HESIODO. LA TEOGONIA. Textos

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LA TEOGONIA
HESIODO
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nte todo, cantemos a las Musas Heliconiadas que del Helicón habitan la
enorme y santa montaña, y con sus pies ligeros danzan en torno a la fuente
violeta y al altar del poderosísimo Cronión; y que, tras de lavar su cuerpo
delicado en el Permeso, o en la Hipocrene, o en el Olmeo sagrado, sobre la
cumbre del Helicón, forman encantadores coros y agitan los pies rápidamente.
Precipitándose desde allí, envueltas en un aire denso, elevan en la noche su
hermosa voz y loan a Zeus tempestuoso, y a la venerable Here, la argina, que
camina con sandalias doradas; y a la hija de Zeus tempestuoso, Atenea la de
los ojos claros; y a Febo Apolo, y a Artemisa, contenta de arrojar sus flechas; y
a Poseidón, que contiene la tierra y la sacude; y a Temis la venerable, y a
Afrodita la de párpados redondeados, y a Hebe, adornada de una de oro; ya a la
bella Dione, y a Eos, y al gran Helios, y a la luciente Selene, y a Latona, y a
Yapeto, y al sagaz Cronos, y a Gea, y al Océano, y a la negra Nix, y a la raza
sagrada de los demás Inmortales que siempre viven.
En otro tiempo, a Hesiodo eneseñaron ellas un hermoso canto mientras
apacentaba él sus rebaños bajo Helicón sagrado. Y por lo pronto, me hablaron
así esas Diosas, las Musas del Olimpo, hijas de Zeus Tempestuoso:
—Pastores que pasáis la vida al aire libre, raza vil, que no sois más que
vientres: nosotros sabemos decir numerosas, verosímiles ficciones; pero
también, cuando nos place, sabemos ensalzar la verdad.
Hablaron así las hijas veraces del gran Zeus, y me dieron como báculo pastoril
una rama de verde laurel admirable de coger; y me inspiraron una voz divina,
con objeto de que pudiese yo decir las cosas pasadas y futuras; y me ordenaron
que cantase a la raza de los dichosos Inmortales y a ellas mismas, que cantara
siempre desde el principio hasta el fin. Pero ¿a qué permanecer alrededor de la
encina y de la roca?
Comencemos por celebrar las musas que el padre Zeus, cantando, regocijan el
alma grande en el Olimpo, morada de los Inmortales.
Elevando su voz sagrada, celebran primero la raza de los Dioses venerables a
quines, en su origen, engendraron Gea y el anchuroso Urano; porque de éstos
nacieron los Dioses, manantial de bienes.
Luego, en honor a Zeus, padre de los Dioses y de los hombres, comienzan y
acaban de nuevo su canto diciendo que es el más fuerte de los Dioses y el más
poderoso. Por último, canta a la raza de los hombres y de los gigantes robustos,
y regocijan el alma de Zeus, en el Olimpo, las musas Olímpicas, hijas de Zeus
tempestuoso.
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Las parió en la Pieria, tras de unirse a su padre Zeus el Cronida, Mnemosina,
que mandaba en las colinas de Eleuter, para que fuesen olvido de males y fin
de penas. Durante nueve noches, unido a Mnemosina, el sabio Zeus, lejos de
los Inmortales, subió al lecho sagrado; pero, después de un año, y desarrollado
el curso de los meses, y al paso de días, parió ella nueve hijas, unánimes a
quienes placía la música y que tenía en su seno un corazón tranquilo.
Y es cerca de la cumbre del nevado Olimpo donde se forman sus coros
espléndidos y donde están sus hermosas moradas. Junto a ellas, en los
festines, se hallan las Cátites e Imero. Exhalando de su boca una voz amable,
cantan. Y celebran con himnos amables las leyes universales y las costumbres
venerables de los Inmortales.
Y subieron al Olimpo orgullosas de su hermosa voz y de su canto ambrosino. Y
en todas partes repercutía la tierra negra al son de sus himnos. Y bajo sus pies
se alzaba un ruido encantador. En tanto iban hacia su Padre, que reina en el
Urano y lleva el trueno y el rayo ardiente; su padre venció con su propio poder
a Cronos, su engendrador, y luego diestramente distribuyó entre los Inmortales
los debidos honores.
He aquí lo que cantaban las Musas, que tienen moradas olímpicas, las nueve
hijas engendradas por el gran Zeus: Clío, y Euterpe, y Talía, y Melpómene, y
Terpsícore, y Erato, y Polimnia, y Urania, y Caliope, que descuella entre todas
las demás, porque acompaña a los reyes venerables.
Cuando las hijas del gran Zeus quieren honrar a uno de entre ellos, en cuanto
ven venir a la luz uno de esos reyes criados por Zeus, le destilan en la lengua
un delicado rocío, y las palabras fluyen suaves de su boca, y los pueblos todos
le miran cuando dispensa justicia en equitativos juicios, y hablando con
destreza apacigua él de repente una disensión grande.
Y en efecto, los reyes prudentes en el ágora, hacen que se devuelva a sus
pueblos todos los bienes que se les ha arrebatado; y lo hacen fácilmente, con
ayuda de persuasivas palabras. Y si uno de ellos anda por la ciudad, como un
Dios, aplaca con su dulce majestad y brilla en medio de la muchedumbre. Tal
es el don sagrado de las Musas a los hombres.
Es a las Musas, es al Arquero Apolo a quienes se deben en la tierra las aedas y
los citaristas; pero los reyes vienen de Zeus. ¡Y es dichoso aquel a quien aman
las Musas! De su boca fluyen una voz dulce. Si se entristece alguien, gimiendo
en su corazón, con el alma herida por un dolor reciente, en cuanto un aeda
criado por las Musas celebre la gloria de los hombres antiguos y loe a los
Dioses dichosos que habitan el Olimpo, ese alguien olvidará sus males y no se
acordará más de sus dolores, pues los dones de las Diosas le habrán curado.
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¡Salve, hijas de Zeus! ¡Dadme vuestro canto que entusiasma! Celebrad a la raza
sagrada de los Inmortales que siempre viven y nacieron de Gea y de Urano el
del manto estrellado, y de los tenebrosa Nix, Dioses a quienes alimentaron las
saladas olas del Ponto.
Decid cómo nacieron en un principio con los Dioses, la tierra y los ríos, y el
inmenso Ponto que bate furioso y los astros resplandecientes y, por encima, el
anchuroso Urano. Decid también que Dioses, manantial de bienes nacieron de
ellos; y cómo, tras de repartirse en el origen honores y riquezas, se apoderaron
del Olimpo, el de numerosas cimas.
Decidme estas cosas, Musas de moradas olímpicas, y cuáles de entre ellas
fueron las primeras en un principio.
Antes que todas las cosas fue Caos; y después Gea la de amplio seno, asiento
siempre sólido de todos los Inmortales que habitan las cumbres del nevado
Olimpo y él Tártaro sombrío enclavado en las profundidades de la tierra
espaciosa; y después Eros, el más hermoso entre los Dioses Inmortales, que
rompe las fuerzas, y que de todos los Dioses y de todos los hombres domeña la
inteligencia y la sabiduría en sus pechos.
Y de Caos nacieron Erebo y la negra Nix, Eter y Hemero nacieron, porque los
concibió ella tras de unirse de amor a Erebo.
Y primero parió Gea a su igual en grandeza, al Urano estrellado, con el fin de
que la cubriese por entero y fuese una morada segura para los Dioses dichosos.
Y después parió a los Oreos enormes, frescos retiros de las divinas ninfas que
habitan las montañas abundantes en valles pequeños; y después, el mar estéril
que bate furioso, Ponto; pero a éste lo engendró sin unirse a nadie en las
suavidades del amor. Y después, concubina de Urano, parió a Océano el de
remolinos profundos, y a Coyo, y a Críos, y a Hiperión, y a Yapeto, y a Tea, y a
Rea, y a Temis, y a Mnemosina, y a Feba coronada de oro, y a la amable Tetis.
Y el último a quien parió fue el sagaz Cronos, el más terrible de sus hijos, que
cobró odio a su padre vigoroso.
Y parió también a los Cíclopes de corazón violento, Brontes, Steropes y el
valeroso Arges, que entregaron a Zeus el trueno y forjaron el rayo. Y eran en
todo semejantes a los demás Dioses, pero tenían un ojo único en medio de la
frente. Y se llamaban Cíclopes, porque en su frente se abría un ojo único y
circular. Y sus trabajos rebosaban fuerza, vigor y poder.
Y después, de Gea y de Urano nacieron otros tres hijos, grandes, muy fuertes,
horribles de nombrar: Coto, Briareo y Giges, raza soberbia. Y de sus hombros
arrancaban cien manos indomables, y cada uno de ellos tenía cincuenta
cabezas que se erguían sobre la espalda, por encima de sus miembros
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robustos. Y su fuerza era inmensa, invencible, dada su gran talla. De todos los
hijos nacidos de Gea y Urano, eran los más poderosos. Y desde el origen fueron
odiosos a su padre. Y conforme nacían, uno tras de otro, los sepultó,
privándolos de la luz, en las profundidades de la tierra. Y se alegraba de esta
mala acción, y la gran Gea gemía, por su parte, llena de dolor. Luego, ella
abrigó un designo malo y artificioso.
—Queridos hijos míos, vástagos de un padre culpable, si queréis obedecer,
tomaremos venganza de la acción injuriosa de vuestro padre, porque él fue
quien primero meditó un designo cruel.
Habló así, y el temor los invadió a todos, y no respondían ninguno de ellos. Por
fin, recobrando ánimo el grande y sagaz Cronos dijo así a su madre venerable:
—Madre, en verdad te prometo que llevaré a cabo esta venganza.
Efectivamente, ya no tengo respeto a nuestro padre, porque él fue quien
primero meditó un designo cruel.
Habló así, y la gran Gea se regocijó en su corazón. Y le escondió una
emboscada, y le puso en la mano la hoz d e dientes cortantes, y le confió todo
su designio. Y llegó el gran Urano, trayendo la noche, y se tendió sobre Gea por
entero y con todas sus partes, lleno de un deseo de amor. Y fuera de la
emboscada, su hijo le cogió la mano izquierda, y con la derecha asió la hoz
horriblemente, inmensa, de dientes cortantes. Y cercenó rápidamente las partes
genitales de su padre, y las arrojó detrás de sí. Y no se escaparon en vano de
su mano.
Gea recogió todas las gotas sangrientas que manaron de la herida; y
transcurrido los años, parió a las robustas Erinnias y a los grandes Gigantes de
armas resplandecientes, que llevan en la mano largas lanzas; y a las Ninfas que
en la tierra inmensa son llamadas Melias.
Y las partes que había cercenado, Cronos las mutiló con el acero, y las arrojó
desde la tierra firme al mar de olas agitadas. Flotaron mucho tiempo sobre el
mar, y del despojo inmortal brotó blanca espuma, y de ella salió una joven. Y
primero fue llevada ésta hacia la divina Citeres; y de allí, a Cipros la rodeada de
olas.
Abordó la tierra la bella y venerable Diosa, y la hierba crecía bajo sus pies
encantadores. Y fue llamada afrodita, la Diosa de hermosas bandeletas, nacida
de la espuma, y Citerea, porque abordó a Citeres; y Ciprigenia, porque arribó a
Cipros la rodeada de olas, y Filomedea, porque había salido de las partes
genitales.
Eros la acompañaba, y el hermoso Imero la seguía, apenas nacida, en tanto que
se presentaba a la asamblea de los Dioses. Y desde el origen, por elección de la
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Moira, tuvo el honor de presidir, entre los hombres y los Dioses inmortales, las
entrevistas de las vírgenes, las sonrisas, las seducciones, el dulce encanto, la
ternura y las caricias.
Y el Padre, el gran Urano, apodó Titanes a los hijos que engendrara,
maldiciéndolo, diciendo que habían extendido la mano para cometer un gran
crimen, del cual se tomaría venganza en el porvenir.
Y Nix parió al odioso Moro y a la Ker negra y a Tanatos. También parió a
Hipnos y a la muchedumbre de los sueños. Y la divina y sombría Nix no se
había unido para eso a ningún Dios. Y después parió a Momo y a Ezis, pletórico
de dolores; y a la Hespérides, a quienes, allende el ilustre Océano, están
confiadas las manzanas de oro y los árboles que las ostentan. Y parió a las
Moiras y a las Keres inhumanas, Cloto, Lacesis y Atropos, que a los hombres
mortales dispensan al nacer bienes y males, y persiguen los crímenes de
hombres y de Dioses, y no renuncian jamás a su cólera inexorable mientras no
hayan tomado del culpable una venganza terrible.
Y después, la funesta Nix parió a Némesis, ese azote de los hombres mortales;
luego, a Apate y a Filotas, y a la abrumadora Gera y a la tozuda Eris. Y
después, la odiosa Eris parió al duro Pono y a Leteo, y a Lemo, y a Algos, por
quien se llora; y a Ismina, y a Fonos, y las Batallas, y el Exterminio de los
guerreros, y los Perjurios, y las palabras engañosas, y las Contestaciones, y los
Menosprecios de las leyes, y a Ate, que son inseparables; y a Horco, terrible
para los hombres terrestres, y que los hiere en cuanto uno de ellos intenta
perjurar.
Y Ponto engendró a Nereo, veraz y enemigo de la mentira, el mayor de sus hijos.
Se llama el Anciano, porque es dulce y veraz, y por que no se olvida de la
justicia, y porque sus decisiones son equitativas y sabias. Y después, Ponto
engendró al gran Taumas, y al robusto Forcis, y a Ceto la de hermosas mejillas,
tras de unirse a Geo, y a Euribia, que tenía en su pecho un corazón de acero.
Y de Nereo y de Doris la de hermosa cabellera, hija del río sin fin, Océano, nació
en el mar estéril la raza encantadora que constituye la envidia de los diosas:
Pronto, y Eucrate, y Sao, y Anfitrita, y Eudore, y Tetis, y Galena, y Glauca, y
Cimotoe, y la rápida Speo, y la riente telea, y la graciosa melita, y Eulimena, y
Agave, y Pasite, y Erato, y Eunice la de los brazos rosados, y Doto, y Proto, y
Ferusa, y Dinamena, y Nesea, y Actea, y Protomedea, y Doris, y Pánope, y la
bella Galatea, y la encantadora Hipotoe, e Hiponoe la de los brazos rosados. Y
Cimodoca, que aplaca fácilmente las olas del negro amar y el soplo de los
vientos sagrados, y Cimatolega, y Anfitrita la adornada de hermosos pies, y
Cimo, y Eona, y Halimeda, ricamente coronoda; y la alegre Glauconoma, y
Pontoporea, y Liagore, y Evagore, y Laomedea, y Pulimoma, y Autonoe, y
Lisiana, y Evarne, dotada de un amble natural y de una forma perfecta; y
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Pásmate la de hermoso cuerpo, y la divina Menipa, y Neso, y Eupompe, y
Temisto, y Pronoe, y Nermertes, que tenía el alma de su padre inmortal.
Así es que del irrepochable Nereo nacieron cincuenta hijas conocedoras de las
obras perfectas.
Y Taumas se casó con la hija del profundísimo Océano, Electra, que parió a la
rápida Iris y a las Harpías de amplias cabelleras, Aelo y Ocipete, que igualaban
a la rapidez de los vientos y de las aves con sus prontas alas, volando a través
del aire.
Y Ceto unida a Forcis engendró a las Greas de hermosas mejillas, canas desde
su nacimiento. Y por eso las llaman Greas los Dioses inmortales y los hombres
que andan sobre la tierra: Pefredo la de hermoso velo y Enio ya del pelo color de
azafrán; y las Gorgonas que habitan al otro lado del ilustre Océano, en las
últimas extremidades, hacia la noche, donde están las Herpérides de voces
sonoras; las Gorgonas Stino y Euriala, y Medusa abrumada de males. Y ésta
era mortal, pero las otras eran inmortales y estaban exentas de vejez ambas. Y
Poseidón el de cabellos negros se unió a Medusa en una muelle pradera, sobre
flores primaverales. Y cuando Perseo le cortó la cabeza, nació de ella el gran
Crisaor, y el caballo Pegaso también. Y a éste se le llamó así porque nació cerca
de las fuentes oceánicas, y a aquél porque tenía en sus manos una espada de
oro.
Y Perseo, volando lejos de la tierra fecunda en rebaños, llegó hasta los Dioses. Y
habita en las moradas de Zeus, y en sus lomos le lleva el trueno y el rayo.
Y Crisior engendró a Gerión el de tres cabezas, tras de unirse a Caliroe, hija del
ilustre Océano. A Gerión lo mató el poderoso Heracles junto a sus bueyes en
Eritea la rodeada de olas, en aquel día en que le arrebató sus bueyes a los
condujo a la divina Tirinto, habiendo surcado el mar y matado a Orto y al
boyero Euritión en un negro establo, allende el ilustre Océano.
Y Caliroe dio a luz un ser monstruoso, invencible, en ningún modo semejante a
los hombres mortales y a los Dioses inmortales. En un antro hueco, parió a la
divina Ekdna la de corazón firme, mitad ninfa de ojos negros y de hermosas
mejillas, mitad serpiente monstruosa, horrible, inmensa, de colores varios,
alimentada de carnes crudas en los antros de la tierra divina. Y su morada está
en el fondo de una caverna, bajo una roca hueca, lejos de los Dioses
inmoratales y de los hombres mortales; porque los Dioses le dieron esas
moradas ilustres. Y estaba encerradaen Arimo, debajo de la tierra, la
abrumadora Ekidan, la Ninfa inmortal, preservada de la vejez y de todo ataque.
Y dicen que Tifaón se unió de amor con ella, ese Viento impetuoso y violento,
con esa hermosa Ninfa de ojos negros.
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Y quedó ella encinta, y dio a luz, y fue el primero de sus hijos Ortos, el perro de
Gerión. Luego parió al monstruoso e inefable Cerbero, perro de Edes y comedor
de carne cruda, el de la voz de bronce, el de las cincuenta cabezas, impúdico y
vigoroso. Y después, parió a la odiosa Hidra de Lernea, que fue criada por la
Diosa Here la de los brazos blancos, para que la sirviese de auxiliar en su odio
insaciable contra la Fuerza Heracleana. Pero la mató con el bronce mortal el
hijo de Zeus, el Anfitrionida, ayudado por el bravo Yolao y siguiendo los
consejos de la devastadora Atenea.
Y después, Ekidna parió a Kimera la de aliento terrible, horrenda, enorme,
cruel y robusta. Tenía tres cabezas: la primera de león feroz, la otra de cabra y
la tercera de dragón vigoroso. León por enfrente, dragón por detrás, cabra por
en medio, soplaba de un modo horrible, lanzando el ímpetu de una llama
ardiente. La mataron Pegaso y el bravo Belerofonte.
Y después, Ekidna parió a la Esfinge, ese azote de los hijos de Cadmo, tras de
unirse a Orto; y luego, al León nemeo que crió Here, la esposa venerable de
Zeus, y que situó en la fértil Nemea, para ruina de los hombres. Y la fiera allá
asolaba las tribus de los hombres, reinando en el Treto, en Nemea y en el
Apesas. Pero le dio muerte la fuerza del poderoso Heracles.
Por último, Ceto, unida de amor a Forcis, parió una serpiente terrible que, en
los flancos de la tierra negra, en la extremidades del mundo, guarda las
manzanas de oro.
Tal es la raza de Ceto y de Forcis.
Y Tetis concibió de Océano y parió los Ríos remolinantes: el Nilo, y el Alfeo, y el
Eridano de re remolinos profundos, y el Strimón, y el Haliacmón, y el
Heptáforo, y el Grenico, y el Esepo, y el Simios, y el Peneo, y el Hermo, y el Ceco
de corriente encantadora, y el gran Sagario, y el Ladón, y el Partenio, y el
Eveno, y el Ardesco, y el divino Scamandro.
Y Tetis parió también la raza sagrada de las Ninfas que, sobre la tierra, educan
a los jóvenes con ayuda del Rey Apolo y de los Ríos, porque de Zeus recibieron
esa tarea: Pito, y Admeta, y Yanta, y Electra, y Doris, y Primno, y Urania,
semejante a las Diosas, e Hipo, y Climena, y Rodia, y Caliroe, y Zeuxo, y Clicia,
e Idia, y Pasitoe, y Plexaura, y Galaxaura, y la amable Dione, y Melobosis, y
Toe, y la bella Polidora, y Cercis, de feliz natural, y Pluto la de los ojos de buey,
y Perseida, y Yanira, y Acasta, y Xanta, y la graciosa Petrea, y Menesto, y
Europa, y Metis, y Eurinome, y Telesto la del peplo color de azafrán, y Crisia, y
Asia, y la amable Calipso, y Eudora, y Tica, y Anfiro, y Ociroe, y Stigia, que
descuella entre todas las demás.
Y de Tetis y de Océano nacieron estas Ninfas, las mayores de todas, pues
quedan otras muchas. Y hay, en efecto, tres mil hijas rápidas de Océano
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dispersas por la tierra y en los lagos profundos, y que habitan en todas partes,
ilustre raza de Diosas. Y hay otros tantos ríos de corriente retumbante, hijos de
Océano, paridos por la venerable Tetis. Y sería difícil a un hombre todos los
nombres que llevan; pero quienes habitan a sus orillas los conocen todos.
Y Tea parió al gran Helios y a la luciente Selene, y a Eos, que trae la luz a todos
los hombres terrestres y a los Dioses inmortales que habitan el anchuroso
Urano. Y los parió tras de unirse de amor a Hiperión.
Y Euribia, tras de unirse de amor a Creo, parió al gran Astreo y a Palas, porque
ésta era una Diosa poderosa, y a Perses, que sobresalía en todos los trabajos.
Eos, unida a Astreo, parió a los Vientos impetuosos: el ágil Zéfiro y el rápido
Bóreas, y Noto. Y los parió tras de unirse a un Dios. Luego parió a la estrella
portaluz, nacida por la mañana, y a los Astros resplandecientes de que está
coronado Urano.
Y Stigia, hija de Océano, unida a Palas parió en sus moradas a Zelo y a Nica la
de hermosos pies, y a Crato y a Bía, hijos suyos muy ilustres. Y su morada y
su residencia no los alejan de Zeus, y no tienen ellos otro camino que aquel por
donde el Dios les precede, sino que permanecen siempre junto a Zeus, y no
tienen ellos otro camino que aquel por donde el Dios les precede, sino que
permanecen siempre junto a Zeus, que truena potentemente. Así lo obtuvo
Stigia, la incorruptible Océanida, el mismo día en que el fulminante Olímpico
convocó a todos los Dioses inmortales en el anchuroso Urano, diciéndoles que
ningún Dios que combatiera con él contra los Titanes se vería privado de
recompensa, sino que conservaría los honores que poseyera ya entre los Dioses
inmortales. Y dijo que aquellos que de Cronos no hubiesen tenido honores ni
recompensas recibirían estos honores y estas recompensas con arreglo a la
justicia.
Y Stigia fue la primera que se presentó en el Olimpo con sus hijos, siguiendo
los consejos de su padre bienamado; y Zeus la honró y le hizo dones preciosos,
y quiso que sirviese ella para el juramento solemne de los Dioses y que sus
hijos permaneciesen siempre con él. Y asimismo mantuvo las promesas hechas
a los otros Dioses, porque es poderosísimo y reina.
Y Feba subió al lecho deseado de Ceo, y la Diosa quedó encinta por el amor de
un Dios, y parió a Latona la del peplo azul, siempre encantadora, dulce para los
hombres y para los Dioses inmortales, amable desde su nacimiento, y que hizo
entrar la alegría en el Olimpo. Y Feba parió también a la ilustre Asteria, a quien
Perses condujo en otro tiempo a su vasta morada, con el fin de que se la
llamase esposa suya.
Y Asteria, que se quedó encita, parió a Hécate, a quien honró entre todas Zeus
Cronida. Y le otorgó, como legado ilustre, que mandara en la tierra y en el mar
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estéril. Ya le fue otorgado este don por Urano estrellado, y era muy honrada por
los Dioses inmortales.
Y efectivamente, cuando uno de los hombres terrestres hace hoy sacrificios
expiatorios, según costumbre, invoca a Hécate, y le es concedido
inmediatamente un gran favor, y la Diosa benévola atiende su plegaria y le
colma de riquezas, porque eso es fácil para ella.
Cuantos honores recibieron de la Moira los hijos de Gea y de Urano, los posee
Hécate también, porque el Cronida no le arrebató el poderío ni ninguno de los
honores que ella poseía bajo los antiguos Dioses Titanes, sino que ella posee
cuanto le fue otorgado al principio. Y por ser hija única, no es menos honrada
la Diosa en la tierra y en el Urano que en el mar; y es más poderosa todavía,
porque la honra Zeus. A aquel a quien ella quiere ayudar magníficamente, le
ayuda, y brilla en las asambleas de los hombres, si quiere. Cuando se arman
los guerreros para el combate terrible, entonces la Diosa favorece a quienes
quiere, y les otorga una pronta victoria y da la gloria.
Se asienta junto a los reyes venerables, cuando juzgan. Cuando los guerreros,
reunidos, se entregan a las luchas, la Diosa les es propicia y los ayuda. Al que
descuella por su valor y su fuerza, le es otorgado inmediatamente un premio
hermoso, y él, en tanto, feliz, da gloria a sus padres. Ella favorece a los jinetes,
cuando quiere; y a los que hienden el glauco mar agitado, cuando suplican a
Hécate y al retumbante Poseidón, la Diosa ilustre les depara fácilmente, si
quiere. Con Hermes, multiplica en los establos los rebaños de bueyes, y los
rebaños de cabras, y los rebaños de ovejas lanudas; y a su agrado, los acrece
en número o los disminuye. En fin, como es hija única de su madre, se halla
revestida de todos los honores entre los Dioses, y el Cronida la hizo nodriza de
todos los hombres que, después de ella, vean con sus ojos la luz de la
chispeante Eos. Así es que, desde un principio, nutre ella a los jóvenes, y tales
son sus honores.
Y Rea, subyugada por Cronos, parió una ilustre raza: Istia, Deméter, Here la de
sandalias doradas y el poderoso Edes, que habita bajo tierra y cuyo corazón es
inexorable; y el retumbante Poseidón, y el sabio Zeus, padre de los Dioses y de
los hombres, cuyo trueno conmueve la tierra anchurosa.
Pero el gran Cronos los tragaba a medida que desde el seno sagrado de su
madre le caían en las rodillas. Y lo hacia así con el fin de que ninguno ente los
ilustres Uranidas poseyese jamas del poder supremo entre los Inmortales.
Porque, efectivamente, Gea y Urano estrellado le enteraron de que estaba
destinado a ser domeñado por su propio hijo, por los designios del gran Zeus, a
pesar de su fuerza. Y por eso, no sin habilidad, meditaba sus estratagemas y
devoraba a sus hijos. Y Rea estaba abrumada de un dolor grande.
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Pero, cuando iba a partir a Zeus, padre de los Dioses y de los hombres, suplicó
a sus queridos padres, Gea y Urano estrellado, que le enseñasen los medios de
que se valdrían para ocultar el alumbramiento de su querido hijo y para poder
castigar los furores paternos contra los otros hijos a quienes Cronos había
devorado. Y Gea y Urano atendieron a su hija bienamada y le revelaron cuáles
serían los destinos del rey Cronos y de sus hijos magnánimos.
Y la envidiaron a Lictos, rica ciudad de la creta, en el momento de ir ella a
partir al último de sus hijos al gran Zeus. Y la gran Gea le recibió en la vasta
Creta, para criarle y educarle. Y por lo pronto le llevó a Lictos, atravesando la
noche negra; luego, cogiéndole con sus manos, le escondió dentro de un antro
elevado, en los flancos de la tierra divina, sobre el monte Argeo, cubierto de
espesas selvas. Después, tras envolver entre mantillas una piedra enorme, Rea
se la dio al gran príncipe Uranida, al antiguo rey de los dioses, y éste la cogió y
se la echó al vientre.
¡Insensato! No preveía en su espíritu que, merced a esta piedra, sobreviviría su
hijo invencible y en seguridad y domeñándole muy pronto con la fuerza de sus
manos, le arrebataría su poderío y mandaría por sí solo en los inmortales. Y el
vigor y los miembros robustos del joven rey crecían rápidamente y transcurrido
un tiempo, embaucado por el consejo astuto de Gea, el sagaz Cronos devolvió
toda su raza, vencido por los artificios y por la fuerza de su hijo.
Y primero vomitó la piedra que se había tragado la última. Y Zeus la sujetó
fuertemente a la tierra espaciosa, sobre la divina Pito, en el fondo de las
gargantas del Parnesio para que fuese un monumento futuro y una maravilla
para los hombres mortales.
Y Zeus libró de sus cadenas abrumadoras a sus tíos, los Uranidas, a quienes
habían encadenado sus padres en un acceso de demencia. Y correspondieron
ellos en este beneficio, y le dieron el trueno, y la blanca centella, y el relámpago,
que hasta entonces había escondido la gran Gea en su seno. Y desde aquella
sazón, confiado en sus armas, Zeus manda en los hombres y en los dioses.
Y Yapeto desposó a la Oceánida de hermosos pies Climena, y compartió el
mismo lecho que ella. Y ésta parió al magnánimo Atlas, y Amenetio, orgulloso
de su gloria, y a Prometeo, sagaz y astuto, y al insensato Epimeteo, quien desde
el origen fue funesto para los hombres industriosos, por ser el primero en
casarse con una virgen imaginada por Zeus. Por lo que respecta al imperioso
Menetio, el previsor Zeus le sumió en el Erebo, hiriéndole con la blanca
centella, a causa de su maldad y de su insolencia orgullosa. Por una dura
necesidad, Atlas sostiene el anchuroso Urano, en las extremidades de la tierra,
enfrente de las sonoras Hesperides manteniéndose en pie y lo sostiene con su
cabeza y con sus manos infatigables, porque el prudente Zeus le deparó este
destino.
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Y Zeus sujetó con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras
ligaduras al rededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas
que le comía su hígado inmortal. Y durante la noche renacía la parte que
le había comido durante todo el día el ave de alas desplegadas. Pero el hijo
vigoroso de alemana la de hermosos pies, Heracles, mato al águila, y ahuyentó
este mal horrible lejos del Yapeteonida, y le libró de este suplicio. Y esto no fue
contra la voluntad de Zeus Olímpico que reina en las alturas, sino a fin de que
la gloria de Heracles, nacido en Tebas, fuese todavía mayor sobre la tierra
sustentadora. Así, queriendo honrar a su ilustrísimo hijo, renunció a la cólera
que concibiera en otro tiempo contra Prometeo, quien había luchado con
astucias contra el poderoso Cronión.
Y efectivamente, cuando los Dioses y los hombres mortales disputaban en
Mecona, Prometeo mostró un gran buey que adrede había repartido, queriendo
engañar al espíritu de Zeus.
De una parte, las carnes y las entrañas crasas la metió en la piel,
recubriéndolas en el vientre del animal; y por otro lado, con una treta diestra,
dispuso hábilmente los huesos blanco del buey y los recubrió con buena
grasa. Y entonces le dijo el padre de los Dioses y de los hombres:
–¡Yapetionida, él más ilustre de los príncipes, oh caro ¿qué has hecho de las
partes desiguales? Así habló Zeus, siempre lleno de prudencia. Y el sagaz
prometeo le respondió, sonriendo para sí, pues no había olvidado su astucia:
— Gloriosísimo Zeus, el más grande de los dioses eternos, escoge de estas
partes la que tu corazón te persuada a escoger.
Habló así, con astutos pensamientos, pero Zeus, en la sabiduría eterna, no se
menosprecio y advirtió el fraude, y en su espíritu preparo calamidades a los
hombres mortales, Y estas desdichas debían cumplirse. Con una y otro mano
quito la blanca grasa, y se irritó en su espíritu, y el cólera invadió su corazón
en cuanto vio los huesos blancos del buey encubiertos mañosamente. Y de
aquel tiempo data el que la raza de los hombres queme para los Dioses los
huesos blancos sobre los altares perfumados entonces, muy irritado, le dijo
Zeus, el que amontona las nubes.
— ¡Yapetionida, habilísimo entre todos, oh caro! No has olvidado tus tretas
diestras.
Y habló así, lleno de cólera, Zeus, cuya sabiduría es eterna y desde aquel
tiempo, acordándose siempre de este fraude, rehusó la fuerza del fuego
inextinguible que brota del roce de los maderos de encina a los míseros
hombres mortales que habitan sobre la tierra.
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Pero todavía le engaño el hijo excelente de Yapeto, robándole una porción
espléndida del fuego inextinguible, que oculto en una caña hueca. Y fue
mordida en el fondo de su corazón Zeus, que truena en las alturas, Y la cólera
conmovió todo su corazón en cuanto vio resplandecer entre los hombres el
brillo del fuego. Y acusa de este fuego, los hirió con una pronta calamidad.
Y el ilustre Cojo hizo con barro, por orden del Cronida, una forma semejante a
una casta virgen. Y Atenea la de los ojos claros la adorno y la cubrió con una
blanca túnica. Y la cabeza le puso un velo ingeniosamente hecho y admirable
de ver; luego también le puso en la cabeza palas Atenea una guirnalda de
variadas flores frescas. Y al rededor de la frente le fue puesta una corona de oro
que había hecho por sí propio el ilustre cojo, quien le había labrado con sus
manos por complacer al padre de Zeus. Y en esta corona estaba esculpido
numerosas imágenes, admirable a la vista, de todos los animales a quienes
alimentaban la tierra firme y el mar. Y de estas imágenes brotaba una gracia
resplandeciente, admirable, y parecían vivas.
Y cuando hubo formado esta hermosa calamidad, a cambio de una buena obra,
condujo donde estaban reunido los dioses y los hombres a aquella virgen
adornada por la diosa de los ojos claros, nacido de un padre poderoso. Y la
admiración se apoderó de los dioses inmortales y de los hombres mortales, en
cuanto vieron esta calamidad fatal para los hombres. Porque de ella es de quien
procede la raza de las mujeres hembras, la más perniciosa raza de mujeres, el
más cruel azote que existe entre los hombres mortales, porque no se adhieren a
la pobreza sino a l a riqueza.
Y lo mismo que las abejas, en sus colmenas cubiertas de techos, alimentan al
os abejones, que no hacen más que daño y trabajan, madrugadoras durante
todo el día hasta declinar Helios, y hacen sus blancas celdas, mientras los
abejones penetran en las colmenas cubiertas de techos, llenándose el vientre
con el fruto de un trabajo ajeno; así Zeus que truena en las alturas dio esas
mujeres funestas a los hombres mortales, esas mujeres que no hacen mas que
daño.
Y también les envío otra calamidad a cambio de una buena obra. Aquel que,
rehuyendo el matrimonio y la preparación penosa de las mujeres, no tome
esposa, si llega a la vejez abrumadora sin hijos, se verán privados de los
ciudadanos que se tienen con los ancianos; y si no vivió pobre al menos, a su
muerte sus bienes serán repartidos entre sus parientes lejanos. Por lo que
respecta aquel a quien la Moira haya sometido al matrimonio, aunque tenga
una mujer casta y adornada de prudencia, no se mezclarán menos en su vida el
bien y el mal; pero, por lo que respecta a quien se haya casado con una mujer
mala por naturaleza tendrá en su pecho un dolor sin fin y su alma y su corazón
serán presa de un mal irremediable; Por que no es lícito engañar a Zeus, y no
se escapa a el.
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Así es que Prometeo y Apeteonida, que no era digno de ningún castigo, excito la
abrumadora cólera de Zeus, y a impulsos de la necesidad no obstante toda su
ciencia, sufrió una cadena pesada.
No bien el padre Zeus se irrito en su corazón contra Briareo, coto y Giges, los
sujeto con una fuerte cadena y por el temor de su valor y su fea catadura y su
alta talla, los encerró debajo de la tierra anchurosa y allí debajo de la tierra,
penetrados de dolores, permanecieron en las extremidades de la vasta tierra,
gemebundos y con el corazón lleno de una tristeza grande. Pero el Cronida y los
demás Dioses inmortales que Rea la de hermosos cabellos concibiera Cronos
los reintegraron a la luz, siguiendo los consejos de Gea. Esta en efecto, les dio
a entender cumplidamente que con ayuda de los gigantes alcanzaría a ellos la
victoria y una gloria resplandecientes.
Y combatieron largo tiempo, agobiados de rudos trabajos, los Dioses titanes y
todos los Dioses nacidos de Cronos, y se libraron batallas terribles. Y desde la
cumbre del Otris los titanes gloriosos y desde la cima del Olimpo los Dioses,
manantial de bienes, que los Cronos concibiera Rea la de hermosos cabellos,
combatían sin descanso, luchando unos contra otros con crueles fatigas
durante mas de diez años.
Y esta guerra no-tenia tregua ni fin, y se perturbaban entre ellos con iguales
probabilidades. Pero cuando Zeus ofreció a los gigantes el néctar y la ambrosía,
esos mensajes excelentes de que se alimentan los, mismos Dioses, se albergo
en los pechos de aquellos con valor mayor; Y cuando probaron el néctar y la
ambrosía, el padre de los Dioses y de los hombres les hablo así:
— Escuchadme, ilustres hijos de Gea y Urano a fin de que os diga lo que mi
corazón me inspira mi pecho. Hace ya demasiado tiempo que combatimos a
diario unos contra otros, por la victoria y por el imperio, los dioses titanes y
nosotros, que hemos nacido de cronos, emplead vosotros contra los titanes en
la refriega terrible vuestra fuerza inmensa y vuestras manos invencibles.
Recordad nuestra dulce amistad, y no olvidéis que después de tantos males,
libertados de una pesada cadena, habéis sido reintegrado a la luz, merced a
nuestros ciudadanos, desde el fondo de las tinieblas negras.
Hablo así, y el irreprochable coto le respondió:
—¡Venerable No ignoramos lo que dices, pero sabemos hasta que punto
descuella s en sabidurías y en inteligencia. Has rechazado lejos de los
inmortales un mal horrible, y merced a tu prudencia, desde el fondo de las
tinieblas negras hemos vuelto sobre nuestros pasos, libertados de nuestras
rudas cadenas, ¡oh rey, hijo de cronos! Después de haber sufrido
desesperadamente. Y por eso con corazón firme y buena voluntad, te
aseguramos ahora el imperio en esta lucha cruel, combatiendo contra los
titanes, en medio de rudos combates.
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Dijo así, y los Dioses, manantial de bienes, aplaudieron a sus palabras y sus
corazones desearon la guerra más que nunca. Y empeñaron violentas batalla en
aquel día todo los que estaban, varones y hembras, los Dioses titanes y los
Dioses nacidos de Cronos, y aquellos a quienes Zeus había reintegrado a la luz
del fondo de erebo subterráneo, violentos robustos, poseyendo fuerzas infinitas;
por que de sus hombros arrancaban cien manos, y cada uno tenia cincuenta
cabezas y que se erguían desde la espalda, por encima de sus miembros
robustos. Y opuesto a los titanes esta guerra desastrosa, llevaban en sus
manos sólidas enormes rocas. Y por otro lado, los titanes afirmaban sus
falanges con ardor, y en ambas partes se mostraba el vigor de las de los brazos
y el valor.
Y el mar inmenso resonó horriblemente, y la tierra mugía con fuerza, y el
anchuroso Urano gemía estremecido, y el gran Olimpo temblaban sobre su
base al choque de los Dioses; y en el tártaro negro penetro un vasto estrépito,
ruido sonoro de pies, tumulto de la refriega y violencia de los golpes.
Y lanzaban unos contra otros los dardos lamentables, y su clamor confuso
subía hasta el Urano estrellado, mientras se exhortaban y se hería con grandes
gritos.
Y entonces ceso Zeus de contener sus fuerzas, y su alma al punto se lleno de
cólera, y desplegó todo su vigor, precipitándose llameante del Urano y del
Olimpo y con el trueno y el relámpago, volaban rápidamente de su mano
robusta las centellas, lanzando a lo lejos la llama sagrada y por todas partes
mugía, llameante, la tierra fecunda y las grandes selvas crepitaban en el fuego,
y toda la tierra ardía, y las olas de océano y el inmenso ponto se abrasaban, y
un vapor cálido envolvía a los titanes terrestres y encendía la llama,
prolongándose en el aire divino, y en los ojos de los más bravos estaban
deslumbrados por el resplandor irradiante de la centella y del relámpago.
Y el inmenso incendio invadía el caos y párese que aún ven los ojos y oyen los
oídos el trastorno de aquellos tiempos de antaño en que se golpeaban la tierra y
el anchuroso Urano, cundo con un estrépito sin limites iba hacer aplastada la
una por la otra, que se abalanzaba desde arriba. ¡tan horrible era el fragor del
combate de los Dioses!
Y todos los vientos levantaban con rabia torbellinos de polvo al estallar el
trueno, los relámpagos y la ardiente centella, esos dardos del gran Zeus y
lanzaba su estrépito sus clamores a atreves de ambas partes. Y una inmensa
algarabía envolvía el espantoso combate, y de ambos lados se desplegaba el
vigor de los brazos.
Pero la victoria se inclinó. Hasta entonces, abalanzándose los unos a los otros,
todos habían combatido bravamente en el terrible combate; pero, en la primera
fila, a la sazón empinando una lucha violenta, coto, Briareo y Giges el
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insaciable de combate, lanzaron trescientas rocas, una a una con sus manos
robustas, y cubrieron con sombra sus tiros a los dioses titanes, y en las
profundidades de la tierra anchurosa las precipitaron cargados de duras
ligaduras, habiendo domeñado con sus manos a estos adversarios de gran
corazón y los sumieron bajo tierra, tan lejos de la superficie como lejos esta la
tierra del Urano, porque el mismo espacio hay en entre la tierra y el negro
tártaro.
Rodando nueve noches y nueve días, llegaría a la tierra en el décimo día un
yunque de bronce caído del Urano; y rodando nueve noches y nueve días,
llegaría al negro tártaro en el décimo día un yunque de bronce caído de la
tierra.
Un recinto de bronce lo rodea, y la noche esparce tres muros de sombra en
torno ala entrada, por encima están las raíces de la tierra y del mar estéril y
allí, abajo la negra niebla, en este lugar infecto, en las extremidades de la tierra
inmensa, por orden de Zeus que amontona las nubes, están escondidos los
Dioses Titanes.
Y no tiene salida este lugar. Poseidón hizo sus puertas de bronce, y por todas
partes lo rodea de un muro; Y allí habitan Giges, Coto y Briareo el de gran
corazón, seguros guardianes de Zeus tempestuoso y allí, de la tierra sombría y
del tártaro negro, del mar estéril y del Urano estrellado, están alineados los
manantiales y los limites, horrendos infectos y detestados de los Dioses
mismos.
Es una sima enorme, y en todo un año no llegaría a su fondo quien tras pusiera
sus puertas, sino que seria llevando de aquí para allá por una impetuosa
tempestad, atroz y hasta para los Dioses inmortales es horrible esa sima
monstruosa, y allá se yergue la morada horrible de la noche negra, toda
cubierta de sombría nubes.
En la entrada el hijo de Yapeto, en pie, sostiene el anchuroso Urano con su
cabeza y con sus manos infatigables, y lleno de vigor. Y Nix y Hémera dan
vuelta alrededor, llamándose una a otra y transponiendo alternativamente el
umbral de bronce. Y la una entra y la otra sale, y jamás ese lugar la encierra de
una ves a ambas, sino que siempre, cuando la una esta fuera y se mueve sobre
la tierra, la otra vuelve, aguardando que llegue la ora de partida. Y Hemera trae
la luz penetrante a los hombres terrestres; y llevando en sus manos a Hipnos,
hermano de Tanatos, viene a su ves la peligrosa Nix, envuelta en una nube
negra, porque allí es donde habitan los hijos de la oscura Nix, Hipnos y
Tanatos, Dioses terribles. Y jamás los alumbrara con sus rayos el brillante
Helio, ora escale el Urano, ora descienda de el. El uno se pasea por la tierra y
por el ancho lomo del mar, tranquilo dulce para los hombres; pero el corazón
del otro es bronce, y su alma es de bronce en su pecho, y no suelta al primero
que coge entre los hombres, y es odioso a los inmortales mismos.
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Y en el fondo están las moradas sonoras del Dios subterráneos del poderoso
Edes y de la terrible Persefonia.
Y guarda las puertas un perro feroz, espantoso, y con malos instintos, a los
que entran les hace halagos con la cola y con las dos orejas; pero no los deja ya
salir, y lleno de vigilancia, devora a cuantos quieren transponer de nuevo el
lumbral del poderoso Edes y de la terrible Persefonia.
Y allí habita también la Diosa espantosa para los inmortales, la terrible Stigia,
hija mayor de Océano el de pronto reflujo. Lejos de los Dioses, habita moradas
ilustres, cubiertas de rocas enormes, y cuyo recinto lo sostiene hasta el Urano
un circulo de columnas de plata.
A veces, la hija de Taumas, Iris la de los pies ligeros, vuela allá como
mensajera, sobre el vasto lomo del mar, cuando entre los dioses se promueve
una querella o una disensión dé a mentido cualquier habitante de la morada
olímpica, Zeus envía a Iris con él objeto de que, para el gran juramento de los
Dioses coja a lo lejos un jarro de oro el agua famosa, helada que cae de una
roca escarpada y alta.
En el seno de la tierra espaciosa, corriendo en la noche negra, el agua del río
sagrado se convierte en un brazo del Océano, y la décima parte de ella queda
reservada, las otras nueve partes, alrededor de la tierra y del ancho lomo del
mar, vuelven a caer al mar en remolinos de planta; pero la décima que fluye de
la roca es el mayor castigo de los Dioses.
Si, al hacer las liberaciones, perjura un Dios entre los inmortales que evitan la
cumbre del nevado Olimpo, yace sin aliento durante todo un año, y no prueba
más la ambrosía y el néctar, si no que yace sin aliento y mudo en su lecho, y le
envuelve una modorra horrenda. Y cuando cesa su mal después de un largo
año, le apresa otro tormento más cruel.
Durante nueve años, esta relegado lejos de los Dioses eternos, jamás se
mezclan en los consejos ni en sus comidas. Y solamente el décimo año toma
parte en la asamblea de los dioses que habitan las moradas olímpicas.
Y así fue como los Dioses consagraron al juramento el agua incorruptible de
Stigia; esa agua antigua que atraviesa por el lugar donde, de la tierra sombría,
y del Tártaro negro, y del mar estéril, y del Urano estrellado, están alineados los
manantiales y los límites, horrendos, infectos y detestados de los Dioses
mismos.
Y allí están las espléndidas puertas y el umbral de bronce, inmutable,
construidas sobre profundas bases y surgido de sí propia. Y delante de ese
umbral, lejos de todo los Dioses, habitan los titanes, más allá del caos cubierto
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de nieblas; pero Giges y Coto los ilustres aliados de Zeus que truena
fuertemente, tienen sus moradas en los manantiales del Océano.
Por lo que afecta el vigoroso Briareo, Poseidón el que profundamente se
estremece le hizo yerno suyo, y le dio a su hija Cimopolea para que la despose.
Y en cuanto Zeus hubo expulsado del Urano a los titanes, la gran Gea parió su
último hijo, Tifoeo, tras unirse de amor al Tártaro por Afrodita de oro.
Y eran activas en el trabajo las manos, y eran infatigables los pies del Dios
robusto. Y de sus hombros salían cincuenta cabezas de un horrible dragón,
sacando lenguas negras. Y bajo las cejas, los ojos de estas cabezas
monstruosas llameaban fuego, y brotaba este fuego de todas estas cabezas que
miraban. Y salían voces de todas estas cabezas horrendas, produciendo sonidos
de toda clase, inefables, semejantes a las voces mismas de los Dioses, o a la vos
enorme de un toro mugir y feroz, o la de un león de alma hosca, —cosa
prodigiosa— al ladrido de los perrillos, o al ruido estridente de las altas
montañas.
Y acaso en aquel día se hubiese mandado en los mortales y en los inmortales,
si no lo hubiese comprendido así al punto el padre de los hombres y de los
Dioses, y trono con ímpetu y con fuerza, y por todas partes la tierra recibió una
conmoción horrible, y por encima de ella, el anchuroso Urano, y Ponto, y
Océano, y la profundidad de la tierra.
Y bajo los pies inmortales, se tambaleo el gran Olimpo cuando se levanto el rey,
y gimió la tierra. Y los vientos y la centella ardiente se esparcieron por todos los
lados sobre el negro mar, y la llama y el trueno, y el relámpago, y los torbellinos
de fuego del monstruo.
Y se quemaban toda la tierra, y todo el Urano, y todo el mar, y las olas hervían
a lo lejos y lo largo de las riveras, bajo el choque de los dioses, y la conmoción
era irresistible.
Y se espantó Edes el que manda en los muertos y se estremecieron los titanes
encerrados en el tártaro, en torno a cronos, al oír aquel clamor inextinguible y
aquel terrible combate.
Y haciendo acopio de fuerza, Zeus empuño sus armas, el trueno, el relámpago
y la centella abrasadora, y saltando del Olimpo, hirió a Tifoeo. Y así incedio
todas las enormes cabezas del monstruo feroz, y le venció por si bajo los golpes,
y Tifoeo cayo mutilado, y la gran Gea gimió por él.
Y la llama de la centella brotaba del cuerpo de este rey, caído en las gargantas
frondosas de una áspera montaña, y ardía toda la tierra inmensa en un vapor
ardiente, y corría como por la tierra divina corre, en manos de Hefesto, el
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estaño fundido por los herreros en un horno de anchas fauces, o como el
hierro, que es el mas sólido de todos los metales, en la garganta de una
montaña, vencido por el ardor del fuego. Así corría la tierra bajo el relámpago
del fuego ardiente, y Zeus, irritado, sumió a Tifoeo en el anchuroso tártaro.
Y de Tifoeo sale la fuerza de los vientos de soplo húmedo, excepto el noto, el
Bóreas y el rápido Zéfiro, que procede de zeus y son siempre utilísimos a los
hombres. Pero los demás vientos, sin utilidad, soliviantan el mar, y
precipitándose sobre el negro ponto, terrible azote de los hombres, forman
remolinos violentos y soplan de acá y allá y dispersan las naves y pierden a los
marineros; por que no hay remedio para la ruina de aquellos que se les
encuentran en el mar. Y sobre la superficie de la tierra inmensa y florida,
destruyen los hermosos trabajos de los hombres nacidos de ella, llenándolos de
polvo y de un ruido odioso.
Entretanto, después de llevar a cabo su obra los Dioses dichosos, lucharon
contra los titanes por los honores y el poder, por consejo de Gea
comprometieron a Zeus para que reiniciase y mandase en los inmortales. Y el
Cronidas le respondió los honores con equidad.
Y por pronto, Zeus, el rey de los dioses, tomó por mujer a Metis, la más sabia
entre los inmortales y los hombres mortales pero, cuando ella iba a partir a la
Diosa Atenea la de los ojos claros, engañándole el espíritu con astucia y con
halagüeña palabras, Zeus la encerró en su vientre por consejo Gea y de Urano
estrellado.
Y se lo habían aconsejado éstos para que no poseyese el poderío real ningún
otro que Zeus entre los Dioses eternos; Porque estaba predestinado que de
Metis nacerían hijos sabios, y primeramente la virgen Tritogenia la de los ojos
claros tan poderosos como sus padres y tan sabia. Luego, habría de parir Metis
un hijo, rey de los Dioses y de los hombres, que poseería gran valor pero, antes
de eso, la encerró Zeus en su vientre, con el fin de que la diosa le diera la
ciencia del bien y del mal.
Y después, se desposo con la espléndida Temis, que le dio a luz las horas, a
Eunomia, a Dica y ala floreciente Irene, quienes maduran los trabajos de los
hombres mortales; y a la Moiras a quienes el sapientísimo Zeus concedió los
mayores honores, Cloto, Lacesis y Atropos, que dan a los hombres mortales la
facultad de poseer bienes o de sufrir males.
Y Eurinomia, la Oceanida, que tenia una belleza perfecta, parió a las tres
carites de hermosa mejillas: Aglea, Eufrosina y la amable Talia. Y emanando de
sus párpados, enerva la fuerza del deseo; y bajo sus cejas, son dulce sus ojos.
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Después, Zeus entró en la cama de demeter, la que cría todas las cosas, y esta
parió a Perfefonia la de hermosos brazos, la que edoneo arrebato su madre y la
que le concedió el sabio Zeus.
Después, Zeus amó a Mnemosina la de hermosos cabellos, de quienes nacieron
las musas tocadas con mitras de oro, las nueve musas, a quienes placen los
festines y la dulzura del canto.
La Latona parió a Apolo y a Artemisa gozosas de sus flechas, que son las más
hermosas entre todas los Uránicos, y los parió tras unirse a Zeus tempestuoso.
Por fin, se desposo Zeus con la ultima de sus esposas, con la espléndida Here,
que parió a Hebe, a Aves y Eetia tras unirse al rey de los Dioses y de los
hombres. Y el mismo hizo salir de sus cabezas a Tritogenia la de los ojos claros,
ardientes, que excita al tumulto y conduce a los ejércitos, invencible y
venerable, a quien placen los clamores, las guerras y las contiendas. Pero haré,
sin unirse a nadie, parió al ilustre Hefesto. Usando de sus propias fuerzas y
luchando contra su esposo, hábil en el arte entre todos los Uránicos.
Y de Anfitriana y del retumbante Poseidon nació el grande y poderoso Tritón,
que habita en la profundidad del mar, junto a su madre bien amada y a su
padre real, en las moradas de oro del gran Dios.
Y de Ares, rompedor de escudos, Citérea concibió a Fobo y a Deimo, Dioses
violentos, que dispersan las falangas de guerreros en la guerra horrible, y
acompañan a Ares, destructor de ciudades. Y parió también a Harmonía, con
quien se caso el magnánimo Cadmo.
Y de Zeus, Maya, la hija de Atlas, concibió el glorioso Hermes, heraldo de los
Dioses después de subir al lecho sagrado.
Y de Semele, la hija de Cadmo, tras unirse a Zeus parió a un hijo ilustre, al
alegre Dionisos. Siendo mortal, parió a un inmortal y ahora son Dioses ambos.
Y Alemena parió a la fuerza Heracleana, tras unirse a Zeus que amontona las
nubes.
Y el ilustre Hefesto, que cojea de ambos pies se caso con la brillante Aglea, la
mas joven de las carites.
Y Dionisos el de cabello de oro se casó con la rubia Ariadna, hija de Minos, y la
desposo en la flor de la juventud, y el Cronión la puso al abrigo de la vejez y la
hizo inmortal.
Y el robusto hijo de Alemena la de los hermosos pies, la fuerza Heracleana. Se
caso con Hebe después de sus terribles trabajos. Y desposo a esta hija del gran
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Zeus y de Here el de las sandalias doradas, a Hebe casta diosa, en el nevado
Olimpo. Después de llevar acabo acciones ilustres, dichosos, habita entre los
dioses, inmortal y al abrigo de la vejez.
Y del infatigable Helios, la ilustre Oceánida Persis concibió a Circes y al
príncipe Aetes. Y Aetes, hijo de Helios que da luz a los hombres, se caso con la
hija de Río sin fin Océano, por consejo de los Dioses, la ilustre Ídia la de
hermosas mejillas, quien parió a Medea la de hermosos pie, tras unirse a Aetes
y domeñada por Afrodita de oro.
Ahora, ¡salve, vosotros los que tenéis moradas olímpica, y vosotros, islas,
continentes, golfos salados del ponto!
Y ahora, cantad armoniosamente, Musas Olímpicas, hijas de Zeus
tempestuoso, a esa muchedumbre Diosas que, tras de compartir el lecho de
hombres mortales, aun siendo inmortales ellas, parieron a una raza semejante
a los Dioses.
Demeter, la más ilustres de las Diosas, parió a Pluto, tras unirse de amor al
héroe Jasio en un campo labrado tres veces, en la fértil Creta; al buen Pluto,
que va por toda la tierra y por el ancho lomo del mar. Y a todo hombre con
quien se encuentra o que se acerca a el le hace rico y le otorga una gran
felicidad.
Y de Cadmo, Harmonía, hija de Afrodita de oro, concibió a Ino, a Semele, Agave
la de hermosa mejillas y a Autonoe, con quien se caso Aristeo el de cabellos
espesos. Y también parió ella a Polidoro, en Tebas la ceñida de hermosas
murallas.
Y Caliroe, la hija de océano, unida de amor al magnánimo Crisaor por Afrodita
de oro, parió al más ilustre de los mortales, a Gerión a quien mató la fuerza
Heraclieana, a causa de los bueyes de los pies flexibles en Eritea la rodeada de
olas.
Y Eos engendró para Memnón el de casco de bronce, príncipe de los etoipes, a
Titón y también al rey Hematión. Y del Céfalo, concibió un hijo ilustre, el bravo
Faetón, hombre semejante a los dioses, quien adornado con la flor de su
brillante juventud, no pensaba sino a los juegos infantiles. Pero Afrodita, que
gusta de las sonrisas, se la llevo para hacerle guardián nocturno de sus
templos, como si fuera genio divino.
Y por voluntad de los dioses eternos, el Esonida rapto ala hija del príncipe
Ayetes, criado por Zeus, después de sufrir penosos y numerosos trabajos que le
impusiera el gran príncipe orgulloso Pelies, injurioso, impío y culpable de
grandes crímenes. Y el Esonida volvió a Yolcos, después de sufrir mucho,
llevándose en su nave rápida a la hermosa joven de los ojos negros con quien
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caso con su floreciente belleza, y que, domeñada por Jasón, pastor de pueblos,
parió a Medeo, a quien Filirida Kirón educó en las montañas.
Y así era como se cumplía la voluntad del gran Zeus.
Y la hija de Nereo, el anciano del mar, Psamate, la más ilustre entre las Diosas,
parió a Foco, unida a eaco por Afrodita de oro.
Y la Diosa Tetis la de los pies de plata, puesta en cinta por peleo, parió a Akileo
el de corazón de león el más invencible de los hombres.
Y Citerea la de hermosa corona parió a Eneas, después de unirse por amor al
héroe Ankises, en la cumbre del ida de numerosas gargantas y cubierto de
selvas.
Y Circe, hija de Helios Hiperionidas, concibió del paciente Odiseo a Agrio y al
irreprochable y robusto latinos. Y también, por Afrodita la divina, concibió a
Telegón, quienes mandaron a todos los ilustres tirrenos en el registro de las
islas sagradas.
Y Calipso, la más ilustre de las Diosas, concibió de Odiseo a Nausitoo y a
Nausinoo después de unirse a aquel de amor.
Y así fue como, tras de combatir el lecho de hombres mortales estas inmortales
concibieron hijos semejantes a los Dioses.
Y ahora, cantad a la muchedumbre de las demás mujeres, vosotras ¡oh Musas del Olimpo, las de
dulce voz, hijas de Zeus tempestuoso!

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HESIODO. LOS TRABAJOS Y LOS DIAS.. Textos

Hesiodo
(~800 AC?)
LOS TRABAJOS Y LOS DIAS
“Los trabajos y los dias” por Hesiodo, escritor griego posterior a Homero, cuya fecha de nacimiento y muerte se ignoran pero se situan alrededor del
siglo VIII antes de cristo.
Obras conservadas:
“Teogonia”
“Los trabajos y los dias”
“El escudo de Heracles”
Quizas sea el primer manual de autoayuda de la historia
LIBRO I
Musas que ilustráis con vuestros cantos, venid de la Pieria, y loando a vuestro Padre Zeus,
decid cómo los hombres mortales son desconocidos o célebres, irreprochables o cubiertos de
oprobio, por la voluntad del gran Zeus. Porque eleva y derriba fácilmente, abate con facilidad al
hombre poderoso y fortalece al débil, castiga al malo y humilla al soberbio, Zeus que truena en las
alturas y habita las moradas superiores.
¡Escucha, oh hombre que oyes y ves todo, y conforma nuestros juicios a tu justicia! Por lo que
a mí respecte, procuraré decir a Perses unas cuantas verdades.
No hay una causa única de disensión, sino que hay dos sobre la tierra: la una digna de las
alabanzas del sabio, la otra censurable. Obran en sentido diferente. Una es funesta; excita la guerra
lamentable y la discordia, y ningún mortal la ama; pero todos le están sometidos necesariamente por
la voluntad de los Inmortales. En cuanto a la otra, la oscura Nix la parió la primera, y el alto Cronida
que habita en el eter la situó bajo las raíces de la tierra para que fuese mejor con los hombres, pues
excita al perezoso al trabajo. En efecto, si un hombre ocioso mira a un rico, se apresura a labrar, a
plantar, a gobernar bien su casa. El vecino excita la emulación del vecino, que se apresura a
enriquecerse, y esta envidia es buena para los hombres. Con él, el alfarero envidia al alfarero, el
obrero envidia al obrero, el mendigo envidia al mendigo y el aeda envidia al aeda.
¡Oh Perses! retén esto en tu espíritu: que la envidia, que se regocija de los males, no desvíe tu
espiritu del trabajo, haciéndote seguir los procesos y escuchar las querellas en el ágora. Hay que
conceder poca atención a los procesos y al ágora cuando no se ha amontonado en la casa, durante la
estación, el sustento, presente de Demeter. Una vez saciado, entablarás, si quieres, procesos y
querellas a las riquezas de los otros; pero entonces no te será ya permitido obrar así. Terminemos,
pues, el proceso con juícios rectos, que son dones excelentes de Zeus; porque recientemente hemos
repartido nuestro patrimonio, y me has arrebatado la mayor parte, con el fin de inclinar en tu favor a
los reyes, esos devoradores de presentes, que quieren juzgar los procesos. ¡Insensatos! No sahen
hasta qué punto la mitad a veces vale más que el todo, y hasta qué punto son un gran bien la malva y
el asfodelo. Los Dioses, en efecto, ocultaron a los hombres el sustento de la vida; pues, de otro
modo, durante un solo día trabajarias lo suficiente para todo el año, viviendo sin hacer nada. Al
punto colgarías el mango del arado por encima del humo, y pararías el trabajo de los bueyes y de las
mulas pacientes. Pero Zeus ocultó este secreto, irritado en su corazón porque el sagaz prometeo le
había engañado. Por eso preparó a los hombres males lamentables, y escondió el fuego que el
excelente hijo de Yapeto robara en una caña hueca abierta para dárselo a los hombres, engañando
así a Zeus que disfruta del rayo. Entonces, Zeus que amootona las nubes dijo indignado:
¡Yapetionida! Más sagaz que ninguno, te alegras de haber hurtado el fuego y engañado a mi
espíritu; pero eso constituirá una gran desdicha para ti, así como para los hombres futuros. A causa
de ese fnego, les enviaré un mal del que quedarán encantados, y abrazarán su propio azote.
Habló así y rió el Padre de los hombres y de los Dioses, y ordenó al ilustre Hefesto que
mezclara en seguida la tierra con el agua y de la pasta formara una bella virgen semejante a las
Diosas inmortales, y a la cual daría voz humana y fuerza. Y ordenó a Atenea que le enseñara las
labores de las mujeres y a tejer la tela; y que Afrodita de oro esparciera la gracia sobre su cabeza y le
diera el áspero deseo y las inquietudes que enervan los miembros. Y ordenó al mensajero Hermeas,
matador de Argos, que le inspirara la impudicia y un ánimo falaz. Ordenó así, y los aludidos
obedecieron al rey Zeus Cronión. Al punto, el ilustre Cojo de ambos pies, por orden de Zeus,
modeló con tierra una imagen semejante a una virgen venerable; la Diosa Atenea la de los ojos
claros la vistió y la adornó; las Diosas Cárites y la venerable Pito colgaron a su cuello collares de
oro; las Horas de hermosos cabellos la coronaron de flores primaverales; Palas Atenea le adornó
todo el cuerpo; y el Mensajero matador de Argos, por orden de Zeus retumbante, le inspiró las
mentiras, los halagos y las perfidias; y finalmente el Mensajero de los Dioses puso en ella la voz. Y
Zeus llamó a ésta mujer Pandora, porque todos los Dioses de las moradas olímpicas le dieron algún
don, que se convirtiera en daño de los hombres que se alimentan de pan
Tras de acabar esta obra perniosa e inevitable el Padre Zeus enhacia Epimeteo al ilustre
Matador de Argos, veloz mensajero de los Dioses, con ese presente; y Epimeteo no pensó en que
Prometeo le había recomendado que no aceptara nada de Zeus Olimpico y le devolviera sus
presentes, para que no trajesen desgracia a los mortales. Y acepto el obsequio y no sintió el mal
hasta después de haberlo recibido.
Antes de aquel día, las generaciones de hombres vivían sobre la tierra exentas de males, y del
rudo trabajo, y de las enfermedades crueles que acartean la muerte a los hombres. Porque ahora los
mortales envejecen entre miserias.
Y aquella mujer, levantando la tapa de un gran vaso que tenía en sus manos esparció sobre los
hombres las miserias horribles. Únicamente la Esperanza quedó en el vaso, detenida en los bordes, y
no echó a volar porque Pandora había vuelto a cerrar la tapa por orden de Zeus tempestuoso que
amontona las nubes.
Y he aquí que se esparcen innumerables males entre los hombres, y llenan la tierra y cubren el
mar; noche y día abruman las enfermedades a los hombres, trayéndoles en silencio todos los dolores
porque el sabio Zeus les ha negado la voz. Y así es que nadie puede evitar la voluntad de Zeus.
Pero, si quieres, oh Perses, te diré otras palabras buenas y sabias; retenlas en tu espíritu.
Cuando al mismo tiempo nacieron los Dioses y los hombres mortales, primero los Inmortales
que tienen moradas olímpicas crearon la Edad de Oro de los hombres que hablan. Bajo el imperio
de Cronos que mandaba en el Urano, vivían como Dioses, dotados de un espíritu tranquilo. No
conocían el trabajo, ni el dolor, ni la cruel vejez; guardaban siempre el vigor de sus pies y de sus
manos, y se encantaban con festines, lejos de todos los males, y morían como se duerme. Poseían
todos los bienes; la tierra fértil producia por si sola en abundancia; y en una tranquilidad profunda,
compartían estas riquezas con la muchedumbre de los demás hombres irreprochables.
Pero, después de que la tierra hubo escondido esta generación, se convirtieron en Dioses, por
voluntad de Zeus, aquellos hombres excelentes y guardianes de los mortales. Vestidos de aire, van
por la tierra, observando las acciones buenas y malas, y otorgando las riquezas, porque tal es su real
recompensa.
Después, los habitantes de las moradas olímpicas suscitaron una segunda generación muy
inferior, la Edad de Plata, que no era semejante a la Edad de Oro ni en el cuerpo ni en la
inteligencia, Durante cien años, el niño era criado por su madre y crecía en su morada, pero sin
ninguna inteligencia; y cuando había alcanzado la adolescencia y el término de la pubertad, vivía
muy poco tiempo, abrumado de dolores a causa de la estupidez. En efecto, los hombres no podían
abstenerse entre ellos de la injuriosa iniquidad, y no querían honrar a los Dioses, ni sacrificar en los
altares sagrados de los Bienaventurados, como está prescrito a los hombres por el uso. Y Zeus
Cronida, irritado, los absorbió, porque no honraban a los Dioses que habitan el Olimpo.
Después de que la tierra hubo escondido esta generación, estos mortales fueron llamados los
Dichosos subterráneos. Están en segunda fila, pero se respeta su memoria.
Y el Padre Zeus suscitó una tercera raza de hombres parlantes, la Edad de Bronce, muy
desemejante a la Edad de Plata. Al igual de fresnos, violentas y robustos, estos hombres no se
preocupaban sino de injurias y de trabajos lamentables de Ares. No comían trigo, eran feroces y
tenían el corazón duro como el acero. Era grande su fuerza, y sus manos inevitables se alargaban
desde los hombros sobre sus miembros robustos. Y sus armas eran de bronce y sus moradas de
bronce, y trabajaban el bronce, porque aún no existía el hierro negro. Domeñándose entre sí con sus
propias manos, descendieron a la morada amplia y helada de Edes, sin honores. La negra Tanatos
los asi¢, a pesar de sus fuerzas maravillosas, y dejaron la espléndida luz de Helios.
Después de que la tierra hubo escondido esta generación, Zeus Cronida suscitó otra divina
raza de héroes más justos y mejores, que fueron llamados Semidioses en toda la tierra por la
generación presente. Pero la guerra lamentable y la refriega terrible los destruyeron a todos, a unos
en la tierra Cadmeida, delante de Tebas la de las siete puertas, en tanto combatían por los rebaños de
Edipo; y a los otros, cuando en sus naves fueron a Troya, surcando las grandes olas del mar, a causa
de Helena la de hermosos cabellos, Ios envolvió allí la sombra de la muerte. Y el Padre Zeus les dio
un sustento y una morada desconocidos de los hombres, en las extremidades de la tierra. Y estos
héroes habitan apaciblemente las islas de los Bienaventurados, allende el profondo Océano. Y allí,
tres veces por año, les da la tierra sus frutos.
¡Oh, si no viviera yo en esta quinta generación de hombres, o más bien, si hubiera muerto
antes o nacido después! Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no cesarán de estar
abrumados de trabajos y de miserias durante el día, ni de ser corrompidos durante la noche, y los
Dioses les prodigarán amargas inquietudes. Entretanto, los bienes se mezclarán con los males. Pero
Zeus destruirá también esta generación de hombres cuando se les tornen blancos los cabellos. No
será el padre semejante al hijo, ni el hijo al padre, ni el huesped al huésped, ni el amigo al amigo, y
el hermano no será amado por su hermano como antes. Los padres viejos serán despreciados por sus
hijos impios, que les dirigirán palabras injuriosas, sin temer los ojos de los Dioses. Llenos de
violencia, no restituirán a sus viejos padres el precio de los cuidados que de ellos recibieron. El uno
saqueará la ciudad del otro. No habrá ninguna piedad, ninguna justicia, ni buenas acciones, sino que
se respetará al hombre violento e inicuo. Ni equidad, ni pudor. El malo ultrajará al mejor con
palabras engañosas, y perjurará. El detestable Zelo, que se regocija de los males, perseguirá a todos
los míseros hombres. Entonces, volando de la anchurosa tierra hacia el Olimpo, y abandonando a
los hombres, Edo y Némesis, vestidas con trajes blancos, se reunirán con la raza de los Inmortales.
Y los dolores se quedarán entre los mortales, y ya no habrá remedio para sus males.
Y ahora, diré un apólogo a los reyes, aunque piensan con su propia sabiduría.
Un gavilán habló así a un ruiseñor sonoro al que haóía cogido en sus garras y se lo llevaba por
las altas nubes. El ruiseñor, desgarrado por las curvas uñas, gemía; pero el gavilán le dijo estas
palabras imperiosas:
Desdichado, ¿por qué gimes?
Ciertamente, eres presa de uno más fuerte que tú. Irás adonde yo te conduzca, aunque seas un
aeda. Te comeré, si me place, o te soltaré. ¡Malhaya quien quiera luchar contra otro más poderoso
que él! Será privado de la victoria y abrumado de vergüenza y de dolores.
Así habló el rápido gavilán de anchas alas.
¡Oh Perses! escucha la justicia y no medites la injuria, porque la injuria es funesta para el
miserable, y ni siquiera el hombre irreprochable la soporta fácilmente; está abrumado y perdido por
ella. Hay otra vía mejor que lleva a la justicia, y ésta se halla siempre por encima de la injuria; pero
el insensato no se instruye hasta después de haber sufrido. El Dios testigo de los juramentos se
aparta de los juicios inicuos. La justicia se irrita, sea cualquiera el lugar adonde la conduzcan
hombres devoradores de presentes que ultrajan las leyes con juicios inicuos. Vestida de tinieblas,
recorre, llorando, las ciudades y las moradas de los pueblos, llevando la desdicha a los hombres que
la han ahuyentado y no han juzgado equitativamente. Pero los que hacen una justicia recta a los
extranjeros, como a sus conciudadanos, y no se salen de lo que es justo, contribuyen a que prosperen
las ciudades y los pueblos. La paz, mantenedora de hombres jóvenes, está sobre la tierra, y Zeus que
mira a lo lejos, no les envía jamás la guerra lamentable. Jamás el hambre ni la injuria ponen a
prueba a los hombres justos, que gozan de sus riquezas en los festines. La tierra les da alimento
abundante; en las montañas, la encina tiene bellotas en su copa y panales en la mitad de su altura.
Sus ovejas están cargadas de lana y sus mujeres paren hijos semejantes a sus padres. Abundan
perpetuamente en bienes y no tienen que navegar en naves, porque la tierra fecunda les prodiga sus
frutos. Pero a los que se entregan a la injuria, a la husca del mal y a las malas acciones, Zeus que
mira a lo lejos, el Cronida, les prepara un castigo; y con frecuencia es castigada toda una ciudad a
causa del crimen de un solo hombre que ha meditado la iniquidad y que ha obrado mal. El Cronión,
desde lo alto del Urano. envía una gran calamidad: el hambre y la peste a la vez, y perecen los
puehlos. Las mujeres no paren ya, y decrecen las familias. por voluntad de Zeus Olímpico; o bien
les destruye el Cronión su gran ejército, o sus murallas, o hunde sus naves en el mar.
¡Oh reyes! considerad por vosotros mismos este castigo; porque los Dioses mezclados entre
los hombres, ven a cuantos se persiguen con juicios inicuos sin preocuparse de los Dioses ni por
asomo. Sobre la tierra mantenedora de muchos hay treinta mil Inmortales de Zeus que guardan a los
hombres mortales; y envueltos de aire, corren acá y allá sobre la tierra observando los juicios
equitativos y las malas acciones. Y la justicia es una virgen hija de Zeus, ilustre, venerable para los
Dioses que habitan el Olimpo; y en verdad que, si alguien la hiere y la ultraja sentada junto al Padre
Zeus Cronión, al punto acusa ella al espíritu inicuo de los hombres, con el fin de que el pueblo sea
castigado por culpa de los reyes que, movidos de un mal designio, se apartan de la equidad recta y
se niegan a pronunciar juicios irreprochables. Considerad esto, ¡oh reyes devoradores de presentes!
corregid vuestras sentencias y olvidad la iniquidad. Se hace daño a sí propio el hombre que se lo
hace a otros; un mal designio es más dañoso para quien lo ha concebido. Los ojos de Zeus lo ven y
lo comprenden todo; y en verdad que, si Zeus lo quiere, mira al proceso que se juzga en la ciudad.
Pero no quiero pasar por justo entre los hombres, ni que pase por ello mi hijo, puesto que constituye
una desdicha ser justo, y el más inicuo tiene más derechos que el justo. Sin embargo no creo que
Zeus, que disfruta del rayo, quiera que las cosas acaben así.
Oh Perses! retén esto en tu espíritu: acoge el espíritu de justicia y rechaza la violencia, pues el
Cronión ha impuesto esta ley a los hombres. Ha permitido a los peces, a los animales feroces y a las
aves de rapiña devorarse entre sí, porque carecen de justicia; pero ha dado a los hombres la justicia,
que es la mejor de las cosas. Si en el ágora quiere hablar con equidad alguno, Zeus, que mira a lo
lejos, le colma de riquezas; pero si miente perjurando, es castigado irremediablemente: su
posteridad se oscurece y acaba por extinguirse, en tanto que la posteridad del hombre justo se ilustra
en el porvenir, cada vez más.
¡Te haré excelentes advertencias, insensatísimo Perses! Fácil es abismarse en la maldad,
porqoe la vía que conduce a ella es corta y estó cerca de nosotros; en cambio, para ejercitar la virtud
los mismos Dioses han sudado; porque la vía es larga, ardua y al principio está llena de dificultades;
pero en cuanto se llega a la cúspide, se hace fácil en adelante, después de haber sido difícil.
Más prudente es quien, experimentando todo por sí mismo, medita acerca de las accienes que
serán mejores una vez llevadas a cabo. También es muy meritorio quien consiente que se le
aconseje bien; pero quien no escucha ni a sí propio ni a los demás, es un hombre inútil.
Acuérdate siempre de mi consejo, y trabaja, ¡oh Perses, raza de Dioses! con el fin de que el
hambre te deteste y de que Demeter la de la hermoso corona, la venerable, te ame y llene tu granero;
porque el hambre es la compañera inseparable del perezoso. Los Dioses y los hombres odian
igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos, que carecen de aguijón y que, sin
trabajar por su cuenta, devoran el trabajo de las abejas. Séate agradable trabajar útilmente, a fin de
que tus graneros se llenen en tiempo oportuno. El trabajo hace a los hombres opulentos y ricos en
rebaños, y trabajando serás más caro a los Dioses y a los hombres, porque tienen odio a los
perezozos. No es el trabajo quien envilece, sino la ociosidad. Si trabajas, no tardará el perezoso en
tener envidia de ver que te enriqueces, porque la virtud y la gloria acompañan a las riquezas; y así
serás semejante a un Dios. Por eso más vale trabajar, no mirar con espíritu envidioso las riquezas de
los demás, y tener la preocupación de tu sustento, como te aconsejo. La mala vergüenza posee al
indigente.
La vergüenza viene en ayuda de los hombres o los envilece. La vergüenza Ileva a la pobreza y
la audacia lleva a las riquezas. Las riquezas no adquiridas por el robo, sino otorgadas por los Dioses,
son las mejores. Si alguien a causa de la pereza de sus manos ha arrebatado grandes riquezas, o con
el ejercicio de su lengua ha despojado a otro y estas cosas son frecuentes, porque el deseo de
ganancia turba el espíritu y la impudicia ahuyenta el pudor, los Dioses arruinan fácilmente a tal
hombre; su raza decrece, y no guarda él sus riquezas sino poco tiempo. Y es lo mismo el crimen de
quien ofendiera con malos tratos a un suplicante o a un huésped, que el de quien subiera al lecho
fraterno, cometiendo una acción impía por deseo de la mujer de su hermano, que el de quien, con el
fraude, arruinara a niños huérfanos, y que el de quien abrumara con oprobios y palabras injuriosas a
su padre al llegar éste al mísero umbral de la vejez. En verdad que Zeus se irrita contra ese hombre
y le inflige un castigo terrible a causa de sus iniquidades.
En tu espírifu insensato abstente, pues, de esas acciones. Antes bien, ofrece castamente e
inocentemente sacrificios a los Dioses inmortales y quema muslos crasos. Aplácalos con libaciones
y perfumes en el momento en que te acuestes y cuando vuelva la luz sagrada, con el fin de que te
sean benévolos de espíritu y de corazón, y de que, sin vender su herencia, puedas, por el contrario,
comprar la de otro. Llama a tu amigo a tu festén, y no a tu enemigo. Antes bien. invita voluntario al
que habita cerca de ti; porque si te acaeciera alguna necesidad doméstica; tus vecinos acudirán sin
cinturones, mientras tus parientes esten ocupados todavía en ceñirse los suyos. Un gran azote es un
mal vecino, en tanto que un buen vecino es una fortuna. Encontrar un buen vecino es una buena
suerte. Jamás morirá uno de tus bueyes, a no ser que tengas un mal vecino. Mide estrictamente lo
que recibas de tu vecino, y devuélveselo exactamente, y aun con creces, si puedes, a fin de que más
tarde halles pronto socorro en caso necesario.
No aspires a ganancias ilícitas, porque equivalen a la ruina. Ama al que te ame, ayuda al que
te ayude, da al que te dé; pero no des nada a quien no te dé nada. Se da, en efecto, al que da; pero
nadie da a quien no da nada. Buena es la liberalidad; pero la rapiña es mala y mortal. Si alguien da,
aunque sea mucho, y por su propio impulso, se alegra de dar y está contento de ello en su corazón;
pero el que roba escudándose en su impudicia, aunque sea poco, queda con el corazón desgarrado,
porque si añades lo poco a lo poco, pero frecuentemente, pronto lo poco se hará mucho. El que
añade a lo que posee, evitará el hambre negra. Lo que está seguro en casa no inquieta al amo. Más
vale que esté todo en casa, ya que lo que hay fuera está expuesto. Dulce es gozar de los bienes
presentes y, cruel desear los de fuera. Te aconsejo evitar todas estas cosas.
Hártate de beber al principio y al final del tunel, pero no cuando está a la mitad. Vana es la
economía donde ya no hay nada. Da siempre exactamente el salario convenido a tu amigo. Hasta
cuando juegues con tu hermano, ten un testigo; la credulidad y la dcsconfianza pierden por igual a
los hombres. No seduzca tu espíritu con su dulce charla la mujer que adorna su desnudez, porque
anda buscando tu hacienda: y quien se fía de semejante mujer se fía del ladrón.
Al hijo unico es a quien compete vigilar la casa paterna, y as¡ es como la riqueza se acrece en
las moradas. ¡Ojalá mueras viejo y dejes un solo hijo en tu lugar! Zeus otorga también grandes
riquezas a las familias numerosas. Los esfuerzos de muchosproducen bienes mayores. Asi, pues, si
tu esp¡ritu desea riquezas, procede como te aconsejo y a¤ada trabajo al trabajo.
LIBRO II
Al salir las Pléyades, hijas de Atlas, comienza la recolección, y la labranza cuando ellas se
oculten. Se ocultan durante cuarenta días y cuarenta noches; y cuando el año va corrido, aparecen de
nuevo en el momento en que se afila el hierro. Tal es el uso campestre entre los que cultivan las
tierras fértiles de los profundos valles, lejos del mar retumbante. Debes estar desnudo cuando
siembres, desnudo cuando labres, desnudo cuando coseches, si quieres Ilevar a cabo los trabajos de
Demeter en el momento propicio, si quieres que cada cosa crezca en su estación, y si no quieres,
careciendo de todo, ir a mendigar en moradas extrañas, sin recibir nada. Así fue como viniste a mí
ya; pero yo no te daré cosa alguna, ni añadiré más regalos.
Trabaja, ¡oh insensato Perses! en la tarea que los Dioses destinaron para los hombres, no vaya
a ser que, gimiendo tu corazón, con tu mujer y tus hijos, tengas que buscar el sustento en casa de tus
vecinos, que te rechazarán. Acaso lograras éxito dos o tres veces; pero si vuelves a importunarlos,
ya no lograrás nada; hablarás mucho en vano y será inútil la multitud de tus palabras. Te aconsejo,
pues, que empieces por pensar en el pago de tus deudas y en evitar el hambre.
Ante todo, procura tener una casa, una mujer, un buey de labor y una servidora soltera que
siga a tus bueyes. Ten en tu morada todos los instrumentos necesarios, con el fin de que no hayas de
pedírselos a otros y de que no carezcas de ellos si se te rehusan; porque entonces pasará el tiempo y
el trabajo quedará por hacer. No dejes nada para el día siguiente, ni para el otro día, porque el
trabajo diferido no llena el granero. La actividad acrecerá tus riquezas, porque el hombre que difiere
siempre las cosas lucha con la ruina.
Cuando la fuerza del ardiente Helios disminuye y el cuerpo humano, por voluntad del gran
Zeus, se torna más ligero durante las lluvias otoñales. Porque entonces la estrella de Sirio aparece
menos tiempo sobre la cabeza de los hombres sometidos a la Ker y brilla sobre todo en la noche;
cuando la selva, talada por el hierro, se hace incorruptible, y caen las hojas y la savia ardiente se
detiene en las ramas, acuérdate de que ya es hora de cortar la madera. Talla un mortero de tres pies,
un majadero de tres codos y un eje de siete pies. En verdad que esta es la mejor medida. Pero si el
eje lo encuentras de ocho pies: podrás entonces cortar además un mazo. Corta también una rueda de
tres palmos para una carreta que mida diez palmos y además, varios trozos de madera curvada.
Lleva a tu morada, si lo encuentras en la montaña o en los campos, una mancera de arado de
carrasca, que es la mancera más sólida para hacer trabajar a los bueyes. Un discípulo de Atenea la
adaptará al timón y la fijará al dental con clavos. Entonces, trabajando en tu morada, dispán dos
arados, uno acoplado y el otro compacto, que así es mejor. Porque si rompes uno, sujetaras al otro
los bueyes. Los timones mas fuertes son de laurel o de olmo; el cuerpo del arado es de encina y la
marecera de madera de carrasca.
Compra dos bueyes de nueve años. Cuando están en el término de la juventud, se hallan
pletáricos de fuerza y son excelentes para el trabajo. No se querellarán, rompiendo el arado en el
surco y dejando la labor sin acabar. Que los siga un hombre de cuarenta años, habiendo comido
cuatro partes de un pan cortado en ocho pedazos. Él cuidará de su labor y trazará un surco derecho,
porque no mirará a sus compañeros y se entregará por entero al trabajo. Uno más joven no valdría
para esparcir la semilla y para evitar tener que esparcirla dos veces, porque uno más joven desea en
su corazón reunirse con sus compañeros.
Escucha con atención el graznido de la grúlla que todos los años chilla desde lo alto de las
nubes. Da la señal de ta labor y anuncia el invierno lluvioso. Entonces se desgarra el corazón del
hombre que no preparó sus bueyes.
Alimenta en tu morada bueyes de cuernos curvos. Fácil es decir al vecino: “Préstame tus
bueyes y tu arado”; pero fácil es responder: “Mis bueyes están trabajando”. El hombre de espíritu
fantasioso dice: “¡Construiré ún arado!” Insensato, no sabe que para construir un arado son precisos
cien trozos de madera, y que antes que nada se necesita ocuparse en cogerlos de antemano y
reunirlos en casa.
Cuando llegue la época de labrar, ve con tus servidores, y desde por la mañana apresúrate a
labrar la tierra húmeda o seca, a fin de que sean fértiles tus campos. Siembra tu campo cuando aún
esté liviano por la sequía; limpia el suelo en la primavera, a fin de que no te pese, si se labra de
nuevo en verano. De esta manera sirve para apartar las imprecaciones y calmar el llanto de los
ni¤os.
Suplica a Zeus subterráneo y a la casta Demeter, con el fin de que maduren los frutos
sagrados de ésta.
Cuando comiences a labrar, teniendo en la mano el extremo de la mancera del arado y
pinchando con el aguijón el lomo de los bueyes que arrastran el timón con ayuda de una correa,
vaya detrás un servidor joven y dé que hacer a los pájaros, ocultando la semilla con ayuda de una
azada. El orden es la mejor de las cosas para los mortales, y el desorden es la peor. Tus ricas espigas
se curvarán hacia la tierra, si Zeus otorga un dichoso fin a tus trabajos. Ahuyentarás de tus vasos las
telarañas, y espero que te regocijes de poseer la abundancia en tu casa. Alegre, llegarás a la blanca
primavera, y no tendrán envidia a los demás, y los demás te tendrán envidia. Pero si labras la tierra
fértil solamente en el solsticio del invierno, cosecharás sentado, recogiendo pocas espigas, sentado
en el polvo y poco satisfecho. Cabrá todo en un cesto, y pocos serán los que te envidien.
El espíritu de Zeus tempestuoso va de acá para allá, y es difícil para los hombres mortales
comprenderlo.
Si labras tardíamente, sin embargo, hay un remedio a eso. Cuando el cuco canta en el follaje
de la encina y encanta a los mortales en la tierra espaciosa, a veces desata Zeus una lluvia durante
tres días aunque cesa antes de que el agua suba por encima de la pezuña de los bueyes. Así, la
labranza tardía valdría tanto como la otra. Retén esto en tu espíritu, y no lo olvides ni en el retorno
de la blanca primavera ni en la estación pluvial.
No te detengas ante la fragua y la cálida Lesce en invierno, cuando el frío violento retiene a
los hombres. Incluso entonces sabe acrecentar su bien el hombre activo. No te abrume, pues, el rigor
del invierno y de la pobreza, mientras oprimas con tu mano delgada tu pie hinchado. El perezoso
que tiene hambre da siempre vueltas en su espíritu a una multitud de vanas esperanzas y de malos
pensamientos. El que no tiene sustento suficiente queda sentado en la Lesce y no tiene buenos
pensamientos.
Hacia la mitad del estío, di a tus servidores: “No durará mucho el estío; preparad los
graneros.” Ponte al abrigo del mes Leneón, todos los días del cual son malos para los bueyes. Evita
las heladas peligrosas que cubren la tierra al soplo de Boreas, cuando éste agita el mar vasto en la
Tracia, mantenedora de caballos; porque entonces mugen la tierra y la selva. Derriba las encinas de
hojas altas y los pinos espesos, en las gargantas de la montaña, cayendo contra tierra, y a su impulso
retiembla la selva toda. Se espantan las bestias feroces, y hasta aquellas que tienen pelaje espeso se
recogen la cola bajo el vientre; pero el frío les penetra su pelaje espeso aunque cubran de vello sus
pechos. Penetra el cuero del buey, y aun la piel de la cabra velluda pero no la lana de las ovejas. Y
la fuerza del viento Bóreas encorva al anciano, aunque no llega al cuerpo delicado de la virgen que
permanece en su morada junto a su cara madre, ignorando los trabajos de Afrodita de oro, y que,
tras de lavar y perfumar con aceite su hermoso cuerpo, duerme por la noche, durante el invierno, en
la morada, cuando el polípodo se roe los pies en su fría casa y sus tristes retiros. En efecto, Helios
no le muestra ningún sustento que pueda coger; porque Helios se vuelve entonces hacia los
poblados y las ciudades de los hombres negros, y brilla más tarde para los panhelenos. Entonces los
habitantes de la selva cornudos y sin cuernos huyen, rechinando los dientes, por los tallares espesos;
porque en sus ánimos no existe sino una preocupación: la de ir a buscar madrigueras secretas y
cavernas pedregosas aca y allá. Entonces tambión los mortales ya parecidos a trípodes con los
hombroa caídos y baja la cabeza se arrastran, van y vienen evitando la blanca nieve.
Cubre tu cuerpo entonces, como te aconsejo, con un manto esponjoso y una larga túnica.
Sobre la trama ligera de ésta aplica un espeso forro; y póntela, a fin de que tus vellos no se te ericen
a lo largo de tu cuerpo. Ata a tus pies sandalias hechas con cuero de un buey muerto violentamente,
y adáptatelas, con los pelos para adentro. Cuando Ilegue la estación del frío, échate a los hombros,
y cuélgalas con una correa de cuero, pieles de cabritos recién nacidos, que te resguardarán de la
lluvia. Ponte a la cabeza un gorro labrado bien hecho que impida que se te humedezcan las orejas;
porque es fría la mañana cuando cae Bóreas, y el viento de la mañana, al bajar desde el Urano
estrellado a la tierra, se desparrama sobre los trabajos de los ricos. El aire vaporoso, emanado de los
ríos de curso sin fin y alzado de la tierra por los remolinos del viento, a veces cae en lluvia al
anochecer, y a veces sopla, en tanto que el tracio Bóreas deshace las nubes espesas.
Prevenlo, y acabado tu trabajo, vuelve a tu morada, no vaya a ser que la tenebrosa nube
uránica envuelva tu cuerpo y moje tus vestidos. Evita esto. Ese mes es el más duro del invierno,
duro para los rebaños y duro para los hombres. Da entonces a los bueyes la mitad de su pasto, pero
aumenta el sustento de los hombres. Porque las noches largas bastan para fortalecer a los bueyes.
Pon atención durante todo el año en condicionar los alimentos a Ia duración de las noches y los días,
hasta que la tierra mantenedora te prodigue de nuevo todo lo que produce.
Cuando, sesenta días después de la conversión de Helios, pone fin Zeus a los dias invernales,
la estrella Arctiro, abandonando el curso inmenso de Océano, aparece la primera y se alza al
anochecer. Después, la gemebunda golondrina, hija de Pandión, aparece por la mañana a los
hombres, cuando ha comenzado ya la primavera. Prevenla y poda tu viña, que así es mejor. Pero,
cuando salga del suelo el caracol para subir a las plantas y huya de las Pléyades, no caves tus viñas,
sino que debes afilar tu hoz y excitar a tus servidores. Huye de los retiros umbrosos y del lecho por
la mañana, en la época de la recolección, cuando Helios seca el cuerpo. Date prisa, levántate con el
alba, y reúne las gavillas en tu morada, con el fin de que sea suficiente la cosecha. La mañana hace
la tercera parte del trabajo, abrevia el camino y activa la obra. En cuanto despunte la mañana, pon
en movimiento gran número de hombres y sujeta al yugo gran número de bueyes.
Cuando el cardo florece y la sonora cigarra, posada en un árbol, canta su canción armoniosa
agitando las alas, en la cálida estación de estío, entonces están gordas las cabas, es excelente el vino,
las mujercs se tornan más livianas y los hombres más voluptuosos, porque Sirio les abrasa la cabeza
y las rodillas, porque tienen todo el cuerpo seco por el calor. Ojalá que entonces estén a la mano las
rocas umbrosas, el vino de Biblos, el pan bien cocido, la leche de cabras que no crían ya, la carne de
ternera que no ha parido y la carne de cabritos tiernos. Bebe vino negro, sentado a la sombra, y
hártate de comer, con el rostro expuesto al soplo tibio del viento, al borde de un manantial que corra
incesante y claro. Mezcla tres partes de agua con una cuarta parte de vino. Ordena a tus servidores,
cuando aparezca la fuerza de Orión, que muelan los dones sagrados de Demeter en un lugar
descubierto y sobre una era bien redondeada y muy plana. Mide correctamente el grano y mételo en
tus depositos. Luego, cuando hayas dispuesto toda tu cosecha en tu morada, busca un servidor sin
casa y una servidora sin hijos. La que tiene hijos es importuna. Alimenta a un perro de dientes
terribles y no le escatimes el alimento, no vaya a ser que se lleve tus riquezas el ladrón que duerme
de día. Haz también provisión de heno y de paja, a fin de alimentar con ello todo el año a Los
bueyes y a tus mulos. Después, por último, dejen en reposo tus servidores sus rodillas y desúnzanse
los bueyes.
Cuando Orión y Sirio lleguen a la mitad del Urano, y cuando Eos la de los dedos rosados mire
a Arctiro, ¡oh Perses! guarda tus uvas en tu morada; y exponlas a la luz de Helios durante diez días
y otras tantas noches. Ponlas a la sombra durante cinco días, y al sexto, encierra en los vasos esos
dones de Dionisos que inspira la alegría.
Cuando las Pléyades, las Hiadas y la fuerza de Orión hayan desaparecido, acuérdate de que ha
llegado el momento de labrar, y así será consagrado todo el año a los trabajos de la tierra.
Si se apodera de ti el deseo de la navegación peligrosa, teme la época en que las Pléyades,
huyendo de la fuerza terrible de Orion, caen en el negro mar. En verdad que entonces se
desencadenan los soplos de vientos numerosos. No dejes ya mucho tiempo tus naves en el negro
mar; acuérdate, antes bien, de trabajar la tierra, como te aconsejo. Arrastra tu nave al continente y
sujétala con piedras por todos lados, a fin de que éstas resistan a la fuerza de los vientos húmedos y
de que se vacíe la sentina, a fin de que la lluvia de Zeus no pudra la nave. Lleva todo el aparejo a tu
morada, y pliega con cuidado las alas de la nave que surca el mar. Cuelga el gobernalle sólido por
encima del humo hasta que vuelva el tiempo de la navegación. Arrastra entonces al mar tu nave
rápida y llénala de manera que reportes un beneficio a tu morada. Así es como mi padre y tuyo ¡oh
insensatísimo Perses! navegaba en sus naves, buscando una buena ganancia.
En otro tiempo vino aquí, a través del inmenso mar, en una nave negra, abandonando Cima
Eólida. Y no rehuía la opulencia ni las riquezas, sino la pobreza mala que Zeus inflige a los
hombres. Y junto al Helicón, hábitó la mísera aldea Ascra, horrible en invierno, penosa en estío y
jamás agradable.
Por lo que a ti respecta, ¡oh Perses! acuérdate de escoger el tiempo propio para todos dos
trabajos y sobre todo para la navegación. Elogia la nave pequeña, pero no cargues sino una grande.
Cuanto más considerable es la carga, más considerable es la ganancia, siempre que los vientos
retengan su soplo terrible. Si quieres orientar hacia el comercio tu espíritu imprudente, evitar las
deudas y el hambre cruel, te enseñaré a conducirte en el mar de ruidos sin número, aunque no soy
hábil en la navegación; porque nunca partí en nave para alta mar, a no ser para la Eubea desde
Aulide, donde, retenidos por el viento, los acayanos congregaron en otro tiempo su gran ejercito
para ir desde la santa Hélade a Troya la de hermosas mujeres. De allí fui a Calcis para los juegos del
bravo Anfidamas. Sus hijos magnánimos los habían instituido de todas clases. Me jacto de haber
obtenido allí el premio del canto, un trípode de dos asas que consagré a las Musas Heliconiadas, en
donde por primera vez me inspiraron el canto sonoro. Solamente entonces fue cuando me aventuré
en las naves construidas con ayuda de numerosos clavos.
Pero, entretanto, te diré la voluntad de Zeus tempestuoso, porque las Musas me enseñaron a
cantar el himno sagrado.
Cincuenta días después de la conversión de Helios, al final de la laboriosa estación del estío,
es la época de la navegación para los mortales. Entonces, ciertamente, no se romperá ninguna nave y
no tragara el mar a ningún hombre, a menos que así lo quiera el sabio Poseidón que conmueve la
tierra, o Zeus, rey de los Inmortales, porque de ellos dependen los bienes y los males.
Entonces serán fáciles los vientos y el mar permanecerá tranquilo y sin peligro. Seguro de los
vientos, arrastra al mar tu nave rápida, después de cargarla bien; apresúrate luego a volver a tu
morada. No aguardes al vino nuevo, a las lluvias otoñales, a la proximidad del invierno y a los
soplos terribles del Noto que, viniendo con las abundantes lluvias uránicas del otoño, revuelve el
mar y lo hace impracticable.
También es buena la navegación en primavera. Cuando aparecen las primeras hojas en la copa
de la higuera, tan poco visibles como las huellas de una corneja que anda, es practicable el mar. Esta
es la navegación de primavera; y no la apruebo; sin embargo, y no place a mi espíritu, porque es
incómoda. Difícilmente evitarás el peligro. Pero los hombres obran imprudentemente, y el dinero es
el alma de los míseros mortales. Como es la * mentaba morir en las olas, te aconsejo que medites en
tu espíritu acerca de todo lo que te digo. No pongas en tus naves toda tu riqueza; deja la mayor parte
y llévate la menor; porque tan lamentable es encontrar la muerte en los olas del mar como romper el
eje de un carro demasiado cargado, y perder así lo que contiene.
Se prudente. Lo mejor en todo es escoger la ocasión. Cuando no tengas todavía treinta años o
no tengas muchos más conduce a una esposa a tu morada; esa es la edad que te conviene para el
matrimonio. Sea nubil la mujer a los catorce años y cásese a los quince. Desposa a una virgen a fin
de ense¤arle las costumbres castas. Conduce sobre todo a tu morada a la que habite cerca de ti. Pon
en esas cosas la mayor atención, no vaya a ser que tu desposorio cause la irritación de tus vecinos.
Una mujer irreprochable es el mejor bien que puede caer en suerte a un hombre; pero la peor
calamidad es una mujer amiga de festines que quema a su marido sin antorcha, por muy vigoroso
que sea, y le arrastra a una vejez rápida.
Observa el temor saludable a los Dioses inmortales. No hagas de tu amigo un igual a tu
hermano; pero, si lo haces, no seas el primero en causarle ningun entuerto. No mientas únicamente
por hablar. Si un amigo comienza a ofenderte con su palabra injuriosa o con la acción, acuérdate de
castigarle por ello dos veces; pero, si vuelve a tu amistad y quiere ofrecerte una satisfacción,
recibela, porque es un pobre hombre que tiene que ir de un amigo a otro amigo. Tu rostro revele tu
pensamiento. Que no te llamen huésped de muchos ni de pocos. No seas compañero de los malos, ni
calumniador de los buenos. No permitas jamás que insulten la mísera pobreza que roe el alma y que
es un don de los Dioses inmortales. Ciertamente, la lengua parsimoniosa es un tesoro excelente
entre los hombres, y la gracia de las palabras está toda en su mesura. Si hablas mal se hablará de ti
peor todavía. No asistas con aire huraño a los festines públicos que se celebren a costa común. En
ellos es grandísimo el placer y muy pequeño el gasto. Nunca hagas por la mañana con manos
impuras libaciones de vino negro a Zeus o a los demás Inmortales. No te atenderán y rechazarán tus
plegarias. No orines de pie contra Helios, y desde que se ponga hasta que salga, no lo hagas
tampoco desnudo en medio o fuera del camino, porque las noches son de los dioses.
Un hombre prudente se retrae para no mostrar sus vergüenzas, o bien se arrima al muro de un
corral. Tampoco exhibas tus vergüenzas manchadas de semen dentro de tu casa. No siembres
progenie cuando vuelvas de un funeral porque es de mal agüero, sino hazlo cuando regreses de un
convite de los Dioses.
No atravieses jamás a pie el agua límpida de los ríos inagotables, antes de haber orado
mirando su hermoso curso y de haberte lavado las manos en tan hermosa agua clara. Al que
atraviesa un río con manos impuras, los Dioses le toman odio y le preparan calamidades para el
porvenir.
Durante el festín sagrado de los Dioses, no apartes jamás lo seco de lo verde con ayuda del
hierro negro, y no pongas la copa donde se beba en la crátera, porque eso sería una señal funesta.
No dejes sin acabar la casa que edifiques, no sea que la corneja chillona vaya a posarse en ella
graznando.
No comas ni te laves en vasos no consagrados, porque te traería desgracia.
No sientes a un niño de doce días sobre los muebles sagrados; no es bueno eso, en efecto, y
sólo harías de él un hombre débil para engendrar. Lo mismo ocurriría con un niño de doce meses.
Hombre, no laves tu cuerpo en el baño de las mujeres, porque algún día seguiría a esa acción
un castigo terrible.
Si te presentas en medio de un sacrificio, respeta los misterios, porque se irritaría el Dios.
No orines en la corriente de los ríos que van al mar, ni en las fuentes. Evita esto sobre todo.
No satisfagas allí ninguna necesidad, porque no sería mejor la acción.
Evita una mala fama entre los mortales. La mala fama es peligrosa; se levanta facilmente, se
soporta con pena y se consigue difícilmente echar de sí. Cuando son pueblos numerosos los que
difunden la fama, no perece ésta nunca, porque es también Diosa.
Observa los días de Zeus y enseña su observancia a tus servidores, con arreglo al buen orden.
El trigésimo día del mes es el mejor para examinar los trabajos y pagarles el salario, cuando los
pueblos se conducen discriminando con verdad unos días de otros.
He aquí los días del sabio Zeus:
el primero, el cuarto y el séptimo, días sagrados, porque en esle último Latona parió a Apolo
el de la espada de oro; el octavo y el noveno, dos días del mes que avanza, convienen a los trabajos
de los mortales; el undécimo y el duodécimo sobresalen ambos, uno para esquilar las ovejas y otro
para cortar las alegres espigas; pero el duodécimo es mejor que el undécimo, porque entonces la
araña, suspendida en el aire, corre en pleno estío, en tanto que la prudente hormiga amontona sus
provisiones. Es preciso que en tal día la mujer prepare su tela y comience su labor.
Guárdate de sembrar en el decimotercero día del mes comenzado; pero ese día es excelente
para las plantaciones. El decimosexto no es muy favorable para las plantaciones de árboles, mas es
propicio a la generación de los varones, pero no a la de las hembras, tanto para que nazcan como
para que se casen. Es un buen día para castrar a los caballos y a los carneros y para rodear de una
cerca el establo. Es bueno también para engendrar varones; pero éstos amarán a las querellas, a las
mentiras, a las palabras dulces y a las entrevistas secretas.
En el octavo día del mes, castra al cerdo y al toro mugidor, y en el duodécimo, a los mulos
pacientes. En el vigésimo, durante el mes de los días largos, el hombre prudente engendrará, porque
su prole será de agudo entendimiento. El decimo es propicia a la generación de los varones, y el
decimocuarto a la generación de las hembras. Tambien en este día aplaca, acariciándolos con la
mano, a las ovejas, a los bueyes de cuernos torcidos y de pies curvos, al perro de dientes afilados y a
los mulos pacientes, y domestícalos; se prudente, a fin de evitar las penas del ánimo durante el
cuarto día del mes que crece o se acaba: porque esos días son enteramente perfectos.
En el cuarto día, conduce una esposa a tu morada después de consultar el augurio de las aves.
Esta es la mejor adivinación para el matrimonio. Evita los quintos días, porque son peligrosos y
terribles. Entonces, efectivamente, es cuando según dicen, las Erinnias recorren la tierra vengando a
Horco, a quien parió Eris para castigar el perjurio.
En el decimoséptimo examina atentamente los dones sagrados de Demeter y aviéntalos en un
aire tranquilo. Corta también la fuerza de las maderas destinadas a las casas y a las naves. En el
cuarto comienza a construir tus naves rápidas. El decimonono día del mes, por la tarde, es el mejor
día para todo. El noveno día será libre de penas para los hombres; también lo es para plantar y para
engendrar al hombre o a la mujer. Este no es jamás un mal día.
Pero pocos saben que el vigésimonono es un día excelente para calafatear los toneles y
someter los bueyes al yugo, así como los mulos y los caballos rápidos; y también para arrastrar al
negro mar una nave rápida de numerosos bancos de remeros; pero pocos lo saben.
En el cuarto día, abre los toneles; si éste es del mes mediado, sabe que es el día sagrado por
encima de todos. Algunos saben que el vigésimocuarto día por la mañana es el mejor del mes; pero,
por la tarde es menos bueno.
Estos días son los más útiles a los hombres. Los demás son inseguros, pues no presagian ni
acarrean nada. Se alaba tanto a uno como a otro; pero pocos los conocen. La jornada es tan
madrastra como madre. ¡Dichoso, dichoso aquel que, sabiendo todas estas cosas, irreprochables ante
los Dioses, se entrega al trabajo sin cometer falta alguna; observa los augurios de las aves y huye de
las malas acciones.

PINDARO, POEMAS. Textos

A Teóxeno de Ténedo (*)
Hay un tiempo para recolectar amores,
corazón mio, cuando acompaña la edad:
pero aquel que al contemplar los rayos
rutilants que brotan de los ojos de Teóxeno
no siente el oleaje del deseo, de acero
o de hierro tiene forjado su negro corazón
con fría llama y, perdido el aprecio
de Afrodita, la de vivaz mirada,
o violentas fatigas padece por la riqueza,
o se deja arrastrar por la femenina osadía
esclavo de todos sus (…) vaivenes.
Más yo me derrito como cera de sagradas
abejas.
por el calor mordida en cuanto pongo mis
ojos
en los lozanos miembros de adolescentes mozos.
¡ Era cierto que tambien en Ténedo
Persuasión y Donosura tenían su sede
en el hijo de Hagesilao !
(*) Según la leyenda Teóxeno fue el último amor efébico de Píndaro, y la persona en cuyos brazos
falleció el poeta.

A HIERÓN DE SIRACUSA
Acompañar con bárbito al espíritu y la voz, embotados por el vino,
(el bárbito)
que inventó antaño el lesbio Terpandro
al oír en los banquetes de los Lidios
el tañido repicante de la esbelta pectis.
No ensombrezcas los placeres de la vida; mucho mas llevadero
es para el hombre una existencia placentera.
Amar y corresponder al amor
¡ hagámoslo en su momento oportuno !
¡ No prosigas, corazón, porfía
envejecida más de la cuenta !
.. y los encantos de los amores que envía Afrodita,
para echar ebrio, con Químaro, un cótabo (*)
por Agatónides…
. . .
(*) El cótabo fue un juego de moda en Atenas entre los siglos VI a IV a.C. consistente en arrojar el
resto del vino de la propia copa en un recipiente metálico homónimo del juego que, al
desequilibrarse y chocar con otro colocado a propósito, tenía que emitir un sonido nítido especial. Al
hacer esto, se pronunciaba el nombre de una persona, de manera que actuaba como “oráculo
amoroso”.

A HIERÓN DE SIRACUSA II
Reluce su fama
en la colonia, por sus hombres célebres, del lidio Pélope.
Por éste sintió pasión el poderoso Posidón,
el que la tierra conduce, cuando Cloro lo sacó
del inmaculado caldero
provisto de un brillante hombro de marfil,
¡ En verdad que es mucho lo asombroso !
E incluso puede acontecer que los rumores
de los mortales, habladurías adornadas con abigarradas
ficciones, trasgrediendo el relato verdadero,
nos engañen por completo.

A Hagesídamo, vencedor en el pugilato
Leedme en voz alta el nombre del vencedor olímpico,
el hijo de Arquéstrato, a ver en qué parte de mi espíritu
está escrito, pues se me había olvidado que le debía
un dulce canto. Musa, tu y la Verdad,
hija de Zeus, con la mano enderezadora,
rechazad la censura embustera
de que he faltado contra el huésped….
así también cuando un hombre, Hagesidamo,
que ha conseguido victorias llega al predio de Hades
sin ser cantado, con vana aspiración ha obtenido para su esfuerzo
placer breve; pero sobre ti la lira de grata voz
y la dulce flauta esparcen su encanto.
Nodriza de tu ancha fama
son las Piérides, hijas de Zeus.
Yo he emprendido esta tarea con afán y me he posado
sobre el glorioso pueblo locro, para verter
miel sobre esta viril ciudad.
Al hijo seductor de Arquéstrato
he elogiado, pues le vi vencer con la fuerza de su puño
junto al altar de Olimpiaen aquella ocasión:
poseía esa mezcla de hermosura externa
y lozanía que antaño a Ganímedes (*)
libro de la muerte, que a nadie respeta
con la ayuda de la Cípride.
(*) La Cípride es Afrodita, diosa del amor. Ganímedes fue raptado por Zeus en
plena adolescencia al haberse enamorado el Dios del Olimpo del joven príncipe, y
destinado a ser su copero, con vida y juventud eternas. La equiparación del
vencedor con Ganímedes no puede ser mas elogiosa.

A Trasideo de Tebas
Musa, si conviniste en ofrecer, a cambio de paga,
tu voz, obediente a la plata, a ti te corresponde hacerla tremolar aquí y allá
en honor de Pitónico,
el padre, o de su hijo Trasideo,
cuya felicidad y fama están flameantes.
Hermosa fue su victoria de antaño con el carro
y en Olimpia conquistaron con sus caballos
el rayo veloz de los célebres juegos;
mientras que en Pito, al bajar a la arena para la carrera ligera,
fueron superiores a la helénica concurrencia
por su rapidez. Que no ambicione yo mas bienes que los divinos,
con aspiraciones adecuadas a la edad,
pues cuando me encuentro con que en una ciudad
los de enmedio poseen flor de prosperidad más duradera,
censuro el destino de las tiranías.
Dedicado estoy a los logros compartidos: fuera los envidiosos.
Mas cuando uno alcanza la cima
y con pacífica conducta escapa
de la funesta desmesura, puede hacer mas bella travesía hasta el límite
de la negra muerte si a su gratísima descendenciaha proporcionada renombrada gloria, mas poderosa que todas las riquezas.
Tal don es el que distingue al hijo de Ificles,
Yolao, el que himnos dedicamos, y al fuerte Cástor,
y a ti, soberano Polideuces, hijos de dioses,
que un día habitáis en la sede de Terapna
y al otro dentro del Olimpo.

A Aristóclides, vencedor en el pancracio
Si bello de cuerpo y con una conducta que no desdice de su hermosura
el hijo de Aristófanes ha alcanzado la cima de su virilidad,
ya no es fácil seguir surcando el mar inaccesible
más allá de las columnas de Heracles,
héroe dios, dispuso como gloriosos testigos
del límite de la navegación, sometió éste en el mar a descomunales
monstruos de la navegación, sometió éste en el mar a descomunales
monstruos y por propio impulsa exploró de las marismas
las corrientes, por donde llegó hasta el punto final que le condujo de
regreso
y descubrió aquella tierra. Corazón mío, ¿hacia que ajeno
promontorio desvías mi navegación ?
Te pido que lleves la Musa a Eaco y su raza.
Con mis palabras se compadece lo mas sublime de la justicia elogiar al
valeroso….
Del rubio Aquiles, ya de niño, cuando en casa de Fílira
vivía, grandes hazañas eran los juegos: muchas veces
con sus manos lanzaba, veloz como el viento, la jabalina de breve hierro,
en su lucha a leones salvajes la muerte causaba
y a los jabalís aniquilaba;
hasta los pies del Crónida Centauro
llevaba los cuerpos agonizantes,a los seis años por vez primera y en todo el tiempo postrero…

ALCMAN: PARTENIO, POEMAS 67D, 37D. Textos

ALCMÁN

PARTENIO
Musas del Olimpo, colmadme mi alma
con el anhelo de una nueva canción.
Corro a escuchar la voz de las doncellas
que el aire puro dan el himno de su hermoso cantar.

… dispersará el dulce sueño de mis párpados,
y el deseo me empuja a sacudir el certamen
donde voy a agitar en seguida mi rubia melena.
… y con la pasión que afloja los miembros,
me dirige miradas más lánguidas que el sueño y la muerte.
Si ninguna falsía es dulce ella.
Pero Astymeloisa nada me contesta,
sino que, sujetando guirnalda,
como una estrella que el cielo fulgurante
cruza volando,
o como un tallo de oro o una ala suave…,
cruza con ligeros pies.

… quisiera ver si, de algún modo,
al acercarse me tomará de la suave mano,
y yo al momento me haría suplicante de ella.

POEMA 67 D
Ven, Musa, Calíope, hija de Zeus,
inicia un poema de amor; pon pasión
en el himno y gracia en la danza.

POEMA 37 D
Muchas veces, en las cimas de los montes,
donde a los dioses complace la fiesta fulgente,
llevando un cántaro de oro, gran jarro,
como los que llevan los pastores,
lo llenaste con tus manos de leche leonina
y cuajaste un queso grande y fresco para Hermes.

ANACREONTE, FRAGMANTOS 356B, 358, 360. Textos

ANACREONTE

FRAGMENTO 356B
No amo a quien bebiendo vino en el recipiente
habla de peleas y tristes guerras,
sino al que mezclando los dones de las Musas
y Afrodita mantiene la idea de una fiesta agradable.

FRAGMENTO 358
De nuevo el rubio Eros
me tira su purpúrea pelota
y me invita a jugar
con la niña de sandalias de fantasía
Pero ella, como procede
de Lesbos, la de orgullosas ciudades,
rechazando mis canas
dirige su mirada hacia alguna otra.

FRAGMENTO 360
¡Oh muchacho de ojos virginales!
te persigo pero no me haces caso
porque no ves que guías
las riendas de mi alma.

ALCEO, FRAGMENTOS 326, 94D. Textos

ALCEO

FRAGMENTO 326
No comprendo de dónde sopla el viento.
Una veces la ola rueda de un lado
otras, del otro, nosotros en medio
somos llevados por la negra nave
teniendo que soportar el terrible mal tiempo.
El agua llena la sentina hasta la base del mástil
dejando ver las velas a través
con grandes desgarrones a lo largo
se ha aflojado la entena y el timón

FRAGMENTO 94D
Bebamos. ¿A qué aguardar las candelas?
Hay un dedo de día.
Descuelga y trae las grandes copas pintadas, en seguida.

Porque el vino lo dio a los humanos
el hijo de Sémele y Zeus para olvido de penas.
Escancia mezclando uno y dos cazos,
y llena los vasos hasta el borde
y que una copa empuje a la otra.

SAFO, POEMAS 2, 96. Textos

SAFO

POEMA 2
Me parece que es igual a los dioses
el hombre aquel que frente a ti se sienta,
y a tu lado absorto escucha mientras
hablas dulcemente
y encantadora sonríes. Esto a mí
el corazón en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo
decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego corre
bajo mi piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy y apenas distante de la muerte
me siento feliz.

POEMA 96
De veras querría estar muerta.
Ella me dejaba y entre muchos sollozos
así me decía:
¡Ay, qué penas terribles pasamos,
ay Safo, qué a mi pesar te abandono.
Y yo le respondía:
Alégrate, vete y acuérdate de mí.
Ya sabes cuánto te he querido.
Y si no quiero yo recordarte … como las diosas
Cuántos cosas hermosas gozamos juntas
porque muchas coronas
de violetas y rosas y flores de azafrán
estando conmigo pusiste en tu cabeza
y muchas guirnaldas entretejidas
hechas de flores variadas alrededor de tu suave cuello.
Y ungías toda tu piel con aceite perfumado de mirra
y digno de un rey y sobre un mullido cobertor
junto a la suave… suscitaste el deseo…
Y no había baile alguno ni ceremonia consagrada
donde no estuviéramos nosotras,
ni bosquecillo sacro … el repicar … … los cantos…