LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORANEA.

LITERATURA ESPAÑOLA. SIGLO XX.

El siglo XIX español se cierra con el llamado desastre del 98, la pérdida de las últimas colonias de Ultramar. La historia de España a partir de ese momento y hasta el estallido de la Guerra Civil (1936) vive un periodo de gran actividad: reinado de Alfonso XIII, dictadura de Primo de Rivera y II República española.

LITERATURA DE PREGUERRA( 1898-1936 )

En estos años (1898-1936) el desarrollo de la cultura alcanza un gran esplendor. La enorme calidad y el protagonismo de los intelectuales, literatos y artistas de la época, así como la presencia de destacadas instituciones culturales como la Residencia de Estudiantes o la Institución Libre de Enseñanza, han hecho que a esta etapa se la conozca como la edad de plata de la cultura española. Los protagonistas de estos años de actividad cultural suelen ser clasificados en grupos o generaciones: modernismo, generación del 98, novecentismo o generación de 1914, vanguardias y generación del 27.

Los miembros de la generación del 98 y los de la corriente modernista comparten el afán renovador y la necesidad de mostrar su disconformidad con la realidad que los rodea. Los primeros llevarían a cabo una profunda transformación del estilo y las técnicas literarias españolas y mostrarían su disconformidad de forma analítica, a través de la crítica y la oposición directas. Los modernistas, preocupados esencialmente por la estética, tenderían a la evasión.

Pese a que los miembros de la generación del 98, que incluye a figuras tan dispares como Miguel de Unamuno, Antonio Machado, José Martínez Ruiz (Azorín), Pío Baroja y Ramiro de Maeztu, poseían estilos muy diferentes, tenían en común, como consecuencia de su actitud crítica, una conciencia de la necesidad de liberalizar y modernizar España, así como una noción sentida y profunda de la idiosincrasia española. Los escritos de Unamuno, en concreto sus vigorosos ensayos y poemas, expresan una filosofía que tiene ciertas similitudes con el existencialismo. El paisaje, la historia, las gentes y el espíritu de Castilla reciben la expresión más auténtica de los últimos tiempos en los poemas de Antonio Machado, así como en los artículos y ensayos de Azorín. Pío Baroja, autor de los 20 volúmenes que componen las Memorias de un hombre de acción, es, para algunos, el mejor novelista español después de Pérez Galdós. Jacinto Benavente —autor de Los intereses creados (1907)— recibió el Premio Nobel de Literatura en 1922 y fue el dramaturgo español más distinguido de su época. Asimismo, el filólogo Ramón Menéndez Pidal, en sus trabajos críticos, comparte con los autores anteriores una misma visión de España.

Miguel de Unamuno

José Martínez Ruiz (Azorín),

Pío Baroja y

Ramiro de Maeztu

Antonio Machado

En este grupo suele incluirse a Ramón del Valle-Inclán, por su perspectiva del tema de España. Sus obras, que expresan la actitud artística conocida como esteticismo, es decir, la concesión de importancia primordial a la belleza, anteponiéndola a los aspectos intelectuales, religiosos, morales o sociales, hacen que Valle-Inclán sea considerado también uno de los más brillantes representantes del modernismo español.

Ramón del Valle-Inclán

Fue el poeta nicaragüense Rubén Darío el introductor de la corriente modernista en España. Su obra se caracterizó por la gran originalidad de sus imágenes, ritmos y rimas, aunque cada poeta modernista adoptaría una voz propia y original; así Manuel Machado y Francisco Villaespesa fueron los más próximos al modernismo hispanoamericano, mientras que Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez desarrollaron un lenguaje más personal y una temática diferenciadora. Algunas obras de otros escritores como Emilio Carrere o Rafael Cansinos Assens se incluyen también en esta corriente.

Rubén Darío

Manuel Machado y

Francisco Villaespesa

Emilio Carrere o

Rafael Cansinos Assens

En la segunda década del siglo XX surge un grupo de autores alrededor del pensador José Ortega y Gasset que comparten la preocupación por España de la generación anterior, pero con una mentalidad más europeísta y racional. Son los novecentistas, también conocidos como generación de 1914, por la importancia que en ellos tuvo la I Guerra Mundial. Las ideas que Ortega expuso en sus obras Meditaciones del Quijote e Ideas sobre la novela influyeron directamente sobre este grupo de jóvenes escritores, al que pertenecen nombres tan importantes de la literatura española como los del novelista, poeta y crítico Ramón Pérez de Ayala; el novelista y ensayista Gabriel Miró; el novelista, dramaturgo y crítico Ramón Gómez de la Serna —creador del género de las greguerías—, que fue el máximo exponente del vanguardismo y el expresionismo literario en España; el crítico y ensayista Eugeni d’Ors; el médico y ensayista Gregorio Marañón; y el poeta Juan Ramón Jimenez, impulsor de la poesía pura, referencia de la literatura posterior y maestro de la poesía española contemporánea, quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1956. Otros escritores de este periodo son el ensayista Salvador de Madariaga y el político, ensayista y novelista Manuel Azaña.

José Ortega y Gasset

Ramón Pérez de Ayala

Gabriel Miró;

Gabriel Miró;

Eugeni d’Ors

Gregorio Marañón

Juan Ramón Jimenez

Salvador de Madariaga

Manuel Azaña.

Las vanguardias, íntimamente relacionadas con los novecentistas por su afán de cambio estético y ético, entran en España de la mano de Gómez de la Serna y adquieren su mayor impulso con la llegada de Vicente Huidobro en 1918. A partir de entonces se configuran en España dos movimientos principales: el ultraísmo, con Rafael Cansinos-Assens y Guillermo de Torre, y el creacionismo, representado por Huidobro, Juan Larrea y Gerardo Diego.

Gómez de la Serna

Vicente Huidobro

Rafael Cansinos-Assens y

Guillermo de Torre

El contacto con corrientes vanguardistas, con lo mejor de la tradición simbolista, así como la lectura de los clásicos castellanos y la lírica tradicional, enriquecerán el lenguaje y la visión de una brillante generación de poetas, conocida como la generación del 27, que floreció a finales de la década de 1920 y durante toda la de 1930. El más conocido de estos poetas es Federico García Lorca, quien dio expresión al espíritu popular de España en sus poesías y obras teatrales con un lenguaje abiertamente simbólico y surrealista que se funde con el habla cotidiana del pueblo. La personalidad arrolladora de García Lorca, junto con la potencia y la riqueza de su inspiración, lo convirtieron en una de las máximas figuras de la literatura en España. Otros poetas destacados de esta generación son Pedro Salinas, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Rafael Alberti y Vicente Aleixandre. Asimismo, los nombres de los poetas Manuel Altolaguirre y Emilio Prados también se encuentran vinculados a este movimiento. La obra de Guillén se agrupa, bajo el título de Aire nuestro, en tres libros: Cántico, Clamor y Homenaje. Guillén tuvo que exiliarse por motivos políticos en 1939, y sus versos reflejan un pesimismo creciente. Aleixandre, que obtuvo el Premio Nobel en 1977, ejerció una considerable influencia sobre otros poetas españoles. Su obra poética, que comienza con Ámbito (1928), adapta con inmensa creatividad la experiencia renovadora del surrealismo. La influencia de esta formación generacional se reflejó en poetas del otro lado del Atlántico, como el peruano César Vallejo y los chilenos Pablo Neruda y Vicente Huidobro, entre otros.

Federico García Lorca,

Pedro Salinas,

Gerardo Diego,

Dámaso Alonso,

Jorge Guillén,

Luis Cernuda,

Rafael Alberti y

Vicente Aleixandre

Manuel Altolaguirre y

Emilio Prados

César Vallejo

Pablo Neruda

A caballo entre la generación del 27 y una voz propia, imposible de clasificar, está el poeta alicantino Miguel Hernández, quien fue elogiado de forma unánime tras la publicación de El rayo que no cesa (1936). Su trayectoria poética y su amistad con el grupo del 27 lo sitúan entre ellos, como ‘genial epílogo del grupo’, como lo calificó Dámaso Alonso. Nacido en una familia muy humilde, su formación autodidacta no le impidió elevarse como uno de los poetas más leídos en España. Algunas de sus obras, casi siempre comprometidas políticamente con el bando republicano que luchó durante la Guerra Civil, son Viento del pueblo y Cancionero y romancero de ausencias.

Además de Benavente, representante de la comedia burguesa, en estos años destacan dramaturgos como Eduardo Marquina y su teatro poético, Carlos Arniches, Pedro Muñoz Seca y los hermanos Álvarez Quintero, autores costumbristas.

Literatura de postguerra (1939-1975)

La corriente literaria iniciada por la generación del 98 se trunca durante la Guerra Civil (1936-1939), cuando la mayoría de los intelectuales fueron silenciados u obligados a tomar el camino del exilio. La literatura recuperó su vigor después de la II Guerra Mundial, con una generación nueva que tomó el relevo de la desaparecida. Véase Literatura española del exilio.

En el campo poético, la Guerra Civil provocó la ruptura y el aislamiento de los poetas españoles con el resto de la intelectualidad europea. Los poetas exiliados continuaron su obra fuera de España y otros se entregaron a un exilio interior que les permitía expresar sus sentimientos con una cierta libertad y sin temor a represalias por parte del régimen. Algunos poetas, que ya habían iniciado su carrera antes de la guerra, como Leopoldo Panero, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, José García Nieto o Luis Felipe Vivanco, optan por una recuperación de la tradición renacentista. Otros poetas, por lo general más jóvenes, buscan temas más humanos y llegan, en algunos casos, a formar una poesía de protesta social. Es el caso de Gabriel Celaya, Blas de Otero, Carlos Bousoño o José María Valverde. La generación del 36 se caracteriza por la expresión de su fe religiosa y por su intimismo. Fueron poetas disconformes con la situación política y social creada tras la Guerra Civil española, pero que en vez de enfrentarse con el régimen establecido optaron por una poesía personal y sincera sobre la naturaleza, la fe religiosa y otros temas íntimos. En estos años destacan otros nombres como los de Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory, fundadores del grupo vanguardista conocido como postismo, así como los de los poetas Victoriano Crémer, Rafael Morales, Vicente Gaos o Eugenio de Nora.

En la década de 1950 aparece una serie de poetas que dan una gran importancia al sentido social de la poesía y a los valores de la vida cotidiana. Con estos puntos en común surge, alrededor de Carlos Barral, el llamado ‘grupo de Barcelona’, al que pertenecen José Agustín Goytisolo o Jaime Gil de Biedma. Paralelamente, se desarrolla la trayectoria de otros poetas ilustres, como Ángel González, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, Francisco Brines o José Manuel Caballero Bonald, conocido posteriormente también por su obra narrativa. Asimismo, hay que mencionar a José Hierro, cuyos versos representan el antiesteticismo, el compromiso social y la preocupación por España que caracterizan a otros poetas del momento. Entre los numerosos poetas surgidos a partir de la década de 1960 cabe destacar a Antonio Colinas, Jaime Siles o Luis García Montero, así como a los jóvenes poetas incluidos en la antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles (1970), conocidos, por ello, como el grupo de los novísimos: José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Antonio Martínez Sarrión, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix, Leopoldo María Panero y Manuel Vázquez Montalbán, poetas que en aquella época significaban fundamentalmente modernidad e intuición estética. Aunque algo más jóvenes, en estos años comienzan a destacar también Luis Alberto de Cuenca, Andrés Sánchez Robayna y Luis Antonio de Villena, que ha desarrollado también una importante obra narrativa.

En cuanto a la novela de esta época, en los primeros años de la posguerra encontramos a autores como Juan Antonio de Zunzunegui y otros que representan la estética falangista imperante, como Rafael Sánchez Mazas, Max Aub o Gonzalo Torrente Ballester, que se dio a conocer en este momento, aunque su obra se extiende a lo largo de los años. Su trilogía llamada Los gozos y las sombras podría considerarse uno de los primeros éxitos de ventas de la literatura española. Después con La saga/fuga de J.B. abre el camino de fantasía y realidad entremezcladas que seguiría Álvaro Cunqueiro. Una de las mejores novelas de Francisco Ayala, crítico y sociólogo además de novelista, es Muertes de perro (1958), que describe el mundo esperpéntico de una dictadura americana. Las novelas La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela, y Nada (1944), de Carmen Laforet, figuran entre las más destacadas de un nuevo tipo de realismo conocido como tremendismo, que se caracteriza por la presencia del antihéroe y la insistencia en los aspectos más sórdidos y desagradables de la vida. Cela, galardonado con el Premio Nobel en 1989, escribió novelas de estilos muy diferentes y es también conocido por sus libros de viajes. La colmena (1951) es, para algunos, su mejor novela. En la década de 1950 hay que mencionar también a los narradores Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite y Juan García Hortelano.

Una variante más tradicional de realismo es la que representan las obras de escritores como José María Gironella, autor de Los cipreses creen en Dios (1953), que inauguró una saga de conflictos familiares que simbolizan las disputas políticas que condujeron a la Guerra Civil española. Miguel Delibes destaca por sus libros de viajes y novelas realistas, entre las que sobresalen La sombra del ciprés es alargada (1948) y Cinco horas con Mario (1966). Ana María Matute, que ingresó en la Real Academia Española en 1996, y que suele emplear un realismo exagerado pese a sus arranques líricos, encuentra en la infancia uno de sus temas habituales y es autora de libros como Los niños tontos (1956) y Primera memoria (1959). El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, es una novela objetiva en extremo, de estilo innovador en su época que su autor no tardaría en abandonar. Las novelas de Juan Goytisolo abordan problemas existenciales y son un alegato contra el vacío histórico de la sociedad española; entre sus obras más famosas se encuentran Reivindicación del conde don Julián (1970) y Paisajes después de la batalla (1982). Entre las novelas de Ramón J. Sender, considerado por algunos como el novelista más importante de esta generación, se incluyen Mr. Witt en el cantón (1935), Crónica del alba (1942) y Réquiem por un campesino español (1960). En 1962, Luis Martín Santos con su novela Tiempo de silencio desmontó la novela tal y como se conocía hasta

entonces, y Juan Marsé, con Últimas tardes con Teresa (1965) abrió un camino hacia la novela crítica y creativa. Por otro lado, merecen destacarse algunos nombres en el terreno del ensayo, como los de los filósofos Julián Marías, José Gaos o María Zambrano, discípulos de Ortega y Gasset, el del escritor y crítico literario Ricardo Gullón y el del filólogo e historiador Américo Castro.

El mismo proceso que siguió la poesía posbélica se puede observar en la narrativa de este periodo. Pero en este caso las influencias foráneas desde James Joyce a William Faulkner, John Dos Passos, Franz Kafka o André Gide supusieron innovaciones temáticas y estilistas, cuyo resultado fue una rica diversidad de obras y autores, de tal manera que se puede afirmar que de “los cinco millones de procedimientos que hay para contar una historia —según Henry James— se están empleando todos”. Así, la experimentación y la búsqueda de nuevas técnicas y formas de expresión dominan la narrativa en los primeros años de la década de 1970, para, posteriormente, ir dando paso a enfoques más intimistas e incluso líricos. Algunos de los narradores mas destacados de estos años son Manuel Vázquez Montalbán, que a pesar de darse a conocer como poeta, se convirtió en uno de los principales representantes de la novela policiaca y de intriga; Eduardo Mendoza, autor de La verdad sobre el caso Savolta (1975), considerada punto de partida de la

narrativa actual española; Luis Mateo Díez, o Soledad Puértolas.

En relación al teatro, dejando a un lado las tragedias líricas y simbólicas de García Lorca, durante la posguerra se prolonga la comedia intrascendente y el drama. Algunos de sus creadores son José María Pemán o Edgar Neville. La comedia encuentra sus máximos representantes en Enrique Jardiel Poncela y más tarde en Miguel Mihura. Cabe citar también a Alejandro Casona, de cuyo simbolismo es muestra La dama del alba (1944), y a Antonio Buero Vallejo, cuya Historia de una escalera (1949) es un buen ejemplo de su teatro realista con alusiones existencialistas. La producción más comercial viene de la mano del prolífico Alfonso Paso y de sus comedias de enredo. También son dignos de mención Alfonso Sastre (Escuadra hacia la muerte, 1953), Lauro Olmo (La camisa, 1962), y Fernando Arrabal, representante del llamado teatro pánico, que revolucionó la escena española de la década de 1960. En los años posteriores desarrollaron su actividad dramática autores como Ana Diosdado, José Ruibal o José Matilla.

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