HAMBRE. Poemas. Arthur Rimbaud

HAMBRE
Si tengo apetito es sólo

De la tierra y de las piedras.
Yo almuerzo siempre con aire,
Hierro, carbones y peñas.
Hambres mías, girad. Hambres, cruzad
El prado de sonidos.
Atraed el veneno alegre
De los lirios.
Comed los cascotes rotos,
Piedras de viejas iglesias,
Guijas de antiguos diluvios,
Panes sueltos en grises glebas.
El lobo aullaba entre el follaje,
Las bellas plumas escupiendo
De su comida de volátiles:
Como él me estoy consumiendo.
Las ensaladas, las frutas,
Sólo esperan la cosecha;
Pero la araña del seto
No come más que violetas.
¡Que yo duerma! Que borbotee
En los altares de Salomón.
El hervor corre por la herrumbre,
Y se mezcla con el Cedrón.
Por fin, oh felicidad, oh razón, aparté del cielo el azur, que es negro, y viví, chispa de
oro de la luz naturaleza. En mi alegría, adopté la expresión más bufonesca y extraviada que
pueda concebirse:
¡Ha sido encontrada!
-¿ Qué?- La eternidad.
Es, al sol mezclada,
La mar.
Alma mía eterna,
A tu voto haz honor,
Pese a la noche sola,
Y del día al fulgor.
¡Tú te liberas, pues,
De humanos formularios,
De impulsos ordinarios!
Y vuelas al través…
-Jamás ya la esperanza.

hay orietur, te juro.
La ciencia y la paciencia,
El suplicio es seguro.
Ni un mañana queda,
Oh brasas de seda,
Vuestro arder
Es el deber.
Ha sido encontrada!
-¿Qué?- La Eternidad.
Es, al sol mezclada,
La mar.
Me convertí en una ópera fabulosa: vi que todos los seres tienen una fatalidad de
dicha: la acción no es la vida, sino una manera de estropear cualquier fuerza, un
enervamiento. La moral es una flaqueza del cerebro.
Me parecía que a cada ser le eran debidas otras vidas. Ese señor no sabe lo que hace:
es un ángel. Esta familia es una camada de perros. Ante muchos hombres, hablaba yo en voz
alta con un momento de alguna de sus otras vidas. De ese modo, amé a un puerco.
Ninguno de los sofismas de la locura -de la locura a la que se encierra-, fue olvidado
por mí; podría repetirlos a todos; tengo el sistema.
Mi salud se vio amenazada. Me invadía el terror. Caía en sopores de varios días, y una
vez levantado, continuaba con los sueños más tristes. Estaba maduro para la muerte, y por
una ruta de peligros, mi debilidad me conducía hacia los confines del mundo y de la Cimeria,
patria de la sombra y los torbellinos.
Tuve que viajar, para distraer los hechizos reunidos en mi cerebro. Sobre el mar, que
amaba como si hubiera tenido que lavarme de una mácula, veía yo alzarse la Cruz
consoladora. Había sido condenado por el arco iris. La Dicha era mi fatalidad, mi remordimiento,
mi gusano: mi vida sería siempre demasiado inmensa para consagrarla a la
belleza y a la fuerza.
¡La Dicha! Sus dientes, suaves para la muerte, me advertían al cantar el gallo -ad
matutinum, al Christus venit-, en las ciudades más sombrías:
¡Oh castillos, oh estaciones!
¿Qué alma no tiene reproche?
Estudié el mágico enigma
De la ineludible dicha.
Saludemos su regalo,
Cuando canta el gallo galo.
Ya no tendré más envidia:
Se ha encargado de mi vida.
Su hechizo el alma y el cuerpo
Cogió, y dispersó el esfuerzo.
¡Oh castillos, oh estaciones!
La hora de su fuga, ¡oh suerte!

Será la hora de la muerte
¡Oh castillos, oh estaciones!
Todo eso ha pasado. Hoy, sé saludar la belleza.

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