POETAS REVOLUCIONARIOS HISPANOAMERICANOS

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

 

 

Poetas

hispanoamericanos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Luisa Carnelli

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Luisa Carnelli nació en 1898, en la ciudad de La Plata, Argentina. Nacida en una familia burguesa, cursó estudios en una escuela Normal. Colaboró en publicaciones con artículos periodísticos y fue poeta. Además, su gusto por la música por- teña la convirtió en la primera mujer autora de letras de tangos. Muchos de sus artículos y todas sus letras de canciones fueron firmadas con seudónimos: Mario Castro o Luis Mario. Fue mi- litante comunista, y durante la Guerra Civil española participó como corresponsal de la publicación argentina Ahora. A lo largo de la contienda escribió y publicó poemas reunidos en el libro Cuatro caminos. Trabajó para los diarios porteños La Nación, Crítica y Clarín. Murió en Buenos Aires en el año 1987.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   141

 

 

 

 

 

 

 

PUENTE DE VALLECAS

 

Desde el Puente de Vallecas al Cuartel de la Montaña,

a Campamento, a Toledo, Albacete y Guadarrama.

Desde el Puente de Vallecas, calle de Fermín Galán, alzándose en marejada como las aguas del mar.

Desde el Puente de Vallecas, atrás del Abroñigal,

como un reguero de fuego devorando la ciudad.

¡Arriba esclavos del Mundo!

¡De pie los parias sin pan! Como un solo hombre, Vallecas erguido y presente está.

Vallecas, Puente Vallecas, ennoblecido de ideal,

a la primera clarinada todo se lanzó a luchar.

Vallecas se dio a la guerra con entusiasmo total, hizo suya la consigna

de julio: ¡No pasarán!

 

 

 

142    Poesía como un arma

 

 

Barrio de obreros conscientes, arpón contra el capital, baluarte de antifascismo, barrio de rojo historial.

De allí salieron sus hombres.

¡Pocos quizá volverán! Pero en un alba de luces, el barrio despertará.

Vallecas, Puente Vallecas, agujereadas están

sus casas rotas y humildes, aljibe, patio y parral.

Les rompe el cañón los muros, podría romperlos más,

Vallecas será Vallecas en una aurora triunfal.

Barrio que se dio a la guerra, barrio que salió a pelear

con el corazón blindado, una bomba y un puñal.

(Romancero de la defensa de Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Raúl González Tuñón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Raúl González Tuñón nació en Buenos Aires, Argentina, en el año 1905. Desde su adolescencia trabajó en periódicos: a los diecisiete años era parte del diario Crítica y había colaborado en la famosa revista Caras y Caretas. Para esa época comenzó también a publicar poesía. Colaboró en la revista literaria local Martín Fierro, y en 1928 recibió el Premio Municipal de Poesía. En 1934 presenció en España el levantamiento de Asturias y la represión que los obreros sufrieron. Conmovido, realizó una serie de poemas en homenaje a los mineros españoles asesi- nados en esa gesta, versos que publicó en su infaltable libro  La rosa blindada. En los viajes que en esa época realizó por Europa, se integró a círculos de intelectuales, entre los que cultivó profundas amistades, como Rafael Alberti, Pablo Neru- da, Federico García Lorca y Miguel Hernández, entre otros. En el transcurso de la Guerra Civil española participó de diversos encuentros de escritores en la zona republicana. Escribió poe- mas alusivos al enfrentamiento, los que compusieron el libro La muerte en Madrid. Además de ser un consecuente militante comunista, fue un trotamundos. En sus viajes conoció lugares como la Unión Soviética, China y Europa. Falleció en Buenos Aires en el año 1974.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    145

 

 

 

 

 

 

 

MUERTE DEL POETA

 

¡Qué muerte enamorada de su muerte!

¡Qué fusilado corazón tan vivo!

¡Qué luna de ceniza tan ardiente en donde se desploma Federico!

Los menudos rumores de la muerte alrededor del esqueleto niño cuando suben y bajan las mareas

en donde se desploma Federico.

¡Qué amor al que cayó por el acero de un alba de asesinos y de obispos!

¡Qué olor a siempreviva apasionada en donde se desploma Federico!

¡Qué aire de antigua voz de estatua rota rodea su sepulcro amanecido

cuando suben y bajan los claveles

en donde se desploma Federico!

Todas las cosas que él amaba crecen junto a su muerte desbordante río que corre por la tierra de los hombres

en donde se desploma Federico. Cigalas a las 7 de la tarde,

jerez al alba de color subido cuando suben y bajan las guitarras

 

 

 

146    Poesía como un arma

 

 

en donde se desploma Federico.

Lloronas de pasión y velatorio, rizos de niños mágicos dormidos, poemas de Darío y de Neruda

en donde se desploma Federico.

Toreros muertos y solteras solas y puentes y navajas como lirios

cuando suben y bajan las campanas en donde se desploma Federico.

¡Qué muerte enamorada de su muerte! Habitado en violeta y en jacinto,

Santo Sepulcro el que conquistaremos en donde se desploma Federico.

(La muerte en Madrid)

 

 

LOS ESCOMBROS

 

De pronto por el frío de las colas del hambre centenares de voces nacen junto a la aurora.

Ya se han muerto los gallos y los perros esperan una muerte amarilla de perros. Silenciosa.

De pronto un niño solo entre el acero

por el viento cortado de una calle de obuses; y una desolación de letreros sin puerta,

de muñeca con barro mutilada, olvidada,

de balcones vacíos colgando manos muertas.

A veces los escombros cubren niñas dormidas, empolvadas, desiertas entre la primavera.

Un pueblo cuya sangre gobierna al mundo, nace, crece, y bajo las nubes domina la tormenta.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    147

 

 

Acontecido, padre del acontecimiento, amanecido, como la flor del sobresalto, ardido, ardiendo vivas heridas escondidas,

conmovido, en la próxima ceniza de sus muertos, subido, encaramado sobre el terror activo, salido, como un río desbordado y violento.

De pronto una mujer de reventados senos, sin leche, sin entierro, sin hijo, sin guitarra,

se incorpora en el bosque de la sangre gritando:

«¿Qué has hecho tú para evitar  esto?»

A veces los escombros cubren palomas muertas, manos caídas, ojos abiertos despoblados,

hilos de sangre en busca del arroyo secreto, trajes de novia, limpias y familiares cosas, cocinas patinadas por íntimos inviernos.

De pronto un muerto muerto

se incorpora en el ángel de la sangre gritando.

De su boca perdida parte un oscuro río

que corre hacia los límites de la perfecta noche.

Y hay huesos de sustancias favorables, hay ruinas que recobran la tierra, hay tumbas verdes,

hay la recién nacida hierba de los escombros que explica los ocultos desiertos de la muerte.

Y hay el país del fuego cuyo nombre

gusto a raíz de tierra nos sube hasta la boca. Hay España, hay el río madre que desemboca en las venas que riegan el corazón del hombre.

Y una ciudad levanta ramos de ardientes muertos, y un orgullo de ser y de poder morir

y de recuperar fervores consumidos

y nada comparable al acontecimiento, al suceso constante de la ciudad herida,

 

 

 

148    Poesía como un arma

 

 

despierta sobre el sueño, desnuda sobre el frío

y a esta sangre, este rango, esta gloria, esta guerra, estas colas del hambre, este día, esta hora,

esta muerte ofrecida, este brindis al mundo, esta luz de Madrid un Primero del Mundo.

Hoy que un pueblo a la orilla del desastre orgulloso, un pueblo en cuya voz habita la mañana,

se abre como la rosa sangrienta de la historia.

¡El mundo empieza en la llanura castellana! (La muerte en Madrid)

 

 

CI YACET

 

«Ci yacet pulvis; cines et nihil.»

(Inscripción en la tumba del cardenal Portocarrero.)

 

Aquí yacen ceniza, polvo y nada. Cayeron en el centro de la lucha, cayeron en el centro de la tarde a la perfecta soledad, madura.

Aquí yacen ceniza y polvo y nada,

pero su sangre corre en nuestra sangre que ceniza no es, ni polvo y nada.

Pero su sueño vive en nuestro sueño que ceniza no es, ni polvo y nada,  que polvo no es y no es ceniza y nada.

Y su alegría está en nuestra sonrisa que ceniza no es ni polvo y nada, que nada no es ni polvo ni ceniza.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    149

 

 

Aquí yacen ceniza y polvo y nada

los que fueron de carne, sangre y hueso,

y en nuestra carne y sangre y hueso nacen, muerte fecunda en el vital proceso.

Polvo y ceniza y nada no es su muerte, que la muerte, en la lucha no es la muerte, no pongáis epitafios a su muerte.

Transformación constante, cielo y tierra, el sol, el agua, el aire es epitafio,

en la paz y en la guerra de la tierra.

De la tierra vinieron y a la tierra volvieron y la tierra los devuelve. Son la Historia, que sigue.

Son la Revolución, que nunca muere. (La muerte en Madrid)

 

 

LOS NIÑOS MUERTOS

 

(«Por la Casa de Campo

y el Manzanares quieren pasar los moros.

¡No pasa nadie!» No pasa nadie, no, no pasa nadie,

solo pasa la muerte que va a buscarles.)

 

Murieron como todos los niños sin preguntar de qué y por qué morían.

A las 10 de la noche los aviones negros arrojaron bengalas como en la verbena.

 

 

 

150    Poesía como un arma

 

 

Al espía que hizo señales desde una ventana le agujerearon el cráneo.

La muerte, con traje de luces, dio varias vueltas por la ciudad.

A las 10 y 2 minutos un estruendo redondo siguió a cada silbido.

Los tranvías se lanzaron a la carrera y un especial azul agonizante.

El primer muerto falso fue un maniquí desvelado amarillo.

Todos los grifos de la ciudad fueron abiertos, todos los vidrios se arrugaron.

El espía apretaba en su mano un plano del Museo y un trabuco.

En las mansiones incautadas los señores de los óleos parecían decir: «No nos dejéis.»

Los periodistas extranjeros hicieron cola para ver a la primera señorita muerta.

Los pianos cerrados de pronto con el ruido del féretro desplomado,

el olor del jardín mezclado al del humo y la carne chamuscada,

el hombre que precisamente a esa hora va en busca de la comadrona,

la estatua sin cabeza con un letrero que decía Peluquero de Señoras,

el ladrido de los perros más solo que nunca al fondo de los corredores,

todo pasó rápidamente, como en el cine, cuando aún se oía el zumbido de la avispa gigante.

Los niños muertos por juguetes, asesinados por grandes mecanos armados,

con los que ellos soñaban cada noche, fueron recogidos al alba sin mercados,

 

 

 

Poetas hispanoamericanos      151

 

 

sin máscaras sueltas, sin churros, sin canciones (fue la primera vez),

sin caballos blancos, sin manicuras, sin timbres de relojes, entre ambulancias,

linternas, sábanas, delegados del gobierno, funebreros y vírgenes llorando.

La sangre de los primeros niños muertos corrió toda la noche.

Cada niño tenía un número sobre el pecho, el 7, el 9, el 104, el 1,

pero la sangre corrió y se hizo río y fue una sola entonces,

la primera que corrió por los canales del sobresalto y el rencor.

En la tierra por ella regada en la noche creció la rosa de la pólvora,

la rosa que hoy vigila las puertas de Madrid y cuando se acerca la avispa

lanza contra ella sus furiosos pétalos junto a los hombres que sonríen,

a nuestros bravos soldados que sonríen porque saben por qué pelean y mueren.

(La muerte en Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nicolás Guillén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nicolás Guillén nació en Camagüey, Cuba, en 1902. Desde ado- lescente trabajó en medios de prensa: primero como tipógra- fo y luego como periodista y poeta. Sus versos aparecieron en diversas publicaciones, entre otras en Camagüey Gráfico. Para esta época en que había comenzado a publicar poesía, realizó estudios de Derecho en La Habana; por ese entonces publicó poemas en la revista Alma Mater, dirigida por Julio Antonio Me- lla. En 1922, sin haber podido concluir su carrera universitaria, regresó a su provincia. Allí fundó la revista literaria y cultural Lis, continuó con su producción poética, y llegó a ser redactor del periódico El Camagüeyano. En el año 1937 participó en for- ma entusiasta en el congreso realizado en España por los inte- lectuales antifascistas. Durante la Guerra Civil escribió España. Poema en cuatro angustias y una esperanza, como también varias crónicas del combate. Tras su regreso a la isla formó par- te del Partido Socialista Popular, uno de los antecesores del Partido Comunista en Cuba. Su militancia política le valió per- secuciones y alguna visita a los calabozos. Durante la década del cuarenta viajó a la Unión Soviética, Europa del Este y Chi- na. Ante el triunfo de la revolución en su país, logró un justo reconocimiento, mayor incluso al que poseía hasta entonces. En 1983 recibió el Premio Nacional de Literatura. Murió en La Habana en 1989.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   155

 

 

 

 

 

 

 

ANGUSTIA TERCERA

 

Y MIS HUESOS MARCHANDO EN TUS SOLDADOS

La Muerte disfrazada va de fraile. Con mi camisa trópico ceñida, pegada de sudor, mato mi baile, y corro tras la muerte por tu vida.

Las dos sangres de ti que en mí se juntan vuelven a ti, pues que de ti vinieron,

y por tus llagas fúlgidas preguntan. Secos veré a los hombres que te hirieron.

Contra cetro y corona y manto y sable, pueblo, contra sotana, y yo contigo,

y con mi voz para que el pecho te hable. Yo, tu amigo, mi amigo; yo, tu amigo.

En las montañas grises; por las sendas rojas; por los caminos desbocados,

mi piel, en tiras, para hacerte vendas,

y mis huesos marchando en tus soldados.

(España. Poema en cuatro angustias y una esperanza)

 

 

LA VOZ ESPERANZADA

 

UNA CANCIÓN ALEGRE EN LA LEJANÍA

¡Ardiendo, España, estás! Ardiendo con largas uñas rojas encendidas;

 

 

 

156    Poesía como un arma

 

 

a balas matricidas

pecho, bronce oponiendo,

y en ojo, boca, carne de traidores hundiendo las rojas uñas largas encendidas.

Alta, de abajo vienes,

a raíces volcánicas sujeta;

lentos, azules cables con que tu voz sostienes, tu voz de abajo, fuerte, de pastor y poeta.

Tus ráfagas, tus truenos, tus violentas gargantas se aglomeran en la oreja del mundo, con pétreo músculo violentas

el candado que cierra las cosechas del mundo.

Sales de ti; levantas la voz, y te levantas

sangrienta, desangrada, enloquecida, y sobre la extensión enloquecida

más pura te levantas, ¡te levantas!

Viéndote estoy las venas

vaciarse, España, y siempre volver a quedar llenas; tus heridos risueños;

tus muertos sepultados en parcelas de sueños; tus duros batallones,

hechos de cantineros, muleros y peones.

Yo,

hijo de América, hijo de ti y de África,

esclavo ayer de mayorales blancos dueños de látigos coléricos,

hoy esclavo de rojos yanquis azucareros y voraces;

yo, chapoteando en la oscura sangre en que se mojan mis Antillas;

ahogado en el humo agriverde de los cañaverales; sepultado en el fango de todas las cárceles;

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   157

 

 

cercado día y noche por insaciables bayonetas;

perdido en las florestas ululantes de las islas crucificadas en la cruz del Trópico;

yo, hijo de América,

corro hacia ti, muero por ti.

Yo, que amo la libertad con sencillez,

como se ama a un niño, al sol, o al árbol plantado frente a nuestra casa;

que tengo la voz coronada de ásperas selvas milenarias, y el corazón trepidante de tambores,

y los ojos perdidos en el horizonte,

y los dientes blancos, fuertes y sencillos para tronchar raíces

y morder frutos elementales;

y los labios carnosos y ardorosos

para beber el agua de los ríos que me vieron nacer, y húmedo el torso por el sudor salado y fuerte

de los jadeantes cargadores en los muelles, los picapedreros en las carreteras,

los plantadores de café y los presos que trabajan desoladamente,

inútilmente en los presidios solo porque han querido dejar de ser fantasmas;

yo os grito con voz de hombre libre que os acompañaré, camaradas;

que iré marcando el paso con vosotros, simple y alegre,

puro, tranquilo y fuerte,

con mi cabeza crespa y mi pecho moreno,

para cambiar unidos las cintas trepidantes de vuestras ametralladoras,

y para arrastrarme, con el aliento suspendido, allí, junto a vosotros,

allí, donde ahora estáis, donde estaremos,

 

 

 

158    Poesía como un arma

 

 

fabricando bajo un cielo ardoroso agujereado por la metralla

otra vida sencilla y ancha, limpia, sencilla y ancha,

alta, limpia, sencilla y ancha, sonora de vuestra voz inevitable.

Con vosotros, brazos conquistadores

ayer, y hoy ímpetu para desbaratar fronteras;

manos para agarrar estrellas resplandecientes y remotas, para rasgar cielos estremecidos y profundos,

para unir en un mazo las islas del Mar del Sur y las islas del Mar Caribe;

para mezclar en una sola pasta hirviente la roca y el agua de todos los océanos;

para pasear en alto, dorada por el sol de todos los amaneceres;

para pasear en alto, alimentada por el sol de todos los meridianos;

para pasear en alto, goteando sangre del ecuador y de los polos;

para pasear en alto como una lengua que no calla, que nunca callará,

para pasear en alto la bárbara, severa, roja, inmisericorde, calurosa, tempestuosa, ruidosa,

¡para pasear en alto la llama niveladora y segadora de la Revolución!

¡Con vosotros, mulero, cantinero!

¡Contigo, sí, minero!

¡Con vosotros, andando, disparando, matando!

¡Eh, mulero, minero, cantinero, juntos aquí, cantando!

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    159

 

 

UNA CANCIÓN EN CORO

 

Todos el camino sabemos; están los rifles engrasados; están los brazos preparados:

¡Marchemos!

Nada importa morir al cabo,

pues morir no es tan gran suceso;

¡malo es ser libre y estar preso, malo, estar libre y ser esclavo!

Hay quien muere sobre su lecho, doce meses agonizando,

¡y otros hay que mueren cantando con diez balazos sobre el pecho!

Todos el camino sabemos; están los rifles engrasados; están los brazos avisados:

¡Marchemos!

Así hemos de ir andando,

severamente andando, envueltos en el día que nace. Nuestros recios zapatos, resonando,

dirán al bosque trémulo: «¡Es que el futuro pasa!»

Nos perderemos a lo lejos… Se borrará la oscura masa de hombres, pero en el horizonte, todavía

como en un sueño, se nos oirá la entera voz vibrando:

El camino sabemos

Los rifles engrasados

Están los brazos avisados

¡Y la canción alegre flotará como una nube sobre la roja lejanía!

(España. Poema en cuatro angustias y una esperanza)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vicente Huidobro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vicente Huidobro nació en Santiago de Chile en el año 1893. Durante su infancia y juventud, tal como en otras etapas de su vida, alternó su lugar de residencia entre Chile y Europa. Escri- bió en periódicos, estudió Literatura y fue un representante de las vanguardias artísticas europeas en América. En el año 1913 fundó junto a Pablo de Rokha la revista literaria Azul, cuyo nom- bre hace referencia a la obra del poeta Rubén Darío. En Europa escribió en la revista Nor-Sud, donde participaban entre otros Apollinaire y André Breton. En 1921 fundó en Madrid la revis- ta Creación, germen de la corriente literaria por él impulsada más tarde: el creacionismo. En la década del treinta ingresó al Partido Comunista de Chile. Cuando estalló la Guerra Civil en España, colaboró con los republicanos: participó en congresos de intelectuales en contra del fascismo, publicó poemas sobre la contienda que fueron incluidos en Escritores y Artistas Chi- lenos a  la  España  Popular yMadre  España:  Homenaje  de  los Poetas Chilenos, entre otros, y escribió en El Mono Azul y Hora de España. En 1938 fundó Mandrágora, pieza clave en el mo- vimiento surrealista hispanoamericano, y Actual, en 1944. Fue corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial. Murió en Car- tagena, Chile, en 1948.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    163

 

 

 

 

 

 

 

PASIONARIA

 

Vas con tu voz de alma abierta en rosas

Vas en tu voz a todos los dolores y todas las esperanzas Y llenas de madre el mundo

Te deshojas en fe y en entusiasmo y en piedad Tus pétalos cierran las heridas

Y perfuman las lágrimas tan huérfanas como la pluma que se cayó de una gaviota al mar

Vas con tu voz y tus pétalos dulces

Vas haciendo nidos con tu mirada llena de ángeles

Vas vestida de gloria junto a la muerte coronando muertos Vas vestida de fuego junto a la vida despertando vida Llegas primero como noticia de alba

Como nacer de un niño sol sobre miles de brazos extendidos

Llegas como el barco que trae tesoros y luz de islas remotas y rumores de grandes ríos en lucha con océanos feroces

Es preciso sacudir al cielo

y despertar los mares y decirles todo lo que está pasando Es preciso informar a las estrellas cuando bajan más cerca O cuando una voz sube más alta

Hora es que el destino se haga carne y cálido prodigio Tierra nuestra tierra España Pasionaria

Voz visible como inscripción de sueño Voz en forma de luz ansiosa

En forma de agua para la sed y de pan para el hambre Dolor de los siglos pasados

Para crear la alegría de los siglos futuros

 

 

 

164    Poesía como un arma

 

 

Mujer de España labio de las tierras ofendidas España en carne y nido y árbol

De qué honduras vienen tus escalofríos Qué molinos de viento se hicieron arco-iris Y qué alas batían el tiempo en tu garganta Para que no se sintiera su dureza

Eres el hada de corazón interminable

Eres la cuna de las edades luminosas trepando al horizonte Vas tan serena con tu destino a cuestas y tantos otros

destinos sobre un camino de sangre con tu canasta de plumas suaves

Allí donde se mezcla la muerte con la vida

Apareces y estrujas tus racimos sobre las bocas de piedra comenzada

Tiendes las alas y sonríes de ternura sobre los ojos que van a hacerse estrellas de su gloria

Qué viento de muerte absorbes Qué viento de vida exhalas

Mujer con la garganta llena de paisajes doloridos Mujer de tierra firme y cielos hinchados de optimismo Mujer de terciopelo y armaduras

Naciendo en cada ensueño visible en toda herida Cruzada de palomas y de truenos

Vas y te acercas y todas las alas llegan

Y todas las bocas cantan en la marea que sube El dolor de los tiempos pasados

Para crear la alegría de los tiempos futuros (Hora de España)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pablo Neruda

 

 

 

 

 

 

Pablo Neruda nació en Parral, Chile, en el año 1904. Su verda- dero nombre era Neftalí Ricardo Reyes. Efectuó estudios en Te- muco en un liceo. Siendo adolescente publicó un escrito en el diario La Mañana, y poemas suyos empezaron a circular, entre otros lugares, en las páginas de la revista Corre-Vuela de San- tiago. En la capital chilena realizó una instrucción superior, y participó en la publicación estudiantil Claridad. En 1925 fundó la revista Caballo de Bastos. Hacia el final de esa década publi- caron poemas de su autoría en El Sol de Madrid y artículos su- yos en La Nación de Buenos Aires. A fines de los años veinte y principios de los treinta fue cónsul en diversos destinos: Ceilán, China, Java y España. En 1934 publicó poemas en Cruz y Raya, la revista española que dirigía José Bergamín. En dicho país fundó en 1935 la conocida publicación literaria Caballo Verde para la Poesía. Cuando estalló la Guerra Civil tomó partido en forma activa por la causa popular; ese hecho motivó su sepa- ración del cargo diplomático por parte del gobierno de Chile. Realizó múltiples actividades culturales de colaboración con la República: en París buscó apoyos y fundó la revista Los Poetas del Mundo Defienden al Pueblo Español. En 1937 publicó Espa- ña en el corazón, poema de la Guerra Civil. Culminada la guerra en 1939 realizó gestiones desde un restituido cargo consular en Francia para facilitar la salida de numerosos intelectuales per- seguidos por el fascismo triunfante en España. Como miembro del Partido Comunista de Chile participó en elecciones y llegó a ser senador, aunque luego fue expulsado de la cámara y de- bió exiliarse. Viajó por la Unión Soviética, Europa y América. En 1944 había recibido en Chile el Premio Municipal de Poesía, y en 1971 fue nombrado Premio Nobel de Literatura. Falleció en Santiago en el año 1973, pocos días después de que el presi- dente Salvador Allende, elegido por el Frente Popular, muriese depuesto por la derecha chilena.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    167

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESPAÑA POBRE POR CULPA DE LOS RICOS

 

Malditos los que un día

no miraron, malditos ciegos malditos,

los que no adelantaron a la solemne patria el pan sino las lágrimas, malditos uniformes manchados y sotanas

de agrios, hediondos perros de cueva y sepultura.

La pobreza era por España como caballos llenos de humo, como piedras caídas del manantial de la desventura, tierras cereales sin

abrir, bodegas secretas

de azul y estaño, ovarios, puertas, arcos cerrados, profundidades

que querían parir, todo estaba guardado por triangulares guardias con escopeta, por curas de color de triste rata,

por lacayos del rey de inmenso culo. España dura, país manzanar y pino, te prohibían tus vagos señores:

A no sembrar, a no parir las minas,

a no montar las vacas, al ensimismamiento de las tumbas, a visitar cada año

el monumento de Cristóbal el marinero, a relinchar discursos

con macacos venidos de América, iguales en «posición social» y podredumbre.

 

 

 

168    Poesía como un arma

 

 

No levantéis escuelas, no hagáis crujir la cáscara terrestre con arados, no llenéis los graneros

de abundancia trigal: rezad, bestias, rezad,

que un dios de culo inmenso como el culo del rey os espera: «Allí tomaréis sopa, hermanos míos.»

(España en el corazón)

 

 

MADRID 1936

 

Madrid sola y solemne, julio te sorprendió con tu alegría de panal pobre: clara era tu calle,

claro era tu sueño.

Un hipo negro

de generales, una ola de sotanas  rabiosas rompió entre tus rodillas

sus cenagales aguas, sus ríos de gargajo.

Con los ojos heridos todavía de sueño,

con escopeta y piedras, Madrid, recién herida, te defendiste. Corrías

por las calles

dejando estelas de tu santa sangre, reuniendo y llamando con una voz de océano, con un rostro cambiado para siempre

por la luz de la sangre, como una vengadora montaña, como una silbante

estrella de cuchillos.

Cuando en los tenebrosos cuarteles, cuando en las sacristías

de la traición entró tu espada ardiendo,

no hubo sino silencio de amanecer, no hubo

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    169

 

 

sino tu paso de banderas,

y una honorable gota de sangre en tu sonrisa. (España en el corazón)

 

 

EXPLICO ALGUNAS COSAS

 

Preguntaréis: Y dónde están las lilas? Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas

de agujeros y pájaros?

Os voy a contar todo lo que me pasa.

Yo vivía en un barrio

de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles.

Desde allí se veía

el rostro seco de Castilla como un océano de cuero.

Mi casa era llamada

la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era

una bella casa

con perros y chiquillos. Raúl, ¿te acuerdas?

¿Te acuerdas, Rafael? Federico, ¿te acuerdas debajo de la tierra,

te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

 

 

 

170    Poesía como un arma

 

 

¡Hermano, hermano!

Todo

eran grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones de pan palpitante,

mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas:

el aceite llegaba a las cucharas, un profundo latido

de pies y manos llenaba las calles, metros, litros, esencia

aguda de la vida, pescados hacinados,

contextura de techos con sol frío en el cual la flecha se fatiga,

delirante marfil fino de las patatas, tomates repetidos hasta el mar.

Y una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras

salían de la tierra devorando seres,

y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre.

Bandidos con aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, bandidos con frailes negros bendiciendo venían por el cielo a matar niños,

y por las calles la sangre de los niños  corría simplemente, como sangre de niños.

Chacales que el chacal rechazaría,

piedras que el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras odiarían!

 

 

 

Poetas hispanoamericanos      171

 

 

Frente a vosotros he visto la sangre de España levantarse

para ahogaros en una sola ola de orgullo y de cuchillos!

Generales traidores:

mirad mi casa muerta, mirad España rota:

pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores,

pero de cada hueco de España sale España,

pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos, pero de cada crimen nacen balas

que os hallarán un día el sitio del corazón.

Preguntaréis: por qué su poesía

no nos habla del suelo, de las hojas,

de los grandes volcanes de su país natal?

¡Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver

la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles!

(España en el corazón)

 

 

ALMERÍA

 

Un plato para el obispo, un plato triturado y amargo,

un plato con restos de hierro, con cenizas, con lágrimas, un plato sumergido, con sollozos y paredes caídas,

 

 

 

172    Poesía como un arma

 

 

un plato para el obispo, un plato de sangre de Almería.

Un plato para el banquero, un plato con mejillas de niños del Sur feliz, un plato

con detonaciones, con aguas locas y ruinas y espanto, un plato con ejes partidos y cabezas pisadas,

un plato negro, un plato de sangre de Almería.

Cada mañana, cada mañana turbia de vuestra vida lo tendréis humeante y ardiente en vuestra mesa: lo apartaréis un poco con vuestras suaves manos para no verlo, para no digerirlo tantas veces:

lo apartaréis un poco entre el pan y las uvas, a este plato de sangre silenciosa

que estará allí cada mañana, cada mañana.

Un plato para el Coronel y la esposa del Coronel, en una fiesta de la guarnición, en cada fiesta,

sobre los juramentos y los escupos, con la luz de vino de la madrugada

para que lo veáis temblando y frío sobre el mundo.

Sí, un plato para todos vosotros, ricos de aquí y de allá, embajadores, ministros, comensales atroces,

señoras de confortable té y asiento:

un plato destrozado, desbordado, sucio de sangre pobre, para cada mañana, para cada semana, para siempre jamás, un plato de sangre de Almería, ante vosotros, siempre.

(España en el corazón)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

César Vallejo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

César Vallejo nació en Santiago de Chuco, Perú, en 1892. Duran- te algunos años de su juventud trabajó como administrativo en minas y plantaciones de azúcar, donde quedó impactado por el trato esclavizante que recibían los obreros. En la ciudad de Tru- jillo realizó estudios en Literatura y Derecho, y además ejerció la docencia. Viajó luego a París. Allí tardó varios meses en es- tabilizarse económicamente, hasta que pudo realizar trabajos en diversas publicaciones. Su obra literaria estuvo compuesta por poemas, pero también por cuentos, novelas y algunas po- cas piezas teatrales. En 1928 realizó su primer viaje a la Unión Soviética. Se declaró comunista y participó orgánicamente en actividades de los partidos europeos de dicha tendencia, de- jando atrás concepciones populistas a las que se había adhe- rido en el Perú. En 1931 fue expulsado de París por su actividad política. Durante la instauración de la 11na. República en Es- paña colaboró con la causa popular. Participó del Congreso de Escritores realizado en 1937 por la Alianza de Intelectuales Anti- fascistas, y en París colaboró con el Comité Iberoamericano por la Defensa de la República Española. De este órgano se alejó en una áspera polémica con Neruda, su presidente. Escribió poe- mas relacionados con la Guerra Civil en España, aparta de mí este cáliz y en Poemas humanos, que se publicaron póstuma- mente. Murió en París en 1938.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   175

 

 

 

 

 

 

 

MASA

 

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: «¡Quédate, hermano!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse  lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar… (España, aparta de mí este cáliz)

 

 

 

176    Poesía como un arma

 

 

REDOBLE FÚNEBRE A LOS ESCOMBROS DE DURANGO

 

Padre polvo que subes de España, Dios te salve, libere y corone,

padre polvo que asciendes del alma.

Padre polvo que subes del fuego, Dios te salve, te calce y dé un trono, padre polvo que estás en los cielos. Padre polvo, biznieto del humo, Dios te salve y ascienda a infinito, padre polvo, biznieto del humo.

Padre polvo en que acaban los justos, Dios te salve y devuelva a la tierra, padre polvo en que acaban los justos.

Padre polvo que creces en palmas, Dios te salve y revista de pecho, padre polvo, terror de la nada.

Padre polvo, compuesto de hierro, Dios te salve y dé forma de hombre, padre polvo que marchas ardiendo.

Padre polvo, sandalia del paria, Dios te salve y jamás te desate, padre polvo, sandalia del paria.

Padre polvo que avientan los bárbaros, Dios te salve y te ciña de dioses,

padre polvo que escoltan los átomos.

Padre polvo, sudario del pueblo, Dios te salve del mal para siempre, padre polvo español, padre nuestro.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   177

 

 

Padre polvo que vas al futuro, Dios te salve, te guíe y te dé alas, padre polvo que vas al futuro.

(España, aparta de mí este cáliz)

 

 

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ

 

Niños del mundo,

si cae España —digo, es un decir—, si cae

del cielo abajo su antebrazo que asen, en cabestro, dos láminas terrestres:

niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!

¡qué temprano en el sol lo que os decía!

¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!

¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está

la madre España con su vientre a cuestas; está nuestra madre con sus férulas,

está madre y maestra,

cruz y madera, porque os dio la altura, vértigo y división y suma, niños;

está con ella, padres procesales!

Si cae —digo, es un decir—, si cae España, de la tierra para abajo, niños ¡cómo vais a cesar de crecer!

¡cómo va a castigar el año al mes!

¡cómo van a quedarse en diez los dientes, en palote el diptongo, la medalla en llanto!

¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran tintero!

 

 

 

178    Poesía como un arma

 

 

¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto hasta la letra en que nació la pena!

Niños,

hijos de los guerreros, entre tanto,

bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo la energía entre el reino animal,

las florecillas, los cometas y los hombres.

¡Bajad la voz, que está

en su rigor, que es grande, sin saber

qué hacer, y está en su mano la calavera hablando y habla y habla,

la calavera, aquella de la trenza; la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;

bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto

de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aún

el de las sienes que andan con dos piedras!

¡Bajad el aliento, y si el antebrazo baja,

si las férulas suenan, si es la noche,

si el cielo cabe en dos limbos terrestres, si hay ruido en el sonido de las puertas, si tardo,

si no veis a nadie, si os asustan los lápices sin punta, si la madre España cae —digo, es un decir—,

salid, niños del mundo; id a buscarla!… (España, aparta de mí este cáliz)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Álvaro Yunque

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Álvaro Yunque nació en La Plata, Argentina, en el año 1889. Su nombre verdadero era Arístides Gandolfi Herrero. Se crió en la ciudad de Buenos Aires, donde estudió Arquitectura y fue pe- riodista y escritor. En la década del veinte su literatura adquirió un claro perfil popular. Colaboró en La Protesta, la más impor- tante publicación local del anarquismo, y en La Vanguardia, periódico socialista. Además escribió artículos en los diarios Crítica,aLNación La Prensa y en la revista literaria Campana de Palo, entre otras. Dirigió la revista Rumbo y publicó en Caras y Caretas, donde entabló vínculos con Evaristo Carriego y José Ingenieros. Durante la Guerra Civil adhirió al bando republica- no. Realizó un libro de poemas como homenaje a la gesta po- pular: España, 1936. Fue militante comunista en Argentina, y durante el mandato del militar golpista Edelmiro Farrel se debió exiliar en Uruguay. En la década del cuarenta añadió una impor- tante cantidad de estudios históricos a sus poemas, cuentos y artículos literarios y periodísticos. Durante la última dictadura militar de la Argentina (1976-1983) fue censurado, y sus libros se retiraron de bibliotecas y librerías para ser quemados. Murió en el exilio interior (Tandil), en 1982.

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   181

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MADRIGAL A LAS MUCHACHAS DEL FRENTE POPULAR

 

Soledad, Mercedes, Pura, Luz, Pilar y Generosa; Consuelo, Dolores, Paca, Esperanza o Salvadora; cuerpos como de vihuela, almas tiernas como coplas, que a los toros ibais antes, bizarras y donairosas;

hoy marcháis fusil al hombro, y más que nunca garbosas, sonrientes, a la lucha,

y cantando a la victoria, a la victoria o la muerte va la incontenible ola…

De juventud y entusiasmo sois ofrenda, oh indómitas,

que dais coraje a los hombres,

¡y hombres de estirpe española! Belén, María del Carmen, Remedios, Amparo o Lola;

sois filo y brillo de aceros, balas de ametralladoras, convertís en más pujantes, Trinidad, Angustias, Concha, Nieves, Isidra o Estrella,

a milicianos y a tropas,

 

 

 

182    Poesía como un arma

 

 

pues rugís en los cañones, sois en los fusiles pólvora…

¡Por la libertad, la vida!:

Lo gritáis con frescas bocas y con manos incansables,

manos de hermanas y novias, defendéis, cabe la angustia, la libertad que es la honra, que la libertad se gana,

la libertad no se implora, bien lo sabéis, combatientes, estudiantes y obradoras

que a la pelea, cantando, corréis, muchachas heroicas…

¡Si el mismo amor os llamara no iríais tan presurosas!

¿Cómo no echaros, rendido, este manojo de loas?

¡Vaya el madrigal caliente, caliente de flores rojas, Soledad, Consuelo, Pura, Esperanza o Salvadora, Concepción, Amparo, Nieves,

Luz, Estrella o Generosa… (España, 1936)

 

 

ESPINELA

 

No creas, pueblo de España, que luchas contra tu hermano (la paloma y el milano

no engendra la misma entraña).

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    183

 

 

Sois: La mansión, la cabaña, la noche, el amanecer,

el presente y el ayer,

aunque en un mismo terruño…

¡Ya está levantado el puño, tiene ahora que caer!

(España, 1936)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anexo

 

I.  Sobre Federico García Lorca

 

Tres inmensos poetas son recordados como mártires del fran- quismo. No fueron los únicos, pero sí los ejemplos más noto- rios. Uno de esos escritores fue Antonio Machado, desterrado  y muerto en los albores de su exilio, ya viejo, triste y derrotado. Otro, Miguel Hernández, asesinado indirecta y sigilosamente por el régimen franquista: como sucedió con otros millares de presos, la dictadura lo sometió a innumerables vejámenes y a infrahumanas condiciones de encarcelamiento que se cobraron su vida en algunos meses. A Federico García Lorca, en cambio, lo fusilaron, desembozada y bestialmente. Los tres fueron, antes que mártires del fascismo, grandes poetas. En el caso de Lorca, un exquisito escritor que si bien no puede ser catalogado como revolucionario neto (por su estilo y por la ausencia de una mili- tancia sistemática de su parte), estuvo personal y estéticamente siempre del lado de la libertad, en contra de la opresión y por la vida. Por haber sido asesinado tan temprano, y en consecuencia no haber estado involucrada su escritura con la contienda, en esta antología sus textos no se hallan ordenados en la misma sección que aquellos de los poetas de la guerra propiamente dichos.

 

 

 

186    Poesía como un arma

 

 

A continuación, como homenaje a este distinguido poeta renovador de la lírica española, incluimos una breve reseña biográfica suya, y una selección de textos de su autoría. Acla- ramos que en los poemas elegidos, sobre todo en el segundo   y tercero, puede llegar a leerse algún punto de contacto con lo que se suele denominar «poesía social». Aunque nos apresu- ramos a precisar que es solo eso: un posible punto de contac- to, ya que de ninguna manera se puede considerar la obra de Lorca como centrada en lo testimonial, sino que los referentes externos y concretos de la realidad entran  en sus creaciones en forma simbólica y estilizada, explotando su plasticidad. En general, las obras suyas donde esta temática comúnmente lla- mada social puede verse presente son los poemas reunidos en Poeta en Nueva York, o muchas piezas de teatro, entre ellas el drama histórico Mariana Pineda. (N. del E.)

 

 

Federico García Lorca nació en Fuentevaqueros, en las afueras de la ciudad española de Granada, en el año 1898. Hijo de un terrateniente y de una maestra, participó desde niño de un am- biente favorecedor desde lo cultural. Realizó estudios en la uni- versidad de Granada en Derecho y en Filosofía y Letras. En 1919 se trasladó a Madrid, donde se alojó en la conocida Residencia de Estudiantes, espacio ligado a la Institución Libre de Ense- ñanza. Desde su tarea cultural y científica, esa entidad confor- maba para los sectores medios de orientación liberal en España un polo de oposición al oscurantismo. Allí permaneció y desa- rrolló gran parte de su formación durante casi diez años; fue en ese ámbito en el que se relacionó estrechamente con Salvador Dalí, Luis Buñuel, José Moreno Villa, Emilio Prados, y otros mu- chos intelectuales y artistas. Pertenece al período la escritura de sus obras teatrales El maleficio de la mariposa (1920),    Los

 

 

 

Anexo     187

 

 

títeres de Cachiporra (1923) y Mariana Pineda (1927), entre otras. También son de esta etapa las obras poéticas Libro de poemas (1918-1920), Canciones (1921-1924), Poema del cante jondo9(121) y     Romancero gitano (1927). Su labor cultural inclu- yó una participación activa en el homenaje a Luis de Góngora (poeta español del siglo XVII) realizado por muchos jóvenes ar- tistas a tres siglos de su muerte (1927). Ese famoso homenaje es un punto de referencia para hablar de ese grupo de escritores, en su mayoría poetas, que conformaron la llamada Generación del ’27, o Generación de la República, como gustaba llamarla José Bergamín. La vida social y cultural de Lorca siempre fue muy intensa: su amor por la música expresado en decenas de veladas, y su temprana amistad con Manuel de Falla, así lo exponen, como también sus estrechos lazos con Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, o luego con Margarita Xirgu, Lola Membri- ves, Pablo Neruda y muchos otros. En 1929 realizó un viaje por Norteamérica y el Caribe; de esta experiencia surgió su obra Poeta en Nueva York, publicada póstumamente por su amigo José Bergamín (1940). En esa serie poética, Lorca expone una visión descarnada de la gran urbe del capitalismo imperante, y lo hace con un estilo vanguardista que refleja en la matriz com- positiva de los textos todo lo sombrío de su visión sobre esa ciudad y lo que representaba. Con la instauración en España de la 11na. República (1931) se vinculó en labores de difusión cultu- ral: creó en 1932 el grupo de teatro universitario La Barraca, del cual fue director. Desde allí recorrió distintos parajes de su país con la doble tarea de difundir entre el pueblo piezas de los clá- sicos españoles, y a su vez hacerlo con versiones renovadas y revitalizadas. Durante los primeros años de la década del treinta realizó giras y conferencias que incluyeron una visita a Buenos Aires (1933), donde sus obras teatrales habían alcanzado cier- to éxito. En ese mismo año, y en consonancia con La   Barraca,

 

 

 

188    Poesía como un arma

 

 

funda el Club Teatral de la Cultura, también difusor del arte dra- mático, pero en este caso de autores contemporáneos, como era su propio caso. En 1936, ante las polarizadas elecciones en su país, participó en algunos actos a favor del Frente Popular, como así también, luego, en eventos de repudio a la violen- cia falangista desatada ante el triunfo del Frente. Para julio de 1936, ante la inminencia del golpe de Estado, se recluyó en una propiedad familiar de su Granada natal. Allí, una vez ocupada la zona por los falangistas, fue asesinado su cuñado, Manuel Fer- nández Montesinos, un ex alcalde socialista. A los pocos días de este hecho, una patrulla de la Falange lo apresó en la casa de los Rosales, familia de un poeta conocido por él y vincula- do a la derecha, hogar vecino donde Lorca se había escondido. El 19 de agosto de 1936, a un mes de iniciado el conflicto ar- mado, el fascismo ibérico fusilaba a Federico García Lorca en Granada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROMANCE SONÁMBULO

 

A Gloria Giner y a Fernando de los Ríos

 

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura, ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana,

las cosas la están mirando y ella no puede mirarlas.

 

***

Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha, vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba.

La higuera frota su viento con la lija de sus ramas,  y el monte, gato garduño, eriza sus pitas agrias.

¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…? Ella sigue en su baranda,

 

 

 

190    Poesía como un arma

 

 

verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga. Compadre, quiero cambiar mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando desde los puertos de Cabra. Si yo pudiera, mocito,

ese trato se cerraba. Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda.

¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas lleva tu pechera blanca.

Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas,

¡dejadme subir!, dejadme hasta las verdes barandas.

Barandales de la luna

por donde retumba el agua.

 

***

Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas.

 

 

 

Anexo    191

 

 

Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lágrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata.

Mil panderos de cristal herían la madrugada.

 

***

Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Los dos compadres subieron.

El largo viento, dejaba en la boca un raro gusto

de hiel, de menta y de albahaca.

¡Compadre! ¿Dónde está,  dime?

¿Dónde está tu niña amarga?

¡Cuántas veces te esperó!

¡Cuántas veces te esperara, cara fresca, negro pelo,

en esta verde baranda!

 

***

Sobre el rostro del aljibe se mecía la gitana.

Verde cama, pelo verde, con ojos de fría plata.

Un carámbano de luna

la sostiene sobre el agua. La noche se puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles borrachos en la puerta golpeaban.

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas.

 

 

 

192    Poesía como un arma

 

 

El barco sobre la mar.

Y el caballo en la montaña. (Romancero gitano)

 

 

ROMANCE DE LA GUARDIA CIVIL ESPAÑOLA

 

A Juan Guerrero. Cónsul general de la poesía

 

Los caballos negros son. Las herraduras son negras. Sobre las capas relucen manchas de tinta y de cera. Tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras.

Con el alma de charol vienen por la carretera. Jorobados y nocturnos,

por donde animan ordenan silencios de goma oscura

y miedos de fina arena. Pasan, si quieren pasar, y ocultan en la cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas.

 

***

¡Oh ciudad de los gitanos! En las esquinas banderas.

La luna y la calabaza

con las guindas en conserva.

¡Oh ciudad de los gitanos!

 

 

 

Anexo     193

 

 

¿Quién te vio y no te recuerda? Ciudad  de  dolor  y  almizcle, con las torres de  canela.

 

***

Cuando llegaba la noche, noche que noche nochera, los gitanos en sus fraguas forjaban soles y flechas.

Un caballo malherido llamaba a todas las puertas. Gallos de vidrio cantaban por Jerez de la Frontera.

El viento vuelve desnudo la esquina de la sorpresa, en la noche platinoche noche, que noche nochera.

 

***

La Virgen y San José perdieron sus castañuelas, y buscan a los gitanos para ver si las encuentran. La Virgen viene vestida con un traje de alcaldesa de papel de chocolate

con los collares de almendras. San José mueve los brazos bajo una capa de seda.

Detrás va Pedro Domecq con tres sultanes de Persia.

La media luna soñaba un éxtasis de cigüeña. Estandartes y faroles

 

 

 

194    Poesía como un arma

 

 

invaden las azoteas. Por los espejos sollozan bailarinas sin caderas.

Agua y sombra, sombra y agua por Jerez de la Frontera.

 

***

¡Oh ciudad de los gitanos! En las esquinas banderas. Apaga tus verdes luces que viene la benemérita.

¡Oh ciudad de los gitanos!

¿Quién te vio y no te recuerda? Dejadla  lejos  del mar,

sin peines para sus crenchas.

 

***

Avanzan de dos en fondo a la ciudad de la fiesta. Un rumor de siemprevivas invade las cartucheras.

Avanzan de dos en fondo. Doble nocturno de tela.

El cielo se les antoja una vitrina de espuelas.

 

***

La ciudad, libre de miedo, multiplicaba sus puertas. Cuarenta guardias civiles entran a saco por ellas.

Los relojes se pararon,

y el coñac de las botellas

 

 

 

Anexo    195

 

 

se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas.

Un vuelo de gritos largos se levantó en las veletas. Los sables cortan las brisas que los cascos atropellan. Por las calles de penumbra huyen las gitanas viejas con los caballos dormidos y las orzas de monedas.

Por las calles empinadas suben las capas siniestras, dejando detrás fugaces remolinos de tijeras.

En el portal de Belén

los gitanos se congregan. San José, lleno de heridas, amortaja a una doncella.

Tercos fusiles agudos

por toda la noche suenan. La Virgen cura a los niños con salivilla de estrella.

Pero la Guardia Civil

avanza sembrando hogueras, donde joven y desnuda

la imaginación se quema. Rosa la de los Camborios gime sentada en su puerta con sus dos pechos cortados puestos en una bandeja.

Y otras muchachas corrían perseguidas por sus trenzas, en un aire donde estallan rosas de pólvora negra.

 

 

 

196    Poesía como un arma

 

 

Cuando todos los tejados eran surcos en la sierra,

el alba meció sus hombros en largo perfil de piedra.

 

***

¡Oh ciudad de los gitanos! La Guardia Civil se aleja por un túnel de silencio

mientras las llamas te cercan.

¡Oh ciudad de los gitanos!

¿Quién te vio y no te recuerda? Que te busquen en mi frente. Juego de luna y arena.

(Romancero gitano)

 

 

LA AURORA

 

La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible: A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraíso ni amores deshojados:

 

 

 

Anexo    197

 

 

saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre.

(Poeta en Nueva York)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II.   Ponencia colectiva

 

Esta presentación  fue  leída  por  Arturo  Serrano  Plaja  en  el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas realizado en 1937. Constituye un documento sobre la postura específica de los intelectuales de la época que luchaban contra el avance de la derecha, pero además se pueden valorar en ella aprecia- ciones teóricas más amplias, como por ejemplo aquellas sobre el papel del arte y la propaganda en tiempos de guerra, o sobre los fundamentos del arte revolucionario. Por ello este documen- to, que posee una vital claridad, contiene además una enorme vigencia. (N. del E.)

 

 

Tal vez resulte extraño, o lo que es peor, artificial y forzado ante vosotros, que tanto significáis y tanto significa vuestra noble actitud al venir a España; tal vez resulte extraño o artificial, re- petimos, el hecho de que queramos manifestarnos como lo ha- cemos, en grupo, en común. Por eso antes de seguir adelante queremos explicar con toda claridad el cómo y el porqué de esa serie de nombres que aparecen encabezando estas palabras.

Y resulta que, cuando hubimos de reunirnos para decidir o no nuestra participación activa en el Congreso, independiente- mente de que esta participación, luego de acordada por noso- tros, fuese o no aceptada; cuando pensamos discutir quién de entre nosotros podría, llegado el caso, representarnos; cuando buscábamos, en fin, la forma más coherente y adecuada   para

 

 

 

Anexo     199

 

 

sentirnos representados como era nuestro propósito y aspira- ción en este Congreso, que tanta importancia ha de tener para la cultura, en general, y en particular, creemos, para la cultura española, surgió de un modo absoluto y literalmente espontá- neo este criterio de hacerlo colectivamente, ya que colectivos y comunes eran nuestros puntos de vista en todas las cuestiones que nos parecieron más esenciales y objetivas.

Siendo así, como real y verdaderamente ha sido, nada se oponía a que en común fijásemos y discutiésemos nuestros puntos de vista, a que en común trazásemos las directrices que cada uno de nosotros, individualmente, había pensado como fundamentales en torno a los problemas de nuestra cultura, amenazada por el fascismo, y a que común y colectivamente, en fin, se manifestase nuestra voz en este Congreso.

Hecha esta aclaración, nadie puede pensar —si acaso había alguien que lo pensaba— que nuestro propósito ha sido ins- pirado en otro torpe, fácil y demagógico, de querer presentar externamente unido, por originalidad, por falso colectivismo hábilmente preparado, lo que interiormente era disgregado y distinto.

Y esto que es así, este hecho de sentir verídicamente unido ante algo y para algo lo que pudo ser o ha sido tan distinto y disperso en otras ocasiones, saltando por encima de nuestro personalismo, es ya alguna de las muchas cosas que la revolu- ción, la extraordinaria lucha que mantiene nuestro pueblo, del que nos sentimos inefablemente orgullosos, nos regala y nos afirma como un primer punto de exaltada preferencia. Porque lo que menos importa ya es el hecho en sí mismo de que este grupo esté total, absolutamente integrado, no solo por distin- tos significados de sensibilidad, no solo por distintas concep- ciones de nuestra profesión y decidida vocación de artistas, escritores y poetas, sino por individuos que, como   procedencia

 

 

 

200     Poesía como un arma

 

 

social, puedan marcar distancias tales como las que hay en-  tre el origen enteramente campesino de Miguel Hernández, por ejemplo, y el de la elevada burguesía refinada que pueda significar Gil-Albert; lo que importa verdaderamente es la pro- fundísima significación que muy por encima de nosotros tiene ese mismo hecho referido a la totalidad española y que es el siguiente: ante la guerra, ante la lucha de nuestro pueblo por mantener como enunciado primordial de su contenido su in- dependencia nacional, todo cuanto no es contraespañol, todo cuanto no sea traición malvendida al capitalismo sin patria, todo cuanto no sea bursátilmente contrahumano, diríamos se siente hoy, en España, uno y lo mismo, ante el hecho mismo de la Revolución.

Pero, además, aparte este hecho que hoy no solo nos une para problemas estrictamente culturales, «si es que es posi- ble entender por cultura una categoría definida, estrictamente cultural y al margen de los hechos vivos, reales y diarios», hu- manamente pretendemos que hay entre nosotros otros nexos de unión de tal índole, que son los que verdaderamente nos autorizan, por más que no sean por entero producto de nuestra propia voluntad para hablar hoy aquí. En su conjunto podría- mos expresarlos al decir: somos distintos y aspiramos a serlo cada vez más, en función de nuestra condición de escritores y artistas, pero tenemos de antemano algo en común: la Revo- lución española que, por razones de coincidencia histórica, nace y se desarrolla simultáneamente con nuestra propia vida. O mejor: nacemos y nos desarrollamos simultáneamente con el nacimiento y desarrollo de esa Revolución. En las trincheras se bate, de seguro, la gente que tiene nuestra misma edad, en mucha mayor proporción que otra cualquiera. Y si por el mo- mento nosotros mismos no estamos allí, no quiere esto decir que no hayamos estado unos, que no vayamos a estar de modo

 

 

 

Anexo     201

 

 

inmediato otros, y que no hayamos vivido, todos, en plena, consciente, disciplinada e incondicional actividad, los dramá- ticos momentos de nuestra lucha. No queremos con esto hacer, ni hacemos, naturalmente, monopolio de la heroica voluntad de lucha de todo el pueblo español. Pero sí queremos decir, con todas esas razones, que tenemos, no ya un derecho, sino que nos consideramos con el deber ineludible de interpretar, con nuestro pensamiento y sentimiento, el pensar y el sentir de esa juventud que se bate en las trincheras y que ardientemente reclamamos, por nuestra, la misma medida, y con la misma pa- sión con que nosotros nos consideramos suyos: de esa juven- tud, y listos para estar con ella donde, cómo y cuando sea, sin alardes inútiles, sin prematuro heroísmo, sino serenamente, como esa misma juventud a la que por destino pertenecemos.

De esa juventud que, en ese sentido, es la nuestra (y que podríamos determinar como la juventud de la República, la juventud que en más o menos presta su servicio militar en el histórico período en que se proclama por segunda vez la Re- pública española), tomamos alto ejemplo e inolvidable lección, y solo estimaremos nuestro fin conseguido en la medida en que sepamos devolver a esa juventud, cuando ya no lo sea, en nuestra obra futura, en forma de creación artística y literaria, los mismos valores humanos que con su acción enaltecedora, en su caliente sangre generosa, nos afirma hoy en la actuación, ya que no podemos decir aún obra que nos defina.

Porque al decir antes que tenemos algo en común —la Re- volución—, no aludimos solamente a la lucha actual del pue- blo español, a la lucha armada que comienza el 18 de julio de 1936, sino a la totalidad histórica del fenómeno, que alcanza sus máximas dimensiones, su dramática plenitud, en la lucha actual del pueblo español contra el fascismo  internacional. Pero esta lucha, naturalmente, no se produce, como nada en la

 

 

 

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historia, de un modo súbito, casual e inesperado, sino que ha venido fraguándose lentamente.

La lucha actual tiene su pasado inmediato en todo un pro- ceso que, si por fuerza tiene que haber influido en toda la vida española —si acaso la vida española no es, en sí misma, por lo menos a partir del año 17, ese mismo proceso—, con mucho ma- yor motivo tiene que haber influido en lo que por definición era su resultado social: la juventud, entonces adolescencia, que paralela y simultáneamente procedía a desarrollarse. Aquella adolescencia era esta juventud ya reiteradamente aludida.

Y aquel proceso, que no intentaremos caracterizar total- mente, por entenderlo innecesario, sino en un solo aspecto, es el que precisa y rigurosamente nos define. Más angustiosa- mente que nunca ese proceso implicaba un problema que, en muy distintas formas, viene rodando por el suelo, con diversos nombres, desde hace, por lo menos, cuatro siglos: desde que Martín Lutero, razonablemente, plantea la necesidad de hacer el libre examen de los textos sagrados.

Si verdaderamente la colisión comienza fundamentalmente ahí, la fe y la razón, o la voluntad y la razón, como luego ha de enunciar Dostoievski, se excluyen, se oponen violentamente; la razón exige categóricamente, y la voluntad quiere apasionada, divinamente. No hay manera de conciliarla. Y la tesis teológica de que la fe, de origen divino, puede y debe ser contenida en una razón que procede igualmente de la divinidad, no llega a ser sino una tesis.

El choque es cada vez más violento: la razón no se explica la voluntad, y, a su vez, la voluntad no quiere la razón. Y, volvien- do a nuestros días, que ya, y cada vez más afortunadamente, son aquellos días, el problema sigue latente.

Intentaremos, para poder mantenernos dentro de las obli- gadas dimensiones de estas líneas, limitar el enunciado del

 

 

 

Anexo    203

 

 

problema al último período de España. Precisamente a ese  que por cogernos en medio de dos, como bandos en lucha, ha determinado en todos nosotros, por instinto de conservación, angustiosamente, una necesidad de soluciones a las múltiples ecuaciones dramáticas que por el hecho de nacer teníamos planteadas. Y ese período es, por un lado, el de los comenta- ristas y los puros; por otro, el de un confuso revolucionarismo. No había soluciones comunes; las que satisfacían por entonces la cultura negaban la vitalidad, y a la inversa. En el pueblo veía- mos el impulso, pero solamente el impulso, y este creíamos no bastaba.

Poéticamente, diríamos, los signos que se nos ofrecían desde ese lado no podían satisfacer todo un perfeccionamien- to rápido; por ejemplo, las últimas consecuencias de todo un mundo: el surrealismo.

Una serie de contradicciones nos atormentaban. Lo puro, por antihumano, no podía satisfacernos en el fondo; lo revo- lucionario, en la forma, nos ofrecía tan solo débiles signos de una propaganda cuya necesidad social no comprendíamos y cuya simpleza de contenido no podía bastarnos. Con todo, y por instinto tal vez, más que por comprensión, cada vez está- bamos más del lado del pueblo. Y hasta es posible que política, social y económicamente, comprendiésemos la Revolución. De todos modos, menos de un modo total y humano. La pintura, la poesía y la literatura que nos interesaba no era revolucionaria; no era una consecuencia ideológica y sentimental, o si lo era, lo era tan solo en una tan pequeña parte, en la parte de una consigna política, que el problema quedaba en pie. De manera que, por un lado, habíamos abominado del escepticismo, mas por otro, no podíamos soportar la ausencia absoluta y total.

En definitiva, cuanto se hacía en arte no podía satisfacer  un anhelo profundo, aunque vago, inconcreto, de humanidad,

 

 

 

204     Poesía como un arma

 

 

y por otro, el de la Revolución no alcanzaba tampoco a satis- facer ese mismo fondo humano al que aspirábamos, porque precisamente no era totalmente revolucionario. La Revolución, al menos lo que nosotros teníamos por tal, no podía estar com- prendida ideológicamente en la sola expresión de una consigna política o en un cambio de tema puramente formal.

El arte abstracto de los últimos años nos parecía falso. Pero no podíamos admitir como revolucionaria, como verdadera, una pintura, por ejemplo, por el solo hecho de que su concreción es- tuviese referida a pintar a un obrero con el puño levantado, o con una bandera roja, o con cualquier otro símbolo, dejando la reali- dad más esencial sin expresar. Porque de esa manera resultaba que cualquier pintor reaccionario —como persona y como pin- tor— podía improvisar, en cualquier momento, una pintura que incluso técnicamente fuese mejor y tan revolucionaria, por lo me- nos, como la otra, con solo pintar el mismo obrero con el mismo puño levantado. Con solo pintar un símbolo y no una realidad.

El problema era y debía ser de fondo; queríamos que todo el arte que se produjese en la Revolución, apasionadamente de acuerdo con la Revolución, respondiese ideológicamente  al mismo contenido humano de esa Revolución, en la misma medida, con la misma intensidad y con igual pasión con que  se han producido todos los grandes movimientos del espíritu. Porque incluso en la música, la más abstracta de las artes, la única que ni directa ni indirectamente puede referir conceptos, se ha logrado una tan perfecta adecuación en momentos deter- minados de la historia como la que supone Bach para el cristia- nismo; Chopin, para el romanticismo, etcétera. Y todo lo que no fuese creado con esa misma relación absoluta de valores, todo cuanto fuese «simbología revolucionaria» más que «realidad revolucionaria», no podía expresar el fondo del problema.

 

 

 

Anexo    205

 

 

La revolución no es solamente una forma, no es solamente un símbolo, sino que representa un contenido vivísimamente concreto, un sentido del hombre, absoluto, e incluso unas cate- gorías, perfectamente definidas como puntos de referencia de su esencialidad. Y así, para que un arte pueda llamarse, con verdad, revolucionario, ha de referirse a ese contenido esen- cial, implicando todas y cada una de esas categorías en todos  y cada uno de sus momentos de expresión; porque si no, hay que suponer que el concepto mismo de la revolución es con- fuso y sin perfiles y sin un contenido riguroso. Si no es así, si apreciamos solo las apariencias formales, caeríamos en errores que, en otro cualquier plano, resultan groseramente inadmisi- bles. Como, por ejemplo, decir que es revolucionario dar limos- na a un pobre. Todo eso sería tomar el rábano por las hojas y solo por las hojas. Y, en último término, sabemos que, muy co- múnmente, en esa piedad del limosnero hay no poca hipocre- sía y, «siempre», una concepción del mundo según un tal orden preestablecido, «que, como pobre que no va nunca a dejar de serlo, hay que ayudarle».

Pues bien; en el terreno de la creación artística y literaria, no es posible tampoco que lo más rico objetivamente, lo que tiene más posibilidades en el porvenir, admita una limosna, por más que sea bien intencionada en cuanto a voluntad personal. No queremos —aunque lo admitamos en cuanto a las necesidades inmediatas que para nada subestimamos, ya que de ellas de- penden todas— una pintura, una literatura, en las que, toman- do el rábano por las hojas, se crea que todo consiste en pintar o en describir, etcétera, a los obreros buenos, a los trabajadores sonrientes, etcétera, haciendo de la clase trabajadora la reali- dad más potente hoy por hoy, un débil símbolo decorativo. No. Los obreros son algo más que buenos, fuertes, etcétera. Son hombres con pasiones, con sufrimientos, con alegrías   mucho

 

 

 

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más complejas que las que esas fáciles interpretaciones mecá- nicas desearían. En realidad, pintar, escribir, pensar y sentir, en definitiva, de esa manera, es tanto como pensar que hay que emperifollar algo que realmente no necesita de afeites, es pen- sar y sentir que la realidad es otra cosa.

Pues bien; nosotros declaramos que nuestra máxima aspi- ración es la de expresar fundamentalmente esa realidad, con la que nos sentimos de acuerdo poética, política y filosóficamen- te. Esa realidad que hoy, por las extraordinarias dimensiones dramáticas con que se inicia, por el total contenido humano que ese dramatismo implica, es la coincidencia absoluta con el sentimiento, con el mundo interior de cada uno de nosotros.

Decimos, y creemos estar seguros de ello, que, por fin, no hay ya colisión entre la realidad objetiva y el mundo íntimo. Lo que no es ni casual ni tampoco resultado solo de nuestro es- fuerzo para lograr esa identificación, sino que significa la cul- minación objetiva de todo un proceso. En la medida en que el pueblo español, por «la fuerza de la sangre», recobra sus valo- res tradicionales (esto es, aquella parte de su tradición que es un valor, aquella tradición que es positiva), esa integración se produce espontáneamente, como un regalo, cosa que no podía suceder en tanto que no llegase este mismo momento; porque hasta él había tan solo, por un lado, la lucha, la guerra, pero sin los altos valores que puede tener y que tiene hoy nuestra guerra; y por otro, la sola esperanza.

Solo a partir de un hecho mayor, como es hoy la guerra de la independencia, solo a partir de una realidad con categoría de realidad, de entidad real y humana, podía producirse una integración mayor, una identificación absoluta, una adecuación total del pensamiento y de la acción del mundo íntimo y de la realidad objetiva, de la realidad y de la razón. Porque hoy, al menos así lo entendemos nosotros, la voluntad quiere exacta-

 

 

 

Anexo    207

 

 

mente aquello que la razón exige, porque, a su vez, la razón, precisamente por razón, solo exige la voluntad, la buena volun- tad de Sancho Panza, cuando esta está ya quijotizada, cuando ya también Sancho quiere aventuras. Si es cierto que esa mis- ma oposición a que nos venimos refiriendo se ha encarnado en don Quijote y Sancho, hoy en España queremos entender  la razonabilidad de Sancho implicando y coincidiendo con la caballerosa voluntad de don Quijote.

Porque hoy la revolución española lucha por la nada desde- ñable —contra lo que creen ciertos apasionados— organización racional de su existencia, por el acoplamiento, conforme a ra- zón, de un mundo que excluya el desorden racionalmente capi- talista, inhumanamente monopolista, pero, además, lucha con toda su voluntad, con todo el esfuerzo de su mayor pasión po- sible: la pasión que se sabe consciente y razonable, la pasión que sabe que tiene razón. Y por eso la voluntad nuestra —que más o menos también es nuestra— tiene razón, es congruente con la razón. Hoy en España —y no es esta la victoria menos importante alcanzada sobre el fascismo—, nuestra lucha en to- dos sus matices responde a un contenido de pensamiento con una expresión de voluntad. Los hechos, cada vez más, son asu- midos y resumidos en formas coherentes de pensamiento. Se produce una poesía poética, absoluta, en cuanto a calidad, y una pintura y una creación intelectual, en suma, cada vez más apasionada y cada vez más inteligible.

Pensamos en la función del artista, del escritor, íntima y for- zosamente ligada al ambiente que la rodea, y en posesión, por el hecho de nacer de un cúmulo de experiencias que el hombre ha conseguido, en otras ocasiones, de un modo definitivo, para el resto de la humanidad.

Y hoy en España, junto a esa experiencia que late como en potencia en todos los instantes de todo el mundo, nos halla-

 

 

 

208     Poesía como un arma

 

 

mos ante un hecho de tan alto valor humano que enriquece esta misma experiencia y que permite, además, la plena, posi- tiva y consciente incorporación de aquellos valores que en otro momento, sin este movimiento de espíritu, hubieran permane- cido latentes, verdaderos, pero inoperantes, como dormidos, y la revolución española es el despertar, no solo a la historia, sino a la vida misma de esos valores. «El hombre se ha perdido a sí mismo», dice Marx. Y lo que hoy hace revolucionariamente es encontrarse a través de la intrincada maraña de perdición que es el capitalismo, que el hombre mismo había inventado precisamente, por terrible paradoja, para, en otro atolladero de su historia, poder continuar su camino.

La revolución se decide, en el fondo, por la actualización de los valores eternos del hombre, y precisamente por esto éra- mos revolucionarios antes de poseer una concepción concreta de la revolución: porque más que nada esperábamos eso, de- seábamos ese «sacudimiento extraño que agita las ideas», esa verdadera y vivísima inspiración histórica que viene a coincidir absolutamente con la definición becqueriana de la inspiración poética.

Esos valores eternos se concretan hoy en unas categorías humanas perfectamente decidibles y absolutamente reales. Son la opresión más elemental y, por lo tanto, más honda- mente verdadera de todo un mundo en actividad oponiéndose o imponiéndose a otro, cuya fundamental característica es la de cultivar todo aquello que permita conservar su pasividad fundamental. La serie: campesinos, trabajadores, heroísmo, solidaridad, etcétera, tiene, del otro lado, su contrapartida, al decir: guardias civiles, señoritos, terror coactivo, ayuda finan- ciera, etcétera, y en la misma medida que aquellos valores poé- ticos y, por lo tanto, esencialmente humanos, determinaban en nosotros su ambición, esto es, la irrenunciable ambición de ha-

 

 

 

Anexo    209

 

 

cerlos verdaderos, en esa misma medida estuvimos dispuestos a conseguirlo realmente, de toda una política que condujese a ellos. Si ese esfuerzo implicaba o no esos valores, si la política entendida en ese sentido implica o no la poesía, es cosa que no nos importa demasiado desentrañar. Para nosotros, efecti- vamente, la implica, la lleva consigo, por lo que no es, en sí misma, la misma poesía.

De ahí nuestra actitud ante el arte de propaganda. No lo ne- gamos, pero nos parece, por sí solo, insuficiente. En tanto que la propaganda vale para propagar algo que nos importa, nos importa la propaganda. En tanto que es camino para llegar al fin que ambicionamos, nos importa el camino, pero como ca- mino. Sin olvidar en ningún momento que el fin no es, ni puede ser, el camino que conduce a él. Lo demás, todo cuanto sea defender la propaganda como un valor absoluto de creación, nos parece tan demagógico y tan falto de sentido como pudiera ser, por ejemplo, defender el arte por el arte o la valentía por la valentía. Y nosotros queremos un arte por y para el hombre y una valentía miedosa, que solo es valentía en tanto que tiene un motivo para serlo, en tanto que tiene un comienzo esforza- do, para llegar a un fin victorioso. El valiente de otra manera co- rre el peligro de la chabacana valentía sin objeto, de la valentía profesional.

Esa valentía y ese esteticismo y ese propagandismo puros, ya que se ha dicho, son tan nocivos como el agua pura, como el agua químicamente pura, y pertenecen a un pasado que para nada interesa perpetuar. La revolución ha acabado con él. Y, además, tan generosamente, que no distingue ni quiere distinguir de cuanto se produce hoy en España, de lo que es producto de un esfuerzo perseverante y consciente y de lo que es mera coincidencia especial. Hoy se comienza todo. Lo que tenga vida vivirá y lo muerto quedará muerto. Pero la revolución

 

 

 

210    Poesía como un arma

 

 

no pone trabas, y el heroísmo del pueblo español es hoy tema por igual para todos e igualmente legítimo. Solo los que ahora no hagan el esfuerzo necesario de comprender la verdad, de te- ner conciencia verdadera de las cosas de la sangre, se hundirán en su propia comunidad de coincidencia en la frase, pero no en el contenido.

Por nuestra parte, de esa revolución que rompe con el pa- sado queremos ir a la tradición. Queremos aprovecharnos de todo cuanto en el mundo ha sido creado con esfuerzo y clara conciencia, para, esforzadamente, enriquecer, siquiera sea con un solo verso, con una sola pincelada, con una sola idea que en nuestro convivir logremos, esa claridad creciente del hom- bre. Porque, efectivamente, somos humanistas, pero del hu- manismo este que se produce en España hoy. Del que recoge la herencia del humanismo burgués, menos lo que este último tiene de utopía, de ilusión engañosa sobre el hombre y la so- ciedad, de pacifismo, de idealismo en desuso y casi pueril; no podemos fiarnos de un progreso que se hiciera por sí solo; no podemos admitir el pacifismo en esta época de guerra, que solo nos permite entrever el fin de las guerras capitalistas y el advenimiento efectivo de la paz, por la revolución. Entendemos el humanismo como aquello que intenta comprender al hom- bre, a todos los hombres, a fondo. Entendemos el humanismo como el intento de restituir al hombre la conciencia de su valor, de trabajar para limpiar la civilización moderna de la barbarie capitalista que «en la práctica —dice Unamuno en su ensayo “La dignidad humana”— ha trazado una escala de gradación para estimar el trabajo humano y se ha fijado en ella un punto cual cero de la escala, un punto terrible en el que empieza la congelación del hombre, en el que el desgraciado o el adscri- to va lentamente deshumanizándose, muriendo poco a poco, en larga agonía de hambre corporal y espiritual,  entretejida».

 

 

 

Anexo    211

 

 

«Y así sucede que el proceso capitalístico actual —sigue Una- muno—, despreciando el valor  absoluto  del trabajo y con  él el del hombre, ha creado enormes diferencias en su justipre- ciación. Lo que algunos llaman individualismo surge de un desprecio absoluto, precisamente de la raíz y base de toda individualidad, del carácter específico del hombre, de lo que nos es a todos común. Los infelices que no llegan al coro de la escala son tratados cual cantidades negativas, se les deja morir de hambre y se les rehúsa la dignidad humana.»

El humanismo que defendemos, el que nace ahora en Es- paña, es, por excluir todo eso, más amplio que el otro, y, por su lucha, verídico, viril, renovador, heroico. Es un humanismo, en todo caso, cuya definición exacta y, por así decirlo, teórica, no puede hacerse sino en la medida misma en que se produ- cen ciertos hechos empíricos, vivos y diarios que son los que realmente decimos. Porque vive de realidades y no de supues- tos, su existencia misma depende de la existencia del hombre como hombre, esto es, liberado de todo cuanto no sea una confección del mundo en la que el hombre es, ciertamente,   el valor esencial. Hecho hoy tan ligado a la batalla del pueblo español, que podríamos decir que este humanismo es, existe, en tanto que el pueblo español, como expresión de voluntad razonable, tiene existencia, y cuyo mayor o menor desarrollo se podrá establecer y discutir solo con el triunfo definitivo de nuestro pueblo. De ese humanismo implicado así en nuestra lucha nos consideramos nosotros activos militantes. Y pone- mos a contribución, para afirmarlo, cuanto nos es dable: desde nuestra voluntad a nuestra juventud, entendida esta última, no como una abstracción parada, estática; no como juventud afir- mada tan solo en un hecho cronológico y por lo tanto anacróni- co, viejo, sino como posibilidad de esfuerzo y de acción. En sí mismo no hay razón para que la juventud sea preferible a otra

 

 

 

212    Poesía como un arma

 

 

edad, a la hombría o a la infancia. Solo por su capacidad, si     lo consigue, de mayor esfuerzo consciente, es, puede ser, una edad preferible a otra; cosa que suele ocurrir en la llamada de la juventud. Y nosotros, que ahora somos jóvenes, pero que va- mos viviendo, que tenemos y pretendemos tener la conciencia de nuestro tiempo, no queremos perderlo pensando tan solo que somos jóvenes; porque mañana no lo seremos, y si no he- mos realizado esas posibilidades por las que se suele definir la juventud, no habremos tenido juventud. Porque no queremos ser en su día esos viejos, viejos desde su nacimiento, que no  se han dado cuenta de cómo se iba el tiempo, esos viejos que han perdido siempre el tiempo, su tiempo, el que debieron ha- ber definido con su acción y que, por su omisión, los define a ellos tristemente.

Para no incurrir en ese anacronismo, queremos dar senti- do a nuestra juventud. Y queremos dárselo con solo darnos a nuestro pueblo, con solo interpretar su lucha como participan- tes en ella. Porque esa lucha encierra, en sí, las mayores posi- bilidades, las más grandes perspectivas, los más apasionados contenidos de conciencia. Con solo ganar la guerra  —nada más y nada menos—, la revolución más formidable y positiva se habrá operado en el mundo; porque, claro, con solo ganar la guerra, una serie de hechos objetivos, tangibles, quedarían afirmados y afirmando todo un orden distinto y mejor en una nueva ordenación social; con solo ganar la guerra, y esto es lo más importante, la conciencia de todos y cada uno de los hom- bres partiría de unos supuestos, no nuevos, sino eternos, pero eternamente inactivos, teóricos, abstractos.

Basta haber vivido en España. Basta, por ejemplo —y como ejemplo lo citamos solamente, ya que podían elegirse otros innumerables—, haber estado en Madrid durante los dramáti- cos días de noviembre para saber que todo lo que ocultaba  al

 

 

 

Anexo     213

 

 

hombre en cada hombre, todo lo que solamente era costum- bre doméstica, hábito empequeñecido, mezquindad cotidiana, ha sido superado por las necesidades de la lucha. Cada mu- jer, cada hombre, cada niño, se han sentido, en Madrid, con   la muerte tan a su lado, que todo cuanto no fuese lo más ele- vado y noble de su conciencia le resultaba un peso muerto,  sin sentirlo. El hombre ha despertado y tiene conciencia de su despertar; solo negándose, en la derrota puede perderse esa conciencia y dejar de ejercerse; solo con ganar la guerra se afir- mará y proseguirá un camino para el que pone impulso ganado en la lucha.

Por eso, cuando se oye hablar de felicidad como aspiración, uno sabe perfectamente que, entre nosotros, la ambición es mucho mayor: ganar la guerra, que es conquistar la categoría de hombre, la dignidad humana, cosa mucho más importante y mucho más difícil. Porque no es posible creer que al hombre le bastase, caso de que fuera posible, con ser feliz, so pena de dejar de ser hombre; en realidad, por esa felicidad, ya sería el hombre, limitado, un infeliz, como dice nuestro pueblo.

Por eso nosotros, jóvenes escritores, artistas y poetas, para conquistar esa categoría humana a que aludimos, no solo, claro está, para nosotros, sino para todos los hombres, declaramos aquí, en un Congreso de Escritores, precisamente, que como escritores y artistas y como hombres jóvenes, luchamos, disci- plinada, serena y altivamente, sin demagogia, sin truculencia, allí donde el pueblo español, del que lo esperamos todo, nos diga, a través de sus órganos de expresión democrática, allí donde nos diga el Gobierno español, que es hoy algo mucho más importante que un gobierno.

Y como jóvenes, precisamente para tener el derecho de intentar la interpretación de toda una juventud heroica, disci- plinada y consciente, que se bate en nuestras trincheras, ligán-

 

 

 

214    Poesía como un arma

 

 

dose a lo que hoy, en España, es verdadera y concretamente joven: La Alianza de la Juventud, en la que nos sentimos real y verdaderamente interpretados en todo cuanto se refiera a las necesidades de la lucha, que, para nosotros, son hoy los funda- mentos, los cimientos del hombre.

Y de una manera general, por fin, queremos excluir de noso- tros, como forma de actuación, todo cuanto no sea un sentido de estricta, rigurosa y concretísima responsabilidad, exigida y defendida, simultáneamente, como una necesidad y una garan- tía: una garantía, la que significa poder apelar a esta respon- sabilidad, cuando algo o alguien pretenda actuar fuera de ella. Una necesidad, la de actuar en nombre de algo más importante que nuestro propio, personal y exclusivo criterio.

Así, con una responsabilidad serena y muy consciente y vo- luntaria disciplina, queremos colaborar con nuestro pueblo a ganar la guerra, a conquistar por ese único hecho, solo y senci- llamente: el hombre.

 

Antonio Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Antonio Aparicio, A. Serrano Plaja, Arturo Souto, Emilio Prados, Eduardo Vicente, Juan Gil-Albert, J. Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Hernández, Miguel Prieto, Ramón Gaya

 

Manuel Aznar Soler y Luis Mario Schneider: II Congreso Interna- cional de Escritores Antifascistas (1937) [Barcelona; 1978]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III.   El poeta y el pueblo

 

El siguiente texto forma parte de un discurso más extenso pro- nunciado en Valencia por Antonio Machado ante escritores e intelectuales. En él se enfatiza sobre algunas afirmaciones que probablemente antes del inicio de la guerra el autor no hubiese destacado tan nítidamente. El proceso de polarización en el en- frentamiento de clases que derivó en la guerra civil llevó a mu- chos intelectuales, como en este caso, a tomar partido en forma decidida respecto a posiciones profundas en favor del pueblo,  y muchas veces, a variar sus concepciones estéticas en conse- cuencia con esto, a resignificarlas o a profundizarlas. En el caso de Machado, ese proceso incluyó vastas actividades político- culturales, como por ejemplo, algunos discursos que brindó a las Juventudes Socialistas Unificadas.

En el original impreso y publicado por la revista Hora de Es- paña, el título central de esta ponencia fue «Sobre la defensa y difusión de la cultura», y el subtítulo, «El poeta y el pueblo», tal como se encabeza este apartado. (N. del E.)

 

 

Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer encerrado en su torre de marfil —era el tópico al uso de aque- llos días— consagrado a una actividad aristocrática, en esferas de la cultura solo accesibles a una minoría selecta?, yo contesté con estas palabras, que a muchos parecieron un tanto evasivas

 

 

 

216    Poesía como un arma

 

 

o ingenuas: «Escribir para el pueblo —decía mi maestro—, ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos —claro está— de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es, por de pronto, escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas de inagotable contenido que no acabamos nunca de conocer. Y es mucho más, porque escribir para el pueblo nos obliga a rebasar las fronteras de nuestra patria, es escribir tam- bién para los hombres de otras razas, de otras tierras y de otras lenguas. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en Espa- ña, Shakespeare, en Inglaterra, Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Tal vez, alguno de ellos lo realizó sin saberlo, sin haberlo deseado siquiera. Día llegará en que sea la más consciente y suprema aspiración del poeta. En cuan- to a mí, mero aprendiz de gay-saber, no creo haber pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular».

Mi respuesta era la de un español consciente de su hispa- nidad, que sabe, que necesita saber cómo en España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo, cómo en España lo esencialmente aristocrático, en cierto modo, es lo popular. En los primeros meses de la guerra que hoy ensangrienta a Es- paña, cuando la contienda no había aún perdido su aspecto  de mera guerra civil, yo escribí estas palabras que pretenden justificar mi fe democrática, mi creencia en la superioridad del pueblo sobre las clases privilegiadas.

 

Antonio Machado, 1936.

 

Antonio Machado: Obras. Poesía y prosa [Buenos Aires, 1964].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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