RAUL GONZALEZ TUÑON. POETAS REVOLUCIONARIOS HISPANOAMERICANOS

 

Raúl González Tuñón

  

 

 

MUERTE DEL POETA

 

¡Qué muerte enamorada de su muerte!

¡Qué fusilado corazón tan vivo!

¡Qué luna de ceniza tan ardiente en donde se desploma Federico!

Los menudos rumores de la muerte alrededor del esqueleto niño cuando suben y bajan las mareas

en donde se desploma Federico.

¡Qué amor al que cayó por el acero de un alba de asesinos y de obispos!

¡Qué olor a siempreviva apasionada en donde se desploma Federico!

¡Qué aire de antigua voz de estatua rota rodea su sepulcro amanecido

cuando suben y bajan los claveles

en donde se desploma Federico!

Todas las cosas que él amaba crecen junto a su muerte desbordante río que corre por la tierra de los hombres

en donde se desploma Federico. Cigalas a las 7 de la tarde,

jerez al alba de color subido cuando suben y bajan las guitarras

 

 

 

146    Poesía como un arma

 

 

en donde se desploma Federico.

Lloronas de pasión y velatorio, rizos de niños mágicos dormidos, poemas de Darío y de Neruda

en donde se desploma Federico.

Toreros muertos y solteras solas y puentes y navajas como lirios

cuando suben y bajan las campanas en donde se desploma Federico.

¡Qué muerte enamorada de su muerte! Habitado en violeta y en jacinto,

Santo Sepulcro el que conquistaremos en donde se desploma Federico.

(La muerte en Madrid)

 

 

LOS ESCOMBROS

 

De pronto por el frío de las colas del hambre centenares de voces nacen junto a la aurora.

Ya se han muerto los gallos y los perros esperan una muerte amarilla de perros. Silenciosa.

De pronto un niño solo entre el acero

por el viento cortado de una calle de obuses; y una desolación de letreros sin puerta,

de muñeca con barro mutilada, olvidada,

de balcones vacíos colgando manos muertas.

A veces los escombros cubren niñas dormidas, empolvadas, desiertas entre la primavera.

Un pueblo cuya sangre gobierna al mundo, nace, crece, y bajo las nubes domina la tormenta.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    147

 

 

Acontecido, padre del acontecimiento, amanecido, como la flor del sobresalto, ardido, ardiendo vivas heridas escondidas,

conmovido, en la próxima ceniza de sus muertos, subido, encaramado sobre el terror activo, salido, como un río desbordado y violento.

De pronto una mujer de reventados senos, sin leche, sin entierro, sin hijo, sin guitarra,

se incorpora en el bosque de la sangre gritando:

«¿Qué has hecho tú para evitar  esto?»

A veces los escombros cubren palomas muertas, manos caídas, ojos abiertos despoblados,

hilos de sangre en busca del arroyo secreto, trajes de novia, limpias y familiares cosas, cocinas patinadas por íntimos inviernos.

De pronto un muerto muerto

se incorpora en el ángel de la sangre gritando.

De su boca perdida parte un oscuro río

que corre hacia los límites de la perfecta noche.

Y hay huesos de sustancias favorables, hay ruinas que recobran la tierra, hay tumbas verdes,

hay la recién nacida hierba de los escombros que explica los ocultos desiertos de la muerte.

Y hay el país del fuego cuyo nombre

gusto a raíz de tierra nos sube hasta la boca. Hay España, hay el río madre que desemboca en las venas que riegan el corazón del hombre.

Y una ciudad levanta ramos de ardientes muertos, y un orgullo de ser y de poder morir

y de recuperar fervores consumidos

y nada comparable al acontecimiento, al suceso constante de la ciudad herida,

 

 

 

148    Poesía como un arma

 

 

despierta sobre el sueño, desnuda sobre el frío

y a esta sangre, este rango, esta gloria, esta guerra, estas colas del hambre, este día, esta hora,

esta muerte ofrecida, este brindis al mundo, esta luz de Madrid un Primero del Mundo.

Hoy que un pueblo a la orilla del desastre orgulloso, un pueblo en cuya voz habita la mañana,

se abre como la rosa sangrienta de la historia.

¡El mundo empieza en la llanura castellana! (La muerte en Madrid)

 

 

CI YACET

 

«Ci yacet pulvis; cines et nihil.»

(Inscripción en la tumba del cardenal Portocarrero.)

 

Aquí yacen ceniza, polvo y nada. Cayeron en el centro de la lucha, cayeron en el centro de la tarde a la perfecta soledad, madura.

Aquí yacen ceniza y polvo y nada,

pero su sangre corre en nuestra sangre que ceniza no es, ni polvo y nada.

Pero su sueño vive en nuestro sueño que ceniza no es, ni polvo y nada,  que polvo no es y no es ceniza y nada.

Y su alegría está en nuestra sonrisa que ceniza no es ni polvo y nada, que nada no es ni polvo ni ceniza.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    149

 

 

Aquí yacen ceniza y polvo y nada

los que fueron de carne, sangre y hueso,

y en nuestra carne y sangre y hueso nacen, muerte fecunda en el vital proceso.

Polvo y ceniza y nada no es su muerte, que la muerte, en la lucha no es la muerte, no pongáis epitafios a su muerte.

Transformación constante, cielo y tierra, el sol, el agua, el aire es epitafio,

en la paz y en la guerra de la tierra.

De la tierra vinieron y a la tierra volvieron y la tierra los devuelve. Son la Historia, que sigue.

Son la Revolución, que nunca muere. (La muerte en Madrid)

 

 

LOS NIÑOS MUERTOS

 

(«Por la Casa de Campo

y el Manzanares quieren pasar los moros.

¡No pasa nadie!» No pasa nadie, no, no pasa nadie,

solo pasa la muerte que va a buscarles.)

 

Murieron como todos los niños sin preguntar de qué y por qué morían.

A las 10 de la noche los aviones negros arrojaron bengalas como en la verbena.

 

 

 

150    Poesía como un arma

 

 

Al espía que hizo señales desde una ventana le agujerearon el cráneo.

La muerte, con traje de luces, dio varias vueltas por la ciudad.

A las 10 y 2 minutos un estruendo redondo siguió a cada silbido.

Los tranvías se lanzaron a la carrera y un especial azul agonizante.

El primer muerto falso fue un maniquí desvelado amarillo.

Todos los grifos de la ciudad fueron abiertos, todos los vidrios se arrugaron.

El espía apretaba en su mano un plano del Museo y un trabuco.

En las mansiones incautadas los señores de los óleos parecían decir: «No nos dejéis.»

Los periodistas extranjeros hicieron cola para ver a la primera señorita muerta.

Los pianos cerrados de pronto con el ruido del féretro desplomado,

el olor del jardín mezclado al del humo y la carne chamuscada,

el hombre que precisamente a esa hora va en busca de la comadrona,

la estatua sin cabeza con un letrero que decía Peluquero de Señoras,

el ladrido de los perros más solo que nunca al fondo de los corredores,

todo pasó rápidamente, como en el cine, cuando aún se oía el zumbido de la avispa gigante.

Los niños muertos por juguetes, asesinados por grandes mecanos armados,

con los que ellos soñaban cada noche, fueron recogidos al alba sin mercados,

 

 

 

Poetas hispanoamericanos      151

 

 

sin máscaras sueltas, sin churros, sin canciones (fue la primera vez),

sin caballos blancos, sin manicuras, sin timbres de relojes, entre ambulancias,

linternas, sábanas, delegados del gobierno, funebreros y vírgenes llorando.

La sangre de los primeros niños muertos corrió toda la noche.

Cada niño tenía un número sobre el pecho, el 7, el 9, el 104, el 1,

pero la sangre corrió y se hizo río y fue una sola entonces,

la primera que corrió por los canales del sobresalto y el rencor.

En la tierra por ella regada en la noche creció la rosa de la pólvora,

la rosa que hoy vigila las puertas de Madrid y cuando se acerca la avispa

lanza contra ella sus furiosos pétalos junto a los hombres que sonríen,

a nuestros bravos soldados que sonríen porque saben por qué pelean y mueren.

(La muerte en Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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