JUAN GIL- ALBERT

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

 

Juan Gil-Albert

 

UNIVERSIDAD

 

Muros desiertos, cauces resentidos, húmedas fosas que el temblor aplastan una fiebre que anhela y no responden esos patios que fríos se avecinan.

Ronda y silencio sin arder la llama, los menestrales arman sus disturbios

mientras cae de lo alto, embalsamado, como una nada de apretado cuerpo.

Pompa de hedor, archivo que modela, vientres feroces, lenguas agitadas, cuando sus losas viejas no recuerdan el porqué de su origen se ha perdido.

Mustio fanal por fuera retocado sin conocer al hombre que la mira,

sin derrumbarse entera cuando escucha que una mordaza es pan para sus hijos.

(Romancero de la defensa de Madrid)

 

 

LAMENTACIÓN

 

(Por los muchachos moros que, engañados, han caído ante Madrid)

 

En medio de este suelo se levantan como reproche amargo a mi conciencia,

 

 

 

84     Poesía como un arma

 

 

los gritos guturales de esos cuerpos tendidos para siempre en el vacío. Nadie dará sus nombres ignorados, nadie pondrá al recuerdo cinta blanca, solo en común reciben el desprecio sobre la nada de su muerte impura.

¡Oh víctimas terribles de la sangre, incautos cervatillos del desierto!

Los hoyos que os han dado como tumbas Con la sola verdad de vuestras vidas.

Nacisteis, y una mano ya acechante apagaba la luz de vuestros ojos.

Supisteis que el camello era más dulce

que el hombre cuando vuela en los espacios. Caliente está la raza dominada,

entre escombros pasados y humo denso, un castillo español os hace daño  clavado en vuestras sienes sin prestigio. Ya sé que la barbarie y vuestra furia, latiendo están su perro rencoroso,

que colocáis alegres las cabezas goteantes de horror sobre cuchillos, que desgarran la carne del contrario como una res que aplaca el apetito, y los míseros pueblos os miraron

pasar como huracán que apaga el fuego.

Conozco por rumores que se acercan la forma de ese espanto desatado,

pero, ¡oh mozos caídos, yo os defiendo!

Yo levanto mi voz sobre los restos de vuestro sacrificio miserable,

yo quiero un grave canto dedicaros

a aquel soplo de vida que habéis sido.

¡Nuestro infame dominio a que reduce

 

 

 

Poetas españoles    85

 

 

la juventud ligera de esos cuerpos!

Pudimos ser quien alumbrara un día

el libro que en sus frentes se ha dormido, pero solo nos queda la vergüenza,

el impasible reto de sus rostros

tras la muerte falaz que han encontrado. Vosotros, enemigos del desierto, juveniles  bandadas asesinas

ante los muros de una villa heroica: no habrá ese paraíso que os pregonan bajo palmas en brazos de la amada, no beberéis la leche de camella

entre cárdena luz del horizonte. Sólo la muerte impera y os aguarda, con el supremo engaño irrevocable.

(Son nombres ignorados)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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