LITERATURA CLASICA. POR GERMAN HERRERA J.

LITERATURA DE LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA

Por German Herrera J

L i t e r a t u r a d e l a a n t i g ü e d a d c l á s i c a

1

PEQUEÑA GUÍA DE LA LITERATURA GRIEGA Y ROMANA

L i t e r a t u r a d e l a a n t i g ü e d a d c l á s i c a

2

ÍNDICE*

PREFACIO………………………………………………………………………………………….. 11

PRIMERA PARTE

INICIACIÓN A LA LITERATURA GRIEGA

INTRODUCCIÓN

Grecia y Europa…………………………………………………………………………………….. 17

Influencia del factor geográfico y social en la obra literaria de los griegos… ….. 19

Forma literaria y métrica. Importancia de los dialectos griegos . ………………… 22

La transmisión de la literatura antigua ………………………………………… 25

Breves indicaciones acerca de la lectura de la poesía antigua ………………….. 28

LA EPOPEYA. HOMERO, LOS HIMNOS HOMÉRICOS. HESIODO

Enjuiciamiento de la epopeya homérica a través de los tiempos ……………….. 32

El poeta Homero y la «cuestión homérica». ……………………………………….. 33

Aspecto histórico de la «cuestión homérica». …………………………………………. 35

Contenido de la Ilíada y la Odisea. ………………………………………………………… 38

Los libros de la Odisea ……………………………………………………………………… 40

Los himnos homéricos, las epopeyas cíclicas y la Batracomiomaquia………… 45

El estilo épico y la imagen homérica del hombre. . ………………………………….. 45

La religión homérica y su influencia en las artes plásticas. ……………………….. 47

Hesiodo…………………………………………………………………………………………….. 48

LA FILOSOFÍA

Del mito al logos ………………………………………………………………………………… 51

Los presocráticos………………………………………………………………………………… 52

La sofística y Sócrates ……………………………………………………………………….. 61

Platón ………………………………………………………………………………………………. 70

Su vida ……………………………………………………………………………………………. 70

Filosofía de Platón ………………………………………………………………………….. 73

Escritos de Platón …………………………………………………………………………….. 75

Influencia de Platón en la posteridad……………………………………………………. 81

La consideración realista del mundo: Aristóteles. ……………………………………. 83

Importancia de Aristóteles para la Edad Media . …………………………………….. 86

Desenvolvimiento de las Ciencias Naturales y de la Medicina. …………………. 87

* La paginación corresponde al libro original, no a esta edición digital [Nota del escaneador].

LA HISTORIOGRAFÍA

Los comienzos del pensar histórico ………………………………………………………. 91

Herodoto ………………………………………………………………………………………….. 94

Tucídides ………………………………………………………………………………………….. 95

Jenofonte …………………………………………………………………………………………. 97

Escritos históricos…………………………………………………………………………….. 99

Escritos filosóficos …………………………………………………………………………… 102

Apéndice: Ojeada a la Oratoria ………………………………………………………….. 103

Lisias ……………………………………………………………………………………………… 104

Demóstenes ……………………………………………………………………………………. 107

EL DRAMA

La representación de los dramas. El teatro. Los actores. ………. …………….. 109

Historia de la tragedia. De la lírica coral al drama………………………………….. 111

Estructura externa de la tragedia. ……………………………………………………. 114

Esencia de la tragedia……………………………………………………………………… 115

Los medios técnicos del poeta para realce de los efectos escénicos ………… 116

Los grandes trágicos………………………………………………………………………. 118

Esquilo…………………………………………………………………………………………… 118

Sófocles ………………………………………………………………………………………… 119

Eurípides………………………………………………………………………………………… 121

Ojeada al desarrollo de la comedia. ……………………………………………………. 124

SEGUNDA PARTE

INICIACIÓN A LA LITERATURA ROMANA

INTRODUCCIÓN

Bases sociales y económicas del genio romano. ………………………………… 129

Vida campesina – vida militar – vida política ……………………………………… 130

Características del espíritu romano ……………………………………………………. 130

La lengua latina ………………………………………………………………………………… 132

Roma y Europa………………………………………………………………………………. 133

ROMA ANTIGUA. LOS COMIENZOS DE LA LITERATURA ROMANA … 135

Plauto …………………………………………………………………………………………… 137

Terencio………………………………………………………………………………………… 138

ROMA Y LA HÉLADE……………………………………………………………………. 139

Marco Tulio Cicerón ………………………………………………………………………. 141

Vida …………………………………………………………………………………………… 143

Obras ………………………………………………………………………………………….. 145

La oratoria ……………………………………………………………………………………. 145

Discursos contra Verres ……………………………………………………………….. 145

De imperio Cn. Pompeii ……………………………………………………………….. 147

Las Catilinarias …………………………………………………………………………… 149

Escritos filosóficos de Cicerón………………………………………………………… 152

Importancia de la filosofía para Roma …………………………………………. 152

El cinismo ………………………………………………………………………………… 154

El pórtico …………………………………………………………………………………… 155

El epicureismo ……………………………………………………………………………. 157

Obras monográficas …………………………………………………………………….. 159

Escritos retóricos. ………………………………………………………………………… 161

Varrón………………………………………………………………………………………… 161

LA ÉPOCA REVOLUCIONARIA…………………………………………….. 163

César ………………………………………………………………………………………… 166

Breve resumen de la vida de César ……………………………………………… 166

La Guerra de las Galias ………………………………………………………………. 168

Salustio…………………………………………………………………………………. 171

Tácito …………………………………………………………………………………….. 173

LA ÉPOCA DE AUGUSTO. LA PAZ AUGUSTA. …………………………. 175

Virgilio ………………………………………………………………………………………. 177

Las Églogas o Bucólicas …………………………………………………………….. 179

Las Geórgicas …………………………………………………………………………. 181

La Eneida …………………………………………………………………………………. 182

Intepretación virgiliana del genio romano……………………………………… 185

Virgilio y sus modelos; su forma expositiva y su lenguaje ……………….. 188

Livio ………………………………………………………………………………………. 193

Horacio …………………………………………………………………………………. 199

La lírica romana. Los neotéricos. Cátulo…………………………………….. 200

Los épodos …………………………………………………………………………….. 202

Las odas ………………………………………………………………………………. 203

Otras obras……………………………………………………………………………. 208

Ovidio…………………………………………………………………………………… 209

En el presente estudio sefrece la base para un conocimiento de las dos grandes ramas de la literatura clásica: la griega y la latina. Ramas que forman, en el fondo un conjunto unitario, un mutuo complemento. El genio griego, expuesto constantemente a la disgregación a causa de su marcado

particularismo, necesitaba de una expansión mundial y de una nueva interpretación a través del Imperio Romano universal. La época clásica, cuyo influjo todos llevamos impreso de forma consciente o inconsciente, es tratada aquí como un actuante sustrato que penetra todas las épocas y les da forma a compás de sus posibilidades internas. La selección de obras y autores presentada se ha establecido partiendo de aquellos cuya influencia espiritual en épocas posteriores ha contribuido a sentar las bases de la unidad de la conciencia cultural europea.

A todos los amantes de la Antigüedad

PREFACIO

Este libro va dirigido a todos los amantes de la Antigüedad que deseen trabar un conocimiento más íntimo con los antiguos, ya sea a base de un cuadro de conjunto, como el que aquí se ofrece, ya sea mediante lecturas de los textos originales o bien con auxilio de sus traducciones. Para prevenir cualquier mal entendido, precisa hacer constar que este tomito no pretende ser una historia literaria que pueda utilizarse como obra de consulta, sino un libro de lectura, un modesto guía, que, más que otra cosa, se propone promover sugerencias y divulgar las bellezas de la literatura antigua.

Pensamos también, aquí, en los viajeros mediterráneos que no quieren reducir su contacto con la Antigüedad a la arquitectura y las artes plásticas, sino que ambicionan tener una visión de Grecia o de Roma en una aprehensión sinóptica más amplia y más profunda. A primera vista, puede parecer extraño haber reunido en un solo tomo una introducción a la literatura griega y romana. El autor

parte de la idea de que es preciso concebir a los antiguos unitariamente; Grecia y Roma se completan mutuamente. El genio griego expuesto constantemente a la disgregación, a causa de su marcado particularismo, necesitaba de una expansión mundial y de una nueva interpretación a través del Imperio Romano universal.

En una época en que nos amenaza a todos la espada de Damocles de la destrucción total por una guerra atómica, en una época que no sabemos a dónde nos conduce, una nueva reflexión sobre los valores vitales de los antiguos puede presentarse como un imperativo de actualidad. La era clásica,

cuyo influjo llevamos todos impreso en nosotros, consciente o inconscientemente, no será tratada aquí como un pasado muerto ni como una edad de oro ideal, sino como una especie de fermento, de substrato actuante que penetra todas las épocas y les da forma a compás de sus posibilidades

internas. Puesto que nuestra exposición no pretende ser una historia literaria, renuncia de antemano a ser una obra íntegra: en vano se buscarán en ella nombres raros. Nuestro esfuerzo va dirigido a presentar meramente una selección de aquellos autores y obras que más han influido en la vida espiritual

de las épocas ulteriores, contribuyendo así a sentar las bases de la unidad de la conciencia cultural europea; es fácil comprender que, hoy más que nunca, es menester insistir en las comunes bases culturales de Europa. Naturalmente, la selección de los escritores y el hecho de destacar éste o aquél, tendrán que ser siempre y en última instancia de carácter subjetivo; pero los antiguos son tan

ricos en posibilidades intrínsecas, que cada uno ha de buscar en ellos lo «suyo». Escritores como Calímaco, Teócrito, Plinio, Petronio, etc. que no pudieron ser objeto de una exposición especial, se citan y reseñan debidamente donde se ha creído necesario para la comprensión del conjunto y se registran en el índice de nombres y materias.

Apuntamos a los citados objetivos de promover sugerencias y vulgarizar la belleza de la literatura antigua, mediante el cumplimiento de los siguientes requisitos: insistir cuanto es posible en los estrechos vínculos de la materia expuesta con la historia general de la cultura, pues es impracticable una comprensión profunda de la literatura sin el conocimiento de determinados

fenómenos de índole cultural; destacar las numerosas relaciones entre lo expuesto en cada caso con otros productos literarios clásicos o postclásicos (en especial alemanes). Sirven a los mismos objetivos extensas muestras de textos originales así como, con dichas muestras, referencias precisas para la localización de los pasajes anotados, con el fin de facilitar al lector su hallazgo y lectura en contextos más amplios.

En la parte griega se reveló, por sí misma, la necesidad de una clasificación de los géneros literarios, con lo cual se renuncia a una exposición especial de la literatura helenística. Sin embargo, ésta se cita y se pone de relieve con tanta frecuencia, que las reiteradas alusiones a la misma acaso consigan dar de ella una imagen conclusa.

En la parte romana, la clasificación en géneros literarios se mostró inadecuada a nuestros fines.

Los romanos, en efecto, no elaboraron, por sí mismos, la mayor parte de las formas literarias, sino que las importaron de Grecia, y de la influencia formativa ejercida por ésta sobre Roma, se puede dar, de otra manera, una idea mucho más acertada. Por otra parte, en una clasificación en géneros literarios, la obra de personalidades multifacéticas, como Cicerón, habría tenido que ser fraccionada de forma nada conveniente. De ahí que se impusiera el requisito de la exposición de la literatura romana desde otros puntos de vista. La división en épocas, «Roma antigua», «Roma y la Hélade», «La épica revolucionaria», «La época de Augusto», se acomoda mejor a nuestras necesidades y, por otra parte, permite destacar, de una manera más patente, la penetración gradual de Roma por el genio griego (versio, imitatio, aemulatio). No se dedica ningún capítulo especial a la exposición de la literatura de la época imperial, pero las referencias a este período de madurez son tan abundantes en los capítulos de esta obra, que es de esperar no se repute deficiencia la falta de una síntesis de la

época aludida.

La finalidad que se propone este libro se hallará cumplida a satisfacción si la lectura de sus páginas suscita en el lector la intuición de nuevas relaciones, le lleva a tomar contacto con la Antigüedad con un enfoque hasta ahora inédito y provoca en él el deseo de conocer, de una manera más precisa, tal o cual obra literaria.

Unas palabras aún acerca de la ortografía de los nombres propios: hemos evitado de una manera expresa transcribir los nombres en su forma griega o latina. Nos hemos atenido a la estructura verbal de éstos, que se ha hecho corriente en las historias literarias clásicas al uso: Demócrito, Hesiodo, Horacio en vez de Demokritos, Hesiodos, Horatius.*

* Como el lector comprobará la transliteración de los nombres propios que sigue el traductor de la edición española tampoco es muy ortodoxa, pero la hemos dejado inalterada [Nota del escaneador].

PRIMERA PARTE

INICIACIÓN A LA LITERATURA GRIEGA

INTRODUCCIÓN

La belleza del arte / que a los hombres el mundo / muestra bajo la luz de la

transfiguración / potenció a menudo el valor de las cosas / y presentó lo increíble

/ como creíble. / Mas la posteridad es juez infalible.

PÍNDARO, Olímpicas I, 30 y sig.

GRECIA Y EUROPA

Al emplear los nombres griegos épica, lírica y dramática para nuestros géneros literarios modernos, muéstrase ya, en tales denominaciones, la influencia básica ejercida por los helenos en nuestros conceptos literarios. Ampliemos esta observación a todos los dominios de la vida, de la «teoría» a la «práctica», de la «Teología» y la «Filosofía» a la «técnica —vocablos todos ellos extranjeros, de origen griego— y tendremos de una vez una visión clara de la enorme significación de la Grecia antigua para todas las épocas ulteriores, hasta llegar a nuestra vida moderna, con la particularidad, además, de que no sólo hemos recibido las palabras sino también los conceptos y, con éstos, los modos correspondientes de pensar. A decir verdad, la lengua es aquí sólo la pauta

exterior y visible, algo así como la aguja en el cuadrante, que registra para nosotros nexos mucho más profundos. Es significativo el hecho de que la epopeya, la lírica, la dramática y la retórica no aparecieran al mismo tiempo sino sucesivamente: cada uno de estos géneros representa un modo

totalmente peculiar de acomodarse al mundo y a la propia interioridad. La historia de la literatura es, al propio tiempo, una explanación del desenvolvimiento humano. La cuestión de cómo el pensamiento griego consiguió dar el paso decisivo al otro lado de la frontera donde cesa la oscura

sumisión religiosa, la increíble sujeción a las representaciones míticas, y se inicia el descubrimiento del alma, de la personalidad, ejercitándose el pensar lógico que elige sin trabas sus propios objetivos y, por lo mismo, el goce de la libre investigación, sólo podrá ponerse en claro de una manera conveniente en el curso de los próximos capítulos. Tarea principal de este libro será

mostrar, con pocas palabras, que la Antigüedad no es un pasado muerto —una época no «muere» como un ser humano; una época se desborda trascendiendo a otros tiempos— sino que conserva la virtud de obrar sobre nosotros, inspirándonos y vivificándonos. Cuestiones tales como el valor de la

democracia, el problema de las generaciones y el puesto del hombre en el cosmos, es decir, problemas que nos son plenamente familiares y actuales, son tratados en la literatura griega con una originalidad e imparcialidad tales, que nos salen al paso en cierto modo como problemas primarios, para los que hay que buscar una y otra vez renovadas soluciones. Muchos de nuestros logros, sólo modernos en apariencia, como la teoría de la evolución, la hipnosis, la construcción de máquinas, el tráfico de viajeros, las guías de viaje, etc., tienen su origen, en última instancia, en un descubrimiento griego, de suerte que con frecuencia no hacemos otra cosa que repensar, ampliando o revalorizando aquello que los antiguos pensaron de antemano para nosotros. El tema propiamente

tal, se ha dado con reiteración; nosotros nos limitaremos ahora a introducir en él algunas nuevas variantes.

INFLUENCIA DEL FACTOR GEOGRÁFICO Y SOCIAL EN LA OBRA LITERARIA DE LOS GRIEGOS

Un problema que se plantea cada nueva generación es el de las causas e impulsos que, en el curso de pocos siglos, capacitaron al pueblo griego para las más altas realizaciones intelectuales y artísticas. é Radican tales causas e impulsos en las particulares disposiciones de los helenos, en las

circunstancias favorables de los tiempos, en el mundo circundante, en las características del país o hay que buscarlas en la feliz conjunción de todos estos factores? A tales problemas no se les puede encontrar una solución válida de tipo general, con lo cual no resta otro recurso que considerar, atenta y escrupulosamente, el total complejo problemático como otro misterio insondable y en última instancia insoluble.

Sin embargo, cabe señalar que toda obra creadora importante requiere una cierta disposición espiritual, una tensión interna o externa. No es ningún azar el que las grandes culturas antiguas, como la egipcia o la sumeria, no hayan aparecido en tierras tropicales o subtropicales, donde el hombre lo consigue todo sin esfuerzo, sino en países pobres o poco fértiles donde el hombre,

sabiéndose en conflicto con la naturaleza, tiene que arrancar penosamente al suelo sus productos mediante un trabajo organizado conforme a un plan. De esta manera, en su adaptación al mundo en torno, se ve forzado a poner a contribución sus potencias creadoras.

En los griegos de la época arcaica ¿residía acaso la mentada tensión en el antagonismo existente entre los inmigrantes indogermánicos y la mediterránea cultura cretense que gozaba de un alto grado de desarrollo? ¿No ejerció en tal sentido una influencia el mar, con sus profundos y recortados golfos, con sus salientes penínsulas, el mar que separa y une (1) a un tiempo? ¿No

constituye, principalmente en el grupo insular egeo, un característico campo de tensiones la asociación de la proximidad terrestre y la lejanía azul marina? Tales cuestiones se plantean mejor que se solucionan. En todo caso, un factor constitutivo de tensiones es la estructura extraordinariamente montañosa del suelo, la cual divide el país en una serie de regiones relativamente incomunicadas entre sí: habitaciones sin pasillos o sólo con minúsculas puertas.

Gracias a esta mutua incomunicación, las tribus griegas pudieron desarrollar sus peculiares características regionales; consecuencia de aquélla fue un marcado y sólido patriotismo local, que se acentuó todavía más por obra del sistema político griego (polis significa tanto «ciudad» como «estado»); cada ciudad griega tenía su propia moneda y, con frecuencia, un sistema distinto de

pesas y medidas. La vecindad era ya «extranjero». Para el suizo, dicho particularismo no es nada nuevo. Pero mientras en Suiza queda acentuado por la organización política confederativa y, al propio tiempo, puesto al servicio del todo, para los griegos significaba, a la par, afianzamiento y peligro: el fraccionamiento regional mueve y aun obliga al acuerdo, pero a veces imposibilita la unión en un todo. En definitiva, la Grecia antigua naufragó políticamente por su incapacidad de unión (recuérdese su dependencia de Macedonia).

Otro factor constitutivo de tensiones, sin el cual habría sido imposible el desenvolvimiento de la cultura griega, es el principio agonístico —principio de rivalidad— que abarca todos los dominios de la vida (es significativo que el griego agon, que equivale a «rivalidad», denote también «litigio»). Este principio se cumple en los juegos griegos en común, en las representaciones

dramáticas, en el Gymnasion (2), en la Palaistra (3) y en la judicatura. Puede decirse, sin exageración, que el griego, hasta cierto punto, concebía la vida entera deportivamente. Los griegos se comparan y se miden con el prójimo y esto les estimula al máximo rendimiento. Este principio de

1 En Grecia une también, pues son muchas las regiones a las cuales se llega más fácilmente por vía marítima que por tierra.

2 Escuela de deportes.

3 Escuela de lucha, campo de lucha.

la rivalidad, vigente en los primeros tiempos en los círculos aristocráticos —«ser siempre el primero y procurar adelantar a los demás» (Ilíada, libro 6, 208)— se extiende después a todas las capas de la sociedad y encuentra su expresión en las competiciones deportivas y musicales que se celebran cada cuatro años: las olimpíadas (1) (en Olimpia), las pitias (en Delfos —de índole especialmente

musical), las ístmicas (en el istmo de Corinto) y las nemeas (en el Peloponeso).

Sin estos juegos y la vida deportiva —que había de ejercer una influencia nada desdeñable en las artes plásticas— apenas podríamos formarnos una ideal cabal de Grecia, aun cuando el deporte —lo mismo que hoy— degenera a menudo en profesionalismo y superlativa valoración de la fuerza

muscular.

FORMA LITERARIA Y MÉTRICA. IMPORTANCIA DE LOS DIALECTOS GRIEGOS

Nos impresiona hasta el asombro el hecho de que cada género literario griego se nos presente, no sólo con su métrica propia (tratándose de poesía), sino también con su peculiar dialecto.

El verso épico es el hexámetro que más adelante se emplea asimismo en la llamada poesía didáctica. El hexámetro y el pentámetro constituyen juntos el dístico, que presenta la forma de elegía. Parece que la elegía fue, en su origen, un planto lírico con acompañamiento de flauta; más adelante, la forma elegíaca se empleó también en poemas de contenido diferente, por ejemplo el

desafío (el poeta Tirteo), la reflexión política (Solón) y la filosofía práctica (Teognis). El metro elegíaco lo encontramos igualmente en la poesía erótica (por ejemplo, en los romanos Propercio y Tíbulo, de la época de Augusto). También el epigrama se sirvió del dístico. Como indica su nombre, el epigrama no era al principio más que una inscripción de las ofrendas sagradas, tumbas, etc., pero más tarde se convirtió pronto en un género literario propiamente tal, que, en forma breve y aguda, daba expresión a pensamientos de varia índole, como crítica literaria, sátira, etc. (Maestros del epigrama fueron Simónides, autor del famoso epigrama a la muerte de los espartanos de las Termópilas y el alejandrino Calímaco, 310-240 a. de C. aproximadamente).

Los ritmos de la lírica, de la lírica coral y los cantos corales del drama presentan una gran variedad y son en extremo complicados. El verso coloquial del drama es el trímetro yámbico; el yambo era originariamente el verso de la sátira (Arquíloco de Paros, hacia 65o a. de C.).

La mayor parte de los géneros literarios tienen no sólo su propio metro, sino también su dialecto peculiar. Imagínese, a modo de comparación, una literatura alemana en la que la epopeya se hubiese escrito en bernés, la sátira en dialecto basileo y el canto báquico en bávaro. Nuestros estudiantes de enseñanza media no estudian «griego» en sí, sino un dialecto griego: el ático. Imaginémonos una

región idiomática que, como Suiza, esté dividida en numerosas zonas lingüísticas, cuyos pobladores no siempre se entienden fácilmente y tendremos una representación aproximada de la efectiva situación lingüística de la antigua Grecia.

El ático se hablaba en la península de Ática y especialmente en la gran ciudad de Atenas. En dialecto ático escriben sus tragedias y comedias los dramaturgos como Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes (excepto el canto coral que es dórico), en ático hablan oradores como Demóstenes y Lisias; del idioma ático se sirven los grandes pensadores Platón y Aristóteles, así como los historiadores Tucídides y Jenofonte. Estrechamente emparentado con el ático es el dialecto jónico que se hablaba en Eubea, las Cícladas y en la región central de la costa occidental de Asia Menor.

En dialecto jónico arcaico (con algunas formas y palabras aisladas eólicas) se escribieron los poemas épicos homéricos Ilíada y Odisea, y en jónico escribió también Herodoto su obra histórica; el mismo dialecto lo pus Hippocraticum. El dórico se hablaba en algunas regiones de la Grecia Central, en todo el Peloponeso, excepto la montañosa Arcadia, en la costa suroccidental de Asia

Menor, en algunas ciudades de Sicilia y de Italia Meridional. Los cantos corales del drama se escribieron en dórico estilizado. La zona del dialecto eólico se extendía por el norte de Grecia, la

1 Presunto comienzo de las olimpíadas: 776 a. de J. C. Cese de las mismas 393 d. de J. C., por orden del emperador

Teodosio (postura negativa del cristianismo frente al deporte). Reaparición en tiempos modernos: 1894.

isla de Lesbos y la costa noroeste de Asia Menor; se sirvieron de este dialecto los poetas lésbicos Safo y Alceo. Con el eólico se relacionaba el dialecto beocio un tanto amazacotado, algo así como el «alemán bernés de la Grecia antigua».

Después de las expediciones de Alejandro el Grande, en la época helenística, convivían, en las grandes ciudades de nueva creación, griegos de toda procedencia, y desaparecieron los dialectos para ceder el paso al koine, lengua griega común, que, como hoy el inglés, se convierte en lengua universal de la que se sirven los no griegos, como judíos, egipcios y romanos. Hoy podemos (y

tenemos) que constatar hasta qué punto nuestras grandes ciudades modernas ofician también de crisoles de fusión lingüística. El Nuevo Testamento está redactado en koine.

Del koine salió, en la Edad Media, el bizantino medieval, que contenía gran cantidad de vocablos latinos, pues Bizancio (Constantinopla) era la capital del Imperio Romano Oriental. El bizantino vino a constituir la base del griego moderno actual. En rigor, no hay una sino dos lenguas griegas modernas que coexisten una junto a la otra: la pura o literaria y la popular. La lengua literaria está ampliamente basada en el léxico griego antiguo; quien domina el griego antiguo está en situación de poder leer pasablemente un periódico griego actual. En cambio, le será difícil su comunicación verbal con el pueblo, puesla lengua vulgar se basa en un vocabulario que con frecuencia se diferencia mucho del griego antiguo; además, la pronunciación del griego moderno se aparta

considerablemente de la del griego antiguo.

LA TRANSMISIÓN DE LA LITERATURA ANTIGUA

¿Cómo llegaron hasta nosotros los autores griegos y romanos?

Pensemos en un hallazgo arqueológico, por ejemplo, una vasija o una estatua. Aquí, las circunstancias de la transmisión son sencillas: bajo tierra, en unas ruinas o en el fondo del mar, el objeto puede haberse conservado más o menos intacto.

Las cosas ocurren de otro modo cuando se trata de obras literarias. Las necesidades de una gran masa de lectores y lo poco resistente del material empleado, imponían incontables copias de una misma obra. Ya estas copias, a través de varias generaciones, representaban en cierto modo una

fuente de errores. Los materiales de escritura de los tiempos antiguos eran pieles de animales preparadas (diphtera, una especie de pergamino), tablas de arcilla, cera y, más adelante, papiro, importado principalmente de Egipto. Dice la leyenda que cuando Alejandría se enemistó con Pérgamo y cortó la exportación de papiro, los habitantes de esta ciudad se esforzaron en obtener un nuevo material para la escritura y descubrieron el pergamino, nombre derivado del de la ciudad en que tuvo su origen. Mientras los «libros» hechos con papiro eran propiamente rollos; que se desarrollaban al leerlos y que, para su mejor conservación, se envolvían en un palo, las hojas de pergamino se colocaban entre dos cubiertas de madera, con lo cual se originó la forma primitiva de

nuestro libro actual. Los editores y libreros antiguos (como Ático, amigo de Cicerón) poseían talleres especiales con esclavos propios que hacían copias de las obras originales. La biblioteca más importante de la Antigüedad se encontraba en Alejandría y contaba con unos 700.000 «volúmenes».

El hecho de que dicha biblioteca fuese consumida por las llamas durante la guerra civil romana (47 a. d. C.) y que lo que de ella quedó fuese destruido en la era cristiana, representó una pérdida irreparable para el conocimiento de la Antigüedad.

El siglo sexto después de Cristo fue decisivo para la suerte de la literatura antigua. En los primeros tiempos, después de la invasión de los bárbaros, el interés por la literatura antigua fue muy escaso entre el término medio de la población. Eran sobre todo los círculos eclesiásticos los que disponían de la formación necesaria para seguir cultivando la literatura. ¿Qué habría ocurrido si los monjes de Occidente se hubiesen entregado a una vida contemplativa como los de Siria y Egipto?

En Occidente, tomaron la iniciativa sobre todo Casiodoro, jefe de la cancillería del rey godo Teodorico, y Benito de Nursia. Parece un símbolo de la historia el hecho de que, en el mismo año en que en Oriente se cerraba la Academia platónica (529), Benito fundara su abadía de Monte Cassino: una especie de relevo de la guardia de la cultura antigua por la cristiana.

Benito y Casiodoro se convirtieron en salvadores y custodios de la cultura antigua, al recomendar a los monjes, junto a los trabajos físicos, la dedicación a la cultura antigua y, sobre todo, la copia de obras literarias.

Así fue como los escritos de los autores antiguos fueron conservados para nosotros, principalmente en forma de manuscritos medievales. Un manuscrito de esta clase se llama Codex (plural: codices). Algunos códices contienen un escrito doble: el texto original antiguo fue borrado y encima se escribió otro nuevo, las más de las veces de contenido religioso. Mediante la radioscopia puede hacerse visible el texto primitivo. Un manuscrito de escrito doble del tipo

indicado recibe el nombre de palimpsesto. Como sea que los manuscritos aislados, a con- secuencia de errores de copia o interpolaciones y tachaduras ulteriores, presentan distintas versiones, el filólogo intenta reconstruir el llamado arquetipo, basándose en las faltas y divergencias que se repiten, labor parecida, dicho sea de paso, a la que tiene que desarrollar el profesor, que, al corregir

trabajos escritos, quiere averiguar el origen y la difusión de las palabras y giros copiados. Otras cuestiones, como las relativas a la forma y a la crítica de los textos, no entran en el marco de nuestra introducción. Unos pocos manuscritos proceden de las postrimerías de la Antigüedad; además, se han conservado en condiciones favorables toda una serie de papiros literarios de Egipto. Los

griegos y romanos no conocieron al principio más que las letras mayúsculas; las minúsculas no aparecieron hasta épocas ulteriores con la letra cursiva. Como es natural, con el advenimiento de la imprenta, en el siglo XV, termina paulatinamente la actividad de los copistas.

En tiempos de Petrarca (1304-1374), se origina en Italia el Humanismo, movimiento que, en oposición a la Alta Edad Media, busca un nuevo y más profundo contacto con los escritos de la Antigüedad. Resuena entonces el grito de ad fontes (¡Vuelta a los orígenes!) Se empiezan a estudiar antiguos manuscritos largo tiempo olvidados; los escritores antiguos son reeditados y comentados y, sobre todo, en oposición al latín medieval («latín de convento»), se concentran los esfuerzos en la restauración de un estilo de escritura clásica. Cicerón es el autor admirado y constituye un timbre de honor escribir un latín de máxima calidad ciceroniana. Al intentar cumplir tal empeño, algunos

humanistas rozaron a menudo los límites del ridículo, cuando, por ejemplo, evitaban, meticulosos, determinadas formas latinas que (¡casualmente!) no aparecían en Cicerón. La conquista de Bizancio por los turcos (1453) dio un considerable impulso a la renovación en Europa de los estudios de

literatura griega. Numerosos sabios huyeron a Occidente y encontraron una nueva patria en Italia, donde transmitieron a los humanistas sus conocimientos de la Grecia antigua: ¡Uno de los raros casos en que una guerra puede tener benéficas consecuencias!

BREVES INDICACIONES ACERCA DE LA LECTURA DE LA POESÍA ANTIGUA

Todos los tipos de obras de arte suponen una contemplación o audición correctas. Una estatua del Renacimiento no puede ser contemplada con los mismos ojos que una pintura moderna abstracta; un fragmento musical moderno requiere una audición diferente de la de una suite barroca.

Lo mismo puede decirse de la lectura correcta. Un libro antiguo no se puede leer, o tal vez devorar, como una novela moderna. El interés, la vida y la belleza, no se revelan siempre a la primera mirada, sino que, con frecuencia, hay que extraerlos de entre las líneas con determinado esfuerzo. Y esto requiere un modo de lectura intensiva, no extensiva. Una obra lírica griega o una

oda de Horacio no se nos impone a menudo, en toda su belleza, más que después de dos o tres lecturas. Cada palabra tiene que ser sopesada, aprehendida en su exacto matiz significativo, relacionada con el texto que le precede o el que le sigue. De ahí que debamos aproximarnos a cada

género literario de una forma distinta.

No debe silenciarse que nosotros, lectores modernos, tenemos que contar con grandes dificultades en nuestro trato con los escritos antiguos. En primer lugar, el autor antiguo no se dirige a nosotros, modernos, sino a un público que vivió dos mil años o más antes que nosotros, a unos hombres de concepciones éticas y estéticas que, en muchos aspectos, son radicalmente distintas de las nuestras. En segundo lugar, en la Antigüedad se solía leer también para sí en alta voz, con lo

cual el sonido y el ritmo adquirieron una significación especial. En tales cosas hemos de atribuir a los antiguos un oído excepcionalmente fino y educado. Los citados componentes —sonido y ritmo— no sólo desaparecen en la lectura de los textos traducidos, sino también en la de los originales, dado que estamos demasiado poco orientados acerca de la pronunciación de las palabras

aisladas y del ritmo de la frase, pues los griegos hablaban con un acento completamente distinto del nuestro.

La primera dificultad citada, la enorme distancia temporal, puede convertirse en una fuente de los goces más puros si adoptamos, para ello, una postura conveniente.

Para toda obra literaria antigua hay que tener dispuestas, por decirlo así, dos antenas: una para lo que el hombre tiene de universal y siempre idéntico, y que destaca tanto más clara y naturalmente cuanto mayor es la divergencia de las épocas, y otra para lo extraño y dispar. Para la comprensión de la poesía griega y latina importa, asimismo, conocer las relaciones entre la forma de una obra

antigua y la misión a la cual ésta se destina: el poeta antiguo no es nunca exclusivamente artista en el sentido moderno, sino que, ante todo, pretende ser maestro y educador de su pueblo. Aparte las ideas literarias de los alejandrinos y neotéricos, el concepto de arte puro es extraño a la Antigüedad.

En la Edad Antigua el arte y la vida práctica están vinculados de una forma y manera que, a veces, resulta absurdo para nuestra sensibilidad. Así, los atenienses confiaron al trágico Sófocles un alto mando militar basándose exclusivamente en sus logros poéticos.

El aforismo griego «conócete a ti mismo», que el visitante leía en el templo de Apolo, en Delfos, rige en cierta medida para todo esfuerzo de comprensión de la literatura antigua. Consideramos ésta como espejo en el cual nos sale al encuentro la imagen de nuestra propia época, unas veces de un modo claro y familiar, otras de manera extraña y deformada, pero, tal vez, por lo mismo, no menos verídica.

LA EPOPEYA.

HOMERO, LOS HIMNOS HOMÉRICOS. HESIODO

Así, los huéspedes, todos amigos y parientes del gran rey Menelao, se sentaban, alegre el corazón, en el banquete del gran palacio y, con ellos, estaba el divino rapsoda que cantaba una leyenda, al tiempo que tocaba…

ODISEA, Libro 4, 15 y sig.

La voz griega epos significó primero «palabra» y después «relato», «narración heroica». El poeta épico, en oposición al lírico, se ajusta al acontecer del mundo exterior y, en particular, a los hechos heroicos de los tiempos primitivos. Las apreciaciones típicas de una consideración épica del mundo no están vinculadas a una época determinada, sino que su presencia puede comprobarse también en nuestros tiempos. Es ley humana de carácter universal que los hechos y obras del pasado adquieran con el tiempo una especie de nimbo. A los ancianos, la propia juventud se les aparece transfigurada en forma casi épica. También resulta instructivo oír, en el servicio militar, por ejemplo, los relatos que los veteranos hacen de sus penalidades a sus camaradas más jóvenes: j Qué importancia adquiere cada detalle y cuán a gusto cada uno de los que «estuvieron allí» se siente envuelto en una aureola heroica! El origen de la forma épica hay que buscarla en este clima y, en especial, donde las hazañas de los antepasados resplandecen con «gloria inmortal» (locución que en Homero se repite con frecuencia).

ENJUICIAMIENTO DE LA EPOPEYA HOMÉRICA A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS

Con la lectura de la Odisea y la Ilíada, el estudio de la literatura griega llega para todos nosotros a un momento culminante. Empieza a abrírsenos un nuevo mundo con todo el hechizo de la poesía homérica, al que no pudieron sustraerse ninguna época ni ningún pueblo. Para los griegos, los cantos homéricos significaron acaso lo mismo que la Biblia para los cristianos piadosos, y el conocimiento de las dos epopeyas formaba parte del acervo cultural de todos los helenos. En la Edad Media y a principios del Renacimiento, Homero fue pospuesto a Virgilio; pero en el siglo XVIII, las epopeyas homéricas fueron redescubiertas al ganar terreno el nuevo entusiasmo por la naturaleza y

la poesía sin artificio. La comprensión de Homero se inició en Inglaterra; lo que más contribuyó a abrir paso a dicha comprensión en el ámbito cultural alemán, fue la traducción de la obra de Homero llevada a cabo por J. H. Voss (1793). Entonces se aprende a gozar y a admirar de nuevo la belleza, el color y la riqueza plástica de la poesía homérica. En realidad y a pesar de la enorme

distancia temporal que separa su aparición de nuestros días, los cantos de la Ilíada y la Odisea siguen produciendo la impresión de algo tan lleno de vida, tan original y tan «grande como el primer día».

EL POETA HOMERO Y LA «CUESTIÓN HOMÉRICA»

Nuestras dos epopeyas se sitúan, en cierto modo, en el comienzo de la literatura europea, pero son de tal perfección en la técnica poética, en la métrica y en el lenguaje, que no es imposible que sean el resultado final de una larga evolución anterior, cuyas etapas, aun hoy, sólo nos es dado

presumir vagamente.

Ya los antiguos griegos tenían sólo ideas fabulosas acerca del poeta Homero. Con el tiempo, fue propagándose la del vate ciego, que a pesar de su ceguera fue capaz de creaciones de vivo colorido.

He aquí lo que acerca de ello nos dice el romano Cicerón (Tusc. V, 114):

Según la leyenda, Homero era ciego, pero nosotros vemos su pintura, no su poesía. ¿Qué paraje, qué costa…, qué movimiento de hombres o animales no está pintado en forma que el poeta nos hace ver, lo que él mismo no ha visto?

Los griegos tampoco sabían con exactitud el lugar de su nacimiento; siete ciudades se disputaban el honor de ser su patria: Esmirna, Chíos, Colofón, Ítaca, Pilos, Argos y Atenas. Hacia el año 25 a. de C., los eruditos alejandrinos se dividían ya en dos grupos, en la cuestión de la paternidad homérica de la Ilíada y la Odisea: el de los joritsontes (separadores), que atribuían las

dos epopeyas a dos poetas distintos y los unitarios que admitían la hipótesis del mismo poeta como autor de ambos poemas.

La investigación moderna ha llegado incluso a poner en duda la existencia de Homero y basándose en diferencias estilísticas, divergencias y contradicciones efectivas, ha sostenido que en la composición de los cantos aislados de la Ilíada y la Odisea tuvieron que intervenir varios poetas en épocas distintas. Estos problemas que aún hoy son vivamente debatidos por los eruditos

especializados, fueron puestos a discusión por primera vez por F. A. Wolf, en 1795. Wolf sentó la tesis de un «redactor» que, en una época relativamente tardía, habría compilado en un todo diferentes cantos antiguos o epos. La tesis de Wolf no tuvo que esperar mucho para que se reaccionara contra ella; F. Schiller, por ejemplo, era unitario. Goethe, en sus Xenien (n.° 264) compuso este epigrama: Siete ciudades discuten haberle dado a luz. Bien, ya que el lobo lo despedazó, tome cada uno su parte. Hoy se tiende a considerar cada una de ambas epopeyas como la obra unitaria de un gran poeta compuesta conforme a un plan; cierto que también se distingue en nuestros días entre partes antiguas y partes más recientes. Queda abierta la cuestión de si a tal poeta hay que situarle al principio o al final. Lo limitado de esta «introducción» nos impide entrar en más detalles acerca del aludido complejo de problemas que cada época ha tratado de resolver a su manera. Aquí trataremos el tema en cuestión, partiendo del supuesto de que ambos poemas son obras unitarias.

Desde tiempos muy primitivos, los cantos homéricos venían siendo recitados en las cortes de los príncipes y en las ciudades por cantores errantes, los llamados rapsodas, que sabían de memoria gran número de aquellas composiciones. Citemos aquí como nota curiosa la posibilidad de que el «último rapsoda» sea el basileo Merian, que sabe de memoria la mitad de la Odisea. En otros tiempos,

tales hazañas de la memoria eran cosa frecuente. Así, el gran matemático L. Euler sabía de memoria toda la Eneida de Virgilio. En los juegos griegos, en especial en los píticos de Delfos, una parte importante de las competiciones musicales consistía en el recitado de cantos homéricos.

Los eruditos de Alejandría (1) se dedicaron sobre todo a la tarea de refundir los textos de la Ilíada y la Odisea. A ellos se debe asimismo la división de los dos poemas épicos en veinticuatro libros.

1 Alejandría, fundada por Alejandro Magno, era por entonces la «capital» y foco intelectual del mundo, el «París de los

antiguos». La dinastía greco-macedónica de los Tolomeos había fundado en ella, junto a la gran biblioteca, un centro de

investigaciones (no exactamente una universidad), en el cual los sabios podían entregarse plenamente a sus estudios,

libres de toda preocupación de orden material. Las especialidades objeto de estudio eran las Ciencias Naturales, la

Medicina, la Geografía y la Fisiología. Muchos sabios eran, al propio tiempo poetas.

ASPECTO HISTÓRICO DE LA «CUESTIÓN HOMÉRICA»

Desde el punto de vista histórico cultural, nuestras dos epopeyas reflejan, ante todo, la época en que hicieron su aparición: el siglo octavo o el séptimo a. d. C., aproximadamente. Se trata de la época situada entre la emigración dórica y el advenimiento de las primeras noticias escritas. Esta época se caracteriza por la colonización, por la expansión de los griegos en el Mediterráneo oriental

y la decadencia de la monarquía en beneficio de la aristocracia (recuérdese la ya no muy firme posición del «rey» Agamenón en la Ilíada). A esta época de hacia el año 700 antes de C., suele designársela con el nombre de «Edad Media griega» y en efecto, se dan en ella algunos acontecimientos que mantienen un cierto paralelismo con los de la Edad Media cristiana:

emigración dórica —migración de los pueblos germánicos y retroceso cultural subsiguiente—, colonización griega, cruzadas (consideradas sólo, naturalmente, desde el punto de vista económico y político), cantores viajeros de noble alcurnia (Alceo), caballeros andantes, etc.

Pero en sustancia, los dos poemas épicos nos ofrecen el cuadro de una época mucho más antigua, el de la llamada cultura micénica. Nos lo demuestran, por ejemplo, las constantes referencias a la «dorada Micenas», el desconocimiento del hierro, que llegó a Grecia ya con la migración dórica, la ausencia de toda mención a la escritura (cuya existencia han puesto de manifiesto los resultados de recientes investigaciones), etc., etc. El mérito de la revelación de la cultura micénica corresponde, ante todo, a dos hombres que no eran especialistas calificados, sino dos «intrusos»: Heinrich Schliemann (1822-1890) era hijo de un pastor protestante del norte de Alemania. Nació y creció en la pobreza. Siendo niño se ocupó intensamente con el estudio de la mitología griega y se

propuso descubrir algún día la fabulosa Troya; este propósito, al llevarlo a la práctica más adelante, debió de causar entre sus contemporáneos la misma impresión que hubo de producir, pocos años antes, el intento de un sabio de encontrar el Arca de Noé en el Monte Ararat. De momento, desde luego, no cabía ni soñar en estos planes. Schliemann entró de aprendiz en una tienda de

ultramarinos. Allí oyó una vez a un mozo de molino, estudiante turbulento, recitar versos homéricos, con lo cual tuvo un primer contacto con las bellezas de la lengua griega. Más tarde se trasladó a Ámsterdam, donde con el tiempo y con métodos propios, asimiló la mayor parte de las lenguas europeas de tal manera, que, en un promedio de seis semanas, conseguía entender, hablar y

escribir un idioma. El griego, ante el cual retrocedía con temor casi sagrado, lo aprendió mucho más tarde. En meteórico ascenso, Schliemann llegó a convertirse, en San Petersburgo (hoy Leningrado), en comerciante mayorista varias veces millonario. Ahora se hallaba en situación de consagrarse por

entero a su vocación. Contra la opinión que consideraba Troya como pura fábula, estaba firmemente convencido de la existencia real de esta ciudad y ninguna chanza pudo contenerle de trasladarse a Asia Menor —siempre con Homero debajo del brazo— con el fin de practicar excavaciones en la antiquísima urbe. ¡Qué grande fue el asombro del mundo cuando pudo anunciar el descubrimiento

de la ciudad en el montón de escombros de Hissarlik! De las diez capas culturales allí superpuestas, tomó erróneamente la segunda por la histórica Troya, pero una rectificación posterior hubo de localizar la ciudad en la sexta capa. No menos sensacionales fueron las excavaciones de Tirinto y

Micenas. Allí descubrió las famosas tumbas y criptas en forma de cúpula de grandes dimensiones, y en Micenas, fue, según la leyenda griega, donde se desarrollaron los antiquísimos y sombríos acontecimientos que rodearon la repatriación y asesinato de Agamenón. Las suntuosas máscaras

fúnebres encontradas en las criptas son hoy ornato del Museo Nacional de Atenas.

Lo que Schliemann hizo por la Arqueología, lo hizo el inglés Michael Ventris (1922-1956) para

descifrar la hasta entonces ilegible escritura jeroglífica micénico-cretense Lineal B. Ventris,

arquitecto de profesión, fue piloto de la R.A.F. durante la guerra. Un accidente de automóvil puso

fin a la vida del joven y aventajado sabio. La labor llevada a cabo por él merece un puesto de honor

junto a las grandes realizaciones clásicas en el mismo dominio (Champollion descifró los

jeroglíficos egipcios y Grotefend, la antigua escritura cuneiforme persa). Causó sorpresa la

comprobación de que, en las postrimerías de la época micénica, se hablara el griego, o al menos se

escribiera en la corte de Knosos, de Creta. Con anterioridad, se sospechaba ya que los hombres de la

cultura micénica eran griegos. Ahora, gracias a Ventris, se tenía la confirmación de tal sospecha. El

contenido de las tablas descifradas causó de momento cierta desilusión, pues en realidad éstas eran,

en su mayor parte, insípidos inventarios, listas o cosas parecidas. Pero aun así, tales textos

aportaban datos sustanciales que permitían poner en claro algunos aspectos lingüísticos e históricoculturales

de aquella época.

CONTENIDO DE LA ILÍADA Y LA ODISEA

El tema de la Ilíada es la cólera de Aquiles. Agamenón, caudillo de los griegos, ha raptado, ante

los muros de Troya, a Criseida, hija del sacerdote de Apolo. Éste, a ruegos del ofendido sacerdote,

desata la peste en el ejército griego y después de que, por mandato de Aquiles, se convoca una

asamblea de sus ejércitos, el adivino Calcas declara las causas de la desgracia. Agamenón se ve

obligado a devolver a Criseida, pero usurpa a Aquiles la esclava Briseida, a la que éste había

apresado a su vez. Los ánimos se excitan; Aquiles está a punto de desenvainar la espada contra

Agamenón, pero es contenido por la diosa Atenea (Minerva). Encolerizado, se retira de la lucha con

sus guerreros, abandonando a su suerte los restos del ejército griego. Su madre Tetis le promete

implorar de Júpiter que los troyanos salgan victoriosos hasta que los griegos le den satisfacción

(libro I). Los troyanos recuperan así la ventaja. Tras prolongados combates, los griegos envían una

embajada a Aquiles para inducirle a que vuelva al combate, aunque sin resultado (libro 9). La

situación de los griegos se agrava cada vez más y Héctor está a punto de provocar el incendio de las

naves griegas. Como sea que Aquiles ve huir a los griegos del campo de batalla, envía a su amigo

Patroclo para que averigüe las causas del hecho (libro II). Finalmente Aquiles permite a su amigo

que, vistiendo su propia armadura, guíe a los griegos en la lucha. Los troyanos toman a Patroclo por

Aquiles y, después de un violento ataque en el cual sucumbe el primero, Sarpedón, hijo de Júpiter,

es muerto a su vez por Héctor, el más valiente de los troyanos, con ayuda de Apolo (libro i6). A la

noticia de la muerte de su mejor amigo, la cólera de Aquiles contra los griegos desaparece y éste

pronuncia su ardiente deseo de vengarse de Héctor. Su madre Tetis encarga al dios Vulcano nuevas

armas para él (libro 18). Finalmente se celebra un singular combate entre Aquiles y Héctor y éste es

muerto a la vista de sus padres, atado al carro de combate y arrastrado hasta el campamento de los

griegos (libro 23). El libro 24 refiere el entierro de Patroclo y los juegos organizados en su honor.

Príamo, anciano padre de Héctor, decide trasladarse al campamento griego para pedir la devolución

del cadáver de su hijo. Aquiles que piensa a su vez en su viejo padre, accede a las súplicas del

anciano rey, y el poema épico termina en una atmósfera de reconciliación, con el llanto fúnebre por

Héctor. Precisa indicar de modo expreso que la Ilíada no trata de toda la guerra sino sólo de un

breve episodio de ella (cuya duración se ha calculado en unos cincuenta y un días).

Como muestra del texto, puede servir un pasaje de la escena en que Héctor se despide de su

esposa Andrómaca y de su hijito Astianacte (libro 6, 466 y ss.):

El héroe tendió los brazos hacia el pequeño,

pero el niño, asustado del amante padre,

se refugió llorando en el pecho

de la nodriza bellamente ceñida,

medroso asimismo por el bronce y las oscilantes crines

del penacho que veía derramarse del alto casco.

Sonriente miraba el padre al hijo y también la tierna madre.

El radiante Héctor quitóse, rápido, el casco de la cabeza.

El reluciente objeto dejó en el suelo,

y besó al querido hijo y lo meció dulcemente en sus brazos.

Después suplicó a Zeus y a los otros dioses…

En la Ilíada destacan en primer plano el heroísmo y las escenas bélicas, pero no por ello faltan

rasgos de fina sensibilidad humana: pasajes como la despedida de Héctor y el diálogo de Príamo

con Aquiles llegan a producir la impresión de que el poeta, en el fondo de su corazón, estaba al lado

de los troyanos.

Los libros de la Odisea son:

1: Asamblea de dioses. Se decide que Ulises, que se encuentra con la ninfa Calipso regrese a

Itaca, su patria.

Minerva, bajo la figura de Mentes, va a Itaca y exhorta a Telémaco, hijo de Ulises, a que pida

noticias del paradero de su padre en Esparta y Pilos.

2: Preparativos del viaje de Telémaco. Minerva, bajo la figura de Mentor, le protege contra los

pretendientes de Penélope.

3: Visita de Telémaco a Néstor, en Pilos. Éste le aconseja que se traslade a Esparta y vaya a la

casa de Menelao.

4: En Esparta, se entera de que su padre vive todavía y que se encuentra retenido por la ninfa

Calipso en la isla de Ogigia. A su regreso, los pretendientes le acechan sin resultado.

5: Mercurio va a ver a Calipso y le ordena que deje volver a su patria a Ulises, que se consume

en la nostalgia de su querida Itaca. Éste construye una balsa; Neptuno, su enemigo, le envía una

tempestad y Ulises desembarca en la isla de los feacios.

6: Allí sorprende a Nausica, hija del rey, jugando a pelota con sus compañeras. Recibe de ella

vestidos y comida y es conducido a la ciudad.

7: El rey de los feacios, Alcinoo, le ofrece hospitalidad, y él, a su vez, anuncia su regreso a

Ítaca.

8: Fiesta en el palacio de Alcinoo. El cantor Demódoco canta la caída de Troya. Ulises oculta la

cabeza y llora. Alcinoo lo advierte; invita a sus huéspedes a presenciar la fiesta de juegos y

combates en la cual también participa Ulises con éxito. Más tarde, Alcinoo le pregunta la causa de

su tristeza y pide le diga su nombre y origen.

Los libros del 9 al 12 constituyen el relato del viaje de Ulises:

9: Ulises se da a conocer y cuenta sus aventuras en el país de los ciconios, de los lotófagos y del

cíclope Polifemo.

10: Episodio de Eolo, dios del viento y la hechicera Circe.

11: Visita al tártaro donde a Ulises se le predice su destino. Asimismo el adivino Tiresias le

profetiza nuevas fatigas.

12: Aventura con las sirenas Escila y Caribdis. Sus compañeros se apoderan de unos bueyes de

Apolo, dios del sol. Como castigo, la nave se estrella y Ulises es arrojado a la isla de Ogigia, donde

mora Calipso.

13: Partida de la isla de los feacios y desembarco en Ítaca. Ulises «despierta en Itaca y, entre

lamentos, no reconoce a su patria» (Schiller).

i4: Ulises, bajo la figura de mendigo, llega a la pocilga del fiel porquerizo Eumeo y le cuenta una

historia inventada de su vida.

15: Telémaco abandona Esparta y se traslada a Ítaca donde encuentra al «divino porquerizo

Eumeo».

16: Ulises se da a conocer a su hijo. Urden un plan para castigar a los orgullosos pretendientes.

17: Ulises llega a su propio palacio disfrazado de mendigo. Es objeto de la burla del pastor de

cabras. El viejo perro Argos reconoce a su dueño y muere.

18: La disputa con el mendigo Iros.

19: Ulises y Telémaco sacan las armas de la sala. Ulises, bajo la figura de mendigo, cuenta la

supuesta historia del héroe. La nodriza Euriclea reconoce a Ulises por una cicatriz, mientras éste se

lava los pies.

20: Preparativos de fiesta.

21: Penélope trae el arco de Ulises y pide a los pretendientes que midan sus fuerzas en un

certamen. Ninguno de ellos consigue tender el arco. El mendigo pide permiso para probar sus

fuerzas. Tiende el arco con toda facilidad y hace pasar la flecha a través de todas las hachas.

22: Ulises mata a los pretendientes y castiga a las infieles mujeres de la servidumbre.

23: Se da a conocer a Penélope. Después de la gran desdicha, apenas alcanza a comprender el

cambio de ésta y sólo puede convencerla la historia del lecho construido por él mismo.

24: Ulises sale al campo para ir a ver a su anciano padre Laertes.

Son verdaderas joyas episodios tales como el pasaje en que se narra cómo el fiel perro Argos

reconoce a su dueño, pasaje que viene a ser, sin duda, la fábula más bella de la literatura universal

(Libro 17, 291 y ss.):

Y un perro que estaba echado, alzó la cabeza y las orejas: era Argos, el can del paciente Ulises, al que

éste había criado aunque sin provecho, pues tuvo que partir después para la sagrada Ilión (Troya).

Anteriormente, los jóvenes lo llevaban a correr las cabras monteses, ciervos y liebres; pero ausente el dueño,

yacía abandonado fuera, junto a la puerta…

Allí estaba tendido Argos, lleno de garrapatas. Pero al advertir a su amo Ulises que se acercaba, quiso

saludarle y movió la cola dejando caer las orejas. Mas estaba demasiado débil para correr al encuentro de su

dueño y se quedó echado en el suelo. El dueño, al verle, enjugóse una lágrima que ocultó a Eumeo, al cual

dijo…

Entonces la parca negra de la muerte se apoderó de Argos, después que volviera a ver a Ulises al

vigésimo año.

Con la Odisea nos sentimos transportados a un mágico país de luz y color. Escenas de la más

aguda y delicada observación psicológica (como la tierna inclinación de Nausica por Ulises o la

escena del reconocimiento de éste por Penélope), alternan con momentos de gran intensidad

dramática y magníficas descripciones del paisaje.

La Odisea constituye además un reflejo de la época de la colonización griega, de los grandes

viajes a lo desconocido en que, aparte los rasgos fabulosos, eran plenamente posibles destinos como

los de Ulises. Es tarea provechosa entresacar de dicha epopeya la idea que tenía del mundo el

hombre de entonces, el cual conocía incluso las lejanas tierras del norte.

Los siglos octavo y séptimo fueron los de la época de la colonización helénica. Después que, a

causa de la migración dórica (hacia el 1.200 a. d. C.), parte de las tribus griegas fueron rechazadas

al Asia Menor, la superpoblación de la madre patria, la pobreza del suelo, el ansia de encontrar

nuevos emporios, así como la dosis inherente de gusto por las aventuras, condujeron a la creación

de incontables colonias. Entre la ciudad madre y la ciudad hija, se mantuvieron con frecuencia

estrechos lazos de conexión. Se colonizó desde la isla jónica de Mileto hasta las costas del Mar

Negro. La Italia Meridional («Magna Grecia») y Sicilia tuvieron una gran importancia para la

expansión helénica. Algunos de los centros urbanos de ese plantel griego de ciudades, se desenvolvieron

más adelante hasta convertirse en verdaderas metrópolis, como Bizancio (Constantinopla,

hoy Estambul), Massalia (Marsella) y Neápolis («Nueva ciudad» —Nápoles hoy; compárese con

los nombres de Nueva York y Nueva Orleans).

LOS HIMNOS HOMÉRICOS, LAS EPOPEYAS CÍCLICAS Y LA BATRACOMIOMAQUIA

Algunos de los himnos que han llegado hasta nosotros con el nombre de homéricos, deliciosos

cantos en honor de los dioses (como los dedicados a Apolo, Mercurio, Ceres y Júpiter) no tienen

ninguna relación con el autor de la Ilíada, como tampoco la tienen las llamadas epopeyas cíclicas

que describen la prehistoria y el final de la guerra de Troya, como, por ejemplo, las Aquileias y los

Iliu persis (destrucción de Ilión; Ilión = Troya); el poeta latino Virgilio todavía utilizó el ciclo en la

concepción de su Eneida. Hasta la época de las guerras médicas, no aparece la sabrosa parodia de la

Ilíada que se titula Batracomiomaquia (Guerra de las ranas).

EL ESTILO ÉPICO Y LA IMAGEN HOMÉRICA DEL HOMBRE

Una de las características del lenguaje de la epopeya es la «amplitud épica», es decir, la

propensión a la morosa pintura del detalle. Sorprende la reiterada aparición de las mismas fórmulas

poéticas, las cuales representan, para el rapsoda, un firme apoyo memorístico. A cada paso

encontramos estereotípicos epítetos ornamentales (epitheta ornantia). Así, el mar se hace una y otra

vez «azul violeta» y «color de vino»; Eos, diosa del alba, es de «dedos sonrosados», y a Hera, se la

llama «la de los blancos brazos». El colorido de la poesía homérica se basa, en gran parte, en estas

formas adjetivadas de ornato. El diálogo —lo que alguien dice y lo que se replica—ocupa un lugar

muy amplio.

El hombre como ente responsable y las potencias anímicas individuales, sólo se presentan en los

pasajes más recientes de la epopeya homérica, como resultado de un lento proceso evolutivo; al

principio, lo anímico se proyecta hacia fuera y se atribuye a la acción de los dioses. Los sueños, por

ejemplo, proceden de Júpiter u otras divinidades. Elena se disculpa de su conducta infiel alegando

que un dios la ha enloquecido. Cuando Aquiles, encolerizado, desenvaina la espada contra

Agamenón, son las palabras de la divina Palas Atenea lo que le persuade de que se comporte con

sensatez y no su propia razón que es, por decirlo así, la parte más valiosa de su yo. Así pues, el

hombre atribuye todos los procesos de su intimidad a una acción que le llega de fuera. Recomendamos,

tanto a especialistas como a profanos, la lectura de los interesantísimos capítulos que se

refieren a este tema en la obra de B. Snell «Die Entdeckung des Geistes» («El descubrimiento del

espíritu»), Edit. Claassen, Hamburgo. Mientras la Ilíada representa una glorificación de las virtudes

de las clases aristocráticas, la Odisea se mueve en una atmósfera completamente distinta: La

fidelidad conyugal, la de los servidores a su señor e incluso el mundo en general en que se mueve el

hombre de condición humilde (Eumeo, por ejemplo) ocupan aquí un puesto de consideración, hecho

que demuestra que la Odisea pertenece a una época más reciente que la Ilíada: ¡La época de la polis,

de la democracia, que empieza a alborear! En cambio, en la Ilíada, sólo un hombre, único, del

pueblo, llega a levantar la voz ante el noble: Tersites, el cual es, sintomáticamente, el más

desaprensivo y odioso de los griegos que, con frecuencia, es castigado con disciplinaria rudeza.

LA RELIGIÓN HOMÉRICA Y SU INFLUENCIA EN LAS ARTES PLÁSTICAS

Durante los siglos que van del Renacimiento al Neoclasicismo, se tuvo pura y simplemente por

religión griega el reino de los dioses homéricos con sus figuras celestes y también, sin duda,

humanas, las cuales —cosa rara en otras religiones— muestran a veces rasgos de humor (véase

Ilíada, lib. I, 599 y ss.). Sin estas serenas figuras olímpicas, que dejaron impreso su cuño en el

pensamiento y en la imaginación de innumerables generaciones, el desenvolvimiento artístico de

épocas enteras habría tomado otra dirección y serían inconcebibles personalidades artísticas como

Polignoto, Fidias, Praxiteles, Boticelli, Miguel Ángel y los clasicistas Canova y Thorvaldsen, para

no citar más que unos pocos nombres. Cierto que en la época del romanticismo se empezó a

sospechar que la reli- gión homérica era sólo una entre otras muchas: la creencia religiosa de la

esclarecida nobleza jónica. Junto a ésta, existía una religión verdaderamente popular con todos sus

rasgos primitivos de superstición, temor a los espectros, etc. De ahí que el gran mérito de la poesía

homérica consista, entre otros, en haber descartado todos estos elementos demoníacos y presentarse

como un mundo «admisible en los medios cortesanos», a la par que un tanto estilizado. En otro

lugar se hablará de las religiones reveladas de alto nivel espiritual de perfección y desarrollo que, ya

desde muy pronto, se hicieron extensivas a amplios círculos humanos.

HESIODO (hacia el 700 a. d. C.)

Hesiodo se crió en Ascra (Beocia) al pie del Monte Helicón, habitado por las Musas y, siendo

niño, fue consagrado por éstas a la poesía en el curso de una visión. Su padre era un pobre

campesino de parvo terruño.

Homero y Hesiodo son exponentes de dos mundos diametralmente opuestos: el primero

representa el mundo de los grandes señores nobles, Hesiodo el del hombre humilde pegado a la

gleba; Homero enaltece la bravura del guerrero, Hesiodo los valores del trabajo rural. Por esto

Hesiodo parece, al primer pronto, el menos griego de los dos, no sólo por su ambiente campesino y

su enaltecimiento del trabajo, sino sobre todo por su pesimismo, el cual, a decir verdad, no es

opuesto a lo griego, si bien es cierto que en los primeros tiempos raras veces se le considera como

tema apto para la literatura (casos de excepción son, por ejemplo, los episodios citados por

Herodoto I, 31, de Cleobis y Biton, para los cuales lo mejor era una muerte prematura e indolora o,

más tarde, la doctrina hostil a la vida del filósofo Hegesias, al que se designaba con el sobrenombre

de «persuasor de la muerte»). En oposición a esta actitud, para la mayoría de los griegos de la

primera época, la vida terrena significaba todo y el más allá nada. La sombra de Aquiles dice una

vez que preferiría ser, arriba, en la luz, el más humilde de los mozos de labranza que estar en el

tártaro con los grandes señores (Odisea, libro II, 489 y ss.). Ciertamente que, invirtiendo esta

relación, aparecen, ya muy al principio, determinados movimientos religiosos de salvación, como

los misterios (cultos secretos nocturnos a la luz de las antorchas, en los que podían ser iniciados los

esclavos y que aseguraban una vida bienaventurada después de la muerte) y los cultos órficos

(movimiento que tomó su nombre del cantor Orfeo, y que veía en la vida terrena una mera

preparación para el más allá, subrayando la antagónica naturaleza dionisíaco-titánica del hombre).

La epopeya de Hesiodo, la Teogonía (origen de los dioses) es la primera teología sistemática de

los antiguos. Intenta presentar el origen del mundo y de los dioses en un grandioso sistema

teológico. Mediante la introducción de conceptos abstractos y personalizados y el estudio de las

significaciones nominales, Hesiodo alcanza una especie de estado prefilosófico, preludio de una

música que va a resonar pronto con toda su fuerza. El lenguaje de Hesiodo guarda estrechas

relaciones con el de Homero.

Los trabajos y los días van dirigidos a su hermano Perses, que le había engañado en un asunto de

herencia. La obra expone la idea de que sólo el trabajo honesto puede conducir a la felicidad. Al

propio tiempo, elabora una especie de almanaque campesino que prescribe las fechas ideales para

efectuar las distintas faenas agrícolas. Adornan la obra bellísimos y melancólicos mitos, como la

leyenda de Pandora (70 y ss.) y las cuatro edades del mundo (109 y ss.), que con una concepción

pesimista del universo ven en la historia humana un incesante proceso de decadencia. Sabido es que

este tema volvió a ser tratado por los poetas de la época de Augusto. Nos encontramos aquí con la

primera «filosofía de la historia». Las orientaciones típicas de la concepción histórica del mundo en

todas las épocas pueden reducirse esquemáticamente a tres: O el «paraíso» se encuentra al principio

del proceso y a partir de él se inicia un descenso constante (Hesiodo, Ovidio, Rousseau,

Romanticismo) o bien constituye la meta de la evolución histórica, de suerte que la historia de la

humanidad presenta un ascenso constante que va del primitivismo a un nivel sumo de cultura

(Ilustración y creencia moderna en el progreso). La tercera forma es la concepción cíclica de la

historia: todo lo que hay y hubo una vez volverá a ser en eterno retorno (Heráclito, el Pórtico,

Virgilio, Nietzsche).

Los Trabajos y los días no inspiraron sólo a Ovidio, sino también a Virgilio en sus Geórgicas, en

las cuales escribe un Ascraeum carmen, canto de Ascra, en recuerdo del lugar de nacimiento de

Hesiodo. El poema inicia la serie de composiciones didácticas que tanta boga y popularidad

adquirieron en la época helenística y que abordaron, en forma poética, temas mitológicos y científicos,

tratando, por ejemplo, de astronomía e incluso de remedios contra la picadura de las

serpientes.

Existe un certamen lírico entre Homero y Hesiodo, procedente del siglo y, en el cual sale

triunfante este último porque, en vez de glorificar la guerra y la destrucción, ensalza la obra

constructiva de la paz: señal evidente de que las ideas habían cambiado.

LA FILOSOFÍA

Si cuando el dios me señaló un puesto y me mandó, como creí y acepté, que

fuera filósofo y me examinara a mí y a los demás ¿no haría ahora una cosa

indigna si tuviera miedo de la muerte o de alguna otra cosa y abandonase mi

puesto?

SÓCRATES en Apología de PLATÓN (28 e)

DEL MITO AL LOGOS

Ya en Hesiodo encontramos indicios de una consideración filosófica del mundo. ¿Cuándo y en

qué situación empieza a filosofar el hombre propiamente?

El comienzo del filosofar es el asombro, dicen Platón y Aristóteles. Lo que significaba filosofía

para el griego se muestra, sin duda de manera óptima, en aquel conocido pasaje del diálogo

platónico Simposión (el Banquete) que dice así:…«ningún dios es filósofo ni desea ser sabio, puesto

que ya lo es. Tampoco el que es sabio ambiciona la sabiduría. Mas tampoco los necios cultivan la

sabiduría, tampoco quieren ser sabios. La necedad es tan enojosa justamente porque sin ser noble ni

juiciosa está satisfecha de sí misma. Y el que cree que nada le falta tampoco ambiciona aquello de

que carece». El filósofo se caracteriza aquí como afanoso de conocimiento o, si se quiere, como

enamorado, como amigo de la sabiduría, que esto es lo que denota justamente la palabra filósofo.

La necesidad de la filosofía, es decir, de una explicación racional del mundo, se origina, más que

otra cosa, cuando se hace problemática la relación con el mundo, con la vida y con las ideas

religiosas recibidas. Tal necesidad puede presentarse cuando la fe religiosa sufre una sacudida o

cuando el mito no basta ya para una explicación de la naturaleza y de las fuerzas extrahumanas. Es

por esto por lo que a fines del siglo VI, ya no podía satisfacer la interpretación mitológica de los

fenómenos naturales. El trueno ya no podía explicarse por la acción de Júpiter, ni el viento por el

soplo de las divinidades eólicas. Por otra parte, la creencia en las representaciones heredadas puede

vacilar también cuando se hace ostensible su carácter relativo mediante su comparación con las

ideas de otros pueblos. La comparación de lo propio con lo extraño se ve especialmente favorecida

cuando, en un territorio relativamente pequeño, entrechocan diferentes pueblos y culturas. En tal

caso, el hombre se ve compelido a una reflexión consciente sobre las costumbres e ideas propias y

extrañas; en tal caso, alcanza por primera vez el estadio de una concepción consciente y racional del

inundo y de la naturaleza, en una palabra: El pensar primitivo se convierte en pensar lógico, el mito

se hace logos. Por esto no es un azar que la filosofía jónica de la naturaleza naciera en Asia Menor,

donde se daban las condiciones indicadas.

LOS PRESOCRÁTICOS (del 600 al 430 aproximadamente)

La palabra «presocráticos», con la cual se designa a los más antiguos filósofos de la naturaleza,

indica por sí sola la influencia decisiva de Sócrates, el cual hubo de imprimir un giro

completamente nuevo al pensar filosófico. Los filósofos jónicos abordaron una de las cuestiones

más difíciles, a saber, la explicación del origen del mundo a partir de una causa primera (arche,

principium). Los dos axiomas fundamentales en que los presocráticos basaban su pensamiento

filosófico eran: 1) De la nada, nada puede salir. Por consiguiente, si existe una causa primera, tiene

que haberse dado desde un principio; 2) La naturaleza no procede «por saltos». Los cambios se

producen gradualmente a tenor de leyes naturales. Como sea que los pensadores más antiguos no

distinguían entre materia y energía, tuvieron que concebir la primera como algo «animado»

(hilozoísmo) para explicarse los cambios que en ella se operan.

Tales de Mileto, que con Solón es el más conocido de los «siete sabios», señalaba el agua como

principio del cual había surgido el universo, fundándose tal vez en sus tres estados. Además, se le

atribuye el descubrimiento de los principios de la congruencia y la predicción de un eclipse de sol

para el año 585.

Anaximandro, oriundo de la misma ciudad que Tales, ve el principio de todas las cosas en el

infinito (que es ya una representación abstracta) pues es forzoso que el principio sea infinito para

que el devenir no cese nunca. Por su concepción del mar, como cuna de todos los seres vivientes, es

el primero en esbozar una «teoría de la evolución».

Anaxímenes cita el aire como principio del cual procede el fuego por enrarecimiento y la tierra

por condensación.

Heráclito de Efeso, de noble cuna, llamado «el oscuro» a causa de las dificultades que ofrece la

comprensión de sus escritos, sienta el principio de que todo fluye. Todo se concibe como

eternamente cambiante, de la misma manera que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río,

porque el agua que corre por él es siempre otra. La ilusión de estabilidad se produce gracias a que lo

que pasa desapareciendo y lo que aparece adviniendo se dan en cantidades iguales. Todo ha salido

del fuego primordial que Heráclito equipara a la razón cósmica de naturaleza divina, al logos, y

todo vuelve periódicamente a él por combustión universal. Así pues, junto al cambio eterno,

Heráclito admite un principio fijo. El Pórtico (véase literatura romana) tomó de la doctrina de

Heráclito algunos rasgos importantes, entre otros el panteísmo, es decir, la idea de la omnipresencia

del elemento divino en el mundo y su identidad con éste. Tal pensamiento repercute incluso en

Goethe. La conocida poesía, que reproducimos a continuación, muestra hasta qué punto lo hace:

Cuando en el infinito lo mismo

fluye eternamente repitiéndose

y el cielo de mil formas y colores

se cierra abovedado y firme,

de cosas y estrellas grandes y pequeñas

surge impetuoso el goce de vivir,

y todo afán y toda lucha

es eterno reposo en Dios señor.

Las palabras «afán» y «lucha» recuerdan también la sentencia de Heráclito: «La lucha es el origen

de todas las cosas».

Exactamente lo contrario de Heráclito, representan los llamados eléatas, por el nombre de la

ciudad de Elea

(Velia) situada en Italia meridional, ciudad que, por obra de los eléatas y en especial de los

pitagóricos, dio un poderoso impulso a la historia del pensamiento. Si Heráclito dice «todo es

movimiento y el reposo es sólo aparente», los eléatas invierten el aserto sosteniendo que «todo está

en reposo y el movimiento es sólo aparente». Heráclito y los eléatas representan así dos formas

primordiales del pensamiento y la sensibilidad humanas. En líneas generales y con todo lo que de

forzado tiene cualquier comparación, acaso pudiera decirse que Heráclito se aproxima al

«romántico» y que los eléatas están muy cerca del «clásico». Parménides, en su poema didáctico

«Sobre la naturaleza», dice que el cambio, la diversidad y el movimiento son sólo apariencia:

únicamente hay un ser que es ingénito, imperecedero e inmóvil, teniendo la forma de una esfera. A

esta doctrina sorprendentemente similar a la de la moderna investigación científica, llega

Parménides no por vía empírica (a través de la experiencia) sino mediante la especulación: si el ser

es ingénito, imperecedero e inmóvil, tiene que ser lógicamente perfecto y, para los griegos, el

cuerpo más perfecto que existe es la esfera. La idea de que algo pueda surgir de la nada (a la manera

como el Dios cristiano crea de ésta el mundo), resulta pura y simplemente inadmisible para el

griego. Si pues sólo hay ser y no no-ser, tampoco puede existir el espacio vacío. Sentado esto, el

movimiento resulta ser una ilusión de los sentidos, puesto que presupone el espacio vacío. La no

existencia del movimiento intentó probarla el eléata Zenón mediante razonamientos erróneos, tales

como el de «Aquiles y la tortuga». Sus «pruebas» más importantes son las siguientes: Una flecha en

vuelo, en un momento dado, tiene que estar en estado de reposo en un punto determinado.

Si se divide la trayectoria total en infinitos puntos de reposo, de tal operación sólo puede resultar

ausencia de movimientos. La misma conjetura que puede hacerse con un saco que es vaciado de

grano: el ruido que produce es suma de todos los ruidos individuales resultantes del roce de dos

granos, los cuales son a su vez suma de los pequeñísimos ruidos resultantes de superficies parciales

de roce infinitamente pequeñas. Estos últimos ruidos son ya imperceptibles. Ahora bien ¿puede

resultar un ruido perceptible de la suma de infinitos ruidos parciales imperceptibles (para Zenón =

inexistentes)? Otra «prueba»: Cuando una flecha vuela de A a B, tiene que pasar previamente por el

punto medio del trayecto C; antes de llegar a C, alcanza el punto medio entre A y C, al que

llamaremos D. Si seguimos este razonamiento hasta el infinito, resulta que la flecha no alcanzará

jamás el punto B. Algo parecido dice el falso razonamiento acerca de la situación de Aquiles

respecto a la tortuga. Aquiles (A) y la lenta tortuga (T) efectúan una carrera en la cual A, como

buen corredor, concede una ventaja a su contrincante: A parte del punto a, T del punto b. Cuando A

llega al b, T está ya en el punto d. Prosigamos así hasta el infinito y resulta que Aquiles no

alcanzará nunca a la tortuga. El sofisma consiste en que Zenón no cuenta con que las distancias

entre b y c, entre c y d, etc. son cada vez menores y llegan finalmente a un valor cero. Apenas es

posible decidir hasta qué punto el propio Zenón tomaba en serio sus sofismas.

Jenófanes de Colofón ocupa un lugar especial entre los eléatas. Como cantor errante (rapsoda)

conocía muy bien los cantos homéricos. Los rasgos antropomórficos de los dioses provocan su

indignación: «Homero y Hesiodo han atribuido a los dioses todo lo que en los hombres es objeto de

repulsa y censura: el robo, el adulterio y el engaño mutuo», dice en uno de sus textos. Con ello

formula la doctrina de que cómo es el hombre, así es su dios. ¡Qué descomedida afirmación: no sólo

Dios crea el hombre sino que el hombre crea «su» dios. Para expresar lo mismo, la psicología

moderna emplearía el concepto de «proyección» de las propiedades humanas en la representación

de Dios. En otro fragmento, dice Jenófanes que los tracios imaginarían sus dioses pelirrojos con

ojos azules, los etíopes negros, y que si los bueyes pudieran hacer dioses los dotarían de cuernos.

Frente a esta humanización, postula Jenófanes un concepto de Dios que escapa a toda representación

humana: su dios es ingénito, eterno, inmóvil y tiene forma esférica. Compárese esto con

la Ontología (doctrina del ser) de Parménides. De tal dios, dice Jenofonte: «Todo lo ve, todo lo oye,

todo lo piensa». Hasta cierto punto, esta concepción merece la designación de panteísmo.

Con Heráclito y los eléatas, sale a luz por vez primera la discrepancia entre la percepción

sensible y el pensar, entre «apariencia» y «ser». Éste sólo es accesible al pensar puro.

Los pitagóricos formaban una escuela, o más bien una secta de rasgos muy particulares, en Italia

meridional. Dicha escuela tomó su nombre de Pitágoras, su fundador, que, oriundo de Samos, se

había trasladado al sur de Italia. Aquellos que querían ser admitidos en la asociación tenían que

probar que su modo de vida era de un rigor moral absoluto. En la primera época, tenían que callar

(1) y limitarse a escuchar, y sólo con gran lentitud eran iniciados en los primeros misterios. Los

pitagóricos creían en la transmigración de las almas y, de forma pareja al hindú actual, tenían que

abstenerse de consumir carne y huevos, porque en todo ser animal puede cobijarse el alma de un ser

humano desaparecido. Pitágoras no ve el principio primero del mundo en una materia determinada,

sino en el número. Para los pitagóricos, cada número individual tiene su significado simbólico y el

universo está edificado según determinadas relaciones y armonías. Pitágoras fue el primero en darse

cuenta de la relación existente entre la matemática y la música (proporcionalidad entre la altura de

un sonido y la longitud de la cuerda que lo produce). La mística pitagórica de los números influyó

con insospechada medida en los siglos ulteriores. Todavía en el somnium Scipionis de Cicerón, al

final de De re publica traslucen una y otra vez pensamientos pitagóricos. El i significa el ser

encerrado en sí mismo (tesis), el 2, el ser otro (antítesis), el 3 (1 + 2) la unión, la totalidad (síntesis).

1 Este callar tenía, en los pitagóricos, una significación totalmente distinta del de la orden de los monjes trapenses, por

ejemplo. El silencio de los pitagóricos hay que interpretarlo en un sentido pedagógico.

La historia de la mística y del simbolismo de los números había de proseguir en los cuentos

populares con sus números preferidos y a resonar incluso en las mejores obras de psicología de C.

G. Jung.

La doctrina pitagórica de la transmigración de las almas y del simbolismo de los números influyó

en el pensamiento de Platón en múltiples direcciones. A Pitágoras se remonta, asimismo, el

concepto de música de las esferas, la cual es producida por el movimiento circular de los astros y

cuya altura tonal corresponde a las distintas distancias a que aquéllos se encuentran de la Tierra. El

que no oigamos las notas de tal música se explica por el hecho de que nuestros oídos están tan

embotados por la fuerza de éstas, que ya no las percibimos en absoluto. La idea de la música de las

esferas se encuentran también en el Fausto de Goethe. Al principio del «prólogo en el infierno» de

esta obra, leemos:

El sol suena a su antigua manera

en el armónico certamen sideral

y su curso preciso completa

con su paso de trueno.

Empédocles de Acragas (Agrigento) fue una figura de máxima originalidad. Era médico, filósofo

y predicador ambulante, en suma, un uomo universale tal como lo encontramos acaso en el erudito

medieval Paracelso. Su vida debió ser tan fantástica como su muerte en el cráter del Etna (véase el

fragmento de Hölderlin: La muerte de Empédocles). A su ciudad natal debe su inclinación a lo

grandioso; Empédocles decía de los naturales de Agrigento: «edifican como si tuvieran que vivir

eternamente y comen como si tuvieran que morir mañana». Para Empédocles la causa primera no es

una materia determinada sino los cuatro elementos fuego, agua, aire y tierra. Con su doctrina del

«amor» que junta los elementos y del «odio» que los separa, es el primero que traza una línea

divisoria entre materia y energía, superando así con mucho al hilozoísmo. No menos original es su

idea de la percepción sensible: las diferentes aberturas de los poros de los ojos corresponden a las

diversas «emanaciones» de las cosas, de manera que en el ojo, lo igual es percibido por lo igual, el

fuego por el fuego, lo oscuro por lo oscuro. Este pensamiento lo volvemos a encontrar también en

Goethe:

Si el ojo no fuese semejante al sol

jamás al sol podría ver.

Después de que el ateniense Anaxágoras se hubo aproximado mucho a la solución del problema

del origen primero y de la estructura de la materia, mediante su teoría de las llamadas homeomerías

o elementos infinitamente pequeños y mutuamente semejantes, la cuestión fue resuelta de modo

definitivo por Leucipo y su discípulo Demócrito de Abdera. Su principio es rigurosamente

monístico (monismo es la concepción según la cual existe un solo principio fundamental, en

oposición al dualismo que admite dos mutuamente antagónicos, como por ejemplo: espíritu y

materia, Dios y Demonio, etc.) (1). La materia está formada por corpúsculos infinitamente

pequeños, los átomos (del griego atomos = indivisible), que tienen formas diferentes. Así, los

átomos de materias espesas, como los del aceite, se conciben de superficie llena de puntas, merced a

las cuales se mantienen mutuamente adheridos; los átomos del fuego, muy finos; más finos todavía

y, penetrándose recíprocamente, los átomos del alma: ¡puro materialismo! Junto a los átomos hay

que admitir necesariamente el espacio vacío. El advenimiento de las cosas es unión de átomos; su

desaparición, disgregación de éstos. No hay un solo mundo, sino un número ilimitado de mundos

1 En la Meseta del Irán, apareció con la doctrina de Zaratustra, una marcada teoría dualista. Zaratustra admite la

existencia de dos dioses que luchan entre sí: el dios bueno, Ahuramazda, y el dios malo, Ahrimán. El hombre, con su

conducta, debe contribuir a la victoria final del dios bueno. ¿Es sólo un azar que los sistemas dualistas aparezcan en

zonas desérticas donde el hombre percibe con singular intensidad los contrarios (luz-sombra, humedad-sequía, días

cálidos-noches frías)?

que nacen y desaparecen al azar. Más adelante, Epicuro hizo del atomismo el fundamento de su

filosofía (véase parte romana).

Nosotros, hombres cultos de la época actual, podemos sin duda sonreírnos de tal o cual intento

de interpretación presocrática. Sin embargo, debemos tener siempre en cuenta que, sin la obra de

estos pensadores, sería inconcebible la totalidad de nuestra ciencia, de la cual nos sentimos tan

orgullosos, y, sobre todo, que el paso que separa el pensar mítico-fabuloso de la filosofía natural

jónica es de una magnitud infinitamente mayor que la del progreso que, durante los últimos cien

años, había de conducir a la era actual de la técnica.

LA SOFÍSTICA Y SÓCRATES

Después que la filosofía natural había dado solución a un gran número de problemas al tiempo

que deshacía el hechizo del mundo exterior, hubo de dirigir su especulación, hacia otros dominios.

Todavía no se habían explorado los abismos del espíritu y del alma, de los cuales Heráclito decía:

«Nunca podrás descubrir los límites del alma aunque recorras todos los caminos, tal es la hondura

del fondo que tiene».

La nueva generación de pensadores centró sus consideraciones en el hombre, su cultura, su

pensamiento y su lenguaje. Los representantes de esta dirección se llamaban orgullosamente a sí

mismos sofistas (sabios); y al movimiento que representan se le designa con el nombre de sofística.

Los sofistas eran profesores ambulantes que iban de un lado a otro y pronunciaban, ante una juventud

entusiasta, disertaciones que se hacían pagar muy bien, lo que en tiempos anteriores se había

reputado inconveniente. Por los escritos de Platón, sabemos del entusiasmo que movía a los jóvenes

a escuchar las lecciones de los sofistas. Nombres famosos como Protágoras, Hipias de Elis y

Prodicos —«profesores de moda»— electrizaban a sus oyentes y los honorarios de tales oradores

debieron de ser con frecuencia escandalosos.

La antigua sofística presentaba un carácter acentuadamente retórico (Gorgias). Los sofistas se

comprometían a hacer de los jóvenes hábiles oradores y ciudadanos capaces, porque en una

democracia las dotes retóricas eran imprescindibles para una carrera ulterior. Muchos sofistas

pretendían poder discurrir lo mismo en pro que en contra de una cosa; es natural que, de esta forma,

la retórica degenerara, a menudo, en el juego nada serio de la llamada erística o arte de discutir. La

sofística aborda todos los problemas con la cuestión básica de los dos contrarios physis (naturaleza)

y nomos (costumbre, convención). ¿Qué es lo que en la sociedad humana es physis y qué nomos? El

lenguaje humano ¿es algo natural o es un puro convenio el hecho de que se llame a esto «silla» y a

aquello «ventana»? Así es como los sofistas llegaron a ser los iniciadores de la ciencia del lenguaje

y de la gramática.

Al cargar el acento sobre lo natural, los sofistas tuvieron que topar con el concepto de derecho

natural: todos los hombres son por naturaleza iguales y poseen los mismos derechos, todas las

diferencias de clase son obra del hombre. Partiendo de aquí, habrían podido llegar a postular la

fraternidad, la filantropía y la responsabilidad social. Pero fueron otras las consecuencias que

sacaron de ello: su pensamiento se basa en un patente relativismo, es decir, en la idea de que no hay

ningún conocimiento absoluto; todo es tan verdadero o tan falso como se le aparezca al individuo.

Este relativismo rige también para la percepción sensible: así, por ejemplo, la misma pintura puede

ser bella o fea para el mismo hombre, en épocas distintas. Protágoras expresa estas ideas mediante

su conocida sentencia: Homo mensura omnium rerum est, «el hombre es la medida de todas las

cosas» (de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son). Esta doctrina

resulta peligrosa si se aplica al dominio de la convivencia social humana, a la ética. Los sofistas

afirman que no existe ni el bien absoluto ni el mal absoluto; todo es bueno o malo en la medida que

sirve al individuo: «El más fuerte tiene siempre razón» o «lo bueno es lo útil», son máximas que

expresan principios fundamentales para la sofística. Este enfoque había de conducir a una

disolución de la sociedad y déspotas como Alcibíades o Critias (jefe de los treinta tiranos de

Atenas) sacaron, con su egoísmo sin límites, las consecuencias prácticas de la doctrina en cuestión.

Así fue como los sofistas se convirtieron en los creadores del «superhombre». Este concepto, que

arranca de ellos, llega en línea recta hasta las inhumanas teorías del nacional-socialismo, pasando

por Maquiavelo y Nietzsche. El utilitarismo de los círculos sofistas se muestra, asimismo, en sus

ideas acerca del origen de la creencia en los dioses: un sabio habría inventado éstos para hacer de

ellos guardianes perpetuos de los hombres y para obligarles a doblegarse ante el temor de las penas

(véase Cicerón. De natura deorum I, 1, 18 y ss.). Esto recuerda involuntariamente la sentencia de

Voltaire: Si Dieu n’éxistait pas, il faudrait l’inventer. La sofística es, en efecto, comparable a la

Ilustración francesa del siglo XVIII, aunque al relacionarlas hay que destacar una notable

diferencia; ésta: en oposición a la Ilustración francesa la sofística no se dirigía contra la autoridad

eclesiástica y sacerdotal tradicional, por la sencilla razón de que en los estados griegos no existía ni

dogmatismo religioso ni una clase sacerdotal privilegiada.

A pesar de que la sofística encerraba en sí grandes peligros, en especial cuando era llevada a la

práctica, es obligado hacerle justicia. Abrió, al pensar, dominios completamente nuevos, desarrolló

el método dialéctico, hizo frente a la tradición, libró de prejuicios al hombre y sobre todo: sin la

sofística no habría existido Sócrates.

Sócrates (469-399 a. d. C.) fue el hombre que, de una manera más consecuente, vio la

peligrosidad que envolvían las teorías sofísticas e hizo de su refutación la tarea de su vida. Pero hay

que señalar, para que quede bien claro, que Sócrates combatió a los sofistas con sus propias armas,

pues su pensamiento recibió de ellos un poderoso estímulo. Estas armas eran la dialéctica, un acentuado

racionalismo y la tendencia a formas expresivas de sorprendente agudeza. A algunos de sus

contemporáneos, Sócrates les pareció un sofista más; en su proceso se le acusó, en efecto, de algo

que antes se había reprochado a los sofistas: «el convertir la cosa nimia en argumento fuerte».

Al contrario de Platón, Sócrates era de origen muy humilde. Su padre, Sofronisco, era cantero y

su madre, Fainareta, comadrona. A su método, consistente en cierto modo en ayudar a «parir» la

verdad, le llamó él mismo mayéutica (arte de las parteras). Nacido en un círculo familiar que, sin

fortuna, tenía que vivir de su trabajo, se complacía en desdeñar a la aristocracia a causa de su

trivialidad. El trabajo físico, excepción hecha de la guerra y el deporte, era considerado deshonroso

por los griegos de clase elevada de los primeros tiempos; recordemos aquí la oposición, a que ya

nos hemos referido, entre Homero y Hesiodo. El pensamiento de Sócrates no era ajeno a un matiz

de carácter popular y realista. Cicerón lo expresa así: «Primero Sócrates fue a buscar la filosofía al

cielo, la hizo bajar a las ciudades e incluso la introdujo en las casas y la obligó a preguntar por la

vida, las costumbres, el bien y el mal» (Tusculanae disputationes, V, 10).

Parece que Sócrates aprendió el oficio de cantero, pero no lo ejerció nunca. Su vocación iba por

otros caminos. En sus conversaciones con gente de todas las clases sociales, hubo de comprobar,

una y otra vez, la arrogancia y la superioridad con que muchos hombres hacían frente a su profesión

y a la propia vida —de modo parecido a nuestros días— y hasta qué punto perseguían los bienes

pasajeros, en vez de preocuparse de su espíritu que, para Sócrates, era la primera instancia que

había que atender. Sócrates se acercaba a las gentes en el mercado, en el gimnasio y en las tabernas

frecuentadas por artesanos, con el fin de arrastrarles al diálogo. Empezaba por simular irónicamente

que iba en busca de consejo, fingía no saber nada —«ironía socrática»— y acababa desenmascarando

el supuesto saber de su interlocutor tratando de ganarle. Platón, en su Apología (12 y ss.),

dice que el oráculo de Delfos señaló a Sócrates como el más sabio de los griegos y describe como

éste, para contradecir a aquél, se acercaba a los hombres de todos los oficios a fin de encontrar, a ser

posible, otro sabio como él. Pero no lo conseguía. Sócrates alega humildemente que él tampoco

sabe nada, pero que tiene conciencia de este defecto, mientras que los demás, desde el artesano al

hombre de gobierno, toman su ignorancia por un saber. De ahí que, en oposición a los sofistas, no

se llame a sí mismo sabio, sino filósofo, es decir, el amigo de la sabiduría, el que aspira al

conocimiento (cierto es que la voz «filósofo» parece remontarse a Pitágoras).

Se comprende que un interrogador tan agudo e irónico como Sócrates disgustara a muchos. Se le

comparaba con un tábano, que pica inesperadamente, o a un torpedo que, con sus descargas

eléctricas, sume a su enemigo en una especie de adormecimiento. El método del diálogo socrático

consistía en lo siguiente: la conversación se iniciaba hablando de un acontecimiento de actualidad.

En el curso del diálogo se planteaba la cuestión que se quería explorar: ¿Qué es la justicia? ¿qué es

la valentía? Sócrates parte siempre de un ejemplo práctico. Así: ¿Quién fue valiente? Aquiles ¿Por

qué y gracias a qué propiedades fue valiente Aquiles? Por este procedimiento los dos interlocutores,

mediante un constante definir (describir) y abstraer (elevar algo a lo general por sustracción de

propiedades individuales) llegaban, en común esfuerzo, a la consecución de las verdades últimas, es

decir, a los conceptos.

En el diálogo socrático es muy significativo el esfuerzo común por la verdad. Deberíamos

preguntarnos con toda honradez: ¿Cuándo en las discusiones que tenemos con colegas

profesionales, en la tertulia o en el salón de sesiones del ayuntamiento, se da una búsqueda común y

objetiva de la verdad, en vez del inflexible intento de imponer y hacer prevalecer las propias

opiniones? Un poco de espíritu socrático en nuestras conversaciones no nos perjudicaría.

El método socrático que resulta del diálogo entre dos o más individuos, recibe el nombre de

dialéctica (del griego dialegomai, «conversar»). Un ejemplo sencillo pondrá algo más a nuestro

alcance el diálogo socrático (Platón, Laques, 1, 192 B). Se trata en él de la definición del valor. Los

interlocutores de este diálogo son Sócrates (S) y Laques (L).

S: Intento pues, decir, Laques, asimismo, qué es la valentía, esta fuerza que se encuentra en el placer y en

el dolor y en todas las cosas, que ahora decíamos y que es una misma, puesto que la llamamos siempre

valentía (se pide una definición que hay que justificar en todos los casos).

L: Me parece que es una especie de firmeza del alma, si hay que expresarlo de una manera general.

S: Está claro que debe ser así, si queremos contestar a la pregunta. Pero me parece que tú no tienes toda

la firmeza por valentía, si te entiendo bien. He aquí la razón: Casi estoy seguro que tú pones la valentía

entre las cualidades bellas. (Examen de esta definición en su vigencia práctica).

L: Ten entendido que la pongo entre las cosas más bellas.

S: Así, pues, ¿la firmeza con inteligencia es bella y buena?

L: Seguramente.

S: ¿Pero la firmeza sin inteligencia, no te parece nociva y mala?

L: Esto no sería justo, Sócrates.

S: Entonces afirmas que esta clase de energía no es valentía, puesto que no es bella, en tanto que la

valentía es bella.

L: Dices verdad.

S: La valentía sería, pues, en tu opinión, la firmeza inteligente.

L: Así parece.

S: Veamos pues ahora en qué respecto es «inteligente»… etc.

Como puede verse, para este tipo de diálogo lo que importa no es sólo la definición y la

abstracción, sino también la prueba del caso particular debatido en cada ocasión. Este método

lógico es inductivo, es decir, va de lo conocido a lo desconocido, de lo particular a lo general. Al

otro modo de pensar que sigue el camino inverso yendo de lo general a lo particular, de la teoría a la

práctica, lo designamos con el nombre de deducción. Toda la Edad Media pensó en sustancia

siguiendo el método deductivo: Se partía de la irrefutablemente válida revelación de la Biblia y se

intentaba armonizar con ella la realidad y su interpretación… a veces de manera violenta. Sólo el

descubrimiento del pensar científico-natural y la Ilustración impusieron, una vez más, la inducción.

Para Sócrates, toda virtud es un saber. El que sabe qué es la valentía en sí misma, obra

automáticamente con valor y a la inversa. El cobarde lo es porque no tiene aún un conocimiento

exacto de la valentía. Lo mismo puede decirse de las demás virtudes. En esto tenemos que admitir

que el punto de vista socrático es excesivamente racionalista, y que, sin duda, atiende demasiado

poco el lado demoníaco del hombre. Esto es tanto más sorprendente cuanto que Sócrates habla con

frecuencia de su daimoníon, especie de voz interior que suele disuadirle cuando quiere hacer algo

injusto: ¡Una especie de conciencia pasiva! Esta voz interior fue escrupulosamente escuchada por

Sócrates durante toda su vida.

No debe extrañarnos que Sócrates, al poner en ridículo el saber aparente, tuviera todo menos

amigos, entre sus conciudadanos. Sus discípulos, en cambio, fueron fieles a su maestro hasta los

límites del entusiasmo. Sócrates era un hombre extraordinariamente feo, de nariz aplastada, orejas

caídas, gran calva y sin maneras aristocráticas; se le solía comparar con un sileno. A la hostilidad

personal que se había atraído entre sus contemporáneos, hay que añadir algo más: Sócrates no era

amigo de la democracia radical. Este filósofo habla frecuentemente con desprecio de la «gran

masa»; lo que aquí se pone de manifiesto, empero, no es la arrogancia del aristócrata sino la

conciencia de un marcado individualismo que se opone a las opiniones estereotipadas de la

democracia de masas. Cuando el pueblo, a causa de las calamidades que siguieron a la batalla, por

lo demás victoriosa, de las islas Arginusas, hizo responsable de aquéllas a los inocentes estrategas,

condenándolos a muerte, Sócrates, que entonces se encontraba en Pritane, fue el único que se

atrevió a enfrentarse al veredicto popular. Además, fueron muchos los contemporáneos que no le

entendieron en absoluto, interpretando erróneamente sus enseñanzas. Incluso Aristófanes, en otras

ocasiones tan ponderado, le presenta en sus Nubes como un filósofo de la naturaleza que vuela

hacia las alturas y contempla las estrellas (1).

La acusación de Sócrates vino el año 399. Los demandantes principales fueron Anitas, como

defensor de los artesanos ofendidos y Melestos, representante de poetas y músicos. Hubo un

verdadero «proceso público». La acusación decía que Sócrates pervertía a la juventud —se pensaba

sin duda en Alcibíades— y que no creía en los dioses de la ciudad, sino en los propios; se citaba su

daimonion. En el juicio se le declaró «culpable» y Sócrates tuvo que beber la cicuta. La resignación

con que aceptó la condena, la conducta que, fiel a sus principios, observó cuando, a pesar de la

posibilidad de fugarse, decidió permanecer en la cárcel y, finalmente, la presencia de ánimo y la

serenidad con que bebió la copa de tósigo, impresionó profundamente a muchos de sus

contemporáneos. Lo que hace de Sócrates uno de los hombres más grandes que han existido es el

acuerdo entre el pensamiento y la acción. Vivió como pensaba y así demostró la profunda verdad

de su doctrina.

PLATÓN (427-347 a. d. C.)

La acción de una personalidad en el ámbito histórico-cultural puede ejercerse de dos modos. Un

artista o pensador, o se presenta como individualidad única en su género —y entonces habrá que

considerarle como una potencia histórica— o bien alcanza sintetizar, para la generalidad de los

hombres, ideas que, en su tiempo, estaban aún inexpresas pero que flotaban en el aire— y entonces

la aludida personalidad ejercerá una influencia permanente en el pensamiento humano y sus ideas

vivirán reiterados renacimientos en el curso de la historia. Pues bien, en Platón, se hermanan ambos

tipos. Baste indicar el hecho de que la escuela platónica, la Academia, constituyó durante

novecientos años uno de los focos intelectuales de la Antigüedad y de la alta Edad Media y que, sin

la personalidad de Platón, el pensamiento filosófico y teológico de Occidente habría tomado un

rumbo completamente distinto.

Al contrario de su maestro Sócrates, Platón procedía de una distinguida familia aristocrática. En

su juventud quería ser atleta (su nombre significa, propiamente, «ancho de espaldas») y escritor. El

gran cambio de su vida, por no decir «conversión», fue debido a su encuentro con Sócrates. Su

posición social le permitió realizar grandes viajes después de la muerte de su maestro, la cual le

impresionó profundamente. Visitó Sicilia y el Sur de Italia (Magna Grecia). Allí, a través del

pitagórico Arquitas, entra en contacto con la doctrina de Pitágoras, la cual había de repercutir en su

pensamiento en forma duradera. No se sabe con certidumbre si Platón estuvo también efectivamente

en Egipto y el Norte de África (Cirene). En Sicilia, intentó ganar para la filosofía al viejo Dionisio,

tirano de Siracusa, a tenor de su convicción de que el gobernante tenía que ser filósofo. Tras

1 El asunto de las Nubes es, en resumen, el siguiente: Un campesino ático que se llena de deudas a causa de la noble

pasión que siente por su aristocrática esposa, decide enviar a su hijo a la «enseñanza» de Sócrates, con la idea de que

éste haga de él un orador hábil y pueda así librarle de sus acreedores. La acción termina así: El padre es apaleado por el

propio hijo, el cual le demuestra, con gran sutileza, que es perfectamente justo que los hijos devuelvan a sus padres lo

que de ellos recibieron (véase Nubes, 1410 y ss.).

algunos éxitos iniciales, estalló el conflicto: Platón fue llevado como esclavo al mercado de Egina,

pero fue rescatado después por sus amigos. Hizo otro viaje a Sicilia y trató de entrar en relación con

Dionisio el joven, pero sus esfuerzos tampoco condujeron al éxito esperado. Dion, amigo de Platón,

ganado para sus ideas por el filósofo, encontró la muerte en los combates de la defensa de Siracusa.

Permítasenos aprovechar la coyuntura para decir unas palabras acerca de la significación de Sicilia

para Grecia Occidental. En oposición a la madre patria, donde la mayor parte de las ciudades se

habían transformado en democracias, en las ciudades sicilianas imperaba aún la tiranía. No todos

los tiranos, ni mucho menos, fueron déspotas tan crueles como aquel Falaris de Acragas, que hacía

asar a sus enemigos dentro de un toro de hierro hueco. Hubo entre ellos grandes personalidades

como Gelón, Hierón y Agatocles que cuidaron tanto del ornato arquitectónico de sus ciudades como

de la extraordinaria pujanza de las artes y las ciencias. De ahí que no quepa extrañarse de que, en

aquellas cortes de tiranos, con sus medios económicos, se encontraran grandes protectores del arte y

de los artistas. Para la generación de poetas del siglo y, era casi de «buen tono» haber pasado una

vez en la vida por la corte de un tirano de Sicilia; poetas como Píndaro, Esquilo y Simónides

pasaron en esta isla temporadas más o menos prolongadas. Se impone aquí una comparación con los

tiranos del Renacimiento (por ejemplo los Visconti y Médicis) y la decisiva importancia que

tuvieron para los artistas de entonces.

Hacia 387, Platón fundó su propia escuela en el bosque de Heros Academos. De éste tomó el

nombre de Academia. Podemos representarnos ésta como una especie de universidad de nuestros

días; ocupaba un lugar intermedio entre escuela y comunidad religiosa. La teoría platónica de las

ideas ocupaba un puesto central entre las materias que allí se enseñaban; las disciplinas matemáticas

preparaban para la filosofía y constituían una a modo de propedéutica. El puesto ocupado por ésta,

respecto a la filosofía propiamente dicha, correspondía, poco más o menos, al ocupado en la Edad

Media por las otras ciencias respecto a la teología. Platón enseñó en su escuela hasta el fin de su

vida. Después de su muerte, la Academia experimentó una serie de transformaciones que la

apartaron, unas veces más y otras menos, de las doctrinas del maestro (por ejemplo, en la etapa de

predominio del esceptismo académico).

Filosofía de Platón

La influencia de Sócrates sobre su discípulo fue tan grande que el maestro aparece en todos los

diálogos platónicos como el principal interlocutor. Las primeras obras de Platón constituyen meros

análisis de conceptos, tales como la valentía, la belleza, etc. En el Menón, se abre paso por primera

vez el pensamiento platónico propiamente dicho. En este libro, Sócrates le arranca el enunciado de

un teorema matemático a un joven que, por lo demás, no tiene ninguna formación científica. De ahí

que se plantee un problema nuevo: ¿de dónde sacamos los conocimientos que no hemos adquirido

por medios empíricos (por la experiencia)? Piénsese, por ejemplo, en representaciones matemáticas

tales como la recta, el círculo perfecto, o en conceptos éticos como la justicia perfecta, todo ello

fenómenos que no aparecen en el mundo exterior. Para Platón, la única respuesta posible es ésta: El

alma, antes de haberse unido al cuerpo por el nacimiento, «vio» estas cosas y se acuerda de ellas.

Así todo conocimiento es un recuerdo (anamnesis) que tiene el alma de aquellas esencias. Platón

llama ideas a estas formas primitivas. Con esto llegamos al meollo del pensamiento platónico: las

ideas son la verdadera realidad y todas las cosas que constituyen el mundo de la percepción sensible

no son más que copias de las ideas y tienen sus cualidades porque «participan» de las ideas

correspondientes. Así, por ejemplo, una cosa es roja gracias a su participación de la idea de «rojo».

La idea suprema y más alta, aquella a la cual están subordinadas todas las demás, es la idea del bien

que Platón identifica a menudo con Dios.

Platón intenta expresar la relación existente entre el mundo de las apariencias sensibles y el

único mundo real de las ideas, mediante el famoso mito de la caverna (La República, 514 y ss.), de

la misma manera que, en otros relevantes pasajes de su obra, introduce imágenes y metáforas de

suma belleza poética. En pocas líneas, el mito de la caverna dice lo siguiente: Un hombre que

desconoce en absoluto el mundo exterior se encuentra sujeto por cadenas en una cueva que es

iluminada por un fuego, de forma que las cosas que pasan frente a ésta arrojan sus sombras sobre la

pared interior de la caverna. En su ignorancia, el hombre se siente inclinado a tomar las sombras

móviles por realidades verdaderas. De la misma manera, dice Platón, nosotros tenemos por realidad

las percepciones de nuestros sentidos, percepciones que no son más que copias de las ideas (1). La

teoría platónica de los dos mundos que nunca se encuentran es, pues, marcadamente dualista. Todos

los hombres tenemos que sufrir a causa de esta incompatibilidad de ambos mundos; recuérdese, por

ejemplo, el poema de Schiller «El Peregrino», cuya estrofa final dice así:

¡Ah, ninguna senda quiere llevar allí;

el cielo, encima de mi cabeza,

jamás quiere tocar la tierra

y nunca el allá está en el aquí!

El alma, por el nacimiento, se abandona en un cuerpo y permanece ligada a éste. La misión del

hombre consiste en librar el alma de la carga terrena del cuerpo mediante una vida vuelta hacia lo

espiritual. También es platónico el juego de palabras tomado de los órficos y pitagóricos: somasema

«el cuerpo (es) la tumba (del alma)». Gracias sobre todo al método dialéctico desarrollado por

Sócrates, al alma le es dado alcanzar de nuevo una contemplación pura de las ideas. El alma siente

una perpetua nostalgia por el mundo de las ideas que es su patria de origen, y a la vez, el fin último

del eros platónico. La «chispa divina» es un don especial, algo así como un conocimiento de las

ideas de la índole de una intuición súbita e inmediata. La ontología (doctrina del ser) de Platón

puede representarse esquemáticamente así:

Idea del Bien = Dios

Conocimiento = Reminiscencia

Alma Mundo de las Ideas

Mundo de las apariencias

Tres partes:

Conocimiento Copia de las Ideas

Temperamento Participación de las Ideas

Apetitos

Escritos de Platón

Casi todas las obras de Platón están redactadas a manera de diálogo, pues esta forma literaria es

la que mejor se prestaba a reproducir el método dialéctico de su maestro Sócrates. Podemos dividir

la obra de Platón en cuatro períodos: Obras de juventud, Diálogos de transición, Grandes escritos

sobre la teoría de las Ideas y Obras de la vejez.

La Apología reproduce el discurso de defensa de Sócrates en la vista de su causa. Aquí se plantea

en primer lugar la cuestión de saber hasta qué punto Platón es fiel a la verdad en lo que se refiere al

histórico discurso. Puesto que éste fue sin duda ampliado libremente, es lícito admitir que los

detalles particulares sean asimismo presentados con cierta libertad. Pero si se tiene en cuenta que

Platón escribió su Apología no mucho después del proceso, cuyo recuerdo podía estar aún vivo en

1 El mito de la caverna continúa diciendo que el hombre aludido, caso de que saliera a la luz del sol, tendría que

acostumbrarse primero a ésta y después a la visión «correcta». Compárese el simbolismo del mito de la caverna con el

cuadro del pintor suizo A. Welti «Los tres eremitas», en el cual, el artista simboliza en los tres ermitaños los tres grados

del conocimiento.

el ánimo del lector, apenas cabe admitir que nuestro filósofo se permitiera ofrecer de aquél un relato

excesivamente alejado de la realidad. Estas consideraciones constituyen un aspecto parcial de la

cuestión socrática, puesto que no habiendo dejado Sócrates ningún escrito a la posteridad, para

forjarnos una idea de su personalidad nos vemos forzados a atenernos unas veces a los diálogos de

Platón y otras a los escritos históricos de Jenofonte. Dado que Sócrates es descrito por ambos de

manera diferente, se plantea la cuestión de saber a cuál de las dos fuentes hay que dar preferencia.

Más adelante, nos referiremos a la citada cuestión en lo que afecta a las obras de Jenofonte.

El fino humor y la suave ironía que se descubre al final de la Apología es genuinamente

socrático y está libre de todo cinismo frío y tosco:

Para mí, personalmente, sería admirable la estancia allí (en el Hades) y cuando encontrara a Palamedes

y a Ajax, hijo de Telamón, y a los otros antiguos que murieron por un sentencia injusta, y pudiera

comparar mi destino con el de ellos, creo que no dejaría de ser grato, y lo más grande de todo sería pasar

el tiempo, explorar, preguntar a los de allí, como he hecho a los de aquí, para probar cuál de ellos es sabio

y quién sólo lo cree y no lo es… Estar con ellos y hablarles y examinarles sería para mí una felicidad

indescriptible. Y, ciertamente, allí no se condena a muerte por hacer esto…

En el Critón, Sócrates observa una conducta asombrosamente consecuente al hacer cara a la

tentación de evadirse de la cárcel con ayuda de su amigo Critón. En este punto, tenemos ocasión de

admirar la unidad de teoría y vida que hace de Sócrates un hombre de imponderable grandeza de

alma. Es extraordinariamente impresionante el pasaje en que se introducen las leyes, que él mismo

encarna en su persona, en forma de voces que le dirigen la palabra (50 a) —sublime reflejo de su

propia conciencia, algo así como la llamada postrera de su daimoníon.

Los otros diálogos de la primera época tratan de la definición socrática de los conceptos. Así, en

el Laques, se define el concepto de la valentía y en el Eutifron el concepto de la piedad.

El Gorgias forma parte del grupo de diálogos de la época de transición. El sofista y orador

Gorgias da nombre a la obra. En este diálogo se trata del valor y el sentido de la retórica. En dicha

obra, Platón intenta, entre otras cosas, demostrar que es mejor padecer la injusticia que hacerla

(Gorgias 474 a, ss). De Menon se habla ya en nuestra introducción a la teoría de las ideas.

Los tiempos en que Platón escribió los grandes diálogos, en los cuales defendía la teoría de las

ideas, constituyen la época más feliz de toda su vida. El filósofo da forma expresiva a su gran

doctrina con un ardor poético que raya en el entusiasmo.

El Fedón es una de las obras más conocidas de la literatura universal. Su tema, la inmortalidad

del alma, destaca de una manera sumamente conmovedora en dos armazones estrecha y

primorosamente entrelazados. El armazón interior está constituido por la pintura de las últimas

horas de Sócrates en la cárcel. Precisamente la circunstancia palpitante de que hable de la

inmortalidad del alma, un hombre que se encuentra a las puertas de la muerte, hace que el conjunto

de la obra sea de una lectura incomparable. El libro se divide en dos partes, en la primera de las

cuales trata de demostrar la inmortalidad del alma mediante diferentes pruebas, mientras que en la

segunda se ofrece una visión grandiosa de la vida después de la muerte y la transmigración del

alma. El estilo del armazón es de una sencillez que impresiona de manera increíble.

Desgraciadamente, las dimensiones de nuestra introducción no nos permiten ofrecer más que una

breve muestra del texto. En ella se describen los últimos minutos antes de la ejecución:

El sol estaba ya cerca de su ocaso, pues había pasado mucho tiempo dentro. Llegó [Sócrates] recién

lavado, se sentó y no se habló mucho. Vino el servidor de los Once y deteniéndose a su lado le dijo: «¡Oh,

Sócrates! no te censuraré a ti lo que censuro a los demás, el que se irriten contra mí y me maldigan cuando

les transmito la orden de beber el veneno que me dan los magistrados. Pero tú, lo he reconocido bien en otras

ocasiones durante todo este tiempo, eres el hombre más noble, de mayor mansedumbre y mejor de los que

han llegado aquí, y ahora bien sé que no estás enojado conmigo, sino con los que sabes que son los culpables.

Así que ahora, puesto que conoces el mensaje que te traigo, salud e intenta soportar con la mayor

resignación lo necesario». Y rompiendo a llorar dióse la vuelta y se retiró. Sócrates, entonces, levantando su

mirada hacia él dijo: «Tú también recibe mi saludo, que nosotros así lo haremos». Y dirigiéndose a nosotros

agregó: «¡Qué hombre tan amable! Durante todo el tiempo que he pasado aquí, vino a verme, charló de

cuando en cuando conmigo y fue el mejor de los humanos. Y ahora ¡qué noblemente llora por mí!…

El Simposion (banquete)

En los banquetes griegos es costumbre no sólo cantar una serie de canciones báquicas (scolia),

sino también discutir sobre temas alegres o serios. En el «Banquete», además de Sócrates, se hallan

presentes el poeta cómico Aristófanes, Fedro, el trágico Agaton, en cuyo domicilio se celebra el

festín, Pausanias y el médico Eriximarco, a los cuales se agrega más tarde Alcibíades. El tema sobre

el que cada uno tiene que hacer una breve disertación, es el amor, el eros, que penetra la vida toda

de los griegos. Las exposiciones culminan en boca de Sócrates, el cual declara deber su sabiduría al

respecto, a una mujer entendida: Diotima (véase «Diotima», de Hölderlin). La última y más alta

forma del eros es, para Platón, el anhelo del alma por la belleza primordial, es decir, la idea de lo

bello y lo bueno, en el sentido que para el pensamiento griego, en general, ambos conceptos

(«bello» y «bueno») son idénticos: el griego es un moralista esteta.

La República (Politeia) es una de las obras más importantes de Platón. En ella se pinta la forma

ideal de comunidad política tal como el filósofo la había deseado. Se trata de una utopía. De

acuerdo con la división tripartita del alma (véase el esquema de la doctrina platónica del ser) divide

su estado en tres clases sociales: la de los filósofos («magistrados») la de los vigilantes

(«guerreros») y la de los comerciantes, industriales y agricultores («productores»). Sólo a estos

últimos se les permite la propiedad privada. Las otras dos clases viven en perfecto comunismo,

régimen que se hace extensible también a mujeres e hijos.

Recordemos aquí, una vez más, que casi todas las direcciones intelectuales modernas hunden, en

última instancia, sus raíces en la Antigüedad; este hecho podría confirmarlo el estudio atento de las

lenguas y culturas clásicas. Pero, a decir verdad, no es lícito comparar el comunismo de Platón con

las tendencias comunistas modernas: en la doctrina de este filósofo no se habla en absoluto de

«dictadura del proletariado».

Todos los ciudadanos deben tener la posibilidad de elevarse a una clase superior mediante el

cumplimiento de pruebas especiales. En esta república de castas, sólo es, pues, democrático el

principio según el cual lo que decide la pertenencia a una de las tres clases no es el nacimiento o el

patrimonio. La educación debe ser en extremo cuidadosa; del plan de enseñanza se excluye, por

razones pedagógicas, la lectura de los poetas y, en especial, de las obras de Homero y Hesiodo

(véase Jenófanes).

Esta república es, naturalmente, una utopía del filósofo divorciado de la realidad, que lo

contempla todo desde el punto de vista de las ideas. El abandono de la familia en las clases

superiores, sobre todo, está en pugna con la naturaleza humana, pues el meollo de una sociedad

sana sólo puede ser una familia sana. Ya se aludió en la filosofía de Platón al fracaso de éste en

Sicilia al pretender la realización de su utopía. La obra que nos ocupa abre el ciclo de una serie

completa de «estados ideales» que comprende desde De re publica de Cicerón hasta la Utopía del

humanista inglés Tomás Moro, pasando por la Civitas Dei de San Agustín.

En las obras de la última «época» de su vida, entre las cuales debemos citar el Timeo (creación

del mundo por el Demiurgo) y las Leyes, Platón se desvía un tanto de su teoría de las ideas.

También las cartas pertenecen a la época de la ancianidad. Se ha discutido la autenticidad de éstas y

en la séptima (que pasa por auténtica) se advierte, de forma muy marcada, el emocionante «estilo de

la vejez» del filósofo, casi al borde de sus ochenta años.

Influencia de Platón en la posteridad

Ya en vida, los discípulos sentían por el maestro una gran veneración. Platón vino a satisfacer

una necesidad desatendida en la época de Pericles: la necesidad de dar un sentido más íntimo a la

religiosidad. El entusiasmo que despertó en círculos muy amplios su teoría de las ideas, se debe al

hecho de que ésta vino a ser la prolongación de una visión del mundo que existía ya en la

mentalidad griega; así, el arte griego, el arte clásico por antonomasia, al igual que la idea de

hombre, no aspiraba a representar un individuo determinado, sino al «hombre en sí»; no es un azar

que, por entonces, el escultor Policleto escribiera una obra titulada «Canon», en la cual se intentaba

reducir a determinadas normas las proporciones que debía de tener el «hombre ideal».

Muchos hombres de la época sintieron el arrebato de un invencible anhelo del más allá, arrebato

que, en algunos casos, se tradujo en suicidio, como en el griego aquel sobre el cual el alejandrino

Calímaco escribió el conocido epigrama cuya libre traducción dice así:

Exclamando: «¡Adiós, oh sol!» Cleombrotos de Ambraquia saltó al Hades de lo alto de un muro, no

porque padeciera alguna dolencia mortal, sino porque había leído un escrito de Platón sobre el alma (Fedón).

Después de la muerte de Platón, la Academia sufrió algunos cambios y, durante un tiempo,

declinó hacia el escepticismo, que tiene por imposible cualquier juicio universalmente válido sobre

las cosas. Cicerón tuvo la filosofía platónica en gran aprecio. Las teorías platónicas tuvieron un

renacimiento en las postrimerías de la Antigüedad en el llamado neoplatonismo que, por cierto,

alteró notablemente la teoría de las ideas introduciendo en ella toda suerte de elementos místicos e

irracionales. El neoplatonismo, cuyos representantes más destacados son Plotino y Porfirio, es tan

sumamente complicado que tenemos que renunciar a hacer de él una exposición especial. Platón

influyó también en el cristianismo, aunque indirectamente. La clausura de la Academia platónica,

en 529 d. d. C., significa, para Occidente, el comienzo de la Edad Media; ya hemos subrayado el

hecho de que, en este mismo año, Benito de Nursia fundaba el convento de Monte Casino. En el

Renacimiento, se constituyó en Florencia una nueva Academia platónica, a la que perteneció

Cósimo Médici. El gran filósofo Manuel Kant, inconcebible él mismo sin la influencia de Platón,

recurre una vez, refiriéndose a éste, a la metáfora del gigante sobre cuyas espaldas descansa toda la

filosofía europea.

¿Tiene Platón que decirnos algo también a nosotros, hombres modernos? Naturalmente, no

podemos aceptar como «verdadera» su teoría de las ideas que, por lo demás, presenta excesivas

deficiencias lógicas. Sin embargo la historia de su influjo en la posteridad y sus «renacimientos»

demuestran lo poderosa que es en el alma humana la tendencia a lo trascendente y nos advierte,

además, que no debe ser desatendida esta vertiente de nuestro carácter, para que nunca la idea se

convierta en sueño deilusos o en obsesión: la historia europea de los últimos años ha mostrado a

menudo, con notable claridad, cuán devastadores pueden ser los efectos de la obsesión por una

ideología.

LA CONSIDERACIÓN REALISTA DEL MUNDO.

ARISTÓTELES (384-322 a. d. C.)

Este pensador muestra que la doctrina de Platón contiene gérmenes cuyo desenvolvimiento podía

conducir a una explicación completamente distinta del mundo; el realista Aristóteles representa el

necesario contrapeso del idealismo platónico.

Aristóteles era hijo de un médico y nació en la península Calcídica. Se formó en la Academia de

Atenas, fundando más adelante una filial de ésta en Asso (Asia Menor), a donde se trasladó a la

muerte de Platón. Estando en Asso, su fama llegó a oídos de Filipo el Grande de Macedonia, el cual

le nombró maestro y educador del príncipe Alejandro. El año 335, en un bosquecillo consagrado a

Apolo Licio, fundó su propia escuela que, en lo sucesivo, se llamó «Likeion» (de donde nuestra voz

«liceo») y también Peripatos por el hecho de que la enseñanza se practicaba allí paseando. Muerto

Alejandro, salió de Atenas, a causa de las tendencias hostiles a Macedonia allí imperantes, y se

trasladó a Calcis, en la isla de Eubea, donde murió poco después.

Así como el pensamiento de Platón está vuelto de manera predominante hacia lo trascendente

(más allá), todo el interés de Aristóteles se concentra en el mundo del lado de acá y en su

exploración. Sus escritos pueden dividirse en exotéricos, es decir, destinados a un gran público y

esotéricos, o escritos destinados a ser utilizados en la pro pia escuela. Los escritos del primer grupo

se han perdido; los escritos esotéricos, con su estilo improvisado a modo de notas, representan una

especie de cursos o «lecciones» para el Liceo.

Los escritos lógicos se reunieron bajo el nombre colectivo de Organon. Aristóteles elaboró, en

primer lugar, la teoría del razonamiento (silogismo), el cual, naturalmente, se había empleado antes

incontables veces, pero sin que jamás se hiciera de él una exposición sistemática. Todo silogismo se

compone de dos premisas, la proposición mayor y la proposición menor, y la conclusión. He aquí

un ejemplo de razonamiento (deductivo):

Proposición mayor Todos los etíopes son negros

premisas

Proposición menor Mnemón era etíope

Conclusión: luego Mnemón era negro

Los escritos científico-naturales son de la mayor importancia. En este dominio, Aristóteles fue

fundador de multitud de ciencias particulares, como la botánica, la zoología y la mineralogía.

Aristóteles dominaba todas las ramas del saber, era un verdadero uomo universale, y con sus

discípulos apareció la especialización. El «arreglo de cuentas» con la teoría platónica de las ideas,

se llevó a cabo en la Metafísica. Para Platón, las ideas son trascendentes, es decir, están allende el

dominio de la percepción sensible. Según Aristóteles, en cambio, la idea es inmanente, es decir, es

una disposición o posibilidad que existe en la materia y que la impele a la forma. Así como, por

ejemplo, la planta existe ya potencialmente en la semilla, la materia tiende de la misma manera a

tomar forma, desenvolviendo las posibilidades insertas en ella. Aristóteles concibe a Dios como el

motor inmóvil de todas las cosas, lo cual no encierra realmente ninguna paradoja, pues todo tiende a

Dios en tanto perfección suma, es decir, como entelequia última.

En su Ética (Ética a Eudemo, Ética a Nicomaco y Gran Ética), Aristóteles procede de un modo

típicamente griego: toda virtud ocupa un término medio entre dos extremos. Así, el valor está entre

la temeridad y la cobardía, la liberalidad entre la avaricia y la prodigalidad, etc. De ahí procede el

imperativo de mantenerse en el camino intermedio, en la aurea mediocritas. El ideal del sabio

consiste en dedicar la vida a la contemplación, el bios theoretikos (latín: vita contemplativa) en

oposición al bios praktikos (vita activa). El antagonismo entre estas dos formas de vida ejerció un

influjo secular que se dejó sentir en las órdenes monásticas medievales. De la teoría de la entelequia

resulta el imperativo pedagógico que ordena al hombre realizarse a sí mismo, mediante el

perfeccionamiento de todas sus disposiciones positivas: «Sé el que eres».

En su Política, Aristóteles caracteriza al hombre como zoon politicon, es decir, como ser

viviente, destinado a la constitución de una sociedad.

La Poética define el arte como mimesis, es decir, como imitación de la naturaleza. Por ello, el

acto creador mediante el cual se reconoce el objeto representado, contribuye, no poco, al goce de la

obra de arte. Se conservan los tratados aristotélicos sobre la épica y la tragedia. En cambio, se ha

perdido, por desgracia, la segunda parte, que versaba sobre la comedia. El imperativo de la unidad

de acción fue amplificado por los clásicos franceses del siglo XVII, al convertirlo en postulado de la

unidad de tiempo y de espacio (Corneille, Racine). Es muy notable la observación de que la tragedia

origina una purificación interior, la catharsis (1449 b), mediante la emoción de miedo y compasión

suscitados por ella. ¿No es lícito vislumbrar en esto el concepto psicológico moderno de «reacción

mental» de las fuerzas emocionales?

IMPORTANCIA DE ARISTÓTELES PARA LA EDAD MEDIA

Mientras que la influencia de la filosofía platónica en el cristianismo y en la Edad Media fue

indirecta, el influjo del pensamiento aristotélico se ejerció de una forma notoriamente directa. El

joven Islam asimiló muy pronto sus escritos científico-naturales; muchos de éstos fueron traducidos

al árabe. La ironía de la historia quiso así que Occidente, en la alta Edad Media, debiera a los árabes

el conocimiento de su obra escrita y ello mediante un rodeo a través de España. La totalidad de la

filosofía medieval, la llamada escolástica, está edificada sobre sus teorías y, en especial, sobre la

lógica. Lo que se leía en Aristóteles se tuvo durante mucho tiempo por inapelable. Así fue como

este filósofo se convirtió en el gran maestro de la Edad Media. La llamada disputa de los

universales, es decir, la controversia escolástica acerca de si tienen mayor realidad los objetos

individuales (nominalismo) que los conceptos (realismo), se reduce, en última instancia, a un duelo

entre el pensamiento aristotélico y el platónico.

DESENVOLVIMIENTO DE LAS CIENCIAS NATURALES Y DE LA MEDICINA

Después de la muerte de Aristóteles, que había abarcado todo el saber de la época, la filosofía se

descompuso en varias ciencias particulares y cada uno de sus discípulos derivó hacia un dominio

especial del saber; así que la especialización llevada al extremo es un problema muy antiguo.

El botánico Teofrasto (372-287 apr. a. d. C.) fue todavía un espíritu universal. Su pequeño

tratado Caracteres ofrece una valiosa descripción de los tipos humanos: el indiscreto, el charlatán,

etc. En el siglo IV, la división en tipos estaba muy extendida; ya veremos cómo en la Nueva

Comedia aparecen tipos humanos muy definidos. Es muy posible que, en última instancia, la

marcada propensión de las ciencias naturales a las divisiones en tipos y clases, derive de la aludida

tendencia.

El tratado didáctico de geometría compuesto por el matemático Euclides fue considerado como

una obra clásica hasta una época muy reciente. Arquímedes de Siracusa resolvía ecuaciones de

segundo grado y sistemas de ecuaciones con ocho incógnitas, descubrió la ley de la palanca («dame

un punto en que pueda apoyarme y levantaré el mundo»), el principio de la hidrostática, construyó

el tornillo que lleva su nombre así como gigantescos espejos ustorios con cuyo auxilio destruyó la

flota de guerra romana, en el cerco de Siracusa. De particular importancia fueron los científicos

alejandrinos. El geógrafo Eratóstenes averiguó la longitud de la circunferencia de la Tierra con una

sorprendente exactitud para su tiempo. Los conocimientos que entonces poseían los sabios, pudieron

haberles capacitado para la construcción de máquinas; Herón construyó ya la máquina de vapor.

Pero como sea que, en la Antigüedad, se tenía en los esclavos un potencial de trabajo de una

baratura inconcebible, a nadie se le ocurrió la idea de fabricar máquinas. El «fuego griego»

empleado en la defensa de Bizancio se basaba en una mezcla de salitre, azufre y carbón; dicha

mezcla era disparada por un tubo que ocupaba, por tanto, un lugar intermedio entre el cañón de

artillería y el lanzallamas; así pues, las postrimerías de la Antigüedad podrían reclamar la

paternidad del invento de la pólvora. Lo cierto es que el conocimiento de ésta desapareció muy

pronto sin dejar rastro, para llegar de nuevo a la Europa medieval procedente de China, después de

dar un rodeo a través de España.

Consideración aparte merece la Medicina. En los tiempos más antiguos, los médicos eran al

mismo tiempo sacerdotes, por atribuirse la aparición de las enfermedades a la acción de los malos

espíritus. Todavía la célebre familia de médicos de los Asclepiades refería su origen al dios de la

medicina, cuyos atributos, serpiente y vara, son todavía hoy insignia de sanidad militar. En el

célebre templo de Epidauro, consagrado a Esculapio, los sacerdotes eran también médicos.

Epidauro, cuyas actividades se podrían comparar a las de un sanatorio de nuestros días o a las de un

balneario del siglo pasado, puede exhibir también el teatro griego mejor conservado que existe. En

el templo de Epidauro se practicaba el conocido sueño del templo, llamado incubación, durante el

cual el paciente, sumido en una especie de estado hipnótico, recibía del dios las indicaciones

precisas para la recuperación de la salud y los métodos de curación. Ricos ex-votos y

reproducciones de miembros corporales curados, permiten formarnos una idea de las prácticas

médicas de aquellos tiempos. La Medicina, como ciencia pura, adquirida gracias a la observación y

al experimento —con inclusión de la historia clínica— no la encontramos hasta el Corpus

Hippocraticum, serie de sesenta y tres libros que nos han sido transmitidos bajo el nombre de

Hipócrates. Respecto a tales libros se plantea un problema análogo al de la «cuestión homérica».

Dado su estilo y tono distintos, es imposible que dichos libros procedan todos de un mismo autor.

Además, hay que situarlos en épocas diferentes. Sin embargo, cabe admitir Que el autor de los

escritos «auténticos» fue efectivamente Hipócrates de Cos (420 a. d. C. apr.). La isla de Cos, con su

elevado Esclepsion, de múltiples terrazas, pasaba por ser uno de los centros principales del arte

médico. Los cicerones muestran todavía hoy los plátanos sagrados bajo los cuales, es fama que el

gran maestro enseñaba a sus discípulos; el saber médico se transmitía con frecuencia de padres a

hijos. Los «plátanos sagrados» que hoy se enseñan en Cos, son, naturalmente, acogidos con cierto

escepticismo; pertenecen al mismo capítulo que la famosa mancha de tinta de Lutero, en

Wartburgo. La «competencia» de la escuela de medicina de Cos, se encontraba a escasos kilómetros

de allí, en la escuela cnídica situada en la península de Cnidos. La teoría de los cuatro humores

(fisiología humoral) se debe sobre todo a Hipócrates. Según ella el cuerpo está formado por cuatro

humores principales: la sanare (griego haima, latin sanguis), la flema (phlegma), la bilis amarilla

(cholos) y la bilis negra (melas cholos); si estos humores se daban en una mezcla equilibrada, el

hombre estaba sano. En cambio, el exceso o defecto de uno cualquiera de ellos originaba las

diferentes enfermedades. Basándose en la doctrina de los cuatro humores, se elaboró, en la Edad

Media, la teoría de los cuatro temperamentos (sanguíneo, flemático, colérico y melancólico) cuyo

esquema fundamental se remonta al médico griego Galeno. Es digno de nota el hecho de que la

fisiología humoral penetre en los tiempos modernos (sangría, curas por el sudor, etc.), hasta la

aparición de la patología celular con R. Virchow. Un escrito muy breve y asimismo altamente

instructivo del Corpus Hippocraticum, que lleva por título Sobre el aire, el agua y los países, trata

de demostrar la influencia del clima en la salud humana y plantea la cuestión al estilo moderno. En

tal escrito, se recurre también a las diferencias climáticas para explicar la diversidad racial entre

europeos y asiáticos. El juramento hipocrático se lee hoy todavía a los médicos jóvenes en multitud

de universidades. He aquí un texto abreviado

Juro por Apolo, el médico, Esculapio, Higia (diosa de la salud) y Panacea y por todos los dioses y diosas

a quienes pongo por testigos de que voy a cumplir, según mi leal saber y entender, este juramento y aquello a

lo que en él me obligo… respetaré al que me instruyó en este arte al igual que a mi padre y repartiré con él mi

fortuna… instruiré sin recompensa ni engaño a los descendientes de mi maestro con preceptos y demás

formas de enseñanza… y fuera de ellos a nadie más.

Emplearé medios de régimen en provecho de los enfermos, según mi leal saber y entender, evitándoles

todo peligro y todo mal; no accederé, ni que se me pida, a emplear un remedio deletéreo… ejerceré mi

profesión con pureza e inocencia… Pero guardaré silencio acerca de todo lo que oiga y vea durante el

tratamiento y acerca de lo que me entere fuera del tratamiento, en la vida no profesional, y tendré uno y otro

por secreto. Si cumplo este juramento… que se me conceda vida feliz…; pero si lo incumplo y soy perjuro

que caiga sobre mí la suerte contraria.

Como puede verse, en este documento se habla ya del deber de discreción del médico, de su ética

profesional y conciencia de clase.

LA HISTORIOGRAFÍA

Por lo que a mí toca, miro como un deber referir lo que se

dice, pero no me creo obligado a creerlo todo; y esta

prevención debe valer en todo lo que yo refiero.

HERODOTO, Libro 7, 152

LOS COMIENZOS DEL PENSAR HISTÓRICO

La historia (del griego historia «narración», «investigación» o «estudio») (1) es en cierto sentido

hija del mito al igual que la filosofía; también ella tuvo que superar el estadio mitológico. En casi

todos los pueblos encontramos ideas míticas (por ejemplo: fábulas sobre la creación del mundo),

pero sólo el saber griego supo dar el paso gigantesco que va de la comprensión míticofantasmagórica

a la concepción racional y lógica del mundo. Es imposible que podamos

representarnos la anchura y la profundidad del abismo por encima del cual tuvo que saltar dicho

saber. Ya en Hesiodo, hemos encontrado rudimentos de reflexión. Durante mucho tiempo se tuvo a

la fábula por realidad histórica; la Ilíada y la Odisea para los griegos no eran sólo poemas, sino

también protohistoria. Es lícito suponer que, en los tiempos más antiguos, existía también un cierto

interés por la historia y la genealogía de la propia tribu o de la propia estirpe.

Cuando de tales inicios surgió la conciencia histórica, la evolución que ello supuso no pudo

nunca llevarse a término sin una previa «resquebrajadura interna». Los pueblos africanos y

asiáticos, con una tradición hasta hace muy pocos decenios sin solución de continuidad, no pudieron

desarrollar un concepto del tiempo histórico en nuestro sentido europeo propiamente tal. El sistema

cronológico de los pueblos en los cuales podemos hablar de conciencia histórica, por ejemplo, el

cómputo de los años «de la fundación de Roma» (ab urbe condita), por las olimpíadas (2), a partir

del nacimiento de Cristo, etc., nos muestra ya, con suficiente claridad, que la fundación de Roma, la

introducción de los juegos griegos en común y el nacimiento de Cristo, se concibieron como

acontecimientos decisivos; que una parte del mundo empezaba a cambiar de estructura y que tal

cambio traía de la mano la mentada «resquebrajadura». Sólo en tal caso puede hablarse de un

pensar propiamente histórico, consistente en la comprensión de lo acontecido y del sentido de la

existencia individual y colectiva.

La victoria sobre los persas fue, para los griegos, un momento de transición de la mayor

importancia. Después de las guerras médicas, los griegos, dirigidos por Esparta y Atenas,

renunciaron al lujo oriental que hasta entonces había sido usual entre ellos e intentaron encontrarse

a sí mismos en la sobriedad. Esta nueva orientación se muestra sobre todo en el descubrimiento de

una plástica y una pintura de vasijas que tiende a la simplicidad.

La crítica racional de la credibilidad de los mitos legendarios se impuso con gran lentitud. Lo

que dijimos sobre la aparición de la filosofía racional de los jonios en Asia Menor, podría repetirse

aquí de los comienzos de la historia en sentido limitado. No es de admirar que, entre los griegos, el

origen de la historia escrita se encuentre en la etnografía, en la descripción de razas y pueblos. El

espíritu curioso y escrutador del pueblo jónico con sus atrevidos navegantes y colonizadores, busca

en todas partes historia e información. Los jonios son una raza abierta a todos los pueblos y a todas

1 La circunstancia de que el griego «historia» signifique «historia» y «estudio», dio lugar a la traducción errónea

historia naturalis (Plinio) = historia natural en vez de estudio de la naturaleza.

2 Los griegos basaban su sistema cronológico en el supuesto comienzo de los juegos olímpicos (776) y designaban con

el nombre de olimpíada el período de cuatro años entre cada dos juegos olímpicos. Así, se decía, por ejemplo, «En el

segundo año de la centésima olimpíada», etc.

las costumbres extranjeras y este carácter lo encontramos ya en la Odisea, donde se les ve

pendientes de lo que los extranjeros puedan contar de países lejanos: «é Quién eres tú y de dónde

procedes, dónde están tu casa y tus padres?» es una fórmula poética que se encuentra con relativa

frecuencia en la Odisea.

Los historiadores más antiguos de Grecia se llamaban logógrafos; os; el más importante de ellos

fue Hecateo de Mileto, que frente a la narración legendaria adopta una postura racional y crítica.

HERODOTO (484-425 a. d. C. apr.)

En Herodoto de Halicarnaso, «padre de la historia», las digresiones etnológicas ocupan todavía

un amplio espacio. En su juventud, Herodoto hizo largos viajes, visitó Egipto, Cirene y

Mesopotamia, leyó sus obras en Atenas y pasó los últimos diez años de su vida en Turios, en el Sur

de Italia. Su obra consiste en la narración de las guerras médicas que el autor amplía hasta hacer de

ella una breve historia del Oriente próximo. La denominación de los libros de la obra con los

nombres de las musas, data de una época posterior. La novedad del escrito estriba en que Herodoto

presenta las guerras médicas dentro del amplio marco de las divergencias existentes entre Asia y

Europa; el rapto de Europa, la guerra de Troya, etc., representan golpe y contragolpe. Herodoto era,

ante todo, un amable conversador, aunque a veces ponía especial empeño en imponer alguno de sus

puntos de vista. Para él, la historia es una especie de drama en grande, en el cual los actores son

principalmente los individuos que se mueven impulsados por sus pasiones tales como la ira, el odio

y la ambición, o son simplemente juguete del destino. Sin embargo, no se le puede censurar esta

actitud unilateral, puesto que en él la historia se desenvuelve en gran parte en el espacio oriental,

donde ésta es hecha precisamente por personalidades monárquicas individuales. Las potencias

históricas colectivas no se descubren hasta Tucídides. Por esto, en Herodoto, encontramos a menudo

preciosas y oportunas anécdotas individuales como, por ejemplo, el episodio de Creso y Solón (I,

30 ss.).

TUCÍDIDES (455-396 a. d. C. apr.)

Así como el saber preciso de la naturaleza y la medicina no merecen el nombre de ciencia hasta

Aristóteles e Hipócrates, respectivamente, la historiografía no encuentra hasta Tucídides un

representante auténticamente científico. Su tema es la Guerra del Peloponeso, en la cual había

participado él mismo como estratega ático. Al no poder evitar la caída de Anfípolis, se retiró a su

finca de Tracia, dedicándose allí a escribir una historia de la guerra. Su obra, interrumpida

prematuramente por la muerte, fue continuada por Jenofonte en sus Hellenica.

Tucídides fue el primero en distinguir entre el motivo externo que condujo a la guerra —el

conflicto entre Corinto y Quercira— y la verdadera causa de ésta, que él veía en la rivalidad entre

Atenas y Esparta. En nuestra época, Tucídides habría dicho tal vez: «Lo que motivó la primera

guerra mundial fue el atentado de Sarajevo; pero la causa propiamente tal que la originó tenía raíces

mucho más profundas y sin aquel motivo externo del conflicto, éste hubiese estallado igualmente

algunos años antes o después».

Para explicar los vaivenes de las relaciones entre Atenas y Esparta, hace un estudio preciso y

detallado de la «época de los cincuenta años» (Pentecontecía) que va del 480 al 430. En tal estudio,

Tucídides procede con agudeza de pensador y escruta sobre todo las fuerzas dinámicas de la

historia. Para él, la potencia constitutiva de ésta que opera en primera línea es el ansia de poderío.

En este sentido, resulta ser un realista escueto que no se hace ilusiones y, como tal, un discípulo de

los sofistas. Fue el primero en descubrir las fuerzas impulsoras de la historia, como la tradición, los

factores económicos, la estructura del estado, etc. En su valiosa arqueología, al principio de su obra

—ve la historia en sus grandes nexos y por esto arranca de la prehistoria— presenta una historia de

la cultura en miniatura y, entre otras cosas, hace notar la influencia de la navegación en la

hegemonía nacional. En el famoso diálogo de los melios, en el que los atenienses representan el

punto de vista de la fuerza, del imperialismo brutal y los habitantes de Melos el punto de vista del

derecho, Tucídides ofrece un cuadro impresionante de estas dos ideologías antagónicas (V, 85 ss.).

Se diría que una comisión de sofistas se había trasladado a Melos para defender sus doctrinas.

Piezas selectas son la Oración fúnebre de Pericles por los atenienses caídos (II, 35) y la

polémica entre Nicias y Alcibíades antes de la partida para Sicilia (VI, 9 ss.). Aquí, Tucídides opone

no sólo dos caracteres radicalmente distintos, sino dos generaciones: ofrece, pues, nada menos que

un anticipo inicial y primario del problema que éstas plantean. En dicho capítulo, Tucídides pone en

boca de Alcibíades, de carácter vehemente y ambicioso, un juicio que constituye, en el fondo, la

única solución del problema de las generaciones (VI, 18); su juicio es el siguiente: Todas las edades

de la vida se necesitan entre sí y se complementan mutuamente.

Aunque Tucídides asegura que transcribe los discursos tal como fueron pronunciados con toda

exactitud, en realidad muchos de ellos, examinados con detalle, se presentan más como piezas

oratorias que como fieles reproducciones históricas. Tucídides considera la historia —cierto que de

un modo un tanto unilateral— desde el punto de vista científico-natural, en el sentido de que

pretende descubrir las leyes históricas exactas, con cuyo auxilio se puedan formular pronósticos. Al

subrayar las grandes conexiones, plantear la cuestión de la causalidad del acontecer histórico y

postular la formulación de pronósticos, Tucídides se convierte en el fundador de la historiografía

pragmática, aunque fuese Polibio quien empleó esta expresión por primera vez (véase más

adelante). La obra de Tucídides —como dice él mismo al comienzo de la misma— ambiciona ser

un ktema eis aei, un patrimonio para siempre.

En su lenguaje se muestra un estilista en extremo porfiado. Su estilo es, a veces, tosco y confuso,

pero ni sus períodos con frecuencia largos, ni sus frases inesperadamente tan cortas que resultan de

comprensión harto difícil, constituyen una prueba de insuficiencia estilística sino de sumo vigor. Su

lenguaje y su forma expositiva influyó en la posteridad y muy especialmente en escritores romanos

como Salustio y Tácito.

JENOFONTE (430-354 a. d. C. apr.)

Si proyectamos en su tiempo las fechas de la vida de este escritor, obtenemos el cuadro

siguiente: su infancia se desenvuelve en la época de la guerra del Peloponeso; es un joven

adolescente en la época de la humillación de Atenas y la tiranía de los Treinta. Es contemporáneo

de la labor de Sócrates y de su condena, así como de la conclusión de la segunda alianza naval ática,

la hegemonía de Tebas y su derrumbamiento.

Los últimos años del siglo fueron una época revolucionaria no tanto por los acontecimientos

externos como por el rápido desenvolvimiento de tendencias internas que, con gran lentitud,

condujeron al helenismo. En efecto, se da con frecuencia el hecho de una lenta transformación

completa de una cultura que se desenvuelve a lo largo de decenios, transformación cultural

completa que resulta, en determinadas ocasiones, más funesta que un cambio súbito, porque, de la

primera, los hombres apenas se dan cuenta y por esto es muy raro que provoque una reacción. La

transformación que, a ojos vistas, está sufriendo nuestro siglo puede servir a cualquiera de punto de

comparación.

Jenofonte procedía de una antigua familia aristocrática y, como miembro de una elevada clase

social, se puso, como era de esperar, del lado de los espartanos. Su ideal de vida fue la unión de la

juventud aristocrática y los campesinos, y la actividad deportiva y militar. El gran acontecimiento

de su vida, la expedición de los diez mil mercenarios que describe en su Anabasis (véase más

adelante). Habiendo combatido contra Tebas aliada de Atenas, fue desterrado de esta ciudad y se

retiró a la vida privada en una finca de su propiedad, situada en Escilonte, en las proximidades de

Olimpia y, finalmente, fijó su residencia en Corinto. Su hijo Grilo murió en la batalla de Mantinea

en las filas de la caballería ática.

Sus escritos, redactados en su mayoría en Escilonte y Corinto, se pueden dividir en obras

históricas y obras filosóficas.

Escritos históricos

En Jenofonte, como historiador, no encontramos ni la categoría ni la objetividad de un Tucídides.

Por simpatizar con los espartanos enjuició los acontecimientos desde el punto de vista de la

oligarquía a pesar de sus esfuerzos por colocarse por encima de los partidos. Como agricultor y

estratega, se inclinó, más que otra cosa, por el lado práctico de la vida, que sabe presentar

descriptivamente con sencilla naturalidad y animado estilo.

La Anabasis

El joven Ciro, sátrapa (gobernador) de Lidia, pretende derribar del trono a su hermano Artajerjes,

rey de Persia, y, con este fin, reúne un ejército de mercenarios griegos (401 a. d. C.). A éstos, al

principio, se les oculta el verdadero objetivo de la operación. El choque con las «tropas del

gobierno» se produce cerca de Cunaxa, en las proximidades de Babilonia. Los griegos salen

vencedores, pero sus generales caen en una emboscada y pierden la vida en ella, con lo cual el

ejército se encuentra en tierra extraña y sin dirección. Jenofonte, que acompaña la expedición como

oficial, se ofrece a dirigir la retirada. Después de indecibles fatigas y privaciones, divisan por fin,

desde lo alto de una colina en las proximidades de Trebisonda, el Mar Negro, y el grito de thalatta,

thalatta, «¡el mar, el mar!» viene a ser una especie de pendant de la gesta de Colón (Libro IV, 7, 21,

ss.). A partir de Trebisonda, una parte de las tropas regresan a la patria por mar, mientras la otra se

encamina a Tracia por tierra.

Hay que considerar la acción de la Anabasis como una aventura que fue vivida como tal por los

que participaron en ella, incluyendo la masa de los mercenarios, de suerte que muchos de éstos se

agruparon más adelante en una especie de asociación de camaradería.

Jenofonte es buen observador y expositor de carácter profundamente humano. Llama

poderosamente la atención su descripción de los rasgos particulares de los generales muertos, en

una a manera de oración fúnebre por ellos.

De otro lado, el acontecimiento proyecta un rayo de luz sobre una época crepuscular. El imperio

persa se muestra como un coloso de pies de barro, desde el momento en que un ejército enemigo

consigue atravesar todo el país sin ser molestado: se percibe ya el vacío que va a absorber a los

ejércitos de Alejandro Magno. Desde el punto de vista de la política interna, la obra nos permite

tener una visión de la estructura social de la época. El desarrollo de los ejércitos mercenarios con

sus condottieri constituye tan sólo un aspecto parcial de la especialización que va invadiendo todas

las esferas. También se requieren cada vez más profesionales y conocimientos especializados para

el desempeño de funciones políticas, administrativas y militares. Esto hace que el ciudadano se

desinterese progresivamente del estado. El que un día fue sostén de la polis, se convierte en

burgués; la democracia empieza a desmigajarse: se presiente el advenimiento del helenismo. Este

proceso fatal lo encontramos también en la literatura y, principalmente, en el teatro. Con la muerte

de Sófocles y Eurípides, se extingue la tragedia; la comedia, que con Aristófanes llevó todavía al

escenario piezas de actualidad y llenas de contenido político, deriva poco a poco hacia el juguete

cómico burgués, sin fondo político (Menandro), expresión de una sociedad mientras «la lamparilla

sigue ardiendo».

La Ciropedia (educación de Ciro)

Esta obra trata de la vida y educación de Ciro el Viejo. Jenofonte se vio sin duda impulsado a

escribir este libro por el hecho de que la educación persa mostraba cierto paralelismo con la

paidología espartana, sobre todo en lo relativo a las virtudes guerreras, el tiro y la equitación. La

obra puede considerarse como una novela pedagógica. La voz griega paideia equivale lo mismo a

«cultura física» que a «cultura intelectual»; para la mentalidad griega, estos dos conceptos eran

idénticos. Los bienes culturales deben abarcar y formar la totalidad del sujeto humano; cuerpo,

espíritu y alma constituyen una unidad indisoluble (sit mens sana in corpore sano).

Desgraciadamente, esta idea pedagógica ha desaparecido de la mayor parte de las escuelas

europeas, donde se practica una enseñanza unilateral; tal vez sobreviva, a lo sumo, en el ideal de

educación del gentleman inglés.

Las Helénicas continúan la obra histórica de Tucídides hasta el año 362; el Agesilao es un

panegírico del príncipe de Esparta que lleva este nombre; se comprende el tono laudatorio de esta

obra si se tienen en cuenta las simpatías del autor por todo lo espartano.

El libro sobre el estado de los lacedemonios intenta explicar el vigor del estado espartano como

una consecuencia de la Constitución de Licurgo y, en el planteamiento de esta cuestión, recuerda en

gran manera la obra histórica de Polibio (201-120 a. d. C. apr.), que estuvo algún tiempo en Roma

como rehén y, de modo parecido, veía el poderío del estado romano en la estabilidad de la

constitución allí vigente, en la cual se equilibraban mutuamente los principios monárquicos

(consulado), el democrático (asamblea popular) y el aristocrático (Senado), eliminándose, en consecuencia,

el funesto ciclo de las constituciones de las ciudades griegas (1).

Escritos filosóficos

En las Memorabilia Socratis (Recuerdos de Sócrates), la Apologia (Defensa de Sócrates) y en el

Symposion (Banquete), Jenofonte hace figurar como interlocutor a su venerado maestro Sócrates.

Como vemos, también compuso una Apología y un Banquete. Si comparamos la figura de Sócrates

que nos ofrece Jenofonte con la que nos presenta Platón, advertiremos al punto notables diferencias.

¿Cuál de los dos pinta al «verdadero» Sócrates? La «cuestión socrática» es tanto más difícil de

resolver cuanto que este filósofo no dejó ni una sola línea escrita. En Jenofonte, se presenta a veces

como un aficionado a la bebida y como un viejo parlanchín que se explaya a su gusto en las plazas

públicas; en Platón, es el interlocutor que, en sus diálogos, carga con la exposición de la teoría de

las ideas y, por tanto, tampoco puede representar al Sócrates histórico. En lo que se refiere al pensamiento

abstracto del maestro, Jenofonte no llegó a penetrarlo, lo interpretó erróneamente en muchos

aspectos y lo trivializó inconscientemente.

Como hacendado latifundista, Jenofonte escribió además algunas obras breves sobre caza, cría

de caballos y economía.

APÉNDICE: OJEADA A LA ORATORIA

Junto a la historiografía hay que citar, siquiera brevemente, una manifestación de la vida griega

indisolublemente ligada a la cultura antigua y que, para nosotros, hombres modernos, no tiene ya el

mismo significado: la retórica (oratoria). Para formarnos una idea del significado de ésta, tanto

entre los griegos como entre los romanos, bastará tener presente los siguientes puntos: en la

Antigüedad (salvo las acta diurna de César) no había periódicos que pudieran influir en la opinión

pública, con lo cual el habla directa ganaba en eficacia. También despertaban gran interés y

gozaban de inmensa popularidad los discursos políticos en las luchas entre dos partidos rivales

(principio agonístico). Por otra parte, las dotes oratorias eran imprescindibles para escalar puestos

públicos. Una oración cuidada, rica en imágenes y convincente, en la cual se incluía asimismo el

gesto y la mímica, constituía, no sólo un postulado de la formación cultural, sino una exigencia

estética. Si atendemos al hecho de la medida en que, aún hoy, en los países mediterráneos, la vida

1 Según las teorías políticas griegas, toda constitución corre el peligro de caer en su forma degenerada correspondiente:

la monarquía, en la tiranía; la aristocracia, en la oligarquía (gobierno de los menos), y la democracia, en la demagogia

(gobierno de la plebe).

toda se desenvuelve en calles y plazas y la pasión con que los meridionales discuten cualquier tema

gesticulando, tendremos, hasta cierto punto, una idea aproximada de lo que significó la retórica para

los antiguos. Entre nosotros, la palabra «retórico» tiene ciertamente un resabio desagradable.

Actualmente, los oradores antiguos nos merecen consideración como aportadores de datos, es decir,

que vamos a ellos movidos, más por el interés histórico, que por el estético.

Los griegos distinguen tres clases de discursos: los políticos (genos demegorikon), los jurídicos

(genos dikanikon) y los panegíricos (genos panegyrikon).

Lisias (445-380 a. d. C. apr.)

Con la epopeya homérica y con Platón, hemos entrado en contacto con los verdaderos puntos

culminantes del pensamiento y la sensibilidad griegas, así como con las obras maestras de la

exposición literaria clásica. Pero si redujéramos nuestro contacto con la cultura griega a estos

puntos culminantes, nos ocurriría lo mismo que a un viajero aéreo que, al sobrevolar un país, sólo

ve las cumbres montañosas que emergen entre las nubes. Es preciso que conozcamos también las

tierras bajas de la literatura, pues el nivel usual de un discurso jurídico, por ejemplo, puede

mostrarnos algunos de los rasgos distintivos de la vida cotidiana de los áticos.

Lisias es, ante todo, autor de modelos retóricos que utilizaron generaciones ulteriores. Así como

en la época helenística los oradores de las ciudades de Asia Menor crearon un nuevo estilo, el

asianismo, que se caracterizaba o por un alarde de frases altisonantes o por el empleo de períodos

breves y entrecortados, los oradores que reaccionaron oponiéndose a tales tendencias se acogieron

al estilo sencillo y austero de Lisias y la corriente formada por ellos recibió el nombre de aticismo.

Más adelante, los romanos tradujeron a su idioma ambos conceptos.

La familia de Lisias era oriunda de Siracusa. El padre de éste, Céfalos, que poseía una fábrica de

rodelas y legó a sus hijos una fortuna considerable, persuadido por Pericles, trasladó su residencia a

Atenas, donde no adquirió derecho de ciudadanía, sino que siguió siendo meteco. Los metecos

gozaban de plena libertad industrial, pero estaban excluidos de los cargos públicos. Por esto Lisias,

a pesar de su sólida preparación oratoria, no pudo ejercer la abogacía y tuvo que resignarse a la profesión

de logógrafo (1), es decir, a escribir discursos jurídicos para acusados y acusadores. En

Atenas, el acusado tenía que defenderse personalmente ante el tribunal y quien no poseía los

conocimientos retóricos y jurídicos necesarios, se dirigía a cualquiera de los numerosos logógrafos

de la ciudad. La justicia ateniense tiene una serie de características verdaderamente sorprendentes

para nosotros: el gran número de miembros del jurado, el hecho de que el procesado pudiera

sustraerse a la condena mediante expatriación voluntaria, el que éste poseyera ya facultad jurídica

de proponer la cuantía de su condena —el juez tenía que elegir entre la propuesta del demandante y

la propuesta del demandado. En los casos de condena, el denunciante recibía una parte de la multa

impuesta, con lo cual las denuncias podían convertirse en un medio para encubrir acciones injustas,

sobre todo cuando el denunciado era un ciudadano rico.

A Lisias, como meteco, sólo se le permitió comparecer ante el tribunal una vez para pronunciar

un discurso de defensa. Se trataba de un proceso que le afectaba como cosa propia: Eratóstenes, uno

de los treinta tiranos de Atenas, había condenado a muerte a su hermano, confiscándole todos sus

bienes. El discurso contra Eratóstenes nos permite formarnos una idea del ambiente jurídico de la

época y nos autoriza a pensar que este discurso de acusación contra los Treinta no fue el único.

Otra preciosa pieza oratoria es la titulada Sobre los inválidos, en la cual un mutilado aboga con

ingenio y picardía para que le prolonguen la pensión.

El discurso Sobre el olivo fue escrito para un acusado que tenía que defenderse del cargo de

haber arrancado un olivo sagrado. Este delito era castigado con mucha severidad, en primer lugar

por motivos religiosos (el olivo, en Atenas, era sagrado) y, en segundo lugar, por consideraciones

económicas, pues el olivo para los griegos era —y sigue siendo aún— de enorme importancia en tal

1 La voz «logógrafo» tiene dos sentidos: 1, historiador de la antigua Jonia y 2, autor de oraciones jurídicas.

aspecto. Los argumentos de este discurso son incisivos y breves y, como todos los de Lisias, se

caracterizan por la adecuada concentración y brevedad; téngase en cuenta que la duración del

discurso se limitaba mediante un reloj de agua (clepsidra).

El ateniense Isócrates (436-338) ocupa también un puesto destacado en la oratoria griega.

Siendo joven, se forma en contacto con los sofistas más sobresalientes y acaso también con

Sócrates. Como no reunía las condiciones precisas para hablar en público, desempeñó durante

mucho tiempo la profesión de logógrafo para crear finalmente una escuela de retórica, organizando

una especie de seminarios en los cuales se estudiaba oratoria en períodos de tres y cuatro años. El

influjo que ejerció sobre sus contemporáneos debió de ser muy importante. Las enseñanzas que

practicaba eran de índole exclusivamente retórica. De ahí que llegara a adoptar una postura

antagónica a la de Platón, que sólo tenía repulsa para todo lo retórico. Una conciliación entre estos

dos extremos opuestos, mediante una síntesis de retórica y filosofía, hubo de intentarla, más

adelante, el orador romano Cicerón.

Demóstenes (384-322 a. d. C.)

El hecho de que, en nuestros días, apenas se hable del más destacado de los oradores griegos, se

explica por alguna de las razones expuestas en la introducción de nuestro capítulo sobre la oratoria.

Además, la personalidad del aludido orador, se enjuicia hoy en forma algo distinta de lo que se hizo

en siglos pasados, en que éste era exaltado con verdadero entusiasmo, como héroe y como hombre

incorruptible. El padre de Demóstenes, como el de Lisias, había poseído una fábrica de armas.

Tutores fraudulentos, a los que más tarde hubo de demandar, malversaron sus bienes. Se dedicó a la

política, después de ejercer durante breve tiempo la profesión de logógrafo, trampolín a la sazón

para una carrera de más vastos horizontes. Desde muy pronto, advirtió el peligro macedónico; en

sus discursos olínticos trató de convencer a los atenienses de que acudieran en auxilio de la ciudad

de Olinto, amenazada por Filipo. No hay duda de que, en este punto, cabe imputarle a Demóstenes

miopía política, pues finalmente, el curso de la historia dio la razón a los que simpatizaban con

Macedonia (por ejemplo, el orador Esquines).

Las piezas oratorias más famosas de Demóstenes son las filípicas, en las que éste fustigaba a

Filipo, rey de Macedonia; el hecho de que Cicerón llamara también «filípicas» a sus invectivas

contra Marco Antonio, es tanto un homenaje a la memoria de Demóstenes, como la expresión del

reconocimiento, por parte del orador romano, de ser, frente a aquél, algo así como un advenedizo en

materia de oratoria.

EL DRAMA

Hay muchas cosas poderosas y nada tan poderoso

como el hombre,

SÓFOCLES, Antígona, 332

La palabra griega drama significa «acción». Con el perfeccionamiento del teatro, Atenas se

sitúa, una vez más, a la cabeza de las ciudades griegas. Puesto que la esencia del drama es conflicto,

polémica, en el sentido más amplio de este término, el drama encuentra en la democracia un terreno

particularmente abonado, pues precisamente la polémica y la competición de las fuerzas libres son

factores constitutivos en una democracia viva. La relación entre el actor individual y el coro es,

asimismo, un calco de la pugna dinámica entre el individuo y la sociedad.

LA REPRESENTACIÓN DE LOS DRAMAS.

EL TEATRO. LOS ACTORES.

En Atenas, la representación teatral formaba parte de un culto divino, el culto a Baco, pues, en

general, la vida del griego está íntegramente penetrada por la religión (en el sentido más amplio de

la palabra). La forma de representación era la del agon, la competición. El arconte elegía tres poetas

entre los concursantes; cada uno de los elegidos debía entregar tres tragedias relacionadas entre sí,

es decir una trilogía, y un drama satírico (pieza de contenido cómico). La mayor parte de las

representaciones se celebraban por la tarde. Es fácil imaginarse el favor y el interés público que

suscitaban. Las fiestas báquicas, en las cuales se representaban dramas, eran las grandes dionisias y

las leneas. El pueblo era, indirectamente, el juez decisivo; desde Pericles, todo ciudadano ático

recibía del estado la prescrita cuota de entrada de dos óbolos. Los atenienses formaban un público

muy objetivo y entendido, tanto más cuanto que los poetas ponían en escena temas casi

exclusivamente mitológicos, más o menos conocidos por todos. El interés se basaba pues, no en la

novedad de la materia, sino en la expectación por la forma en que el poeta iba a tratar el mito y por

los momentos psicológicos que tomaría de él. Los teatros griegos se componían de cuatro partes

principales: el espacio de los espectadores, en hemiciclo y forma de gradería; la orquesta, en la cual

cantaba y danzaba el coro y en cuyo centro se levantaba un altar (culto a Baco); el llamado parodos,

cuya entrada estaba marcada a veces por columnas, y el edificio del escenario (skene) que servía de

fondo a éste, así como de vestuario para los actores y de guardarropa. Había además una grúa

utilizada eventualmente para el descenso de un dios (deus ex machina) y el enciclema, especie de

escenario giratorio. Los actores del culto a Baco llevaban una máscara, con la que se hacía

imposible la mímica facial. El actor (los papeles femeninos eran representados por hombres) llevaba

en la cabeza una especie de adorno que le hacía parecer más alto. Desde Esquilo, se usó el coturno

(botas con tacones altos). En tiempo de Esquilo, el número de actores era todavía de dos y, a partir

de Sófocles, se aumentó a tres: el protagonista, el deuteroagonista y el tritagonista. A pesar de la

máscara y la «representación al aire libre», el diálogo se oía y entendía perfectamente, debido sobre

todo a las condiciones acústicas del teatro griego. Así, por ejemplo, en el teatro de Epidauro una

palabra pronunciada con potencia normal de voz se oye perfectamente desde los asientos de la fila

más alta.

Típico componente del drama griego era el coro que, en la tragedia, estaba formado por quince

miembros y, en la comedia, por veinticuatro. Todo coro tenía un director: el corifeo. El coro cantaba

y bailaba en la orquesta; el canto coral, acompañado de flauta y cítara (que tocan únicamente al

unísono) está escrito en dialecto dórico. Originariamente el coro, formado por mujeres o ancianos,

tomaba parte activa en la acción y ejercía, al propio tiempo, el papel de comentador de ésta; más

adelante, el coro viene a ser el instrumento mediante el cual el poeta expresa sus ideas personales.

Más tarde, asume mayor número de funciones técnicas. Los cantores llenan los entreactos, mientras

los cómicos se cambian de ropa. Como es sabido, el ensayo de reintroducir el coro antiguo fue

realizado por Fr. Schiller en La desposada de Mesina. La asociación de letra y música desempeñó

un papel capital en la obra de Ricardo Wagner, en cuya «Música del porvenir» ocupa un puesto

preeminente la obra de arte global.

Un ciudadano rico se hacía cargo de la manutención y equipo del coro, durante los períodos de

preparación y ensayo. Una prestación al estado de esta naturaleza recibía, entre los griegos, el

nombre de leiturgia. Las dos leiturgias más importantes eran la trierarquía (aparejo de un trirreme

de guerra y ejercicio eventual de su mando) y la gimnasiarquía (sostenimiento de un campo de

deportes, pago de haberes al profesor del gimnasio, etc.).

HISTORIA DE LA TRAGEDIA. DE LA LÍRICA CORAL AL DRAMA

El drama salió del canto coral dórico. Pero más antigua que la lírica coral es la lírica individual.

Lírica significa canción que se canta acompañada de lira (instrumento de cuerda). Mientras el poeta

épico se acomoda a los grandes acontecimientos del mundo exterior, el lírico intenta hacer resonar

su intimidad; el poeta nos da noticia de sus sentimientos e ideas. No es un azar el hecho de que la

lírica primitiva coincida, en el tiempo, con la aparición de la plástica humana: ¡empieza a despertar

el interés por el hombre individual y su personalidad! No menos significativa es la circunstancia de

que los primeras líricos sean «griegos isleños»; es posible que la incomunicación del hombre de las

islas se tradujera, en éstos, en una especie de propensión al ensimismamiento. Los representantes

más antiguos de la lírica individual —además del poeta yámbico Arquíloco— fueron Safo o y Alceo.

Tanto éste como aquélla eran oriundos de la isla de Lesbos y vivieron hacia el año 600 a. d. C. La

pasión que embebe sus cantos se ve atenuada por el riguroso marco de una métrica estricta. A su

vez, ésta ennoblece los sentimientos de la pasión mediante la disciplina del metro.

En la poetisa lésbica encontramos notas líricas de rebosante ternura:

Por doquier, de la cima de los manzanos

gotea el fresco rocío a través de las ramas

y de las temblorosas hojas

desciende un hondo arrullo.

o la expresión conmovedora de la soledad:

Se ha puesto la luna

y también las Pléyades;

ya es medianoche;

las horas pasan

mas yo me acuesto sola.

o el poema sobre una muchacha que se casa ya entrada en años:

Como manzana que madura en cima extrema,

la última en la última rama —olvidáronla los cosecheros—.

No, no la olvidaron, no supieron alcanzarla.

Con el «caballero andante» Alceo, nos sale al encuentro una ruda atmósfera varonil:

Fulge de bronces la amplia sala,

para Marte se adorna todo el aposento

con relucientes cascos de los que caen ondulantes

las crines radiantes de los penachos

como ornato de las cabezas de héroes.

De ganchos penden brillantes canilleras

de bronce, que defienden las piernas

de las flechas. Lórigas; redondas y abovedadas

égidas se amontonan y cabe ellas

espadas calcídicas y cotas de malla

y profusión de camisas de lienzo.

Nos hemos consagrado a la lucha

por esto no podemos olvidar nunca las armas.

o estos versos despreocupados:

Nunca debe el corazón doblegarse

al destino, pues, nada ganamos, mi Biquis,

con preocuparnos. ¡Lo mejor contra las cuitas

es el vino…y embriagarse!

Los más ilustres representantes de la lírica coral fueron Píndaro (518-446 a. d. C. apr.),

Simónides y Baquílides. De Píndaro hay que citar los epinicios, cantos en loor de los vencedores de

los juegos griegos. Varones prominentes, en especial los tiranos, que habían conseguido una

victoria con sus troncos de caballos (a los que, las más de las veces, guiaba un jockey), se hacían

componer cantos corales por los mencionados poetas, mediante una retribución a menudo muy

generosa; dichos cantos corales eran de tal calidad que resonaban en todos los ámbitos culturales

griegos. Imaginémonos, a guisa de comparación, a un vencedor de los juegos olímpicos de nuestros

días inmortalizado por un himno moderno.

El canto coral era una canción de articulación estrófica con la siguiente estructura: a la estrofa

seguía la antiestrofa (contraestrofa) y el epodo (sobrecanto). Los asientos de los espectadores

agrupados en círculo alrededor del coro, dieron lugar a la forma originaria del teatro. Los cantos

corales, en honor de Baco recibían el nombre de ditirambos y los en honor de Apolo se llamaban

peanes. En las fiestas bacanales (en honor de Baco) celebradas en Atenas, en los primeros tiempos,

cantaba y danzaba un coro de campesinos disfrazados de macho cabrío (tragos); de esta costumbre

deriva el nombre «tragedia». La tragedia nació cuando el ateniense Tespis opuso al coro un

«replicarte» (hipocrites; esta palabra significó más adelante «actor cómico» y finalmente, como

actualmente en francés, «farsante»). Como queda dicho, Esquilo introdujo un segundo actor y

Sófocles un tercero. En realidad, los precedentes de la tragedia fueron, naturalmente, mucho más

complicados.

ESTRUCTURA EXTERNA DE LA TRAGEDIA

La tragedia griega, lo mismo que la sinfonía clásica o sonata en la música moderna, presenta una

estructura rigurosamente articulada. Empezaba con un prólogo que era la introducción y exposición

de la acción. Al parodos (1) o canto de introducción del coro, le seguía el primer epeisodion o

primera parte del diálogo, que terminaba con el stasimon. El epeisodion y el stasimon podían

repetirse varias veces. El final estaba formado por el exodos o canto de salida del coro.

ESENCIA DE LA TRAGEDIA

La distinción corriente entre tragedia (espectáculo triste) y comedia (espectáculo alegre), resulta

1 El vocablo parodos tiene un sentido doble: designa tanto el canto de introducción del coro, como el lugar por donde

éste efectuaba su entrada en el teatro.

demasiado simplista para los griegos; tragedia y comedia pueden cada una desbordar sus aguas en

el ámbito de la otra. Dar una definición exacta de lo trágico es pura y simplemente imposible, pues

cada época y propiamente cada individuo tiene, de la tragedia, un concepto particular. Los

conflictos de la comedia se desenvuelven en la superficie, en la situación externa, en tanto que en la

tragedia arraigan casi siempre en las profundidades del carácter humano. Uno de los elementos

esenciales de la tragedia griega es la problemática de la libre decisión del hombre a instancias de

dos imperativos contradictorios (por ejemplo, el Orestes de Esquilo), decisión de la cual nadie le

exime y que, en su soledad, tiene que afrontar él mismo. Una de las cosas que conturban más

profundamente el alma griega es el problema de la relación entre culpa y destino, es decir, el problema

de la libertad de la voluntad. A esto obedece la ambivalencia de todas las formas de decisión

humana: todo momento de nuestra existencia es, a la par, comienzo y final; todo ser actuante es, a

la par, impulsor e impulsado (Edipo de Sófocles: «Bien puede decirse que mis actos más los he

padecido que realizado…»). Preciso es, en este punto, tener en cuenta que el antiguo no estaba

protegido como nosotros por una muralla de seguridades y tenía que hacer frente al destino en

forma mucho más desamparada de lo que podemos imaginarnos. Otra dificultad para elaborar el

concepto de lo trágico, a base de las tragedias conservadas, consiste en que, aparte la Orestíada de

Esquilo, no disponemos de ninguna otra trilogía, ya que las piezas aisladas que han llegado hasta

nosotros suelen ser partes de contextos de los que fueron separadas.

LOS MEDIOS TÉCNICOS DEL POETA PARA REALCE DE LOS EFECTOS ESCÉNICOS

Elementos retardatarios: Para acrecentar la tensión, el curso de la acción puede ser interrumpido

por interpolaciones que la alargan como una cinta de goma.

Ironía trágica: Su efecto consiste en que el espectador sabe ya algo de lo que es desconocido

todavía por el simple actor. De ahí que sean posibles discursos de doble sentido. Esquilo se muestra

un excelente maestro de esta técnica, sobre todo en Agamenón. Encontramos un elocuente ejemplo

de ella en el verso 600 y ss: donde Agamenón rey de Argos, está a punto de entrar en su palacio

después de haber permanecido diez años ausente de Troya. La infiel esposa Clitemnestra, que ha

preparado ya su asesinato, le recibe con hipócritas palabras de doble sentido:

Corro presurosa a fin de recibir a mi esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más

dulce y clara para una mujer que abrir la puerta a su marido que por merced de los dioses vuelve salvo del

combate? Ve y dile a mi esposo; dile cuanto antes, que en seguida venga a éste, su pueblo, que le ama, y que

en viniendo, encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de siempre; cual la dejó; una perra para la casa,

para él dulce, y fiera para los que mal le quieren; y así en todo, que en tan larga ausencia no ha violado el

sello de su fe. Y mi reputación es limpia…

El deus ex machina: cuando el nudo de la acción se ha enredado hasta tal punto que el conflicto

ya no puede ser resuelto humanamente, suele aparecer un dios —sobre todo en Eurípides— al cual

se le hace descender mediante una grúa; el divino auxiliar indica el futuro y señala el desarrollo

ulterior de la acción. En los teatros romanos, con sus escenarios de tres pisos (bien conservados aún

en Orange —Provenza— y Sabratha —África del Norte), los dioses suelen aparecer en los nichos

del tercer piso.

Los mensajes: Para la sensibilidad griega había ciertas cosas que resultaban indecorosas, por

ejemplo, representar sin rodeos un asesinato en escena. En vez de ello, el acontecimiento es referido

por un mensajero. El «muerto» era traído eventualmente a escena mediante el enciclema, especie de

tablado giratorio. Notemos aquí, sumariamente, que, entre los romanos de la época imperial, la

situación había degenerado tanto, que los asesinatos tenían lugar en el escenario de manera efectiva,

de forma que había que soportar asesinos.

La peripecia: Entiéndese por ella el cambio repentino de la acción al pasar de un estado a su

contrario, las más de las veces de la felicidad a la desgracia. Con frecuencia, para dar más relieve a

la caída, la peripecia arranca de un estado de la más elevada excelsitud. Véase Aristóteles, Poética,

1452 a.

LOS GRANDES TRÁGICOS

Esquilo (525-456 a. d. C.)

En su juventud, Esquilo tomó parte en las guerras médicas. Pasó el final de su vida en Gela

(Sicilia). Esquilo es el único trágico del cual se conserva una trilogía completa: la Orestiada,

formada por Agamenón, las Coéforas y las Euménides. La trilogía trata de la vuelta de Agamenón a

su patria, su asesinato por su esposa Clitemnestra y su amante Egisto, del matricidio de Orestes, por

mandato de Apolo, y su salvación de la persecución de que es objeto por parte de las erinias

(llamadas también en eufemismo euménides = «benévolas») con la escena del juicio en el Areópago

de Atenas, en que la diosa Palas Atenea, con su voto de calidad, decide el destino en favor de

Orestes. Las erinias son aplacadas con singulares homenajes; su furor es domado e integrado a la

polis como factor moral. Además, Esquilo es el único trágico del cual se ha conservado una pieza

histórica: los Persas. Los Persas ensalzan la victoria naval de los atenienses en Salamina. El poeta

nos hace revivir los acontecimientos, vistos desde el lado persa. La pieza se representa en la corte

de Susa; el curso de la batalla es referido por un mensajero. Realzan los efectos escénicos del drama

los sueños de mal augurio de la reina, la depresión del coro y el juramento del espíritu de Darío.

El lenguaje del autor no es de comprensión fácil; locuciones violentamente hacinadas alternan

con cuadros de oscura magnificencia.

Sófocles (496-406 a. d. C.)

Sus dramas más conocidos son Antígona, Electra, Edipo Rey, Edipo en Colona y las

Traquinianas.

La Antígona nos lleva al círculo legendario de «Los siete contra Tebas». La maldición que pesa

sobre la estirpe de Edipo se continúa en la discordia de sus hijos: Eteocles defiende la ciudad, en

tanto que su hermano Polinices está en el bando de los atacantes. El tirano Creonte prohíbe enterrar

a Polinices por «traidor a la patria». Su hermana Antígona, animada por su amor fraterno y piadosos

sentimientos, se opone a la prohibición y entra en conflicto con la razón de estado, representada por

Creonte. El castigo que tiene que sufrir es cruel; Antígona muere con ánimo firme y, sin querer,

arrastra a la perdición al tirano y a su familia, triunfando en última instancia sobre la violencia

brutal del estado. En Electra, al igual que en el drama anterior, encontramos el antagonismo de «dos

hermanos desiguales»; Antígona y Electra son, las dos, «jóvenes heroínas» de vigor casi masculino;

Ismena y Crisotemias encarnan el tipo de la dulzura femenina. Electra, hija segunda de Agamenón,

muerto por Clitemnestra y Egisto, pospuesta y despreciada como cenicienta en la corte del tirano,

está animada sólo por la esperanza de que Orestes, que se halla en el extranjero, regrese finalmente

a la patria y vengue a su padre. Cuando Orestes, hecho ya mayor, aparece en Argos, hace propagar

la fábula de que ha muerto en una carrera de carros. La falsa noticia adormece en su seguridad a

Clitemnestra y desalienta a Electra: «elemento retardatario» para realce de la tensión y efectos

escénicos. Durante el entierro del padre, se reconocen los hermanos y se cumple la venganza en

Clitemnestra y Egisto. En Edipo rey, el infortunio que irrumpe súbitamente se impone en forma

espeluznante. El desdichado Edipo comete, sin saberlo, dos delitos atroces: el asesinato de su padre

Laios y el casamiento con su propia madre Yocasta. El efecto escénico consiste en el espanto

creciente originado por el conocimiento gradual de la cruel situación. En Edipo en Colona, el

desdichado anciano recobra al fin el bien ganado sosiego tras haberse cegado él mismo en expiación

de su «crimen». Las Traquinianas reciben su nombre del coro femenino de Traquis. El drama lleva

a escena Ios acontecimientos desarrollados alrededor de la muerte de Hércules. Su mujer Deianeira,

por celos de la prisionera Iola, le entrega una camisa empapada en sangre del pérfido centauro

Nesos; éste, mortalmente herido de un flechazo por Hércules, aconseja, moribundo, a Deianeira que

recoja su sangre para reconquistar, por este medio mágico, el amor de su esposo. El desdichado

Hércules es horriblemente torturado por este tósigo y finalmente decide quitarse la vida en la

hoguera dispuesta en lo alto de una montaña.

Sófocles era objeto de profunda veneración entre sus conciudadanos; en cierta ocasión,

desempeñó el cargo de estratega. En su obra no se encuentra nada parecido a la aguda sutileza de un

Eurípides. Con su sencilla creencia en la justicia divina, fue un hombre de perfecta armonía interior

y este equilibrio se refleja en el lenguaje de sus escritos. Sirva de breve muestra de sus textos el

bello elogio de Ática de Edipo en Colona:

Has llegado ¡oh, peregrino! a la comarca

rica en yeguadas; a los resguardos más seguros

de estas tierras, al esplendente Colona.

Aquí el parlero ruiseñor,

nuestro huésped permanente,

modula sus trinos bajo el verde ramaje

de la hondonada, o cobijado en la hiedra color de vino oscuro

y en el impenetrable follaje oculto al dios,

espeso de incontables racimillos

y jamás alcanzado ni del sol

ni de los vientos

en las grandes tempestades.

Aquí se pasea sin cesar Dionisio

el retozón, acompañado de las diosas nutricias.

Eurípides (480-406 a. d. C.)

Eurípides es el último de la constelación de los tres. En él, la tragedia se convierte en campo de

batalla de temas escépticos debido a la fuerte influencia que ejerce en el poeta el pensamiento de la

sofística: Eurípides es el trágico filosófico. Una y otra vez, se ocupa con problemas como el de la

perfección y poder de los dioses, la justicia de la marcha del mundo, del puesto social de las

mujeres y los esclavos y otros muchos; es un pesimista convencido. En la técnica de la tragedia,

Eurípides representa un cierto esquematismo, por ejemplo, en el empleo reiterado del deus ex

machina. Además, convierte en ciudadanos —por no decir que los «proletariza» —los personajes

heroicos de la leyenda griega. Sus obras más conocidas son:

El Hipólito, que trata del tema de Putifar. Fedra, madrastra del joven Hipólito, se enamora de su

hijastro; al no ser correspondido su amor, difama a éste en casa de su padre Teseo, a causa de lo cual,

el desdichado tiene un fin horrible. En el texto primitivo, Fedra revela ella misma su amor al

adolescente, circunstancia que debió escandalizar al público; en la redacción que ha llegado hasta

nosotros, la nodriza sirve de intermediaria. El mismo tema fue tratado más tarde por el romano Séneca

y por el francés Racine.

La Ifigenia en Aulis y la Ifigenia en Tauris (véase Ifigenia de Goethe) tienen por tema las fábulas

del proyectado sacrificio de Ifigenia en Aulis —sacrificio mediante el cual había que aplacar la ira

de la diosa Artemisa, que aquietando el viento, detuvo las naves que salían de Troya— y el

reconocimiento de los hermanos Orestes e Ifigenia. Orestes acosado por las erinias (furias) es

liberado de la maldición que pesaba sobre él a causa del asesinato de su madre por indicación de

Apolo, al transportar a Atenas la venerada imagen de Artemisa (Goethe emplea la ambigua

expresión «la hermana», que cabe relacionar con Ifigenia). En Táurida tiene que ser sacrificado a la

diosa, de acuerdo con las costumbres del país, y sólo en el último momento tiene lugar el

reconocimiento de los hermanos Orestes e Ifigenia.

En las Bacantes encontramos la fábula del rey Penteo, que es cruelmente castigado por la

resistencia opuesta por él a la difusión del culto a Baco. En la Medea, Eurípides demuestra ser un

maestro en la exposición psicológica. La princesa Medea —para los griegos ni más ni menos que

una bárbara— ayuda a Jason, rey de los argonautas, a apoderarse del «vellocino de oro», huyendo

con él a Grecia. Él la abandona en Corinto, para casarse con la hija del tirano Creon. Herida en lo

más profundo de su alma, Medea decide vengarse cruelmente del infiel. Primero mata a suspropios

hijos y envía a la joven desposada un vestido hechizado que causa su perdición. Alcestes es una

pieza tragicómica (véase Alceste, de Gluck). Admeto, en peligro de muerte, podrá seguir viviendo si

una persona se sacrifica voluntariamente por él. Como ni siquiera sus viejos padres saben decidirse

a ello, su mujer Alcestes se declara dispuesta a morir por él. El drama presenta un rasgo cómico con

la intervención de la figura de Hércules, el cual visita en su palacio al que se ha quedado solo en él,

y se presenta como voraz atleta. La pieza termina felizmente cuando Hércules, en lucha, arrebata

Alcestes a la Muerte (Manatos). En Medea hay unos versos que nos presentan al poeta como un

maestro en la descripción de los estados anímicos, al pintarnos de manera soberana el conflicto de

Medea entre su sed de venganza y su amor de madre (1029 ss.).

En vano os eduqué ¡oh, hijos! en vano trabajé

y me consumieron graves molestias

y sufrí los intolerables dolores del parto.

Sin duda, infeliz, puse en vosotros

en otro tiempo mi esperanza

y pensé que me sostendríais en la vejez

y que con vuestras manos cerraríais mis ojos,

deseo tan natural en los mortales:

se desvaneció este dulce consuelo.

Sin vosotros pasaré mi vida

llena de tristeza y amargura.

Ya no veréis con vuestros ojos amados

a vuestra madre y viviréis en adelante

de otra manera. ¡Ay, ay de mí!

¿Por qué me miráis? ¡oh, hijos!

¿Por qué me miráis y sonreís así,

con sonrisa peor para mi que la muerte?

¡Ah, ah! ¿Qué haré? Desfallece mi ánima

¡oh, mujeres! cuando tropiezo con las alegres

miradas de mis hijos. No podré…

pero valgan mis proyectos primeros

de la tierra arrancaré a mis hijos.

¿Qué necesidad tengo de afligir a su padre

con estos males y de sufrirlos yo duplicados?

No, no es posible… Mas, haya constancia en mis propósitos

¡Extravíos del corazón! ¿Podría sufrir acaso

servir de risa quedando impunes mis enemigos?

Tengo que sobreponerme, etc., etc.»

Sorprende el hecho de que los trágicos compusieran ellos mismos su música. Así se daba el caso

de que los cantos corales y arias para solos de Eurípides, eran cantados y aun silbados en las calles

por viejos y jóvenes al igual que las coplas antiguas. La circunstancia de que no nos haya llegado

nada de la música trágica representa para nosotros una pérdida irreparable, puesto que la asociación

de música y letra podría proporcionarnos una visión integral de la tragedia griega.

OJEADA AL DESARROLLO DE LA COMEDIA

Después de la muerte, en el mismo año, de los dos grandes trágicos Sófocles y Eurípides, en

Atenas se presentía ya que el florecimiento de la tragedia tocaba a su fin. Entonces gozó de

particular vitalidad la comedia, cuyo principal representante fue Aristófanes (455-388 antes de C.

apr.). Las circunstancias del nacimiento de la co media son mucho más complicadas que las de la

aparición de la tragedia, debido al hecho de que también se daban representaciones cómicas fuera

de Atenas, en las ciudades dóricas, en Sicilia y en Italia Meridional. La palabra «comedia» se deriva

generalmente del vocablo griego cornos, «desfile», bulliciosa ronda de alegres y desenfrenados

zaragateros por las calles de la ciudad, y en la que se mezclaban elementos de culto religioso. La

comedia presenta un coro como la tragedia, aunque algo más numeroso; rasgo particular del coro

cómico es la parabasis: los coreutas se quitan la máscara y se vuelven hacia el público explicando a

éste los fines que persigue el poeta en la representación de su obra y hacen objeto de sus chanzas a

tal o cual personaje.

Junto a las Nubes de Aristófanes —de que ya hemos hablado— y en relación con la decadencia

de la tragedia, citaremos las Ranas, que fueron representadas hacia el año 405. La comedia

describía lo precario de la situación creada por la muerte de los dos grandes trágicos: el «propio

dios del teatro», Baco, desciende al infierno para hacer volver a Eurípides. El coro de ranas que

acompañan al dios en su viaje por el Aquerón, da a la obra el título que lleva. En el averno estalla

una disputa entre los dos trágicos Esquilo y Eurípides por el «trono de la tragedia». Baco es llamado

para que ejerza de árbitro; se produce una deliciosa competición entre el trágico viejo y el joven.

Nos las habemos aquí con la «crítica de arte» más antigua que conocemos y cuando Aristófanes,

por boca de Baco, da la preferencia al ingenuo y natural Esquilo, frente al disolvente y analíticoracionalista

Eurípides, se anticipa a un fallo que en el siglo pasado hubo de ocupar insistentemente a

Schlegel y a Nietzsche.

Con la caída de la democracia en Atenas, comienza a decaer, asimismo, la «comedia antigua».

Después del intermezzo de la «comedia de los tiempos medios», este género literario volvió a

florecer en la «comedia moderna». El representante más destacado de esta dirección es Menandro

(342-293 a. d. C. apr.). La comedia se aparta ahora de la política y se convierte en una «diversión

ciudadana» con figuras sólidamente estereotipadas, por ejemplo, el padre tacaño y severo, el hijo

despreocupado, el esclavo harapiento, el zángano, etc., etc. En el siglo pasado, todavía se conocían

de él muy pocos versos; en 1907, se descubrió un trozo de papiro con gran parte de la pieza El

árbitro. En estos últimos años, otro hallazgo de papiros ha permitido sacar a luz la comedia Discolo

(el enemigo de los hombres, le misanthrope). Menandro es un diseñador agudo y sutil de caracteres;

sus obras fueron adaptadas por los romanos Plauto y Terencio.

Nuestra iniciación a la literatura griega, por ser iniciación, ha tenido que contentarse con una

selección. Sin embargo, tenemos la esperanza de que se habrá hecho visible este o aquel aspecto de

la enorme y poderosa energía intelectual, que hoy sigue ejerciendo su influencia, este o aquel

aspecto de aquel tesoro espiritual destinado a ser difundido por Europa por un pueblo de

conquistadores, y alcanzar nueva vigencia.

SEGUNDA PARTE

INICIACIÓN A LA LITERATURA ROMANA

INTRODUCCIÓN

Únicamente podremos comprender de una manera correcta el verdadero sentido de la literatura

romana, viéndola no sólo como imitación, sino entendiéndola como lógico y necesario

complemento de la creación griega. El genio griego —siempre en peligro de destruirse a sí mismo a

causa de su particularismo (su fuerte y a la par su punto débil)— necesitaba de una nueva

interpretación y de una expansión universal a través del Imperio Romano.

BASES SOCIALES Y ECONÓMICAS DEL GENIO ROMANO

Al contrario de los griegos, los romanos constituían un pueblo típicamente campesino, con todas

las características propias de una cultura rural. Su práctica y prosaica perspicacia para la vida, la

vemos de una manera muy señalada en la religión romana. En ésta, no encontramos mitos

empapados de poesía, como entre los griegos; aquí es todo equilibrado espíritu comercial; la

religión de los romanos es un trato que se hace con los dioses a base del do ut des (te doy para que

me des). Los dioses tenían generalmente el cuño de una economía rural; para numerosas labores

agrícolas, había su propia divinidad. Por ejemplo, Seia y Segesta, divinidades de la sementera,

Terminus, dios de los mojones de piedra, y existía, incluso, un dios para evitar los incendios de los

sembrados (Robigus). Sólo más adelante, equiparan los romanos sus propios dioses a los de las

culturas urbanas griegas.

Vida campesina – Vida militar – Vida política:

Ninguna imagen podría traducir con mayor plasticidad la esencia del genio romano como aquella

historia de Cincinato que, siendo un simple campesino, pasa directamente del arado a la dictadura…

CARACTERÍSTICAS DEL ESPÍRITU ROMANO

Las grandes realizaciones del pueblo romano no hay que buscarlas ni en las artes, ni en la

ciencia, ni en la filosofía, sino en otros dominios: desarrollo del derecho romano, organización del

imperio y transmisión a los distintos pueblos de una civilización y cultura más elevadas. A pesar de

todo, se cometería un gran error si en la literatura romana se viera una imitación servil de lo griego.

Tal imitación habría sido impracticable dada la gran diferencia existente entre la mentalidad griega

y la romana. El griego tiende al pensamiento abstracto, propende a idealizar y contempla la vida

desde el punto de vista estático. En cambio, el romano es un realista que está vuelto prosaicamente

hacia el lado práctico de la vida, preguntándose, en todo momento, por la utilidad y pisando firme

con ambos pies el mundo visible. Esta diferencia se pone de manifiesto, ante todo, en el arte del

retrato: el griego idealiza y se esfuerza por alcanzar el «tipo», mientras el romano aspira a acercarse

lo más posible a la realidad (1).

También domina un espíritu completamente distinto en el idioma. El griego, con sus abundantes

partículas y libre construcción de palabras, apunta a lo vital humano; el latín, con su laconismo

lapidario —¡carece de artículo!— propende a lo monumental. Así que los romanos no pudieron

adoptar, sin más ni más, lo griego, sino que tuvieron que intentar adaptarlo a su propio modo de ser,

sacándolo de sus moldes. En esto consistió la aportación romana. Mas, algunas veces, destaca

también algún rasgo original. Mientras el acceso al genio griego nos es relativamente fácil —a

menos que la distancia temporal que de él nos separa, impida destacar con perfil muy acusado lo

que de él nos es extraño y lo que en él difiere de nuestra sensibilidad— los caminos que nos llevan

al modo de ser romano tienen que ser labrados por nosotros una y otra vez. Naturalmente, los

pueblos latinos tienen con Roma una relación mucho más estrecha que nosotros. Sin embargo —y

esto se subraya demasiado poco— nosotros, los suizos, fuimos, de entre todos los pueblos de habla

alemana, los que tuvimos unos vínculos más estrechos con Roma, pues toda la Suiza actual formó

parte, un día, del Imperio Romano. Además, el carácter romano y el suizo presentan notables

paralelos: el realismo prosaico, el predominio de lo racional, las dotes de organización, cierta

ausencia de originalidad musical (en lo que se dan siempre algunas excepciones) y la función

transmisora de la cultura más que la creadora.

LA LENGUA LATINA

Sobre la transmisión de la literatura romana, cabe decir, a grandes rasgos, lo mismo que la de la

griega; nos limitaremos a remitirnos a la introducción. En oposición al griego, el latín arcaico no

presentaba ningún dialecto; desde el punto de vista histórico-lingüístico, la lengua latina es el

dialecto hablado en la ciudad de Roma —Latium es la región que rodea Roma y en especial el

sureste de la ciudad. Por consiguiente, en el latín puede verse un dialecto rural (la Roma arcaica se

parecía realmente más a una aldea fortificada que a una ciudad), dialecto rural que, en pocos siglos,

se convirtió en lengua universal. Apresurémonos a destacar que el latín literario que aprendemos en

las escuelas es propiamente una lengua «arestica», que no fue nunca el lenguaje hablado. A decir

verdad, la lengua hablada por el romano culto, no se diferencia mucho de aquélla. Pero el hombre

sencillo, se servía, en la calle, del latín vulgar, que era a la lengua hablada por el culto, algo así

como el inglés cockney al usado por el inglés culto; o bien, para tomar un ejemplo suizo, como el

«bajo inglés» respeto al alemán que se habla en Berna. El latín vulgar presenta, a veces, un léxico

propio y, otras, una pronunciación completamente distinta. Citemos, como ejemplo, la palabra

caballus (francés cheval) en vez de equus, o la pronunciación o por au, por ejemplo: Clodius en vez

de Claudius. El latín vulgar tardío desarrolló un artículo; se decía una causa (una cosa)en vez de

res, o ille sol en vez de sol, con lo cual el italiano y el francés se repartieron fraternalmente el

artículo ille (il, le). Las lenguas románicas de nuestros días —francés, italiano, español, catalán,

portugués, rumano, etc.— proceden del latín vulgar, no del clásico. El latín fue, durante toda la

Edad Media, la lengua de los sabios y la lengua eclesiástica de la Iglesia católica. El latín medieval,

llamado despectivamente por los humanistas «latín de convento», pudo desarrollar una lírica propia;

recordemos como ejemplo los carmina Burana y los carmina clericorum. Pero este florecimiento

literario se marchitó rápidamente cuando los humanistas cifraron su ideal en una meticulosa

imitación del latín ciceroniano.

1 Esta actitud se hace notar, de modo particular, en las monedas romanas de la época imperial, en las que el retrato del

emperador es con frecuencia de una expresión incomparable.

ROMA Y EUROPA

Roma, como Grecia, aunque en otro sentido, dejó impreso su cuño en la Europa posterior.

Mientras la Hélade ejerció su acción desde dentro, la influencia de Roma sobre Europa fue, a lo

primero, externa, y gravitó en lo político y en lo jurídico. De una pequeña ciudad que es más bien

una aldea fortificada de chozas de barro y madera, nace, en el transcurso de pocos siglos, la capital

de un imperio universal que se extiende de España a las profundidades de Asia, y de África

Septentrional, a Inglaterra. La situación jurídica de la población, al principio muy complicada, —

desde el puesto ocupado por el esclavo al de los provinciales, de los «adheridos» al derecho civil

romano, pasando por el derecho del Lacio— se unifica finalmente al otorgarse el derecho de

ciudadano romano a todos los habitantes del imperio: un imperio, un derecho y una lengua oficial.

El derecho romano —desde su forma primitiva de la ley de las doce tablas hasta las obras de los

grandes juristas recopiladas en el Corpus juris por el emperador oriental Justiniano (527-565),

pasando por los edictos de los pretores (edicta praetoria)— ha venido constituyendo, hasta nuestros

días, la base sobre la cual se asienta nuestro propio derecho. Revelan este hecho los rigurosos

dictados de un sentido jurídico que, en última instancia, arraigan no sólo en la consideración de

índole jurídica, sino también en una actitud humana fundamental; por ejemplo, el principio in dubio

pro reo, «en la duda, a favor del reo», o bien: audiatur et altera pars, «hay que oír también la parte

contraria» y el hecho de que se prefiera absolver a un culpable que condenar a un inocente. La idea

del origen divino y la eternidad del Imperium Romanum defendida por los mejores de todos los

tiempos y, particularmente, por los escritores de la época de Augusto (Virgilio, Livio), había de

manifestarse con tal fuerza de penetración durante toda la Edad Media y en nuestros días, que una y

otra vez ha sido capaz de encender nuevos entusiasmos: la fundación del imperio de Carlomagno,

que se tuvo por sucesor de los emperadores romanos, la creación del Sacro Imperio romano

germánico por Otón I, la idea occidental de las cruzadas y después la Iglesia Católica con su centro

en Roma, la idea paneuropea y finalmente —por paradójico que pueda parecer— el fascismo y el

nacionalsocialismo a pesar de su giro negativo.

ROMA ANTIGUA.

LOS COMIENZOS DE LA LITERATURA ROMANA

Grecia vencida cautivó a su soberbio vencedor e introdujo

las artes en el rústico Lacio…

HORACIO, Epíst. II, I, 156 ss.

Sin la influencia de la creación griega, apenas sería concebible una literatura capaz de satisfacer

grandes exigencias. Lo que existía antes de la helenización de Roma se limitaba a escasos textos

jurídicos y religiosos, como el carmen Arvale, que se cantaba en una especie de desfiles

procesionales religiosos (los ambarvalia) y los cantos salios (de los sacerdotes de Marte); en estos

cantos sale a luz una lengua tan arcaica, que resulta poco menos que ininteligible, incluso para los

romanos de la época clásica. Como pertenecientes a este grupo de producciones, hay que citar la

Ley de las doce tablas, «Biblia de los romanos».

La influencia griega sobre Roma se ejerció en dos etapas capitales: la primera se caracteriza por

las relaciones entre Roma y los etruscos, los cuales constituyen en Italia una especie de cabeza de

puente de una cultura griega diluida, y la segunda, por el contacto con las ciudades griegas del Sur

de Italia, como Tarento, Metaponte, Elea y otras muchas. Además, desde muy pronto, gran número

de esclavos llevaron de su patria a Roma, el bien inapreciable de sus dotes intelectuales. Sin

embargo, en estos primeros contactos con lo griego, las aportaciones recibidas fueron de carácter

externo y no alcanzaron las raíces más profundas. A esta primera etapa, se la podría llamar etapa de

«adiestramiento», en oposición a la segunda etapa en que se inicia la «educación», la cual intenta

penetrar las capas más profundas de la mentalidad romana. En el capítulo próximo hablaremos de la

segunda época de la helenización de Roma.

Apenas cabe sorprenderse de que el primer poeta romano sea el liberto griego de Tarento, Livio

Andrónico. Livio tradujo la Odisea al latín.

El verso empleado por él no es todavía el hexámetro, sino el arcaico saturnio que se caracteriza

por una cesura en su mitad:

virum mihi, Camena, / incese versutum

C. Nevio (20o a. d. C.), además de algunas tragedias sobre el modelo griego y otras de cuño

romano (fabula praetexta), escribió un poema épico nacional sobre bellum punicum. En esta obra

canta la primera guerra púnica, en la que él mismo tomó parte. Se sirve también del arcaico

saturnio.

El hexámetro fue introducido en Italia por Enio de Rudia (239-169 a. d. C.). Caracteriza a este

escritor una creación de tipo universal. No solamente conoce bien tres lenguas (el griego, el osco y

el latín) sino que cultiva los géneros literarios más diversos. Los Anales, epopeya sobre el pasado de

Roma desde sus orígenes hasta la época del autor, fue la obra con la cual hubo de influir sobre

varias generaciones de poetas, sobre todo en Lucrecio y Virgilio. Además, Enio tradujo comedias y

tragedias griegas para el público romano. Sus obras, como las de sus predecesores, sólo han llegado

hasta nosotros fragmentariamente.

Si podemos señalar a Enio como creador del latín poético, a M. Porcio Catón el Viejo (234-149

a. d. C.) hay que reconocerle el mismo mérito en lo que concierne a la prosa; en la mayor parte de

las literaturas, la prosa nace después de la poesía, como producción de segunda línea. Catón,

romano de pura cepa, severo censor de buenas dotes oratorias y enemigo de griegos y cartagineses,

escribió dos obras importantes: los Orígenes, resumen de protohistoria romana que no expone en

forma de crónicas por años (anales) sino en sucesión de grandes períodos, y la obra De agri cultura,

libro sobre las labores del campo, de Vigoroso lenguaje.

No es un azar que de las numerosas tragedias romanas —fuera de los dramas barrocos de

Séneca— no se haya conservado ni una sola y en cambio hayan llegado hasta nosotros más de dos

docenas de comedias.

Plauto (254-184 a. d. C. apr.)

En sus piezas toma como modelo la «nueva comedia» griega, usando de él libremente, de forma

que, a veces, entreteje en una sola de ellas dos o tres obras helénicas. Sin embargo, en sus comedias

cobra también expresión lo genuinamente romano; particularmente, las indirectas groseras eran más

del gusto del romano que del público griego, mucho más selecto y cultivado. De entre las veinte

piezas que de él han llegado hasta nosotros, merecen citarse las siguientes:

El Amphitryo (comedia de enredo sobre el nacimiento de Hércules; compárese con el

Amphyytryon de H. Kleist). El Miles gloriosus (ridiculización de la arrogancia de su jefe militar que

se cree irresistible). Las Mostellaria (comedia de espectros: mientras el hijo del dueño de la casa

celebra un festín en alegre compañía, llega inesperadamente de un viaje el severo papá; un atrevido

esclavo saca al hijo del apuro diciéndole al padre, al que impide la entrada, que la casa está llena de

fantasmas).

TERENCIO (190-159 a. de C. aprox.)

El otro gran comediógrafo de Roma fue el africano Terencio (P. Terentius Afer de Cartago).

Terencio se atenía mucho más rigurosamente a los originales griegos. Evitaba la mezcla del tema

de varias tragedias, así como la grosería del lenguaje, característica de la obra de Plauto; su lenguaje

está destinado a un público culto. En la Edad Media, la monja Roswitha Gandersheim tomó por

modelo a Terencio para sus dramas, escritos con espíritu cristiano.

No debe extrañarnos que la agudeza italiana encuentre su expresión en la forma específicamente

romana de la sátira. El nombre «sátira» (no «satyra», pues ésta no tiene nada que ver con la sátira

griega), latín «satura», significa primitivamente una bandeja llena de toda clase de frutas. Dicho

nombre fue empleado por Enio para designar un conjunto de versos de toda especie («puchero

variado») pero que aún no eran, necesaria y exclusivamente, versos chistosos.

El verdadero creador de la sátira romana es C. Lucilio (180-102 a. d. C. apr.), que como Enio y

Polibio, formaba parte del círculo de los Escipiones y criticaba abiertamente el estado de cosas de

su tiempo. Horacio censura su forma de expresión, ligera y un tanto descuidada (Sat. I, 4, 9 ss.):

«Dictaba a veces doscientos versos en una hora». Perfeccionaron la sátira Horacio (véase más

adelante) y Juvenal (bajo el emperador Adriano). También escribió poemas satíricos el poeta

Marcial. Los compuso en forma epigramática. Sus agudos y maliciosos epigramas tenían por tema

las debilidades y vicios de sus contemporáneos. De entre los relatos novelescos de Petronio, que

vivió en tiempos de Nerón, el que mejor se ha conservado es el episodio de la Cena de Trimalcio,

deliciosa pintura del mundo de los «advenedizos y nuevos ricos». Es particularmente divertido el

pasaje en que Petronio cuenta como alardea de hombre «culto» el advenedizo Trimalcio:

…además no me creáis tan ignorante que no sepa de donde procede el bronce de Corinto. Después de la

conquista de Ilium (Troya), Aníbal encargó a un avisado individuo y gran pillastre que quemara en una

hoguera todas las estatuas de cobre, oro y plata, resultando de ellos esa mezcla que está formada por todos

los metales.

ROMA Y LA HÉLADE

En la sabiduría y en toda especie de escritos, Grecia era

superior a nosotros. Fue fácil vencer a gentes que no se

defendían…

CICERÓN, Tusculanae disputationes, I, 2

Al caracterizar la primera toma de contacto con el pensamiento griego (trato con los etruscos,

con los esclavos griegos e intercambio comercial con las colonias helénicas, sucesivamente) como

etapa de «adiestramiento» —es decir, de transmisión externa de los bienes culturales griegos—

denominábamos, consecuentemente, con la palabra «educación» a la época siguiente en que el

genio griego afecta más íntimamente a los romanos y empieza a transformarlos de dentro a fuera; en

este segundo período de tiempo, los griegos, en efecto, enseñan, primero, a ser «hombres» a los

habitantes de Roma, y, partiendo de aquí, les enseñan a ser «romanos» en un sentido más elevado.

Roma empieza a tomar posesión de su ser y, ahora de un modo consciente, intenta armonizar su

mismidad con lo griego, sin desmentir el carácter propio. Si las obras de un Livio Andrónico y un

Enio formaban parte de la fase versio (transmisión) y de la imitatio (imitación), la potenciada

conciencia de sí misma de la época ciceroniana alcanza el estadio de la aemulatio (emulación). Los

conflictos con los reinos griegos orientales (guerras de Macedonia, pugna con Antíoco de Siria,

conquista de Grecia, adquisición del principado de Pérgamo, etc.), multiplicaron y estrecharon en

medida insospechada las relaciones con el mundo helénico. A partir de ahora, para el romano joven

es de «buen tono» formarse intelectualmente en cualquiera de las numerosas escuelas griegas de

filósofos y oradores. Los focos principales de donde irradiaba a toda Italia el espíritu helénico, eran

las familias nobles, sobre todo la de los Escipiones, que mantenían relaciones amistosas con

eminentes sabios griegos. En tales círculos, se entendía y hablaba corrientemente el griego, hecho

comparable, por ejemplo, a la difusión del francés en las cortes de los príncipes alemanes del siglo

XVIII. Cierto que, frente a los griegos, los romanos, adoptaban dos actitudes de naturaleza

discrepante. Se aceptaba de grado el espíritu griego, pero se miraba a los griegos contemporáneos

con cierto menosprecio: la expresión graeculi (grieguecillos) habla con suficiente claridad. El arte

plástico de los griegos era menos considerado que la literatura y la filosofía; así, en los discursos

vérricos (véase más adelante) podemos comprobar hasta qué punto, incluso Cicerón, se esfuerza en

disimular sus conocimientos sobre las obras de arte griego, para que no se le moteje de graeculus.

Dice mucho en favor de las posibilidades internas de Roma, el que en el primer siglo precristiano

destaquen, como escritores de máxima fecundidad, dos personalidades que apenas cabe imaginar

más opuestas: Cicerón y Varrón. Los dos tienen una cultura universal y ambos prestan servicios al

estado, y sin embargo, ¡qué distintos! Varrón es el sabio objetivo, puro y nada ostentoso, para el

cual poco valen el estilo y la representación; Cicerón es el orador lleno de ambición personal, el

político y escritor que presta la máxima atención al aspecto artístico de sus actividades. Los dos

tipos necesarios para aquella época, se completaban mutuamente.

MARCO TULIO CICERÓN (106-43 a. d. C.)

Cuanto más consecuente y perseverante se muestra un hombre en su vida y en su obra, tanto más

coincidentes son los fallos que sobre él se pronuncian. Así, Sócrates —si prescindimos del juicio

desfavorable de Nietzsche—ha sido juzgado en todos los tiempos de una forma más o menos

unitaria. Cuanto más cambiante es una personalidad, tanto más variable aparece en el juicio de las

diferentes épocas. Cicerón pertenece decididamente a esta segunda categoría. Desde la apoteosis de

la época de los humanistas en que es, sin más, el modelo admirado, hasta las aniquiladoras

opiniones del siglo XIX (del historiador Th. Mommsen, por ejemplo), encontramos todos los

motivos que se dan entre la admiración neta y la franca repulsa. La repulsa manifiesta no es, a

veces, otra cosa que reacción frente a la admiración desmesurada y al revés. El juicio que se

pronuncie será diferente según se considere a Cicerón como político, orador, filósofo o pura y

simplemente como hombre. ¿Es necesario que tal juicio sea negativo? La psicología moderna ¿no

ha mostrado al hombre como un ser de contradicciones? ¿Es lícito, después de todo, exigir a una

persona el don de la infalibilidad? En la ciencia histórica debemos esforzarnos más en comprender

que en enjuiciar. En efecto, Cicerón era todo: un hombre vanidoso, con afán de ser admirado

(¡escribió una epopeya sobre sus propias realizaciones!) y un amigo leal y tierno padre; un espíritu

carente a menudo de originalidad y, sin embargo, dotado otras veces de gran poder creador. Donde

podemos conocerlo, sobre todo en su aspecto humano, con frecuencia demasiado humano, es en sus

cartas publicadas por su amigo Pomponio Ático. En ellas no se presenta como el majestuoso cónsul

que truena en la tribuna, sino pura y simplemente como un hombre con sus preocupaciones y

miserias. Precisamente esta humanitas —en el sentido original de la palabra— nos lo hace, en cierto

modo, agradable. No olvidemos que Cicerón, como caballero emancipado, que no pertenecía

plenamente ni al estamento de los senadores ni a la orden ecuestre y que, por tanto, se movía en un

mundo intermedio, hubo de padecer una especie de proscripción social e intelectual. Parejamente al

historiador Salustio, encontró el equilibrio interior en su actividad intelectual y en el cultivo de la

filosofía, la cual, precisamente en aquel entonces, pudo servir de sostén a muchos hombres que

intelectualmente eran displaced persons.

Su vida

La vida y la obra de Cicerón se entretejen de manera característica. Cada uno de sus discursos

nos lo muestra en un estadio de su evolución; sus escritos filosóficos, los elabora en su mayoría en

la época de su otium, de su apartamiento político. Nacido en Arpino, de donde procedía también

Mario, pertenecía a la orden ecuestre. La educación retórica de Cicerón empezó muy pronto. Le

introdujo rápidamente en la materia su ocupación como «secretario» de políticos y juristas. Éste era

el camino normal para la adquisición de conocimientos políticos y jurídicos; por otra parte, un hijo

de senador como él, podía asistir a determinadas sesiones del senado. En su primer discurso

conocido, Pro Sexto Roscio, defendió a éste de la acusación de parricidio. Se necesitaba mucho

valor para hacerlo, pues Roscio era enemigo de Sila, todopoderoso favorito de Crisogono y para

defender al primero había que enfrentarse a éste. Su viaje a Grecia data del 79 al 77. El motivo más

importante que le decidió a emprenderlo fue la debilidad de su pecho y de su voz, todo lo cual, para

un orador incipiente, constituía un gran obstáculo. De modo semejante al gran orador ático

Demóstenes, venció todas las dificultades con gran energía. El escritor griego Plutarco (46-106 d. d.

C.) le parangona con Demóstenes en sus Vidas paralelas, en las que contrapone siempre un griego

al correspondiente romano (por ejemplo: Alejandro-César, Teseo-Rómulo, etc.). En Grecia y Rodas,

oyó Cicerón al filósofo Antíoco de Ascalón y al orador Molon.

El año 76, Cicerón es nombrado cuestor de Sicilia, donde descubre la tumba de Arquímedes, con

lo que se convierte, en cierto modo, en arqueólogo romano (Tusc. disp. V, 64 ss.). Otra

consecuencia indirecta de su cuestura en Sicilia fueron sus acusaciones contra el rapaz pretor Verres

(véase más adelante). El punto culminante de su vida fue el consulado, al cual fue elevado el año

63. En relación con la conspiración de Catilina pronunció sus cuatro catilinarias, de las que

hablaremos a continuación. En el discurso Pro Archia poeta (62 a. d. C.) en el que defiende al poeta

Arquías de la acusación de reivindicación ilícita de ciudadanía romana, Cicerón encuentra cálidas y

entusiastas palabras para la poesía y el arte en general. Como en la condena y ejecución de los

catilinarios privó a éstos del llamado derecho de provocación (1), Clodio, uno de los jefes del

1 Cuando un ciudadano romano era condenado a muerte o a ser azotado, podía apelar en última instancia a la asamblea

popular. Este derecho se hacía prevalecer con la fórmula civis romanus sum (¡soy ciudadano romano! ). Más adelante,

el emperador usó del derecho de gracia que, como sabemos por la historia de los apóstoles, fue ejercido en favor de San

Pablo.

partido popular, pudo imponerle el destierro. Cicerón regresó a Roma un año después y pronunció

el discurso Pro domo, en el que reclama jurídicamente devolución de su casa, que le había sido

confiscada. A los doce años de su investidura consular, le fue confiado el gobierno de Cilicia (Asia

Menor). Habiendo obtenido una victoria contra unos bandidos, le habría gustado celebrar el triunfo

(1), pero no le fue concedido.

En las diferencias surgidas entre César y Pompeyo, vaciló mucho tiempo entre un y otro, para

decidirse finalmente por este último. El vencedor César trató de ganarle para su causa, pero Cicerón

se mantuvo alejado de toda actividad política. Durante este otium escribió una gran parte de sus

obras filosóficas y retóricas. Después del asesinato de César, se revolvió violentamente contra

Marco Antonio, ejecutor testamentario de éste; las Filípicas, discursos dirigidos contra Marco

Antonio, recuerdan a Demóstenes. Cicerón sabía el peligro a que se exponía, con su modo de

proceder. En la serie de proscripciones dictadas por el segundo triunvirato, Cicerón fue abandonado

por Octavio (más tarde César Augusto) a pesar de lo mucho que le debía, y fue alcanzado en su

refugio por los sicarios de Antonio.

Sus obras

La obra literaria de Cicerón comprende discursos, escritos filosóficos, escritos retóricos y las

Cartas.

LA ORATORIA

Discursos contra Verres (70 a. d. C.)

En todos ellos se trata de reclamaciones por daños y perjuicios o de restitución de bienes

robados. Del 73 al 71 antes de Cristo, Verres fue pretor de Sicilia, donde la población estaba

exasperada hasta tal punto por su corrompida administración de la justicia, su arrogancia y, sobre

todo, por su robo de bienes artísticos, que se dirigió a Cicerón en busca de defensa. Acceder a tal

demanda equivalía a correr un riesgo sin igual. Verres tenía el rango de senador, mientras que el

caballero Cicerón era considerado un homo novus, un advenedizo. La pandilla de los senadores

apretó sus filas; Verres no ahorró dinero en sobornos. La observación de Yugurta en Bellum

Iugurthinum de Salustio: Romae omnia venalis esse (en Roma todo se puede obtener con dinero),

nos ilustra acerca de la magnitud de la corrupción imperante, a la sazón, en los círculos más

elevados de la sociedad. Por consiguiente, Cicerón tenía que abrir una verdadera brecha en la muralla

del partido del senado. Por otra parte, a Verres le defendía Hortensio, el orador más famoso de

la época. Verres intentó demorar el proceso por todos los medios, pero fue declarado culpable y se

dirigió voluntariamente al destierro. El éxito de Cicerón significaba por lo pronto un duro golpe a

los senadores; además, un triunfo sobre Hortensio y sobre la dirección estilística representada por

él: el asianismo. Entendemos por éste un estilo de lenguaje aparecido en la época helenística que

consistía en el empleo de períodos ostentosos y sonoros o en el de frases breves ordenadas

rítmicamente. La reacción contra esta tendencia fue el aticismo, que buscaba sus modelos en el

lenguaje mesurado y exento de adornos de los escritores áticos y en especial de Lisias. Estas dos

direcciones pasaron a la lengua latina. Defensor del asianismo en su juventud, Cicerón se alejó por

primera vez deliberadamente de tal dirección en los discursos contra Verres, sin que por esto se

rindiera al aticismo.

Para los historiadores del arte, es de particular interés la minuciosa relación de obras de arte

robadas por Verres, que figura en los discursos contra éste (sobre todo actio II, 4) y en la cual

aparecen con frecuencia los nombres de Mirón, Policleto y Praxiteles. Hay otros dos escritos

antiguos que son imprescindibles para la historia del arte: la obra de Pausanias, que escribió un

1 En la antigua Roma, entrada solemne del vencedor en la ciudad. (N. del T.)

manual de viaje —algo así como un Bedecker de los antiguos—y —por paradójico que pueda

parecer— los escritos sobre ciencias naturales de Plinio el Viejo (23-79 a. d. C.) (1).

Leyendo los discursos contra Verres se imponen algunas preguntas: ¿Era Verres realmente un

monstruo como lo presenta Cicerón o más bien una víctima de las circunstancias? Los demás

cónsules ¿no se comportaban en el fondo de un modo parecido? ¿Tenía que pagar Verres por todos

los que ejercían su mismo cargo como si él fuera el único ejemplo conocido? ¿Era más un

delincuente que un caso patológico de fanatismo por el arte? Desde el punto de vista moderno ¿no

pertenecía más a la jurisdicción de un psiquiatra que a la del juez?

De imperio Cn. Pompeii (66 a. d. C.)

Este discurso es una recomendación de la Lex Manilia, en la que se nombra a Pompeyo para el

mando supremo en la guerra contra Mitrídates. En ésta había fracasado el competente Lúculo que

por circunstancias adversas, tuvo que resignar el mando y también M. Glabrio, jefe interino.

Pompeyo, que en otros tiempos había acabado con los piratas, parecía ser el hombre indicado para

terminar aquella guerra de una manera honrosa para Roma. El discurso consta de tres partes. La

primera trata del carácter de la guerra, la segunda de su significación y la tercera de la elección de

general. A decir verdad, los alegatos de la tercera parte no se pueden aprobar sin reserva. Los

elogios que Cicerón hace de Pompeyo equivalen a una glorificación. Si miramos esta personalidad

con un cristal de color algo diferente, veremos como pierde una parte considerable de su glorioso

brillo. Es seguro que Pompeyo era una personalidad íntegra, comparado con muchos de sus

contemporáneos. Pero sin duda se comete una injusticia cuando con frecuencia se le parangona con

su rival César. Hay que admitir sin vacilación que, frente a éste, ocupa sólo un lugar de segunda

fila. Su retrato que se conserva en la Ny-Carhberg Glyptotek de Copenhague— nos lo muestra

como un gran señor engreído y muy pegado de sí mismo; convenimos en que la fisiognómica es una

«ciencia» muy problemática.

Las dos primeras partes del discurso nos permiten tener una visión del problema del gobierno

provincial. Para este aspecto científico, Cicerón posee una mirada muy aguda. En la provincia de

Asia, sus iguales eran los caballeros que hacían de comerciantes, banqueros o arrendatarios de la

percepción de impuestos (publicani). El abandono en que estaba dicha provincia perjudicaba

grandemente el prestigio de Roma en todo el mundo y sus «acciones» se cotizaban muy poco en la

capital.

Por otra parte, Cicerón es de los pocos que no permanecen indiferentes al juicio de la población

de las provincias sobre el comportamiento de los romanos (véanse los discursos contra Verres). Está

profundamente convencido de que Roma tiene que cumplir en el mundo una misión consistente en

una actividad educadora. No necesitamos tomar en serio manifestaciones de Cicerón tales como la

glorificación de Pompeyo o la sobreestimación de sus propias realizaciones personales, justo por el

hecho de estar el orador excesivamente convencido de la misión de Roma y de la necesidad de que

ésta sea modelo del mundo.

Las catilinarias (63 a. d. C.)

La conjuración de Catilina llena un período de tiempo de la época de las guerras civiles.

Después de la actuación de los Gracos, el partido del pueblo (los populares) y el senado se hallan

frente a frente. El propio Cicerón no podía tener ni la perspicacia suficiente ni la perspectiva

temporal precisa para apreciar, en lo justo, las pretensiones de los Gracos (rehabilitación de la clase

1 Plinio el Viejo se hizo famoso sobre todo por su historia naturalis que ofrece, no sólo material científico-natural, sino

también histórico-cultural y artístico en gran cantidad. Su sobrino Plinio el Joven destaca gracias a una colección de

cartas, entre ellas las de un intercambio epistolar con el emperador Trajano referente a su actitud con los cristianos,

cuando era cónsul de Bitinia.

de los labriegos); éstos son, para él, revolucionarios y enemigos del estado. Los populares tenían,

ante todo, en programa, leyes agrarias, el reparto de tierras y ordenación de los cereales. Políticos

ambiciosos, como Clodio y César, utilizaron el partido del pueblo como trampolín para su carrera

ulterior. Cuando una camarilla de señores distinguidos y sobrecargados de deudas, a cuya cabeza

figuraba L. Sergio Catilina, preparaba un levantamiento para hacerse con el poder y reconquistar

influencia y riquezas, proyectando para ello el asesinato de los cónsules y el dictado de nuevas

proscripciones, en Roma corrió el rumor de que, entre bastidores de la conspiración, había hombres

como César y Craso, si bien tan perfectamente enmascarados que no se les podía probar nada.

Catilina era un aventurero de la peor especie, al cual se le creía capaz de todo. Este intrigante, que a

pesar de su abyección había sido promovido pretor, presentó su candidatura al consulado para el

año 63. Fracasó, y en vez de él fueron elegidos Cicerón y el entonces insignificante Antonio.

Cicerón se convirtió en blanco de numerosos ataques que, gracias a su celo, carecieron de

consecuencias. No se conocían, ni mucho menos, los nombres de todos los comprometidos en la

conjuración de Catilina y tal circunstancia era precisamente lo que hacía aquélla tanto más

peligrosa. Se sabía de gentes como Manlio, que tenía en Etruria un campamento de tropas a

disposición de Catilina, o como Cornelio, destinado a asumir el gobierno de Roma —los dos

primeros Cornelios habían sido Sila y Cina. En su primer discurso, Cicerón exige a Catilina que

abandone Roma con sus partidarios. En este primer discurso, nos enteramos ya de algunas cosas

acerca de los usos de la conspiración, la cual tenía las características de una alianza secreta, por no

decir de un culto secreto, pues la consagración del puñal con el que se había de dar muerte a

Cicerón, el culto morboso al águila de la legión de Mario —a la cual Catilina había erigido una

capilla en su casa —así como el terrible rito de beber cada uno sangre del otro, presentan los rasgos

típicos de un culto secreto.

Cicerón había conseguido hacer apresar enviados de los celtas alóbrogues, con los cuales había

anudado relaciones Catilina, y tenía en sus manos importantes documentos y listas de conjurados.

El célebre discurso cuarto nos sitúa en pleno proceso de los catilinarios, a los que Cicerón había

podido encarcelar a base de las listas. Catilina se había puesto a salvo; al año siguiente cayó en las

proximidades de Pistoria, en su lucha contra las «tropas del gobierno». En la sesión del senado, los

distintos pareceres chocaban con violencia. Cicerón y el joven Catón abogaban por la pena de

muerte. César habló en contra con el argumento, inspirado en la filosofía griega, según el cual la

muerte era una liberación de los males del cuerpo en esta vida, por lo que no constituía un

verdadero castigo para aquellos delincuentes; propuso su reclusión perpetua. Detrás de este

razonamiento netamente sofístico, nos figuramos ver la guiñada del astuto zorro que era César, el

cual no era completamente ajeno a la conspiración y tal vez, como hombre invisible tras los

bastidores, tenía puestas las manos en el juego.

Los catilinarios fueron degollados finalmente en carcer mamertinus, prisión subterránea que se

hallaba a los pies del Capitolio.

¿Es absolutamente fiel la imagen que Cicerón nos ofrece de la conjuración y sobre todo del

propio Catilina?

El alto concepto que tiene Cicerón de sí mismo nos es tan conocido como su propensión a la

hipérbole: del lado de Catilina, todo son depravados; del lado del estado, todos son buenos. Ahora

bien, las circunstancias no eran, sin duda, tan simples. El propio Cicerón, en su segundo discurso,

intenta establecer una clasificación de los catilinarios, que viene a ser una especie de análisis

sociológico. En ella distingue seis clases de partidarios que, según su situación económica y su

carácter, son muy diferentes (Cat. II, 17-23). Apenas cabe admitir que a Catilina, al urdir la

conjuración, le importara gran cosa el mejoramiento político y social del pueblo; pero todo movimiento

político intenta cubrir, con un manto ideal, sus fines, con frecuencia harto egoístas. ¿No

habría entre los que siguieron a Catilina algún idealista extraviado, como tal es muchas veces el

caso en situaciones parecidas?

ESCRITOS FILOSÓFICOS DE CICERÓN

Importancia de la filosofía para Roma

En los discursos de Cicerón hemos entrado en contacto con un orador que conoce todos los

registros retóricos, desde el trueno sordo hasta la ironía mordaz, y, al propio tiempo, hemos

conocido a un romano que está profundamente convencido de la misión educadora de Roma. Pero

esto es sólo un lado de su carácter. El otro se distingue por su actividad como escritor filosófico.

Subrayémoslo de un modo expreso: como escritor filosófico, no propiamente como pensador

creador, pues el romano que opta por un modo de consideración realista, no gusta del pensar

abstracto y especulativo. La labor de Cicerón consiste en hacer el pensamiento griego asequible e

inteligible a los romanos, en expresarlo de una manera clara y en crear un lenguaje filosófico latino

que antes no existía en absoluto. No cabe duda que esto, de por sí, constituye una obra notable. A

pesar de que el romano, desde el punto de vista político y militar, gusta de mirar por encima del

hombro a los graeculi (grieguecillos), se siente en cambio netamente inferior a ellos en todos los

campos de la cultura (véase Virgilio, Eneida, VI, 847 ss.). Cicerón intenta librarse de este

sentimiento de inferioridad cultural frente a los griegos, al tratar de convencerse penosamente de

que los romanos, también en filosofía, lo sabían todo mejor (Tusc. Disp. introducción).

… no que no pueda aprenderse filosofía de los griegos y de las doctrinas griegas. Pero siempre tuve la

convicción de que los nuestros lo meditaron todo más sabiamente que los griegos o bien que, de recibir algo

de ellos, lo mejoraron, aplicando su esfuerzo en tal cosa cuando creyeron que valía la pena hacerlo.

Éste es el camino más fácil. Virgilio, en cambio, avanza por otro más difícil al admitir sin

reserva la superioridad cultural de los griegos y al ver, al propio tiempo, la misión de Roma en

forma distinta. Tal misión consiste, en él, en dar paz y orden al mundo y en servir de mediadores de

la cultura más que en oficiar de creadores de la misma. Y Cicerón fue un mediador de la cultura

griega, transmitiéndola a Roma. Su labor, en este sentido, se podría comparar, con todas las

reservas, a la de Voltaire y Montesquieu en Francia, los cuales propagaron en su país y en el resto

de Europa las ideas liberales de los ingleses.

Cuando en el año 155 a. d. C., aparecieron en Roma los representantes de las escuelas filosóficas

griegas y despertaron el entusiasmo entre la juventud, los romanos tuvieron que decidirse por una

de las tres direcciones capitales dominantes: la Stoa (Pórtico), el epicureísmo o la Academia;

entraron asimismo en cuenta otras dos escuelas: la cínica y el peripatos (escuela de Aristóteles). Por

entonces dominaba entre los romanos una marcada necesidad de filosofía, pues la religión de Roma,

con su seco formalismo y sentido mercantil (do ut des), era ya insuficiente para satisfacer los

espíritus. Desde la helenización de Roma hasta los últimos tiempos del imperio, en que ganaron

terreno las religiones asiáticas (culto de Isis, Cibeles, Mitra, Sabazio, Atis y no en último lugar el

cristianismo), existía un vacío intelectual y espiritual que tenía que llenar la filosofía. Ésta, para los

romanos, no es una investigación, sino más bien una ayuda práctica para la vida.

La Stoa, la doctrina de Epicuro y el cinismo, se distinguían del resto de las escuelas filosóficas

en que, a diferencia de la Academia o el Peripatos, no estaban al servicio de la especulación pura en

sí y por sí, sino que pretendían ayudar a los hombres a conseguir la felicidad interior. Así pues,

representan un producto híbrido de filosofía, psicología y dirección práctica del espíritu. Su fin

común es la eudaimonia, o estado superior de equilibrio interno. Desde las expediciones de

Alejandro Magno, gran parte de la población habitaba en grandes ciudades (Alejandría, Antioquía,

Siracusa, Roma). A causa del estado de acentuada civilización y de ausencia de naturalidad en la

vida de las grandes urbes, se produjo no sólo un anhelo sentimental de volver a la naturaleza cuya

expresión fue la poesía pastoril (véase Virgilio), sino también cierto temor vital que se concretaba

en miedo a la enfermedad, a la muerte y a los poderosos del mundo. Las tres direcciones filosóficas

citadas querían eliminar este temor y ayudar a los hombres a alcanzar el estado de la eudaimonia.

Ahora bien, el camino escogido para conseguir un fin parecido, era, en las tres, muy diferente:

El cinismo

Uno de los principales iniciadores de esta dirección fue el célebre filósofo Diógenes. Su maestro

fue Antístenes, discípulo de Sócrates. Antístenes fue el iniciador de la llamada escuela cirenaica, es

decir, del hedonismo (el placer como principio rector de la vida) y el hecho de que también él

hubiese sido discípulo de Sócrates no haceotra cosa que poner de manifiesto las innúmeras

posibilidades —a veces mutuamente opuestas— contenidas en la doctrina socrática (1). Los cínicos

enseñaban que la civilización corrompe a los hombres y contra ella erigen en postulado el retour à

la nature (2). Cuanto mayor es el número de necesidades del hombre, tanto mayor es, asimismo, el

esfuerzo requerido para satisfacerlas y tanto más desdichado es aquél. Estos capuchinos de la

antigüedad, devotos de la naturaleza, cruzaban el país como filósofos mendigos y ante un público,

generalmente bajo, pronunciaban sus sermones de tono popular y con frecuencia toscos.

El Pórtico

Esta corriente fue iniciada por el asiático Zenón y de ahí que en esta filosofía haya quedado

como cosa propia y permanente un matiz de resignación oriental. Otros representantes conocidos

fueron Crisipo, Panecio, el «polígrafo» Poseidonio, Epicteto, esclavo de la época imperial cuyo

Manual de la moral enseñaba la sabiduría de la vida en forma popular, el romano Séneca, maestro

de Nerón y autor de una larga serie de escritos estoicos y el emperador Marco Aurelio, del cual ha

llegado hasta nosotros un librillo titulado Pensamientos, escrito en griego y que es una especie de

ideario filosófico. La filosofía estoica toma su nombre de la stoa poikile, un pórtico pintado por el

pintor Polignoto donde daban sus lecciones los primeros representantes del estoicismo.

La enseñanza estoica consta de tres disciplinas: Lógica, Física y Ética, de las cuales las dos

primeras sirven de fundamento y base de la última. Los estoicos hacen suya la idea del logos (razón

universal) que todo lo penetra. En ciclos periódicos, el mundo vuelve al fuego original, sumiéndose

en una era de incendio «ekpirosis», del cual resurge en nuevo nacimiento. De la idea del logos se

sigue que el hombre cumple el fin de su vida y es feliz si vive «de acuerdo con la naturaleza». Hay

que evitar como irracional todo lo que va contra la naturaleza, tanto las pasiones y apetitos como el

afán de gloria, la codicia, etc. El fin que debe perseguirse es la apatheia o estado de liberación de

las pasiones. El hombre llega a conocimiento del contrasentido que éstas entrañan mediante el uso

del pensar racional. El bien supremo y único es la virtud; todo lo demás carece en absoluto de valor.

Al sabio que ha aprendido a conservar la «serenidad estoica», le tienen sin cuidado

circunstancias externas como la pobreza, la enfermedad, la persecución, etc. La doctrina estoica

primitiva (y no sólo ella) tolera el suicidio cuando los males externos son demasiado grandes.

El hombre no debe sustraerse a sus deberes para con el mundo que le rodea: su deber capital es el

que le obliga con el Estado. Se comprende que los romanos se sintieran especialmente atraídos por

las doctrinas del Pórtico, toda vez que éstas, en oposición a las teorías de Epicuro, no sólo permitían

sino que exigían la participación en las tareas del Estado. La doctrina estoica es panteísta; el

panteísmo enseña la omnipresencia del factor divino y su identidad con el mundo.

Teoría de Epicuro

En Epicuro, como en Sócrates, es digno de admirar el hecho de la perfecta conformidad de su

vida con su teoría. Epicuro (341-27o a. d. C.) era muy rico y después de sus años de viajes, compró

1 La dirección cirenaica sostiene, por boca del filósofo Hegesias, que hay que considerar como ideal supremo el estado

de insensibilidad que sigue a la muerte, y con ello arrastra al suicidio a multitud de sus contemporáneos. A este

nihilismo se le puede encontrar un cierto paralelo en la literatura francesa actual, por ejemplo en Sartre.

2 Naturalmente, en estos cínicos archiprosaicos no se percibe nada de la pasión por la naturaleza de Rousseau.

en Atenas un jardín donde enseñaba y vivía con sus discípulos. De ahí que su teoría lleve también el

nombre de kepos (jardín). Su ambición capital es la de librar al hombre de todo miedo y en especial

del temor a la muerte. Éste, en su concepto, no es otra cosa que miedo a los castigos del más allá.

De ahí que intentara demostrar la imposibilidad de la supervivencia después de la muerte.

Con este fin moviliza la atomística de Leucipo y Demócrito: no hay más que átomos y espacio

vacío. Nacimiento es agregación de átomos, muerte es disgregación de átomos. Como sea que éstos

están dotados de peso a pesar de sus dimensiones mínimas, en el espacio vacío tendrían que caer

paralelamente sin encontrarse; pero entonces la aparición del mundo sería imposible. Por tanto para

poder explicar tal aparición, basándose en un choque mutuo de los átomos, Epicuro se ve forzado a

echar mano de un rodeo: en ciertas condiciones, determinados átomos modifican la dirección de su

caída (declinación) con lo que se hace posible su encuentro con otros.

Si con la disgregación de los átomos acaba todo, después de la muerte no puede haber existencia

ni tampoco, por lo mismo, castigos infernales. El epicureísmo, lo mismo que el Pórtico, aspira a la

eudaimonia o estado de equilibrio y armonía interior. El fin perseguido por Epicuro es la ataraxia o

firmeza interior del hombre. Mientras el bien supremo es para el Pórtico la virtud, para el

epicureísmo consiste éste en el placer. Por éste Epicuro no entiende en modo alguno el goce sin

más, sino el estado resultante de la liberación del dolor; cierto que, ulteriormente, se interpretó mal

dicho concepto y la expresión «epicúreo» ha servido para designar el hombre sediento de placeres,

el sensual. El hombre debe evitar todo lo que puede conducir al dolor (incluso el del alma). El

estado de ausencia de dolor se alcanza mediante la máxima abstención posible frente a las

solicitaciones de la política. «Vive en la soledad» es uno de los imperativos capitales del maestro a

sus discípulos. Se entiende por sí el hecho de que los dioses no ocupen ningún lugar en la filosofía

de Epicuro. De ser consecuente, habría tenido que ser ateo. Sin embargo, creía tener que tomar en

cuenta la religiosidad de su época y se abstuvo de negar la existencia de los seres divinos. Pero

confinó los dioses en el espacio situado entre los mundos, donde llevaban una vida feliz sin

preocuparse lo más mínimo de los hombres. Prácticamente esta teoría equivale sin duda al ateísmo.

Entre los romanos, César tenía gran simpatía por la doctrina de Epicuro. Lucrecio (98-55 antes de

Cristo) en su poema didáctico de seis libros titulado De rerum natura (Sobre la naturaleza)

demuestra por esta filosofía un entusiasmo que, por paradójico que pueda parecer, raya casi en lo

religioso. En dicho poema se propone librar a sus contemporáneos del miedo a los dioses y a la

muerte.

* * *

Cicerón no suscribió incondicionalmente ninguna de las citadas direcciones filosóficas. Sostuvo

el punto de vista de un eclecticismo basado en el dogma, es decir, eligió de cada una de las escuelas

lo que le pareció más interesante. Por lo demás sus simpatías se inclinaban sobre todo del lado de la

Academia.

Obras monográficas

El escrito titulado De finibus bonorum et malorum es una exposición de lo que cada una de las

escuelas filosóficas especiales caracteriza como bien supremo y mal sumo para los hombres.

En De natura deorum se presentan las distintas concepciones sustentadas por las diversas

direcciones filosóficas acerca de la naturaleza de los dioses. La mayor parte de las obras filosóficas

de Cicerón están redactadas en forma dialogada; también en esto se pone de manifiesto su admiración

por Platón. Los discursos particulares son, a decir verdad, sólo exposiciones; en vano

buscaríamos aquí el factor polémico que descubrimos en el diálogo socrático.

Las Tusculanae disputationes (conversaciones en Tusculum, finca rural de Cicerón) tratan del

tema de la felicidad. La lengua latina hace una distinción entre los conceptos beatus (interiormente

feliz) y felix (feliz exteriormente). Aquí se debate el tema de la felicidad interior, con independencia

de toda circunstancia externa. Cicerón, de una manera típicamente romana, parte siempre de un

ejemplo práctico. El análisis del carácter de Dionisio de Siracusa (Tusc. V, 57, ss.) constituye una

certera pintura psicológica:

«En cierto modo, se había encerrado a sí mismo en una cárcel a causa de su ilícito afán de

poder». Los remordimientos de conciencia del tirano le rodean de un clima de recelos que le

imposibilitan todo contacto normal con los hombres.

Los escritos De officiis y Laelius de amicitia tratan, respectivamente, de los deberes (los estoicos

tienen una deontología completa) y de la amistad, que Cicerón define como «la armonía de todos

los intereses divinos y humanos unida a la benevolencia y al afecto» (Lael. 6, 2o).

El escrito De re publica (sobre el Estado) no fue descubierto en un palimpsesto hasta el año

182o. Esta obra hace una exposición sumaria acerca de las formas estatales que se inicia con la

República de Platón. Para el romano Cicerón, la mejor forma de estado no es, naturalmente,

ninguna forma ideal, sino el estado romano, aunque no precisamente el de la Roma de su tiempo,

sino de aquella que concibieron los mejores de todas las generaciones. Uno de los capítulos más

impresionantes se encuentra al final del somnium Escipionis (sueño de Escipión). En un lenguaje de

suma nobleza y gran solemnidad, Cicerón presenta aquí una visión de la vida después de la muerte

y de la migración del alma, en especial de la existencia ulterior de aquellos que merecieron bien de

la patria. La ordenación humana que es el Estado, es aquí copia del orden universal eterno, es decir,

del cosmos, concebido según la idea griega de correspondencia entre el macrocosmos (universo

grande) y el microcosmos (universo pequeño). Uno de los capítulos más bellos es el que se refiere a

la aportación romana a la filosofía y viene a ser una panorámica de todas las corrientes intelectuales

de la época, desde Pitágoras al Pórtico, pasando por Platón.

Escritos retóricos

De la oratoria latina puede decirse, a grandes rasgos, lo que ya dijimos de la griega, de manera

que podemos limitarnos a ofrecer unos pocos datos. Los escritos más famosos de Cicerón en este

dominio son De oratore, el Orator y Brutus. Cicerón expone en estos libros su ideal de unión de

oratoria y filosofía, con lo cual se acerca mucho al requerimiento platónico de que los estadistas

sean al mismo tiempo filósofos. El Brutus es una historia de la oratoria, en la que al final se

presenta el propio Cicerón como remate de la exposición. Es de una lectura sumamente deliciosa la

descripción de los diferentes tipos de orador desde el improvisador impulsivo hasta el artista

atildado y escrupuloso.

VARRÓN (116-27 a. d. C.)

M. Terencio Varrón, de Reate, era con mucho el erudito más importante de su época y uno de los

escritores más fecundos. Disponía de un saber verdaderamente enciclopédico.

Si en Grecia ya se levantaron voces contra la poligrafía o enciclopedismo, contra ciertos sofistas

que a manera de enfants terribles intentaban dedicarse a todas las ramas del saber, tal crítica se

dirigía sobre todo contra la estéril labor de compilación de polvorientos eruditos como aquel

Didimos que recibió el sobrenombre de Calkenteros (intestinos de bronce) y también de

Bibliolathas (olvidalibros, pues ya no se acordaba de cuántos había escrito).

La obra de Varrón, por el contrario, no tiene en absoluto nada que ver con tal erudición de

museo, sino que responde a una profunda vinculación a Italia y a la Roma antigua, y a la ambición,

de buen romano, de llegar a algo equivalente a la labor cultural helénica.

Para las generaciones subsiguientes, Varrón constituyó la fuente principal de noticias para el

conocimiento de la cultura romana antigua. Su obra capital se titula Antiquitates rerum humanarum

et divinarum (Hombres y dioses de la Roma antigua). Se conservan tres libros de economía agrícola

(rerum rusticarum libri tres) y parte de la obra De lingua latina de especial interés para los

filólogos.

La ordenación y exposición del saber de la época por Varrón, había de servir de base para la

división de las ciencias en siete artes liberales (septem artes liberales) de las postrimerías de la

Antigüedad y Edad Media. En las escuelas se empezaba con el Trivium (literalmente: «tres

caminos», grado inferior, de donde nuestro vocablo «trivial»): Gramática (y también ciencia

literaria), Retórica y Dialéctica (en la Edad Media, Filosofía escolástica). Venía después el

Quadrivium (literal: «cuatro caminos», grado superior) que constaba de Aritmética, Geometría,

Astronomía y Música. En las universidades medievales las septem artes liberales constituían la

«facultad de artes» (facultas artium), la cual, como distinción superior, otorgaba el título de

Magister artium (todavía en uso en Inglaterra). La «facultad de artes» precedía a las facultades de

Medicina, Derecho y Teología. En estas tres facultades se podía obtener el doctorado, título que,

más adelante, pudo otorgar también la facultad en arte. En los tiempos modernos y en diferentes

universidades, ha vuelto a resurgir la antigua tendencia a hacer preceder los estudios propiamente

especializados de tina amplia base formativa de carácter filosófico: el studium generale.

LA ÉPOCA REVOLUCIONARIA

…Cuando por el trabajo y la justicia se hubo engrandecido el

Estado, se vencieron por la guerra poderosos reyes, fueron sometidos

por las armas pueblos salvajes y grandes naciones, cuando Cartago,

la rival del poderío romano, fue radicalmente aniquilada y se nos

abrieron todos los mares y tierras, entonces empezó a enfurecerse la

fortuna y a revolverlo todo…

SALUSTIO, Coniuratio Catilinae, 10

Hay épocas de rehabilitación y revolución y otras de atesoramiento y reflexión.

La revolución puede extenderse a siglos enteros, con lo cual los hombres apenas se dan cuenta

del cambio, el cual, precisamente por ello, resulta tanto más peligroso. Pero la revolución puede

cumplirse también con dinámica de huracán; entonces el individuo percibe claramente el imperativo

de la hora y hasta el más torpe tiene la sorda impresión de que «esto no puede continuar». Con esta

impresión vivieron los contemporáneos de César el siglo de las guerras civiles. De una época de

esta naturaleza no podemos esperar una visión panorámica adecuada como la que nos ofrece la

historia romana de Livio o la Eneida de Virgilio; sólo la época de Augusto fue capaz de una síntesis

de la misma. Las obras históricas de la época revolucionaria tienen un matiz polémico y

tendencioso, se escriben en medio de las apasionadas divergencias de su tiempo. Los escritos de

César, lo mismo que los de Salustio, son monografías históricas.

Desde la actuación pública de Tiberio y Cayo Graco (hacia 133 a. d. C.), que aspiraban a rehacer

la clase media y campesina de Roma, las cuales, con la aparición de las grandes propiedades

rústicas (latifundios), veían amenazada su existencia, chocaron violentamente el partido del senado

(optimates, nobiles) y el partido del pueblo (populares). El partido del pueblo tenía en su programa,

en primera línea, la nueva puesta en vigor de la ley agraria licínica para un justo reparto de las

tierras, la creación de colonias, la concesión del derecho de ciudadanía a los pobladores de las

ciudades confederadas de Italia y la entrega a la plebe de trigo barato; el partido del senado intentó

hacer fracasar tales postulados.

Las rivalidades políticas se encresparon al afluir a Roma un verdadero torrente de riquezas

gracias a las guerras de Oriente y al haber sido eliminada la constante amenaza del peligro

cartaginés con la destrucción de Cartago (146 a. d. C.), peligro que hasta entonces había ejercido

una acción conciliadora en los conflictos internos.

Así como hasta entonces las guerras exteriores habían cancelado las diferencias existentes entre

los partidos políticos, éstas se ahondaron con frecuencia a causa de la venalidad de los optimates y

la negligente dirección de la lucha en los conflictos bélicos con el rey de Yugurta, el rey de

Numidia (África Septentrional) y contra Mitrídates, rey del Ponto (Asia Menor). El siglo de las

guerras civiles puede dividirse en tres etapas capitales:

1) Luchas entre Mario, del partido popular y Sila del partido reaccionario.

2) Primer triunvirato, que formado por César, Pompeyo y Craso, se consumió en las

rivalidades entre los dos primeros; la fase final estuvo constituida por la

autocracia de César.

3) Segundo triunvirato (Octavio, más adelante M. Antonio y Lépido); luchas entre

Octavio y Antonio, que terminaron con la batalla naval de Actium (31 a. d. C.),

iniciándose la autocracia de Augusto y, con ella, la época imperial.

En tales épocas, el pacífico hombre de letras deja oír menos su voz que el hombre activo y

dominador.

La historiografía romana no salió, como la griega, de la etnografía —la prosaica Roma de los

comienzos no sentía por ésta el menor interés— sino de la llamada analística (narración de sucesos

por años). Ya en los tiempos más antiguos, el Pontifex ex Maximus ponía todos los años, en su

negociado, una tabla blanca (album), en la cual anotaba los servicios más importantes, fiestas,

signos mágicos y acontecimientos de mayor interés. Las tablas anuales se publicaron más adelante

con el título de Annales Maximi. Los primeros historiadores romanos se acogieron con firmeza a

esta forma de crónica anual y, por esta causa, se les llamó analistas. Sólo más adelante, y merced a

la influencia griega, se llegó a la idea de abandonar la elaboración de la historia por años aislados y

exponer, en cambio, por conjuntos más amplios de acontecimientos ligados por un sentido, tal como

lo hace, por primera vez, Catón, en sus Orígenes. La historiografía romana presenta, las más de las

veces, un carácter tendencioso. De ahí que no pretenda nunca tener el valor de ciencia pura, en

nuestro sentido moderno, sino que persigue de continuo una finalidad exclusivamente práctica. Los

historiadores romanos más antiguos cogen la pluma para justificar la legitimidad de las pretensiones

de dominio universal de Roma. Como sea que entonces el griego era la lengua universal, Fabius

Pictor (antes del 200 antes de Cristo) se sirve todavía de este idioma.

CÉSAR (100-44 a. d. C.)

El trabajo con los Comentarii de bello Gallico de César suele ser el comienzo de las lecturas

propias del estudiante de latín. No, en modo alguno, porque el contenido de esta obra sea

particularmente modesto —¡todo lo contrario!— sino porque el lenguaje de César es de tal claridad

y transparencia que resulta ser el más adecuado para la iniciación de la lectura latina. A pesar —o

precisamente a causa— de la sencillez de su lenguaje (1), César es un estilista de primera línea.

Breve resumen de la vida de César

Hacia el año 100 a. d. C. nace Julio César, vástago de una antigua e ilustre familia, cuyo origen

se hace remontar a Iulus, hijo de Eneas.

84 (a los dieciséis años de edad) desempeña el cargo sacerdotal de un flamen dialis.

80 Expedición a Lesbos y mención honorífica.

1 César es un purista del lenguaje y un aticista de primer rango. En su escrito, perdido, titulado De analogie, sienta la

norma que dice: Insolens verbum tamquam scopulum fugias, «Evita la palabra desusada lo mismo que un escollo».

75 Viaje de instrucción a Rodas, episodio con los piratas.

68 Es investido cuestor.

65 Edilidad, juegos brillantes, pérdida de la fortuna.

59 Consulado.

58 Gobernador de las Galias (Galia Cisalpina), primer triunvirato (César, Pompeyo y Craso).

58-51 Guerra de las Galias, en realidad una guerra privada, personal.

58 Bibracte (1), Ariovisto.

55 Puente del Rin y primera expedición británica.

54 Travesía a Bretaña y sumisión de Cassivellaunus.

52 Levantamiento de los arvernos bajo Vercingétorix, toma de Alesia y apresamiento de aquél.

56 Renovación del triunvirato.

49 Disensión con Pompeyo. Paso del Rubicón. 48 Derrota de Pompeyo en Farsalia, guerra de

Alejandría.

46 Victoria sobre Catón en Tapso.

45 Victoria de Munda y derrota de los hijos de Pompeyo.

45-44 Reorganización del Estado, calendario juliano, ley agraria, aumento del número de

senadores de 600 a 900.

44 Idus de marzo: asesinato de César.

Guerra de las Galias

El Bellum Gallicum es una obra de gran importancia por diversas razones. En primer lugar, para

la Europa Central y en particular para Suiza, representa el paso de la prehistoria a la historia

propiamente tal. El avance hacia el espacio centroeuropeo abría las puertas de un mundo

completamente nuevo. Sobre Bretaña y las tierras del Norte, sólo habían dominado hasta entonces

ideas nebulosas. Cierto que el griego Piteas había emprendido un viaje hacia las tierras

septentrionales, viaje que le había llevado hasta las islas Shetland, pero aún así, para el hombre mediterráneo,

el Norte había sido siempre algo temible. El primitivo encuentro de los romanos con el

pueblo germánico (cimbrios y ambrones) fue renovado por César mediante la guerra con Ariovisto,

su expedición al otro lado del Rin y la admisión de jinetes germanos en su ejército. Esta última fue

la primera y verdadera toma de contacto con el pueblo que, gracias a la invasión de los bárbaros,

había de constituirse en heredero del Imperio Romano. Considerada desde este punto de vista, la

obra de César adquiere una significación histórico-universal. Esta significación queda realzada por

el hecho de que la victoria de César sólo fue posible gracias al ejército constituido y ejercitado en

las guerras gálicas. La Galia se convirtió entonces en una de las provincias más intensamente

romanizadas del imperio. En las postrimerías de la época imperial, florecieron en dicho país las más

importantes escuelas de retórica; el estado de adelanto cultural de Francia en la Alta Edad Media, se

debió no poco a esta feliz asociación de elementos celtas, germánicos y romanos. Además, el

Bellum Gallicum constituye el testimonio de una relevante personalidad que logró imprimir sus

rasgos en toda una época. A decir verdad, César se esfuerza por mantenerse dentro de los límites de

la máxima objetividad —habla siempre de sí mismo en tercera persona— pero a pesar de sus

desapasionadas exposiciones, percibimos reiteradamente en su lenguaje, el aliento de su penetrante

espíritu. En primer lugar, trabamos conocimiento con el autor, como dotado de un alma de caudillo

y como lúcido conocedor de la psicología del soldado. Mediante un simple ademán o unas palabras

encendidas, sabía incitar a los soldados al cumplimiento de su cometido. Ejemplos elocuentes de

ello los encontramos en el libro I, 25, en el que César, antes de la batalla de Bibracte, aleja su

caballo y hace alejar a los de sus soldados para hacer imposible la eventual huida, y en el brillante

discurso del libro I, 40, mediante el cual, infunde valor a sus soldados, presa de pánico ante la

1 La alianza que Orgetorix concertó con Cástico y Dumnorix, para someter las Galias, así como el casamiento político

de su hija, muestran una sorprendente analogía con el primer triunvirato romano.

perspectiva de tener que luchar con Ariovisto. Son asimismo dignas de admiración las decisiones

rápidas y disposiciones fulminantes con que solía sorprender a sus enemigos. Puede servir de

ejemplo de ello el paso de las montañas Cevenas en pleno invierno (VII, 8).

Con Bellum Gallicum, César se propuso escribir una especie de obra de propaganda encaminada

a situar sus hazañas bajo una luz favorable, la cual había de allanar su futura carrera; en dicha obra,

lo vemos todo con los ojos de César. Pero audiatur et altera pars! ¿Qué perfil tenía la empresa

desde el punto de vista de los galos y los germanos? Piénsese en el levantamiento de Vercingetorix.

Éste, para César, fue un rebelde; para los galos, en cambio, fue un admirado héroe de la libertad: los

franceses le erigieron un monumento en Borgoña. Bellum Gallicum no nos dice, naturalmente, nada

de que César exterminara casi por completo razas renanas como la de los tenterios; tampoco se nos

habla de la forma cruel en que aquél se vengó de Vercingetorix. Sin embargo, estas consideraciones

no merman la magnitud de la obra de César: haber sometido un país de la extensión de Francia en

menos de siete años, con un ejército relativamente pequeño, cuyos efectivos oscilaban entre los

40.000 y 5o.000 hombres.

Bellum Gallicum está compuesto de ocho libros, el último de los cuales no está escrito por el

propio César, sino por su general Hirtius. El contenido de la obra, resumido, es el siguiente:

1 Descripción de la Galia, guerra con los helvecios, lucha contra Ariovisto.

2, 3 Coaliciones de los belgas al norte y de los pueblos alpinos en el Valais.

4, 5 Narración de las expediciones al otro lado del Rin y a Bretaña; es de gran interés la

descripción de la isla y sus habitantes.

6 Pintura de la silva Hercynia que corresponde a la actual Selva Negra y que, en

tiempos de César, tenía una extensión mucho mayor; galos y germanos frente a

frente.

7 Levantamiento de los arvernos bajo el caudillaje de Vercingetorix.

Además de Bellum Gallicum, César escribió el Bellum civile, que trata de la guerra civil con

Pompeyo. Más adelante y con su nombre, pasaron a la posteridad un Bellum Africanum, un Bellum

Alexandrinum y un Bellum Hispaniense, escritos que tratan de las victorias obtenidas por César en

Alejandría, Tapso y Munda. Las diferencias de estilo y de nivel entre estos escritos y las restantes

obras de César, permiten sospechar que su autor no fue él mismo, sino algunos oficiales de su

ejército.

SALUSTIO (86-34 a. d. C.)

De Salustio se han conservado Coniuratio Catilinae, su Bellum Iugurthium y dos cartas dirigidas

a César. Salustio tuvo una vida muy agitada. Como César, a cuyo partido pertenecía, se puso del

lado de los populares. Como gobernador de la provincia de África, se enriqueció hasta tal punto

que, más adelante, pudo construir los espléndidos horti Salustiani, consistentes en un palacio

rodeado de un extenso parque. Hastiado de la política, se retiró a la vida privada para dedicarse por

entero a la historiografía. Ello significaba, en cierta manera, un apartamiento de la realidad y el

ingreso en un círculo de actividades puramente intelectuales. La decadencia y la perversidad de su

generación —de la que ni él mismo se vio libre—le impulsaron a exaltar el pretérito, la época de los

antepasados, como ejemplo digno de admiración. Esta preferencia por la antiquitas se pone también

de manifiesto en el lenguaje empleado: la rehabilitación de palabras y formas arcaicas comunican a

su lenguaje un singular atractivo. En su estilo se advierte una enérgica influencia de Tucídides.

Salustio es un historiador sobresaliente. De postura fundamentalmente pesimista, está dotado de una

mirada en extremo aguda para el trasfondo humano (demasiado humano) del acontecer histórico; es

un conocedor por excelencia de hombres y almas y su modo de exponer la historia tiene un

acentuado tono moralizador. A pesar de figurar en el partido del pueblo, hecho que habría podido

impulsarle a una exposición tendenciosa dentro de la perspectiva de los populares, Salustio se

esfuerza por adoptar una actitud objetiva, y ofrece siempre un enjuiciamiento imparcial de los

hechos.

Los discursos que Salustio pone en boca de sus personajes tienen una estructura que revela gran

habilidad psicológica y son sumamente impresionantes. Transcribimos algunos pasajes del discurso

de Mario, ante la asamblea popular. Mario fue elegido jefe del ejército de la guerra contra Yugurta,

en lugar de los corrompidos generales de la nobleza. En su discurso a los quirites romanos, aspira a

presentarse sin mengua, como un hombre del pueblo (Bellum Iugurthinum, 85):

Bien sé, quirites romanos, que la mayor parte de los hombres se muestran de muy distinta forma cuando

solicitan de vosotros el poder y cuando, una vez conseguido, lo ejercen: primero aparecen diligentes,

humildes, moderados; luego viven en la inercia y el orgullo. Mi parecer es completamente opuesto…

Me habéis ordenado dirigir la guerra contra Yugurta, cosa que la nobleza llevó con gran pesadumbre.

Considerad entre vosotros, os lo ruego, si acaso convendría cambiar esto y enviar para ésta u otra tal

empresa, algún individuo de aquella camarilla de los nobles, hombres de vieja prosapia y multitud de retratos

de antepasados y que no haya hecho jamás campaña alguna; será bien de cierto para que, ignorante de todo

en semejante negocio, se trabe, se precipite y tome a alguno del pueblo por guía de su cometido. Así sucede,

las más de las veces, que aquel a quien vosotros encargasteis el mando, se busque algún otro que le mande a

él. Sé también, quirites, de quienes después de ser creados cónsules, han empezado a leer los hechos de

nuestros mayores y las doctrinas militares de los griegos…

¡Comparad ahora, quirites, mi situación de hombre nuevo con tales individuos formados! Lo que ellos

suelen conocer de oídas o por lecturas, yo en parte lo he visto y en parte lo he realizado por mí mismo; lo que

ellos leen en los libros, lo he aprendido yo en el servicio de las armas. Considerad pues qué vale más, si los

hechos o las palabras…

Dicen que soy mezquino y de rudas costumbres, porque no sé preparar bien un banquete, porque no tengo

ningún histrión y no he pagado más dinero por mi cocinero que por mi capataz de labranza. Lo concedo con

gusto, quirites; porque aprendí de mi padre y de otros varones respetables que las delicadezas les están bien a

las mujeres, y a los hombres el esfuerzo; que a todas las personas de pro, les conviene tener más gloria que

riquezas; que las armas, y no el ajuar, es lo que da honra. Así, pues, sigan ellos hacienda lo que les agrada, lo

que tienen en tanta afición…

Pasen la vejez donde pasaron la juventud: en los banquetes, cautivos de su estómago y de la parte más

vergonzosa de su cuerpo; que nos dejen a nosotros el sudor, el polvo y otras cosas semejantes que nos dan

más gozo que los festines. Pero no lo hacen así: porque en su inmensa perversión, después de haberse

deshonrado con todas las torpezas, vienen a arrebatar la recompensa a los hombres de bien. Así, para la

mayor de las injusticias, su disolución y su molicie, los peores de todos los vicios, en nada estorban a los que

las practican y convierten en catástrofe para la patria inocente…

Tácito (hacia 55-120 d. d. C.), el último gran historiador de la época imperial, sufrió una

enérgica influencia de Salustio al que se parecía en muchos aspectos. Padeció mucho bajo el

tiránico reinado del emperador Domiciano y no empezó a publicar sus obras hasta después de la

muerte de éste. En su trabajo juvenil Dialogus de oratoribus, conservó aún muchos nexos

estilísticos con la época ciceroniana. En esta obrita intenta descubrir la causa de la decadencia de la

oratoria. Para él, la época de los grandes oradores es inseparable de la libertad republicana: sólo ésta

constituye el suelo nutricio apto para una oratoria sana.

Con la ruina de la libertad, bajo los emperadores, la oratoria tiene que experimentar, asimismo,

los efectos de una decadencia. El breve escrito Germania es una de las fuentes capitales para el

estudio de la antigua Germania y sus habitantes. Dado que Tácito, además de ensalzar la naturaleza

incorrupta del pueblo, no silencia en absoluto las flaquezas de éste, no cabe admitir, como ha solido

hacerse, que el autor, en su obra, se proponga presentar a sus contemporáneos como espejo de

buenas costumbres. Las Historiae describen la época vivida por él, los Annales se refieren a los

años transcurridos de la muerte de Augusto a Nerón. En estas obras, Tácito ha encontrado su estilo

propio. Ante todo, es un maestro de la exposición. Hace desfilar ante nuestros ojos interiores, como

un drama sombrío, la historia de la época imperial. Al igual que Salustio, procura dar en todas

partes una ojeada entre bastidores. Para él, el sujeto de la historia es, en última instancia, el alma

humana con todas sus pasiones. También él es un profundo conocedor de los hombres al que nada

se oculta. Aunque al comienzo de los Annales ofrece escribir una historia sine ira et studio, sin odio

ni favor, no en todas partes observa la actitud objetiva que promete. El cuadro acentuadamente

tendencioso que nos pinta del emperador Tiberio, por ejemplo, al cual nos presenta como un monstruo,

ha sido colocado bajo una luz algo distinta por la investigación moderna. Si Tácito manifiesta

un acentuado interés por los ocultos motivos humanos, Suetonio (75-150 después de Cristo) destaca

lo demasiado humano, y alcanza a menudo los límites de un escandaloso chismorreo de viejas. En

cierto modo, éste pinta los emperadores desde el punto de vista de un ayuda de cámara.

LA ÉPOCA DE AUGUSTO. LA PAZ AUGUSTA

Cuando a consecuencia de nuestras victorias en el mar y

en la tierra, se había instaurado la paz en todo el imperio del

pueblo romano, el senado, durante mi principado, propuso

por tres veces cerrar la puerta de Jano Quirino, que nuestros

antepasados habían querido cerrar, siendo así que, según

dice la historia, antes de mi nacimiento y desde la fundación

de la ciudad, se había cerrado, en todo, sólo dos veces.

Emperador AUGUSTO

en el Monumentum Ancyranum

Cuando Augusto, en el año 27 a. d. C., asumió oficialmente el poder en la función de princeps

(primer ciudadano), el mundo entero empezó a respirar. En las Églogas de Virgilio y en los Epodos

de Horacio, podemos comprobar cuánto habían padecido precisamente los mejores en medio del

caos de las guerras civiles. El emperador se proponía ahora reorganizar el imperium: la división de

la administración pública en provincias imperiales y senatoriales (administradas por el senado), la

creación de una guardia personal del emperador (praetorium), el acantonamiento del ejército en las

fronteras del imperio para impedir nuevas guerras civiles, la retribución fija a los gobernadores

provinciales para evitar la renovada explotación de las provincias y la ampliación de la ciudad de

Roma, son sólo algunas de las importantes etapas de dicha reorganización.

Hacia el final de su reinado, el emperador redactó un informe sobre las medidas tomadas por él.

Este informe se ha conservado bajo el título de Monumentum Ancyranum (del nombre de la ciudad

en que fue hallado: Ankira, hoy Ankara, Turquía), que merece ser citado como documento de la

más alta importancia junto a la literatura de la época; las memorias de los estadistas y militares de

nuestros días son ciertamente algo más extensas.

En rigor, el emperador no se contentó con esta regeneración externa. La virtud (virtus) y la

piedad (poetas) de la Roma antigua tenían que recobrar su rango de ejemplo a seguir; Augusto

intentó restaurar la piedad y las buenas costumbres, mediante la reanimación de los cultos antiguos

y la promulgación de leyes matrimoniales especiales. Mas el emperador comprendió, sin duda, que

nada se podía forzar con la mera promulgación de nuevas leyes y que sus ideas sólo se abrirían paso

entre el pueblo y arraigarían en él en alianza con la literatura y las artes plásticas. Para ello,

Augusto, en oposición a sus predecesores, no buscó el modelo en la helenística, sino en la época

clásica griega. Expresión notable de la voluntad de Augusto, en lo relativo al arte, son la Ara Pacis,

célebre altar de la paz en Roma y la Eneida gran poema épico que rivaliza con las notables

epopeyas de los tiempos primitivos. Para la difusión de sus ideas, el emperador inspiró a un equipo

completo de escritores. Los mejores de su tiempo se pusieron al servicio de sus propósitos de

renovación. Fueron éstos Virgilio, Livio y Horacio. Este espíritu educativo, en el sentido más

amplio de la palabra, lo encontramos en casi todos los poetas y escritores de la época, de manera

que queda perfectamente justificado que se designe a ésta con el nombre de época de Augusto.

VIRGILIO (70-19 a. d. C.)

Virgilio es para el genio romano lo que la epopeya homérica para la literatura griega.

En él encontró el espíritu romano su más noble representante. Podemos repetir aquí lo dicho ya

en la introducción a la literatura romana: el acceso a Virgilio es incomparablemente más difícil que

el de la Odisea o la Ilíada. Esto se pone ya de manifiesto en el enjuiciamiento del poeta en el curso

de los tiempos. En la Edad Media, algunos tuvieron a Virgilio por profeta de Cristo, ya veremos

más adelante con qué fundamento; se le llamó anima naturaliter christiana. Dante le hace figurar

de guía en el Purgatorio y en el Infierno. También se le tuvo por hechicero. En las sortes

Vergilianae, especie de libro de oráculos, se solía clavar un alfiler en el texto, para predecir el

destino según la palabra perforada. Para Ekkehard, monje de St. Gall, en su Waltharilied Waltharius

manu fortis, Virgilio era el modelo más digno de ser imitado. Para los pueblos románicos, Virgilio

fue invariablemente un gran poeta, el «padre de Occidente». En el área del idioma y de la cultura

alemanes, Virgilio perdió ciertamente mucho prestigio y su nombre llevó una triste existencia

eclipsado por Homero cuando, en el siglo XVIII, se descubrieron las bellezas y la originalidad de la

epopeya homérica. Sólo se vio en él un epigono imitador de Homero, que no alcanzó nunca el nivel

de su modelo. A pesar de todo, Virgilio fue estimado en mucho por Friedrich Schiller, su espíritu

congénere; Schiller tradujo en verso alemán la conquista de Troya del segundo libro de la Eneida.

Hace tan sólo unos cincuenta años que Virgilio ha sido revalorizado nuevamente; desde entonces,

su nombre ha vuelto a ganar esplendor en el mundo de las letras. A la sazón, se trató ante todo de

buscar en su obra lo genuino, lo romano, de suerte que podemos decir de él: Virgilio es un albañil

que, sin duda, utiliza algunas veces «sillares» ajenos, pero que construye con ellos algo

completamente otro y original.

P. Virgilio Marón era oriundo del pueblecillo de los Andes, en las proximidades de Mantua, Alta

Italia (1). No es un azar que el rústico Norte de Italia, con su influencia céltica, diera al imperio toda

una serie de notables genios: Cátulo, Livio, Virgilio. Con la adjudicación de tierras a los veteranos

de Octavio, la familia del poeta perdió sus bienes, pero los recuperó gracias a la intervención de

Asinio Polión y por complacencia del propio Octavio, más tarde emperador Augusto. Virgilio, en la

primera y cuarta égloga, entre otras, dedica un recuerdo a sus protectores. Fue educado en Milán y

Roma. En su juventud se inclinó por la filosofía de Epicuro; en sus años de madurez se alejó de tal

dirección y se declaró partidario del Pórtico. En líneas generales, la evolución y maduración del

pensamiento de Virgilio puede seguirse claramente a través de la lectura de sus obras: en las poesías

pastoriles, Églogas o Bucólicas, se refugia en el mundo de ensueño de la «Arcadia», huyendo de los

trastornos de las guerras civiles y su carácter insufrible. Al escribir, con las Geórgicas, una obra

sobre agricultura que comprende cuatro libros, vuelve a la realidad desde aquel mundo de ensueño;

sus «Arcadias» tuvieron siempre los rasgos característicos de Italia. Con la Eneida, su obra capital,

trata finalmente de interpretar el sentido y la meta de la existencia de Roma. En esta urbe tuvo el

favor del rico Mecenas, de cuyo círculo social, más adelante, formó parte también Horacio. Virgilio

quiso visitar Grecia, poco antes de la terminación de la Eneida, para buscar allí la última inspiración

para su obra. Regresó a su patria mortalmente enfermo y murió en Brindisi, siendo enterrado en su

querida Nápoles.

Las Églogas o Bucólicas

El creador de la poesía pastoril fue el griego Teócrito, de Siracusa, que vivió en Sicilia y cierto

período de tiempo en Alejandría. Además de la Arcadia, Sicilia fue en primera línea el país clásico

de la poesía pastoril: Virgilio llama «musas sicilianas» a las protectoras de dicho género poético.

Pasaba por ser su inventor el pastor Dafnis, figura ideal de la bucólica. Por entonces estaba muy

extendido el anhelo de una vida libre y natural en el campo, resultado sin duda de la existencia

supercivilizada y totalmente ajena a la naturaleza en la gran ciudad. La vida del campo es

1 En la tumba de Virgilio debió de figurar esta inscripción funeraria:

Mantua me genuit, Calabri rapuere, tenet nunc

Parthenope. Cecini pascua, rura, duces.

«Mantua me engendró, los calabreses me robaron, ahora me guarda Partenope. Canté los prados (Églogas), el campo

(Geórgicas) y los caudillos (Eneida).

idealizada por Virgilio, al igual que lo había sido por Teócrito. Sus pastores no son gente campesina

que trabajan rudamente la gleba miserable, sino que su existencia está llena de amor, ocio y música.

Con ellos se piensa involuntariamente en las elegantes y empolvadas pastoras rococó del siglo

XVIII. De entre las diez églogas de Virgilio, citaremos, ante todo, dos. La primera, en la cual

aparecen dos pastores dialogando: Títiro, que se halla echado a la sombra de un hayuco haciendo

música y Melibeo que se ocupa con su rebaño de cabras para la trashumación y se despide para

siempre. Del principio y del final del poema emana una atmósfera de melancolía. En el curso del

diálogo, se pone de manifiesto que Títiro puede quedarse gracias a una joven divinidad, mientras

que su compañero tiene que abandonar sus tierras a la soldadesca. Es evidente que detrás de los

pastores y sus relatos se ocultan figuras humanas verdaderas y acontecimientos reales. El

agradecido pastor que puede quedarse en sus tierras es el propio Virgilio y su bondadoso protector

es nada menos que Augusto. La singular belleza del lenguaje, hace particularmente emocionante la

lectura de esta primera égloga. Los dos versos finales, con su contenido sentimental, hacen pensar

en la lírica moderna:

et iam summa procul villarum culmina fumant

maioresque cadunt altis de montibus umbrae

humean ya en la lejanía los aquilones de las casas

y caen, mayores, las sombras de las altas montañas.

La cuarta égloga se diferencia totalmente de las demás bucólicas: paulo maiora canamus

«cantemos cosas más importantes». Formula una Cumaeum carmen, es decir, una profecía. Se

predice el nacimiento de un niño divino, que habrá de llevar la paz al mundo y volverá a traer la

edad de oro. La Edad Media vio en ello una alusión a Cristo y a tal interpretación se debe en gran

parte el prestigio medieval de Virgilio. ¿A quién se refiere éste al hablar del niño divino? Se pensó

que aludía al hijo de Asinio Polio, al cual dedica el poeta la égloga en cuestión; hoy se tiende a

creer que se refería al hijo de Augusto, que a la sazón no había nacido todavía. No importa aquí el

hecho de que tal hijo no fuera exactamente un varón sino aquella Julia que no mereció precisamente

reputación de santidad. La idea virgiliana del retorno de la edad de oro bajo Augusto, responde por

entero a la antigua interpretación de la historia ideada como cíclica y que puede enunciarse así:

Todo fue ya una vez y todo volverá a ser de nuevo. A esta idea se opone la concepción histórica

moderna, que pretende ver en el curso del acontecer temporal un progreso constante hacia estados

cada vez más paradisíacos, sin pensar que, de acuerdo con una ley antiquísima, todo avance en un

dominio determinado coincide temporalmente con un retroceso en otro, pues sabido es que la

naturaleza no da nada gratuitamente. La poesía pastoril tuvo un renacimiento en el siglo XVIII. Uno

de sus representantes más destacados fue el zuriguense Salomón Gessner (1730-1788), cuyos Idilios

fueron leídos en toda Europa.

Las Geórgicas

Esta obra, que comprende cuatro libros, pertenece al género poético-didáctico, el cual se inicia

con Los Trabajos y los Días de Hesiodo (véase 1.ª parte), pasa por la poesía filosófica de la

naturaleza de los presocráticos y adquiere singular importancia sobre todo en la época helenística.

Con su escrito sobre el cultivo de la tierra (el vocablo geórgica procede del griego georgos,

campesino, labrador) Virgilio halaga una de las inclinaciones del emperador Augusto. El plan de

éste no era sólo la reorganización política del imperio, sino la renovación del genio romano de

dentro a fuera. Augusto tuvo especial empeño en devolver a la tierra a los romanos desarraigados de

la gleba, a los aldeanos, pues Roma había extraído sus mejores energías del trabajo agrícola. Las

Geórgicas tratan, en cuatro libros, del cultivo de la tierra, de la arboricultura, de la ganadería y de la

apicultura. Esta prosaica materia se convierte, en manos del poeta, en una obra de grata vivacidad y

suma belleza. El amor de Virgilio a Italia encuentra su expresión en las bellas Laudes Italiae

(Geórgicas, II, 136 ss.). Destaca también aquí el abismo que separa Occidente de Oriente, o sea la

lucha de Octavio contra Marco Antonio y sus inclinaciones orientales: Italia es un país de sencillos

campesinos, al que le falta la opulencia oriental. Virgilio sabe expresar esta carencia, esbozando un

cuadro de ella con pocas palabras. ¿Se podría pintar el carácter de la Toscana de una manera más

bella que en estos versos de Virgilio?:

tot congesta manu praeruptis op pida saxis

fluminaque antiguos supterlabentia muros

Tantas ciudades elevadas a fuerza de brazos,

sobre peñas cortadas a pico y ríos que corren

al pie de sus antiguos muros…

La Eneida

La Eneida había de ser, para Roma, lo que para Grecia habían sido la Ilíada y la Odisea. Parece

que Virgilio, al principio, se resistió a las instancias de Augusto para que escribiera esta gran obra.

Y parece también que debió de trabajar en ella durante diez años. Primero la esbozó en prosa y

después, poco a poco, fue poniendo en verso sus diferentes partes. Cuando el poeta sintió que se

acercaba su fin, le faltaba todavía a la obra su último retoque (hay versos que siguen aún

incompletos). Por esto decidió destruir el poema. Éste sólo se conservó gracias a la intervención de

sus amigos Vario y Tuca y a los esfuerzos del propio emperador.

Los doce libros que componen la obra están escritos de forma que los seis primeros concuerdan

con la Odisea (viajes y aventuras) y los seis restantes con la Ilíada. He aquí en resumen, el

contenido de los diferentes cantos del poema:

1. Eneas es sorprendido por una tempestad enviada por Juno, en su viaje de Sicilia a

Italia. Esta diosa está enemistada con los troyanos a causa del juicio de París

(…manet alta mente repostum / iudicium Paridis spretaeque iniuria formae). Por

intervención de Venus, madre de Eneas, éste es acogido benévolamente por Dido,

reina de Cartago.

2 y 3. El héroe relata la ruina de Troya, su huída de la ciudad en llamas y las aventuras de

los troyanos salvados.

4. Dido y Eneas se enamoran ciegamente. Juno estimula esta pasión para encadenar

Eneas a Cartago. Por mandato de los dioses, Eneas recuerda la misión de fundar en

Italia un nuevo reino y abandona a su amada con el corazón afligido. Dido

entristecida, pone fin a su vida. A partir de entonces, los cartagineses son enemigos

mortales de los romanos.

5. Una nueva tempestad aleja la flota de Italia y la acerca a la isla de Sicilia. Allí, Eneas

organiza luchas en honor de Anquises, su padre muerto. Las mujeres, instigadas por

Juno, intentan incendiar las naves para obligar a los hombres a permanecer en la isla.

Pero Júpiter envía una lluvia con el fin de impedir tal desgracia. Partida para Italia y

desembarco en las proximidades de Cumas.

6. El libro sexto concuerda con el onceno de la Odisea: viaje al infierno (Nekia). Eneas

consulta la Sibila de Cumas, la cual le predice el destino y le sirve de guía en el

tártaro. Sigue una pintura de éste: Caronte, la laguna Estigia, el cancerbero, los

lugares de los arrepentidos, el Elíseo, etc. Su padre Anquises, que tiene el don de ver

las almas preexistentes, le muestra el futuro y la grandeza de Roma en los héroes por

venir. Esta parte relativa al futuro de Roma es una historia romana en miniatura. El

libro sexto influyó poderosamente en Dante.

7-12. Estos libros se leen raramente. Como se indicó, concuerdan con los de la Ilíada. Nos

limitaremos a ofrecer de ellos un breve resumen: El rey Latino está dispuesto a conceder

a Eneas la mano de su hija Lavinia. Pero Juno intenta impedir esta unión, azuzando

al príncipe rútulo Turno contra los troyanos. Estalla la guerra; Eneas se alía

con los etruscos. Entre tanto, Turno se acerca peligrosamente al campamento de los

troyanos. Nilo y su amigo Eurilao deciden ir a avisar a Eneas, que se halla todavía

entre los etruscos, pero son descubiertos por el enemigo y encuentran la muerte. Los

combates prosiguen. Camila, caudillo femenino de los jinetes volscos, cae en la

lucha (compárese con la amazona Pentesilea del círculo mitológico troyano) con lo

cual los latinos se encuentran en situación de pasajera inferioridad. Finalmente, tiene

lugar el singular combate entre Eneas y Turno, impedido una y otra vez por la intervención

de Juno; Turno perece en el duelo.

Interpretación virgiliana del genio romano

La fundación y grandeza de Roma es un resultado de la voluntad de los dioses. En Virgilio, el

destino, el fatum, no es algo ajeno a los dioses ni está por encima de ellos, como en la epopeya

homérica, sino que se halla inalterablemente unido a la voluntad de Júpiter, formando con ella una

sola cosa. Este anclaje de Roma en la voluntad de los dioses determina la infinitud espacial y

temporal del Imperio Romano: imperium sine fine dedi «Dí un imperio sin límites». ¿Es este

pensamiento un producto de la arrogancia romana? Repasemos la historia de la idea imperial, desde

principios de la Edad Media hasta los tiempos modernos: la renovación del Imperium Romanum por

Carlomagno, que aspiró a que se le tuviera por sucesor de los césares romanos, la fundación del

«Sacro Imperio Romano-germánico» por Otón I, el imperio de Carlos V, en el que «el sol no se

ponía» (compárese Eneida, VI, 795 y ss.), la organización de la Iglesia Católica con su centro en

Roma, la idea paneuropea e incluso la ridícula pretensión de los fascistas (il mare nostro) son otros

tantos hechos que hay que ver con idéntica perspectiva. Los versos VI, 847-853 tratan de poner en

claro la misión histórica de Roma:

Otros, lo admito, harán respirar mejor que nosotros el bronce bajo su delicado cincel, sacarán del mármol

figuras vivientes; defenderán mejor las causas, describirán mejor los caminos del cielo, dirán los astros que

nacen:

Pero tú, romano, acuérdate de regir las naciones, sea ésta tu tarea, y de imponerles la paz, perdonar a los

que se someten y reducir a los rebeldes.

La misión de Roma no consiste en primera línea en grandes realizaciones culturales —tarea que

se confía a los griegos— sino en la transmisión de la cultura en la ordenación y organización del

mundo. Roma debe ser portadora de la paz y de una vida regulada, pero esto sólo podrá hacerlo si es

dueña de los pueblos. Con el gobierno de Augusto, reina la paz entre ellos y son felices; vuelve la

«edad de oro»: el ciclo de la historia se ha cumplido. Incluso los cien años que duró la época de las

guerras civiles, adquieren ahora un sentido como era de tránsito y preparación de los futuros

tiempos de paz. En oposición a Cicerón, que hace responsables a los Gracos, como revolucionarios,

de las desdichas de las guerras civiles, Virgilio hace a éstos sujeto de una valoración positiva; en

todo caso, les cita como figuras del mismo rango que Catón y los Escipiones.

Eneas encarna, ante todo, las virtudes romanas, la virtus y la pietas. El concepto pietas no se

puede traducir pura y simplemente por «piedad». Significa también «respeto» (no sólo a los dioses),

capacidad de entrega a un objetivo grande y transpersonal, voluntad de subordinar el propio yo a

una finalidad elevada. El tipo opuesto a Eneas está representado por Aquiles, cuya valentía impetuosa,

pero en última instancia desenfrenada y egocéntrica, fue objeto de admiración por parte de

Alejandro Magno. Es posible que el hecho de que Virgilio exaltara la piedad de manera insistente,

contribuyera al prestigio de que gozó el poeta en la Edad Media tanto como contribuyó la

interpretación cristiana que se daba a la cuarta égloga.

Recalquemos aquí con relación a la dificultad de verter los conceptos virtus y pietas, que toda

traducción de un idioma a otro es propiamente un recurso de urgencia. Una traducción perfecta es

pura y simplemente un imposible. Cada idioma y cada círculo cultural ostenta un sistema completo

de palabras que son intraducibles por formar parte de un medio espiritual rigurosamente único.

Vocablos unívoca e íntegramente determinados por un dominio intelectual particularísimo son los

términos latinos virtus, pietas, religio, el inglés gentleman, el francés gentil y los suizos-alemanes

währschaft, heimlich, etc. Cada una de estas palabras abarca todo un campo de ideas y sensaciones

en mutua pugna, ideas y sensaciones que no coinciden nunca con las que abarca la palabra extranjera

correspondiente. Más aún: la misma palabra en el seno del mismo dominio lingüístico puede

sugerir ideas y sensaciones completamente distintas. Así, el suizo, piensa y siente cosas

completamente distintas del alemán al oír palabras tales como Staat (estado) y Disziplin

(disciplina). Una misma palabra puede tener un eco diferente incluso de individuo a individuo:

consideremos las distintas reacciones que es capaz de provocar, por ejemplo, la palabra «escuela».

Virgilio y sus modelos; su forma expositiva y su lenguaje

El reproche que se le ha hecho a Virgilio de ceñirse excesivamente a sus modelos parece, a

primera vista, justificado. En efecto, Virgilio, sólo de Homero, tomó multitud de asuntos: la

tempestad en el mar (Odisea), el desembarco y narración de la propia historia en tierra extranjera

(isla de los feacios), el viaje al infierno (Nekia), el encuentro de Eneas con Dido en el tártaro y el

rencoroso repudio de Dido (encuentro de Ulises y Ayax en el Nekia), la guerra por una mujer

(Elena), la amazona Pentesilea, etc.

El libro segundo, que pinta la destrucción de Troya, no tiene ciertamente la Ilíada como modelo,

ya que no es ésta la que describe la destrucción de la ciudad, sino un grupo de obras que se han

designado con el nombre de epopeyas cíclicas; éstas tratan del principio y del fin de la guerra de

Troya. Como sea que, salvo unos cuantos fragmentos, las epopeyas cíclicas se han perdido por

completo, resulta difícil decir hasta qué punto se apoyó aquí Virgilio en sus modelos. La

dependencia en que está de sus predecesores se extiende, en determinadas ocasiones, al extremo de

la reproducción casi literal de versos; sirva de ejemplo el verso 846 del libro VI de la Eneida. En él

se dice de Fabio Máximo:…unus qui nobis cunctando restituis rem. Pues bien, ha llegado hasta

nosotros un fragmento del poeta Enio (239-169 a. d. C.), procedente de sus Anales y que dice: unus

homo nobis cunctando restituit rem. Además de otros giros de Enio, Virgilio tomó también algunos

de Lucrecio.

Sin embargo, cuando a Virgilio se le reprocha todo esto, se desconoce por completo la situación

y se comete una injusticia con el poeta. En primer lugar, la Antigüedad tenía una idea totalmente

distinta de la nuestra acerca de la originalidad de las obras literarias. Tomar prestado un asunto o un

verso a un autor ajeno no significaba ni la comisión de un robo intelectual ni una competición con el

modelo, antes bien era signo de grandes conocimientos literarios o constituía, pura y simplemente,

un homenaje al modelo del cual se servía el autor. Por otra parte, las epopeyas homéricas eran

consideradas como historia; ahora bien, ¿quién reprocharía a un escritor que tratara o incluso

variara un tema histórico? Además, con el estrecho contacto con la epopeya homérica, Virgilio

sostiene la idea antigua del paralelismo, es decir, la idea de que a los acontecimientos de Oriente en

el círculo cultural griego, corresponden otros en Occidente, en el mundo romano (recuérdense las

Vidas paralelas de Plutarco). Dicho de una forma más elemental: el mundo romano quiere tener

también «su» Aquiles, «su» Héctor, «su» Elena, «su» Pentesilea. ¿Quién, por ejemplo, osaría

imputar como una falta, a los pintores de los Países Bajos o del gótico alemán, el haber transferido a

su propio medio hechos bíblicos acontecidos en Oriente?

Pero todavía hay más: Virgilio no podía adoptar sus modelos sin más ni más: tenía que

rehacerlos de acuerdo con sus fines. Las epopeyas homéricas y cíclicas ven los acontecimientos

desde el ángulo de los griegos y las simpatías del lector se inclinan del lado de los helenos. Pero

Virgilio tiene que presentar la guerra desde el campo visual de los troyanos, cuyos descendientes

son los romanos. Esto, por sí, condiciona ya una adaptación original. Además, la atmósfera

espiritual de las epopeyas homéricas es completamente distinta de la de Virgilio. Allí, glorificación

de las virtudes de la nobleza, de la valentía individual; aquí, el culto de la pietas, de la consagración

al fin anhelado. Por otra parte, la actitud de Virgilio frente al tema abordado es completamente

distinta de la del poeta homérico. Virgilio es un poeta interesado o, por decirlo con Schiller, un

poeta «sentimental». No se limita pura y simplemente a pintar los acontecimientos, sino que toma

parte en ellos de una manera efectiva. Por esto, a veces, encontramos en él adjetivos que sirven de

comentario a la acción. Pueden ilustrar este hecho unos versos del episodio de Laoconte:

Eneida, II, 212 y ss.:…dif fugimus visu exsangues, illi agmine certo / Laocoonta petunt; et primum parva

duorum / corpora natorum serpens amplexus uterque / implicat et miseros morsu depascitur artus.

Pálidos de espanto, nos dispersamos huyendo, pero ellas (las serpientes) arrastrándose hacia adelante, se

dirigen a Laoconte; y primero se arrojan sobre sus hijos, los enlazan, los aprietan y con los dientes roen sus

débiles miembros.

Esta compasión, este íntimo compartir, es específicamente virgiliano. La escena del Laoconte se

ha hecho famosa en la literatura alemana gracias al escrito de Lessing titulado Laoconte o acerca de

los límites entre pintura y poesía.

En este libro, Lessing se opone a los puntos de vista de J. J. Winckelmann. El célebre grupo de

Laoconte, que representa al infortunado sacerdote entre los anillos de las serpientes junto con sus

dos hijos, fue descubierto en Roma, en 1506. Winckelmann se extrañaba de que multitud de

esculturas antiguas, incluso en los momentos de máximo dolor o de más honda desesperación,

mostrasen una actitud serena; en ellas se evitaba toda manifestación expresiva. Así, las célebres

eginetas del templo de Egina, sonríen en el momento de su caída y muerte. Winckelmann veía en

esto una característica del espíritu helénico, cuya «noble sencillez y tranquila grandeza» exigía una

actitud contenida, incluso en medio de la mayor desgracia. En oposición a esto, Lessing señala que,

en la literatura griega y especialmente en la tragedia, los héroes muy esforzados gritan y lloran (por

ejemplo, el Filocteto de Sófocles). De ahí que sea forzoso interpretar de otro modo el porte de las

artes plásticas. Lessing ve la diferencia en los distintos objetivos que persiguen las artes plásticas y

la poesía. Antes se había considerado la poesía simplemente como «pintura hablada» (1) y la pintura

como «poesía muda». Esta concepción no se ajusta ni a la pintura ni a la poesía; cada una de éstas

tiene sus propias leyes. Lo característico de la poesía es la sucesión, mientras que en la pintura y la

escultura es la copresencia.

De ahí que Lessing condene la poesía descriptiva y la pintura alegórica. La poesía descriptiva

produce tedio; cuando Homero describe el escudo de Aquiles, escapa al aludido peligro explicando

su origen por obra del dios Vulcano, es decir, poniendo de relieve la sucesión temporal de una

manera ordenada. El arte plástico, por el contrario, apresa un momento para la «eternidad»; una

expresión dolorosa excesivamente acuñada ofendería nuestra sensibilidad estética. Cuando, por tanto,

en Virgilio, Laoconte herido ruge como un toro (Eneida, II, 223/4) todavía nos parece

soportable; pero si el escultor nos hubiese representado el grupo de Laoconte con una boca abierta

en actitud de gritar, su fealdad nos causaría repulsión.

Una exposición completa del arte de componer de Virgilio, de su modo de encuadrar y elaborar

grandes escenas, exigiría demasiado espacio. Por otra parte, tal exposición presupondría una lectura

mucho más extensa de fragmentos que los límites de este libro no permiten. En cambio, es posible

ilustrar sus scenas menores con algunos ejemplos. Al principio del libro segundo, el poeta sabe

rodear de encanto, con pocas palabras, una de tales escenas:

1 Véase Horacio en su Ars poetisa: Ut pictura poesis (la poesía es como una pintura).

Todos callan; todos prestan oído atento a las palabras de Eneas. Entonces el héroe, desde el alto sitial en que

se sienta, empieza con estos términos:

Me ordenas, gran reina despertar el recuerdo de indecibles dolores, contarte cómo cayó el poderío de

Troya, cómo los griegos derribaron este deplorable imperio: espantosas desdichas que vi con mis propios

ojos y en las cuales yo participé en gran manera. ¿Qué soldados mirmidones o dolopes y aún los del

despiadado Ulises, podrían contar estas calamidades sin verter lágrimas? Pero ya la noche húmeda cae del

cielo y las estrellas, yendo hacia su ocaso, nos invitan al sueño. Sin embargo, si tienes un deseo tan grande de

conocer nuestras desdichas y de saber en pocas palabras la última catástrofe de Ilión, aunque mi alma se

espanta de estos recuerdos y retrocede horrorizada ante ellos, voy a empezar…

Tenemos la impresión de estar viendo los rostros iluminados por la luz de las antorchas, la

expectación que tiene a todos suspensos, la torturada expresión de Eneas que ha de iniciar el relato.

La excitación de Laoconte que se apresura a bajar de la fortaleza para prevenir a los troyanos

contra el caballo de madera, se capta lúcidamente en su lenguaje. Las frases individuales son breves

e incompletas; casi se atropellan. Tenemos la impresión de percibir la respiración jadeante del

irritado Laoconte (Eneida, II, 42 y ss.):

…o miseri, quae tanta insania, cives? / creditis avectos hostis?

an ulla putatis / dona carere dolis Danaum? sic notus Ulixes?

Desgraciados ciudadanos. ¿Qué clemencia es la vuestra? / ¿Creéis alejados nuestros enemigos

o que los griegos traen ofrendas / que no envenena la astucia? ¿Es esto conocer a Ulises?

Podríamos reproducir una serie incontable de tales ejemplos. En éstos, el contenido y el lenguaje

que lo expresa constituyen un todo indisoluble.

Livio (59 a. d. C. – 17 d. d. C.)

Si comparáramos el historiador Livio con el griego Tucídides, creador de la historiografía, el

resultado de la comparación sería, por lo pronto, desfavorable al romano. En tal caso, cometeríamos

una injusticia con éste, pues Livio no pretende ser, en absoluto, un historiador científico. Lo que a él

le importa es el arte de la expresión, y en este aspecto es un verdadero maestro. Sus cautivadores

relatos hacen presa en el ánimo de todo lector que se haya familiarizado con el espíritu de su estilo.

Livio es uno de los primeros precursores de la latinidad argentea, que releva la dorada latinidad

cuyo representante más destacado había sido Cicerón. La característica más importante de la

latinitas argentea viene constituida por los vocablos y formas poéticas que ahora se infiltran en la

prosa y le prestan una cierta elevación y solemnidad. Así, encontramos en ella, una y otra vez, la

tercera persona del plural del perfecto de indicativo en -ere, por ejemplo: mansere en vez de

manserunt. Livio era natural de Patavium, la Padua de nuestros días; como Virgilio y Cátulo, es

pues hijo de la rústica Alta Italia. De su vida sabemos precisamente lo más necesario. Es

característico de la literatura de la época de Augusto el hecho de que el autor no aparezca en su

obra. Si Cicerón hubiese escrito historia, sin duda habría hablado más de sí mismo. Dado que la

historia romana de Livio comprendía 142 libros —trabajo gigantesco— debe suponerse que empezó

a laborar en su exposición ya en los años de su juventud. Cada diez libros constituyen una unidad,

una década (del griego deka = Io). De la obra completa sólo se han conservado en conjunto 35

libros, entre los cuales se encuentra la primera década. La obra termina con la muerte de Druso (9 a.

d. C.). Como sea que esta fecha no representa ningún acontecimiento terminal, se puede llegar a la

conclusión de que la muerte impidió a Livio continuar su obra. Es un acontecimiento conmovedor

el hecho de encontrar una huella material de un gran hombre del pasado, ya sea su casa de campo,

como en Horacio, o bien su tumba. En Padua se ha conservado la lápida funeraria del ilustre hijo de

esta ciudad. La inscripción dice: T. Livium C. f. sibi et suis «Tito Livio, hijo de Cayo, para él y los

suyos».

Al igual que Virgilio, Livio pone su obra al servicio de la idea de la renovación augusta. Para él,

la historia romana es una exposición pedagógica. Su admirado modelo es la Roma antigua. La

disciplina y la sobriedad de los primeros tiempos romanos deben exhibirse como ejemplo ante los

ojos de sus contemporáneos, sumidos en el lujo y la codicia. Pero al proceder así, Livio no es ni

mucho menos, un moralista tedioso; presenta lo instructivo en forma sugestiva y grata, atiende, por

tanto, lo mismo al prodesse que al delectare. El resultado capital de sus consideraciones puede

condensarse en esta fórmula: Roma dispone de abundantes energías en potencia las cuales se

destruirán mutuamente tan pronto como dejen de ponerse en forma razonable al servicio del todo.

A Livio se le ha reprochado, a menudo, su falta de sentido científico. El reproche se halla

justificado si se tiene en cuanta que, para él, es más importante la exposición que un hábil estudio

de las fuentes. Léanse, empero, sus consideraciones acerca de la magnitud del ejército de Aníbal o

el examen de la cuestión del lugar en que éste cruzó los Alpes, donde ajusta cuentas con la

etimología popular «Mons Poeninus» (Gran San Bernardo) = Monte de los Púnicos (XXI, 38).

¿Procedería igual un historiador moderno si sólo contara con los mismos medios que Livio?

Además, como anotamos oportunamente, no hay que olvidar que toda la historiografía romana

tiene, desde sus principios, un carácter marcadamente tendencioso.

Para la historia antigua de Roma, Livio se sirvió toda- vía, en medida muy amplia, de las

exposiciones de los analistas, a decir verdad, tras una selección propia y sin confiarse a ellos por

entero. En lo concerniente a la historia primitiva de Roma, tales analistas le extraviaron algunas

veces de una manera muy característica. Lagunas y tradición se llenaban o completaban a menudo

arbitrariamente o se coloreaban los acontecimientos de manera que su exposición fuera favorable a

Roma. Ahora bien ¿podríamos acaso esperar una escritura histórica de carácter objetivo? Ya en la

selección, subrayado y presentación de los acontecimientos, el historiador no puede conducirse de

otro modo que subjetivamente. Una exposición completamente objetiva que pretenda satisfacer a

todos «sine ira et studio» produciría una impresión insoportablemente tediosa. A una objetividad

llevada al extremo, podría aplicársele, en este campo, la máxima jurídica que dice summum ius

suma iniuria (la justicia extrema es extrema injusticia).

Para aproximarse a Livio, en tanto que artista, sería preciso un texto muy amplio y capítulos más

extensos.

Aquí nos limitaremos a un solo ejemplo de su técnica de composición. Resulta con frecuencia

grandiosa la yuxtaposición comparativa de dos situaciones similares, por ejemplo la confrontación

de los conflictos surgidos junto al lago Trasimeno y en las proximidades de Cannas, primero entre

el prudente Fabio Máximo y su arrojado ayudante Minucio Rufo, cuyo antagonismo no desemboca

en catástrofe debido únicamente a que el primero es superior en grado. La misma situación, más

acentuada y más dramática, vuelve a presentarse, poco después, con la colisión entre el sereno

Paulo Emilio y el impetuoso Varrón, su compañero de consulado. Como sea que ambos eran

cónsules por igual, el desastre —la derrota de Cannas— se produce el día que Varrón toma el

mando de las tropas (los cónsules en campaña acostumbraban a relevarse diariamente). El elemento

de conexión que enlaza ambas situaciones de conflicto, es el discurso que dirige Fabio Máximo al

cónsul Paulo Emilio, antes de la batalla de Cannas (libro XXII, cap. 39). En tal discurso alude

también a la derrota de Trasimeno, cuyo responsable directo fue el indomable cónsul Flaminio, de

manera que, ante el lector, se cotejan inteligentemente el pasado, el presente y el futuro.

Livio sabe acomodar magistralmente la estructura de sus frases al contenido de las escenas

descritas por él, y, al propio tiempo, sabe hacer de su lenguaje un calco de la realidad. Esto puede

verse en algunos ejemplos (XXI, 34). En uno de ellos se describe un inesperado ataque a Aníbal por

los montañeses: la «batalla de Morgarten»:

ubi in angustiorem viam et parte altera subiectam iugo insuper imminenti ventum est, undique ex insidiis

barbari a fronte ab tergo coorti, comminus eminus petunt, saxa ingentia in agmen devolvunt.

Cuando llegaron a un camino estrecho dominado de un lado por una alta montaña, los bárbaros saliendo

súbitamente de una emboscada por delante y por detrás, de cerca y de lejos, atacan la columna en marcha y

hacen rodar sobre ella enormes rocas.

La yuxtaposición desligada a fronte, ab tergo o comminus eminus expresa certeramente la

brusquedad de los acontecimientos que se atropellan mutuamente. Encontramos un instructivo

ejemplo de ello en el libro XXI, 35. Livio describe el momento emocionante de la llegada a la

cumbre en que Aníbal muestra a los soldados la llanura del Po extendida a sus pies:

per omnia nive oppleta cum signis prima luce motis segniter agnem incederet pigritiaque et desperatio in

omnium vultu emineret, praegressus signa Hannibal in promuntuorio quodam, unde longe ac late prospectus

erat, consistere iussis militibus Italiam OSTENTAT subiectosque Alpinis montibus Circumpadanos campos,

moeniaque eos turra transcendere non Italiae modo, sed etiam urbis Romanae; etc.

La tierra estaba cubierta totalmente de nieve, cuando, a las primeras luces del alba, los enseñas se pusieron

en marcha. El ejército avanzaba lentamente y el abatimiento y la desesperación se pintaban en todos los

semblantes. Entonces, Aníbal, marchando en cabeza, ordenó a sus soldados hacer alto sobre una eminencia

desde donde la vista se extendía a lo lejos, y desde allí les mostró Italia y las llanuras bañadas por el Po al pie

de los Alpes y les advirtió que entonces no sólo estaban escalando los muros de Italia, sino también los de

Roma; el resto del camino sería fácil.

Los participios van en aumento hasta el verbo principal ostentat que constituye el punto

culminante y, a partir de aquí, la frase declina lentamente. Este crescendo hasta el verbo principal

comunica renovado brillo al cuadro cargado de tensión del ascenso a la cumbre.

Igualmente impresionante es el dramático momento en que se da muerte Lucrecia, ultrajada por

uno de los hijos de Tarquino (I, 58):

dant ordine omnes fidem; consolantur aegram animi avertendo noxam ab coacta in auctorem delicti:

mentem peccare, non corpus, et, unde consilium afuerit, culpam abesse. “vos”, inquit “videritis, quid illi

debeatur; ego me, etsi peccato absolvo, supplicio non libero; nec ulla deinde impudica Lucretiae exemplo

vivet.” cultrum, quem sub veste abditum habebat, eum in corde defigit prolapsaque in vulnus moribunda

cecidit. conclamat vir paterque.

le dan palabra y tratan de calmar su desesperación, rechazando toda la culpa sobre el autor de la violencia; le

dicen que el cuerpo no es culpable cuando el corazón es inocente y que no hay falta donde no hay intención.

«A vosotros os corresponde decidir la suerte de Sexto», dice ella. «Para mí, si yo me absuelvo del crimen, no

me eximo del castigo. En adelante, que ninguna mujer que sobreviva a su honor ose invocar el ejemplo de

Lucrecia». Dichas estas palabras, se hunde en el corazón un cuchillo oculto en sus ropas y cayendo en

seguida, expira. Su padre y su marido profieren gritos.

Al comparar estas frases con los largos períodos de otros pasajes, nos sorprende su lapidaria

brevedad. Producen casi la misma impresión de versos trágicos; cada palabra cae con sorda

sonoridad. En las cortas frases de Lucrecia nos parece estar oyendo la respiración jadeante de esta

mujer decidida a lo último.

HORACIO (65-8 a. d. C.)

Si la diversidad de los juicios sobre Cicerón se basa en el carácter de éste, la imagen múltiple que

nos forjamos de Horacio, no se desprende de su íntimo modo de ser, sino de la índole problemática

de su poesía. Unos ven en él un defensor del goce sereno y anacreóntico de la vida; otros un sabio

que sabe vivir. Su poesía se ha comparado incluso con la moderna poésie absolue, en la cual sólo

importa la forma y nada o casi nada el contenido. En realidad, el camino que conduce a Horacio es

difícil y cada cual, de acuerdo con su edad, deberá buscar siempre un renovado enlace con este

poeta. Empecemos por citar algunos datos de su vida: Quinto Horacio Flaco nació en Venusa

(Apulia), hijo de un liberto. Su padre, a pesar de lo modestísimo de su posición social, le hizo dar

una instrucción elevada, y el hijo dedica al padre previsor pensamientos de emocionada gratitud. El

poeta, en una de sus obras, cita también a su maestro Orbilio, el «pródigo en golpes». Siguieron

estudios en Atenas; durante la guerra civil en la que sufrió más que otros muchos, era oficial

(tribuno militar) del ejército de Bruto, escapó en Filipos, perdió su hacienda con el reparto de tierras

de Octavio, lo mismo que Virgilio, y obtuvo en Roma un modesto empleo público. Con sus

primeras composiciones poéticas, tituladas Epodos, llamó la atención de Virgilio, quien lo presentó

a Mecenas. Éste le regaló una finca en las montañas Sabinas, el Sabinum, que fue excavado en los

años treinta de nuestro siglo. También trabó pronto buenas relaciones con Augusto, el cual le

perdonó su antigua enemistad.

La lírica romana. Los neotéricos. Cátulo

Para entender hasta cierto punto la poesía de Horacio —entenderla por entero es casi

imposible— necesitamos dar una breve ojeada a la lírica romana.

La lírica romana, al contrario de lo que ocurre en Grecia, no aparece hasta una época

relativamente tardía. Este hecho puede explicarse, tal vez al menos en parte, por el carácter prosaico

del hombre romano. Los primeros líricos romanos que conocemos, formaban una especie de grupo

y se llamaban a sí mismos neotéricos (modernos). Estaban vinculados, ante todo, a la poesía de los

alejandrinos, a cuya dirección pertenecía asimismo el ya citado Calímaco. Los poetas alejandrinos,

en su mayor parte, eran al propio tiempo eruditos, con frecuencia filólogos y científicos del

Museion, uno de los centros de investigación protegidos por los Tolomeos. Los alejandrinos escribían

para un público reducido y exigente; sus poemas contienen una gran abundancia de

alusiones cultas, sobre todo de carácter mitológico. Se apartan deliberadamente de la gran poesía

monumental —de la gran epopeya— y prefieren antes bien el poema breve, fraccionado y juguetón.

En este género de poesía encontramos con frecuencia ingeniosas agudezas y efectos inesperados.

Cátulo (879-54 a. d. C.) es el único gran poeta lírico dado a luz por Roma antes de Horacio. En

lo que atañe a la forma de sus poemas es un neotérico: se inclina como éstos por la obra breve y

elaborada hasta en sus menores detalles. En cambio, se distingue de los demás neotéricos

precisamente en lo que hace de él un gran lírico, a saber: en que su poesía responde a una auténtica

y cálida pasión. En él, todo es sentimiento; no ficción literaria, sino expresión inmediata de su

personalidad. Se hizo famoso por sus versos de amor a Lesbia, en los cuales consigue dar expresión

a una emoción profundamente sentida que va del «celeste gozo» a la «turbación mortal». Lesbia es

el nombre supuesto de Claudia, hermana del tribuno popular Claudio, que intervino en las guerras

civiles. Claudia era una mujer bella pero disoluta. La confesión de Cátulo es tan sencilla como

impresionante:

Amo y odio. Puedes preguntar por qué lo hago.

No lo sé, pero lo siento y vivo y me desconsuelo.

Aquí cada palabra por sí tiene su acento afectivo; se excluye todo factor intelectivo, pues hasta

el «no sé» (latín nescio) tiene por el contexto una expresión emocional. El dístico es de un efecto

singularísimo gracias a la posición inicial y final de las tres palabras más importantes y que

constituyen el meollo de la confesión: «amo», «odio», «me desconsuelo». También aquí,

propiamente, sólo el conocimiento de la lengua latina es capaz de abrirnos un acceso hábil a las

últimas sutilezas; pues, en este idioma, las palabras importantes y decisivas se sitúan al principio y

al final. Lo que dijimos, con anterioridad, acerca de los problemas de la traducción, cobra aquí ahora

suma validez. Sin embargo, quien haya tomado contacto con el pensamiento y la sensibilidad de

una obra antigua a base de buenas traducciones y extensas lecturas, habrá educado su oído para

captar sutilezas y matices, sin necesidad de conocer la lengua original.

Los Epodos

Los Epodos son la obra juvenil de Horacio. Constituyen un género literario creado por el griego

Arquíloco de Paros (hacia el año 650 a. d. C.). El vocablo epodos significa composición poética, en

la cual a un verso largo le sigue siempre otro breve. Los epodos, además de canciones burlescas,

contienen sobre todo lamentaciones sobre la crueldad de las guerras civiles. En el epodo

décimosexto, Horacio propone a sus contemporáneos escapar al horrible caos de las guerras civiles

emigrando a las islas de los bienaventurados. Particularmente impresionante es el sexto epodo, del

cual transcribimos aquí una traducción:

¿Adónde, adónde os despeñáis, malvados?

¿Por qué las espadas desnudas brillan en vuestras manos?

¿No se ha vertido ya bastante sangre latina

en la tierra y en el mar?

Y no para que el romano destruyera

con el incendio las soberbias torres de la enemiga Cartago

o el indomable britano descendiese, cargado de hierro,

por la vía Sacra, sino para que, según los votos

de los partos, pereciese Roma por su propia mano.

Los lobos y los leones nunca mostraron tanta fiereza

con los de su misma especie.

¿Os arrebata un furor ciego

o la fuerza del destino o vuestras culpas? Respondedme.

Callan, y la palidez se refleja

en sus semblantes y al estupor

sus ánimos se rinden.

Así es: una cruel fatalidad persigue

a los romanos y el crimen manchó la tierra

con la sangre inocente de Remo,

y los descendientes habrán de expiarlo.

Nos conmueve de manera muy singular el descenso afectivo de este epodo: al principio

indignación exasperada, al final muda resignación. A través de la idea de que el fratricidio de

Rómulo con la muerte de Remo, sea la causa primera de la maldición que pesa sobre Roma, el

poema pone pie en el terreno de la tragedia (compárese con la Orestíada, Edipo y otras) e incluso

entra en contacto con la concepción cristiana del pecado original.

Las Odas (carmina)

Horacio, en su madurez, compuso sus carmina que más tarde recibieron el nombre de odas. Con

éstas se erigió a sí mismo un monumento «más duradero y firme que el bronce», como dice en su

Oda III, 30.

La obra comprende cuatro libros, el último de los cuales fue escrito por su autor en los últimos

años de su vida. En el título «canciones» late un eco de la lírica lésbica, cuyos principales

representantes fueron la poetisa Safo y Alceo; en la oda citada, el poeta se vanagloria de ser el

primero que trasplanta el canto eólico en suelo italiano (…dicar …princeps Aeolium carmen ad

Italos deduxisse modos…). A decir verdad, la denominación «canción» es meramente ficticia, pues

los carmina horacianos no se cantaron nunca.

El contenido o tema de las odas lo constituyen el «vino, la mujer y los cantos» así como la

amistad y la camaradería; sin embargo, Horacio es algo más que un simple cantor de los goces de la

vida. En sus Odas romanas (III-1-6), se propone entusiasmar a sus compatriotas con las antiguas

virtudes romanas, en el sentido pleno de Augusto. En muchas de sus canciones se encuentra el

postulado de la sobriedad y la mesura. Aquí el poeta se presenta como sabio que evita —conforme

H. A. Forster L i t e r a t u r a d e l a a n t i g ü e d a d c l á s i c a

85

al antiguo espíritu griego— toda hybris, toda transgresión de los límites de la naturaleza.

Tras multitud de temas de la lírica horaciana, hay la idea de la muerte que todo lo iguala y, frente

a la cual, toda presunción humana se presenta como una nada. Considerando esto, el poeta erige el

postulado del carpe diem! «¡Aprovecha el día!»

El placer estético originado por la lírica horaciana radica, ante todo, en el elemento formal. Cada

composición es por sí una pequeña obra de arte. La palabra aislada, la estrofa, todo posee su propio

matiz y su propio poder de irradiación. Horacio muestra especial preferencia por el verso de los

líricos lésbicos Safo y Alceo. Rasgo típico de la lírica lésbica es la constancia de las sílabas: las más

de las veces, la estrofa se compone de cuatro versos. Pero lo que distingue a Horacio de la lírica

eólica es la objetividad de la suya. Lo que ésta expresa no es realmente ni la vivencia personal ni los

sentimientos propios; y esto es justamente lo que hace difícil el acceso a ella. Precisamente un

hombre joven estará mucho más «abierto» a la poesía inmediata y personal de un Cátulo, que a la

lírica clara, translúcida e inteligente de nuestro poeta. La poesía de Horacio, justo a causa de su

marcada objetividad y a pesar de su contenido anacreóntico, pertenece rigurosamente al arte de la

época de Augusto (indiquemos aquí que la escultura de esta época no se apoya en la helenística,

sino en el arte griego clásico con su tendencia a la belleza objetiva e idealizada).

El arte de Horacio es un arte menor en el sentido propio de esta expresión. Su técnica de

composición se caracteriza de un lado por su propensión a ordenar los motivos particulares unos

junto a otros sin un enlace firme, en bloque de una forma casi «cúbica»; de otro lado, un tema puede

aparecer atravesando un poema, surgiendo en él como un hilo rojo que se retira para reaparecer

luego de nuevo. Tal es la impresión que produce, por ejemplo, en la Oda II, 3, la idea del pretérito

que, como el motivo de una sinfonía, resuena primero suavemente para retumbar, a la postre, en un

impetuoso finale; el poema empieza con una exhortación filosófica a la resignación, que parece

estoica, pero que también puede ser interpretada desde el punto de vista de la ideología epicúrea, a

la que Horacio debe no poco:

Delio, que has de morir, acuérdate de guardar

igualdad de ánimo en las cosas adversas,

de la misma manera que en las prósperas,

libre de destemplada alegría;

ya vivas ahora todo el tiempo triste,

ya goces en los días de fiesta,

recostado en la retirada grama

con la señal más interior de Falerno:

donde un gran pino y un álamo blanco

gustan de unir con sus ramas sombra

de apacible albergue, y fugitiva el agua trabaja

en correr presurosa en torcida corriente.

Manda traer aquí vino, ungüentos

y las muy caducas flores de la amena rosa.

Mientras lo permitan la hacienda, la edad

y los tres negros hilos de las tres hermanas (1)

dejarás los comprados bosques y casa,

dejarás la quinta, que baña el rojo Tíber

y el heredero gozará

de las riquezas que amontonaste.

No importa nada que seas rico y descendiente del antiguo

Inacho, o que pobre, y de humilde

familia, vivas a cielo raso,

1 Alude a las diosas del destino o Parcas.

siendo víctima del Orco.

Nos obliga a todos el mismo término: muévase

en la cántara la suerte de todos que saldrá

y más pronto o más tarde, nos pondrá

en la barca para el destierro eterno (1).

Encontramos los más deliciosos matices del metro en la Oda I, 9, cuyas estrofas iniciales

transcribimos en texto original para la aprehensión de los detalles:

Vides, ut alta stet nive candidum

Soracte, nec iam sustineant onus

silvae laborantes geluque

f lumina constiterint acuto?

Dissolve frigus ligna super foco

large reponen atque benignius

deprome quadrimum Sabina

o Thaliarche, merlon dicta…

Mira como la cima del Soracte

blanquea con la nieve, mira las selvas

agobiadas que apenas resisten

el peso de la escarcha

y los ríos que detienen su curso

encadenados por el riguroso hielo.

Defiéndete del frío, Taliarco, echando

leña seca en el hogar

y escancia alegremente la espesa sangre de viña

que guarda el ánfora Sabina…

Las estrofas primera y segunda constituyen una especie de antítesis: primero aparece el cuadro

del invierno; desde la ventana se ve el nevado Soracte, todos los bosques suspiran bajo la pesada

carga de la nieve, los ríos están helados. Nótense las numerosas sílabas largas del tercer verso

(silvae laborantes…). La pesadez, la carga abrumadora de la nieve, se traduce magistralmente

mediante el verso de impresionante energía. Tanto mayor resulta el efecto de contraste de la

segunda estrofa. En ésta domina la placidez hogareña, la ilusión del calor: el amigo ha de echar leña

al fuego y sacar vino. De la contraposición entre el mundo de la placidez humana y la furia de los

elementos, el poeta llega de un modo un tanto brusco al requerimiento de dejar todo lo externo en

manos de los dioses. También el desamparo y el dolor tienen que tener un fin de acuerdo con la ley

eterna del cambio de los estados opuestos (idea con la cual se consolaron ya los líricos griegos).

Sigue la exhortación a gozar de la juventud mientras la «gruñona ancianidad» esté todavía lejos:

propios de la juventud son la lucha, el deporte, el amor y el juego.

¿Es lícito ver realmente en este poeta a un representante del arte puro, de la poésie pure, en

razón a la relativa objetividad y el predominio del elemento formal en la lírica horaciana? Esto sería

ir tal vez demasiado lejos. Nuestro arte moderno, subjetivo, presupone demasiado una íntima

hendidura del hombre, el cual no puede ya vivir una obra de arte como un todo de múltiples

estratos, sino como una sola creación estética; el hombre antiguo, a pesar de todos los fenómenos de

decadencia, no estaba aún en condiciones de hacerlo.

1 La barca de Caronte a bordo de la cual las almas de los muertos cruzan la laguna Estigia.

Otras obras

Además de las odas y los epodos, Horacio escribió dos libros de Sátiras. De éstas es

especialmente divertido leer la I, 9. En ella se describe cómo el poeta escapa a un charlatán

impertinente. Como obra última de Horacio, hay que citar dos libros de Cartas (epistulae). La

última carta del segundo libro se ha hecho famosa bajo el título de ars poetica; de esta «teoría del

arte poético», que hubo de ejercer una influencia fundamental en la literatura francesa, proceden

multitud de citas de las que sólo podemos reproducir unas pocas: Aut prodesse volunt, aut delectare

poetae (los poetas pretenden ser útiles o deleitar), risum teneatis, amici? (¿Contendríais la risa,

amigos?), laudator temporis acti (un panegirista del pasado), quandoque bonus dormitat Homerus

(a veces duerme hasta el insigne Homero), ut pictura poesis (un poema equivale a una pintura…;

recuérdese la polémica de Lessing).

OVIDIO (43 a. d. C. a 18 apr. d. d. C.)

El estudiante de latín acostumbra a tener con Ovidio su primer contacto con la poesía romana.

Este poeta, en su autobiografía, nos ofrece una breve pintura de su vida (Tristes, 4, 10, I y ss.).

Según aquélla, vino al mundo, vástago de una antigua estirpe de caballeros. Su padre quiso hacer de

él un político y un orador; su hermano mayor se preparó también para esta carrera. Pero a Ovidio le

fascinaba la poesía y los versos le brotaban por decirlo así espontáneamente de la pluma:…et quod

temptabam scribere, versus erat. Su padre la hacía notar que un poeta no podía hacerse rico:

Maconides (Homero) nullas ipse reliquit opes. Después de un breve período de servicios al Estado,

decidió consagrarse por entero a las musas. Se abandonó de lleno a la vida de la gran ciudad hasta

que el año 8 d. d. C. sobrevino la gran desgracia: Augusto lo confinó en el inhóspito Tomi, a orillas

del Mar Negro. Los motivos del destierro han permanecido en la oscuridad; el propio Ovidio se

limita a meras alusiones. Se supone que se vio envuelto, en calidad de cómplice, en el escandaloso

asunto de Julia, hija del emperador. En su destierro padeció mucho. En Tomi, compuso sus elegías,

las Tristes, con las cuales confiaba hacer cambiar de opinión al emperador; pero Augusto se

mantuvo firme.

Ovidio, por las fechas de su vida, pertenece a la época de Augusto, pero representa ya la joven

generación. Éste, desde el momento de subir al trono imperial, concibió el propósito de reformar

Roma e Italia, no sólo en lo externo, sino también en lo interno. Tenían que ser honrados, una vez

más, los ideales de la antigua Roma: la virtus y la pietas; ante todo había que dar a entender al

erradicado romano que la tierra y la agricultura constituían la fuente original de las nobles

cualidades de la Italia antigua. Para inculcar estas ideas al pueblo, el emperador se rodeó de una

corte de poetas y escritores. Virgilio, Horacio y Livio, que eran las cabezas más ilustres de la época,

se pusieron al servicio de las ideas imperiales de reforma. Ovidio ya no llegó a formar parte de este

círculo; sus aspiraciones no fueron satisfechas. Es el típico fruto tardío para quien resulta más

natural el arte intrascendente, y en rigor llevado a su más alta perfección, que la ambición de elevar

la moral del pueblo. Así pues, debemos concebir a Ovidio, ante todo, como un artista del lenguaje

de primera fila. La elegancia de su expresión y el incentivo de sus imágenes hacen surgir con pocas

«pinceladas» una atmósfera de hechizo sin igual. Todo esto lo ilustraremos más adelante con

ejemplos.

La primera gran obra que conocemos de Ovidio son las Metamórfosis (griego: metamorphosis =

transformación). Este libro cuenta una serie de leyendas en cada una de las cuales aparece una

transformación. Ejemplos: Niobe que, a causa del dolor de sus hijos, se transforma en una roca;

Filemón y Baucis, que en premio a su fidelidad se convierten en árboles (la relación hombre-árbol

es de sumo interés desde el punto de vista histórico-cultural); Midas, a quien, por su estupidez,

Apolo le hace crecer unas orejas de asno, y otras muchas. La obra está compuesta de forma que una

leyenda se relaciona con otra anterior. Al proceder así, Ovidio se inspira en el rico manantial del

mundo legendario helénico y, muy escasamente, en el latino. Muchos de sus temas reviven más

adelante en forma de cuentos (siendo de notar que ciertos asuntos aparecen también

independientemente en determinados países). Citemos, a modo de ejemplo, el paso de los dioses por

la Tierra y el deseo insensato («el pobre y el rico» y muchos cuentos de hadas); el murmullo de los

juncos que descubren una verdad que les ha sido confiada (rey Midas), pervive aún en nuestra

expresión «perogrullada» (1). Los ejemplos se podrían multiplicar a discreción. Al tipo de transformación

pertenece también la famosa introducción sobre el origen del mundo, que pone de relieve

antiguas teorías filosóficas. Uno de los pasajes más leídos es la exposición de las cuatro edades del

mundo. Ovidio saca el tema de Hesiodo (véase introducción a la literatura griega). El mito tiene su

origen en Oriente, de donde pasó al mundo occidental. En Zaratustra, fundador de una religión, el

dios bueno Ahuramazda (Ormuz) enseña al profeta un árbol con una rama de oro, otra de plata, otra

de cobre y otra de hierro, ramas que indican las cuatro edades del mundo. El tema reaparece, más

tarde, en el libro de Daniel (2, 31 y ss.), en el cual se describe un sueño del rey Nabucodonosor, de

una estatua cuya cabeza es de oro, el pecho y brazos de plata, el vientre y caderas de bronce y las

piernas de hierro. La leyenda de las cuatro edades del mundo representa un pesimismo extremo. La

historia de la humanidad se manifiesta en forma de una decadencia constante. Ovidio no quiere

saber nada de la firme creencia de Virgilio, según la cual, el ciclo temporal se cierra con la vuelta de

la edad de oro bajo Augusto. Por esto amplía la idea de Hesiodo a una pequeña historia de la cultura

de la humanidad, que es de una lectura sumamente deliciosa. Las Metamórfosis culminan en la

apoteosis (divinización) de César y en un homenaje a Augusto.

Otra gran obra de Ovidio son los Fastos. El vocablo latino fasti significó, en un principio,

«calendario». Ovidio describe el origen de cada fiesta romana (dies nefastus, en el cual no se puede

despachar ningún asunto oficial) y la leyenda relacionada con él, surgiendo de esta forma una

especie de calendario de las fiestas. Al proceder así, el poeta pudo recurrir al alejandrino Calímaco

que, además de una colección de deliciosos epigramas, compuso una obra titulada Aitia, sobre el

origen de las diferentes leyendas. Con la fisonomía de la obra referida a Roma, Ovidio se acerca

más a las ideas renovadoras del emperador, que con sus otros escritos, de entre los cuales la Ars

amatoria puede calificarse de manual del arte de amar. El Ars amatoria con su pretensión de

convertir las relaciones naturales en materia de enseñanza mediante «artificios técnicos», complacía

en gran medida el gusto ligeramente decadente de la época y fue causa, tal vez, de la antipatía del

emperador por nuestro poeta, no menos que la aludida complicidad en los escándalos de la casa

imperial.

Para hacer comprensible el lado artístico de Ovidio, transcribimos algunos versos de las

Metamórfosis (Met. 8, 620 y ss.).

…quoque minus dubites, tiliae contermina quercus

collibus est Phyrgiis, medio circumdata muro…

Haud procul hinc stagnum est, tellus habitabilis olim,

nunc celebres mergis fulicisque palustribus undae.

Y para que menos dudes, hay en las colinas de Frigia una encina

al lado de un tilo, rodeada de una pared mediana…

No lejos de allí hay un estanque, antes era tierra habitable,

ahora es agua undosa donde concurren somormujos y fojas de pantano…

Aquí, el poeta, como por encanto, consigue crear, mediante pocas palabras, una atmósfera que da

expresión a una cierta melancolía por el pretérito de todo ser humano. La contraposición de las dos

dimensiones temporales del «antes» y el «ahora», recuerda la visión pesimista de las cuatro edades

del mundo. Met. II, 108 y ss.:

…non alta fronde virentem

ilice detraxit virgam: virga aurea facta est;

1 En alemán junco = Binse y perogrullada = Binsenwahrheit. (N. del T.)

tollit humo saxum: saxum quoque palluit auro;

contigit et glaebam: contactu glaeba potenti

massa fit; arentes Cereris decerpsit aristas:

aurea messis erat; demptum tenet arbore pomum:

Hesperidas donarse putes; si postibus altis

admovit digitos, postes radiare videntur.

Arrancó una rama verde de una carrasca no muy alta: la rama se volvió oro. Cogió una piedra del suelo:

también la piedra palideció tornándose oro; tocó también un terrón; y al tocarlo, se hizo una masa compacta.

Arrancó las secas espigas de Ceres: la cosecha fue áurea; tuvo en sus manos la fruta de un árbol: hubiérase

dicho que se la habían dado las Hespérides (1); si acercaba los dedos a los altos postes, éstos parecían

resplandecer…

En estos versos patentiza Ovidio brillantes dotes para variar, como quiera, un mismo tema, de

una forma verdaderamente sugestiva, pero sin causar la impresión de monotonía o tedio de un

«tema con variaciones».

Con versos onomatopeicos o mediante efectos del metro se armonizan forma y contenido, el

lenguaje se convierte, en cierta medida, en calco de la realidad y, por este medio y sólo por éste, se

consuma la obra de arte propiamente tal.

Met., 6, 376:

Quamvis sint sub aqua, sub aqua maledicere temptant.

Aunque estén bajo el agua, bajo el agua intentan injuriar.

En la repetición de la palabra aqua oímos el sarcástico croar de las ranas, en que fueron

transformados los desagradables campesinos líricos.

Fastos, 2, 94

captaque erat lyricis Ausonis ora sonis.

…y las ausónicas (italianas) costas fueron estremecidas por los sones de la lira.

La repetición de las sílabas sonis debió de sonar al oyente como el eco de las notas de la lira.

Recordemos aquí, una vez más, que, entre los antiguos, se solía leer siempre en alta voz, con lo cual

la sonoridad adquiría una especial importancia.

Una breve y rápida ojeada nos permitirá rozar siquiera el problema del lenguaje poético. El

lenguaje de la poesía no se diferencia sólo del de la prosa por su riqueza de imágenes y la libertad

de construcción sintáctica, sino también por el empleo de palabras específicamente poéticas.

Fenómeno corriente es la pars pro toto, es decir, la designación de una parte por el todo, por

ejemplo carina (quilla) por «nave», puppis (puente de popa) por «navío», tectum (tejado) por

«casa». A veces se cita el material con que está construido el objeto para aludir a éste o significarlo,

por ejemplo: pinas (pino o madera de pino) en vez de «navío». Estos tropos se designan todos con

el nombre de metonimia. Palabras como ensis «espada», tellus «tierra», mortales «hombres»

debieron de producir, en el lector antiguo, el mismo efecto que entre nosotros: «águila»,

«manantial», «primavera» «dieciséis primaveras», «la de la guadaña» (muerte), etc. Es frecuente el

uso de la declinación griega para los nombres propios de este origen, por ejemplo Hectora

(Hectorem), Selenen, etc. Además, poéticamente, se emplea la desinencia -ere por -erunt (fuerefuerunt),

el genitivo en -um en vez de en -orum, natus o satus en vez de filius, dicta por verba, etc.

1 Hijas de Atlas, portador del Universo, que en el extremo Occidente guardan el árbol de las manzanas de oro; uno de

los trabajos de Hércules consistió en ir a buscar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides.

* * *

Con lo dicho hemos llegado al fin de nuestra breve introducción. Nos ha parecido mejor

presentar algunos puntos de vista generales y preparar la comprensión para correctas y adecuadas

lecturas de cualquier escrito antiguo, que hacer desfilar ante el lector un sinnúmero de nombres de

autores y obras; una obra antigua no puede leerse como una novela, pues los elementos de interés

palpitante que animan el texto, sólo destacan, a menudo, su perfil, entre líneas, en meras

insinuaciones, de manera comparable a como en una pintura moderna lo simplemente matizado u

omitido nos habla, por lo mismo, con potenciada energía.

INDICE DE NOMBRES Y TEMAS

Autores y personajes griegos:

Agatón, 79

Alceo, 24, 36, 112, 204

Alcibíades, 63, 69, 79, 96

Anaxágoras, 60

Anaximandro, 53

Anaxímenes, 53

Antíoco de Ascalón, 144

Antístenes, 154

Aristófanes, 23, 69, 79, 101, 124, 125

Aristóteles, 23, 51, 83-86, 95, 117, 153

Arquíloco, 23, 112, 202

Arquímedes, 87, 144

Arquita, 71

Baco 109, 110, 114, 125

Baquílides, 113

Calímaco, 22, 81, 202, 212

Crisipo, 155

Critias, 63

Demócrito, 60, 157

Demóstenes, 23, 107-108, 143

Dídimos, 161

Diógenes, 154

Dion, 71

Dionisio, 71

Eléata, 54, 55

Empédocles, 59

Epicteto, 155

Epicuro, 61, 154, 156-158, 178

Eratóstenes, 87, 106

Eriximarco, 79

Esquilo, 23, 72, 110, 114-116, 118, 125

Esquines, 107

Euclides, 87

Eurípides, 23, 100, 117, 121-125

Galeno, 90 Gorgias, 62, 77

Hecateo, 93

Hegesías, 48,, 155

Heráclito, 50, 53-55, 57, 61

Herodoto, 23, 48, 91, 94

Herón, 88

Hesiodo, 31, 48-50, 57, 65, 80, 91, 211, 212

Hipias de Elis, 62

Hipócrates, 89, 95

Homero, 31-48, 50, 57, 65, 80, 177, 188, 191

Isócrates, 106, 107

Jenófanes, 56, 57, 80

Jenofonte, 23, 76, 95, 97-104

Leucipo, 60, 157

Lisias, 23, 104-107, 146

Menandro, 101, 126

Merian, 35

Molon, 144

Orfeo, 49

Pandora, 49

Panecio, 155

Parménides, 55, 57

Pausanias, 79, 147

Perses, 49

Píndaro, 17, 72, 113

Pitágoras, 57, 58, 66, 71, 161

Piteas, 168

Platón, 23, 51, 58, 62, 64, 65, 67, 70-83, 84, 104, 107, 159, 161

Plotino, 82

Plutarco, 143, 189

Polibio, 97, 102, 138

Polignoto, 156

Porfirio, 82

Poseidonio, 155

Pródicos, 62

Protágoras, 62, 63

Safo, 24, 112, 204

Simónides, 22. 72, 113

Sócrates, 51, 52, 61-70, 71, 73, 75-79, 102, 106, 141, 154

sofistas, sofística, 61-70, 77, 96, 106, 121, 161

Sófocles, 23, 30, 100, 110, 114, 115, 119-121, 124, 191

Solón, 22, 53

Tales de Mileto, 53

Teócrito, 179

Teofrasto 87

Teognis 22

Tespis, 114

Tirteo, 22

Tucídides, 23, 94, 95-97, 171, 193

Zenón de Elea, 55, 56

Zenón el estoico, 155

Autores y personajes romanos:

analistas, 165, 195, 196

Andrónico, véase Livio

Arquías, 144

Atico, 26

Augusto, 175, 215

Catón, 137, 151, 166

Catulo, 200-201, 205

César, 145, 148, 151, 158, 162, 163, 166-171

Cicerón, 26, 28, 33, 58, 64, 65, 80, 82, 107, 108, 139, 141-161, 186, 194, 199

Enio, 136-138, 140, 188, 189

Fabius Pictor, 166

Hirtius, 170

Horacio, 29, 135, 138, 139, 175, 176, 179, 191, 199-209

Hortensio, 146

Juvenal, 139

Livio Andrónico, 136, 140

Livio (historiador), 134, 176, 193199

Lucilio, 138

Lucrecio, 136, 158, 189

Marcial, 139

Marco Antonio, 108, 145

Marco Aurelio, 155

Mecenas, 179, 200

Nevio, 136

Ovidio, 50, 209-216

Petronio, 139

Plauto, 126, 137-138

Plinio el Viejo, 147

Pompeyo, 145, 147, 148

Pomponio Atico, 142

Propercio, 22

Salustio, 97, 142, 146, 163, 164, 171-174

Séneca, 122, 155

Suetonio, 174

Tácito, 97, 173-174

Terencio (autor cómico), 126, 138139

Terencio, véase Varrón

Tíbulo, 22

Tuca, 183

Vario, 183

Varrón, 141, 161-163

Virgilio, 32, 35, 45, 50, 134, 136, 152-154, 175-195, 200, 211

Autores posteriores a la Antigüedad:

Agustín, San, 80

Benito de Nursia, San, 26, 82

Casiodoro, 26

Corneille, 86

Champollion, 38

Dante, 177, 184

Ekkehard, 177

Euler, L., 35

Fausto, de Goethe, 59

Gessner, S., 181

Gluck, 123

Goethe, 34, 54, 59, 60,

Grotefend, 38

Hölderlin, 59, 79

Jung, C. G., 58

Kant, 82 Kleist, H., 137

Lessing, 190, 191, 209

Maquiavelo, 63

Mommsen, Th, 142

Montesquieu, 153

Moro, Tomás, 80

Nietzsche, 50, 63, 125, 141

Paracelso, 59

Petrarca, 27

Racine, 86, 122

Roswitha Gandersheim, 138

Rousseau, 50

Schiller, F., 34, 42, 74, 111, 177, 190

Schlegel, 125

Schliemann, 36, 37

Snell, B., 46

Ventris, M., 37, 38

Virchow, 90

Voltaire, 64, 153

Voss, J. H., 32

Wagner, 111

Winckelmann, 190, 191

Wolf, F. A., 34

Tecnicismos y denominaciones más importantes de la historia literaria

aemulatio, 140

agon, 21, 109

alejandrinos, científicos, 30, 87

ambarvalia, 135

analistas, analística, 165, 195, 196

antiestrofa, 113

antítesis, 58

arquetipo, 27

asianismo, 104, 146

aticismo, 105, 146

ático, dialecto, 23

báquicas, fiestas, 109

belleza primordial, 79

beocio, dialecto, 24

biblioteca de Alejandría, 26, 35

bizantino, 24

bucólicas, 178-181

cantos corales, 23, 24

cantos salios, 135

carmen Arvale, 135

carmina (odas), 203-208

Carmina Burana, 133

carmina clericorum, 133

codex, véase códices

códices, 27

Comedia, 101, 110, 115, 124-126

coro, 109-111, 114, 124

Corpus Hippocraticum, 23, 24, 89, 90

corpus iuris, 134

deus ex machina, 110, 117, 121

deuteroagonista, 110

dialectos griegos, 22-25

diálogo de los melios, 96

diálogos, 73, 75, 77

Didáctica, 50, 181

dionisias, grandes, 109

Diotima, 79

diphthera, 25,

dístico, 22, 201

ditiramo, 114

dórico, dialecto, 23, 24, 110

Drama, dramática, 17, 18, 23, 24, 94, 108-126

drama satírico, 109

Edad de oro, 212

Edad de plata, 212

elegía, 22

enciclema, 110, 117

eólico, dialecto, 24

Epeisodion, 114

Epica, 17, 85

epigrama, 22, 139

epinicios, 113

epitheta ornantia, 46

epodos, 113

Epopeya, 18, 31-50, 104

epopeya homérica, 177, 185, 189

epopeyas cíclicas, 45, 188, 189

estrofa, 113

exodos, 114

fabula praetexta, 136

griego moderno, 24

hexámetro, 22, 136

Hipocrático, juramento, 90

homéricos, himnos, poemas, 23, 31, 45

Humanismo, 27

Ille persis 45

imitado 140

inmortalidad del alma, 77, 78

ironía trágica, 116

jónico, dialecto, 23

joritsontes, 33

koine, lengua, 24

latín de convento o medieval, 28, 133

latín vulgar, 132, 133

Leiturgia, 111′

Leneas, 109

Lescia, 201

Ley de las Doce Tablas, 135

Lírica, 17, 18, 23, 111-113, 200

lírica coral, 23, 111, 113

lírica individual, 111

logógrafos, 93

mensajes, 117

método dialéctico, 64, 65

metonimia, 215

micénica, cultura, 36

mimesis, 85

misterios, 49

mito, 51, 52

neotéricos, 30, 200, 201

Nueva Comedias griega, 87, 137

odas, 29, 203, 209

olímpicas, 17

órfica, órfico, 49, 75

orquesta, 109

otium, 143, 145

paideia, 101

palimpsesto, 27

papiros literarios, 27

paracasis, 125

parodos, 109, 114

pars pro toto, 215

peanes, 114

pentámetro, 22

peripecia, 117

planto lírico, 22

poesía didáctica, 22, 181

poesía pastoril, véase Virgilio

poésie absolue, 199

poésie pure, 208

proposición mayor, 84

proposición menor, 84

protagonista, 110

Quadrivium, 162

rapsodas, 34, 45, 56

Retórica, 18, 62, 77, 103, 104, 106, 107

sátira, 23, 138

saturnio, 136

septem artes liberales, 162

skene, 110

stasimon, 114

Tragedia, 85, 86, 110, 114-116 ss.

trilogía, 109, 118

tritagonista, 110

Trivium, 162

unitarios, 33

versio, 140

verso coloquial, 23

verso épico, véase hexámetro

Waltharilied, 177

yámbico, trímetro, 23

Tecnicismos filosóficos y científicos más importantes:

abstraer, abstracción, 66, 67

Academia, 70, 72, 82, 153, 154, 159

anamnesis, 73

antítesis, 207

apatheia, 156

arche, 53

ataraxia, 157

ateismo, 158

átomo, atomística, 60, 61, 157

aurea mediocritas, 85

bios praktikos, 85

bios theoretikos, 85

catharsis, 86

causa primera, 53, 59

cínica, cinismo, 153, 154-155

cirenaica, escuela, 154, 155

cnídica, escuela, 89

comunismo, 79, 80

concepto, 66, 67

conclusión, 84

cuatro humores, teoría de los, 89

cultura micénica, 36

chispa divina, 75

daimonion, 68, 69, 77

deductivo, método, razonamiento, 68, 84

definición, 66, 67

derecho natural, 62

dialéctica, 64b68, 75

disputas de los Universales, véase Universales

dualismo, 60, 74

eclecticismo, 159

Eléatas, 54, 55

empírica, 73

energía, 59

entelequia, 85

epicureismo, 153, véase también Epicuro

erística, 62

Eros platónico, 75, 79

escepticismo, 82

Escolástica, 86

Ética, 63, 85, 156

Etnografía, 93, 165

eudaimonia, 154, 157

Física, 156

hedonismo, 154

hilozoísmo, 53, 59

hipocrático, juramento, 90

historiografía pragmática, 97

homeomerías, 60

idea y teoría de las ideas, 77, 81-83, 73-75,

Ilustración, 50, 64, 68

inductivo, método, 68

inmanente, 84

ironía socrática, 65

kepos, véase Epicuro

latinidad argentea, 194

Likeion Liceo, 83

Lógica, 156

logos, 51, 52, 54, 156

macrocosmos, 160

manuscritos medievales, 27

materia, 59

mayéutica, 65

Metafísica, 84

microcosmos, 160

mito, 51, 52, 92, 93

mito de la caverna, 74

monismo, 60

música de las esferas, 58

neoplatonismo, 82

nominalismo, 86

nomos, 62

números, mística de los, 58

Ontología, 57, 75

órficos, órfica, 49, 75

panteismo. 54, 57, 156

pentecontaetie, 95

peripatos, 83, 153, 154

pesimismo, 211

pesimismo, en Eurípides, 121

pesimismo, en Hesiodo, 48, 50

physis, 62

pitagóricos, 55, 57, 58, 75, véase también Pitágoras

Pórtico, el, 50, 54, 153, 158, 161, 178, véase también Stoa

premisa, 84

presocráticos, 52-61

principium, 53

prólogo, 114

Quadrivium, 162

razonamiento, teoría del, 84

Realismo, 83-86

relativismo, 63

reminiscencia, 75

ritmo, 29

septem artes liberales, 162

silogismo, 84

síntesis, 58

sonido, 29

stoa poikile, 153-156, véase también Pórtico

Studium generale, 163

superhomcre, 63

tesis, 58

transcendente, 84

transmigración de las almas, 58, 78

Trivium, 162

Universales, disputa de los, 86

utopia, 79, 80

vita activa, 85

vita comtemplativa, 85

zoon poloticon, 85

Tecnicismos y denominaciones de la Historia general de la Cultura:

agonística, principio agonístico, 21, 103

bibliotecas, 26

Bizancio, 24, 28, 45

Cnosos, 38

dórica, emigración, 35, 36, 44

Epidauro, 110

fuego griego,. 88

Gymnasion, 21

helenismo, 98, 100

Hissarlik, 37

ístmicas, competiciones, 21

Leiturgia, 111

Lex Manilia, 147

leyes agrarias licinias, 164

lineal B, 38

Magna Grecia, 44, 135

Massalia, 45

Micenas, 36, 37

misterios, 49

Museion, 200

nacionalsocialismo, 63

Neápolis, 45

Nemeas, competiciones, 21

Olimpia, 21

Olimpiadas, 21, 92

Órfico, 49, 92

Palaistra, 21

píticas o pitias competiciones, 21, 35

Quadrivium, 162

Renacimiento, 28, 47, 72

Romanticismo, 50

tiranía, 71

Trivium, 162

Troya, véase Hissarlik. Véase también Eneida y Odisea

Zaratustra, 60

Obras y sus autores:

Agamenón, de Esquilo, 37, 38, 116, 118

Agesilao, de Jenofonte, 101

Alcestes Eurípides, 123

Amphitryo, Plauto, 137

Anabasis, Jenofonte, 98b101

Anales, Enio y Tácito, 136, 174, 188

Annales Maximi, 165

Antígona, Sófocles, 119

Antiquitates rerum…, Varro, 162

Apología, Jenofonte, 102

Aquileias, himnos, 45

Ars amatoria, Ovidio, 212

Ars poetica, Horacio, 191, 208, 212

Bacantes, Eurípides, 122

Batracomiomaquia, atrib. a Homero, 45

Ballant africanum, atric a César, 171

Bellum Alexandrinum, véase B. Africanum

Bellum civile, César, 170

Bellum Gallicans, César, 168b170

Bellum hispaniense, véase B. Africanum

Bellum Iugurthinum, Salustio, 146, 172, 173

Bellum Panicum, Nevio, 136

Brutus, Cicerón, 161

Bucólica, véase Eglogas

Caracteres, Teofrasto, 87

Carmina (odas), Horacio, 203b208

Cartas, Platón, Cicerón, Plinio el Joven, Salustio y Horacio, 144, 208

Catilinarias, Cicerón, 144, 149b151

Cena de Trimalquio o de Trimalcio, Petronio, 139

Ciropedia, Jenofonte, 101

Civitas Dei, San Agustín, 80

Coéforas, Esquilo, 118

Comentarii de bello Gallico, César, 166

Coniuratio Catilinae, Salustio, 163, 171

Contra Eratóstenes, Lisias, 106

Critón, Platón, 77

De agricultura, Catón, 137

De amnicitia, véase Lelio

De finibus bonorum et malorum, Cicerón, 159

De imperio Ca. Pompeii, Cicerón, 147b149

De lingua latina, Varrón, 162

De natura deorum, Cicerón, 64, 159

De officiis, Cicerón, 160

De oratore, Cicerón, 161

De republica, Cicerón, 58, 80, 160

De rerum natura, Lucrecio, 158

Dialogas de oratoribus, Tácito, 173

Discolo, Meandro, 126

Discursos contra Eratóstenes, 106

Discursos contra Verres, Cicerón, 141, 144-147

Discursos vérricos, véase contra Verres

Edipo en Colona, Sófocles, 119, 120, 203

Edipo Rey, Sófocles, 119, 120

Eglogas, Virgilio, 175, 178-181

El árbitro, Meandro, 126

Electra, Sófocles, 119

Eneida, Virgilio, 35, 45, 152, 176, 178, 179, 182-193,

Epigramas, Simónides, Calímaco, Marcial, 22

Epinicios, Píndaro, 113

Epistulae, véase cartas

Epodos, Horacio 175, 200, 202, 203

Ética de Eudemo, Aristóteles, 85

Ética de Nicomaco, Aristóteles, 85

Euménides, Esquilo, 118

Eutifrón, Platón, 77

Fastos, Ovidio, 212

Fedón, Platón, 77, 81

Fedro, Platón, 79

Filípicas, Demóstenes y Cicerón, 108, 145

Geórgicas, Virgilio, 50, 179, 181182

Germania, Tácito, 174

Gorgias, Platón, 77

Gran Ética, Aristóteles, 85

Guerras médicas, Herodoto, 95

Guerra de Peloponeso, Tucídides, 95

Helénicas, Jenofonte, 95, 101

Hipólito, Eurípides, 121, 122

Historia, Tácito, 174

Historia Naturalis, Plinio el Viejo, 147

Ifigenia en Aulis, Eurípides, 122

Ifigenia en Tauris, Eurípides, 122

Ilíada, Homero, 21, 23, 32-35, 38, 45, 46, 47, 182, 183

Laelius de amicitia, Cicerón, 160

Laques, Platón, 67, 77

Las Nubes, Aristófanes, 69, 125

Lébicos, poemas, Catulo, 200, 201, 205

Leyes, Platón, 80

Las trabajos y los Días, Hesiodo, 49, 50, 181

Manual de la Moral, Epicteto, 155

Medea, Eurípides, 122b123

Memorabilia Socratis, Jenofonte, 102

Menon, Platón, 73, 77

Metamorfosis, Ovidio, 210, 212

Miles gloriosas, Plauto, 137

Monumentum Ancyranum, Augusto, 175, 176

Mostellaria, Plauto, 137

Odas (carmina), Píndaro y Horacio, 29, 203b208

Odas romanas, Horacio, 204

Odisea, Homero, 31b47, 49, 93, 136, 182, 183

Oración fúnebre de Pericles, Tucídides, 96

Orator. Cicerón, 161

Orestíada, Esquilo, 115, 116, 118, 203

Organon, Aristóteles, 84

Orígenes, Catón, 137, 166

Pensamientos, Marco Aurelio, 155

Persas, Esquilo, 118

Poética, Aristóteles, 85, 86, 177

Polémica entre Nicias y Alcibíades, Tucídides, 96

Politeia, véase República

Política, Aristóteles, 85

Pro Archia poeta, Cicerón, 144

Pro Domo, Cicerón, 143

Pro Sexto Roscio, Cicerón, 143

Ranas, Aristófanes, 125

República, Platón, 74, 79, 80, 160

Rerum rusticarum…, Varrón, 162

Sátiras, Lucilio, Horacio, Juvenal, 208

Simposios (Banquete), Platón, 51, 79-81

Sobre el aire, el agua…, Hipócrabtes, 90

Sobre el estado de los lacedemonios, Jenofonte, 101

Sobre el olivo, Lisias, 106

Sobre la naturaleza, Parménides, 55

Sobre los inválidos, Lisias, 106

Sortes Vergilianae, 177

Symposion, Jenofonte, 102

Teogonía, Hesiodo, 49

Timeo Platón 80

Traquinianas Sófocles, 119, 120

Tristes, Ovidio, 209

Tusculanae Disputationes, Cicerón, 65, 139, 144, 152, 159

Verres, véase discursos contra Verres

Vidas paralelas, Plutarco, 143, 189

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s