JOSE MARTI. BIOGRAFIA. Poesia. Teatro. Ensayo. Periodismo.

JOSÉ MARTÍ

(1853-1895)

Ricardo Nassif1

1

El texto que sigue se publicó originalmente en Perspectivas: revista trimestral de educación

comparada (París, UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXIII, nos 3-4, 1993.

págs. 808-821.

©UNESCO: Oficina Internacional de Educación, 1999

Este documento puede ser reproducido sin cargo alguno siempre que se haga referencia a la fuente.

La vida, la obra y el pensamiento de José Martí pueden ser vistos desde muy diversos ángulos, en la

medida en que abarcan una inagotable variedad de aspectos. Nuestro propósito es presenar su perfil

como educador y resumir sus principales ideas pedagógicas. Tarea para la cual no tenemos las

ventajas de aquellos que investigan o analizan a Martí desde el ángulo privilegiado del excepcional

escritor que fue. La grandeza de su estilo está en todo lo que produjo, desde los Versos sencillos

hasta el más entusiasta de sus discursos revolucionarios. Lo pedagógico, en cambio, se dispersa

aquí y allá, para surgir en el lugar más inesperado. Pero su importancia es tal que su examen se

justifica, no obstante ocultarse la mayoría de las veces, detrás de su labor literaria y de su ideario

político.

El maestro

Martí fue maestro y profesor, en el sentido “escolar” de los términos, sólo por accidente, aunque

sea preciso aclarar que la estructura misma de su personalidad hacía que, en él, lo contingente

expresara lo permanente.

Tuvo grandes mentores, como José de la Luz y Caballero, al que no conoció, y Rafael

María Mendive, que sembró en él las semillas de una vocación que nunca cesaría de crecer. José de

la Luz había sido el maestro de la generación anterior a la de Martí, y según su propia confesión

aquél le legó una lección fundamental: “Sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, es imposible

porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer

hombres” (I, 854)2. Pero si José de la Luz fue la leyenda, Mendive constituyó el ejemplo cotidiano

de un poeta y un maestro.

Martí llegó a las primeras letras en una pequeña escuela de barrio de La Habana. Pero tales

fueron sus progresos que, cuando cumplía los diez años, sus padres decidieron enviarlo a otra más

importante para que estudiara inglés y contabilidad. La pobreza familiar hizo que, muy pronto, su

padre decidiera que “ya sabía bastante” y lo llevó consigo a trabajar en el campo. Un padrino

protector insiste en presentarlo a Mendive que, en ese año de 1865 comenzaba a dirigir la Escuela

Superior Municipal de Varones. En esta escuela, Mendive había creado una tal atmósfera de poesía

y de sabiduría que Martí sintió satisfechas todas las urgencias que tenía en ese sentido,

revelándosele allí “su misma actividad creadora, que va tomando conciencia de sí gracias a tan

fecundísimo contacto”3. En ese clima no sólo despertó con brío a la vida del sentimiento y de la

inteligencia, sino que también fue un poco maestro, ocupándose de la escuela durante las ausencias

del director.

Gracias al apoyo de Mendive, pudo hacer los dos primeros años del bachillerato, que

completaría más tarde en España, como asimismo sus estudios universitarios. Así, en Madrid,

2

comenzó sus estudios de derecho, filosofía y letras y, como andaba escaso de recursos, hizo sus

primeras armas como maestro particular de dos niños, cuando apenas tenía dieciocho años.

De Madrid pasó a Zaragoza, donde obtuvo las licenciaturas de derecho civil y canónico y

de filosofía yletras. De Zaragoza fue a París y después a Inglaterra, desde donde partió para

México. Conoció así el enfrentamiento entre el romanticismo y el positivismo, asistiendo a los

debates que en 1875 se realizaron en el Liceo Hidalgo, caja de resonancia intelectual de las

reformas de Benito Juárez y de Lerdo. Martí intervino en esos debates perfilando algunas ideas que

profundizaría más tarde.

Martí estuvo en México hasta fines de 1876, para trasladarse a Guatemala donde fue

profesor de literatura y composición en la Escuela Normal Central que dirigía su compatriota

Izaguirre, y de literatura alemana, francesa, inglesa e italiana en la universidad. No obstante su éxito

en esta experiencia docente, la más sistemática que pudo cumplir, en septiembre de 1878 regresó a

La Habana, donde obtuvo una autorización provisional para ejercer el profesorado en el colegio de

primera y segunda enseñanza de Hernández y Plasencia, tarea que cumplió simultáneamente con un

puesto en un bufete jurídico. Un año después le es anulado el permiso docente, obligándolo a

volver a un lugar secundario en la actividad jurídica. Pero, conspirador incurable en favor de la

Independencia de Cuba, fue encarcelado por segunda vez (la primera apenas tenía dieciséis años).

Otra vez España; luego París y, en 1881, Nueva York.

Venezuela lo recibe en 1881 y allí, a poco de llegar, el Colegio de Santa María le encarga

las clases de lengua y literatura francesa, mientras Guillermo Tell Villegas le cede aulas para que lo

rodeasen los discípulos, que —según el decir de Lisazo4—, se sienten atrapados por una especie

de magia. Mas también esto habría de concluir pronto, ya que al presidente Guzmán Blanco le

desagradaba este cubano apasionado que predicaba con tanta fuerza la libertad.

Nuevamente regresó a Nueva York, donde comenzó a trabajar por la Independencia de su

patria con una increíble potencia combativa, que corría pareja con una infinita ternura, que dio su

fruto con La edad del oro, publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de

América, según se lee en la portada del primer número aparecido en julio de 1889. El lenguaje de

Martí no perdió belleza, ni mecesitó de la puerilidad o de la sensiblería para dirigirse a los niños. Lo

demuestran cautivantes semblanzas como Tres héroes (San Martín, Bolívar e Hidalgo); perlas

poéticas como Dos milagros; historias como la del hombre contada por sus casas; traducciones de

cuentos como Meñique o El camarón encantado; las adaptaciones de La Iliada, y muchas más.

¿Qué se proponía Martí con La edad de oro” Según él mismo lo dijo, al dirigirse a los

destinatarios de la publicación, escrita “para que los niños americanos sepan cómo se vivía y cómo

se vive hoy en América y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y

las máquinas de vapor y los puentes colgantes y la luz eléctrica; para que cuando un niño vea una

piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra. Les hablaremos de todo lo que se hace en los

talleres donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia y son magia de

verdad, más linda que la otra […] Para los niños trabajamos porque son los que saben querer,

porque los niños son la esperanza del mundo. (II, 1207-1208.)

La edad de oro dejó de publicarse en octubre de 1889. No obstante, la ternura militante de

Martí no se detuvo, y si los niños habían sido su objeto, ahora lo son los humildes. Se convirtió en

el motor de “La liga de la instrucción”, de Nueva York, para los obreros de color, y pudo retornar

a la docencia como profesor de español en la Central High School.

De esta manera, y sin renunciar a su combate por la libertad de Cuba, se deslizó su vida

entre los años agitados de 1890 a 1895. Por fin, el 31 de enero de 1895, emprendió desde Nueva

York el viaje sin regreso. Luchando por su patria, en la batalla de la Boca de Dos Ríos, murió el 19

de mayo de 1895. Una muerte casi voluntaria y creadora, tal cual siempre lo había deseado: “como

un bueno; de cara al sol”.

No hemos pretendido hacer la biografía del “apóstol cubano”, sino apenas destacar los

momentos de su vida en los que fue, o pudo ser, un maestro y un profesor sistemático, “escolar”.

3

Hecho el balance, se comprende que no tuvo tiempo para el magisterio encerrado en las cuatro

paredes de un aula. América fue la verdadera aula en la cual ejerció el supremo magisterio de los

libertadores de pueblos, aunque siempre estuvo en él, agazapado, el otro maestro que sólo afloró

intermitentemente.

Las ideas pedagógicas

Dos factores han incidido en el parco tratamiento del ideario pedagógico de Martí. En primer lugar

“y en esto se identifica con casi todos los constructores de América” el hombre de acción ocultó al

hombre de pensamiento, y cuesta no dejarse llevar por el encanto de su perfil humano y poético

para penetrar en los vericuetos de lo meramente intelectual. La segunda razón, se relaciona con un

determinado modo de comprender “lo pedagógico” a partir de la relación que hoy se establece

entre la educación y la vida. Con este enfoque, que era ajeno a la pedagogía de antaño, sin romper

la unidad humana que fue Martí, todo lo que hay en él de expresión literaria o de preocupación

política puede ayudar a comprenderlo como educador y como pensador de la educación.

Poco escribió sobre pedagogía, pero lo bastante como para que resulte imposible hacer su

análisis exhaustivo en un perfil como este.

La idea de la educación

De entre las múltiples definiciones que dio de la educación, elegimos ésta: La educación […]

habilitación de los hombres para obtener con desahogo y honradez los medios indispensables de

vida en el tiempo en que existen, sin trabajar, por eso, las aspiraciones delicadas, superiores y

espirituales de la mejor parte del ser humano” (II, 495). “La educación tiene un deber ineludible

para con el hombre […]: conformarle a su tiempo sin desviarle de la grande y final tendencia

humana” (II, 497). “Educar es depositar en el hombre toda la obra humana que le ha antecedido;

es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, […] ponerlo al nivel de su tiempo […]

prepararlo para la vida” (II, 507). “Educar es dar al hombre las llaves del mundo, que son la

Independencia y el amor, y prepararle las fuerzas para que lo recorra por sí, con el paso alegre de

los hombres naturales y libres” (I, 1965).

En estas definiciones se encuentran dos ideas centrales de la concepción pedagógica de

Martí: la educación es “preparación del hombre para la vida”, sin descuidar su espiritualidad y es la

“conformación del hombre a su tiempo”, pudiendo imterpretarse que la educación representa para

el individuo la conquista de su autonomía, su naturalidad y su espiritualidad.

Es claro que Martí distingue entre educación e instrucción. La primera se refiere al

sentimiento, mientras que la segunda es relativa al pensamiento. Pero, a la vez, reconoce que no

hay buena educación sin instrucción, ya que “las cualidades morales suben de precio cuando están

realizadas por cualidades inteligentes” (I, 853). Diferncia ésta que viene en nuestro auxilio, para

captar el significado de la educación como el intento de “depositar en el hombre toda la obra

humana”, de “hacer de cada hombre un resumen del mundo viviente hasta el día en que vive”. La

educación como recapitulación no es posible sino por la instrucción. Pero, en tanto que

conformación a una época y capacidad para la libertad y la espiritualidad, la educación no se logra

más que por lo que ella es esencialmente: un cultivo integral de las facultades humanas.

Ninguna de las ideas arriba sintetizadas tiene, en el pensamiento pedagógico de Martí, tanta

fuerza, como la de la educación conformadora del hombre a su tiempo. Al expresarla diciendo que

“es criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época y la época misma” (II, 507),

la carga, en verdad, de dos sentidos. Uno directo, literal, en el cual la época es vista como el tiempo

que nos toca vivir, común a todos los hombres que en ese tiempo despliegan su existencia, con lo

cual el cubano muestra una aguda conciencia hitórica que se proyecta sobre toda su concepción

4

pedagógica. Cada tiempo exige instituciones y formas educativas que le sean adecuadas, y esto ha

de escribirlo claro con respecto a la educación superior: “Al mundo nuevo, corresponde la

universidad nueva” (II, 507). El otro sentido que atribuye a la idea es más figurado e indirecto pero

tan real como el literal, para proyectar la categoría de tiempo a la de espacio histórico de manera

que ambas categorías se fusionan. La época, además de un tiempo es un ámbito.

En un artículo, publicado en Patria (2 de julio de 1883), Martí dice: “El peligro de educar

a los niños fuera de su patria es casi tan grande como la necesidad en los pueblos incompletos e

infelices de educarlos donde adquieran los conocimientos necesarios para ensanchar su país

naciente […] Es grande el peligro porque no se ha de criar naranjos para plantarlos en Noruega, ni

manzanos para que den frutos en el Ecuador, sino que al árbol deportado se le ha de conservar el

jugo nativo para que a la vuelta a su rincón pueda echar raíces” (I, 863).

Refiriéndose a los motivos para publicar La edad de oro, le escribe al mexicano Manuel

Mercado: “El periódico lleva pensamiento hondo y ya que me lo echo a cuestas […] ha de ser para

que ayude a lo que quisiera yo ayudar, que es a llenar nuestras tierras de hombres originales,

criados para ser felices en la tierra en que viven y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, como

ciudadanos retóricos o extranjeros desdeñosos, nacidos por castigo en esta otra parte del mundo”

(II, 1201).

No es la suya una concepción xenófoba, ya que pocos como él creían en la solidaridad

entre los pueblos. Tampoco arbitraria, porque el mismo desarrollo natural del hombre está

condicionado por la atmósfera de una sociedad concreta, ya que “el fin de la educación no es hacer

al hombre nulo, por el desdén o el acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo

para vivir bueno y útil en él” (I, 864). Es decir, formarles de acuerdo al ideal que Martí reclama

para América: “hombres buenos, útiles y libres” (I, 866).

Pero, ¿cómo formar hombres buenos si no es por el amor? “Cómo hacerlos libres si no es

permitiendo que vivan en libertad? ¿Cómo concebirlos útiles sin el conocimiento científico de la

naturaleza?

La educación como acto de creación

Martí concebía la educación como un acto de amor, según puede comprobarse en su propia vida y

en las ideas que manifestó sobre el tema. Para él, el acto pedagógico es una relación concreta de

seres humanos alimentada por el amor, creencia que justifica que abogara por el establecimiento de

un cuerpo de maestros “misioneros” capaces de “abrir una campaña de ternura y de ciencia” (II,

515), de maestros ambulantes “dialogantes”, y no “dómines”.

Más concretamente todavía, la educación es una constante creación y el agente principal de

esa creación es, para Martí, el maestro. Lo dijo poéticamente recordando su estadía en Guatemala:

“Yo llegué meses hace a un pueblo hermoso: llegué pobre, desconocido y triste. Sin perturbar mi

decoro, sin doblegar mi fiereza, el pueblo aquel, sincero, generoso, ha dado abrigo al peregrino

humilde: lo hizo maestro, que es hacerlo creador” (II, 205).

Educación y desarrollo infantil

Así veía el acto pedagógico desde la perspectiva del educador, porque también “en tanto que

relación” lo vio desde la del alumno que es el otro término de la relación. Habrían bastado los

cuatro números que aparecieron de La edad de oro para comprobar su profundo conocimiento del

alma infantil. Pero más allá de esto, ofrece en sus escritos una serie de ideas sobre el desarrollo del

niño y la educación. Para Martí, la educación no debe perturbar ese desarrollo, y las escuelas

debieran ser “casas de razón” donde, con guía juiciosa, se habitúe al niño a desplegar su propio

pensamiento.

5

El principio de la individualidad como factor esencial de la educación, se presenta,

precisamente, como una de las ideas-eje de su pensamiento pedagógico. Verdaderamente, esa

individualidad está presentada como lo que los pedagogos europeos de comienzos del siglo XX

llamarían el “elemento regulativo” de la educación. “El estudio —afirma Martí— es el carril,

pero el carácter, la individualidad del niño, esa es la máquina” (I, 1961). Por esta vía llega incluso a

formular todo un concepto de autoeducación: “La educación es el estudio que el hombre pone en

guiar sus propias fuerzas” (II, 737) y, con evidente reminiscencia rousseauniana, llega a

comprender la educación, en general, como un “crecimiento” desde dentro, que “empieza con la

vida y no acaba sino con la muerte” (II, 1261).

La dimensión social y política de la educación

José Martí tuvo también clara la dimensión social del fenómeno y del proceso educativos,

expresada en algunas ideas sobre sociología de la educación constitutiva de verdaderos principios

para una política educativa. “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, manifiestamente

sólo lo es uno; y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la

ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia” (I, 737). Con estas palabras, nos está

proporcionando la clave de su pensamiento socio-político sobre la educación. Si pudo mostrárnosla

pensada en categorías de acción, de amor y de creación, ahora la descubrimos en términos más

directamente sociológicos, políticos y democráticos.

En esta línea, Martí detectó plenamente una de las ideas que caracterizó a la democracia

liberal de América Latina en la segunda mitad del siglo XX: la de “educación popular”. Casi todas

sus reflexiones socio-pedagógicas parten de ese tipo de educación como la base del progreso de los

pueblos, pero definida con una gran aumpitud: “Educación popular no quiere decir exclusivamente

educación de la clase pobre, sino que todas las clases de la Nación, que es lo mismo que el pueblo,

sean bien educadas” (I, 853). Esta educación es, por otra parte, el único medio para llegar a la

democracia, porque son sus palabras: “un hombre ignorante está en camino de ser bestia y un

hombre instruido en la ciencia y la conciencia está en camino de ser Dios, y no hay que dudar entre

un pueblo de dioses y un pueblo de bestias” (I, 854). La fe de Martí en la educación, como remedio

para los males sociales era ilimitada, pues estaba convencido “como hombre de su época” que sólo

en aquélla reside la fuerza, sobre todo si su objetivo es despertar en los hombres el sentido de la

solidaridad (cf. II, 510).

La política educativa, en Martí, no pasó de ser pensamiento o ideal soñado por un

permanente desterrado que no alcanzó a integrar, ni a pesar en el gobierno de su país.

En su concepción de la política educativa, dio preponderancia a los principios de

“educación nacional”, “libertad de enseñanza” y “enseñanza obligatoria”, proponiendo una

sugestiva inversión del orden de los dos últimos. Para él, sería prioridad la obligatoriedad por

encima de la libertad de enseñanza, en la medida en que consideraba que “aquella tiranía saludable

vale aún más que esa libertad”.

La educación científica

En una sociedad educada, que para Martí es lo mimo que decir ?un pueblo libre?, se forma para la

libertad, así como por el amor se forja el hombre bueno. Pero, como además de hombres buenos y

libres, él exigía hombres útiles, para formarlos encontró el camino de la ?educación científica?, vía

para el desarrollo de la inteligencia, instrumento de la autonomía individual y pilar del progreso de

los pueblos.

Martí insiste constantemente en la “educación científica”, oponiéndola, o distinguiéndola,

de la educación que llama “clásica”, “literaria”, “formal” u “ornamental”, tema en el cual no

6

dejó de sufrir la influencia spenceriana, aunque en el cubano ampliada por un amor poético de la

naturaleza. El suyo fue un naturalismo espitirualizado y no biologista o materialista, más cercano a

Rousseau que a Spencer.

De cualquier modo, la educación no es la meramente formal o retórica, sino la que se apoya

en el estudio de la naturaleza. Ésta facilita el progreso social, porque “estudiar las fuerzas de la

naturaleza y aprender a manejarlas es la manera más derecha de resolver los problemas sociales” (I,

1076). La ciencia es el sendero obligado hacia la naturaleza y es imprescindible implantar la

educación científica “por donde ha de salir el hombre nuevo” (I, 1829).

Martí representa el “humanismo científico” contra el “humanismo clásico”, dado que la

educación basada en este último es inactual y sólo proporciona “ornamento y galanura” (II, 495-

96). Anota comentando la reunión de directores de los Colegios de Massachusetts, en 1883: “La

educación antigua, de poemas griegos y libros latinos, o la historia de Livio o de Suetonio, libra

ahora sus postreros combates contra la educación que asoma y se impone, como hija legítima de la

impaciencia de los hombres, libres ya para aprender y obrar, que necesitan saber cómo está hecha y

se mueve y se transforma la tierra que han de mejorar y de la que han de extraer, con sus propias

manos, los medios del bien universal y del mantenimiento propios” (II, 496).

Y para refutar el argumento que defiende el estudio de las lenguas muertas como ejercicio

mental, pregunta si “el orden admirable y nunca contradictorio de la naturaleza no será más

benéfico a la mente que el caprichoso del hipérbaton latino o el contraste de los varios dialectos

griegos” (II, 496).

Lo curioso es que Martí no consideraba inútil el estudio del griego o del latín, y a los que

afirmaban su total inutilidad les dice que “ni el griego ni el latín han saboreado; ni aquellos

capítulos de Homero que parecen primera selva de la tierra, de mostruosos troncos, ni las

perfumosas y discretas epístolas del amigo de Mecenas” (II, 496). No obstante, él tenía poderosas

razones para combatir la enseñanza clásica. La primera porque no quería para América “sólo”

retóricos y estetas, sino hombres capaces de sacarle a la tierra la felicidad de sus pueblos. La

segunda razón, de índole nítidamente política, porque entendía que las lenguas contribuirían a la

formación de castas, y que mantener su enseñanza exclusiva sería apoyar a quienes todavía

sustentan “la necesidad de levantar con una clase impenetrable y ultrailustrada, una valla a las

nuevas corrientes impetuosas de la humanidad que, por todas partes, acometen y triunfan” (II,

593).

La profunda confianza en la educación científica explica por qué Martí exige

constantemente una reforma radical de la educación de su tiempo, tanto como su entusiasmo

cuando visita una Escuela de Mecánica en San Luis, en los Estados Unidos, o cuando transcribe el

plan de estudios de las Escuelas de Electricidad; o cuando se informa que Nicaragua, por honrar un

aniversario abre una escuela de Artes y Oficios, que ya tienen Guatemala, Honduras y Uruguay, y

por abrirse están en Chile y en El Salvador (II, 507-510). Se comprende también su severidad de

reformador cuando se empecina en que se establezcan Escuelas de Agricultura (II, 501),

directamente en los campos; o cuando quiere que cada escuela tenga anexo un taller; o cuando

sostiene el valor educativo del trabajo manual (I, 1969 y II, 510); o cuando habla de la importancia

de la educación física (II, 537); o cuando aspira a elevar la mujer al rango de fuerza

espiritualizadora de la sociedad por medio de la educación (II, 500-501); o cuando se apasiona con

los métodos de una escuela mexicana para sordomudos (II, 814); o cuando enfrenta la vieja

educación con la que él sueña: “La escuela era de memoria y azotes; pero el ir a ella por la nieve

era la escuela mejor” (II, 97).

¿Fue verdaderamente la pedagogía de Martí una pedagogía estrictamente “cientificista”?

“De dónde procede su aparente “cientificismo”? Ya hemos dicho que toda la importancia que

atribuía a la educación científica nace de su afán por hacer americanos útiles e independientes. Pero

es innegable que Spencer tiene su parte, y que Martí conocía su obra, y hasta ha dejado un esquema

sobre su pensamiento (I, 952) y le ha atribuido un papel preponderante en la liberación intelectual

7

de América (II, 101). No obstante, no aceptó su sistema como un dogma, y negó el positivismo por

considerarlo “la negación inmoral de la existencia mejorable y permanente” (II, 1777). En todo

caso el suyo fue un positivismo tamizado a través de una personalidad creadora.

También se ha hablado del pragmatismo de Martí influenciado por John Dewey. Saúl

Flores,5 que es uno de los defensores de esa tesis, no encuentra otra forma de explicar el hecho de

que Martí abogara por la sustitución de las “escuelas abecedario” por las “escuelas de acto”. Sin

embargo no hay en la obra martiana mención alguna de Dewey ni de sus antecesores Peirce y

William James. Por otra parte, cuando el cubano estuvo en Nueva York (con interrupciones entre

1880 y 1895), si bien las ideas de Dewey habían comenzado a difundirse, sus primeros libros

importantes, Mi credo pedagógico y La escuela y la sociedad, no aparecieron hasta 1897 y 1900.

Más acertada es la opinión de Díaz Ortega6 para quien los Estados Unidos y Europa dieron

a Martí los fundamentos de una cultura educativa que le sirvió para criticar y comparar la política

educativa de Hispanoamérica. Pero fue ésta la que le proporcionó el escenario donde vio y vivió los

problemas educativos medulares que enfrentaban sus pueblos. Por otra parte, y aunque existan

puntos de coincidencia entre Martí y Dewey, no es arriesgado afirmar que las ideas pedagógicas de

aquél tienen un principio intrínseco de explicación que podrían encuadrarse en lo que podría

denominarse un activismo espirualista7. Santovenia ha dicho que Martí es, por excelencia, “el

hombre de las armonías” y que esta capacidad de armonización y de totalización también se percibe

en su concepción pedagógica, la cual describe un círculo que va de lo útil americano a lo humano

espiritual, pasando por la naturaleza y la libertad.

El pensamiento educativo martiano recogió las ideas avanzadas de su tiempo, pero puesto

en la perspectiva de la historia latinoamericana es un pensamiento precursor, en el que asoman los

principios tan actuales como el de la educación nacional como instrumento de la autonomía de los

pueblos; de la educación científica y crítica; de la relación de la educación con el trabajo; del

principio de la actividad del sujeto como fundamento del aprendizaje. Como los otros grandes

educadores latinoamericanos de la época, al igual que él grandes escritores y políticos, Martí abrió

un camino pedagógico del cual todavía queda un importante tramo por recorrer.

Notas

1. Ricardo Nassif (Argentina). Profesor en las universidades de Tucumán y La Plata, antes de ser miembro del

Secretariado de la UNESCO. Autor de numerosas obras entre las que cabe mencionar: Dewey: su

pensamiento pedagógico (1968); y Teoría de la educación (1980). Su interés por la pedagogía se orientaba

hacia la teoría de la educación. Falleció en 1984.

2. Para no cargar demasiado las notas, al tratarse de citas textuales de Martí se indica entre paréntesis el

volumen y la página de sus Obras completas en la Edición del centenario, La Habana, Editorial Lex, 1953,

2 vols.

3. F. Lisazo, Martí, el místico del deber, Buenos Aires, Losada, 1940.

4. Según Saúl Flores (“Martí educador”, en: Archivo José Martí, F. Lisazo (comp.), Ministerio de Educación,

La Habana, vol. 6, n°1-4, enero-diciembre 1952), correspondería a Ernesto Morales, comentarista de La

edad de oro, haber revelado la presencia de un pensamiento pedagógico en Martí. Por su parte, Fernández

de la Vega (“Martí educador”, en: Archivo José Martí, op. cit. vol. 4, n°1, enero-abril 1943) se adhiere a la

opinión de Isidro Méndez, para quien las ideas martianas constituyen todo “un programa para educar a un

pueblo”. Sin embargo, la mayoría de los que han estudiado el tema coinciden en que sabemos poco de Martí

como pedagogo, fuera de algunos estudios como el de Díaz Ortega (“Los valores educacionales en José

Martí”, en: Archivo José Martí, vol 5, n°1, enero-junio 1950) o de los esquemas trazados por Saúl Flores o

por Cordero Amador (“José Martí, educador”, en: Archivo José Martí, vol. 5, n°3, enero-junio 1951), sólo se

encuentran referencias dispersas en las distintas biografías que sobre Martí se han escrito, aunque no se

descarta la posibilidad de estudios muy recientes que no hemos podido consultar. Entiéndase que hablamos

de Martí como “teórico” de la educación, y no del Martí “educador” más afortunado en el tratamiento,

quizás por su evidencia.

5. Flores, op. cit.

6. “Humanismo y amor en José Martí”, en: Archivos José Martí, op.cit., vol. 5, enero-junio 1951.

8

7. Debemos una interesante interpretación del espiritualismo de Martí a Adalberto Ronda Varona, en su

ensayo “La unidad de la teoría y la práctica: rasgos catasterísticos de la dialéctica en José Martí”, en: Revista

Cubana de Ciencias Sociales, Centro de Estudios Filosóficos de la Academia de Ciencias de Cuba,

Universidad de La Habana, n°1, 1983, págs. 50-64.

Textos de Martí sobre educación

ANTOLOGÍAS

La cuestión agraría y la educación del campesino. La Habana, Editorial Lex, Biblioteca Popular Martiana, 1940.

Educación. La Habana, Oficina del Historiador de la Ciudad, 1961.

Escritos sobre educación. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1976.

Ideario pedagógico. La Habana, Centro de Estudios Martianos, Editorial Pueblo y Educación, 1990. (Selección y

prólogo por Héctor Almendros.)

José Martí: Precursor de la UNESCO. La Habana, Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1953. (Edición y

prólogo por Félix Lisazo.)

On Education: Articles on educational theory and pedagogy and writings for children from the “Age of Gold”.

[Sobre la educación: artículos sobre la teoría de la educación y de la pedagogía y escritos sobre los niños

sacados de “La edad de oro”], Nueva York, Monthly Review Press, 1979. (Editado por E. Randall;

introducción y notas por Ph. Foner.)

ARTÍCULOS DE REVISTAS

“Abono: La sangre es buen abono”. La América (Nueva York), 1883. (En: Obras completas, vol. 8, La Habana,

Editorial Nacional de Cuba, 1963-65).

“Aprender en las haciendas”. La América (Nueva York), 1883. (En: ibid., vol. 8).

“Cartas de Martí”. La Nación (Buenos Aires), 15 de agosto de 1883. (En: ibid. vol. 8).

“Cartas de Martí. Nueva York en otoño”. 14 de noviembre de 1886 (En: ibid., vol. 11.)

“Cartas de verano. La Nación (Buenos Aires), octubre de 1890. (En: ibid., vol. 1).

“El colegio de Tomás Estrada Palma en el Central Valley. Patria (Nueva York), 2 de julio de 1892 (En: Ibid., vol. 5).

“Educación científica”. La América (Nueva York), septiembre 1883. (En: ibid., vol. 8.)

“Escuela de Artes y Oficios”. La América (Nueva York), noviembre de 1883. (En: ibid., vol. 8).

“Escuela de electricidad”. La América (Nueva York), noviembre de 1883. (En: ibid. vol. 8).

“Escuela de mecánica”. La América (Nueva York), septiembre de 1883. (En: ibid. vol. 8).

Guatemala. México City, Edición El Siglo XIX, 1978. (En: ibid., vol. 7.)

“Peter Cooper”. La Nación (Buenos Aires), 3 de junio de 1883. (En: ibid., vol. 13.)

“El proyecto de instrucción pública”. Revista Universal (México City), 6 de octubre de 1875. (En: ibid., vol. 6)

“Reforma esencial en el programa de universidades americanas. Estudio de las lenguas vivas. Gradual

desentendimiento del estudio de las lenguas muertas. La América (Nueva York), enero de 1884. (En: ibid.,

vol. 8).

“Revolución en la enseñanza”. Anuario del Centro de Estudios martianos (La Habana), n°8, 1985, págs. 14-19.

Obras sobre las ideas pedagógicas de Martí

Por Isabel Monal

Acosta Medina, R. Algunas ideas de Martí y la pedagogía revolucionaria de hoy. En: Estudios sobre José Martí. La

Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975.

Armas Rodríguez, M. de. Raíces históricas de la combinación del estudio con el trabajo. Educación (La Habana),

enero-marzo de 1985.

Armas, Rodríguez, M. de. José Martí: educación para el desarrollo. Santiago (Santiago de Cuba), n° 55, 1984.

Beiro Gonzáles, L. Martí y la educación rural. En: ANAP (La Habana), n°5, mayo de 1982.

Carbón Sierra, A. Martí y la enseñanza de las lenguas clásicas. En: Universidad de La Habana (La Habana), n° 219,

enero-abril de 1983.

Cosmo Baños, P. José Martí: educador revolucionario. En: Filatelia Cubana (La Habana), enero-abril de 1981.

Chávez Rodríguez, J. A. Martí y la calidad de la educación. En: Educación (La Habana), abril-junio de 1983.

Deschamps Chapeaux, P. José Martí, maestro de obreros. En: Estudios sobre José Martí. La Habana, Editorial de

Ciencias Sociales, op. cit.

Gallego Alfonso, E. Donde yo encuentro poesía mayor.En: Educación (La Habana), abril-junio de 1983.

9

García Consuegra, M. Martí y la Escuela Nueva cubana. En: Santa Clara, Colección Martiana, 1945.

García Galló, G. J. José Martí y la educación .En: Islas (Santa Clara), enero.abril de 1972.

García Pers, D. José Martí y las cualidades de la personalidad del educador.En: Simientes (La Habana), noviembrediciembre

de 1983.

González López, N. La escuela y la universidad nuevas de Martí. En: Universidad de la Habana (La Habana), n°

225, septiembre-diciembre de 1983.

González Negrón, N.; Brito Miralent, M.; Valdés Florat, M. Consideraciones en torno a Martí y a la educación

americana. En: Universidad de la Habana (La Habana), n° 215, enero-abril de 1983.

Hernández Pardo, H. Raíz martiana de nuestra pedagogía Concepto revolucionario de la combinación del estudio y

el trabajo.En: Anuario del Centro de Estudios Martianos (La Habana), n° 1, 1978.

Jorge, E. “Notas sobre la función de La Edad de Oro”. En: Estudios sobre José Martí. Op. cit.

Kirk, J. M. Reflections on the Educational Philosophy of José Martí and Its Application In Revolutionary Cuba.

Proceedings of the Rocky Mountain Council on Latin American Studies Conference [Reflexiones sobre la

filosofía pedagógica de José Martí y sus aplicaciones en la Cuba revolucionaria: informe del Consejo de las

Montañas Rocosas sobre la Conferencia de Estudios atinoamericanos] 1978.

Llánez Abeijón, M.; García, M.; Rodríguez Ruíz, M. Algunas condiciones acerca de la esencia, los principios, y los

métodos de la educación y la instrucción en la obra martiana En: Islas (Santa Clara), mayo-agosto de 1978.

Marino Plá, F. Martí y sus ideas educacionales. La Habana, 1954.

Martí y la education. La Habana, 1984.

Masó Vásquez, C. Ideas de Martí sobre las universidades. En: Revista Mexicana de Sociología (México City), mayoagosto

1964.

Olivares Sánchez, E. José Martí acerca de la educación.En: Simientes (La Habana), septiembre-octubre de 1978.

Rodríguez, E.; Calero, M. José Martí: revolucionario y educador. En: Cuadernos de educación (La Habana), n° 56,

June 1978.

Silva, J.; Marcos, M.; Díaz, A. Las concepciones martianas sobre la escuela y la educación. En: Santiago (Santiago

de Cuba), octubre de 1973.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s