NICOLAS GUILLEN. POESIA REVOLUCIONARIA HISPANOAMERICANA

 

 

 

Nicolás Guillén

  

 

 

 

ANGUSTIA TERCERA

 

Y MIS HUESOS MARCHANDO EN TUS SOLDADOS

La Muerte disfrazada va de fraile. Con mi camisa trópico ceñida, pegada de sudor, mato mi baile, y corro tras la muerte por tu vida.

Las dos sangres de ti que en mí se juntan vuelven a ti, pues que de ti vinieron,

y por tus llagas fúlgidas preguntan. Secos veré a los hombres que te hirieron.

Contra cetro y corona y manto y sable, pueblo, contra sotana, y yo contigo,

y con mi voz para que el pecho te hable. Yo, tu amigo, mi amigo; yo, tu amigo.

En las montañas grises; por las sendas rojas; por los caminos desbocados,

mi piel, en tiras, para hacerte vendas,

y mis huesos marchando en tus soldados.

(España. Poema en cuatro angustias y una esperanza)

 

 

LA VOZ ESPERANZADA

 

UNA CANCIÓN ALEGRE EN LA LEJANÍA

¡Ardiendo, España, estás! Ardiendo con largas uñas rojas encendidas;

 

 

 

156    Poesía como un arma

 

 

a balas matricidas

pecho, bronce oponiendo,

y en ojo, boca, carne de traidores hundiendo las rojas uñas largas encendidas.

Alta, de abajo vienes,

a raíces volcánicas sujeta;

lentos, azules cables con que tu voz sostienes, tu voz de abajo, fuerte, de pastor y poeta.

Tus ráfagas, tus truenos, tus violentas gargantas se aglomeran en la oreja del mundo, con pétreo músculo violentas

el candado que cierra las cosechas del mundo.

Sales de ti; levantas la voz, y te levantas

sangrienta, desangrada, enloquecida, y sobre la extensión enloquecida

más pura te levantas, ¡te levantas!

Viéndote estoy las venas

vaciarse, España, y siempre volver a quedar llenas; tus heridos risueños;

tus muertos sepultados en parcelas de sueños; tus duros batallones,

hechos de cantineros, muleros y peones.

Yo,

hijo de América, hijo de ti y de África,

esclavo ayer de mayorales blancos dueños de látigos coléricos,

hoy esclavo de rojos yanquis azucareros y voraces;

yo, chapoteando en la oscura sangre en que se mojan mis Antillas;

ahogado en el humo agriverde de los cañaverales; sepultado en el fango de todas las cárceles;

 

 

 

Poetas hispanoamericanos   157

 

 

cercado día y noche por insaciables bayonetas;

perdido en las florestas ululantes de las islas crucificadas en la cruz del Trópico;

yo, hijo de América,

corro hacia ti, muero por ti.

Yo, que amo la libertad con sencillez,

como se ama a un niño, al sol, o al árbol plantado frente a nuestra casa;

que tengo la voz coronada de ásperas selvas milenarias, y el corazón trepidante de tambores,

y los ojos perdidos en el horizonte,

y los dientes blancos, fuertes y sencillos para tronchar raíces

y morder frutos elementales;

y los labios carnosos y ardorosos

para beber el agua de los ríos que me vieron nacer, y húmedo el torso por el sudor salado y fuerte

de los jadeantes cargadores en los muelles, los picapedreros en las carreteras,

los plantadores de café y los presos que trabajan desoladamente,

inútilmente en los presidios solo porque han querido dejar de ser fantasmas;

yo os grito con voz de hombre libre que os acompañaré, camaradas;

que iré marcando el paso con vosotros, simple y alegre,

puro, tranquilo y fuerte,

con mi cabeza crespa y mi pecho moreno,

para cambiar unidos las cintas trepidantes de vuestras ametralladoras,

y para arrastrarme, con el aliento suspendido, allí, junto a vosotros,

allí, donde ahora estáis, donde estaremos,

 

 

 

158    Poesía como un arma

 

 

fabricando bajo un cielo ardoroso agujereado por la metralla

otra vida sencilla y ancha, limpia, sencilla y ancha,

alta, limpia, sencilla y ancha, sonora de vuestra voz inevitable.

Con vosotros, brazos conquistadores

ayer, y hoy ímpetu para desbaratar fronteras;

manos para agarrar estrellas resplandecientes y remotas, para rasgar cielos estremecidos y profundos,

para unir en un mazo las islas del Mar del Sur y las islas del Mar Caribe;

para mezclar en una sola pasta hirviente la roca y el agua de todos los océanos;

para pasear en alto, dorada por el sol de todos los amaneceres;

para pasear en alto, alimentada por el sol de todos los meridianos;

para pasear en alto, goteando sangre del ecuador y de los polos;

para pasear en alto como una lengua que no calla, que nunca callará,

para pasear en alto la bárbara, severa, roja, inmisericorde, calurosa, tempestuosa, ruidosa,

¡para pasear en alto la llama niveladora y segadora de la Revolución!

¡Con vosotros, mulero, cantinero!

¡Contigo, sí, minero!

¡Con vosotros, andando, disparando, matando!

¡Eh, mulero, minero, cantinero, juntos aquí, cantando!

 

 

 

Poetas hispanoamericanos    159

 

 

UNA CANCIÓN EN CORO

 

Todos el camino sabemos; están los rifles engrasados; están los brazos preparados:

¡Marchemos!

Nada importa morir al cabo,

pues morir no es tan gran suceso;

¡malo es ser libre y estar preso, malo, estar libre y ser esclavo!

Hay quien muere sobre su lecho, doce meses agonizando,

¡y otros hay que mueren cantando con diez balazos sobre el pecho!

Todos el camino sabemos; están los rifles engrasados; están los brazos avisados:

¡Marchemos!

Así hemos de ir andando,

severamente andando, envueltos en el día que nace. Nuestros recios zapatos, resonando,

dirán al bosque trémulo: «¡Es que el futuro pasa!»

Nos perderemos a lo lejos… Se borrará la oscura masa de hombres, pero en el horizonte, todavía

como en un sueño, se nos oirá la entera voz vibrando:

El camino sabemos

Los rifles engrasados

Están los brazos avisados

¡Y la canción alegre flotará como una nube sobre la roja lejanía!

(España. Poema en cuatro angustias y una esperanza)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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