:
La primaria, la secundaria, la preparatoria,
 que cursos aquí, que cursos allá.
Tanta hablada de tu parte,
tantos sueños construyendo:
Que ibas para médico, que no,
que mejor licenciado,
que ibas para político
o tal vez para ingeniero.
Y ahora que estás como chiflado,
o loco te estás volviendo,
me sales de babosote, con la idea de ser maestro.
¿Qué no te va a dar vergüenza de rebajarte tan feo?
 ¿No te va a dar pena de bajar a tal empleo?.
Maestrito…¡Que gran cosa!
Uy… qué dignidad, que porvenir,
 que importancia…que abolengo.
Mira nomás. Maestrito de escuela.
Un torpe. Un bueno para nada.
Haragán, Irresponsable. Vago. Majadero.
Un flojo al que solamente le gusta el dinero.
 Maestrito….¡mitotero!
   A ver. ¿Qué les vas a enseñar a los niños?
. Si ni siquiera sabes cantar.
Mucho menos contar un cuento.
Maestrito,
 si así como vistes, solamente vas para cirquero.
¡Que normal ni que ocho cuentos!.
Definitivamente no.
 No quiero que seas maestro.
 Antes, te llevo al campo, para que seas jornalero,
pa que el sol te de bien fuerte
y te hagas fuerte y prieto.
 Sí…así me dijo mi padre.
 Y yo, que mucho lo quiero,
bajé la frente y salí de casa diciendo:
—Está bien padre. Estoy de acuerdo.
Haré lo que usted diga.
 De verdad, se lo prometo,
pero ya no esté enojado,
no sea que le vaya a hacer daño.
Ya no  se enoje, haré lo que usted diga…
Seré licenciado o ingeniero.
Entonces salí,
 vagué por las calles,  por las huertas,
 por el jardín, por la placita, por la iglesia,
 pasé por una escuela y miré a muchos niños sin maestros.
También miré a los peones descalzos,
sudorosos, sin aliento,
 poniendo sobre un papel, solamente la huella de su dedo.
 También vi a las mujeres sin huaraches,
 cargando la leña del cerro,
 y esos niños…
esos niños hurgando entre los basureros.
Recogí entre mi alma,
a esa gente de mi pueblo,
a esa gente sin fortuna, sin redención,
 sin consuelo y los metí,
 los metí aquí dentro, en mi corazón,
 en mis entrañas, en mi cerebro.
Les di parte de mi conciencia y me confundí con ellos.
Allí, frente a esos niños enfermos,
 pensé que eran unos angelitos
despreciados del cielo.
Miré que no tenían alas,
los miré casi sin cuerpo.
Angelitos sin hogar, sin virgen,
sin padre nuestro.
Y entonces pensé: Si me aferro a ser licenciado,
médico, contador o ingeniero,
¿Cómo iba a despertar la conciencia de mi pueblo?…
¿En qué los voy a ayudar siendo licenciado?
Tal vez no podría darles amor,
justicia o palabras de consuelo.
No podría yo ofrecerles gran cosa, para calmar su tormento.
 Entonces volví a mi hogar.
Todo lo tenía resuelto. Llamé a mi padre y le dije:
–Padre, yo a usted mucho lo respeto.
Comprendo sus ansias, sacrificios y sus sueños.
Pero hoy, quiero que me escuche,
 por favor, solo un momento.
Si quiere que yo sea feliz,
si quiere de verdad que sirva a mi pueblo,
si usted quiere que colabore para mejorar a mi México,
si usted quiere que dedique  mi vida en lo que más quiero,
 por favor, papá, se lo suplico.
Deje que sea feliz con mis niños en la escuela,
deje que mi vocación se torne en mis clases y recreo.
 Yo quiero ser lección de amor,
quiero que mis palabras sean versos,
que sea yo lucero con mis palabras del alfabeto.
Deje que sea manantial, para saciar la sed de mi pueblo.
 Déjeme sufrir, déjeme luchar.
 Déjeme vivir con el pueblo para educarlos,
para construir un colegio.
Deje padre que luche, déme su permiso,
se lo ruego.
Quiero sembrar esperanzas,
quiero construir anhelos,
quiero formar una escuela,
 una escuela a los cuatro vientos.
Una escuela de libertad, donde haya luz y cantos nuevos.
Déme permiso papá, que sea un maestrito de pueblo.
Quiero marcar programas justos,
quiero trazar caminos nuevos,
deje que siembre la mies,
deje que propicie  el vuelo,
 el vuelo de esa águila que parece no tener alas, ni aliento.
Usted ya ve, mi hermano es doctor,
el mayor es ingeniero,
 ellos, han formado en su ingratitud,
un mundo diferente, de explotación,
de egoísmo, de lujos y de dinero.
 A ver ¿Dónde están ellos?
Si de usted ya se han olvidado,
si ya no vienen al pueblo,
su mentalidad burguesa ha cambiado
 ¿Por qué no han venido a verlo cuando se pone enfermo?
Por favor papá, se lo suplico, déjeme que sea maestro.
Mi padre se quedó pensando.
Y después de un gran silencio, me abrazó y me dijo:
—Sí muchacho, te comprendo.
Me has abierto los ojos.
Anda, ve a luchar hijo mío,
 que aquí estaré esperando tu regreso.
Sé que traerás, muchas cosas logradas
 con fe y con empeño.
Cuando vuelvas hijo mío,
 vamos a estar muy contentos,
y tal vez se llenará esta casa,
con tu amor y los gritos de tus pequeños.
 Si aquí no me encuentras ya,
yo sé que tendrán ese consuelo,
de volver a esta tu casa,
 y de volver a tu pueblo.
Sé que vendrás a verme,
sé que vendrás por este viejo
y querrás con toda tu alma, enseñarme el alfabeto.
Si aquí no me encuentras ya,
ve a buscarme al cementerio.
Y allí, solitos los dos,
encerrados en el silencio,
me contarás de tus afanes,
de tus sueños logrados,
de tus sencillas tareas,
 de tus éxitos, de tus progresos.
No me traigas flores hijo mío,
sé que no me las merezco,
ni cruz, ni nada. Solamente quiero tu recuerdo.
Anda hijo mío. Vete ya.
 México espera tu esfuerzo.
Te espera el hombre ignorante,
 te esperan los niños macilentos,
yo aquí  me quedo esperando, con orgullo verdadero.
 Anda hijo mío, vete ya.
Que si de momento muero,
voy a gritar con orgullo,
voy a gritar a los cuatro vientos:
¡MI HIJO!…¡MI HIJO!
¡ES UN MAESTRITO DE PUEBLO!