Antologia escencial. POEMAS. JOSEPH BRODKSY

1
Antología esencial
Muestrario de Biblioteca Digital Poesía 24
Joseph
Brodsky
2
Antología esencial
Joseph Brodsky, Rusia
Edición digital gratuita de
Muestrario de Poesía 24
Primera edición: Enero 2009
Santo Domingo, República Dominicana
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INTERCOACH
Forjando líderes ganadores
3
Joseph Brodsky / Presentación por Seamus Heaney 5
Poema 8
A Eugenio 8
Amicum-Philosophum de Melancholia, … 9
Canción de amor 10
Carta a un amigo romano 11
Divertimento mexicano 13
El busto de Tiberio 15
El explorador polar 18
El nuevo Jules Verne 18
En la región de los lagos 20
Me han culpado de todo 20
Mi verso mudo, mi callado verso… 21
Música sueca 22
No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj 22
Partes de la oración 23
Post Aetatem Nostram 26
24 de diciembre del 1971 27
24 de diciembre de 1986 28
24 de diciembre de 1989 29
Presepio 30
Melodía de Belfast 30
Aldea de Piedra 31
He entrado… 31
Cuánto tiempo he andado 32
Lista de algunas observaciones 33
Oda al concreto 33
Törfallet 34
El fuego, oyes, se empieza a apagar… 35
Ulises y Telémaco 35
Y no importa que un vacío empiece a abrirse 36
Yo no era más que aquello que tú… 37
Contenido
4
Brise Marine 38
Ab ovo 39
Estrofas venecianas 40
Un consejo 42
Romance navideño 45
En la segunda Navidad 46
Gran elegía para John Donne (fragmento) 47
Todos los perros devorados 50
Centauros IV 50
Fin de una época maravillosa 51
Siempre he dicho que el destino es un juego… 53
De ninguna parte con amor 54
Investigador del Polo Norte 55
Estuve en una jaula 55
Biografía de Joseph Brodsky 57
5
Joseph Brodsky
por Seamus Heaney
Quienes conocían a Joseph Brodsky eran muy conscientes de que su enfermedad
coronaria era seria y que probablemente le causaría la muerte, pero, dado que
siempre existió en la mente de sus amigos, no sólo como persona, sino como una
especie de principio de indestructibilidad, les era difícil
admitir que estaba en peligro. La intensidad y atrevimiento
de su genio, más el puro alborozo que era estar en su
compañía, te impedían pensar en aquella amenaza a su salud;
tenía un coraje y un estilo tales, y vivía a una distancia tan
deliberada de la autocompasión y la queja, que tendías a
olvidar que era mortal como cualquier hijo de vecino. De ahí
que su muerte sea un suceso singularmente impactante y
perturbador. Verse en la obligación de hablar de él en pasado
simple parece una afrenta a la gramática misma.
Había una maravillosa certidumbre en Joseph, una disponibilidad intelectual
casi salvaje. La conversación despegaba de inmediato hacia arriba y era imposible
decelerarla. Lo que viene a decir que ejemplificaba en su experiencia vital aquello
que más apreciaba en la poesía, la capacidad del lenguaje para ir más rápido y
más lejos de lo esperado y así proporcionar una salida a las limitaciones y
preocupaciones del yo. Verbalmente, tenía el umbral de aburrimiento más bajo
de cuantos he conocido, siempre haciendo juegos de palabras, inventando rimas,
saltándose la norma y sacando la piedra de afilar, subiendo inesperadamente las
apuestas o cambiando de rumbo. Las palabras eran una suerte de gasolina de alto
octanaje para él, y le gustaba sentirse propulsado por ellas dondequiera que
fuesen. También disfrutaba dando efecto a las palabras de los demás, ya con citas
que equivocaba en un arranque de inspiración, ya con respuestas extravagantes.
Una vez, por ejemplo, cuando estaba en Dublín y se quejaba de una de nuestras
raras olas de calor, le sugerí en broma que tal vez debería seguir viaje hasta
Islandia, a lo que él respondió como un rayo, con típica exaltación y picardía:
“No, no podría tolerar la ausencia de sentido.”
Su propia ausencia será más difícil de tolerar. Desde el mismo instante en que
lo conocí, en 1972, cuando pasó por Londres en la segunda mitad de su viaje entre
la disidencia en Rusia y el exilio en los Estados Unidos, fue una presencia
confirmadora. Su mezcla de brillantez y dulzura, de los más altos valores y el más
refrescante sentido común, nunca dejó de ser a la vez fortificante y atractiva.
Cada encuentro con él constituía una renovación de la creencia en las
posibilidades de la poesía. Había cierta magnificencia en la perplejidad que le
inspiraba el autoengaño de los poetas de segunda, y en la furia con que
contemplaba la simple ignorancia de las exigencias técnicas del género visible en
el trabajo de muchos poetas con grandes reputaciones; y había algo vigorizante
en lo que él llamaba “hacer la lista de la lavandería”, esto es, repasar los nombres
6
de nuestros contemporáneos, jóvenes y viejos, a fin de que cada uno defendiera a
los que más apreciaba. Era como encontrarse con un camarada secreto.
Pero estoy hablando de una prima personal, y esto importa menos, en última
instancia, que cuanto podría llamarse su importancia impersonal. Ello tenía que
ver con la firme convicción de Joseph Brodsky de que la poesía era una fuerza del
bien, no tanto “para el bien de la sociedad” como de la salud del alma y la mente
individuales. Estaba resueltamente en contra de cualquier idea que situara el
carro de lo social delante del caballo de lo individual, de cualquier cosa que
envolviera la respuesta original en un uniforme común. “Rebaño” (herd) era para
Joseph Brodsky lo contrario de “oído” (heard), pero eso no mermó su pasión por
hacer de la poesía una parte integral de la cultura común de los Estados Unidos.
Aunque eso tampoco significaba que quisiera usar los estadios deportivos para
celebrar lecturas poéticas. Si alguien tenía la ocurrencia de recordar las enormes
audiencias que atendían estos eventos en la Unión Soviética, la réplica era
inmediata: “Pensad en la basura que deben escuchar”. En otras palabras, Joseph
desacreditaba el emparejamiento de la política y la poesía (“Lo único que tienen
en común son las letras iniciales p y o”), no porque no creyera en el poder
transformador de la poesía per se, sino porque las exigencias políticas
modificaban el criterio de excelencia, lo que abría las puertas a un envilecimiento
del lenguaje y a un descenso del “plano de estima” (una expresión muy de su
gusto) desde el que los seres humanos se contemplaban a sí mismos y establecían
sus valores. Y sus credenciales como custodio del papel del poeta eran, por
supuesto, impecables, dado que su arresto y enjuiciamiento por las autoridades
soviéticas en los años sesenta, y su posterior destierro a un campo de trabajo en
Siberia, tenían específicamente que ver con el cumplimiento de su vocación
poética, definida por los fiscales como una vocación socialmente parasitaria. Esto
había convertido su caso en algo parecido a una cause célèbre internacional y le
proporcionó una fama inmediata desde el instante en que llegó a Occidente; pero,
en vez de abrazar el estatus de víctima y pescar en el río revuelto del radicalismo
chic, Brodsky se puso el mono de trabajo y aceptó un puesto de profesor en la
Universidad de Michigan.
Muy pronto, sin embargo, su celebridad se basó más en lo que hacía en su
nueva patria que en lo que había hecho en la antigua. Para empezar, era un lector
electrizante de sus propios poemas en ruso, y sus muchas apariciones en las
universidades de todo el país en los setenta introdujeron una nueva vitalidad y
gravedad en el negocio de las lecturas poéticas. Lejos de halagar a su audiencia
con una pose de moderado hombre-de-la-calle, Brodsky afinaba su actuación en
el tono de un bardo. Tenía una voz sonora, se sabía los poemas de memoria y sus
cadencias poseían la majestad y el patetismo de un chantre, de manera que sus
actuaciones nunca dejaban de inducir una impresión de trascendencia en quienes
las atendían. Así pues, empezó a ser considerado como la figura del poeta
representativo, dueño de una sonoridad profética aunque él mismo pudiera
poner pegas a la noción del papel profético, impresionando de paso al mundo
académico con la profundidad de su conocimiento de la tradición poética, desde
la época clásica hasta el Renacimiento y la tradición europea moderna, la inglesa
inclusive.
7
Con todo, si a Joseph le inquietaba esta dimensión profética, no tenía ninguna
reserva sobre la didáctica. Nadie disfrutaba más que él sentando cátedra, con el
resultado de que su fama como profesor comenzó a extenderse y algunos
aspectos de su práctica empezaron a ser imitados. En particular, su insistencia en
que los estudiantes debían aprender y recitar de memoria los poemas tuvo una
influencia considerable en los talleres de escritura creativa estadounidenses, y su
defensa de las formas tradicionales, su atención al metro y la rima, y su alto
aprecio por la obra de poetas no vanguardistas como Robert Frost y Thomas
Hardy, tuvo como resultado general el despertar de una memoria poética más
antigua. El punto culminante de este proceso llegó con su “Propuesta inmodesta”,
hecha en 1991 cuando oficiaba de Poeta Laureado en la Biblioteca del Congreso.
Por qué no imprimir millones de copias de unos versos, preguntó en voz alta,
dado que un poema “nos ofrece un ejemplo […] de la inteligencia humana al
completo y a pleno rendimiento”. Aun más, puesto que la poesía hace uso de la
memoria, “es útil para el futuro, no digamos ya el presente”. También puede hacer
algo contra la ignorancia y es “el único seguro de que disponemos contra la
vulgaridad del corazón humano. Por tanto, debería estar a disposición de todo el
mundo en este país, y a un bajo costo”.
Esta combinación de desafío descarado y creencia apasionada era típica de él.
Siempre tenía el clarín a mano para retar a la oposición, incluso a la oposición
que había en él. Había pasión en todo lo que hacía, desde la urgente necesidad de
poner la quinta cuando buscaba las rimas de un poema, hasta el descaro
incorregible con que se batía a duelo con la muerte cada vez que rompía el filtro
de un cigarrillo y descubría los dientes antes de dar una calada. Ardió, no con la
dura llama diamantina postulada idealmente por Walter Pater, sino con la
exhalación y amplitud de un lanzallamas, hábil e impredecible, a la vez una
rúbrica floreada y una amenaza. Cuando usaba la palabra “tirano”, por ejemplo,
siempre me aliviaba saber que no se refería a mí.
Disfrutaba del combate cuerpo a cuerpo. Se enfrentaba a la estupidez con la
misma vehemencia que dedicaba a la tiranía (a su juicio, después de todo, aquélla
no era sino un aspecto más de ésta), y era tan atrevido en la conversación como
en la página impresa. Pero la página impresa es lo que nos queda y él sobrevivirá
detrás de sus negras líneas, en el paso de sus versos medidos o de sus argumentos
en prosa, como la pantera de Rilke marcando el paso detrás de los negros
barrotes con una constancia y una inexorabilidad resuletas a traspasar todo
límite y conclusión. Y sobrevivirá, también, en la memoria de sus amigos, que
hallarán un patetismo y una dulzura adicionales en las imágenes que lleven
consigo, que en mi caso incluyen aquel primer vislumbre de un joven en un jersey
de lana roja, analizando al público y a sus colegas lectores con un ojo tan ansioso
como el de un pajarillo y tan agudo como el de un águila. ~
8
Poema
En cuanto se pronuncia la palabra “futuro”
salen corriendo de la lengua rusa los ratones
y con toda su prole la emprenden a mordiscos
con el manjar de la memoria (un queso de agujeros).
Después de tanto invierno, qué más da
lo que haya o quién haya detrás de la cortina:
no suena en el cerebro ningún “do” celestial,
sino el murmullo de la vida. A la que,
como al caballo regalado, no se le mira el diente,
pero ella nos lo enseña en cuanto puede.
Del hombre sólo resta su parte de la oración.
Su parte de la oración en general. Solamente una parte.

 
A Eugenio
En cualquier elemento el hombre
es tirano, prisionero o traidor…
A. Pushkin
Yo estuve en México, escalé las pirámides
impecables moles geométricas
desparramadas por el istmo de Tehuantepec.
Quiero creer que las hicieron visitantes del cosmos
pues estas obras suelen edificarlas los esclavos
y el istm0 está cubierto de hongos pétreos.
Los ídolos de arcilla son tan fáciles
de falsificar que propician rumores.
Bajorrelieves varios, con cuerpos de serpientes
y el alfabeto indescifrable de una lengua
que ignoró siempre la conjunción o.
¿Qué contarían si empezaran a hablar?
Nada. En el mejor de los casos, las victorias
sobre tribus vecinas y cabezas partidas.
9
Que la sangre del hombre vertida en el altar
del Dios del Sol le fortalece un músculo.
Que el sacrificio nocturno de ocho jóvenes fuertes
garantiza el alba con mayor seguridad que un despertador.
De cualquier modo es preferible la sífilis o las fauces
mortíferas de aquellos unicornios de Cortés, al sacrificio.
Si te toca en suerte alimentar con tus ojos a los cuervos
es preferible que el asesino sea asesino y no un astrónomo.
En general, sin esos españoles es muy poco probable
que hubiesen llegado a tener la certeza
de que alguna cosa les había pasado.
Es aburrido vivir, querido Eugenio. Dondequiera que vas
la estupidez y la crueldad te siguen.
Me da pereza encerrar eso en versos.
Como dijo el poeta: «En cualquier elemento…».
¡Qué lejos vio desde sus marismas natales!
Yo agregaría: en cualquier latitud.
1975
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
Amicum-philosophum de Melancholia,
Mania et Plica Polonica
(«Al amigo-filósofo, de la manía, de la melancolía y de la plica
polaca»: título de un tratado del siglo XVIII que se conserva en la
biblioteca de la Universidad de Vilnius. [Nota del autor.])
Insomnio. Un trozo de mujer. Un vidrio
repleto de reptiles que se abalanzan hacia afuera.
La locura del día se desliza del cerebelo
al cogote donde ha formado un charco.
En cuanto te meneas, el interior percibe
10
como en este lodo helado alguien
sumerge una pluma fina
y lentamente traza «maldición»
con letra que se tuerce en cada curva.
El trozo de mujer con crema
suelta al oído palabras largas
como una mano en mugrientas greñas.
Y tú en las sombras estás solo, sobre la sábana
denudo, como un signo zodiacal.
1971
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
Canción de amor
Si te estuvieras ahogando, acudiría al rescate,
te envolvería en mi manta y serviría té caliente.
Si fuera un comisario, te arrestaría
y te mantendría en una celda bajo siete llaves.
Si tú fueras un ave, batiría un récord
y escucharía toda la noche tu trinar de tono agudo.
Si fuera un sargento, serías mi recluta,
y, muchacho, te aseguro que amarías el ejercicio.
Si tú fueras china, aprendería la lengua,
quemaría mucho incienso, usaría vestiduras raras.
Si tú fueras espejo, me abalanzaría al baño de damas,
te daría mi lápiz labial rojo y te empolvaría la nariz.
Si tú amaras los volcanes, yo sería lava,
incansablemente eruptando de mi oculta fuente.
Y si tú fueras mi esposa, sería tu amante,
porque la Iglesia se opone tenazmente al divorcio.
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Carta a un amigo romano
(De Marcial)
Sopla el viento hoy, las olas se encaraman.
Se acerca el otoño y trocará toda la vista.
Y, Póstumo, este mudar de tonos te llega más al alma
que ver cómo se cambia de vestido la amiga.
De una doncella gozas hasta un punto cierro,
que no supera el codo, la rodilla.
Cuánta más dicha en la belleza ajena al cuerpo:
a salvo del abrazo, la perfidia.
*
Te mando Póstumo, estos escritos.
¿Y en la capital? ¿La cama te hacen blanda, o te resulta dura?
¿Qué es del César? ¿Sigue aún con sus intrigas?
Con ellas sigue, imagino, y con su gula.
Me encuentro en mi jardín, arde una tea.
Sin una amiga, sin siervos, sin afectos.
Y en lugar de los pequeños y grandes de la tierra,
suena en concierto un zumbar de insectos.
*
Aquí yace un mercader de Asia. El mercader valía;
era hábil, aunque fuera discreto.
Murió deprisa: de unas fiebres. A hacer negocio había venido
y no, ciertamente, a acabar en esto.
Junto a él yace un legionario bajo un cuarzo grueso.
Dio gloria al Imperio en la batalla.
¡Pudo caer tantas veces! Pero murió de viejo.
Tampoco aquí, mi Póstumo, hay norma que valga.
*
Tal vez una gallina, en verdad, no llegue a ave,
mas hasta con su seso te lloverán los palos.
Si por fortuna en tierras del Imperio naces,
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mejor que vivas junto al mar, en un rincón lejano.
Lejos del César, de fieros nubarrones,
de la adulación, el miedo, la premura.
¿Que todos sus gobernadores, dices, son ladrones?
Mejor quien roba que el que tortura.
*
Acepto esperar contigo que pase el aguacero,
hetera, pero sin regateos de mercado:
cobrar de quien te está cubriendo el cuerpo
es como reclamar las tejas a un tejado.
¿Tengo goteras, dices? Mas ¿y la prueba del delito?
No he dejado charco alguno en mi vida.
Verás, el día en que encuentres un marido,
como te dejará las sábanas perdidas.
*
Ya ves, ya hemos recorrido media vida.
Como me dijo un viejo esclavo en la taberna:
«Mirando alrededor tan sólo vemos ruinas».
Dura opinión, lo reconozco, pero cierta.
Estuve en las montañas. Un ramo aderezo con las flores.
Un jarro he de hallar, llenarlo de agua fresca…
¿Por Libia cómo va, mi Póstumo, o dónde te encuentres?
¿Será posible que aún siga la guerra?
*
¿Recuerdas, Póstumo, la hermana que el gobernador tenía?
Aquella delgadita, pero de gruesas ancas.
Llegaste a dormir con ella… Ahora es sacerdotisa.
Sacerdotisa, Póstumo, y con los dioses habla.
Ven, tomaremos vino, de pan acompañado.
O con ciruelas. Me contarás las nuevas.
Te pondré el lecho en el jardín, bajo el cielo despejado
y te diré cómo se llaman las estrellas.
*
13
Mi Póstumo, pronto tu amigo, amante de las sumas,
su vieja deuda pagará a tanta resta.
Encontrarás dinero bajo el cojín de plumas;
para el entierro al menos basta, me parece.
Ve en tu yegua negra donde las heteras viven,
allá, donde la villa alcanza la muralla.
Y págales lo mismo que por su arte piden,
para que por suma igual lloren mi marcha.
*
El verde del laurel que el temblor alcanza.
De par en par la puerta y polvo en la rejilla.
La silla, abandonada, vacía la estancia.
Y una tela que bebe el sol del mediodía.
El Ponto ronca sordo tras los pinos negros.
Combate con el viento un buque junto al cabo.
En un reseco banco se sienta Plinio el Viejo.
Murmura quedo un mirlo en un ciprés crespado.
Marzo de 1972
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
Divertimento mexicano
A Octavio Paz
Cuernavaca
En el jardín donde M., un protegé francés
mantuvo a una beldad de espesa sangre indígena
hoy canta un hombre venido de muy lejos.
En el jardín tupido como un trazo cirílico
un mirlo nos recuerda al ceño cejijunto.
El aire de la noche suena como cristal.
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El cristal ya está roto, notémoslo de paso.
Aquí Maximiliano fue emperador tres años.
Introdujo el cristal, la champaña, los bailes
y todas esas cosas que adornan la existencia.
Pero la infantería de los republicanos
lo fusiló después. Dolorosos graznidos
llegan del denso azul.
Los campesinos sacuden sus perales.
Tres patos blancos nadan en el estanque.
El oído percibe en la hojarasca
la jerga de las almas que conversan
en un infierno densamente poblado.
*
Omitamos las palmas. Destaquemos el sauce.
Imaginemos que M. deja a un lado la pluma,
se despoja, sereno, de su bata de seda
y se pregunta lo que hará su hermano
Francisco José (también emperador),
mientras silba, quejoso, Mi marmota.
«Saludos desde México. Mi esposa
enloqueció en París. En las afueras
de palacio oigo tiros, crepitan las llamas.
La capital, querido hermano, está rodeada
y mi marmota, fiel, permanece conmigo.
El revólver, de moda, ha vencido al arado.
Qué otra cosa decirte, la caliza terciaria
es famosa por ser un suelo hostil.
Agreguémosle a esto el calor tropical
donde los disparos son la ventilación.
Se resienten mis pobres pulmones y riñones,
sudo tanto estos días que se me cae la piel.
Como si fuera poco, se me antoja largarme,
extraño demasiado nuestros tugurios patrios.
Envíame almanaques y libros de poemas.
Todo parece indicar que ya di con la tumba
en donde una marmota será mi compañía.
15
Mi mestiza te manda los debidos saludos.»
*
Julio llega a su fin y se oculta en la lluvia
como un conversador entre sus pensamientos,
lo cual, por supuesto, nada afecta a un país
con mucho más pasado que futuro.
Una guitarra gime. Las calles tienen lodo.
Un paseante se hunde en un velo amarillo.
Incluido el estanque, todo se ha enyerbado.
Alrededor pululan culebras y lagartos.
En las ramas hay pájaros con nidos y sin ellos.
Todas las dinastías declinan por la cifra
tan grande de herederos y la falta de tronos.
El bosque nos invade como las elecciones.
M. no reconocería el lugar. No hay bustos
en los nichos, los pórticos están desvencijados,
los muros desdentados muerden la ladera.
Puedes saciar la vista, mas no los pensamientos.
El parque y el jardín se convierten en selva.
De los labios se escapa una palabra: “Cáncer».
1975
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
El busto de Tiberio
Yo te saludo, pasados dos mil años.
También tú fuiste marido de una puta.
Es algo que tenemos en común. Por lo demás,
en torno a ti está tu urbe. Estruendo, coches,
chusma con jeringas en húmedos portales,
ruinas. Yo, un viajero del montón,
saludo ahora tu busto polvoriento
en la desierta galería. Ah, Tiberio,
aquí no alcanzas ni los treinta. Del rostro
16
mana la confianza de quien domina el músculo
más que el futuro de su suma. Y la cabeza,
que el escultor cortara en vida,
muestra en esencia el augurio del poder.
Todo lo que queda bajo el mentón es Roma:
provincias, cohortes y también rentistas,
más un sinfín de infantes que besan tu aguijón
-placer en clave de la loba
que alimenta a los críos Remo
y Rómulo-.(¡Los mismos labios!,
musitando, dulces, inconexos
entre los pliegues de la toga. ) A fin de cuentas:
un busto en señal de independencia entre cuerpo y cerebro.
De hecho, incluido el del Imperio.
De dibujar tú mismo tu retrato,
sería todo él circunvoluciones.
Aquí no alcanzas ni los treinta. Nada
en ti detiene la mirada.
Ni, a su vez, tu firme observar
está dispuesto a detenerse en algo:
ni en rostro alguno ni en un
paisaje clásico. ¡Ah, Tiberio!
¡Qué más te da lo que rezonguen
Tácito o Suetonio en busca de las causas
que te hicieron cruel! No hay causas en el mundo,
tan sólo efectos. Los hombres son sus víctimas.
Y sobre todo en las mazmorras donde todos confiesan;
no en vano confesar bajo tortura,
como las confidencias del niño,
se torna monocorde. Lo mejor es
no tener nada que ver con la verdad.
Por lo demás, ésta no eleva. A nadie.
Menos aún al César. Al menos,
tú apareces más capaz de ahogarte
en tu baño que por una gran idea.
Y en general, ¿ser cruel no es acaso
precipitar tan sólo el común destino
de toda cosa, o la caída libre
de un cuerpo simple en el vacío? En él
siempre acabas en el momento de caer.
No vendrá el diluvio tras nosotros
Enero. Un aluvión de nubes
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sobre la invernal ciudad a modo de mármol sobrante.
El Tíber, que huye de la realidad.
Las fuentes, que echan agua hacia el lugar
de donde nadie mira, ni cómo quien no ve,
ni entornando la mirada. ¡Es otro tiempo!
Y no hay modo de atrapar al lobo
enloquecido. ¡Ah, Tiberio!
¿Quiénes somos nosotros para ser tus jueces?
Has sido un monstruo, mas fiera impasible.
Pues la naturaleza, cuando crea sus monstruos
-las víctimas jamás-, los plasma, no obstante,
a semejanza suya. Más nos vale mil veces
-si escoger nos es dadoque
venga a destruirnos un engendro del infierno
antes que un neurasténico. Con treinta sin cumplir,
el rostro hecho en piedra, cara rocosa,
creada para dos milenios,
te asemejas a un instrumento natural
de exterminio, y en nada a un esclavo
de pasión humana alguna, o a un forjador de ideas
y demás. Y defenderte de las invenciones
es como proteger al árbol de sus hojas,
con su complejo de que ellas son, entre susurros
inconexos pero claros, mayoría.
En la desierta galería. En mediodía gris.
El ventanal tiznado con las luces del invierno.
El ruido de la calle. Ajeno por completo
a la textura del espacio, el busto…
¡No puede ser que no me oigas!
Pues yo también huí, sin mirar hacia atrás,
de todo lo que me había sucedido; me convertí en isla
con sus ruinas, sus cigüeñas. También me esculpí
el rostro por medio de un candil.
A mano. Y lo que llegase a decir,
lo que haya dicho, a nadie le interesa,
y no en su momento, sino hoy mismo.
¿No es esto también un modo de acelerar
la historia? ¿No es un intento -logrado por desdichade
colocarse el efecto delante de la causa?
Y además, también en el total vacío,
lo cual no garantiza un gran aplauso.
¿Arrepentirse? ¿Rehacer tu suerte?
¿Jugar, como se dice, con otra baraja?
Pero, ¿vale la pena acaso? La lluvia radiactiva
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nos cubrirá no mucho peor que tu historiador.
¿Y quién vendrá a maldecirnos? ¿Una estrella?
¿La luna? ¿Una termita enloquecida por
las incontables mutaciones, de tronco fofo, eterna?
Todo es posible. Pero, cuando, como un objeto duro,
se tope con nosotros, ella también, tal vez,
algo turbada, detendrá la excavación.
«Un busto -exclamará en el lenguaje de las ruinas,
del músculo abreviado-, un busto, un busto.»
1985
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
El explorador polar
Todos los perros devorados. En el diario
no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa
se cubre de palabras a modo de rosario,
clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.
Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:
¡se trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez
más negra, por la cadera trepa la gangrena
como la media de una corista de varietés.
22 de julio de 1978
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
El nuevo Jules Verne
3. Conversación en el salón de pasajeros
«¿El archiduque? ¡Un monstruo, sin duda! Aunque, si bien lo
miras,
es imposible negarle al hombre cierta virtud…»
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«Los esclavos critican al señor. Y los señores, la esclavitud.»
«¡Qué círculo vicioso!» «¡No, más bien un salvavidas!»
«¡Espléndido jerez!» «Toda la noche sin poder dormir.
Qué sol más horroroso. Me ha quemado los hombros, el bandido.»
«¿… y si se ha abierto una vía de agua? Como he leído, puede ocurrir.
¡Figúrese que se ha abierto una vía y empezamos a hundirnos!»
«¿Ha naufragado alguna vez, teniente?» «Nunca. Pero me mordió
un tiburón.»
«¿Sí? Qué curioso… Pero, imagínese que empieza a entrar
agua… Y figúrese que…»
«Quién sabe, tal vez el trance obligue a asomarse a la cubierta
a la del I 2-B.»
«¿Quién es?» «Viaja en el barco a Curaçao, es hija del gobernador.»
* * *
4. Conversaciones sobre cubierta
« Yo, profesor, también de joven tenía el ideal
de descubrir alguna isla, no sé, algún bacilo, una fiera…»
«¿Y qué se lo impidió?» «Es que la ciencia me supera.
Y luego además, esto, lo otro.» «¿Perdón?» «¡Aaah… el vil metal.»
«Porque, ¡¿qué es el hombre?! ¡No más que un mosquito, la verdad!»
«Y dígame, monsieur, ¿en Rusia qué, resulta que hasta tienen goma?»
«¡Voldemar, estése quieto! ¡Me ha mordido, Voldemar!
No olvide que si yo…» «Cousine, ¿verdad que me perdona?»
«Oye, chaval.» «¿Qué hay?» «¿Qué será eso, lejos? ¿Ves?»
«¿Dónde?» «Allí, a la derecha.» «No veo.» «Ah, diría…
Parece una ballena. ¿No tiene nada para envolver?» «No, sólo
el diario del día…
¡Pero si crece! ¡Mira!… Es inmens…»
1976
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
20
En la región de los lagos
En aquel tiempo, en el país de los dentistas,
-sus hijas mandaban a Londres los pedidos,
sus tenazas izaban bien sujeta en bandera
una muela del juicio que no tenía dueño-,
yo, ocultas en la boca unas ruinas
más limpias que lo estaba el Partenón,
espía, bandolero, quintacolumnista
de una podrida civilización -de hecho
profesor de bellas letras-, vivía
en un college junto al principal
de los Grandes Lagos, adonde
me habían llamado a emplear el potro
con los adolescentes del lugar.
Todo lo que escribía en aquella época,
se reducía sin remedio a puntos suspensivos.
Aterrizaba en la cama con lo puesto.
Y si me daba por examinar el techo,
de noche, en busca de una estrella,
ella caía, acorde con la ley del fuego,
por la cara a la almohada sin dar tiempo
a que yo formulara siquiera un deseo.
1972
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
Me han culpado de todo
Me han culpado de todo, salvo del tiempo,
yo mismo me he solido amenazar con un duro rescate.
Mas pronto me arrancaré, como se dice, los galones,
y me convertiré en una simple estrella.
Y brillaré en el adiós como un teniente de los cielos,
cuando oiga el trueno, me ocultaré entre la nube
sin ver cómo la tropa, bajo el empuje de los saldos,
21
huye bajo el acoso de la pluma.
Cuando alrededor ya no hay lo que una vez estuvo
no importa si es un blitz o si os cogen prisionero.
Así el escolar, al ver en sueños el tintero,
mejor dispuesto está a multiplicar que tabla alguna.
Y si, por la velocidad con que va la luz, no esperas premio,
al menos el blindaje del común no ser
valore tal vez los intentos de mudarlo en cedazo
y por la brecha que abrí me dé las gracias.
1994
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

 

Mi verso mudo, mi callado verso…
Mi verso mudo, mi callado verso
pero aciago -mal le pesen las riendas-,
¿a dónde de este yugo iremos a quejamos
y a quién decir la vida que llevamos?
Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando
detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna,
expulses de los restos de tu mueca opaca
con la mano, en la mesa, de la locura el polvo.
Por mucho que embadurnes este engrudo escrito
más denso que la miel, ¿con quién quebrar
en la rodilla, o en el codo al menos,
una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?
De “Parte de la oración” 1975 – 1976
22
Música sueca
K.J.
Cuando la nieve cubre el mar y el crujir del pino
deja en el aire más honda huella que el trineo,
¿a qué azul pueden llegar los ojos?, ¿a qué silencio
puede caer la voz desamparada?
Perdido de vista, ignorado, el mundo exterior
ajusta cuentas con la cara, como con un rehén de Mameluco.
…así en el fondo del océano fosforescea el calamar,
así el silencio se embebe de la entera rapidez del sonido,
así ya basta una cerilla para poner el fogón al rojo,
así, tras el latir del corazón, el reloj de pared,
al detenerse en éste, seguirá andando en el otro
extremo de la mar.
1978 De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

 
No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj…
No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj,
que además ignora el caminar en círculo.
Así en su caja hay gato y hay ratón,
nacidos, se diría, el uno para el otro.
Tiemblan, escarban, yerran en qué día están,
mas sus roer, enredos y trajín constantes
apenas se aprecian en un hogar del campo,
que suele cobijar cientos de seres vivos.
Allí en la razón cada hora se borra
y los rostros etéreos de los años perdidos
se escapan -más aún si se acerca el invierno,
que llena el zaguán de cabras, gallinas, carneros.
1963
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
23

Partes de la oración
Desde ningún lugar, con amor, tal día de martubre,
querido, muy señor, cariño -quién seas
tanto da, si no es posible ya
recordar los rasgos-; la verdad
este ni suyo ni de nadie fiel amigo, le saluda
desde uno de los cinco continentes, fundado por cowboys;
te he querido más que a un ángel, que al mismísimo,
y hoy por eso estoy de ti aún más lejos;
entrada ya la noche, en lo más hondo de un dormido valle,
en un villorrio con nieve hasta el pomo del portal,
y retorciéndome en la sábana de noche
-como en adelante al menos no se indica más-,
con un mugido «tu», ahueco la almohada,
sin límite ni fin, y más allá del mar,
tratando en las tinieblas y con el cuerpo todo,
de repetir tus rasgos como un espejo loco.
* * *
El norte pudre el metal, mas del cristal se apiada.
Enseña a la garganta a decir: «¡Déjame entrar!».
El frío me educó, me puso la pluma entre los dedos
para una vez cerrados poderlos calentar.
Mientras me hielo, más allá del mar
veo el sol ponerse, y nadie alrededor.
La suela resbala en el hielo, o es la tierra misma
la que se va abreviando bajo el tacón.
Y en mi garganta, donde se pone la risa,
o la palabra o el té caliente,
cada vez la nieve resuena más precisa,
y como tu explorador, negrea un «adiós».
* * *
Reconozco este viento que embiste la hierba,
inclinada a su paso como bajo el mongol.
Reconozco esta hoja que cae en el barro
24
como príncipe ruso en rojo estertor.
En tierra extraña desbordado en ancha saeta,
por el pómulo torcido de un caserón,
como al ganso por su vuelo, el otoño distingue,
abajo, en el vidrio, una lágrima en el rostro.
Y alzando al techo los ojos en blanco,
yo no canto a las tropas, olvidé cuántas son,
mas de noche la lengua en la boca agita el nombre estepario
como el sello que entrega el rey oriental.
* * *
Es una serie de observaciones. En el rincón hace calor.
Y la mirada deja huella en las cosas.
El agua representa el cristal.
Da más pavor el hombre que sus huesos.
Noche de invierno con vino, en ningún lugar.
Veranda al embate de un salcedo.
El cuerpo descansa en el codo
como morena fuera del glaciar.
Al cabo de mil años, de entre cortinas de moluscos,
desde unos flecos, asomados, extraerán,
con el mohín de «buenas noches» unos labios
sin nadie a quien poderlas desear.
* * *
Porque el tacón deja su huella es invierno.
Con abrigos de madera, helados en el campo,
las casas se conocen por quién pasa por ellas.
Qué decir del futuro al caer de la tarde,
cuando en noche silente aparece el recuerdo
de tus «espacio en blanco», mientras duermes,
lanzado por el cuerpo del alma a la pared
como en la pared la vela nocturna
proyecta una sombra de silla,
y bajo el mantel del cielo caído sobre bosque,
sobre la torre del granero que alas de grajo tiñen
no blanquearás el aire con la nieve punzante.
* * *
25
Un Laocoonte de madera, tras apear por un momento
un monte de sus hombros, sostiene una gran nube.
Del cabo llegan ráfagas de viento duro. La voz intenta
retener las frases, chillando sin salirse del sentido.
Se precipita el aguacero como espaldas en el baño:
maromas retorcidas azotan los lomos de los altos.
El mar medinvernal se agita tras columnatas mondas,
a modo de salada lengua tras los dientes quebrados.
El corazón asilvestrado no ha dejado de batir por dos.
El cazador no ignora dónde el faisán se esconde: en charco agazapado.
Se alza inmóvil el mañana tras el día de hoy,
como tras el sujeto el predicado.
* * *
He nacido y crecido en las ciénagas bálticas, al amor
de las olas de zinc, que siempre revientan a pares,
y es de aquí que provienen las rimas, y de aquí, la voz apagada
que se trenza entre ellas como el pelo mojado
si es que aquélla se llega a trenzar. Apoyado en el codo,
no distingue el oído el fragor de la roca,
sino el choque de telas, postigos y palmas, anota
teteras que hierven, a lo sumo el gritar de gaviotas.
El alma, en tan llana región, se salva de falsos manejos
por no haber un rincón que te oculte y se ve aún más lejos.
Solamente al sonido el espacio es opaco,
pues el ojo no ha de llorar por la falta de eco.
* * *
En cuanto a las estrellas, siempre están ahí.
Es decir, si hay una, siempre viene otra.
Y sólo así es dado mirar de allá hacia aquí;
de noche, tras las ocho, refulgiendo.
Mejor aspecto tiene el cielo sin luceros.
Mas qué certeza habría de conquistar el cosmos
si no fuera por ellas. Siempre que ni por un instante
te alces del sillón, en la terraza.
Pues, como dijo, en vuelo, el piloto a una estrella
media cara escondida en la sombra:
en parte alguna parece que haya vida,
y en ninguna de ellas se fija la vista.
* * *
26
…Y ante la voz de porvenir, de la lengua rusa
salen corriendo ratones, que en enjambre
se ponen a roer un trozo suculento de memoria
que es tu queso horadado.
Tras tantos inviernos ya no importa
qué o quién está en la ventana tras la cortina,
y en el cerebro retumba ya no un do no terrenal,
sino su susurro. La vida, a la que,
como algo regalado, no le miran la boca,
en cada encuentro muestra desnudos los dientes.
De todo hombre siempre os queda una parte de oración.
De hecho una parte. Parte de la oración.
* * *
No es que me esté volviendo loco, es el verano que me agota.
Buscas en el cajón una camisa, y el día entero echado por la borda.
Que llegue cuanto antes el invierno y cubra todo con su manto:
ciudades, hombres, pero primero el verde de las hojas.
Me echaré a dormir sin desnudarme, o leeré si quiero
un libro ajeno, y entretanto los retales del año,
como un perro que ha huido de su ciego,
atraviesan la calle por el paso indicado.
La libertad es
no recordar entero el nombre del tirano,
y que sea la saliva más dulce que el almíbar,
y, aunque estrujen tu cerebro cual cuerno de carnero,
no mane nada ya del ojo azul.
1975 – 1976
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
Post Aetatem Nostram
A A. Ya. Serguéyev
I. «Imperio -país para idiotas.»
Llega el Emperador y el tráfico está cortado.
Se apretuja el gentío
27
contra los legionarios: canciones y gritos;
pero el palanquín marcha cerrado. El objeto del amor
no quiere ser objeto de curiosos.
Tras el palacio, en un café vacío,
un griego vagabundo jugando al dominó
con un barbudo inválido. En los manteles
descienden los despojos de la luz exterior,
y el eco de los vivas mueve suavemente
las cortinas. El griego, que ha perdido,
cuenta los dracmas; encarga el vencedor
un huevo crudo y una pizca de sal.
En la espaciosa alcoba, un viejo rentista
cuenta a una joven hetera
que vio al Emperador.
La hetera no lo cree y de él se carcajea.
Así son sus preludios al juego del amor.
1970
De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
24 de diciembre del 1971
En Navidad todos somos un poco Reyes Magos.
Empujones y barro en los abastos.
Por una caja de turrón de café,
gente cargada con montones de paquetes
emprende el asedio del mostrador:
cada cual hace de Rey y de camello.
Cestas, bolsas, paquetes, envoltorios,
corbatas torcidas, gorros.
Olor a vodka, a pino a bacalao,
a mandarinas, a canela y a manzanas.
Un caos de caras y no se ve, entre la nieve,
el camino que lleva a Belén.
28
Y los portadores de estos modestos presentes
saltan a los transportes, se abalanzan sobre las puertas,
desaparecen en los huecos de los patios,
sabiendo incluso que el portal está vacío:
no hay animales, ni pesebre, ni Aquélla
sobre quien brilla un nimbo dorado.
El vacío es absoluto. Pero sólo al pensar en ella,
ves de pronto una luz que viene de quién sabe dónde.
Si Herodes supiese que, por más riguroso que fuera,
el milagro sería tanto más cierto, inevitable…
En el rigor de esa ley está
el mecanismo clave de la Navidad.
Y lo que se festeja ahora por todas partes
es Su Advenimiento, que pone juntas
todas las mesas. Aún, quizás, no necesiten la estrella:
aunque la buena voluntad de los hombres
se distingue de lejos,
y los pastores encendieron hogueras.
Cae la nieve. No echan humo sino suenan las trompetas
de las chimeneas en los tejados. Y las caras son manchas.
Herodes bebe. Las mujeres esconden a los chicos.
¿Quién se aproxima? -nadie lo sabe:
ignoramos cual es su señal, y los corazones
puede que no reconozcan al forastero.
Pero, cuando en el umbral el aire disuelve
la espesa niebla nocturna
y surge la figura con su manto,
al Niño y al Espíritu Santo,
los sientes dentro de ti sin avergonzarte;
miras al cielo y ves la estrella.
24 de diciembre de 1986
Cae la nieve dejando al mundo reducido.
En esta época, se dan el desenfreno, los Pinkerton,
y te descubre a ti mismo, de cualquier manera,
la huella impresa en ella con descuido.
29
Esos hallazgos no exigen tributo.
Silencio por todo el barrio.
¡Cuánta luz se metió en ese trozo de estrella
al llegar la noche! Tanta como fugitivos en una balsa.
No te ciegues, ¡mira! Tú también eres huérfano,
desarraigado, canalla, estás fuera de la ley;
no busques, porque nada tienes. De tu boca,
Como de un dragón, salen bocanadas de humo.
Mejor será que reces en voz alta, como un segundo nazareno,
por los reyes sin reino que vagan con sus presentes
en ambos confines de la tierra,
y por todos los niños en sus cunas.
24 de diciembre de 1989
Imagina, encendiendo una cerilla, aquella noche en la cueva:
utiliza para sentir el frío de las grietas del suelo;
para sentir el hambre, la vajilla apilada,
y el desierto… el desierto está en todas partes.
Imagina, encendiendo la cerilla, aquella medianoche en la cueva:
el fuego, las sombras de los animales o de las cosas,
e imagina, con tu cara confundida en los pliegues de la toalla,
a María, a José, y el hatillo con el niño.
Imagina a tres reyes, la procesión de sus caravanas
hacia el portal; o mejor, tres rayos que alcanzan
la estrella, el crujido de su carga, el sonido de las campanillas
(en el azul espeso, el Niño aún no cuenta
con el eco de una gran campana).
Imagina que el Señor en el Hijo del Hombre por vez primera
se reconoce a Sí mismo, a una distancia remota, en las tinieblas:
un vagabundo en otro vagabundo.
Presepio
(24 de diciembre de 1991)
El Niño, María, José, los Reyes,
los pastores envueltos en las pieles,
animales, camellos, sus guías…
Todo convertido en figuritas de arcilla.
Sobre la nieve de algodón, rociada de purpurina,
arde la hoguera. Y apetece tocar con el dedo
el papel de plata de la estrella; con los cinco mejor
como entonces lo quiso el Niño de Belén.
Entonces en Belén todo era más grande; pero la arcilla,
con el baño de plata por encima
y el algodón esparcido alrededor,
gustaba hacer el papel de lo que había desaparecido.
Ahora eres más grande que todos ellos. Tú,
como un transeúnte a medianoche, desde inalcanzable altura,
te asomas a la ventana del cuartucho-,
y contemplas desde el espacio estas pequeñas figuras.
Allí la vida sigue igual, igual que unos disminuyen
con los siglos en su volumen,
y otros crecen -como ocurrió contigo- .
Allí luchan con copos de nieve las figuritas,
y la más pequeña prueba el pecho.
Y uno tiende a cerrar los ojos, o… a abreviar el trecho
que le separa de otra galaxia, donde tú desprendías
luz en un sórdido desierto -como en las arenas de Palestina.
Melodía de Belfast
He aquí una muchacha de una ciudad peligrosa.
Se corta corto su pelo oscuro
para tener que fruncir menos el ceño
cuando alguien resulta herido.
Pliega sus recuerdos como un paracaídas.
31
Junta la turba deshechada
y cocina verduras en casa: disparan
aquí donde comen.
Ah, hay más cielos en estos lugares que, digamos,
tierra. De aquí que el tono de su voz
y su mirada manchen tu retina como una bombilla gris
cuando enciendes
hemisferios, y su falda acolchada que le llega a la rodilla
cortada para coger las ráfagas de viento,
suenño con ella amada o asesinada
porque la ciudad es muy pequeña.
Aldeas de piedra
Las aldeas de Inglaterra construidas en piedra.
Una catedral embotellada en la ventana de un pub.
Vacas dispersas en los campos.
Monumentos a reyes.
Un hombre con un traje comido por polillas
ve partir un tren, dirigiéndose, como todo aquí, hacia el mar,
sonríe a su hija que se va al Este.
Un silbido se oye.
Y el cielo sin fin sobre las tejas
se hace más azul a medida que se llena del exaltado canto de un pájaro.
Y mientras más claramente se oye el canto,
más pequeño se hace el pájaro.
He entrado…
He entrado en una jaula en vez de una bestia salvaje,
quemado mi oración y apodo con una uña en una choza prisión,
vivido junto al mar, jugado a la ruleta,
32
cenado con el diablo sabe quién vestido de frac.
Desde lo alto de un glaciar he inspeccionado medio mundo,
me he ahogado tres veces, dos veces descuartizado.
Abandonado el país que me nutrió.
Con aquellos que me han olvidado es posible hacer una ciudad.
Me he descolgado por estepas que recuerdan el grito del huno,
vestido con aquello que vuelve a estar de moda,
plantado cebada, cubierto con papel alquitranado el suelo trillado
y no he bebido sólo agua.
He admitido en mis sueños la pupila azul del carcelero,
mordisqueado el pan del exilio sin dejar una miga.
He hecho que mis cuerdas vocales profieran todo tipo de sonidos aparte de
un aullido ;
he descendido al susurro. Ahora tengo cuarenta.
¿Qué debo decir de mi vida? Que ha sido larga.
Sólo con el dolor siento solidaridad.
Pero hasta que rellenen con arcilla mi boca,
de ella sólo resonará gratitud.
Cuanto tiempo he andado…
Cuanto tiempo he andado taconeando por ahí se puede ver en mis talones.
Tampoco se puede sacar la telaraña de mi frente con un dedo.
Mas, lo que es grato en el ruidoso kikirikí
es que suena igual que ayer.
Pero un pensamiento negro tampoco puede ser mantenido en su lugar,
como el mechón de cabellos que cae oblicuamente de mi frente.
Y ahora no puedo soñar con nada, para existir menos,
para venir y pasar menos a menudo, para no obstruir
el tiempo. La parte pobre de la ciudad a través de la ventana
ofende mi vista, para que a su vez,
memorice al inquilino por su cara y no
por la manera que piensa, el lado opuesto.
Y dando vueltas en el cuarto como un shamán
enrollo como una madeja de lana
en mí mismo su vacío, para que mi corazón
pueda saber algo de lo que Dios sabe.
33
Lista de algunas observaciones
Lista de algunas observaciones. En un rincón hace calor.
Una mirada deja su huella en todo lo que se posa.
El agua es la forma más pública del vaso.
El hombre es más aterrorizador que su esqueleto.
Una noche en ninguna parte con vino. Un porche
negro resiste los asaltos más duros de un mimbre.
Apoyado en un codo, el cuerpo aumenta
como los desechos de un glaciar, una cierta morrena.
De aquí a un milenio sin duda descubrirán
un bivalvo fósil sujeto detrás de esta tela
de gasa, con labios marcados bajo la impresión de la borla,
murmurando “Buenas noches” a una bisagra de ventana.
Oda al concreto
Me sobrevivirás, viejo y buen concreto,
como yo he sobrevivido, parece, a algunos hombres
que me habían tomado, también, por una especie de calle,
citando el color de los ojos o semblante.
Así es que alabo tu apariencia inanimada, porosa
no por envidia, sino como tu pariente más
próximo –menos durable, plagado de junturas
sueltas, aunque todavía agradecido a los arquitectos.
Aplaudo tus humildes orígenes –para ser exacto,
sin sentido—, rugido y chillido de frenos,
completamente emparejado, sin embargo, por la meta
abstracta, más allá de mi alcance.
No es que nada engendre su clase,
sino que el futuro prefiere cortejar
una conquista que es resueltamente ciega
y envuelta en una larga y petrificada falda.
34
Törnfallet
Hay una pradera en Suecia
donde yazgo golpeado,
con los ojos manchados de las
entradas y salidas blancas de las nubes.
Y cerca de esa pradera
vaga mi viuda
trenzando una corona
de tréboles para su amado.
La tomé en matrimonio
en una parroquia de granito.
La nieve prestó su blancura,
un pino fue testigo.
Ella nadaba en el lago
ovalado cuyo espejo
de ópalo, enmarcado de helechos,
se sentía felizmente roto.
Y en la noche el testarudo
sol de sus castaños
cabellos brillaba en mi almohada
de un lado a otro.
Ahora en la distancia
escucho su canción.
Canta “Golondrina Azul”,
pero yo no la puedo acompañar.
Las sombras de la tarde
hurtan a la pradera
su amplitud y color.
Se pone frío.
Mientras yazgo muriendo
aquí, veo
las estrellas. Aquí está Venus;
nadie entre nosotros.
35
El fuego, oyes, se empieza a apagar…
El fuego, oyes, se empieza a apagar.
En los ángulos las sombras se agitan.
Y ya no hay modo de poderlas señalar,
gritarles que se queden quietas.
Cerrando filas, se han puesto a formar.
No, esta hueste no atiende a palabras.
Silenciosa avanza de cualquier rincón
y yo de pronto he ocupado el centro.
Más altas cada vez, signos de exclamación,
las explosiones de tinieblas se elevan.
La noche arruga el papel hasta el mentón
de lo alto, cada vez más densa.
Se han esfumado las agujas del reloj.
Y éste no se ve, ni se oye siquiera.
Y aquí no ha quedado más que el brillo ocular,
inmóvil, detenido. Detenido.
El fuego se apagó. Lo oyes: se apagó.
El humo ardiente vuela por el techo.
Mas no huye de la vista este fulgor.
O, mejor dicho, no deja las tinieblas.
1962

De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)
Ulises a Telémaco

Querido Telémaco,
la Guerra de Troya
ha terminado. No recuerdo quién venció.
Los griegos, debe ser: los griegos, quién si no,
puede dejar en tierra extraña tantos muertos…
De todos modos, el camino que me lleva al hogar
resulta que se alarga demasiado.
Como si Poseidón, mientras perdíamos el tiempo,
hubiera dilatado el espacio.
Ignoro dónde estoy y lo que veo ante mí.
Al parecer, una isla, sucia, arbustos,
casas, gruñir de cerdos, un jardín
36
abandonado, cierta reina, hierba y pedruscos…
Telémaco, querido, en verdad
todas las islas se parecen una a otra
cuando es tan largo el viaje: el cerebro ya
va perdiendo la cuenta de las olas,
el ojo, tiznado de tanto horizonte, echa a llorar,
la carne de las aguas obtura el oído.
No recuerdo ya cómo acabó la guerra,
ni cuántos años tienes hoy recuerdo.
Hazte hombre, Telémaco, y crece.
Sólo los dioses saben si hemos de encontrarnos.
Tampoco ahora ya no eres el chiquillo
ante el cual detuve aquellos toros.
Hoy, de no ser por Palamedes, estaría a tu lado.
Pero tal vez sea mejor así: pues sin mí
te has librado de los males de Edipo,
y en tus sueños, Telémaco, ignoras el pecado.
1972

De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996)

Y no importa que un vacío empiece a
abrirse…
Y no importa que un vacío empiece a abrirse
de entre tus sentires, que tras la gris tristeza
crepite el miedo y, digamos, un foso de furor.
Porque en la era atómica, cuando tiembla hasta la roca,
podremos sólo salvar los muros del hogar,
los corazones, fundiéndolos con fuerza igual
y nexo semejante a la muerte que los viene a acechar.
Y temblarás al escuchar decir: «Querido».
Noviembre – diciembre de 1964 De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-
1996)
37
Yo no era más que aquello que tú…

A.M.B.
Yo no era más que aquello que tú
con la mano acariciabas,
allí donde en noche de pavor,
cerrada, la frente reclinabas.
Yo no era más que aquello que tú
distinguías allá, abajo:
primero, solamente imagen vaga,
mucho después, también los rasgos.
Tú fuiste quien, ardiendo,
creaste en un susurro
las conchas de mi oído,
el diestro y el siniestro.
Tú quien, meciendo la cortina
en el mojado cuenco de la boca,
me plantaste la voz
que te llamaba a gritos.
Yo estaba ciego, simplemente.
Y tú, escondida, brotando,
me obsequiabas el don de ver.
Así es como se deja rastro.
Así es como se engendran mundos.
Así, a menudo, tras crearlos,
los dejan dando vueltas
los dones dilapidando.
Así, ora al fuego lanzado,
ora al frío, ya a la luz, ya a lo oscuro,
perdido en la creación del mundo,
el globo va girando.
1981
38
Brise marine
Querida, a última hora de la tarde puse un pie en la calle
sólo para inhalar el aire fresco del océano nada distante.
El sol se consumía bajo la ceniza como un abanico chino en una galería
y una nube levantaba su párpado inmenso, como un Steinway.
Hace un cuarto de siglo morías de antojo por los dátiles y el curry del
Senegal,
probabas tu voz para la escena, abocetabas perfiles en un bloc.
Coqueteabas conmigo, pero más tarde te amalgamaste con un ingeniero
químico
y, a juzgar por tus cartas, te volviste bastante imbécil.
Te han visto en los últimos tiempos en iglesias de la capital y de provincia,
en funerales de nuestros amigos y conocidos, ahora incesantes.
Así y todo, me alegro de que el mundo augure todavía
distancias más inconcebibles que la que nos separa.
Entiéndeme bien: tu cuerpo, tu gorjeo, tu segundo nombre,
ya casi no despiertan nada. No es que hayan dejado de echar brotes;
pero para olvidar una vida un hombre necesita, al menos,
otra vida más. Y yo he gastado mi cuota.
39
También tuviste suerte: ¿en dónde, si no en una foto,
seguirás siempre sin arrugas, ágil, cáustica, vivaz?
Al dar de cara con la memoria, el tiempo se entera de su impotencia.
Marea baja: fumo en lo oscuro y respiro hediondas algas. ~
Ab Ovo
Debía existir, a fin de cuentas, un idioma
en que el vocablo “huevo” fuera reducido
enteramente a O, como los italianos
se acercan con su uova, razón por la que Dante
lo imaginó el más sano de los alimentos,
predilección que compartía con sopranos
y con tenores cuyos torsos como peras
representan, bien mirado, el vocablo “ópera”.
Concierne igual a los románticos de cepa,
los alemanes, que comienzan cada verso
como si comenzaran a desayunar,
o a los igualmente engallados matemáticos
que empollan infinitos religiosamente
cuyos límpidos ceros jamás abrirán. ~
40
Estrofas venecianas
A Susan Sontag
I
Los pilotes mojados del embarcadero.
Cabizbaja, una yegua
agita la crin en el crepúsculo, luchando contra el sueño.
Las clavijas de las góndolas-violines se mecen emitiendo
un silencio intermitente.
Mientras más confiado es el moro,
más palabras oscurecen el papel.
Y la mano, demasiado corta para abarcar un cuello tierno,
aprieta contra el rostro el encaje de un pañuelo de piedra
ajado por los dedos de Yago.
II
La plaza está vacía, los muelles desiertos.
Hay más rostros en los muros del café que en el café;
una muchacha con pantalones de seda toca el laúd
para un Mustafá ataviado como ella.
¡Oh, siglo XIX! ¡Nostalgia del Oriente! El desterrado
posa sobre la roca. Y la luna, como un leucocito,
entra en las obras de los rimadores
que mueren de tifus y dicen que es de amor.
III
¿Qué hacer aquí de noche? No hay arias,
la dulce Duse no está.
Un tacón solitario resuena en el embaldosado.
Bajo un farol, vuestra sombra, como un carbonaro asustado,
se hace atrás tambaleante,
exhalando vapor. De noche conversamos
con nuestro propio eco. Éste empaña el cristal
de un acuario de mármol, vacío e ideal
para la resonancia.
IV
Tras las escamas doradas de las ventanas
que emergen del canal,
41
óleos en marcos de bronce, el ángulo de un piano,
alguna cosa.
Es eso lo que esconden las cortinas corridas,
los palacios tras sus branquias-celosías.
Y si acaso te encuentras a una diosa desnuda
la cabeza te acaba dando vueltas.
Los zaguanes alumbrados por las anginas de las lámparas
como diciendo aaa están abiertos.
V
¡Se agitaban aquí, como los peces, las parejas danzantes!
Iban a desovar, moviéndose en cardúmenes
dentro del óvalo
de los espejos. Y en el vestido blanco aparecía un escote
como un rompeolas.
Así el siroco agitaba la laguna. Y las faldas,
los rostros, los pantalones mezclados en la sopa.
¿A dónde fueron todos? ¿Máscaras, polichinelas,
capas y disfraces?
VI
Así, lentas, como en la ópera, se apagan las luces;
de noche pierden volumen las cúpulas-medusas.
Así se estrecha el callejón-anguila,
y la plaza se aplana como un rodaballo.
Así Nereo recoge para sus hijas las peinetas
caídas de suntuosos peinados femeninos,
dejando intactas las perlas amarillas
de los faroles callejeros.
VII
Así callan las orquestas. La ciudad se asemeja
al esfuerzo del aire
por prolongar la última nota al borde del silencio,
y como atriles desordenados sobre el escenario,
se yerguen los palacios mal iluminados.
Sólo el falsetto de una estrella entre los hilos
del telégrafo, allá donde reposa el ciudadano de Perm.*
Pero el agua aplaude, y la orilla parece escarcha
posada en un do-re-mi.
VIII
La noche, multiplicada por el mar,
42
no da como resultado una multitud de ceros,
es decir, de gente, aunque en verdad
sus óvalos se vuelven cada vez más blancos.
Deseos de quitarse la ropa, de tirar la coraza de paño,
arrojarse a una cama, abrazar huesos vivos,
como a un espejo ardiente, de cuya superficie
ninguna uña te podrá arrancar. –
Un consejo
I
Caminando por Asia, pernoctando en extraños albergues
—graneros, chozas, cabañas, viviendas de madera cuyas ventanas de
cristales
bizcos y angostos guarnecen al mundo—, durmiendo con la ropa puesta
y envuelto en tu zalea, cuida siempre
de esconder tu cabeza en un rincón, porque allí siempre
es difícil —y sobre todo, a oscuras— descargar un golpe de hacha
sobre tu lerda calabaza repleta de aguardiente
y cortarla limpiamente de un tajo. Cuadrar el círculo, en suma.
II
Teme los grandes pómulos (aun los de la luna), los rostros picados de
viruela,
y prefiere los ojos azules a los castaños. Examina con cuidado los ojos
azules, sobre todo si el camino te adentra en el bosque,
en lo profundo del bosque. En general, por lo que toca a los ojos,
estudia su hendidura, pues en tus últimos momentos
más vale que claves la vista en aquello que, si bien frío, deja
ver sus intenciones: el hielo puede hendirse, pero más vale revolcarse
en un hoyo de agua que en mentiras de pegajosa miel.
III
Escoge siempre las casas con patio donde haya tendida ropa de niño.
Sólo trata con personas mayores de cincuenta:
a esa edad un aldeano sabe demasiado acerca del destino
como para ganar algo intentando partirte la crisma;
y eso vale también para una mujer. Oculta tu dinero en el cuello
de tu abrigo de pieles, o, si viajas con poco equipaje,
en tu pardo pantalón, debajo de las rodillas,
pero no en las botas; si no, darán pronto con la pasta.
43
En Asia lo primero que vuela son las botas.
IV
Camina despacio en las montañas. Cuando haya que arrastrarse,
arrástrate.
Espléndidas a lo lejos, vacías de sentido al acercarte,
las montañas sólo son una superficie que se pone de punta. El sendero,
tortuosa serpiente, se ve horizontal pero es vertical, en efecto.
Al tumbarte horizontalmente en las montañas,
te incorporas. Y cuando estás de pie, entonces estás tumbado,
lo cual hace pensar que tu verdadera libertad radica en desplomarte.
Esa es la forma, según parece,
de conquistar (una vez en las montañas) vértigo, éxtasis, miedos.
V
Si te gritan: “¡Hey, extranjero!”, no respondas. Hazte el sordo
y el mudo. Aunque puedas, no hables en su lengua.
Busca no darte a notar, ni de perfil ni de frente.
De veras, no te laves la cara a veces. Es más, cuando corten
a serrote la garganta de un canalla, no te acobardes.
Si fumas, apaga las colillas con saliva. Procura también vestir de gris,
el color de la tierra, sobre todo usa tu ropa interior de color gris,
para achicar la tentación de fundir tu carne con la tierra.
VI
Cuando hagas alto en el desierto, forma con guijarros una flecha;
así, si te despiertas sobresaltado, sabrás cómo orientarte en las tinieblas.
De noche los demonios ponen a prueba
el corazón del viajero. El que se deja llevar de sus gritos
fácilmente se extravía: un paso de lado, y entonces… c’est tout.
En el desierto, espíritus, fantasmas y demonios están como en su
elemento.
También descubrirás que eso es cierto cuando, al rechino de la arena
aplastada por tus zapatos, todo lo que de ti quede sea tu alma.
VII
Nadie sabe nunca nada a ciencia cierta.
Mirando con fijeza las espaldas de tu encorvado guía,
piensa que clavas la mirada en el futuro y (si es posible)
guarda con él tus distancias. Pues la vida, en principio,
sólo es una distancia entre aquí y allá, y apretar el paso
vale la pena sólo cuando reconozcas a tus espaldas el ruido
de aquellos que detrás de ti van con la cabeza gacha por el camino,
44
sean ellos asesinos, ladrones o tu propio pasado.
VIII
En el agrio tufo de las mantas de viaje, en el humo de la ardiente bosta,
valora la indiferencia de las cosas a que se las tenga en cuenta de lejos,
y por lo que a ti se refiere pierde la silueta propia, que así resulta
inalcanzable a los binoculares, los gendarmes, la gente…
Cuando uno tose bajo una nube de polvo, cuando anda uno por el lodo,
la mugre,
el mapamundi; ¿qué más da el aspecto que se tenga de cerca?
Más te vale que todo individuo armado con navaja
advierta ya demasiado tarde que eres extranjero.
IX
Más extensos que en otras partes, los ríos en Asia
son también más ricos en aluvión, o sea, más turbios.
Cuando intentas coger un bocado, el cuenco de tus manos sirve lodo,
y quien ha bebido de esta agua prefiere que se derrame.
No te fíes de su reflejo. Si la cruzas, hazlo en una balsa
fabricada por un par de manos que sean las tuyas.
Entérate de una vez que el resplandor de tu fogata, tu bendición
nocturna,
será el que habrá de venderte, río abajo, al enemigo.
X
En las cartas que mandes desde esos lugares no digas a quiénes
ni qué has visto en tu camino; si algo ha de referir tu pluma
que sean tus cambiantes sentimientos, tus meditaciones, tus añoranzas
et al.;
una carta es interceptable. Y, tomando en cuenta las cosas,
el mero trazo de una pluma por el papel
sólo expresa el ahondamiento de la brecha que existe entre tú y aquellos
con quienes no volverás a sentarte ni acostarte; con quienes, salvo por
carta,
ya no has de compartir —¿y a quién le importa el motivo?— un hogar.
XI
Cuando, de pie y a solas sobre una desierta sabana de piedra,
bajo la insondable bóveda de Asia, en cuyo azul un avión, o un ángel,
bate a punto de nieve a veces su almidón o su estrella;
cuando tiembles pensando en lo infinitesimalmente nimio que eres,
recuerda que el espacio, al que no parece hacerle falta nada,
implora, en efecto, una mirada que viene de fuera,
45
un criterio del vacío, de su profundidad y de su extensión.
Y sólo tú puedes hacerle tal favor.

Romance navideño
A Eugenio Reyn, con cariño.
Sumido en una inexplicable tristeza, navega,
desde el jardín Aleksandrovsky,
en medio de la pétrea intensidad
el vehemente navío nocturno;
el deshabitado farol de la noche,
como una rosa amarilla,
está sobre mis amados
y a los pies de quienes pasan.
Sumido en una inexplicable tristeza, navega
el coro zumbador de los sonámbulos, de los borrachos.
En la capital nocturna un extranjero
toma con pena una fotografía,
y parte hacia Ordin
un taxi con un pasajero enfermo,
mientras los muertos esperan abrazando
a sus familias.
Sumido en una inexplicable tristeza, navega
por la capital un cantante deprimido;
en la estación de gasolina,
un barrendero apenado de cara redonda, espera;
por la calle sin brillo se apresura
un amante viejo y muy apuesto.
El tren nupcial de medianoche,
sumido en una inexplicable tristeza, navega.
El nido de los estorninos, sumergido en la calina
apresada en esa casual amargura, navega;
el acento hebreo se desliza
por la penosa escalera amarilla,
y yendo del amor a la melancolía,
46
en vísperas de año nuevo, de domingo,
una mujer hermosa y apasionada navega,
sin explicar su desencanto.
En los ojos el viento frío navega,
se estremecen los copos de nieve en el vagón,
el viento helado, el lívido viento
se ciñe a los codos enrojecidos,
y una miel de fuego se derrama desde los nocturnos,
y huele a dulce turrón de almendras;
el pastel nocturno tiene la Nochebuena
en la corona.
Sumido en una inexplicable tristeza,
tu Nuevo Año, siguiendo la ola azul
oscura del mar urbano, navega
como si ya vinieran la luz y la gloria,
ese día afortunado y pan a discreción,
como si la vida se inclinara a la derecha
habiendo oscilado hacia la izquierda.
24 de diciembre de 1961

En la segunda Navidad
A Eugenio Reyn
Es la segunda Navidad al lado
del inconmovible Poncio.
El lucero del alba rosa sobre la baranda del puerto.
Y no puedo decir que no puedo
vivir sin ti porque estoy vivo:
como puede verse en el papel. Existo,
bebo cerveza, mancho hojas y
piso la hierba.
Ahora en el cafetín de donde
-cuando apenas pretendía atracar por un tiempo
la alegría- una silenciosa explosión nos disparó
al porvenir, y allí delineo con mis dedos
47
bajo el empuje del invierno, que me exilia al sur,
tu rostro en un mármol para que lo vean los necesitados;
a lo lejos saltan ninfas, en sus caderas
se han rasgado los brocados.
¿Qué es, dioses -si esa mancha de tempestad
en la ventana son ustedes, dioses-,
lo que se esfuerzan por decirnos finalmente?
El porvenir ha llegado y se puede
soportar; un objeto cae,
sale el violinista, no hay más música,
entre tanto el mar se arruga más y más como la cara.
Aunque no haya viento.
Alguna vez él, en lugar de -¡ay!-
nosotros, empezará a azotar los barrotes del paseo
y se moverá bajo la exclamación: “no lo haga”,
levantando la cresta por encima del cráneo,
hacia allá donde tú bebías vino,
dormías en la hierba, secabas tu blusa,
aniquilando los tronos, al molusco porvenir
alistando el fondo.
Enero de 1971, Yalta
Gran elegía para John Donne
(Fragmento)
John Donne se ha dormido, y todo duerme a su lado.
Se han dormido las paredes, el piso, la cama, los cuadros;
se han dormido los tapices, los candados, la mesa, el gancho,
el guardarropa, la alacena, los cortinajes, la bujía.
Duerme todo. La botella, el vaso, las jofainas,
el pan, el cuchillo de pan, las porcelanas, los cristales, la loza,
el candil de la noche, la lencería, las cómodas, los frascos y relojes,
los escalones, las puertas. En todas partes, la noche.
La noche por doquier: en los rincones, en los ojos, en la ropa blanca,
entre los papeles, en el escritorio, en el habla viva,
en sus palabras, en la leña, en las tenazas, en las cenizas
de la chimenea apagada, en cada objeto.
En la levita, los zapatos, las medias; en las sombras
48
tras el espejo, en la alcoba, en el respaldo del sillón,
de nuevo en la jofaina, en los crucifijos, en las sábanas,
en la escoba a la entrada, en las pantuflas. Todo se ha dormido.
Se ha dormido todo. La ventana. La nieve a través de ella.
La pendiente blanca del tejado vecino. Parece un mantel
su cima. Y todo el barrio se ha sumido en el sueño,
tajado a muerte por el marco de la ventana.
Duermen los arcos, los muros, las ventanas: todo.
Canto rodado, adoquines, rejas, jardines.
No se enciende una sola luz, ni rechina una rueda…
Las verjas, los ornamentos, las cadenas, los postes.
Duermen las puertas, bisagras, picaportes, garfios,
los canceles, los cerrojos con sus llaves, los pasadores.
En ninguna parte se oye susurro, ruido ni golpe.
Sólo la nieve rechina. Duerme todo. Aún falta para que amanezca.
Las cárceles se han dormido, los castillos. Duermen
las balanzas en la pescadería. Duermen los cerdos abiertos en canal.
Las casas, los traspatios. Duermen los perros guardianes.
En los sótanos duermen los gatos, con orejas paradas.
Duermen los ratones y la gente. Londres profundamente duerme.
Duerme el velero en el puerto. El agua con nieve, dormida
cruje bajo su fondo, y a lo lejos se funde con el dormido cielo.
John Donne se ha dormido. Y junto con él, el mar.
La costa caliza se ha dormido sobre el agua.
Toda la Isla duerme en los brazos de un mismo sueño.
Cada jardín está afianzado con triple cerradura.
Duermen los arces, pinos, olmos, cedros, abetos.
Duermen las laderas, los arroyos en las cuestas, las sendas.
Duermen los zorros, el lobo. También se ha echado el oso.
La nieve obstruye las entradas a sus guaridas.
También se duermen los pájaros, su canto no se oye.
No se oye el grito de la corneja, es noche, no se oye
la carcajada de la lechuza. La región inglesa está en silencio.
Brilla una estrella. Un ratón avanza con paso cauteloso.
Se ha dormido todo. Todos los muertos yacen
en sus ataúdes. Duermen tranquilos. En sus lechos
duermen los vivos, hundidos en camisones.
Duermen solos. Profundamente. O entre los brazos.
Todo se ha dormido. Duermen los ríos, montes, bosques.
Duermen las bestias, las aves, el mundo vivo y no vivo.
Sólo la blanca nieve vuela desde los cielos nocturnos.
Pero también ahí duermen, por encima de todos.
Duermen los ángeles. Los santos se han olvidado,
dormidos, del mundo azaroso, para su santa vergüenza.
49
La Gehena duerme, dueme el bello Paraíso.
A esta hora nadie sale de su casa.
El Señor se ha dormido. La tierra quedó enajenada.
No ven los ojos, el oído ya no oye.
También duerme el demonio. Y se durmió a su lado
la discordia, en la nieve de la campiña inglesa.
Duermen los jinetes. Duerme el arcángel con su trompeta.
Duermen los caballos, meciéndose suavemente en los sueños.
Y todos los querubines, en una misma masa, abrazados,
duermen bajo la cúpula de San Pablo.
John Donne se ha dormido. Se han dormido, duermen los versos.
Todas las rimas, las imágenes. No se puede distinguir
las buenas de las fallidas. El vicio, la angustia, los pecados,
callados por igual, reposan en sus sílabas.
Y cada verso es hermano a otro verso: aunque en sueños
musiten uno al otro: hazte un poco a un lado.
Pero las puertas del Paraíso quedan tan lejos a
cualquiera de ellos,
cada uno es tan pobre, denso y puro, que en todos hay unidad.
Duermen todas las líneas. Duerme la rigurosa bóveda de los yambos.
Los troqueos duermen todos como guardianes, a la izquierda, a la derecha.
En ellos reposa la imagen de las aguas del Leteo.
Y detrás de ella duerme profundamente la gloria.
Duermen todas las desgracias. También los sufrimientos se han dormido.
Los vicios duermen. El bien se ha abrazado al mal.
Los vicios duemen. La blancuzca nevada
busca en el espacio alguna mancha negra.
Todo se ha dormido. Duermen profundamente las filas de los libros.
Bajo el hielo del olvido duermen los ríos de palabras.
Duermen todos los discursos, con todas sus verdades.
Duermen sus cadenas. Los eslabones suenan levemente.
Todos duermen profundamente: los santos, Dios, el diablo.
Sus pérfidos sirvientes. Sus hijos. Sus amigos.
La nieve sola susurra por los oscuros caminos.
Y ya no hay sonidos en el mundo entero.
50
Todos los perros devorados
Todos los perros devorados. En el diario
no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa
se cubre de palabras a modo de rosario,
clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.
Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:
¡se trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez
más negra, por la cadera trepa la gangrena
como la media de una corista de varietés.
22 de julio de 1978
Centauros IV
El paisaje en forma de empeine, la sombra de una bota,
sin nada que se mueva.
El número de serie del siglo se equipara al canto del gallo.
Al atardecer, mutantes moteados acuden desde campos
lejanos mugiendo,
un grueso tropel de unicornios.
Sólo las estaciones del año parecen conocer cómo
aprovechar un consejo.
Persiguiendo el resbaladizo jabón, un ama de casa
derrama una lágrima
sobre el fracaso de su marido por coger la empuñadura
de su espada que se transforma en la reja de un arado.
Sin embargo, una acuarela enmarcada representa una
tormenta;
en una novela, la segunda letra es la viva imagen nuestra.
Cerca del cine los jóvenes callejean
como envases de esperma helado fuertemente tapados con
corchos.
El cielo vespertino ofrece poco para la esperanza, y aún
menos para
la acción. Y sólo un veterano de guerra puede aún recordar
el término
51
extranjero de una trinchera donde una estrella
ha caído al escapar del telescopio.
Fin de una época maravillosa
Así como la poesía exige palabras,
yo -sordo y pelado, taciturno mensajero de una potencia de segunda
categoría- sin querer esforzar mi cerebro,
me pongo el abrigo
y bajo al kiosco por un periódico.
El viento moviliza las hojas.
En estos tristes lugares
el opaco calor de viejas ampolletas
produce -con la ayuda de algunos charcosefectos
de abundancia.
Hasta los ladrones cuando roban una mandarina
se encuentran con una envoltura luminosa.[1]
En realidad, ya se me olvido hasta el sentimiento con que me contemplo a
mí mismo.
En estos tristes parajes todo está planificado para el invierno:
sueños, paredes de cárceles, abrigos, vestidos de novia, bebidas y
minuteros del reloj.
Los gorriones y el barro parecen oxidados, costumbres puritanas. Ropa
interior. Y en las manos de los violinistas guateros de madera.
Este lugar es inmóvil.
Al imaginar la producción quinquenal de
hierro y plomo, uno queda con la mente abobada,
y añora el antiguo poder cosaco de bayonetas y látigos.
Las águilas imperiales, sin embargo, son atraídas como un imán por el
fierro.
Hasta las sillas trenzadas están hechas con pernos y tuercas.
Solo los peces en el mar conocen el precio de la libertad,
pero su silencio nos obliga a construir nuevas categorías
y el espacio se despliega como una lista de precios.
El tiempo está construido por la muerte.
52
Cuando requiere cuerpos y objetos busca verduras frescas.
El gallo imita al carillón;
para quien tiene un carácter sublime
resulta lamentablemente difícil
vivir en una época de proezas.
Al levantarle el vestido a una mujer bonita encuentras lo que buscas y no
un prodigio.
Y no ocurre así por seguir los pasos de Lobachevsky2[2],
sucede porque el mundo abierto tiene que angostarse en alguna parte,
y es aquí
dónde yace el fin de la perspectiva.
Tal vez el mapa de Europa fue robado por los agentes del poder,
quizás los otros continentes están demasiado lejos
o tal vez una hada bondadosa me esta hechizando,
y no puedo arrancarme de aquí.
Para no llamar a la sirviente me sirvo vino, acaricio el gato.
A lo mejor sería preferible una bala en la sien,
así como se apunta con el dedo al error.
Tal vez huir de acá a través del mar, como un nuevo Cristo.
Borracho y atontado por el frío, no es extraño confundir un tren con un
barco,
no hay motivo para sonrojarse o para sentir vergüenza:
el tren – como una canoa en el agua- no deja huellas en los rieles.
¿Qué dicen los periódicos en la sección de tribunales?
Fue ejecutada la sentencia, al imaginar eso el ciudadano percibe -a través de
lentes con marcos de estaño- a un hombre acostado cara abajo al lado de un
muro de ladrillo.
Pero no está dormido, ya que los sueños tienen derecho a despreciar las
cúpulas baleadas.
Perspicacia de esta época
que con sus raíces entrelaza los tiempos,
incapaces -en su ceguera común- de distinguir
entre los caídos de la cuna y las cunas caídas.
Ese prodigio de ojos claros
no quiere ver más allá de la muerte,
que pena, hay muchos naipes
pero no hay con quien interpelarlos
para ver el futuro.
53
El punto de vista de estos tiempos,
es la perspicacia hacia los objetos de una vía sin salida;
todavía no ha llegado el momento
de derramar la inteligencia,
solo un escupo en la pared.
Y no despertar al príncipe, sino al dinosaurio.
Para el último párrafo ¡Ay! no arrancaría la pluma a un pájaro.
A la cabeza inocente
no le queda mas que esperar el hacha y el laurel.
(1968)
Siempre he dicho que el destino es un
juego
Siempre he dicho que el destino es un juego.
¿Para que nos sirve el pez si tenemos caviar?.
El gótico triunfara como estilo por su
capacidad para destacarse sin pinchar.
Estoy sentado detrás de una ventana,
al lado veo un álamo.
Yo amaba a pocos, pero los amaba demasiado.
Creía que el bosque es solo extensión del tronco.
¿Para qué necesito una muchacha entera si tengo su rodilla?
El ojo ruso descansa en las cúpulas de Estonia,
tras un letargo de polvo levantado por siglos.
Estoy sentado al lado de la ventana, ya lavé los platos.
Fui feliz aquí, ya no lo seré.
Yo escribía que en la ampolleta vive el temor al sexo,
que el amor como el acto carece de verbo,
que Euclides no sabía que llegando al cono el objeto se convierte en cronos
y no en cero.
Estoy al lado de la ventana, recordando mi juventud,
a veces sonrío, a veces escupo.
54
Dije que la hoja cuando brota destruye al brote,
que la semilla al caer en mala tierra no da frutos,
que los pastizales en el campo muestran el manoseo de la naturaleza.
Estoy sentado al lado de la ventana abrazando la rodilla,
en compañía de mi densa sombra.
Mi canción carece de motivos heroicos, por suerte
no es posible cantarla a coro.
No es raro que debido a estas palabras
nadie se atreva a palmotearme la espalda.
Estoy sentado al lado de la ventana, en la oscuridad,
como en el tren, el mar suena tras las cortinas.
Soy ciudadano de una época desvalida,
me reconozco con orgullo como un producto de 2da categoría,
regalo mis mejores pensamientos al futuro,
como ejemplo de lucha contra el ahogo.
Estoy sentado en la oscuridad de una pieza
y no es peor que la oscuridad de allá afuera.
(1971)
De ninguna parte, con amor
De ninguna parte con amor, algún día, algún mes
querida y respetada linda, pero no importa quien eres;
¡al diablo, que ya no me acuerdo de tu cara!.
Un amigo fiel -ni tuyo ni de nadie- te saluda,
desde uno de los cinco continentes
apoyado por los cowboys;
yo te amaba más que a los ángeles y que a mi mismo,
y por eso ahora estoy más lejos de ti que de ambos.
Tarde en la noche, en el fondo de un valle dormido,
en una ciudad cubierta con nieve hasta la manilla de la puerta,
retorciéndose en la sabana -nada se dice de esto más abajoestoy
clavando el cojín
murmurando la palabra “tú”,
detrás de mares sin fin,
yo, como un espejo insensato,
55
repito tu silueta con todo mi cuerpo.
(1975-76)
Investigador del Polo Norte
Hasta los perros de trineo han sido comidos,
en su diario ya no quedan páginas en blanco,
mostacillas de letras cubren la foto sepia de su esposa, en su mejilla pego
una fecha dudosa.
Luego, la foto de su hermana; tampoco tuvo piedad con ella: se trata de un
descubrimiento muy importante ¡en nuevas latitudes!
Mientras tanto la gangrena poniéndose negra trepa por su muslo
como la media de una bailarina de varieté.
(1978)

Estuve en una jaula
Estuve en una jaula en el lugar que debió ocupar un animal salvaje.
Con clavos talle mi apodo
y el plazo que me quedaba por cumplir.
Viví junto al mar y jugaba a la ruleta,
cenaba con cualquier pajarraco vestido de frac.
Observaba el mundo desde la altura de un Iceberg,
tres veces me ahogue,
dos veces estuve crucificado.
Abandone el país que me había nutrido.
De los que se olvidaron de mí
se podría hacer una ciudad.
Vagué por estepas que conservan en su memoria
el alarido de los Hunos,
me vestía con lo viejo que mañana estará de moda,
sembraba cebada, me cubría con cartón y bebía todo lo que me pusieran
por delante.
Deje entrar en mis sueños la pupila vigilante que acompaña el convoy,
56
mascaba el pan del exilio sin dejar migas,
me permití todos los sonidos excepto el aullido, luego pase a hablar en
susurros.
Ahora cumplí cuarenta años.
¿Qué puedo decir de la vida?
Que resultó ser larga.
Únicamente con el dolor me siento solidario,
pero hasta que me tapen con greda la boca, de ella solo saldrán
agradecimientos.
(1980)
57
Biografía de Joseph Brodsky
(Joseph o Iosif Alexándrovich Brodsky; Leningrado, 1940
– Nueva York, 1996) Poeta y ensayista ruso. Se le
considera el poeta más grande nacido en la época
soviética y, acaso con la sola excepción de B. Pasternak y
A. Ajmátova, el más importante en lengua rusa de la
segunda mitad del siglo XX.
La erudición legendaria de Brodsky, el autoaprendizaje
al que se sometió durante toda su vida y sus inspirados
diálogos con las “sombras poéticas” de su propia cultura
y de la universal, van unidos a una energía desbordante,
una pródiga inventiva prosódica y estrófica, así como a su excelencia de
estilo y su generosidad de espíritu. Este autor se convirtió, al igual que
Ajmátova, su “madrina poética” y descubridora, en memoria cultural de su
generación y, por azares del destino, en el más grande regalo que hizo Rusia
a Occidente.
Amargado por el exilio forzado, escribió una carta abierta al entonces
Presidente Leonid Brezhnev: “ Pertenezco a la cultura rusa. Me considero
parte de ella, su componente, y ningún cambio de lugar puede
influenciarme en la final consecuencia de todo esto. Una lengua es mucho
más antigua y algo más inevitable que la creación de un estado. Pertenezco
al lenguaje ruso”.
Gracias a él, los poetas soviéticos aprendieron a ser otra vez “rusos”,
cosmopolitas, genuinamente modernos y, de alguna manera, hasta
postmodernos. Sus interlocutores poéticos (Homero, Virgilio, Horacio,
Dante, T. S. Eliot, W. H. Auden), se encuentran entre lo más distinguido de
la tradición occidental, eso que él llamaba la “sociedad de los poetas
muertos”. Su habilidad para construir poemas líricos dotados de una
precisa polifonía no tiene paralelo entre los creadores de su generación y
constituye uno de los aciertos más relevantes de su obra.
De su trabajo inicial cabe destacar los libros Versos y poemas (1965) y Parada
en el desierto (1970), que aparecieron publicados por primera vez en Nueva
York. Privado de reconocimiento en su país y tras ser condenado a trabajos
forzados acusado de “parasitismo social”, se vio obligado a emigrar de Rusia
en 1972. Tras una corta temporada en Europa, se trasladó a Estados Unidos,
cuya ciudadanía adquirió en 1977 y donde compaginó su labor poética con
clases de literatura en diversas universidades norteamericanas.
58
Muestrario de Poesía
13. Oda a nadie y otros poemas / Hans
Magnus Enzersberger
14. Entender el rugido del tigre / Aimé
Césaire
15. Poesía árabe / Antología de 16 poetas
árabes contemporáneos
16. Voy a nombrar las cosas y otros
poemas / Eliseo Diego
17. Muero de sed ante la fuente y otros
poemas / Tom Raworth
18. Estoy de pie en un sueño y otros
poemas / Ana Istarú
19. Señal de identidad y otros poemas /
Norberto James Rawlings
20. Puedo sentirla viniendo de lejos /
Derek Walcott
21. Epístola a los poetas que vendrán /
Manuel Scorza
22. Antología de Spoon River / Edgar Lee
Masters
23. Beso para la Mujer de Lot y otros
poemas / Carlos Martínez Rivas
24. Antología esencial / Joseph Brodsky
1. La eternidad y un día y otros
poemas / Roberto Sosa
2. El verbo nos ampare y otros poemas
/ Hugo Lindo
3. Canto de guerra de las cosas y otros
poemas / Joaquín Pasos
4. Habitante del milagro y otros
poemas / Eduardo Carranza
5. Propiedad del recuerdo y otros
poemas / Franklin Mieses Burgos
6. Poesía vertical (selección) / Roberto
Juarroz
7. Para vivir mañana y otros poemas /
Washington Delgado.
8. Haikus / Matsuo Basho
9. La última tarde en esta tierra y otros
poemas / Mahmud Darwish
10. Elegía sin nombre y otros poemas /
Emilio Ballagas
11. Carta del exiliado y otros poemas /
Ezra Pound
12. Unidos por las manos y otros
poemas / Carlos Drummond de
Andrade
59
Colección
Muestrario de
Poesía
2009

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