EMILIO PRADOS

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Emilio Prados

 

 

CIUDAD SITIADA

 

Entre cañones me miro, entre cañones me muevo:

Castillos de mi razón

y fronteras de mi sueño,

¿dónde comienza mi entraña y dónde termina el viento?

No tengo pulso en mis venas, sino zumbidos de trueno, torbellinos que me arrastran por las selvas de mis nervios; multitudes que me empujan, ojos que queman mi fuego, bocanadas de victoria, himnos de sangre y acero, pájaros que me combaten

y alzan mi frente a su cielo y ardiendo dejan las nubes y tembloroso mi suelo.

¡Allá van! Pesadas moles cruzan mis venas de hierro; toda mi firmeza aguarda parapetada en mis huesos. Compañeros del presente, fantasmas de mis recuerdos, esperanzas de mis manos

y nostalgias de mis juegos:

¡Todos en pie, a defenderse!

 

 

 

122    Poesía como un arma

 

 

Que está mi vida en asedio, que está la verdad sitiada, amenazada en su pecho.

¡Pronto en pie, las barricadas, que el corazón está ardiendo! No han de llegar a apagarlo negros disparos de hielo.

¡Pronto, de prisa, mi sangre, arremolíname entero!

¡Levanta todas mis armas: mira que aguarda en el centro,

temblando, un turbión de llamas que ya no cabe en mi cerco!

¡Pronto, a las armas, mi sangre, que ya me rebosa el fuego!

Quien se atreva a amenazarme tizón se le hará su sueño.

¡Ay; ciudad, ciudad sitiada, ciudad de mi propio pecho, si te pisa el enemigo

antes he de verme muerto!

Castillos de mi razón

y fronteras de mi sueño, mi ciudad está sitiada: entre cañones me muevo.

¿Dónde comienzas, Madrid,

o es, Madrid, que eres mi cuerpo? (Romancero de la Guerra Civil española)

 

ROMANCE DEL DESTERRADO

 

¡Ay, nuevos campos perdidos, campos de mi mala suerte!

Ahí se quedan tus olivos

 

 

 

Poetas españoles    123

 

 

y tus naranjos nacientes; brilla el agua en tus acequias, surcan la tierra tus bueyes

y yo cruzo tus caminos y jamás volveré a verte.

Los tiernos brazos del trigo entre tus vientos se mueren.

¡Ay, los brazos de mi sangre son molinos de mi muerte! No tengo casa ni amigo,

ni tengo un lecho caliente,

ni pan que calme mis hambres, ni palabra que me aliente.

¡Ay, cuerpos desheredados!

¿Cómo tu cuerpo sostienes, si al que corta tus raíces

tu fresca sombra le ofreces?

Mal cuerpo me ha dado el mundo; mal árbol, que ni florece,

ni puede tener seguro fruto que en su rama crece.

¡Ay, el valor de mis manos!

¡Ay, los ojos de mi frente!

¡Ay, bajo la luz del alba!

¡Ay, bajo la sombra fuerte!

Ya siempre andarán despiertos, despiertos sin conocerme,

que solo miran al viento

por donde sus penas vienen.

¡Ay campo, campo lejano, donde mi color se muere; nunca encontrarás mi olvido si he de olvidar el perderte!

(Romancero General de la Guerra Española)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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